ATENCION...

1°- muchisssssssssiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiimmmmmmmmm mmmaaaaaaaaaaaaaaaaassssssss ssss gracias a aquellas (no 1 no 2 sino) "3" personas que me escribieron... en verdad gracias...

*sasusaku fr

*Saku-14 the White Rose Bloody

*Candice Saint Just

y si hay alguien anónimo por ahi... gracia tbm...

pero no menos importante...hay algo que quiero corregir...del prologo...el personaje fugaku... no es fugaku... es madara...
lo lamento muchisimo... y no se si hago bien en no editarlo o no, pero; no lo voy a cambiar...
pido disculpas y espero que continuen leyendolo... casi no notaran el cambio...

I'M SO SO SORRY... :-c


bue como sabes los personajes no son mios ni la historia tampoco...la cual pertenece a India Grey

espero les guste


CAPÍTULO 01

Cinco meses después.

Base militar británica, campo de operaciones.

Jueves, 6.15h.

El sol se estaba elevando, tiñendo el cielo de rosa y la arena de dorado. Sasuke se frotó los ojos llenos de arena, agotados, observó el desierto y se preguntó si seguiría vivo al atardecer.

Había dormido una hora, como mucho dos, y había soñado con Sakura. Al despertarse en la oscuridad, su cuerpo estaba tenso de deseo frustrado, su mente había empezado a dar vueltas, y todavía había sido capaz de recordar el olor de su piel.

Casi habría preferido sufrir insomnio.

Cinco meses. Veintidós semanas. Ciento cincuenta y cuatro días. Debía haber dejado de tener ansias de ella, pero, muy al contrario, el anhelo era cada día más intenso, más imposible de ignorar. No la había llamado por teléfono, ni siquiera aunque las ganas de oír su voz le hubiesen quemado por dentro, ya que sabía que eso solo habría servido para avivar más el fuego. Y que nada de lo que pudiese decirle, estando a seis mil kilómetros de distancia, sería suficiente.

Solo un día más.

En veinticuatro horas estaría saliendo de allí. Volviendo a casa. Entre los hombres de su unidad reinaba una especie de emoción contenida, una mezcla de alivio y euforia que llevaba toda la semana creciendo.

Era un sentimiento que Sasuke no compartía.

Llevaba mucho tiempo trabajando en la desactivación de explosivos. Siempre había pensado que era un trabajo más; un trabajo sucio, incómodo, retador, agotador, adictivo y necesario. Pero eso había sido cuando había pensado en vez de sentir. Cuando sus emociones habían estado sanas y salvas, enterradas en algún lugar tan profundo que ni siquiera sabía que existían.

En esos momentos, todo era diferente. No era quien había pensado que era gracias a las mentiras que el hombre al que había llamado «padre» le había contado durante toda su vida, pero, además, amar a Sakura había hecho que se abriese y revelase partes de él que no había sabido que existían. Así que en esos momentos aquel trabajo le parecía todavía más sucio, tenía más cosas en juego y las posibilidades eran menos. Muchas menos.

Un día más. ¿Le duraría la suerte un día más?

—Comandante Uchiha . Café, señor. Estamos casi preparados para salir de aquí.

Sasuke se giró. Sarutobi Konohamaru acababa de salir de la tienda que servía de comedor y avanzaba hacia él, derramando el café por el camino. Era un muchacho de diecinueve años lleno de vida que hacía sentirse a Sasuke como un viejo. Tomó la taza e hizo una mueca después de beber.

—Gracias, Konohamaru. Hay hombres que tienen curvilíneas secretarias que les llevan el café por la mañana. Yo te tengo a ti, que me traes algo que sabe a agua sucia.

Konohamaru sonrió.

—Me echará de menos cuando volvamos a casa.

—Sinceramente, lo dudo —le contestó Sasuke dando otro sorbo antes de tirar el resto del líquido al suelo y alejarse.

Vio ponerse serio a Konohamaru por primera vez.

