En el salón principal del castillo de las rosas, la gran guerrera y honorable Pink Rose Diamond, caminaba de un lado a otro preocupada y angustiada por la terrible noticia que le había llegado esa misma mañana. Tenía los nervios de punta, sus manos temblaban y Greg Demayo se encontraba de igual manera que su esposa por la situación en cuál su querido hijo estaba.
Hace apenas unas horas, uno de los mensajeros de la casa Diamond les había hecho saber que la tardanza de Steven se debía a que habían atacado a su grupo mientras estos acampaban en uno de los bosques del norte más grandes de los reinos. Encontraron partes de los cadaveres, cuyas armaduras que portaban, ayudaron a reconocer de qué bando venían de inmediato. El símbolo del diamante y las rosas yacía en ellos cubierto por la sangre seca. Lo peor se tenía que considerar.
Un silencio gobernaba todo el lugar, solo los pasos de la madre del pequeño se escuchaban y el eco del salón gigantesco los hacían sonar aún más. Los dos no decían nada y ni siquiera se miraban. Traban de analizar y asimilar la situación lo mejor que se pudiera, solo para que al pasar unos minutos más, sus pensamientos pararan al igual que el sonido de las pisadas de Pink, y toda la atención de ellos, pasara al frente, al escuchar el rechinar de las grandes puertas de madera del salón abriéndose.
Nuevamente, pasos se volvieron a escuchar y por la gran entrada principal, provino un cabellero con una armadura ligera plateada y deslumbrante. En el torso de esta, el escudo de la familia Diamond se encontraba, rodeado por rosas grabadas y espinas de estas acomodadas alrededor de la insignia. Greg se levantó y se acerco al ver que se dirigía con ellos.
Siguió caminando el caballero hasta que en un momento dado paro y se arrodilló en frente de Pink. Hizo una reverencia arrodillándose, solo para que después, la madre de Steven indicara que se levantará.
Obedeció de inmediato y se levantó, para que el, no, ella hablará.
—Mi señora, mi señor —soltó esto último mientras miraba a Greg, para después volver con la primera —Revisamos el lugar tal como nos pidió.
—Si, nos llegó el cuervo —dijo y su mirada paró al suelo.
—Fue un desastre, atacaron por la noche no dejaron ni un superviviente. Contamos los cuerpos, ningún guardia sobrevivió y hasta asesinaron al maestro que lo acompañaba. Por lo qué, solo nos da a entender que el joven Steven se encuentra solo en algún lugar.
La líder de la casa se quedó pensativa por unos instantes. Solo al pasar unos segundos volvió a poner sus pies en la tierra y hablo.
—¿Y qué es lo que piensas Sir Perla? —preguntó con tono preocupado.
La mujer de la armadura agacho la cabeza con aire triste y derrotado. Se tomó un silencio y volvió a hablar con el mejor tono serio pero bajo que pudo.
—Hay varias posibilidades de que es lo que haya pasado mi señora. No hemos descartado ninguna, pero me temo que todas terminan en algo malo para el joven Steven.
Perla miro a Pink y vio su expresión cambiar a una de angustia absoluta, ella bajo la cabeza. Le tenía tanto respeto a ella y le había entregado su lealtad por tanto tiempo, que logro sentir lo mismo que ella sintió. Como si se tratase de su propio hijo.
—Hablas de muerte... ¿No es así?
Perla tomo una pequeña pausa, su expresión se hizo más triste.
—En algunos casos, si... Pero en otros casos, es probable que siga vivo.
—Dime lo que crees.
—Según las probabilidades y lo que me dijeron los...
—No —soltó interrumpiéndole —¿Tu que es lo que crees Perla?
Miro a los ojos de Pink cuando escucho eso, en su mirada y en su rostro se veía que ansiaba un poco de esperanza. Greg atento a la plática, solo observaba triste. Como lo veía, tenía que darles algo, y a su vez, algo para ella también, tenía que hacerlo aunque probablemente fuera una vil mentira.
—Sigue vivo.
La gran señora de las rosas bajo la cabeza y soltó un suspiro de alivio a la par de que tocaba su pecho. Y el caballero de las rosas, Perla, prosiguió a explicar la situación.
Mientras más hablaba de lo que podría haber sucedido y las cosas qué tal vez tendrían que enfrentarse, a Pink rápidamente se le esfumó el alivio qué momentos antes había sentido, y dio origen de nuevo a esa preocupación que le daba escuchar todo aquello.
—¿Salvajes? —dijo Pink con incertidumbre.
—Así es señora. Todos fueron asesinados y el grandísimo bosque está cerca de los territorios de los salvajes. El pueblo salvaje más cerca de ahí es Cascada Negra según los informes de los exploradores, y está a varios días en caballo de donde estaban nuestros hombres sin vida. Si ellos no lo asesinaron... —tomó una pausa y miro donde yacía Greg —Ellos pudieron tomar a Steven como su prisionero...
Pink camino un poco alejándose de Perla, solo para que después de unos cuantos pasos se detuviera y hablará.
