Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.
"Sorprendentemente cuarenta años más tarde, sus memorias conservan muchas de las pequeñeces de la vida cotidiana. Detalles, matices, colores, sonidos. En su mundo, la cotidianidad y la existencia se unían, la existencia en sí era valiosa, ellas recuerdan la guerra como una época de su vida. No tanto las acciones y los acontecimientos, sino la vida como tal. En más de una ocasión observé que en sus relatos lo sencillo vence a lo grande, incluso vence a la Historia"
La guerra no tiene rostro de mujer —Svetlana Alexiévich
Los inadaptados
Sin cruzar más palabras se encaminaron fuera del sencillo departamento donde se hospedaban. Era propiedad del Escudo Rojo, y en varios otros departamentos del edificio había más miembros de la organización hospedados. Llevaban ahí una semana, desde que llegasen a Nueva York, pero se habían dado cuenta de que los miembros llegaban y luego se iban con asombrosa frecuencia.
David y Louis eran de los pocos que se mantenían en el edificio; después de todo, desde siempre aquellos que portaban el nombre de David y Louis, eran los miembros encargados de acompañar a Saya y Hagi allí a donde fueran. Y siendo sinceros, eran de los pocos miembros de la organización que a Saya le interesaban.
Su departamento estaba justo debajo del de ellos, pero en su camino al estacionamiento no se los toparon, aunque Saya pudo escuchar la televisión encendida cuando pasaron frente a él y el olor a cigarrillo escapando por las rendijas de la puerta; mientras tanto, encontraron el resto de los pasillos del edificio en completa y solitaria calma. Un contraste que Saya encontró bastante peculiar para ser una de las tantas construcciones que formaban parte de la apretada extensión de la Gran Manzana.
Aún así, para tratarse de una ciudad tan ajetreada y grande como Nueva York, esa tarde la gran metrópolis estaba bastante tranquila, gris, y sólo unos cuantos transeúntes deambulaban por las aceras, resguardados bajo paraguas: después de todo, era entre semana, estaba lloviendo y a esa hora mucha gente había regresado ya a casa.
Saya frunció el ceño en un gesto hosco cuando los miró una vez que salió a la calle.
Desde antes de poner un pie en Nueva York, supo que odiaría la maldita ciudad. A través de todos los países de Europa y Asía que había visitado a lo largo de las misiones que el Escudo Rojo le encomendaba, las ciudades grandes eran las que siempre odiaba más. Podía sentirse mucho mejor caminando por las frías estepas de Siberia o los oscuros bosques de Alemania que en las ciudades atestadas de gente.
Era una razón, tal vez, un poco infantil, pero odiaba a la gente que habitaba aquellas ciudades porque, creía, le parecían demasiado inconscientes. Caminaban de un lado a otro, inmersos en sus propios asuntos, como si sus vidas fuesen más importantes que la de cualquier otra persona. Como si el mundo girase alrededor de sus problemas cotidianos. Y de esa manera vivían su vida y morían, y de esa manera, alguna vez, ella también vivió.
En algún momento, en el inicio de la guerra, intentó sentirse igual a los humanos, intentando necia no perder la simpatía hacia ellos, la simpatía que podía ser la última y peligrosa línea que los separase para siempre como especie, pero no lo consiguió. ¿Alguna vez sintió siquiera esa simpatía, ese sentido de pertenencia? ¿Alguna vez se sintió humana? Hagi y Joel habían sido los únicos humanos que la aceptaron en el pasado, pero dentro de sí siempre supo que era inmensamente diferente a ellos: su resistente piel y su rostro juvenil, que guardaba ojos que habían visto ir y venir décadas y décadas de vida se lo recordaba cada vez que se veía al espejo durante las mañanas y cada noche antes de dormir. Siempre, siempre igual, ninguna arruga a los cuarenta años de vida, mientras el mundo a su alrededor cambiaba, evolucionaba o envejecía hasta finalmente morir, pero para ella todo seguía igual a más de cien años de su nacimiento.
Ahora sabía que era imposible sentirse igual a los humanos si el reflejo en el espejo le devolvía siempre la misma imagen.
De alguna forma, la frustración la llevó a centrarse en sus propios problemas, los que peleaba en la cotidianidad de su guerra de la misma forma que los seres humanos lidiaban con los problemas mundanos de la vida diaria, y aquel rasgo humano que había aprendido a despreciar con el paso de los años terminó interiorizándose en ella porque, ¿qué le importaba que un neoyorquino se quedase sin trabajo si ella podía perder la guerra que peleaba por los humanos?
