EL CASO DE LA UNICORNIO ROSA


1

El sargento Hawkguard

—¡Rápido, chico, no pierdas tiempo!

Un imponente pegaso, usando la brillante y dorada armadura de la Guardia Real, apura a un joven unicornio blanco, también usando una armadura dorada. El unicornio corre, levitando cerca de él una pequeña caja, y el pegaso lo apura desde lo alto de una pequeña carreta policial.

—¡Es urgente, chico! —vuelve a gritar.

El unicornio tropieza, y cae en toda su longitud contra la nieve. La armadura, en vez de protegerlo, parece aumentar el golpe, y se permite susurrar un pequeño quejido: ha sufrido peores golpes en la Academia. Rápidamente se levanta, y la calle que debe cruzar es atravesada por varias carretas, obligándolo a esperar con paciencia. Una vez no hay ninguna cerca, corre hacia donde lo espera el pegaso, subiendo a la carreta de un salto.

—Dos minutos —dice su compañero, abriendo la caja—. Si fuera una emergencia real, ya estaría bien malherido.

—Lo lamento, Hawkguard —dice el unicornio, jadeando de cansancio.

—Nada de lamentarlo, Shining, un Guardia Real no lamenta nada —reclama el pegaso, sacando una dona de chocolate de la caja—. Ten, come una, yo invito.

Shining Armor la habría rechazado, pero hace tiempo aprendió que no puede rechazar ningún ofrecimiento de Hawkguard. El pegaso provenía de un pueblo fronterizo con Greifland, el país de los grifos, y posee varias costumbres que le resultan desconocidas. Hawkguard le había dicho que en su pueblo se consideraba un insulto rechazar una invitación de un amigo; también era un insulto comer sin ofrecerle a quien está al lado.

El joven unicornio estaba en la primavera de su vida, en los primeros años de su adultez, mientras que el pegaso se encontraba en el verano, en el apogeo de su vida y su plenitud física. Sin el casco, Hawkguard tiene una crin rubia muy corta, mientras que Shining tiene una crin azul.

Shining Armor jamás imaginó que sería compañero de Hawkguard. Una vez se graduó en la Academía, los años más exigentes de su vida, el mismísimo Capitán General de la guardia Real, Fallen Arrow, fue a verlo en su primer día en la guarnición marcial.

—Shining Armor, ¿Cierto? —dijo el maduro unicornio, con una sonrisa similar a la de un abuelo.

—Sí, señor —dijo él con todo el respeto que efectivamente sentía.

—Tengo al compañero perfecto para ti —dijo el unicornio, llevándolo al patio de la guarnición—. Fuiste el mejor en la Academia, tienes que ir con el mejor de todos los Guardias. Aprende todo lo que puedas de él.

El joven unicornio contempló a los Guardias Reales que entrenaban ahí, y se preguntó quién sería aquel Guardia que el propio Capitán consideraba como el mejor. Debía ser un gran héroe, como los Caballeros de Canterlot de la antigüedad, y él comenzó a sentirse nervioso.

Cruzaron el patio y entraron a los talleres. Ahí no habían guardias: el mantenimiento de las carretas y retenes móviles corría por cuenta de ponis civiles. Pero no tardaron en ver a un pegaso, un Guardia Real, terminando de engrasar una rueda a una vieja carreta de patrulla.

—Hawkguard —dijo el Capitán— ¿Aún te encargas de estas labores tú mismo?

—Si quiero que queden a mi gusto, debo hacerlas yo, señor —dijo el Guardia, colocándose de pie.

Era más alto que Shining, y muy imponente. No era muy musculoso, de hecho, su altura le quitaba masa, pero aún así parecía irradiar una fuerza capaz de romper muros. En lugar del rostro impasible y serio de la mayoría de Guardias Reales, aquel pegaso sonreía, de un modo bastante amigable, pero algo tenía esa sonrisa que también resultaba amenazante, como si pudiera sonreír así mientras le daba una paliza a alguien.

