Disclaimer: Todo lo relacionado a Fairy Tail es propiedad del COMPLETO TROLL Hiro Mashima.
Spoiler 338, 339, 340. ¿Gajeel con orejas de conejo? ¡¿Es lo único que nos das Mashima?! ¡¿Ni otra pizca de GaLe?! Oficialmente te odio Hiro u.u
En otras noticias…¡Zeref ha vuelto! D: Y lo de Ultear me hizo llorar T.T
Fairy Valentine. Parte II
Laxus caminaba hacia el gremio con desgano. Había pasado la mayor parte de la mañana al otro lado de la ciudad, realizando algunos encargos de recolección de pergaminos mágicos que le había pedido Makarov. En el fondo sabía que el viejo sólo lo había mandado para evitarse el viajecito él mismo. Emitió un gruñido de desacuerdo pero siguió andando. No llevaba su usual abrigo negro y cargaba un pequeño costal sobre su espalda, repleto de los documentos del Maestro. Faltaba poco para llegar a Fairy Tail, y estaba al tanto que en cuanto lo hiciera, tendría que ayudar con las decoraciones del lugar para el festival. Suspiró con pesadez y aminoró el paso.
La calle estaba llena de personas que iban de aquí para allá, y al menor de los Dreyar le provocaba náuseas ver todos esos tonos de rojos y rosas inundando el camino. ¡¿Cómo era posible que existieran tantos?! Intentó cruzar la calle con indiferencia, sin embargo, algo llamó su atención por el rabillo del ojo. Una figura vagamente conocida. Se detuvo a mitad del camino y dirigió su mirada hacia uno de los cientos de árboles del parque principal de Magnolia. Frunció el ceño, entrecerrando los ojos.
—¿Qué hace la Primera Maestra aquí? —se preguntó en voz alta—. ¿Y qué rayos trae puesto?
Dando algunos pasos inseguros, se acercó hasta divisar las alas que llevaba en su espalda, el carcaj de flechas rodeado su cuerpo con un tirante de cuero y una flecha dorada entre sus manos. Arqueó una ceja, confundido. Habitualmente la encontraría en el gremio. No en un parque y vestida de esa manera. Intrigado, se aproximó un poco más y comprobó que lo que sus ojos veían era verdad. Ahí estaba la famosa Mavis Vermillion, sobre las ramas de un gran árbol y ataviada con lo que parecía ser un disfraz de Cupido. Laxus permaneció semiboquiabierto a la vez que la rubia bajaba de las ramas y aterrizaba con delicadeza sobre el pasto. Un segundo después, vio cómo comenzaba a correr con premura, como si estuviera persiguiendo algo. O a alguien. Chasqueó la lengua y decidió no darle importancia, debía tratarse de otro de los juegos inmaduros de la Primera.
—Tch. Y pensar que el abuelo la admira tanto —se dio media vuelta y reanudó su camino.
Mavis iba detrás del Dragon Slayer de Hierro, siguiéndolo a una distancia segura, donde no podía ser detectada con facilidad. Parecía que el pelinegro se dirigía ahora hacia su casa, caminando pesadamente, con las manos en los bolsillos. La Vermillion lo observó desde detrás de uno de los últimos árboles del lugar antes de que Gajeel saliera del parque y se adentrara en las concurridas y adoquinadas calles de Magnolia.
—Tengo que pensar una manera de poder disparar la flecha sin hacer ruido.
Apoyó el pulgar y el índice sobre su barbilla, meditando por unos segundos antes de que se le ocurriera una gran idea. Parpadeó con rapidez y una amplia sonrisa cruzó su rostro a la vez que ella también comenzaba a caminar sobre el pavimento. El hecho de que nadie pudiera verla en ese momento —aparte del Redfox—, era una gran ventaja. Y el ruido que había le resultaría de gran ayuda. Tendría que ser muy rápida, pero si lo lograba, su plan funcionaría.
