~N/A: ¡Hola! Wow, es increíble el buen recibimiento que ha tenido este fic *se emociona* Muchas gracias por esos 45 favs, 73 follows y 21 reviews, ya sabéis que eso (sobre todo los rw, no me cansaré de decirlo) es el motor de cualquier escritora. ¡A leer! N/A~


LAS SEIS ETAPAS DEL AMOR


II. Aliados

Hermione no tardó ni un mes en acudir a Draco.

―¿Tu oferta de ser compañeros de piso sigue en pie? ―le preguntó una mañana, sonando casual.

Él no levantó la mirada de su mesa, pero sonrió con triunfo.

―Por supuesto. Solo tengo una norma ―dijo con seriedad―: nada de ligues. ―Hermione parpadeó―. ¡Es broma! Tráete a quien quieras ―añadió con un ademán.

Hermione sonrió de lado.

―¿Es una advertencia de que vas a traerte chicas? ―preguntó.

Él le devolvió una sonrisa pícara.

―Si vas a ponerte celosa, no.

Hermione puso los ojos en blanco.

―Aunque te parezca imposible de creer, no todas las chicas de Hogwarts ni todas las mujeres de Gran Bretaña están loquitas por ti.

Él frunció el ceño.

―¿No? ―Fingió contrariedad―. Menuda decepción ―dijo, arrancando una carcajada a Hermione―. Puedes pasarte esta tarde si quieres ver el piso. O mudarte directamente ―se encogió de hombros―; lo que te sea más cómodo.

Cuando Hermione llegó a la dirección que Malfoy le había dado, se encontró con un edificio demasiado por debajo de la clase de alguien que se había criado en una mansión, pero decidió probar suerte y llamar al timbre de todos modos.

―Sube ―le dijo la voz de Draco por el telefonillo.

El piso estaba situado en la décima planta, y estaba claro que había sido diseñado para alguien o con recursos limitados o con pocas expectativas de aumentar la familia. Tenía dos habitaciones (una de matrimonio, que ocupaba Malfoy, y otra más pequeña, que sería la suya), un baño, una cocina y un pequeño salón-comedor que daba a un balcón.

―Vaya, nunca pensé que tú vivirías en un sitio tan…

―¿Por debajo de mi nivel? ―rio él―. Mi padre no me dejó muchas opciones, y era esto durante muchos años o vivir en un ático lujoso durante seis meses. ―Draco estaba de pie al lado de la puerta del balcón y sonreía con orgullo.

―¿Cuál era la alternativa? ―preguntó ella.

―Un matrimonio perfectamente falso con Astoria Greengrass ―explicó sin dar más detalles―. Pero mira, ven ―abrió la puerta acristalada y la invitó a salir.

Cuando Hermione salió al balcón, pudo apreciar que desde donde estaban podía verse el Támesis. A aquella hora de la tarde, el sol arrancaba al agua destellos dorados y naranjas. Era una vista maravillosa.

―Vaya, nunca te hubiera tomado por un sentimental ―dijo ella.

Él se apoyó en la barandilla, a su lado, y la miró de reojo.

―¿Qué puedo decir? Soy una caja de sorpresas.

Sí que lo eres, pensó ella.

Hizo la mudanza varios días después. Cuando se lo dijo a Luna, la rubia se limitó a encogerse de hombros y asentir. «Lo que tú veas mejor para ti, Hermione». Con Luna la vida siempre era así de sencilla.

Los rumores sobre ella aumentaron, pero ahora el personaje masculino era otro. Hermione sabía perfectamente lo que todos pensaban que ella y Malfoy tenían, pero los ignoró, como hacía siempre. Hermione y Malfoy se llevaban sorprendentemente bien para dos caracteres tan opuestos, y no iba a dejar que unos chismorreos sin fundamento le arruinaran la convivencia.

Draco había resultado ser un excelente crítico de cine.

―Creo que desde que descubrí el maravilloso invento que es esa caja mágica, habré visto miles de películas. ―Hermione observaba fascinada como hablaba de un tema tan poco característico de la imagen que tenía de él.