—Por suerte, serás mucho mejor soldado de infantería que barman —le dijo por encima del hombro—. Tenlo en mente cuando volvamos a casa.

—¡Sí, señor! —le respondió Konohamaru, corriendo detrás de él—. Y quería decirle que ha sido estupendo trabajar con usted, señor. He aprendido un montón. Antes de este viaje no estaba seguro de querer quedarme en el ejército, pero al verlo trabajar he decidido que quiero dedicarme a desactivar explosivos.

Sasuke dejó de andar. Se frotó la mandíbula y se giró.

—¿Tienes novia, Sarutobi ?

Konohamaru cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, su gesto era una mezcla de orgullo y vergüenza. Tragó saliva.

—Sí. Moegui. Vamos a tener un bebé dentro de dos meses. Y voy a pedirle que se case conmigo.

Sasuke frunció el ceño y miró hacia el horizonte.

—¿La quieres?

—Sí, señor —respondió el chico cuadrándose—. No hace mucho que salimos juntos, pero… sí. La quiero.

—Entonces, te voy a dar un consejo. Mejor aprende a preparar un café decente y busca un empleo en Starbucks, porque el amor y la desactivación de explosivos no son compatibles —le advirtió, devolviéndole la taza—. Ahora, vamos a salir de aquí y vamos a hacer lo que tenemos que hacer para poder volver a casa.

—Lo siento, llego tarde.

Sonriendo de oreja a oreja, sin mostrar ni el más mínimo arrepentimiento, e intentando no tirarle a nadie la cerveza con las bolsas, Sakura se dejó caer en el sillón que había enfrente del de Tobi, frente a una pequeña mesa de metal.

Él miró las bolsas y arqueó las cejas.

—Veo que te has parado a hacer algunas compras… —comentó, al ver que una de las bolsas era de una tienda erótica que había en Covent Garden—. Sasuke se va a llevar toda una sorpresa al volver a casa.

Ella metió las bolsas debajo de la mesa, dejó el ramo de flores que acababa de comprar a su lado e intentó no sonreír como una tonta.

—Me acabo de gastar una indecente cantidad de dinero —admitió, tomando la carta y colocándose las gafas de sol en la cabeza para leerla.

Tobi había elegido una mesa a la sombra, debajo de un toldo de color rojizo, que hacía que pareciese que su tez pálida tenía algo más de color. Era tan distinto de Sasuke que era increíble que ambos hubiesen creído que eran hermanos durante tanto tiempo.

—En algún objeto indecente, a juzgar por la tienda en la que lo has comprado —replicó Tobi, intentando mirar dentro de la bolsa.

—Es solo un camisón —le dijo ella, con la esperanza de que no sacase la pequeña prenda de seda plateada delante del restaurante más concurrido de Covent Garden—. Lo he visto y como acaban de pagarme la película de vampiros, y Sasuke vuelve a casa mañana… Aunque la verdad es que era demasiado caro.

—No seas tonta. Los días de comprar ropa de segunda mano y de buscar la comida más barata del supermercado se han terminado, querida —dijo Tobi, buscando al camarero con la mirada—. Solo faltan unas horas para que Sasuke vuelva a casa y te conviertas en su prometida a tiempo completo. ¿Tienes planeada alguna fiesta salvaje?

—Eso lo reservo para cuando él llegue, en unas… —Sakura se miró el reloj —veintiocho horas. Veamos… allí son cinco horas más, así que en estos momentos debe de estar terminando su último turno.

Tobi debió de darse cuenta de que estaba nerviosa, porque le tocó la mano.

—No lo pienses —le dijo con firmeza—. Lo has hecho estupendamente. Yo me hubiese vuelto loco de la preocupación si hubiese sido Sai quien hubiese estado allí, lidiando con la muerte todos los días. Eres muy valiente.

—Nada que ver con Sasuke —respondió ella, con la garganta seca de repente.

Intentó imaginárselo en esos momentos, sudoroso, sucio, agotado. Llevaba cinco meses al frente de un batallón, pensando en sus hombres antes de pensar en sí mismo. Sakura quería que volviese a casa para cuidarlo.