Uno de los rasgos que más despreciaba en los citadinos se había vuelto tan común dentro de su persona que no podía evitar sentirse enferma y tremendamente infantil. Era, entonces, el único rasgo capaz de compartir con la raza humana, pero el hecho innegable de que su vida fuese inmensamente distinta a la de aquellos humanos, cuyo deber era proteger de los quirópteros, la hacían sentir una envidia profunda y densa que día con día la carcomía con más fuerza. Porque al final de cuentas ellos no sacaban las manchas de sangre de su ropa noche tras noche, batalla tras batalla, para salvar la vida de un montón de desconocidos. No lidiaban con el insomnio, el constante estado de alerta ni las frecuentes heridas, todo para mantener su mundo a salvo. Un mundo a donde ella no pertenecía.
Aún más, ellos jamás sabrían de ella, o de Hagi, o de cualquier miembro del Escudo Rojo, mucho menos de Diva y sus Caballeros, al menos no si ganaba la guerra.
Y hasta ahora, aunque Saya sentía que estaba ganando cada batalla que libraba contra los quirópteros, sabía que estaba perdiendo la guerra. Pero los soldados que peleaban en las guerras del mundo, en las guerras de los humanos, al menos sabían que tarde o temprano, cuando todo acabase y si por buena suerte salían con vida, podrían tal vez regresar a casa con sus familias. Tenían con ellos la esperanza de un futuro, si no para ellos, para la causa por la cual cualquiera de los bandos peleaba. Porque al final de cuentas nadie se va al frente y a ver a la muerte a la cara si no tiene esperanza de un futuro mejor para los suyos.
Pero a ella lo único que le esperaba era una promesa de muerte a la cual se abrazó por voluntad propia.
¿Sería esa la razón por la cual tantos soldados se suicidaban al regresar, vivos, de una guerra?
A veces se preguntaba por qué demonios hacía todo eso. Pasarse al bando de Diva, como alguna vez le propuso Rasputín en Rusia, y como Amshel también le sugirió en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, no era opción para ella y su orgullo, pero siempre tenía la tercera opción de simplemente abandonar la batalla, desaparecer de la vista del Escudo Rojo con Hagi y huir juntos allí donde nadie los encontrase, hasta el fin del mundo si fuese necesario.
Por su mente pasó la imagen de uno de sus cuadros favoritos, uno de los tantos que tuvo colgados en su alcoba en el Zoológico, el último que colocó sobre aquellas paredes convertidas en cenizas hace mucho tiempo: una ciudad recién fundada en el sur de Argentina llamada Ushuaia, a la cual se le comenzó a conocer como la ciudad del fin del mundo.
Joel solía llevarle cuadros de los lugares que visitaba y de otros sitios lejanos del mundo en triste compensación a su prohibición de dejarla salir más allá de los muros del Zoológico y las villas que lo rodeaban. Ushuaia era un sitio que Joel nunca visitó, pero cuando le entregó el cuadro le dijo que deseaba conocerlo, aunque a sus más de setenta años dudaba que su avanzada edad diera para un viaje tan largo.
Semanas antes, cuando estuvieron en Japón, durante una discusión con Hagi a la cual él respondió que siempre la seguiría, al fin del mundo si era necesario, Saya recordó responderle, casi fuera del lugar, casi infantil, que el fin del mundo no tenía nada de poético y que, de hecho, se encontraba en la lejana Argentina; que si quería se podía ir él solo para allá porque ella no tenía intenciones de realizar tal viaje. Una clara amenaza a que lo desterraría como su Caballero si seguía dándole su opinión y haciendo de la voz de su consciencia.
La desgracia de ambos, como amigos, como compañeros de batalla, como ex amantes, es que de alguna forma, a pesar de haberle arrebatado la humanidad con un beso sangriento, Hagi tenía la maravillosa y absurda virtud de seguir sintiéndose como un humano, y de seguir viéndola a ella como una humana, tal vez una humana algo peculiar, pero nunca como el monstruo en el cual ella sentía que finalmente se había convertido a fuerza de golpes, curtiéndose en batalla.