—Reúne el grupo de hombres que necesites Perla —puso su mirada en ella y agregó —Quiero que me traigas a mi hijo o averigües lo que haya pasado con el.
Perla hizo una reverencia.
—Está bien mi señora. Juro por mi vida y todos los dioses que lo traeré de regreso.
Después de decir aquello, se paró, los miro y dio media vuelta y se dedico a dejar el salón.
Una vez abandonó el lugar, puso en marcha todo. Localizó entre las tropas de la casa a los mejores guerreros que tenían. Luego hizo un llamado para que todos tomaran acto de presencia en la plaza de las rosas, y una vez ahí, les informo de la situación con todo el secretísimo que se pudo.
Dio un par de palabras, ordenó que se armaran con lo necesario y se llevarán los mejores caballos con la mayor rapidez que pudieran. Ese mismo día partirían hacía el norte, hacía el bosque salvaje fuera del territorio del reino.
Mientras el pequeño grupo se alistaban, Perla tuvo que lidiar con Connie, una jovencita que rogó poder acompañarla en su travesía. Aunque hubiera querido llevársela, claramente el nivel de peligro que había no lo permitiría.
Una vez que Connie había aceptado no ir, el caballero de las rosas, Perla, terminó los preparativos.
Partió al norte cuando todo quedó en orden, saliendo del castillo galopando junto a su apoyo, todos decididos y con un único objetivo, leales a la causa y el deseo de la señora de las rosas, Pink Diamond.
Por el camino real cabalgaron, pronto el castillo se perdería de su vista junto a las pocas aldeas que se encontraban relativamente cerca de ahí.
Será un largo camino hasta Steven y todas las esperanzas de la casa Diamond yacían en las manos de Perla. No los decepcionaría por nada, su honor y su espada estaban comprometidos por ello, y no estaba dispuesta a no regresar sin el pequeño Steven Diamond.
—Aquí tienes.
El pequeño de cabellos rizados la miro. Ella le entregaba un pedazo de carne de conejo empalada en una rama. Steven lo tomó con calma y la salvaje de cabello corto se sentó a un lado suyo.
—Muchas gracias...
Lapis lo miro y le sonrió levemente. El se quedó expectante al pedazo de carne, y vio como ella, comenzaba a devorar su comida sin ningún preámbulo alguno.
El dar las gracias a los alimentos, utilizar los cubiertos o los modales al comer, no parecía ser exactamente algo que se hiciera nadie ahí. Había visto como algunos bárbaros, comían con la boca abierta, y hablan con la boca llena. En más de una ocasión, le había caído trozos de alimento llenos de saliva a medio masticar. Se tenía que acostumbrar al final, y comenzó a utilizar la boca y sus manos, guardando sus modales al comer nada más.
No se daba cuenta todavía, pero la castaña notaba aquello y le gustaba aquel comportamiento que tomaba.
Steven arrancó un pedazo de carne con sus dientes por fin, lo mastico con la boca cerrada y se lo comió poco a poco mientras miraba donde se encontraban los otros salvajes.
Aunque no lo quisiera, ellos se estaban familiarizado con el. Uno de los encapuchados se había quitado la capucha desde hace un rato y quedó impresionado al ver su larga melena pelirroja. El y Alice hablaban al rededor de la fogata. Dos de los bárbaros se habían separado hacía un rato del grupo, ya que ellos tenían planeado dirigirse a otro de los pueblos salvajes más alejados de donde se dirigían los demás, supuestamente iban por algo que les debían allá. En cuanto a la mujer gigante y Rubí, habían ido a traer algo de agua.
Casacada Negra era a donde se dirigían, un pueblo salvaje al norte. Steven ya dudaba si volvería de nuevo a su hogar. No sabía ni dónde estaba ni como volvería de nuevo siquiera a casa con su honorable y renombrada familia.
Estos últimos días ya había superado la muerte de aquellos guardias que lo protegían, ya podía hablar con los salvajes sin tanto miedo, pero seguía sien reservado claramente, solo hablaba cuando ellos le hablaban.
Por otro lado ellos no eran reservados en lo absoluto, y cualquier cosa que pasará por su mente, la decían sin ningún tapujo alguno. Decían cuantas maldiciones pudieran, y comentaban mucho acerca de Steven y de Lapis cuando estaban cerca de ellos.
Todo esto se debía por qué los dos dormían "juntos". Además de que Lapis había comenzado a hablarle aún más a Steven, lo cuál era extraño al tomar en cuenta de que esta era muy callada con todos. Le sacaba platica al pequeño por cualquier cosa y siempre respondía las dudas de el cuando este preguntaba.
—Cuando lleguemos a Cascada Negra ¿que pasará?
La salvaje lo miro, se quedó unos segundos en silencio y luego soltó.
—Soy Lapis Lazuli. Una mujer del pueblo libre.
Steven volteo a verla confundido y ella volvió a hablar.
—Te he dicho mi nombre, ahora dame el tuyo.
El pequeño agacho la mirada y asintió. Era cierto, aún ni siquiera le había dicho su nombre después de ya varios días.