Siguió a Gajeel por unas cuadras más antes de comenzar a actuar. Se mezcló entre las decenas de personas que transitaban por el lugar en ese momento y aceleró el paso. Justo cuando estaba lo suficientemente cerca del mago, sacó todas las saetas que pudo de su carcaj y las impregnó con la pócima que quedaba. Era todo o nada. Tomó el arco y una flecha entre sus manos, apuntando hacia un sitio específico. Y disparó.
El chillido de una mujer y la explosión de varios globos atrajeron la atención del pelinegro. Al detenerse y dar media vuelta, vio con confusión cómo la multitud comenzaba a correr por todos lados.
—¿Qué demonios…? —murmuró.
Segundos después de que la gente se había dispersado entre gritos de horror, advirtió cómo una oleada de flechas se dirigía hacia su dirección por el camino despejado. Gajeel apretó los dientes, reconociendo el tipo de arma y de inmediato, convirtió sus manos en garras de metal, dispuesto a contraatacar.
—Quieres jugar, ¿eh? —sonrió de lado—. Juguemos entonces.
Actuando con una velocidad sobrehumana, el Dragon Slayer de Hierro rasgó la madera de todos los proyectiles por la mitad. Se plantó desafiante al frente y gritó a nadie en particular:
—¡¿Eso es todo lo que tienes?!
Pero Mavis había sido más rápida y ahora se encontraba a unos metros por detrás del Redfox. Sacó una de sus últimas flechas con prontitud y apuntó hacia él.
—Ésta es mi oportunidad —se dijo cerrando uno de sus ojos.
Justo antes de soltar la saeta, vio al mago deteniéndose en seco y olfateando el ambiente a su alrededor.
—Éste olor —le oyó decir—. ¿La Primera Maestra? —se preguntó incrédulo mientras fruncía el ceño.
—Oh no, me ha detectado —la Vermillion se quedó estática—. Pensé que Gajeel no estaba tan familiarizado con mi aroma. Y que por ser un espíritu en un cuerpo etéreo, no me reconocería tan fácilmente, ni siquiera por ser un Dragon Slayer. Creo que me equivoqué. Otra vez —sus ojos se aguaron a la vez que se sorbía la nariz.
Pensó en retirarse de inmediato e intentar atacar desde otro lado. Sin embargo, Gajeel no se movió. Estaba petrificado en su lugar, sumergido en sus pensamientos, intentando averiguar si su olfato no lo había engañado. Y ese momento de duda fue suficiente para que la rubia lograra su cometido. Volvió a levantar el arco con la flecha y disparó con precisión y rapidez para después salir corriendo antes de que el Redfox la localizara por completo. Los oídos del pelinegro se movieron con ligereza, percibiendo un sonido, y antes de que pudiera voltearse por completo, sintió un pinchazo en la parte más baja de su espalda. Con un gruñido, se giró sólo para ver una flecha clavada en su retaguardia.
—Mierda —dijo en voz alta sacándose la punta afilada del trasero. Arrugó el entrecejo, tomando el proyectil entre sus manos—. ¿Qué clase de broma es ésta?
Normalmente una flecha haría mucho más daño del que le había ocasionado. Miró hacia todos lados, sin encontrar a su atacante. Concluyó que sólo debió haber sido una jugarreta de un estúpido niño y se recriminó por haberse distraído de esa manera. Soltó un improperio a la vez que reanudaba su camino mientras toda la gente salía de sus escondites con cautela, y al ver que todo parecía en orden, regresaban a la normalidad del ajetreado día.
Desde la seguridad de su escondite —detrás de un puesto de flores—, Mavis miraba al pelinegro alejarse con paso lento. Su plan había funcionado.
—¡Sí! —exclamó con alegría alzando y bajando el puño en el aire en señal de victoria.
Laxus abrió las puertas con brusquedad en cuanto llegó al gremio, encontrándose con un escenario similar del que venía. Todo Fairy Tail estaba lleno de los más repulsivos colores de San Valentín.
—¡Laxus ha vuelto! —un peliverde se arrojó hacia él con un fuerte abrazo y lágrimas en los ojos.
—Hazte a un lado Freed —contestó mientras apartaba a su compañero una mano y buscaba a su abuelo con la mirada—. ¿Dónde está el viejo?