—No te puedo discutir eso —rió Fallen Arrow—. Te presento a Shining Armor, número uno en la Academia. Shining, te presento al sargento Hawkguard. Ambos serán compañeros desde hoy.

—Es un honor, señor —dijo Shining, con respeto, pero el pegaso alzó su casco.

—Nada de "señor", chico —dijo él—. cuando sea viejo ya me llamarás así.

—Bien, los dejo —dijo Fallen Arrow, alejándose. Hawkguard miró a Shining, y el joven unicornio se sintió intimidado.

—Escucha bien, chico, olvida absolutamente todo lo que te enseñaron en la Academía.

—¿Todo? —preguntó confundido.

—Sí, todo. Olvida el libro de reglas, olvida lo que te dijeron de ética y sobre todo olvida cualquier teoría. También olvida el entrenamiento marcial. Sólo quédate con los procedimientos, por desgracia son neceaarios.

—¿Está seguro?

Deseó no hacer esa pregunta. El pegaso no varió su expresión, pero Shining Armor sintió como la molestia de Hawkguard lo abofeteaba, como si su aura pudiera golpear la suya propia. Rápidamente se retractó:

—Lo siento, señ... —se cubrió la boca para no terminar de decir la palabra "señor". Eso hizo que el pegaso se riera, y el ambiente se relajó.

—Dime "sargento", y si quieres ser el mejor, tienes que obtener un entrenamiento de verdad. A partir de hoy, este será tu manual.

Rebuscó entre sus alforjas, y sacó un pequeño libro de tapas blandas, uno de esos libros baratos que vendían semanalmente en los kioscos, de calidad ínfima. Por lo que sabía, existía uno de esos libros para cada género: fantasía, western, policial, terror, ciencia ficción. Por alguna razón, sus padres le habían prohibido leerlos cuando era adolescente. Hawkguard se lo entregó con cuidado.

—¿El Detective McHooves? —leyó Shining confundido. Conocía a ese personaje: un ex Guardia Real que se dedicaba a resolver crímenes, como detective privado, un poni terrestre rudo como un dragón que resolvía los delitos a golpes. En la Academia, aquel personaje era motivo de burla.

—Sí, el Detective McHooves, mientras más te parezcas a él, mejor —se rió el pegaso, y le hizo una señal para que lo siguiera, cosa que Shining hizo—. Te conseguiré toda la colección hasta esta semana, pero tú debes comprarlo semanalmente a partir de hoy. También vas a aprender un arte marcial real, te llevaré al sitio donde entreno yo. El maestro es una llama llamada Huáscar. ¿Has visto una llama alguna vez? Tienen muchísima lana, casi, casi, dan ganas de abrazarlas...

El primer día no hicieron nada más que dar una vuelta por la ciudad, y eso bastó para que Shining sospechara por qué Hawkguard era considerado el mejor: toda la ciudadanía parecía amarlo. Los potros lo admiraban y respetaban, los ponis lo saludaban, los vendedores le regalaban frutas y café. Incluso algunas yeguas suspiraban al verlo pasar, cosa que se replicaba con varias yeguas de la Guardia Real.

Casualmente, esa mañana había pasado algo así. Se dirigía hacia el cobertizo donde Hawkguard estacionaba su carro de patrulla, cuando vio a Midnight, una unicornio, y a Mild Plume, una pegaso, asomadas a la puerta entreabierta.

—Mira qué porte, qué gallardía —decía Midnight, y por su tono de voz, Shining podía imaginar que tenía corazones en vez de pupilas.

—Oí que no es de Canterlot, es de una de las ciudades fronterizas —dijo Mild Plume—. De un pueblo llamado Macondo.

—Mejor aún, un sureño —dijo Midnight, casi chillando de la emoción—. Celestia, se le nota en cada pelo, mira esa figura...

—¡Ejem! —susurró Shining Armor, haciendo que ambas se sobresaltaran—. Con permiso.