A cambio las sesiones de cine, Hermione le enseñaba a cocinar las cosas básicas: pasta, tortilla, arroz… Malfoy era un negado para la cocina, pero después de dos semanas, podía hervir macarrones sin que se le pegaran.

Y por un breve lapso de tiempo, tuvo la sensación de que todo iba bien.

Hasta que Ron reapareció.

Se encontró con él un día que iba al trabajo. No lo había vuelto a ver desde que cortaron, un par de meses atrás. Parecía estar bien, aunque seguía mirándola con cara de pena.

Hermione no se reblandeció ni un poquito.

―¿Qué quieres, Ron? ―preguntó sin aminorar el paso.

Él la siguió hasta el interior del Ministerio.

―¿Cómo estás? ―preguntó.

Hermione enarcó una ceja. ¿Ahora se preocupaba por ella?

―Bien, gracias. ¿Has venido para preguntarme eso? Bien podrías haberme mandado una lechuza.

Él la agarró por el brazo y la detuvo.

―¿Es cierto? ―inquirió con ansiedad.

―¿El qué exactamente? ―respondió ella, entrecerrando los ojos. No le gustaba nada su tono.

―He oído que te has mudado con Malfoy. ―Sonaba resentido.

Ella se zafó de su agarre y lo miró con severidad.

―Lo que yo haga con mi vida es asunto mío, Ron. Pero sí, vivo con él.

La gente empezaba a mirarlos con curiosidad y a detenerse disimuladamente para escuchar su discusión. Hermione no les prestó atención, a pesar de que estaban montando un escándalo y no se libraría de los cuchicheos sobre ella en semanas.

―Qué pronto me has olvidado, ¿no? ―dijo él con resentimiento y cierto desprecio.

Hermione abrió mucho los ojos, incrédula, y soltó un ruidito de desdén.

―¿Quieres que hablemos de quién olvida a quién? Porque si no recuerdo mal, tú eres bueno en eso de olvidar ciertos sucesos y a ciertas personas durante un período de tiempo. ¿Cómo están Lavender y el bebé? ―inquirió, cruzándose de brazos.

Ron miró hacia el suelo.

―No lo sé ―musitó―. Pero sí sé que te echo de menos, cariño.

Al oír aquellas palabras, Hermione montó en cólera.

―¡Haberlo pensado antes de ponerme los cuernos, imbécil! ¡Y deja de intentar que vuelva contigo, porque eso no pasará! ―Se dio la vuelta para ir a su despacho, pero se lo pensó mejor: volvió sobre sus pasos y apuntó a Ron con el dedo―. ¡Y que sepas que lo que Malfoy y yo hagamos o dejemos de hacer no es asunto tuyo! ―añadió.

Cuando entró en su oficina y cerró la puerta, se sintió triunfal por haberle dejado las cosas claras a Ron, pero se mordió el labio con cierto arrepentimiento al no haber dejado claro que entre Malfoy y ella no había nada. No quería implicar a Draco en los rumores sobre su vida, aunque ya lo era.

Lo único que había conseguido con aquella discusión en público era avivar el fuego, pero así al menos Ron tendría claro que no iba a volver con él.

Cuando Draco entró, se acercó a su mesa y se sentó en el borde. La miró con una sonrisa.

―De camino aquí me han preguntado tres veces que cuándo hemos empezado a salir. ¿Puedo mentir e inventarme los detalles sobre nuestra relación ficticia o prefieres que los ignore?

Hermione meneó la cabeza.

―Te gustan demasiado los chismes para ser alguien con una educación tan refinada. ―Suspiró―. Lo siento, no pretendía meterte en esto. Es que Ron…

Le contó todos los problemas que había tenido con Ron por él. Malfoy la escuchó en silencio, pero cuando terminó su relato, estalló en carcajadas.

―O sea, no es que pueda culparle: al fin y al cabo, creía que competía contra esto ―se señaló; Hermione puso los ojos en blanco―; pero ¿en serio? ¿No sabe que ya hemos salido de la escuela o qué?

Hermione se pasó una mano por el pelo, retirándolo hacia atrás, pero no respondió. Malfoy soltó una última risa antes de sentarse en su mesa y ponerse a trabajar.