Entre otras cosas.

—¿Saku?

—¿Qué? Ah, lo siento —dijo al darse cuenta de que el camarero estaba esperando a que pidiese.

Se decidió por una ensalada y el camarero se marchó balanceando las caderas entre las mesas.

—Sasuke está acostumbrado —comentó Tobi en tono ausente, con la vista clavada en él—. Lleva años haciéndolo. Por cierto, ¿cómo está?

—Parece que está bien, ya sabes —mintió Sakura—, pero quiero que me hables de ti. ¿Ya estáis Sai y tú preparados para mudaros?

Tobi apoyó la espalda en su sillón y se pasó las manos por el rostro.

—Hemos empezado a empaquetar cosas y, créeme, nunca había estado tan preparado para algo. Después de todo lo ocurrido durante los últimos seis meses: la muerte de papá, la sorpresa de que fuese yo quien heredase Alnburgh y no Sasuke… Estoy deseando subirme al avión y dejar todo atrás. Tengo planeado pasarme tres meses tumbado en el bordillo de la piscina, bebiendo cócteles mientras Sai trabaja.

—Si no te conociese, pensaría que querías darme envidia.

—Pues sí, eso quería —respondió Tobi sonriendo—. ¿Lo he conseguido?

—No—respondió ella, mientras el camarero le dejaba delante un gin-tonic—. Lo de la piscina y los cócteles suena muy bien, pero, sinceramente, por primera vez en mi vida solo quiero estar aquí. Bueno, aquí, no. Quiero decir en casa, con Sasuke.

Tobi la miró con los ojos entrecerrados.

—¿No te habrán abducidos los marcianos? Aunque debería de haber una explicación más lógica para semejante cambio. Has pasado de ser una chica a la que le asustaba tanto el compromiso que ni siquiera tenía contrato de teléfono, a ser una mujer que solo desea… lavar y tender la ropa, o algo parecido. No sé que ha podido ser…

—El amor —le dijo Sakura sonriendo—. Y, tal vez, que me he pasado toda la vida yendo de un lado a otro y por eso ahora quiero quedarme quieta. Quiero un hogar.

—Bueno, pues la casa de Sasuke en Chelsea será un buen comienzo —comentó Tobi, extendiendo paté en una tostada—. En cualquier caso, es mejor que Alnburgh. Te has librado de milagro.

—Es verdad. Entonces, ¿os mudaréis allí cuando volváis de Los Angeles?

Tobi hizo una mueca.

—Claro que no. No me imagino a Sai buscando foie gras por el pueblo y preguntando si tienen el último número de la revista Empire.

Sakura dio un trago a su copa y sonrió. Tobi tenía razón; Sai había ido a Alnburgh para el funeral de Madaray había estado completamente fuera de lugar.

—Entonces, ¿qué vais a hacer con la finca?

Aquel lugar le interesaba mucho más desde que sabía que no iba a tener que ir a vivir entre sus fríos muros de piedra.

—No lo sé —le contestó él suspirando—. La situación jurídica es incomprensible y la económica, todavía peor. Es todo un caos. Aún no he perdonado a papá por haber lanzado semejante bomba en su testamento. El hecho de que Sasuke no fuese su hijo natural es solo un detalle técnico, ya que creció en Alnburgh y se ha hecho cargo de la finca casi él solo durante los últimos quince años. Imagino que si a mí me ha molestado cómo se han hecho las cosas, a él le ha debido de sentar todavía peor. ¿Te ha mencionado algo en sus cartas?

Sakura negó con la cabeza sin mirarlo a los ojos.

—No, no me ha dicho nada.