—Mi nombre es Steven de la casa Diamond...
—Muy bien Steven —dijo ella mientras le daba un mordisco a su comida —No tienes nada de qué preocuparte. ¿Está bien? No te harán nada si yo estoy presente.
—¿Me vas a proteger?
Lapis volvió a mirarlo, solo para que después dirigiera su vista al frente y se sonrojara levemente.
—Claro que si. Yo te protegeré.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —dijo ella un tanto sería —Porqué quiero y puedo. Yo decido qué hacer.
Steven bajo la mirada con timidez y se quedó observando su pedazo de carne.
—Sabes... Podrías llevarme al sur y entregarme. Mi familia te daría oro y hasta un título.
—¿Oro? ¿De que me puede servir el Oro? No puedo matar a nadie con eso, lo único que importa es el acero y ya tengo. ¿Y un título? Por aquí no le veo importancia a eso.
—Bueno... Podrías venir al reino. Mi familia te darían tierras, y ahí todo eso podría valer mucho.
—¿Y ser una esclava de un rey? Prefiero morir antes de eso.
—No, no serias esclava de nadie.
—Tu te tienes que arrodillar ante tu rey ¿no?
—Si... —tomó un silencio —Y también para algunas las Ladys y Lords...
—Para mi eso sería ser como una esclava, yo nunca me arrodillaré a nadie nada más porque si, al menos de que lo consideré digno de ello.
—Pero solo sería cortesía y respeto.
—¿Cortesía?
—Si...
—¿De que me serviría la cortesía?
El pequeño se quedó en silencio. Pareció otra de sus platicas cortas las cuales terminaban así, pero ciertamente, está le hizo pensar más de lo que esperaba.
Se cuestionó sobre la cortesía "¿realmente de que servía eso?" No era que el odiara ser cortés, de hecho le gustaba hacerlo con las personas adecuadas, pero ¿por qué hacerlo? Y más con personas las cuales llegan a molestarle como una de su prima Yelena Diamond.
Ella que es muy cruel con los sirvientes, con los pueblerinos y la gente del reino que no considera digna.
La había visto mandar a cortarle las manos a uno de sus sirvientes por comerse una uva mientras se encontraba sirviendo, o cuando mando a quemarle la cara a una de sus amigas por responderle, aún cuando era de una familia de alto rango pero con la desgracia de ser una bastarda de está.
Aún le provoca tristeza lo de Amatista, recuerda su llanto aún después de tanto. Recuerda como se quedó con ella en su habitación con Perla. Mirando sus lágrimas caer.
Le dieron ganas de romper a llorar de solo pensar en esa ocasión.
¿Por qué arrodillarse por alguien así? ¿Por que si quiera debía de ser cortés con ella, solo por ser miembro de una de las familias más poderosa de los reinos?
También estaba Aquamarine que ejecutó a todo un pueblo por qué unos cuantos decidieron revelarse. Igual estaba Esmeralda la cual la piedad no existía en ella y masacraba a sus oponentes, aún mirando que se rendían y rogaban por su vida. Luego Ágata Azul y...
Steven comenzó a derramar un par de lagrimas, le había afectado recordar todo eso. El era muy sensible después de todo.
Dejó su rama con su comida en sus piernas, para que después comenzará a limpiarse las lágrimas que brotaban por su mejillas sonrosadas.
—¿Qué sucede? —preguntó Lapis sería, la cual dejaba su comida en la blanca nieve y se acercaba con el.
Ella puso sus manos en sus hombros con la intención de reconfortarla. Lapis confundida lo miraba, pensó que las lágrimas serían por sus padres o familia que extrañaba. Pero pronto este pensamiento se esfumó, al ver que Steven la abrazaba sorpresivamente y escuchaba como comenzaba a llorar todavía más.
Lapis se paralizó por un momento ante la sorpresa, pudo corresponder al abrazo al pasar un corto lapso depues de que había acariciado sus cabellos y tocado levemente sus mejillas, notando el rostro del pequeño, con sus ojos cristalinos llenos de lágrimas que no tenían fin. Solo para después adentrarse por completo al abrazo, y brindarle cariño.
Un poco lejos de ahí, la mujer grande, y la pequeña con cólera inacabable, llegaban con el agua y miraban a lo lejos aquella escena de Lapis y Steven.
—¿Ahora que sucede con esos dos? —soltó Rubí la cuál miraba curiosa.
—Tal vez ya bailaron entre sus pieles —dijo Alice la pelirroja con un tono burlón.
—No tenía idea —hablo la mujer grande mientras se sentaba —Tal vez por eso duermen juntos.
—¿Como sabes eso? —preguntó el pelirrojo.
—¿Por qué crees que Lapis lo salvó?
—Oh entonces ¿ya lo tomó?
—Desde el primer día.
—Vaya, no pensé que a Lapis le gustaran los nacidos en el sur... Y todo lo que dijo hace días, fue pura mala lengua entonces.
—¿Qué querías que hiciera? Si hubiera dicho la verdad, en ese momento todo hubieran hecho un escándalo. Hasta habrían muertos.