Los días trascurrieron sin mayores incidentes hasta que recibieron las invitaciones para la fiesta anual que daba el Ministerio. La tarjeta de papel color crema venía acompañada con una nota del ministro. Hermione se quedó mirándola, extrañada.

Señorita Granger, venga a mi despacho hoy a las once.

Miró a Malfoy, que sostenía en la mano una nota idéntica.

―¿Qué crees que querrá Kingsley? ―preguntó él.

―Ni idea ―respondió ella. Miró el reloj; eran las once menos diez―. Pero supongo que pronto lo averiguaremos.

Cuando se presentaron en el despacho del ministro, este les abrió la puerta y los recibió con una sonrisa.

―Pasad, pasad. Tomad asiento.

Hermione y Draco se sentaron en las sillas que había enfrente del escritorio del ministro. Este se tomó unos segundos para inspeccionarlos antes de hablar, pero Hermione, ligeramente ansiosa, se le adelantó.

―¿Hemos hecho algo mal? ―preguntó―. Sé que últimamente me demoro demasiado en entregar los informes, y el otro día olvidé hablar con…

―Granger, tranquilízate ―dijo Malfoy, palmeándole una mano―. No van a quemar a nadie en la hoguera. ―Miró a Shacklebolt―. Eso creo.

El hombre rio.

―Nadie quiere repetir lo de Salem, y menos por unos cuantos papeles sin importancia.

Hermione frunció el ceño ante la mención de que su trabajo no tenía importancia, pero no dijo nada. El ministro prosiguió con su explicación.

―Como sabéis, en un mes celebramos la fiesta anual del Ministerio, pero además también se cumplen diez años desde que terminó la guerra. He estado hablando con unos colegas y creemos que sería buena idea que varios empleados distinguidos del ministerio dieran un discurso para conmemorar este período de paz y entendimiento.

―¿Y quiere que seamos nosotros? ―preguntó Hermione. Internamente se sentía halagada porque hubieran pensado en ella―. ¿Y Harry?

Kingsley volvió a reír.

―Si le pido a Harry que represente una vez más el papel de salvador del mundo mágico, me colgará por los pies en lo alto de la estatua de la entrada. Además ―se inclinó hacia delante y sonrió―, si los rumores son ciertos sobre vosotros…

Hermione bufó. Ni el ministro se libraba de tener una vena cotilla.

―Le aseguro que no lo son.

―Pero vivís juntos, ¿no?

Hermione empezaba a exasperarse con tanta tontería.

―Un hombre y una mujer pueden vivir juntos en la misma casa sin tener que estar implicados emocional o físicamente.

Draco se acarició el mentón.

―Continúe la frase. ¿Si los rumores son ciertos… qué?

Shacklebolt hizo un ademán con la mano.

―Bueno, mucha gente vería con buenos ojos una historia de amor entre un antiguo mortífago y una heroína de guerra hija de muggles ―señaló―. Abre muchas puertas. ―Hermione y Draco se miraron―. Y por lo que tengo entendido, el puesto de jefe del Departamento de Seguridad Mágica quedará vacante pronto.

―¿Qué está sugiriendo, señor ministro? ―preguntó Draco con los ojos ligeramente entornados y una sonrisa calculadora.

El otro hombre se encogió de hombros.

―Nada, teniendo en cuenta que los rumores son falsos. Solo digo que una unión de este tipo hubiera sido muy beneficiosa para ambos. Y hablando de uniones, ¿cuántos años tienes? ¿No te estás quedando sin tiempo? ―preguntó.

Hermione miró a Draco, sin tener idea de a qué se refería Kingsley, pero este estaba con la mirada fija en un punto de la pared, pensativo.

―Bueno ―prosiguió el ministro―, ¿entonces puedo contar con vosotros para que deis un discurso en la fiesta? ―preguntó.

―Por supuesto, señor. Y me encargaré de que Malfoy redacte el suyo. Cuando vuelva a este planeta, claro ―añadió, chasqueando los dedos enfrente de los ojos grises de su compañero.

Este salió de su ensoñación y la miró. Por su expresión, parecía que acabara de descubrirla.

―Que tenga un buen día, Shacklebolt ―dijo antes de levantarse.