Ambas lo miraron como dos potras sorprendidas en medio de una travesura, y él no pudo evitar reírse. Ambas habían sido compañeras de él, se habían graduado juntos, y en todo el tiempo que pasaron en la Academia, él jamás se imaginó que espiarían a los Guardias Reales.

—N-no le digas que estuvimos aquí —dijo Mild Plume, y entonces prácticamente ambas se esfumaron.

Shining volvió a reír, y entró. Hawkguard se encargaba de cambiar una rueda: se había quitado la armadura, y empleaba su propia fuerza para hacer palanca y levantar la carreta. No se veía particularmente impresionante.

—Buenos días, sargento —saludó Shining.

—Buen día, chico —dijo él—. Sabes, ya nos conocemos un buen tiempo, creo que ya puedes llamarme Hawkguard.

—¿Está seguro, sargento?

—Si no lo estuviera, lo diría, chico —dijo él, levantando la rueda como quien levanta una caja vacía— ¿Quiénes eran las mironas?

—Unas antiguas compañeras, Midnight y Mild Plume —respondió él, tratando de ayudarle, pero el pegaso lo apartó con el casco.

—Diles que estoy casado y que no me interesa hallar ninguna otra yegua.

Su sargento no variaba demasiado su voz, su volumen de voz o su rostro. Parecía que tenía la habilidad de modificar el ambiente o algo así, pues Shining notaba perfectamente cuando estaba enojado o cuando daba una advertencia, a pesar de no modificar demasiado su tono de voz.

—Me encanta el Día de los Corazones Cálidos —dice el sargento mientras come sus donas—. Hay dulces que sólo preparan para estas fechas.

—Si sigue comiendo así, sarg..., Hawkguard, va a acabar engordando.

—Pues es parte del trabajo —dice él riendo—. No confiaría en ningún guardia veterano sin panza. Es antinatural.

Y se ríe mientras saca otra dona. Shining no sabe si es una broma o si lo dice en serio, con su sargento es difícil saber cuándo bromea y cuando habla en serio. Decide tomarlo como una broma, después de todo a él no le agrada la idea de engordar al final de su guardia.

Entonces, se percata de una fuerte algarabía, de una concentración de ponis que corrían desde y hacia la Plaza de la Torre Roja. No es poco común que los ponis se aglomeren en Canterlot, pero por alguna razón, presiente que está pasando algo malo.

—Sarg..., Hawkguard, creo que deberíamos ir a ver.

—Estoy tratando de comer mi caja de donas —replica el pegaso—. Si es grave alguien nos llamará.

—Pero...

—Pero si es algo grave, nos llamarán —replica él, y está por sacar otra dona de la caja, cuando una hermosa unicornio rosa, de ojos verdes y crin rubia se acerca a ellos.

—¡Una potra desapareció en la plaza! —grita ella, y el corazón de Shining se aprieta. De inmediato piensa en Twilight, su hermanita, y está por replicarle a Hawkguard que deben correr hacia allá, cuando el pegaso se pone de pie.

—¿Qué bigotes estás esperando, chico? —dice él— ¡Tenemos que ir a revisar!


Hawkguard le ordenó acordonar el área y luego le ordenó a la multitud que alguien fuera a avisar al cuartel. Mientras tanto, le preguntó por los antecedentes a la madre de la potra desaparecida, una unicornio rosa con crin blanca, ojos azules y una Cutie Mark en forma de rosal, con las flores de color blanco. Decía llamarse Rose Wood, y cuando Shining Armor terminó de acordonar el área, se enteró que la potra desaparecida se llama Beauty Dream.

—Señora, necesito la descripción de su hija —pregunta Hawkguard, pero la madre estaba llorando tan desesperada que no le respondía.

—¡Debe hallar a mi hija! —grita ella, llorando tan fuerte que comienza a inundar la plaza.

—Por favor, necesitamos saber como es, sino jamás la hallaremos —dice él.

