Somos los únicos

Alice miró con un poco de incertidumbre el horario que tenía en las manos. Como solían hacer siempre a principio de curso, ella y sus amigas comentaban las clases que les tocaba cada día, quejándose por tener Pociones a primera hora, o Historia de la Magia a última de la tarde, cuando ya estaban todos deseando acabar. Esa vez, la revisión del horario, le reportó alguna que otra sorpresa: ninguna de sus amigas había cogido la misma optativa que ella.

Se sintió un poco decepcionada al no poder estar con ninguna de ellas, y encogiéndose de hombros, fue a preguntar a los conocidos de otras casas a ver si alguien iba a cursarla, pero después de hablar con varias personas, llegó a la conclusión de que era más que probable que solo ella de su curso la estudiara. ¡Qué triste!

Desanimada, volvió a su mesa y se dejó caer en el banco con abatimiento. Apoyó el codo en la mesa, y la barbilla en la mano, mientras apartaba el plato con su desayuno.

-¿Acaso soy la única tonta de tercero que ha cogido Estudios Muggles? – preguntó en voz alta, a nadie en particular y sin esperar respuesta alguna. Ya tenía asumido que iba a ser la única.

Un mechón de cabello se le había escapado de la alta coleta y fue a parar a su mejilla, haciéndole cosquillas. Bufó para arriba para apartárselo, pero el rebelde mechón insistía en volver a caer. Molesta, se lo colocó detrás de la oreja.

-¿Tu también estás en Estudios Muggles? – preguntó alguien a su lado y alzó la cabeza para ver a Frank Longbottom plantado detrás de ella.

Alice solo atinó a asentir, sin que ninguna palabra saliera por su boca. Cuando él estaba cerca, nunca sabía que decir. Le ponía nerviosa, y sentía unos cosquilleos en el estómago que en un principio creyó que era porque le había sentado mal el desayuno, pero no. Era un cosquilleo agradable, mezcla de nervios, expectación y alegría. Ella, que nunca tenía problemas para hablar con nadie, que había veces que tenían que pedirle que callara porque no había manera de que cerrara la boca, que tenía la poca vergüenza de soltar chistes malos y verdes que le escuchaba contar a su padre, se volvía tímida y vergonzosa cuando veía o hablaba con Frank. Menos mal que lo de hablar ocurría poco, porque aunque eran de la misma casa y curso y compartían un montón de asignaturas, nunca habían mantenido una conversación muy larga, y quitando algunos comentarios sobre las clases y algún saludo, poco más.

-¡Buf! Menos mal, pensé que sería el único.

Con soltura y como si tuviera muchísima confianza, Frank se sentó a su lado y se dispuso a atacar el desayuno con ansias. Alice no pudo más que mirarlo boquiabierta y sabiendo que sus amigas estarían mirando la situación y riéndose, se sonrojó a más no poder. Ellas sabían que, si bien no estaba colada de él, el chico no le resultaba del todo indiferente. Es decir, no es que fuera el chico más guapo del colegio, pero Frank tenía un rostro agradable y era muy simpático, y tenía una sonrisa y una forma de ser que te hacían desear ser amigo suyo enseguida. Era divertido y buen estudiante, muy amigo de sus amigos y siempre trataba a todos con respeto y educación, sin meterse ni insultar a nadie. Que le gustaba, vamos.

-Me temo que seremos los únicos – comentó Frank a su lado, y Alice apartó la mirada del bol de cereales que estaba comiendo el chico y lo miró a la cara, encontrándose con su sonrisa y un brillo divertido en sus ojos claros – Le he preguntado a varios amigos, y nadie parece interesarse por ella – se encogió de hombros.

-Ya, yo también he preguntado y todos me han dicho lo mismo – respondió suavemente, taladrando a sus amigas con la mirada y sintiendo como se sonrojaba de la vergüenza. Escuchó la risita de una de ellas, y le dio una patada por debajo de la mesa. Se escuchó un indignado ¡ay! y Alice le dirigió una mirada triunfante y le sacó la lengua como burla a la amiga que se había quejado. A la otra, que volviera a reírse de ella.

Se giró para mirar a Frank, y quiso morirse de la vergüenza al ver que la miraba divertido. Sonrojada, agachó un poco la cabeza y la mirada, y volvió a colocarse el rebelde mechón detrás de la oreja. ¡Por Merlín, estaba portándose como una tonta! Ella no era así de boba, incapaz de mantener una conversación por muy nerviosa o por mucha vergüenza que tuviera. Y eso que Frank no estaba haciendo nada para que ella se avergonzara, sino que estaba hablando como si fueran amigos.

-¿Y tu porqué has escogido esa asignatura? – preguntó el chico con curiosidad, untando mantequilla y mermelada en una tostada.

