El hombre a su lado era el hombre al que ella más odiaba.

El simple hecho de estar a su lado le repudiaba, solo quería irse lejos, alejarse.

"Entonces, ¿porque estás aquí? Repetía una voz en su cabeza.

"De alguna manera, todavía lo amo" se contestaba ella.

¿Podías amar a alguien en quien no confías? Alguien que ha demostrado que no te merece, que ni siquiera puede hacer algo tan simple como mantenerse fiel o preocuparse por el mismo o por las personas a su alrededor, alguien que te ha quitado a una de las personas más importantes de tu vida y que dejo tu reputación y autoestima por el suelo...

Desgraciadamente, la respuesta en el caso de Eliza Hamilton era si, mil veces sí.

Ella no quería, no quería sentir como algo dentro de ella se enternecía al ver a Alexander dormir incomodo en su oficina, quería dejar de extrañarlo durante las largas noches en vela, quería que el sostuviera a los niños mientras salían a dar un paseo.

¿De verdad dejaría que Alexander se acercara a sus hijos?

¿Siquiera dejaría que el la tocara o abrazara por las noches?

¿Soportaría los pecados de este hombre, que terminaron arrastrándola a un pozo de sufrimiento sin fin?

Se maldijo a si misma por no ser más fuerte, por haberle encargado su corazón a la persona incorrecta, pero era incapaz de recuperarlo, ella le pertenecía, sus hijos le pertenecían; los recuerdos, buenos o malos, también.

Él le pertenecía, no importaba su amorío con esa chica, no la había dejado de amar, podía verlo en sus ojos, y en la añoranza que encontraba cuando sus miradas se cruzaban, él la extrañaba.

Se dio el lujo de ser cruel por un tiempo.

Y ahora estaban aquí, en el jardín del parque central del pueblo a las afueras de la ciudad, ella sostenía su mano y él volteo a mirarla sorprendido, ella le dedico la primera sonrisa en meses.

Alexander solo la abrazo apretándola para sí, Eliza sintió que todo lo que había estado mal durante tanto tiempo se desvanecía en este perfecto momento, Alexander se separó un poco y puso su mano en la mejilla la otra acariciándola suavemente.

—Estoy muy cansada Alexander —le dijo Eliza mientras su voz se cortaba y las lágrimas amenazaban con derramarse por sus mejillas.

—Shh, lo sé —le contestaba él mientras se arrodillaban

—¿Podría solo... —Ella ni siquiera tuvo que terminar su pregunta, él la abrazó mientras acariciaba lentamente su cabeza, ella soltó un suspiro de alivio.

—Solo duerme Betsey.

—Ella se acostó en su regazo mientras el acariciaba su cabeza hasta que se quedó dormida.