Hermione pasó todo el día preguntándose a qué se había referido Kingsley cuando dijo que a Draco se le terminaba el tiempo, pero no quería parecer una entrometida y decidió, muy a su pesar, no indagar en el tema a no ser que fuera Malfoy quien lo sacara a relucir.

Por suerte para ella, Malfoy sacó el tema aquella misma noche.

Hermione estaba sentada en el sofá, leyendo un libro, cuando Draco entró en la cocina y volvió con una botella de vino tinto y dos copas de cristal. Ella cerró el libro y levantó una ceja inquisitiva.

―¿Qué celebramos? ¿Lo bien que va nuestra relación ficticia? ―bromeó.

Draco rio, pero negó con la cabeza.

―Brindamos por futuras celebraciones.

―Creo que me he perdido. ¿Trelawney te ha pegado la clarividencia?

Él le ofreció una copa mientras se sentaba en el sofá a su lado. La miró con una de esas sonrisas que anticipaban algo emocionante.

―¿Qué te parecería casarte conmigo? ―preguntó.

Hermione, que en ese momento estaba bebiendo un sorbo de vino, se atragantó y estuvo a punto de ahogarse. Cuando por fin pudo respirar con normalidad, miró a Draco con la cara roja y los ojos desorbitados.

―¡¿Qué demonios dices?! ¿¡Te has vuelto loco!? ―exclamó.

A él le pareció muy divertida su reacción, pues soltó una carcajada. Dejó la copa en el suelo y levantó las manos en gesto apaciguador.

―Deja que me explique. El señor ministro nos ha hecho ver muy amablemente todas las ventajas de nuestra relación. Podríamos llegar muy lejos en el Ministerio, además de tener absoluta admiración de toda la comunidad mágica.

Hermione lo miró con escepticismo.

―No me interesa tener tanta influencia.

Él sonrió, desafiante.

―¿Ah, no? ¿Seguro que no quieres estar al frente de Seguridad Mágica? Granger, pasamos ocho años en Hogwarts, he visto esa sonrisilla de satisfacción cada vez que respondías bien una pregunta. ¿Seguro que no quieres estar al mando? ¿No te gusta que la gente dependa de ti y asegurarte de que todo se haga según el plan?

Hermione se mordió el labio. Maldito Slytherin convincente.

―Aun así, no creo que «quedar bien delante de la gente» sea motivo suficiente para casarnos, Malfoy ―dijo.

Él suspiró.

―Bueno, está también el tema de mi herencia… ―dijo―. Está estipulado que los herederos Malfoy tienen que casarse antes de los veintinueve años si quieren tener acceso a su herencia. Me queda apenas un año para llegar a la edad máxima. En caso contrario, la herencia pasaría a mi pariente más cercano: Teddy. Por muy adorable que me parezca el niño, me gustaría ver el dinero de mi padre en mi cámara de Gringotts. Y si me caso con una… ―calló, mirando a Hermione.

―¿Sangre sucia? ―sugirió ella.

―Hija de muggles ―prefirió usar él―, le daré una doble patada en sus huevos forrados en seda verde. ―Sonrió con malicia―. No sabes cuánto desearía darle el disgusto.

Hermione se tomó un tiempo para pensar mientras fingía que bebía un poco de vino. Todo lo que Malfoy decía sonaba perfectamente razonable, pero ¿qué pintaba ella en todo el plan?

―¿Y qué gano yo? No te ofendas, Malfoy, pero no me veo casada contigo.

Él fingió ofenderse.

―¡Pero si soy un partidazo! Y muy guapo, por cierto ―añadió, guiñándole un ojo.

―Si fuera verdad, no seguirías soltero ―contraatacó ella.

―Tocado y hundido ―rio él―. Bueno, aunque con el matrimonio solo adquiriría la mitad de lo que me toca por derecho, los Malfoy somos asquerosamente ricos. ¿No te apetece, digamos… tener tu propia casa?

Hermione enarcó una ceja.

―¿Me estás comprando con una casa?

―Y el puesto de jefa del Departamento ―añadió él―. Y también podrías traer a tus padres de vuelta. ¿No mencionaste que tenían ganas de volver a casa? Y aunque no lo hagan, con el dinero podrías ir a visitarlos siempre que quisieras con esos aviones muggles, sin necesidad de esperar a que te aprueben una Aparición internacional, trámite que, por cierto, tarda meses.

