Aunque todavía no se despertaba su mente ya estaba activa. Más o menos. No había abierto los ojos, de todos modos estaba lo suficientemente consciente como para ponerse a recordar el extraño sueño de anoche. Arthur había estado en él, había sido un hermoso sueño: se metía en su cuarto y lo sacaba a bailar. Al pensarlo se dio cuenta de que le recordaba a las películas musicales en las que siempre se arma un baile improvisado y todo es perfecto. Excepto que anoche su "baile" había sido poca cosa. Poca cosa, como Arthur, así lo había llamado. Por un momento Francis quiso reír, pero sintió algo pesado en su pecho. ¿Culpa? Vamos, jamás se sentía culpable por ofender a alguien cuando lo hacía con intención, mucho menos si ese alguien era el cejudo. Esas cejas le repugnaban, eran de verdad horrendas, pero no podía dejar de pensar en ellas y en lo grandes que se habían visto cuando anoche se acercó a él para besarlo. Cierto, había besado esos labios secos con sabor a alcohol barato. Se relamió los labios. No, Francis, eso es repulsivo. Pero ciertamente le sentaba bien a Arthur.
Despegó los ojos, dispuesto a dejar esos pensamientos atrás, pero cuando su vista fue al suelo se encontró con la campera color verde de mal gusto. La había tomado prestada anoche. Nada había sido un sueño. Ese baile patético de verdad sucedió. Su corazón se aceleró y Francis frunció el ceño. Inmediatamente después relajó el rostro, no se permitiría estar de mal humor hoy, recordó el día anterior, en lo mucho que había estado pensando en cuando la secundaria terminara y ya no viera más a sus amigos. Ya no despertaría con Gilbert a su lado ni vería a los demás en el aula... No. Absolutamente no. No volvería a pensar en ello. Aunque no había tenido en cuenta que tampoco vería a Arthur entonces. ¿Y a él que le importaba? No quería aguantar a alguien que se la pasaba de cascarrabias, buscando pelea con él y en general arruinando el instituto con su fea cara.
Volvió a mirar la campera. Le habría hecho un favor al quemarla, pero se la tenía que devolver, quería devolvérsela. Así tendría una excusa para hablarle, ¿no?
¿Desde cuándo Francis Bonnefoy necesitaba excusas?
Se giró en la cama y cerró los ojos una vez más, quizá todavía le quedaba tiempo para dormir. Sus esperanzas fueron aniquiladas cuando Gilbert cruzó la puerta de entrada del dormitorio compartido.
—¡Levántate de una vez por todas, Francis! —exclamó, jadeando, aunque no por ello con poca energía. Volvía de entrenar. Como cada mañana, después de un desayuno ligero, se largaba a correr y volvía sintiéndose como nuevo. Iba más allá del entendimiento de Francis cómo su amigo encontraba la voluntad para levantarse tan temprano, de buen humor y con el ánimo para ejercitarse. Estaba seguro de que aunque Gilbert durmiera una hora en toda la noche siempre se despertaría antes que él.— Vamos, te perderás tu café si no sales de la cama.
Sin insistir mucho más, se fue derecho al baño para estar alistado para la primer clase. Una vez solo, Francis procedió a levantarse y cambiarse de ropa. Siguió la rutina de costumbre: lavarse la cara, orinar, beberse una taza de café con su desayuno junto con sus amistades (esta mañana resultaron ser Antonio, Lovino y Feliciano), volver al cuarto en busca de sus libros, asistir a la primera hora de clase. Además de su bolso esta vez también llevó la campera verde, no pudo evitar sentir que olía verdaderamente mal, como si alguien hubiera vomitado sobre ella, aunque no mostraba signos de aquello. Aguardó en la puerta a la espera de encontrar a Arthur, pero cuando lo vio notó que su rostro estaba realmente demacrado.
—Veo que la resaca no te sienta bien —se burló.
—Cierra la boca —le espetó Arthur.
—Ten —le extendió su campera—, olvidaste esto anoche. Dime, ¿tus visitas nocturnas van a ser frecuentes? De ser así, agradecería que la próxima no olieras a cerveza de mala calidad.
Sorprendido por la declaración, Arthur le arrebató la campera de las manos.
—No te hagas ilusiones, no sabía lo que hacía. Además —agregó—, no es como si no la hubieras estado pasando bien antes de eso.
