Autor: Framba
Título: Perpetuo
Resumen: Destellos de la relación de Camus y Milo porque seguro no era sencillo estar juntos, pero valía la pena.
Pareja: Camus x Milo.
Comentarios adicionales: que empiece la melosidad. Es un capítulo pequeño, pero tengo varias ideas para esta historia que, por cierto, pienso dejar abierta para escribirla de aquí a… mi último aliento, jaja, bueno el plan es irle agregando partes por tiempo indefinido.
También nos podemos agregar por el face, me encuentran como frambaaltimora. ¡Allá nos leemos!
Gracias por visitarme. Espero sus comentarios,
Perpetuo
Capítulo 1
POV: CAMUS
No había mucho que pensar, no se trataba de pensamientos lógicos, no se trataba de que tuviera coherencia; se trataba de que entró en tus pupilas su figura, su silueta que era como la de cualquier otro, sin embargo, había algo característico, había un porte especial en él, ¿era gallardía?, ¿osadía?, ¿extravagancia?, ¿qué era?, no podías señalar con precisión. Después de la figura entonces venía la manera en que tus ojos de golpe absorbieron el contenido de su rostro, nada en particular en realidad tampoco, sólo el tono distintivo en el azul de sus córneas, era como un azul divertido, más vivo, más brillante y ocurrente, quería ser azul, pero no se comportaba como azul, de pronto daba unos tonos verdes muy exclusivos, algunos dirían que eran turquesas; de igual forma, los labios no tenían ningún rasgo característico, sólo ocultaban detrás de ellos una imposible sonrisa, imposible por ser demasiado blanca y alineada como para ser real.
Entonces no había que pensar nada respecto a este chico, ni siquiera se podía llegar al pensamiento, simplemente la vista volaba con suma rapidez hacia él cuando llegaba a cualquier lugar. Lo notabas en los demás compañeros, todos lo veían al entrar, aunque fuera un segundo o un minuto, todos reparaban en este chico, había algo en él que indudablemente forzaba a mirarlo.
Tú no eras inmune.
No había que pensar, sólo sentirlo, sentirlo llegar, sentirlo estar presente, sentirlo coexistiendo con toda la demás galaxia.
¿Cómo se llamaba?
No tenías ni la más remota idea, desde que tenías memoria existía en tu subconsciente este chico, eran unos niños cuando empezaron a formarse como Caballeros Dorados, las armaduras doradas se las dieron a temprana edad, pero nunca habían convivido de cerca, no tan de cerca para que supieras su nombre. Te daba un poco de miedo averiguarlo, ¿qué nombre podía tener alguien así?, cualquier nombre parecía insuficiente, corto, no le haría justicia, ¿qué letras podían representar al chico que electrizaba el ambiente al llegar?
Querías ser un Caballero Dorado de Athena, él quería ser Caballero Dorado de Athena, el mejor de todos quizá de la misma manera que tú. ¿Su nombre cuadraría con el nombre del signo zodiacal escogido?, ¿su nombre le haría honor al signo de Escorpión? Desde niños lo habías visto a lo lejos entrenando para esa armadura, que sabías, sería suya algún día. Y así lo fue.
En las horas de mucha tensión en los entrenamientos, después de largas batallas en la tierra, después de pelear con varios chicos tras horas y horas, y casi desmayarte del cansancio, pensabas en esa pregunta, ¿cuál era su nombre? Si te dabas por vencido en el combate, quizá nunca lo averiguarías, así que tenías que aguantar y seguir para encontrar la respuesta. A veces uno tenía que buscar metas irreales para seguir adelante porque metas objetivas eran las primeras en derrumbarse, era más fácil agarrarse de lo intangible, de sentimientos, más que pensamientos.
Te convenciste que tenías un trastorno mental leve, incluso a veces veías un reloj en cuenta regresiva en tu mente, sólo era cuestión de números para que un día lo supieras, para que escucharas su nombre, alguien lo dijera o te lo presentaran. Tener algo de locura tenía que ser un requisito para ser Caballero, eso te quedaba claro mientras te aferrabas a este tipo de ideas.