Sus padres. Hermione les echaba mucho de menos. Cuando fue a buscarlos, después de la guerra, los Granger ya tenían una vida formada. Se habían comprado una casa en una pequeña ciudad cerca de la costa, donde habían abierto la primera consulta de odontología del lugar. Su padre hasta estaba aprendiendo a pescar. Como habían vendido la casa de Londres antes de irse, ahora no tenían adónde volver.

Sí, Hermione los echaba mucho de menos, pero decidió aparcar ese tema por el momento.

―Creo que el puesto no es tuyo para ir regalándolo a quien quieras.

―No, pero los Malfoy tenemos hilos por todas partes. Si se tira de los adecuados, podría ser tuyo en cuanto recupere mi estatus.

Hermione subió las piernas al sofá y apoyó el mentón en las rodillas. En realidad, no era tan mala idea: ella no tenía pensado enamorarse ni casarse en un futuro próximo, y no le vendría mal unos «ingresos extra». Y sí, aunque dijera que no, le encantaría ascender en el Ministerio.

―No quería verme obligado a hacer esto, pero… ¿por favor? ―Draco la miró con tal cara de pena que Hermione se rio―. Podrías vengarte de Weasley, además. Imagínate su cara al verte aparecer con un novio más guapo y rico que él.

Hermione se mostró tajante.

―Ron está fuera de cualquier ecuación.

Él levantó las manos.

―Vale, pues sin dar celos a la Comadreja. ¿Lo pensarás, al menos? ―pidió.

Ella asintió.

―Pero no te emociones. Tengo que sopesar los pros y los contras.

Él sonrió.

―No esperaba menos de ti.

Hermione durmió mal aquella noche. Su cerebro estaba dividido en dos partes: una que le decía que aceptara y no le diera más vueltas, y otra que enumeraba todo lo que tendría que hacer si iba a convertirse en la futura señora Malfoy. Tendría que soportar los cotilleos durante meses. Por no hablar del especial en Corazón de Bruja que les dedicarían. Ya los veía en la portada. También cabía la posibilidad de que Lucius Malfoy empezara una vendetta personal. Draco y ella no podrían casarse si se convertía en un fiambre.

¿¡Pero qué estás diciendo, Hermione!? ¡No alucines tanto!

Y claro, si iban a casarse, tendrían que vivir juntos y hacer cosas juntos, para aparentar ser una pareja feliz. ¿Podrían aguantar la farsa durante tanto tiempo? Vale que Malfoy y ella se llevaban bien y se entendían, pero…

También tendría que dar más de una explicación. Ron seguramente se mostraría herido y aseguraría que él tenía razón desde el principio. Hermione se enfadó consigo misma por estar pensando en su ex. Suspiró; la triste verdad era que no lo había olvidado del todo. A pesar de lo que había hecho, no podía dejar de quererlo de la noche a la mañana. Los asuntos del corazón llevaban tiempo.

Al final, decidió que, por mucho que lo pensara, no llegaría a ninguna resolución, así que se obligó a relajarse y dormirse. El día siguiente era sábado, así que podría ir a dar una vuelta y despejarse.

Decidió ir al callejón Diagon a dar una vuelta y comprar algún regalo para el pequeño James. Hacía tiempo que no se pasaba por casa de los Potter, y pensó en aprovechar el domingo para hacerlo, ahora que sabía que Ron ya no estaba allí.

Cuando se apareció en el callejón, aspiró los diferentes olores procedentes de las tiendas. Le encantaba ir allí, le parecía el lugar más mágico del mundo. Todavía recordaba la primera vez que fue. Se quedó maravillada por las cosas tan inverosímiles que vendían en las tiendas y por los extraños ropajes de la gente. En cierto modo, todavía se sentía una niña de once años cada vez que iba allí.

Se encaminó hacia la tienda de escobas. Tenía el presentimiento de que el Quidditch estaba grabado en el ADN del hijo de los mejores jugadores de Hogwarts, así que había pensado en regalarle al pequeño James algo relacionado con el juego.