—¡Yo!
Makarov apareció por un lado ante la llamada, haciendo que su nieto lo mirara con incredulidad. Portaba una gran botarga de corazón rojo donde sólo sobresalían su cabeza, piernas y brazos, acompañado de un gorro del mismo color.
—¿Y bien? ¿Cómo te fue? —preguntó con alegría mientras el rubio sacudía la cabeza a modo de desaprobación.
—Para la próxima te encargas de ir tú sólo —respondió entregándole el saco con los pergaminos mágicos—. Esos tipos son unos pesados —Laxus se alejó con desinterés—. Por cierto, la Primera está en la ciudad.
El mayor de los Dreyar parpadeó varias veces.
—¿La Primera está aquí? ¡¿Y por qué no le dijiste que viniera al gremio?! —exclamó con enojo.
—Bah, estaba muy entretenida jugando con un estúpido traje de Cupido.
—¡No seas aguafiestas Laxus! —gritó Macao por un extremo—. Déjala que se divierta. Nuestro propio maestro lo hace.
El rubio se giró sólo para ver que su abuelo se había puesto a bailar sobre una de las mesas del gremio, con varios magos a su alrededor aplaudiendo y animándolo.
—Sí, sí, lo que sea —respondió con desgana.
El Dragon Slayer del Rayo se dio media vuelta y se dirigió hacia la barra. Detrás de él, un Exceed negro pasó volando.
—¿Alguien ha visto a Gajeel? —preguntó Pantherlily mientras recorría el gremio, recibiendo varias negativas—. Ese idiota —bufó—. Con suerte lo encontraré en la casa —se dijo a sí mismo encaminándose a la salida de Fairy Tail.
Gajeel aminoró la marcha. Hacía un par de minutos que había comenzado a sentirse extrañamente mareado. Su respiración se había tornado laboriosa y un sudor profuso cubría su frente. Sentía el cuerpo más pesado de lo normal y lo obligó a detenerse unos segundos después. Colocó una de sus manos sobre la pared de una de las casas de la calle, encorvándose un poco y mirando con dificultad hacia el suelo.
—Algo anda mal —se dijo en silencio—. Ni siquiera estoy en un estúpido transporte. Entonces, ¿qué demonios sucede?
Avanzó un poco más, tambaleándose a cada paso que daba. Pero la carga que sentía sobre los hombros parecía una tonelada, arrojándolo al final al suelo, de rodillas. Estrelló ambos puños contra el suelo, desesperado. Entonces recordó algo importante. La flecha. Se percató con horror que la flecha podía haber tenido un veneno que le estaba produciendo todos esos efectos. Lo estaba matando. Abrió los ojos con desmesura e intentó gritar, pero sólo logró emitir un sonido ahogado. Sus inhalaciones se hicieron más lentas a la vez que sus párpados se cerraban en contra de su voluntad. Y después todo se volvió oscuridad.
Justo unas cuadras atrás, Mavis se hallaba sentada sobre el tejado de una casa, con una gran sonrisa dibujando su rostro. Se había deshecho del conjunto de Cupido y ahora usaba su común vestido rosa. Seguía observando con alegría las decoraciones de la ciudad, pasando entre decenas de personas que transitaban el lugar por aquellas horas. Su mirada se paseaba entre los puestos de flores, dulces, chocolates y globos, disfrutando del panorama, hasta que sus ojos divisaron una figura tendida sobre el camino a varios metros de distancia. La rubia inclinó la cabeza, arqueando una ceja. Entrecerrando los párpados, logró distinguir de quien se trataba.
—¡¿Gajeel?! —exclamó abriendo los ojos de golpe.
Bajó de un salto y en seguida empezó a correr, apresurándose en llegar hasta él. Con la respiración agitada, se detuvo frente al cuerpo inerte del Redfox. Asustada, juntó las manos cerradas a la altura de su boca. Dio otro par de pasos inseguros.