Lo cierto era que casi no le había contado nada. Antes de marcharse, le había dicho que las llamadas de teléfono eran frustrantes y que era mejor evitarlas, así que Sakura no había esperado que la llamase, aunque no había podido evitar sentirse decepcionada al ver que no lo había hecho. Ella le había escrito varias veces por semana, cartas largas, llenas de noticias y de anécdotas tontas y le había dicho lo mucho que lo echaba de menos. Las respuestas de Sasuke, por su parte, habían sido escasas, breves e impersonales, y la habían hecho sentirse todavía más sola que si no le hubiese escrito.

—Solo espero que no me odie demasiado —añadió Tobi con tristeza—. Alnburgh lo era todo para él.

—No seas tonto. No es culpa tuya que la madre de Sasuke se fuese con otro cuando este era solo un niño, ¿no? Y, de todos modos, eso es ya parte del pasado y, como diría mi madre, todo lo que ocurre tiene un motivo. Si Sasuke fuese el heredero, yo no podría casarme con él. Necesitaría una esposa con cara de caballo y su propia herencia, y tendrían que tener un hijo en un plazo máximo de tres años. Yo no puedo darle nada de eso.

—Bueno, te acercas más que Sai. Al menos, podrías darle un heredero.

—No estés tan seguro.

A Sakura le temblaron la voz y la sonrisa y se llevó una mano a la boca. Al otro lado de la mesa, Tobi la miró horrorizado.

—¿Saku? ¿Qué ocurre?

Ella tomó su copa y le dio un trago. La ginebra estaba fría, amarga, rica. Le dio la sensación de que le aclaraba la cabeza, aunque no debió de ser más que una ilusión.

—Nada. Ya he ido al médico a contarle que mi periodo es un infierno mensual, eso es todo.

Tobi abrió mucho los ojos.

—¿Seguro que no es nada, Saku?

—No, nada serio. Lo que yo pensaba, una endometriosis. La buena noticia es que no voy a morirme de eso, pero la mala es que no tiene cura y que es posible que tenga problemas para quedarme embarazada.

—Oh, cielo. No tenía ni idea de que tener hijos fuese tan importante para ti.

—Ni yo, hasta que conocí a Sasuke —admitió ella, volviendo a bajarse las gafas de sol, como si necesitase esconderse detrás de algo—. Y hasta que me han confirmado que va a ser difícil que los tenga. Aunque el médico me ha dicho que no es imposible, solo que tal vez tarde más tiempo en quedarme embarazada y que cuanto antes lo intente, mejor.

Él alargó la mano para tomar la suya.

—¿Y cuándo vas a empezar a intentarlo?

Sakura volvió a mirar su teléfono y luego lo miró a él con una sonrisa en los labios.

—Dentro de veintisiete horas y media.

Su mano tembló ligeramente al acercarse con cuidado al reloj. Sentado en una silla de plástico de la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos, observándolo con ojos cansados, Sasuke pensó que no sobreviviría ni un minuto más.

No era una sensación nueva.

La tenía desde esa tarde, hora inglesa, cuando por fin había aterrizado el helicóptero médico de emergencia para llevarse al soldado Konohamaru a casa. Sedado y en estado de inconsciencia, con balas en la cabeza y en el pecho.

Sasuke enterró la cabeza entre las manos. Volvió a sentirse aturdido.

—¿Café, comandante Uchiha ?

Él se incorporó de nuevo. La enfermera que tenía delante llevaba un delantal de plástico azul y le sonreía con dulzura, ajena a la angustia que le acababa de causar su pregunta. Sasuke apartó la vista y apretó los dientes.

—No, gracias.

—¿Quiere algo para el dolor?

Sasuke se giró con los ojos entrecerrados. ¿Sabía la enfermera que él era el causante de que Konohamaru estuviese en la habitación de al lado, conectado a varias máquinas mientras su madre le agarraba la mano y lloraba en silencio y su novia, de la que él había hablado con tanto orgullo, mantenía los aterrados ojos apartados de la escena?

—Sé que le han visto la cara en el hospital de campaña, pero la medicación que te han dado ya ha debido de dejar de hacerle efecto —le dijo ella, mirándolo de manera compasiva—. Tal vez las heridas sean solo superficiales, pero también pueden ser muy dolorosas.