Pasó por delante de una tienda de ropa y miró el escaparate por inercia, pero una cabellera rubia en el interior le llamó la atención. Sin que pudiera evitarlo, sus pies la guiaron hacia el interior, y solo se detuvieron a unos metros de Lavender Brown, que sostenía en alto un vestidito rosa.

Cuando notó la presencia de Hermione, la miró con una expresión de vergüenza y miedo.

―Hola ―saludó Hermione. Empezaba a arrepentirse del que sería uno de los encuentros más incómodos de su vida. O del mes, al menos.

―Hola ―respondió Lavender. Hermione echó un rápido vistazo en dirección a su vientre; todavía estaba delgada, pero se notaba una pequeña curvatura hacia fuera.

―¿Cómo va? ―preguntó Hermione. Lavender abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla cuando los ojos se le llenaron de lágrimas. Hermione suspiró―. ¿Te apetece tomar un café? Sin cafeína, por supuesto.

Fueron a la cafetería que había enfrente de la tienda de artículos de Quidditch. Ninguna habló hasta que les sirvieron un café para Hermione y un té verde con una magdalena de limón para Lavender.

―Últimamente siempre tengo hambre ―explicó, mirando su taza.

―¿Cómo va el embarazo? ―inquirió Hermione.

No sabía bien por qué estaba socializando con Lavender Brown, con quien no había intercambiado más de dos frases desde que había ido a buscar a Ron, tres meses atrás, pero la mujer le inspiraba pena.

―¡Bien! El medimago dice que será una niña fuerte y vivaz ―explicó con una sonrisa.

―¿Es una niña? ¡Enhorabuena! ―exclamó Hermione.

En las pocas veces que se había planteado la maternidad como parte de su vida futura, siempre había querido tener una niña.

―Gracias. ―Se sacó una fotografía del bolso―. Fui a un médico muggle solo para conseguir una de estas.

Le tendió una ecografía en que se veían manchas blancas y negras.

―¿Lo sabe Ron ya? ―preguntó. Era una forma suave de indagar cómo llevaba Ron el saber que iba a ser padre en unos meses.

Lavender miró por la ventana.

―No lo sabe. He intentado hablar con él varias veces, pero no ha querido verme ―musitó con lágrimas en los ojos. Miró a Hermione con esperanza―. ¿Tú has hablado con él?

―Vino a… ―empezó Hermione―. Vino a pedirme que volviera con él, pero dije que no, obviamente. No mencionó nada sobre ti o el bebé ―añadió en tono de disculpa.

Lavender se mordió el labio inferior con fuerza, pero terminó encogiéndose de hombros.

―Sé que no nos llevábamos muy bien en Hogwarts, pero necesito que sepas que no me acosté con Ron como alguna especie de venganza o porque quisiera arrebatártelo ―explicó―. Simplemente…

Hermione negó con la cabeza y le cogió una mano.

―Ninguna es la misma. Y no eres tú quien tiene que dar explicaciones: al fin y al cabo, es él quien tenía novia y debía controlarse.

―¿Crees que podrías hablar con él? ―preguntó Lavender con vergüenza―. No quiero que se case conmigo ni nada parecido; ni siquiera quiero que me dé dinero si no quiere saber nada de mi hija, solo quiero hablar. Eso es todo.

Hermione suspiró. ¿Quién podría decirle que no a una pobre chica embarazada?

―Lo intentaré, aunque no te prometo nada. Ron puede ser muy cabezota cuando quiere.

Hermione recorrió todo el camino a su casa pensando qué hacer con Ron. Decidió que se pasaría por su casa algún día de la semana siguiente. A quien le contara que había terminado de intermediaria entre su ex y la chica a la que había dejado embarazada, la llamaría tonta.

Draco no la llamó tonta, pero sí que se rio.

―Qué Gryffindor, Granger. Eres demasiado buena y justa para tu bien, ¿lo sabes?

Hermione lo fulminó con la mirada.

―Cuando nos casemos, más te vale serme fiel y no cometer el mismo error, porque te castraré con una cuchara.

Draco levantó las cejas.

―¿Cuando nos casemos? ¿Eso es un sí?