—Si te refieres a tener tu lengua atorada en mi boca, estás terriblemente equivocado —dijo, con más veneno del necesario en su tono. Y también estás terriblemente bueno, no pudo evitar pensar. Francis detestó ese pensamiento, pero a la vez sabía que no había punto en rechazarlo, pues había surgido en su propia cabeza. ¿Qué era tan bueno en Arthur, de todos modos? ¿Sus dientes torcidos, su pelo de paja, su cuerpo insulso y lengua perezosa? Los estándares de Francis eran mucho más altos que eso.
Arthur lo miraba fijo, como esperando algo. ¿Cuál era su problema? O quizá... algo había dicho y él no había estado prestando atención.
—Hasta la clase de historia es más divertida que tú —sonrió, sin nada mejor que decir. Antes muerto que hacerle saber que se le había quedado mirando—. Nos vemos adentro.
Usualmente, a hora tan temprana, la clase de historia le volvía los párpados pesados y estaba a nada de dormirse. Esa mañana no fue así. No puedo evitar pensar en Arthur, con sus ojos puestos al frente y concentrado, sentado unos cuantos asientos más allá. Aprovechó el estar sentado casi al fondo y sacó su celular para chequear su muro de Facebook, era la única red social que sabía que Arthur poseía. No tenía idea de qué esperaba encontrar, lo que había allí no era nada relevante, considerando que rara vez actualizaba. Apagó su teléfono e intentó por todos los medios concentrarse.
Una idea surgió en su mente. Tenía su número, podía enviarle un mensaje con algún insulto como tantas otras veces lo había hecho, así lograría llamar su atención, incluso podía ser que le respondiera y estuvieran toda la clase mensajeándose. No, era algo muy estúpido, ¿por qué querría eso? De todas formas le escribió un texto, pero antes de poder enviarlo lo borró a toda velocidad.
La mañana transcurrió con los mismos pensamientos intrusivos, su cabeza continuamente desviándose y llevándolo a pensar en Arthur. Decidido a hacer algo al respecto, Francis fue directo a su encuentro a la hora del almuerzo. Esperó que terminara de hablar con Lukas y luego se le plantó enfrente.
—¿Comemos juntos? —propuso sin rodeos.
—¿Por qué? —preguntó el otro, atónito.
—Porque me dieron ganas —se encogió de hombros y entrelazó su brazo derecho con el izquierdo de Arthur, quien no se quejó y se limitó a seguirlo a la cafetería.
Ambos se detuvieron en la fila para efectuar su pedido, detrás suyo se paró Alfred, sosteniendo un postre.
—Vaya, esto no es algo que se vea todos los días, ¡están siendo amistosos!
—No es tan así... —quiso excusarse Arthur, pero fue interrumpido por Francis.
—Son cosas que se dan. ¿No has almorzado todavía, Alfred?
—De hecho, sí, pero venía a darte esto —le ofreció un pequeño crème brûlée y una amplia sonrisa—. Es el último que quedaba.
—¿Para mí? No debiste, sé que te gustan los dulces.
—No fue nada, sólo tuve que tomar dos y guardarte uno, escuché decir a Gilbert que te gustan así que pensé en darte uno —explicó con orgullo.
—Gracias, es muy dulce de tu parte —agradeció Francis.
—Hay un pelo ahí —mintió Arthur, interrumpiéndolos.
—¿Qué? —Alfred se inclinó sobre el postre para inspeccionar—. No hay nada, torpe. Mis lentes tienen un gran aumento, lo hubiera notado.
—Pues ahí está —indicó Arthur con un gesto vago, sin señalar a un lugar exacto.
—Te digo que no veo nada, en serio —insistió Alfred, convencido de que su amigo tenía peores problemas visuales que él. Francis tampoco veía ningún pelo y estaba inclinado a darle la razón a Alfred, pero eso hubiera implicado dejar en ridículo a Arthur. Fue cosa extraña que no se le antojara hacer justamente eso. Con un rápido movimiento de mano, fingió quitar el pelo invisible del postre.
—Ya está. Fuera. Era diminuto y muy rubio—dijo mientras le guiñaba el ojo a Alfred en complicidad—. Lo comeré de todas formas. Gracias, Alfred.
—¡Cuando quieras!
Tras darle una palmada en el hombro a Francis, se alejó de la cafetería sonriendo para sí. Su turno en la línea finalmente llegó, Arthur y Francis ordenaron su comida y luego llevaron las bandejas a una pequeña mesa redonda.
—Sabes que no había nada en el postre. ¿Por qué mentir?
Arthur casi se atoró con su jugo de manzana, tuvo que tomar otro trago para ganar tiempo y pensar en algo para decir a su favor.
—Yo no estaba mintiendo, tú mismo viste el pelo.