Todavía seguía sin intenciones de largarse a aquel sitio, pero por unos instantes se imaginó allí con él, lejos del Escudo Rojo, de Diva, sus Caballeros y los endemoniados quirópteros. Sólo con Hagi en la Tierra del Fuego, en el infierno congelado.
Luego la idea le pareció patética y tan imposible como la contradicción en el nombre de aquel sitio y su fría ubicación. En cambio, al único lugar al cual iría por ahora, sería a la farmacia más cercana.
Finalmente, la idea le dio risa, aunque ninguna sonrisa ni sonido salió de sus labios, mientras se preguntaba en qué momento comenzó a ver de esa manera su vida: en qué momento comenzó a ver a los seres humanos –ya no personas-, como seres sin rostro ni significado: todos le parecían iguales, con los mismos rasgos, la misma sangre y el mismo origen en la cuna de la humanidad allá en el lejano continente Africano.
La amargura subió por su garganta como una náusea, preguntándose una y otra vez en qué momento dejó de ver a los seres humanos como seres individuales y con valía, la suficiente como para poner su propia vida y persona entre ellos y las criaturas que buscaban devorarlos, cuando la realidad es que el presente era fútil, y el futuro, simplemente impensable para cualquiera, por muy visionario que fuese.
Después de todo, los humanos no necesitaban quirópteros ni a ninguna Diva ni Caballeros psicóticos para acabar con ellos mismos: aún después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, ahora se encontraban inmersos en la Guerra Fría, siempre bajo la amenaza del botón rojo y un apocalipsis nuclear que los llevase directamente a la extinción. Y los muy idiotas pensaban que lo único bueno de esa guerra es que era tan mala, que tenía que ser la última.
La idea del presente fugaz y el futuro impensable volvió a taladrar en la cabeza de Saya tan verdadera como el hecho de que los carruajes evolucionaron en automóviles.
—Es aquel auto —Hagi la sacó abruptamente de aquel amargo trance cuando llegaron al estacionamiento; de pronto, como nuevamente en la realidad, el aire fresco, casi frío, le golpeó el rostro junto a la humedad de la lluvia.
Saya se arrebujó en su gabardina y caminó frente a una fila de autos grises y negros. El que Hagi había indicado estaba al final del estacionamiento y era de color gris. Al igual que los demás, estaba empapado de agua.
Se dirigió a la puerta del copiloto, pero Hagi se le adelantó, apresurado, para abrirle la puerta. La muchacha se quedó unos segundos paralizada por la acción.
—No tienes que hacerlo —dijo con tosquedad, rodando los ojos—. No estamos en el Zoológico.
—Lo seguiré haciendo, Saya —respondió él, negado a dejar de lado los modales aprendidos en la mansión de Joel. Saya sólo suspiró; mucho decía Hagi sobre siempre seguir sus mandatos, pero ciertamente solía desafiarla con esos detalles. Lo encontraba irónico, dentro de todo, porque la mayoría de las mujeres abogaban por los modales y la caballerosidad. Añoraban que los hombres tuvieran esos pequeños detalles con ellas, mientras que Saya, si bien aquello no le molestaba, hace mucho tiempo no encontraba razón alguna para ser tratada como una dama.
Desde su prematuro despertar había estado mucho más tensa que en años anteriores, incluso agresiva para con todos: desde Hagi hasta David, Louis y el resto del Escudo Rojo, incluso hacia los humanos, aunque seguía interponiéndose entre ellos y los quirópteros. Al final de cuentas, ¿no había salvado, sin razón ni necesidad alguna, e incluso buscándose problemas de más por ello, a aquella asustadiza y religiosa enfermera de la Base Aérea de Yokota? En ocasiones sentía que estaba interiorizando de una forma profundamente perversa su papel como arma y guerrera: decía, como un rezo, que no podía matar humanos, pero en realidad no tenía ninguna razón para protegerlos ni salvarlos cuando tenían la mala suerte de quedar en medio de la línea de fuego. Su único trabajo era matar, no proteger.
Finalmente decidió guardarse todo para ella y su propia amargura.
Sin decir nada, subió al auto, y al sentarse vio a su Caballero rodear el cofre del vehículo antes de subir. Lo siguió con la mirada cuando, con movimientos bien aprendidos y seguros, encendió el auto, activó los limpiaparabrisas para quitar la capa de agua sobre el cristal y finalmente maniobró con el volante y la palanca para salir del estacionamiento.