—Parecen más graves de lo que son —respondió él—, pero con un whisky sería suficiente para curarlas.

La enfermera sonrió.

—Me temo que eso no puedo dárselo aquí, pero puede marcharse a casa si quiere —le contestó, dirigiéndose hacia la puerta de la habitación de Konohamaru y deteniéndose con la mano en el pomo—. Ya está aquí su familia. Usted ha cuidado del chico durante cinco meses, comandante. Es hora de que cuide de usted mismo.

Sasuke pudo ver un instante la figura inerte que yacía en la cama antes de que la puerta volviese a cerrarse. Expiró con fuerza, se sentía culpable.

A casa.

Con Sakura.

Solo de pensar en ella estuvo a punto de perder el poco autocontrol que le quedaba. Volvió a mirarse el reloj y se dio cuenta de que, aunque llevaba horas mirándoselo, no tenía ni idea de qué hora era.

Casi las seis de la tarde y estaba a casi cuatrocientos cincuenta kilómetros de casa. Se puso en pie, de repente, necesitaba estar con ella. Necesitaba sentir su abrazo, perderse en su dulzura y olvidar…

Detrás de él se abrió una puerta que lo devolvió al presente. Sasuke se giró y vio a la novia de Konohamaru salir de la habitación. Tenía los hombros caídos y el vientre henchido desproporcionado en comparación con el resto de su cuerpo. Se dejó caer contra la pared, parecía muy joven.

—No nos dicen nada. Solo quiero saber si va a ponerse bien —dijo en tono desafiante, pero con miedo en la voz—. ¿Va a ponerse bien?

—Según el médico, ya ha pasado lo peor —le respondió Sasuke—. Si un soldado sobrevive al transporte aéreo, la probabilidad de que sobreviva es del noventa y siete por ciento.

La chica frunció el ceño.

—No me refiero a si va a sobrevivir, sino a si va a ponerse bien. Quiero decir, si va a volver a la normalidad. Porque si no es así, no creo que pueda soportarlo… —dijo, pero la voz se le quebró y volvió la cara—. Ni siquiera nos conocemos tanto. No llevábamos mucho tiempo juntos cuando ocurrió esto —añadió, señalándose el vientre—. No lo planeamos, pero, como dice mi madre, fue culpa mía. Y tengo que aceptarlo. Pero ¿y esto? Si se queda… no sé… herido, tendré que aceptarlo también, ¿no? Pero ¿de quién es la culpa?

«Mía», quiso decirle Sasuke. «Toda mía».

¿Y qué derecho tenía él a olvidarlo?

Sakura abrió los ojos.

Se quedó inmóvil, mirando hacia la oscuridad de aquella noche de verano, en alerta, escuchando a ver si volvía a oír el sonido que la había despertado.

Tal vez no hubiese sido ni siquiera un sonido. Tal vez hubiese sido solo una sensación. ¿O un sueño? O un instinto…

Se sentó con el vello del cuello erizado y un zumbido en los oídos, pero en el exterior solo se oían los sonidos de todas las noches: el tráfico de King's Road, una sirena a lo lejos, un coche aparcando en la esquina.

Y entonces oyó algo más cerca, dentro de la casa. Un ruido sordo, como si hubiesen dejado caer algo, seguido por los pasos de una persona subiendo lentamente las escaleras.

Sakura se quedó helada.

Luego juró entre dientes, apartó las sábanas y fue hacia los pies de la cama, buscando desesperadamente un arma y deseando tener a mano un bate de béisbol o algo parecido. El corazón se le iba a salir del pecho. No tenía nada a mano con lo que rechazar el ataque de un intruso, y entonces se dio cuenta de que podía haberse metido debajo de la cama…

Vio una figura en la puerta. Ya era demasiado tarde para esconderse.

—No se mueva —espetó—. Tengo un arma.

El intruso dejó escapar algo parecido a un suspiro y dio un paso al frente.

—En el lugar del que vengo no llamamos a eso arma. Lo llamamos mando a distancia.