—Mentí por ti —admitió, y se sintió extraño al respecto—. Eres un pésimo mentiroso, Arthur.
El susodicho no respondió, se encogió de hombros y continuó con su almuerzo como si no le importara. Francis consideró que probablemente se sentía humillado.
—Este fin de semana iremos al cine con unos amigos —comenzó a contar, algo le hacía pensar que era responsable por el súbito aura y este era su intento desesperado por levantar el ánimo—. Contaba con que también pudieras venir, a menos que tengas planes.
Arthur levantó la mirada, sin terminar de creerse lo que escuchaba.
—¿Al cine, dices?
—Sí, vamos a ver un estreno. Podrías sentarte a mi lado —ofreció, inclinándose un poco sobre la mesa y sintiendo emoción por la respuesta del otro.
—Claro, sí, por qué no.
Para mi querido amigo Ferdinand.
Si hubiera sabido que sería así habría hecho el hechizo mucho tiempo antes. Lo que inició como un error terminó siendo la mejor y más poderosa expresión de mis dotes mágicas. Te confesaré que estaba algo ebrio cuando lo llevé a cabo, no estoy seguro de si eso tuvo algo que ver, lo encuentro poco probable. Sea del modo que sea, ha funcionado: Francis está completa y definitivamente obsesionado conmigo, está enamorado y no hay nada que desee más que a mí. No ha hecho nada demasiado extremo todavía, pero mi magia está surtiendo efecto, puedo sentirlo. Había considerado revertir el hechizo, pero tras ver los primeros efectos mi opinión no es la misma.
Su escritura fue interrumpida por Natalya, al verla acercarse Arthur bajó la lapicera y cerró su cuaderno.
—Veo que estás distraído —señaló al sentarse a su lado en el césped—. Puede que no quieras hablarlo con Lukas o Vladimir, pero yo soy una chica, sé qué es lo que tanto anda ocupando tu mente.
Arthur no supo cómo responder, sencillamente aguardó a que ella volviera a hablar.
—No sabes quién será el muñeco vudú. Es comprensible, yo propuse esta actividad, lo tenía todo pensado de antemano y ustedes no tenían aún una víctima en mente —dijo con tranquilidad mientras sujetaba el muñeco que estaba amando. Un poco más alejados de ellos estaban Vladimir y Lukas, cada cual con su propio muñeco.— Tengo una lista de potenciales víctimas, si quieres puedo dejarte echar un vistazo para que... te inspires.
—Aprecio tu ayuda, Natalya —exclamó Arthur, tomando su propio muñeco todavía sin acabar—. De verdad eres un miembro valioso en el club de magia, has hecho muy buenas contribuciones. Pero creo que yo me encargaré de esto. Quizá mi muñeco terminé siendo Yao, podría hacerlo volver al consejo estudiantil.
Natalya asintió y volvió a lo suyo. Por su parte, Arthur juntó un poco de material para rellenar su muñeco mientras dejaba a su mente divagar. Su cabello de verdad es suave, podría acariciarlo todo el día. Besó mi mejilla cuando se fue de la cafetería, me sonrió y el mundo se iluminó a mi alrededor. Nunca antes lo había notado, pero él tiene el poder para hacer esas cosas. No puedo esperar a que sea mañana. Lo sucedido hasta ahora no fue más que la semilla implantada, es cuestión de tiempo para que las raíces crezcan y se expandan. Si mis palabras suenan como si lo deseara demasiado es porque exactamente eso es lo que ocurre, quiero que pierda la cabeza y no sepa por qué, lo único que va a ocupar sus pensamientos seré yo, Ferdinand, y así es justo como lo quiero.
Ese fin de semana Antonio, Gilbert, Ludwig, Francis y Arthur estaban fuera del instituto, eran pocos los estudiantes que permanecían en el instituto en lugar de salir con sus familias o con un grupo de amigos. Uno de los cuidadores que día a día los acompañaba y asesoraba en la escuela fue junto con ellos, pues era primordial por su seguridad que no salieran sin compañía. ¡Si tan sólo hubieran sabido de las escapadas nocturnas de todos ellos! Cerca del cine se encontraron con Reneé y una amiga suya. Aunque a Antonio le hubiera encantado besarse con ella descaradamente, sabía que no podía comportarse de esa manera frente al cuidador, sin importar lo muy amistoso y agradable que éste fuera. La amiga en cuestión se llamaba Elizabeta Héderváry y había sido traída expresamente para poder presentársela a los amigos de Antonio.
—No puedo creer que trajeras a Kirkland —este último le susurró a Francis—, mi novia está aquí y su amiga también, se suponía que íbamos a pasarla bien.