La radio se encendió al mismo tiempo que el auto. Sonaba Help!; de nuevo los Beatles.
Se volvió a preguntar si Hagi odiaba o no la música sesentera, pero por alguna razón nunca terminaba de exponer en voz alta sus dudas.
En cuanto el auto comenzó a moverse miró a la calle desde su propia ventana, pero no encontró nada especialmente interesante y, aburriéndose, temió quedarse dormida a medio camino. Se volvió para mirar a su Caballero y lo encontró tan serio como siempre, aunque su gesto estoico parecía más rígido que de costumbre. Probablemente por el hecho de estar manejando, sorteando el escaso tráfico y las inclemencias del asfalto mojado, enmarcado por los interminables caminos de hojas otoñales empapadas.
Soltó una risa, no exactamente alegre ni divertida, sino más similar a un silbido.
—¿Qué sucede? —El Caballero se volvió hacia ella unos segundos antes de regresar la vista al frente. Escuchar a Saya reír, por así decirlo, últimamente era casi un milagro.
—Siempre tienes alguna cosa nueva, o una sorpresa, siempre que despierto —Hagi, curioso, alzó una ceja: no lograba identificar si aquello era un cumplido, una queja, o una simple observación, pero sí notó que esa tarde Saya estaba de un buen humor que ya era bastante inusual en ella—. Cuando desperté la primera vez ya sabías hablar ruso, y la segunda vez, alemán. Ahora sabes hablar italiano, conducir y estás tatuado. Te estás volviendo un rebelde, Hagi.
—No hablarás en serio. Sólo aprendí italiano porque estuve mucho tiempo en Florencia —El Caballero esbozó una muy ligera sonrisa. Saya no pudo verla, y tampoco se imaginó la ciudad italiana, como solía hacer cuando Hagi le contaba sobre los lugares por donde había caminado durante su largo sueño, porque en esos instantes se encontraba ahí mismo, en el auto, recorriendo un pequeño rincón de todos los que conformaban la ciudad de Nueva York, observando la serie de imágenes cambiantes de los arboles de la acera, los edificios de departamentos, a la gente caminando, paseando a sus perros y regresando de sus trabajos.
Su cabeza no estaba en ningún otro sitio, y de pronto, regresó a su origen, como las tortugas volviendo a la misma playa donde nacieron para traer consigo a la siguiente generación.
—Me pregunto que habría dicho Joel, o Amshel, si te hubieran visto ese tatuaje —aventuró Saya.
—Joel me habría expulsado del Zoológico —supuso él, aunque no estaba muy seguro. Dudaba mucho que con cualquier cosa que hiciera lo expulsaran: después de todo, en el Diario de Joel leyó, poco después del desastre, que de todos los sirvientes y pretendientes que le presentaron a Saya, él había resultado ser la mejor opción: básicamente, la más duradera y tolerante para con la muchacha. Todos los demás se cansaban o huían, aterrados de sus peculiaridades y mal carácter—. Y Amshel habría dicho que me lo merecía.
—¿Cómo es eso? —Se volvió a verlo, frunciendo el ceño—. ¿Por qué? ¿Significa algo, o sólo fue un experimento?
El Caballero guardó silencio unos segundos, sin apartar la vista del camino. No había mucho tráfico el cual usar como pretexto, y se preguntó si tal vez había hablado de más.
—Sí significa algo —Empezó a decir, estoico—. En los campos de concentración nazi marcaban a los prisioneros con triángulos invertidos de distintos colores para clasificar a los grupos que estaban ahí, dependiendo de sus crímenes. El triangulo negro era para los inadaptados, las mujeres asociales, los dementes y gitanos.
Saya alzó ambas cejas. En el pasado, tanto Hagi como Joel y Amshel, parecían estar coludidos para no contarle el verdadero origen de su sirviente personal y posteriormente, amigo. Lo único que ella sabía es que había nacido en la lejana Rumania y Amshel lo había encontrado en una feria de París, pero cuando Hagi, siendo un niño recién llegado al Zoológico, le confesó al punto del llanto que sólo lo habían comprado para ser su sirviente, comenzó a sospechar de sus verdaderos orígenes.
