Hola gente :)

Decidí hacer un capítulo corto para ver si alguien se ve interesado en leerlo.

Dejen sus comentarios y avísenme si quieren que lo siga.


Acaricio el cabello de mi hija y evito hacer contacto visual, ya que sé que eso implicaría que un millón de lágrimas se abriesen paso y cayesen con abundancia por mis mejillas, cosa, que por razones lógicas no puedo permitirme.

La acerco a mi cuerpo y la aferro a mí, pretendiendo que eso evitase que algo malo le sucediese, como a mí me esá pasando en este instante.

Me limito a recitar las palabras "Todo estará bien" una y otra vez. ¿La verdad? No lo sé. Recuerdo como Peeta me miró en la ocación en que intentaba arrebatarme la vida, esa mirada cargada de odio y rencor, la misma con la que me observó la primera vez que intentó hacerlo, cuando estábamos en el Distrito 13.

Sé que no debería culparlo, ya que en realidad no es su culpa, que de verdad nos ama a ambas, pero ese no es mi Peeta: son las huellas que el Capitolio nos dejó.

También sabía que no sería fácil seguir adelante, que jamás podríamos olvidar las pesadillas que Snow nos hizo vivir y que tal vez Peeta jamás volvería a ser el mismo chico alegre que era durante su adolescencia, pero la vida siguió su curso y uno no puede cambiar el pasado, sólo debe dejarlo ir y concentrarce en construir un futuro mejor. Así lo hicimos, luego de algunos años contrajimos matrimonio, y más tarde, Peeta me suplicó por un niño. De veras quería uno, así que terminé accediendo. El día en que Keara nació, fue uno de los más felices, tanto para mí como para Peeta. Aún recuerdo su sonrisa y la única lágrima que brotó de su ojo al cargarla, producto de la dicha que nos trajo ser padres.

—Hola, soy la doctora Sami Cartwright. Un gusto conocerla. —dice una mujer alta, esbelta y morena, mientras estrecha su mano.

—El gusto es mío. —respondo cortezmente, mientras finjo una sonrisa, acepto el apretón e intento recuperar el juicio.

—Lamento decirle que no están perimitidas las visitas, las condiciones de su esposo no son exactamente las más favorables, y por desgracia, van en decadencia. —explica la doctora—. Le avisaremos cuando sea posible ver a su marido.

La observo con una mirada vacía y perdida. Siento un nudo que me oprime el pecho, se me hela la sangre y adopto una mirada más bien sombría... No sólo ha recaído, sino que empeora. Me duele expresarlo, pero comienzo a pensar que está todo perdido, que mi Peeta está perdido.

Asiento y luego de un silencio sepulcral me limito a gesticular la palabra "Gracias". Hago un esfuerzo sobrehumano para manter a aquellas lágrimas lejos de la vista de mi hija y tomo su mano. Hago un ademán para que nos vayamos, ésta asiente y abandonamos la sala de espera, saliendo por la puerta trasera.

Caminamos por un vasto jardín, previo a la salida del psiquiátrico y durante este trayecto se me para el corazón un millón de veces: una por cada diente de león tapizando el parque que mis ojos son capaces de distinguir.