—No está aquí para buscar pelea, Antonio —le respondió con despreocupación.
—¿Qué se te dio por invitarlo sin consultar antes? Sabías que Elizabeta vendría.
—Es muy bella, pero no creo que esté interesada en ninguno de nosotros —aseguró, desviando la mirada para fijarse en la joven que actualmente conversaba con Ludwig acerca de rutinas de entrenamiento—. Aunque parece estársela pasando bien.
—Si, pero no respondiste a mi pregunta. ¿Por qué lo invitaste? Pensaba que te caía tan mal como a mí.
—Sólo intento ser amistoso, no ha sido tan pesado últimamente.
A pesar de que su amigo no volvió a insistir, Francis no pudo evitar sentir que algo no cuadraba. Le había mentido a Antonio y en algún punto también a sí mismo, pero cualquier otra razón por la cual lo hubiera invitado era inconcebible. Sabía que normalmente él no hubiera negado sus propios sentimientos, no le gustaba vivir con contradicciones en su propio accionar y aun así no comprendía por qué se comportaba de forma errática. Todo pensamiento fue olvidado cuando la mano de Arthur se apoyó en su hombro.
—Ya podemos entrar—le informó, colocando ahora la dichosa mano en la parte baja de su espalda.
Su cuidador se encargó de entregar las entradas e ingresaron a la sala de cine junto con el resto del grupo. Francis quería sentarse al lado de Arthur, era una verdad que no iba a negarse a sí mismo, y el hacerlo requería la discreción que sólo podía brindarle una sala a oscuras. Estuvo tentado a tomarlo de la mano para guiarlo a la butaca. Se resistió a ello por puro orgullo, no iba a dejarse llevar por un capricho momentáneo, en temas de seducción le gustaba estar en control de sí mismo. Se sentó en una de las esquinas y al levantar la vista distinguió la silueta de Arthur tomar lugar a su lado. En su estómago floreció una calidez de la que se deshizo a conciencia sólo para cerciorarse de que sus amigos no sospechaban nada, para su sorpresa Gilbert estaba absorto en una conversación con Ludwig y Elizabeta, como era de esperarse Antonio ya tenía el brazo alrededor de los hombros de su pareja. En la otra punta de la fila, el cuidador procuraba no interrumpir ni agobiar a los menores, para entonces había entablado conversación con un matrimonio sentado a su lado.
—Me extraña que no te hubieras sentado junto a tus amigos —Arthur le dijo de repente.
—¿Por qué te invitaría para después ignorarte?
—¿A si que no les va a importar que tenga toda tu atención?
—Sobrevivirán.
Los avances iniciaron y las tenues luces restantes se apagaron del todo. Arthur se acercó para hablarle de cerca, en voz baja a fin de no molestar a los demás espectadores y también para arrancar un escalofrío de Francis.
—Me alegra que te hubieras quedado con mi campera la otra noche —susurró—, todavía conserva tu aroma.
—No debería —le comunicó—, estuvo tirada en el suelo de mi habitación todo el tiempo. Quizá lo que hueles sea Gilbert.
—No —negó con la cabeza—. Puedo sentir tu perfume ahora y estoy seguro de que es el mismo. Además, cuando te la colocaste no llevabas remera, puede que eso haya tenido algo que ver.
Realmente era malo coqueteando, Francis lo supo enseguida, no le hubiera aconsejado decir nada de eso si lo que quería era levantarse a alguien. En su lugar, podría haber hablado del beso. Entonces, ¿por qué no lo hacía él mismo? La respuesta era sencilla, temía que el resultado fuera increíblemente positivo y acabaran besándose ahí mismo. También podría haberle seguido el juego e insinuar que había dormido con la campera puesta. Sencillamente no quería complacerlo, no tenía por qué hacerlo. Francis no volvió a contestarle, eventualmente la película comenzó y puso toda su fuerza de voluntad en concentrarse en la pantalla gigante. Habían optado por elegir una comedia, la opción neutral, de otra forma nunca llegaban a un consenso. Cuando se trataba de una comedia medianamente decente todos la aceptaban. Eventualmente comenzó y Francis trató de seguir el hilo de la historia, no había pagado la entrada por nada. Sin importar cuánto se dijera que debía detenerse sus ojos volvían siempre al rostro que tenía a su lado, iluminado por el reflejo de la proyección. Con cada vistazo se sentía más y más cerca de soltar un suspiro y que su corazón se desbocara. Apretó los ojos con frustración y antes de tener tiempo de arrepentirse se puso de pie para informarle a Gilbert que iría al baño. Su amigo asintió con la cabeza, sin darle mucha importancia a algo tan común. Cuando bajaba las escaleras, Arthur se apresuró a seguirlo y, a diferencia suya, no le avisó a nadie.