-Porque me parece interesante – respondió con una tímida sonrisa – Mucha gente cree que los muggles son unos inútiles por no tener magia, que no pueden hacer cosas como nosotros, pero yo no creo que eso sea así. Es decir, si han conseguido hacer luz sin varita, a crear medios de transporte que van por tierra, mar y aire, y todo eso sin magia, no deben ser tan inútiles, ¿no?

-Así que eres una defensora de los muggles, ¿no? – preguntó el chico divertido, dándole un golpe amistoso en el hombro, pero no parecía para nada molesto como muchos magos, sino que por la forma en la que asentía, no debería pensar tan diferente como ella. Aquello le gustó – Yo pienso igual, pero lamentablemente aquí hay gente que es muy radical en ese tema, y no para bien precisamente – no dijo nombres, pero no hacía falta. Aquel pensamiento iba muy acorde con la forma de ver el mundo de los Slytherin – Me alegro de que no seas como ellos.

Ante esas palabras, Alice sintió un calor sofocante en sus mejillas y estaba segura que estaría sonrojada a más no poder. Por la forma de hablar de Frank, con esa franqueza y esa soltura, estaba claro que él no sabía lo que era la vergüenza, o si la tenía, no la estaba demostrando con ella.

-¿Te puedo contar un secreto? – Frank se inclinó hacia ella, como si no quiera que nadie se enterara de lo que fuera a decirle, y Alice sintió que podría caerse de culo si no estuviera sentada. Sentía las piernas temblorosas y tan solo atinó a asentir – Este verano me he leído el libro que nos han mandado para la asignatura, ese de Vida doméstica y costumbres sociales de los muggles británico, y me ha parecido tan interesante que estoy deseando empezar las clases.

-¿Solo te lo has leído? – con una sonrisa, Alice sacó el suyo de la mochila y se lo entregó. Con curiosidad, el chico fue pasando las hojas y al ver las anotaciones en los bordes, párrafos subrayados y posibles preguntas, se echó a reír a carcajadas.

-Vaya, parece que tu vienes con los deberes hechos – cerró el libro y se lo entregó, mientras esbozaba una sonrisa.

-Alice, nosotras nos vamos a clase ya. Nos vemos luego, ¿vale?

Miró a sus amigas y vio que se habían levantado, llevando las mochilas al hombro. Paseó la mirada por el comedor, y sorprendida, se dio cuenta de que la mayoría de los alumnos se habían ido ya hacia sus clases, y que ella había estado tan concentrada hablando con Frank que ni se había dado cuenta. Tras dirigirle una sonrisa y una mirada cargada de significado acompañada de un imperceptible movimiento de cabeza señalando a Frank, se fueron. Alice tuvo un momento de duda. Normalmente se hubiera ido con ellas, pero no tenía sentido en ese caso porque ellas no iban a la misma clase que ella y lo más normal sería ir con Frank, ¿no?

-¿Nos vamos?

Alice asintió ante la pregunta del chico y al igual que él, empezó a recoger sus cosas. Se cargó la mochila al hombro y vio como Frank se agachaba hacia la mesa y cogía la taza de chocolate suizo y le dio un trago, deprisa. Cuando se levantó, Alice soltó una risita. Frank se había manchado la nariz con nata y al parecer no se había dado cuenta. Apretó los labios con fuerza, conteniendo la sonrisa. No quería reírse, pero era muy gracioso y terminó riéndose a carcajadas.

-¿Qué pasa? – le preguntó extrañado.

-Te has manchado la nariz de nata – volvió a estallar en carcajadas cuando él puso los ojos bizcos, mirándose la nariz. Por su sonrisa divertida, no parecía estar para nada molesto ni avergonzado.

-¿Ya está? – se restregó la nariz con una servilleta, pero no se lo había quitado todo.

-No, aún te queda un poco – iba a levantar la mano para quitárselo ella misma, pero se contuvo y tímidamente, le señaló donde era.

-Gracias – le sonrió agradecido, encaminándose hacia la puerta. Se paró, y le dio una mirada retadora y divertida – ¿Te echo una carrera?

-No te atreverás… -

-¿Quién dice que no? – hizo ademán de echar a correr, pero con una carcajada se paró – Cuando te diga que ya llegamos casi cinco minutos tarde a clase, entonces la que echará a correr serás tú.

Escandalizada, miró su fino reloj de muñeca y vio que efectivamente llegaban tarde. ¡Eso no podía ser! ¡Ella nunca llegaba tarde!

-¿Te echo una carrera?

Esta vez fue ella la que lo preguntó y echó a correr antes de que Frank respondiera, pero lo escuchó reírse y seguirle.