Nunca había salido fuera de las murallas y villas cercanas del Zoológico, pero sabía que existían grupos, razas y etnias en otros sitios a las que solían comprar como esclavos, sobre todo a los indígenas de América y a los negros traídos de África. Los gitanos de toda Europa, en muchas ocasiones, corrían con la misma suerte.
Con las pistas de Rumania y París juntas comenzó a sospechar que Hagi, en realidad, era gitano, aunque no lo parecía a la imagen clásica que se había formado de ellos.
Joel, y especialmente Amshel, le habían contado cosas horribles sobre los gitanos a lo largo de su vida: sobre su tendencia genética al engaño y al robo, su holgazanería, la pobreza, suciedad y enfermedad que llevaban allí a donde llegaban y su comportamiento nómada e inadaptado a las buenas costumbres, nunca estable y sobre todo, inaceptable.
Saya alguna vez sintió temor de todos los prejuicios que le inculcaron en su momento, pero siempre admiró profundamente esa capacidad de ir allí a donde el viento los llevara, recorriendo las extensas calles del mundo, esquinas y rincones que siempre estuvieron fuera de su alcance, pies y vista más allá de los maravillosos y tristes cuadros que Joel le obsequiaba.
En parte, también los envidiaba, y cuando conoció a Hagi se dio cuenta de que, probablemente, todas las cosas que Amshel le había dicho no eran más que mentiras y generalizaciones.
De hecho, todo lo que alguna vez Joel y Amshel le dijeron eran mentiras.
Por otro lado, durante mucho tiempo siguió renuente a aceptar que su mejor amigo fuese gitano. Él no es cómo me han dicho que son esas personas, es todo lo contrario a ellos, pensaba constantemente, a la par que se armaba rebuscadas novelas en la cabeza para explicar el misterioso origen del chico: una de sus fantasías favoritas es que Hagi podía ser el hijo desterrado o perdido de algún zar o noble ruso, mientras que los adultos más crueles, amigos y socios de la familia Goldschmidt, rumoreaban que Hagi era, en realidad, el hijo bastardo de Joel y una prostituta de lujo de Estambul. Que por esa razón, aunque sirviente por su bastardía, era el preferido de la poderosa familia y contaba con ciertos privilegios que los hijos del resto de la servidumbre no tenían, al punto de ser educado en una gran variedad de ciencias por el mismo Joel y ser el sirviente personal de su hija adoptiva.
Pero la realidad era mucho más simple que sus fantasías de infancia.
Saya tomó aire. A pesar de saber la verdad sobre él, nunca había hablado con Hagi sobre su infancia y vida antes del Zoológico. Le daba la impresión de que él tampoco quería hablarle de eso.
Tal vez, probablemente, al final la realidad no era simple y sencilla, sino cruel.
—¿Los extrañas? —inquirió de pronto, volviéndose a mirarlo. Había comenzado a chispear y notó cómo Hagi frunció el ceño ante la pregunta, como si fuese algo que hasta ahora no le había pasado por la cabeza—. Me refiero a tu familia.
—No —respondió, devolviéndole la mirada unos segundos—. Ha pasado tanto tiempo que apenas los recuerdo.
Mentía. Sí los recordaba, pero como si se tratase de un sueño lejano de muchos años atrás, como si hubiese soñado con la vida de un niño ajeno a él, acompañado de una pareja que siempre viajaba y dos hermanos menores que no se parecían en nada a él.
—Pero te identificas con ellos —sopesó, echándole un vistazo a al sitio donde portaba el tatuaje, ahora oculto tras la ropa.
—Tal vez uno puede decidir su destino, Saya, pero los orígenes propios son inamovibles —respondió, aunque la idea había sonado mucho mejor en su cabeza. No podía hacer gran cosa: las palabras nunca habían sido su fuerte.
En realidad, el triangulo negro no se lo había tatuado solamente por empatía a la etnia que lo vio nacer y que, posteriormente, lo despreció al venderlo. Tampoco por la eterna persecución que sufrían los gitanos ni su exterminación en los campos de concentración, sino, en sí, a lo inadaptado que siempre había sido desde el momento que dio su primer respiro en el mundo.
Y no sólo le recordaba sus propios orígenes, sino también los de Saya, su segundo origen y renacimiento.
Ambos habían sido siempre, por nacimiento, inadaptados y marginados, y en parte por eso se habían vuelto amigos y se complementaron de una manera prácticamente natural. La desgracia de Hagi es que su simpatía por Saya se había transformado en amor, pero ahora Saya no necesitaba el amor de Hagi, sino su fortaleza y toda la monstruosidad que su condición de Caballero, no más que un quiróptero glorificado, podía ofrecer.