Ni siquiera fue al orinal, lo único que buscaba era despejar su mente y forzarla a entrar en razón. Se mojó un poco la cara y se secó sin apuro. No podía terminar de creerse que algo así le hubiera pasado en cuestión de un día. Comenzaba a arrepentirse de haber dejado la sala de cine por el solo hecho de que ya no podía sentir más la presencia de Arthur a su lado. Sacudió la cabeza decidido a sofocar esa añoranza. No había nada que pudiera gustarle de él, mucho menos ese beso que habían compartido. Había permitido que sucediera para fastidiarlo, nada más que eso, estaba seguro de que incluso Arthur lo había deseado más. Él había estado en control, seguro de lo que hacía, hasta que Arthur tuvo que tocarlo y después hacerse el desinteresado. A Francis no le gustaban las personas como él, en absoluto, y de todas formas deseaba su compañía.
—¿Francis? —oyó decir a Arthur . Se volteó para verlo entrar hasta donde él estaba y rodó los ojos con fastidio.
—No me digas que me seguiste.
—De hecho, sí —afirmó, tomando un paso hacia adelante con cautela. ¿Cómo no seguirte después de eso?—. Te marchaste de repente... Después de haberte quedado mirándome.
—Mira, sólo vuelve. Yo iré cuando haya acabado.
—Nunca hemos hablado seriamente de lo que pasó la otra noche.
Oh, Ferdinand, no hay mejor momento que ahora.
—Nos besamos, Arthur, eso fue todo.
Ante sus palabras, el otro negó con la cabeza. Estaba a punto de responderle cuando vieron a un desconocido entrar al baño.
—¿Podemos ir a hablar a otro lado? —pidió Arthur, haciendo seña a la puerta.
Ambos salieron y buscaron un rincón solitario, siempre cerca de la entrada a la sala de cine.
—Bien, dime —suspiró Francis.
—A lo que me refería es a lo que ocurrió después, cuando fui a buscarte.
—Estabas borracho. ¿Qué hay con eso?
—Es cierto, pero lo hice por una razón, de verdad tenía ganas de verte —le confesó. Las manos se me humedecen y la garganta se me seca, parece que tragara polvo en lugar de saliva, pero los nervios no me van traicionar. Sé que Francis no me va a rechazar, no puede hacerlo.
—¿Y por qué me lo dices ahora? Fue por ese beso, ¿no? ¡Sabía que nunca debió haber pasado! —exclamó, negando con la cabeza—. He estado confundido últimamente, pero bajo ninguna circunstancia esto —señaló el espacio entre ellos— será posible, nunca.
—Sólo dime una cosa —pidió Arthur mientras lo tomaba por los hombros. Ante el contacto, Francis sintió que su cuerpo se derretía—. ¿Te gustó?
—Fue terrible —respondió con mirada dura—. Tenías gusto a cerveza en la boca, usaste mucha lengua, no parabas de respirarme encima, pero... cada vez que pienso en ese momento... —volvió a negar con la cabeza—. No, nada tiene sentido.
—Si te gustó, ¿qué importa lo demás? No me fue sencillo admitirlo a mí tampoco.
Por supuesto que después del hechizo no me costó nada.
—No parece correcto —explicó Francis.
—Déjate llevar y todo será más fácil.
—¿Crees que así será?
Arthur asintió y movió las manos a su rostro para sujetarlo con suavidad, se acercó a él lentamente y luego lo besó. Francis no mostró resistencia, pero tampoco iniciativa, al principio dejó sus labios quietos a pesar de que los de Arthur estuvieran besándolo. Déjate llevar, Francis se repitió mentalmente, intentó ignorar todos sus pensamientos y a aquella voz en su mente que comenzó a exclamar no, no, no, no está bien. ¿Era eso lo que quería? Entonces la mano de Arthur lo tomó por la cintura y lo afirmó contra sí, tal como había sucedido la otra noche. En un impulso dejó que sus ojos se cerraran, se aferró al frente de su suéter con ambas manos y lo besó con fuerza. Pudo sentir a Arthur flaquear, sólo para devolverle el gesto con renovada intensidad un instante después. Sus manos recorrieron el corto cabello y empujaron su rostro incluso más cerca. Cuando la mente de Francis por fin pudo conjurar un pensamiento coherente se preguntó cómo había podido vivir todo este tiempo sin Arthur en sus brazos.