—¿Gajeel? —cuestionó temerosa mientras le daba una pequeña patada en el hombro, sin obtener respuesta—. ¡Oh no! ¡¿Está muerto?! ¡¿Lo maté?! —gritó por completo aterrorizada arrodillándose a su lado—. ¿Gajeel? —volvió a preguntar picándole con insistencia la frente con el dedo índice—. ¡Oh por Kami! ¡No! ¡No te mueras!
Desesperada, comenzó a zarandearlo con todas las fuerzas que le permitían sus brazos, pero no hubo resultado alguno. Respirando entrecortadamente, buscó el frasco con la pócima que había preparado entre su vestido. Observó el líquido rojo con detenimiento, intentando buscar algún defecto que le hubiera ocasionado aquello al mago. Pero todo parecía en perfecto estado.
—Entonces…¿por qué? —se preguntó con las cejas inclinadas hacia abajo y el corazón en la garganta—. ¡Pero si a la ardilla no le pasó nada! —su expresión cambió a una pensativa—. O eso creo —regresó su atención al Dragon Slayer de Hierro—. ¡Vamos Gajeel! ¡Despierta! ¡No te puedes morir! ¡Aún tienes que ver a Levy mañana!
Miró hacia todas partes, frustrada.
—¡Por favor! ¡Que alguien me ayude! —gritó a algunas personas que estaban cerca, sin recibir respuesta—. Oh, no. No me pueden ver —se quejó—. Y no tengo magia de curación —unas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas—. Un momento. ¡Wendy! ¡Tengo que ir al gremio!
Estuvo a punto de ponerse en pie para salir corriendo cuando una voz por un extremo la detuvo.
—¿Señor?
Mavis se giró de inmediato, encontrándose con un niño que se detuvo a lado del pelinegro. Llevaba un balón en una mano y una botella de agua en la otra. El pequeño se agachó, poniéndose en cuclillas. La rubia se quedó quieta mientras el chico miraba con curiosidad al mago.
—¿Señor? —volvió a preguntar—. ¿Está bien?
La Vermillion contuvo el aliento a la vez que el niño se acercaba más al hombre y hacía lo primero que se le vino a la mente. Destapó su botella y vació lo que le quedaba de agua en la cara de Gajeel. De pronto, el mago soltó un gruñido que hizo que Mavis se retirara con premura. Se alejó unas cuadras y observó la escena desde detrás de varias personas que realizaban algunas compras.
El Redfox se levantó un poco con dificultad, sosteniéndose la cabeza con una mano mientras con la otra apoyaba su peso por detrás.
—¿Qué demonios? —se preguntó en voz alta a la vez que su vista se tornaba uniforme.
—¿Está bien señor?
—¿Eh? —Gajeel observó al niño que estaba por un lado, con la botella de agua ahora vacía.
—Que si está bien —repitió el pequeño.
El pelinegro frunció el entrecejo en confusión, pero logró asentir con la cabeza. Se incorporó por completo para después ver que el pequeño le sonreía con alegría y seguía con su camino. Lo vio alejarse y se quedó parado en su lugar, preguntándose qué carajo le había pasado o por qué. Recordó las sensaciones que tuvo antes de desmayarse, y ahora comprobaba que no había sido ningún veneno. O ya estaría muerto. Sacudió la cabeza, aún desorientado y empezó a caminar.
Mavis nunca se había sentido tan aliviada en toda su vida. Desde donde estaba, esperó hasta ver que Gajeel parecía regresar a la normalidad y reanudaba su marcha. Extendió su palma sobre su pecho y exhaló con desahogo. Poco después vio cómo el niño pasaba a su lado y seguía con su trayecto. Cómo deseó en ese momento que la gente pudiera verla para poder agradecerle. Observó el frasco que aún sostenía en la otra mano. Entrecerró los ojos y lo arrojó con fuerza contra una pared, haciendo que se rompiera en mil pedazos y derramara su contenido por todo el suelo. Soltó un humph en tono despectivo, dándose media vuelta indignada y dirigiéndose hacia el gremio. Esperaba que su pócima funcionara no sólo con animales y aguardaría hasta mañana para ver alguna reacción por parte de Gajeel. Lo importante ahora era que nadie de Fairy Tail se había dado cuenta de lo ocurrido.