Afortunadamente, el día llegó, y el obsequio fue entregado en bandeja de plata:
Habías tomado asiento en la fuente de piedra que estaba colocada al subir las escaleras del Coliseo, tomabas aire con rapidez por tu nariz para calmar la urgencia con que tus pulmones querían apoderarse del aire exterior. Acababas de terminar tu entrenamiento del día. Te gustaba sentarte en ese lugar después de las arduas batallas para terminar tu rutina. El combate anterior había sido agotador, varios chicos venían subiendo las escaleras también. Y entonces a lo lejos, notaste que la silueta de este chico especial caminaba con dirección recta, casi parecía que caminaba hacia ti.
Al estar cerca, a sólo unos pasos, contuviste la respiración, tus hombros se pusieron rígidos sin remedio.
Él se sentó en la fuente también, a un metro de distancia de donde tú estabas.
–Cansado, ¿cierto? –dijo en voz alta. La pregunta emitida hacia ti porque no había otra persona sentada cerca de ustedes. Él habló con calma a pesar del cansancio con que fueron emitidas sus palabras.
–Sería una mentira si dijera que no lo estoy –respondiste, tu tono demasiado neutral hasta para tus propios oídos, aunque fue difícil hacer salir las palabras de tu garganta, todo tu pecho, cuello y quijada estaban tensos. Tus dedos se enterraron en la fuente de piedra que sujetabas, apretaste con toda tu fuerza la superficie para tratar de no sonar y parecer más nervioso.
–Igual yo, pero mañana será otro día –dijo él con un tinte de alegría y diversión, se levantó de su lugar, confidente, seguro de sí mismo, impecable, se veía entero y fuerte a pesar de ser el final del día–. Soy Milo. –Una Pausa–. Descansa, nos vemos después –dijo como despido. Él inclinó ligeramente su cabeza hacia el frente y caminó hacia una voz a lo lejos que llamó su nombre, otro compañero de entrenamiento.
Milo.
Hubo una explosión de adrenalina en tu sangre, estallaron fuegos artificiales en tus oídos, una intrusión descarada entró por tu cuerpo y se mezcló con todo lo que había dentro. Milo. De pronto, pareció salir el sol, los rayos nacieron de un exterior lejano y alumbraron el mundo, todo alrededor, se escuchó claro, contundente, alto y nítido. Era un nombre que se infiltraba por las paredes de cada célula de tu interior, todo dentro de ti se alborotó, reaccionó, quería estallar, ¿qué era esta energía instantánea?
Necesitaste tomar una gran bocanada de aire, sofocar tu emoción de algún modo, la respuesta al fin había sido develada. Al fin.
–Milo –dijiste en voz baja por primera vez, tus ojos mirando su silueta alejarse, tu espíritu y tu cosmos se suavizaron, podrías estarte volviendo loco, pero el nombre, aunque fuera pronunciado en un murmullo, te empoderaba, se escuchaba bien, te sacaba una leve sonrisa, casi invisible, te purificaba y te centraba y te envolvía. Bienvenido a mí, pensaste.
Todo el tiempo desde que te dieron la armadura dorada de niño, te dijeron que eras el Caballero de la templanza, del autocontrol; con el paso del tiempo, habías analizado ese concepto y tratabas de untarlo en tu esencia, algunas veces con mucho éxito, otras no tanto, pero justo este momento te mostraba lo mucho que aún te faltaba por recorrer: estabas luchando con todas tus fuerzas por evitar que una sonrisa grande y desbordada e idiota apareciera en tus labios, así que sólo pudiste morder ligeramente tu labio inferior para apaciguar esta tremenda e imprevista alegría.
¿Qué te estaba ocurriendo? Suspiraste. No se trataba de pensamientos, sólo podías sentir, sólo sentir. Desgraciadamente, se sentía bien, demasiado bien.
