Segundo capítulo de esta historia. En esta ocasión la relación de Dougal y Minerva es más madura (por decirlo de alguna manera). Ambos son jóvenes y se ven de una manera distinta. Conste que he hecho todo lo que he podido, pero estas cosas se me dan mal. Ya veréis a qué me refiero.

Disclaimer: los personajes pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo juego con ellos.


Instintos vencidos


Escocia, 1952

Dougal no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Hacía más de una semana que Minerva había vuelto de aquella misteriosa escuela de señoritas a la que la enviaban todos los años y todavía no había ido a saludarlo. Vale que la última vez que se vieron las cosas no terminaron bien —o no tan bien como a Dougal le hubiese gustado—, pero ambos sabían que debían hablar de lo ocurrido.

El recuerdo de los labios de Minerva seguía demasiado presente en la mente del joven.

—Hola, Dougal.

La voz de Minerva lo sobresaltó.

—Hola—respondió sin volverse. Estaba demasiado enfadado como para fingir que se alegraba de verla.

Sin esperar a que él la invitase a entrar, la joven se adentró en la cuadra donde Dougal estaba trabajando y, con movimientos ágiles y felinos, se colocó enfrente suyo sin pronunciar una palabra. A pesar de no estar mirándola, él sabía perfectamente que ella lo estaba observando con sus malditos e inquisitivos ojos castaños. Y aquello no le gustaba.

—Deja de hacer eso—bufó, molesto.

—No estaba haciendo nada.

—Sí, lo haces. Cada vez que me miras me analizas y no me gusta. Además, estoy ocupado—añadió, dándose la vuelta.

Lo único que quería era que Minerva se fuera y, así, poder quedarse a solas con sus pensamientos. Bastante malo era haberse enamorado de su mejor amiga y haberla besado (y eso sin contar con que ella se fuera corriendo y no le escribiese ni una carta en meses) como para tenerla ahora a su lado, juzgando cada uno de sus movimientos. Se sentía avergonzado.

—He pensado en ti.

El corazón de Dougal se detuvo. Que ella reconociera algo así era más de lo que había podido esperar; sin embargo, y a pesar de lo que le pedían sus instintos, guardó la calma. El tiempo le había enseñado que con Minerva las cosas debían ser tranquilas y relajadas, había que dejar que ella hablara y se sincerase antes de decir nada. De no ser así, corría el riesgo de asustarla (otra vez) y no estaba dispuesto a jugársela.

—He pensado en ti—repitió la joven—, en lo que pasó y en cómo me sentí al respecto—Dougal continuó en silencio, con la sangre agolpándose en sus oídos, mientras esperaba la sentencia final—. Me gustó.

El joven se giró y la miró. Minerva estaba ahí, con sus ojos castaños colmados de temor por haberse pasado de la raya, y él no pudo contenerse más. Con movimientos bruscos y ansiosos, la tomó entre sus brazos y la besó con fiereza (como tantas noches había soñado con hacer desde aquel primer y fatídico beso). Y ella lo correspondió.

Atrás quedaban meses repletos de incertidumbre, dudas y temor. Ya no tendría que sentarse junto a sus amigos y familiares a explicar por qué ella y no otra. De todas formas, nunca lo entendían; donde ellos sólo veían a una joven de diecisiete años demasiado delgada como para resultar atractiva y extremadamente sabionda para su propio bien, él veía a una mujer inteligente, con las ideas claras y valiente como ninguna otra.

Y le pertenecía.

Ambos se pertenecían mutuamente.

Envalentonado por este último pensamiento, Dougal profundizó el beso. Con torpeza, introdujo su lengua en la boca de Minerva, acariciando y explorando cada recoveco de la misma hasta que ella, con timidez y paso vacilante, hizo lo propio con la de él. Dougal la atrajo hacia sí y la abrazó con tanta fuerza que la joven pareció desaparecer entre los brazos del muchacho. La distancia entre ambos era de apenas milímetros —no había un solo rincón del cuerpo de Minerva en el que Dougal no estuviera presente—, las respiraciones se tornaron entrecortadas y los besos eran cada vez más ansiosos. La presión en el pantalón de Dougal se hizo cada vez más palpable e insoportable y el chico sólo podía pensar en seguir adelante y llegar hasta el final. Pero no lo hizo

Porque Minerva se merecía mucho más

En un acto de suprema voluntad, con toda la delicadeza de la que fue capaz, Dougal se separó de Minerva y la sonrió. Ante la mirada atónita de la joven —él estaba convencido de que intentaba averiguar qué la había llevado a actuar de ese modo unos minutos atrás—, Dougal la tomó de la mano y, sin mediar palabra, la acompañó hasta su casa donde la despidió con un tierno beso en la frente.

Sólo esperaba ser igual de caballeroso la próxima vez que la tuviera delante.