—Pensé que Laxus dijo que la vio vestida de Cupido. Creo que exageró.
Pantherlily volaba hacia la casa que compartían Gajeel y él. Desde los aires había alcanzado a distinguir la figura de la Primera Maestra con su atuendo normal, andando con paso ligero, a pesar de que parecía molesta por alguna razón. Supuso que también formaría parte de la celebración de San Valentín que haría el gremio, así que no le dio importancia y continuó con su vuelo.
—¡Maldita sea! —Gajeel estrelló el puño contra una pared, haciendo que varios ladrillos se resquebrajaran—. ¡¿Qué mierda me está pasando?!
Se sostuvo la cabeza con ambas manos mientras recargaba la espada contra el muro, deslizándose hasta quedar sentado sobre el suelo. Extraños pensamientos corrían por su mente, confundiéndolo, exasperándolo. Pensamientos que había tratado de eliminar. A donde mirara, a donde volteara, aparecía ella. Levy McGarden. Con una sonrisa y su cabello azul resplandeciente.
—¿Por qué no te puedo sacar de mi cabeza? —agachó la mirada—. Maldita enana…¿por qué tenías que ser tú?
Estaba molesto. ¿Desde cuándo sucedía aquello? ¿Desde cuándo se dejaba controlar por esos estúpidos sentimientos? ¿Por qué ahora? Nunca había tenido problemas en guardárselos. Cerrando los ojos, maldijo a su instinto, que parecía estar causando un caos en su interior. Era imposible que ella sintiera lo mismo por él.
Exhaló con fuerza. Quizás no debió ser tan rudo. Levy sólo intentaba ser…¿amable? Rechinó los dientes y abrió los párpados, sólo para que su vista se posara sobre una pequeña tienda que yacía al otro lado de la calle. Una idea cruzó su mente. Tal vez aún podía arreglar las cosas. Sacudió la cabeza. No, no, no. ¿Por qué debía hacerlo? No tenía sentido. Pero sobretodo, ¿por qué quería hacerlo? Eso no era natural. Gajeel Redfox nunca actuaría de esa manera. Ni aunque se tratara de la enana. Pero algo anormal le estaba sucediendo y sentía que cedía cada vez más. Y siendo vencido finalmente por aquellos ilógicos impulsos, se incorporó y cruzó la calle.
—¿Por qué demonios hago esto?
Gajeel yacía de pie frente a la entrada de su casa. Se frotó la frente con frustración y apretó con fuerza el ramo de flores que había comprado, con ganas de deshacerse de él ahí mismo. Pero no pudo. Aún recordaba las palabras de la mujer de la tienda, diciendo que sería un regalo muy bonito para su novia. Entrecerró los ojos y con un gruñido, abrió la puerta. Se dirigía hacia la cocina cuando una voz a su lado lo detuvo.
—Por fin llegas —Lily yacía de patas cruzadas, sentado sobre un sofá de la sala—. Pensé que no te aparecerías.
El Redfox se quedó estático, sin decir una palabra. Estaba tan sumergido en sus pensamientos que ni siquiera había notado el olor del Exceed. Frunció el ceño. ¿Desde cuándo era tan distraído? Era la segunda vez que le pasaba ese día. Y entonces recordó algo. Las flores. Oh, no. Notó cómo la vista del felino caía para después arquear una ceja y sonreír con picardía.
—¿Para quién son las flores? —preguntó con tono burlón.
—Mierda.
Y…habrá tercera parte T.T En fin, contestando a algunos comentarios:
-Myrchalyn. ¡Muchísimas gracias! :'D
-Karo-chan. Sí, estoy vivita y coleando xD
-Shaze-sana. Continúo, gracias C:
-Guest? No escribo hentai xD Pero sí mucho GaLe :3
Eso es todo, espero terminar en la que sigue. Nos leemos C: Estoy de vuelta. (Ruego porque haya GaLe la siguiente semana u.u)