La madre, finalmente, logra calmarse lo suficiente como para dar una descripción de su hija. Una unicornio de nueve años, rosa y de crin rubia, con ojos verdes, sin Cutie Mark. Hawkguard anota diligentemente todo.

—Shining Armor —dice el sargento, confundiendo al unicornio pues nunca se refiere a él por su nombre—. Ven y contén a la madre.

—S-sí, Hawkguard.

Él se acerca, pero antes de que pueda hacer algo, la madre lo abraza tan fuerza que casi le impide respirar, y sigue llorando. Hawkguard procede a revisar el lugar. Para cuando llegan los detectives de la Agencia Real de Investigación y los otros Guardias Reales, la madre ha frenado un poco —sólo un poco— su llanto, y proceden a tomar sus declaraciones. El sargento le hace una seña a Shining para que vaya con él.

—Bien hecho, chico —dice el pegaso—. Pensé que jamás me dejaría tranquilo. Mira, encontré una pista muy interesante.

—¿No deberías llevársela a los detectives?

En la Academia, le habían enseñado que los delitos de mayor complejidad eran labor de la ARI, la Agencia Real de Investigación, pues ellos estaban preparados para proceder en esos casos. Con Hawkguard descubrió que entre detectives y Guardias Reales hay una fuerte rivalidad, que ninguna de las dos agencias está interesada en frenar. Hasta ese día, no habían tenido ningún caso así de complicado, sólo robos menores en mercados.

—¿Quieres encontrar a la potra? ¿O quieres que los detectives encuentren el cadáver de una potra? Porque sólo para eso sirven esos idiotas —dice despectivo el pegaso.

—Tienes razón —dice él, aunque no muy convencido, pero no va a discutir con su sargento— ¿Qué descubrió?

—Esto.

Levanta frente a él algo muy pequeño, que él tarda en descubrir porque es un objeto que apenas ha visto.

—¿Una colilla de cigarrillo?

—No sólo eso, es una colilla aún humeante.

—No entiendo cómo puede ser una pista.

—Por Celestia, chico, ¿Cuántos ponis has visto que fuman? —pregunta molesto Hawkguard. Shining Armor se siente intimidado.

—Pues..., solo a ti, hasta ahora —confiesa el unicornio, y el pegaso se ríe. Normalmente fuma al finalizar el turno, cuando se quita la armadura.

—El vicio del tabaco está muy extendido en las razas no equinas —comienza a explicar el pegaso—. Pero el cigarrillo es propio de los grifos, pues los lobos suelen fumar en esas mangueras raras que tienen, y las cabras y otros mamíferos prefieren las pipas.

—¿Cómo estás tan seguro? —pregunta Shining, pero Hawkguard vuelve a despedir esa aura de furia.

—Dime, chico, ¿Cuántos grifos has visto fumando en pipa? ¿O cuantos lobos has visto fumando cigarrillos?

—En realidad..., no me he fijado.

—Será mejor que prestes más atención —dice Hawkguard—. Porque si no, si sigues siendo así de mediocre, jamás serás un verdadero Guardia Real —el pegaso bufa al decir eso—. Mejor sígueme y a ver si aprendes algo. Reconozco esta marca de cigarrillo, y sé quién los vende.

Comienza a avanzar rápidamente, y Shining Armor lo sigue. Las palabras que acaba de decirle son como golpes en el rostro: Twilight, su hermanita, siempre decía de él que era el mejor Guardia Real. Sus padres esperaban que lo fuera. Su sueño es ser el mejor.

Por eso se esforzó tanto en la Academia. Por eso fue sobresaliente en todas sus pruebas, y llegó a impresionar a Fallen Arrow, el Capitán General de la Guardia Real. Sin embargo, Hawkguard no se impresionaba por anda de eso, es más lo despreciaba.

Lo llamaba "mediocre".

Suspira, y el aire se llena de vapor. Corre para alcanzar a Hawkguard.