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Cuando John salió del hospital psiquiátrico, una hora después de charlar largamente con Laurie, estaba convencido de que aquella mujer podría ser de todo, menos, loca.
Laurie creía que dentro de las paredes de Ridgemont estaría a salvo de la furia homicida de su hermano. John sabia que no era así.
Ningún sitio era seguro, mientras Myers siguiera suelto y vivo.
Dentro de su coche, encendió un cigarrillo y fumó, sentado y quieto, mirando sin ver el edificio del nosocomio.
Laurie no había podido esclarecerle nada sobre el actual paradero de su hermano. Myers podría estar escondido en cualquier parte de Haddonfield. Cualquier parte…
John cerró los ojos. Se reclinó en su asiento. La mente le daba vueltas y vueltas sobre este asunto. Las palabras de Laurie resonaron otra vez en su cabeza, como un eco.
"Mañana es Halloween, su día", dijo, "Mañana volverá a matar".
Era verdad. Mañana era 31 de octubre. Mañana, Myers saldría de su escondite y el cuchillo carnicero volvería a cobrarse nuevas victimas.
"No. Eso no va a ocurrir", pensó, "Debo detenerlo… cueste lo que cueste".
Pero la cuestión era encontrarlo. ¿Dónde se escondía Myers? Abrió los ojos y dio otra calada a su cigarrillo. Repasó mentalmente el modus operandi del asesino.
Myers mataba a sus familiares más directos y ocasionalmente, a todo aquel que se interponía en su camino. Generalmente, todos los 31 de octubre, en Halloween. Usaba un overol de mecánico gris azulado y una mascara de fantasma blanca cubriendo su rostro. No mostraba signos emocionales visibles y siempre actuaba con determinación y frialdad…
John se detuvo en un dato de su repaso. Un dato clave: Myers atacaba solo en Halloween. Solo una vez al año. ¿Dónde pasaba el resto del tiempo? ¿Dónde se ocultaba?
Volvíamos a lo mismo. El mismo problema otra vez, el quid de la cuestión.
¿Dónde se escondía Myers durante el resto del año?
John sabía lo que se decía de Michael. Había leído los informes de Hammond y los datos provenientes de diversas fuentes sobre él. Se contaban muchos rumores, muchas cosas sobre su persona; que era el mal en forma humana, como afirmaba Laurie y aquel psiquiatra que lo atendió, que parecía tener gran resistencia al dolor… que sus verdaderas intenciones tras sus crímenes eran un misterio y que tal vez, solo tal vez, estaba relacionado con los druidas, los celtas y las runas.
Todo muy legendario, muy adornado, pero que obviaba algo importante. Pese a todo lo que se decía de él, Myers era en el fondo un simple ser humano.
Necesitaba dormir, comer, defecar, etc. No podía ser que viviera en la indigencia total. Tenia que, a la fuerza, tener un sitio donde guarecerse, donde reposar sus huesos.
La cuestión era: ¿Dónde? ¿Qué lugar?
John se esforzó con dar con la respuesta. Muchas vidas dependían de que encontrara al asesino y lo detuviera antes de que iniciara una nueva carnicería.
-¿Dónde te escondes, Michael?
Era dentro de Haddonfield, eso seguro. Un lugar que tal vez la poli pasó por alto o que revisó en su momento y luego, descartó para siempre.
Un lugar que bien podría no estar tan oculto.
Pregunta: ¿Cómo escondes a un elefante a la vista de todos?
Respuesta: mezclándolo con otros elefantes.
John sonrió. Lo tenía
¿Cómo se le había escapado desde el comienzo? No importaba. Lo que sí lo hacia era que lo tenia.
Encendió el motor del coche, arrojó el cigarrillo por la ventanilla y condujo a toda prisa por las calles de Haddonfield. Iba directo tras su pálpito.
Iba a la antigua casa de los Myers.