Hermione se mordió el labio. No había querido decirlo así, pero había pensado sobre ello y al final había decidido que por qué no. Al fin y al cabo, el amor no garantizaba la felicidad; con Malfoy al menos sacaría beneficio.

―Pero quiero más dinero ―demandó.

Draco, lejos de enfadarse, sonrió de lado.

―Eso suena muy Slytherin. ¿Ya se te están pegando las cualidades de mi noble casa?

Hermione le sacó la lengua.

―Es para Lavender, idiota.

Él puso los ojos en blanco.

―No me digas que piensas ocuparte del bebé de otra. Por Merlín, Hermione.

Ella pasó por alto la sorpresa de que la llamara por su nombre y se cruzó de brazos a la defensiva.

―Me da pena verla así, no me juzgues. Tampoco es como si fuera a pagarle la universidad, solo quiero darle una pequeña ayuda. Me ha contado que la despidieron hace poco y ha vuelto con sus padres.

Draco negó con la cabeza, incrédulo.

―Me he buscado una mujer demasiado amante de la caridad.

Hermione le dio un golpe en el brazo.

―Si sigues así, tendrás que buscarte a otra.

Él rio. Le cogió una mano y le dio un beso en el dorso.

―Mil perdones, mi señora.

Ella sonrió.

―Bueno, ¿cómo lo hacemos? ―preguntó.

―¿Qué quieres que hagamos exactamente? ―respondió él con una sonrisa pícara.

Hermione inspiró hondo y cerró los ojos un momento, pidiendo paciencia.

―Me refiero a cuándo vamos a anunciar nuestro «matrimonio» y cómo. No puedo presentarme un día en el Ministerio con un anillo de diamantes en el dedo y repartiendo invitaciones de boda ―señaló con sorna.

Draco se quedó pensando.

―Creo que sería un gran golpe de efecto si te pido matrimonio en la fiesta del Ministerio.

―¡¿Delante de todos!? ―exclamó Hermione.

Ya podía ver las miradas de asombro y los gritos ahogados de la gente. Por no hablar de las excusas que tendría que dar a sus amigos. Y a sus padres. Temblaba ante la perspectiva.

Draco se encogió de hombros.

―Es perfecto. Das tu discurso, doy el mío y cuando termino me arrodillo y te pido que estemos juntos para siempre. Tú aceptas, lloras un poco…

―No pienso llorar ―intervino ella con los ojos entrecerrados.

―Bueno, pues sin lloros. Lo importante es que se lo crean. ―Sonrió con malicia―. Mis padres estarán allí; así mataremos dos pájaros de un tiro.

Hermione tragó saliva.

―¿Debo ir recordando algunos hechizos protectores? ―preguntó medio en broma, medio en serio.

Él negó con la cabeza.

―Mi padre nunca rompería su perfecta imagen, no después de lo que le costó recuperarla tras la guerra. En ese aspecto estamos a salvo. Aunque sí sería buena idea ir a comer algún día a la mansión Malfoy.

Hermione hizo gesto de haberle pegado una bofetada.

―¿A tu casa? ―preguntó, acariciándose inconscientemente la cicatriz del brazo.

Draco, que percibió el gesto, dijo rápidamente:

―También podemos ir a algún sitio público. Un restaurante estará bien.

―Tendré que presentarte a mis padres, aunque sea por Skype ―dijo ella. Suspiró y apoyó la cabeza en el sofá―. Tu cumpleaños es en siete meses, así que tendremos que darnos prisa. Cuántas cosas para tan poco tiempo ―masculló.


~N/A: ¡Ahora empieza lo bueno del fic! ¿Qué opináis de todo el drama Hermione-Ron-Lavender? Pobre Ro-ro, últimamente siempre lo pongo de malo, pero es que es muy fácil.

Del próximo capítulo (actualización: 8 de julio) ya llevo 3'7k, pero solamente la mitad de lo que quiero contar; es la primera vez que escribo capítulos tan largos, pero como no quiero que se alargue la historia, meteré todo lo que tenga que meter en cada cap, aunque luego sean de 8k cada uno. ¿Pero no hay motivos para quejarse, no? ;) ¡Nos vemos en dos semanas! N/A~

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MrsDarfoy