Era una voz ronca de cansancio, muy sexy y, sobre todo, conocida.

—¡Sasuke!

Fue una mezcla entre grito de júbilo y sollozo. En una décima de segundo, Sakura se había bajado de la cama y había corrido a sus brazos, abrazándolo con las piernas por la cintura, besándolo. Empezaron a formarse preguntas en su mente, pero volvieron a disolverse con la necesidad de sentirlo y tocarlo y seguir besándolo…

Sasuke la tumbó en la cama sin romper el hambriento beso.

Sakura enterró las manos en su pelo y se sintió fuerte. Sasuke olía a tierra y a antiséptico, pero por debajo de esos olores había otro que la volvía loca: su propio olor a cedro, que tanto había echado de menos.

—Pensé… —le dijo—, que no volvías a casa… hasta mañana.

El volvió a besarla.

—Pues ya estoy aquí —le contestó.

En esos momentos, los dos juntos en la cama, aquello era lo único que importaba.

Ella vio que le brillaban los ojos y eso la excitó todavía más. Se puso de rodillas y se quitó la camiseta, y Sasuke gimió en voz baja al ver que su cuerpo desnudo se acercaba a él.

—¿Estás bien? —le preguntó Sakura mientras le desabrochaba la camisa con dedos temblorosos.

—Sí —rugió Sasuke mientras se apartaba para sacarse la camisa de los pantalones y quitársela por la cabeza.

En ese momento le iluminó el rostro la luz que entraba por la calle a través de las cortinas y Sakura dio un grito ahogado.

—No, estás herido. Sasuke, tu cara…

Se puso en pie y alargó las manos hacia él para tomarle el rostro y acariciárselo con ternura.

Él se apartó.

—No es nada.

La abrazó por la cintura y volvió a besarla. Y Sakura sintió su pecho desnudo contra los de ella y eso borró toda su preocupación, solo pudo pensar en tenerlo dentro y en olvidar los últimos ciento cincuenta y cuatro días.

Notó sus manos calientes en la espalda, acariciándola con seguridad mientras ella intentaba desabrocharle el cinturón con manos temblorosas, impaciente por deshacerse de las últimas barreras que los separaban. Dio un pequeño grito triunfal cuando lo consiguió. Sasuke se quitó los pantalones a patadas y ambos volvieron a caer sobre la cama.

Nada salió como Sakura había planeado. No hubo champán, ni camisón de seda, ni seducción, ni conversación, solo piel, manos y un deseo tan grande que le daba la sensación de que la iba a partir por la mitad.

Ya tendrían tiempo para hablar. Después. Al día siguiente.

Aquel era el mejor modo de salvar los espacios, de decirle lo que quería que supiera, de llegar a él. Como la primera vez que habían hecho el amor, la noche que Sasuke se había enterado de que Madara Uchiha no era su padre. No había podido decirle nada porque había sido una situación demasiado importante, demasiado compleja, pero que había quedado en nada durante unos minutos frente a la llama de su pasión.

El cuerpo de Sasuke estaba tenso, sus hombros parecían de hormigón. Ambos estaban temblando, pero cuando la penetró, Sakura notó cómo empezaba a relajarse y se sintió bien. Lo abrazó por el cuello, apoyó la frente en la de él, notó su aliento, su piel, y estuvo a punto de llegar inmediatamente al clímax. Todo su cuerpo tembló, ardió, pero se contuvo, apretó los músculos alrededor de él.

Sasuke gimió y se sentó sin separarse de ella, que lo abrazó con las piernas por la cintura y notó cómo la invadía el placer. Se dejó llevar, arqueó la espalda para aumentar todavía más la presión y gimió.

El esperó a que hubiese terminado antes de volver a empezar a moverse. Sakura enterró los dedos en su pelo y balanceó la pelvis hasta notar que se ponía tenso.

Volvieron a caer juntos en la cama. Sakura lo abrazó, miró hacia la oscuridad y sonrió.


continuará...