El Caballero recordó el momento en que se hizo el tatuaje, y más que pensar en los gitanos, en los nazis o en sí mismo, mientras la aguja penetraba en su piel con un dolor constante y agudo, recordó haber pensado que si Saya hubiese caído en un campo de concentración nazi, también la habrían identificado con un triangulo negro, pero no dijo nada.
—Aún así… —volvió a decir la muchacha—. ¿Les guardas…?
—No, tampoco, Saya —se apresuró a contestar el Caballero. Sabía que le preguntaría si le guardaba rencor a su familia por entregarlo a un desconocido. La chica no tenía idea de que lo habían vendido por una sencilla barra de pan.
Pero a esas alturas, ¿cómo iba a guardarles rencor? ¿Siquiera valía la pena hablar de eso, pensar en eso, en comparación con lo que Saya le había dado? Ella solía decir que al convertirlo en Caballero arruinó su vida, pero la realidad era que no le esperaba una mejor vida siendo un gitano en pleno siglo XIX. Siquiera esperaba superar los veinte años de edad antes de que sucumbir a la influenza, el hambre o la cólera, como sucedió con dos de los cuatro hermanos que tuvo. Irónicamente, fue la mala suerte, la ceguera del amor y un trozo de roca flojo lo cual lo llevó a morir a los veinticinco años.
Si era todavía más realista, en su familia siempre había sido más un extraño que un miembro propiamente dicho. Sus inusuales ojos azules y piel blanca lo hacían ver completamente fuera de lugar en medio de un grupo de personas de ojos esmeraldas y marrones, enfundados en pieles morenas de nacimiento que él era incapaz de conseguir por mucho que se cociera bajo el sol mediterráneo. Incluso su padre dudaba de su paternidad con respecto a él y no perdía oportunidad para reclamarle y recordárselo, pero a esas alturas, eso era algo que a Hagi ya no le interesaba. Al final de cuentas, su familia seguramente había muerto hace décadas, y si existían descendientes sería una empresa imposible localizarlos. Y tampoco le interesaba hacerlo.
Su única familia era Saya; había sido la única que le mostró verdadero cariño y empatía, a pesar de su condición de sirviente, de ser un niño malhumorado, algo insolente, y el secretismo detrás de su origen. Y de no haber sido entregado y vendido por su familia, antes de sangre, jamás la habría conocido.
No se arrepentía ni lamentaba ninguno de los pasos que su destino había dado.
—¿Qué te parece ahí? —Hagi señaló una farmacia a media cuadra de distancia. Saya alzó la vista hacia el lugar y asintió. En cuanto estuvieron cerca el Caballero se estacionó contra la acera.
—Espérame aquí, no tardo —Al terminar de hablar salió rápidamente del auto y se apresuró al interior de la farmacia. La lluvia era muy débil y suave, pero aún así sintió algunas gotas calar entre su cabello y golpear su rostro.
Hagi apagó el auto y se recargó contra el asiento, un poco aletargado. Bajó la ventana de su puerta y esperó, paciente, a que la chica regresara mientras algunas pequeñas gotas de lluvia le mojaban el brazo.
Todavía se preguntaba para qué diablos quería Saya una aguja.
"Con frecuencia solemos caer en la trampa de considerar nuestro, frente a lo nuevo, aquello que tenemos desde hace tiempo aunque, en su origen, nos viniese tan de fuera, nos fuese tan extraño como lo nuevo de ahora"
José Luis López Aranguren
Como prometí en el capítulo anterior, en este se explican (aunque no sé si habrá quedado un poco escueto) las razones por las cuales Hagi se tatuó. Espero la explicación que di justifique correctamente la acción del personaje, pero ya me dirán ustedes su opinión.
Por otro lado, siento que me quedó un poco enrollado el asunto de cómo se siente Saya. Es un poco difícil porque intento mezclar la personalidad indiferente y algo mezquina de la Saya de TLV, con la inocencia y los dilemas morales que tiene la Saya de Plus. Aunque la verdad me ha gustado el resultado.
No tengo más que aclarar. Muchas gracias, como siempre, por sus comentarios y por dar un poco de su tiempo en leer este fic. ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
