Declaimer: los personajes no son mios pertenecen a S. M, y la historia le pertenece a Nora Roberts

Capitulo 2

Era una Alice Dunne totalmente distinta la que saludaba a los padres dos horas después. Llevaba una blusa de volantes y una falda plisada, ambas de color azul claro, y el cabello cuidadosamente recogido en un moño.

Sus facciones denotaban serenidad y compostura. De la mujer empapada y furiosa no quedaba ni rastro. En su preocupación por el recital, había olvidado por completo el incidente de la lluvia.

Las sillas estaban dispuestas en hileras, para que los familiares pudieran ver la actuación de las niñas. Detrás había una mesa con café y galletas surtidas.

Alice podía escuchar murmullos de conversación por toda la sala, lo cual le hizo pensar en otros recitales de antaño. Su mente voló hacia la habitación contigua, donde veinticuatro chicas se afanaban con los tutes y las zapatillas de danza.

Estaba nerviosa. Bajo su sonrisa y su aparente calma exterior, sentía tanta ansiedad como la que acostumbraba a experimentar en todos los espectáculos, a pesar de que estaba tan habituada a ellos que casi podía anticipar cada uno de los pasos.

Ella misma había pasado por aquello antes, por las etapas de preescolar, intermedia y avanzada, hasta alcanzar el nivel superior. Ahora era la maestra. No había ni un solo aspecto de los recitales que no hubiese conocido a lo largo de su vida.

Había puesto en el reproductor de CD una lenta sonata de Beethoven para atemperar su inquietud e ir creado ambiente. Qué estupidez, se dijo, que una profesional experimentada, una maestra de reconocido prestigio, hubiera de alterarse por una simple representación. Pero no podía evitarlo. Alice ponía el corazón en todo lo relacionado con su academia y sus alumnas. Deseaba ansiosamente que la noche fuese un éxito.

Sonriendo, estrechó la mano de un padre que seguramente habría preferido quedarse en casa viendo un partido de fútbol. Se deslizaba subrepticiamente el dedo bajo el nudo de la agobiante e incómoda corbata.

De haber tenido más confianza con él, Alice se habría reído y le habría sugerido que se la quitara.

Desde que empezó a organizar recitales, dos años atrás, uno de sus principales objetivos era relajar a los padres. Lograr que se encontraran a gusto significaba tener un público más entusiasta, lo que a su vez procuraba un mayor número de alumnas a la academia. De hecho, la había abierto pensando en la publicidad de boca a boca, y era la recomendación e los vecinos, de los conocidos, lo que la mantenía a flote. Ahora era su trabajo, su pasión y su forma de ganarse la vida.

Se consideraba afortunada de haber podido aunar ambas cosas por segunda vez en su vida.

Consciente de que muchos familiares de las bailarinas habían acudido para cumplir el expediente, Alice estaba determinada a depararles un rato agradable. En cada recital, procuraba no solo variar el programa, sino buscar la coreografía más indicada para el talento y las capacidades de cada bailarina.

Sabía que no todas las madres eran tan ambiciosas como Mae respecto a sus hijas, y que no todos los padres las apoyaban tanto como su padre la había apoyado a ella.

"Pero han venido, después de todo", se dijo, contemplando al grupo congregado en la academia. Habían acudido a pesar de la lluvia, renunciado a su programa de televisión favorito o a dar una cabezadita en el sofá después de la cena.

Alice sonrió, conmovida por la generosidad de los padres con respeto a sus hijos, una generosidad que solía pasar inadvertida.

De repente pensó en lo mucho que se alegraba de haber vuelto, de lo contenta que se sentía estando allí. Sí. Había amado Nueva Cork, con su frenético ritmo de vida, sus desafíos, su innegable excitación; pero los sencillos placeres de un pueblo pequeño, y sus tranquilas calles, la satisfacían de sobra ahora.

Todos los presentes se conocían, ya fuese de vista o personalmente. La madre de una de las bailarinas mayores había sido canguro de Alice veinte años atrás. En aquel entonces llevaba coleta, recordó, mientras miraba su actual peinado, más corto y sofisticado. Una coleta larga, sujeta con una cinta de colores, que hacía oscilar mientras caminaba y que a Alice le había parecido preciosa. El recuerdo la confortó y contribuyó a calmar sus nervios.

Quizá todo el mundo debería marcharse de su pueblo natal en algún momento, se dijo, y regresar ya de adultos, ya fuera para quedarse o no. Qué revelación era ver, con una perspectiva de adulto, las cosas y las personas que se conocieron en la infancia.

-Alice.

Se giró para saludar a una antigua compañera de colegio, ahora madre de una de sus alumnas más pequeñas.

-Hola Jackie. Tienes un aspecto estupendo.

Jackie era una morena competente y capaz.

Alice recordaba que había formado parte de un sorprendente número de comités durante sus años en el instituto.

-Estamos tremendamente nerviosos -confesó Jackie, refiriéndose a sí misma, a su marido y a su hija.

Alice siguió su mirada a través de la sala y vio a la antigua estrella del atletismo, convertido en agente de seguros, con quien Jackie se había casado al año de su graduación.

Estaba hablando con dos parejas de ancianos. Todos los abuelos habían asistido también, se dijo Alice con una sonrisa.

-Se supone que debéis estar nerviosos -comentó Alice. -Es lo habitual.

-Espero que lo haga bien- dijo Jackie, sobre todo por ella. Desea tanto impresionar a su padre…..

-Lo hará estupendamente- le aseguró Alice, apretando su mano nerviosa.- Y todas están preciosas, gracias a la ayuda que me has prestado con los trajes. Aún no había tenido ocasión de darte las gracias.

-Oh, ha sido un placer-afirmó Jackie. Mirando de nuevo hacia su familia, añadió en tono bajo; -los abuelos pueden ser terribles.

Alice emitió una risita suave, sabiendo que aquellos abuelos en particular adoraban a su pequeña bailarina.

-Eso es, ríete- le dijo Jackie desdeñosamente, aunque una sonrisa de auto reprobación asomó a sus labios. -Tú aún no tienes que preocuparte de abuelos…ni de suegros- añadió, confiriendo a sus palabras un tono deliberadamente ominoso. -Por cierto- el cambio de tono de Jackie puso a Alice inmediatamente en guardia. -¿Te acuerdas de mi primo Tod?.

-Sí-respondió Alice con cautela cuando Jackie hizo una pausa.

-Vendrá al pueblo dentro de una par de semanas, para pasar un día o dos. –Jackie sonrió sin malicia.- Me preguntó por ti la última vez que telefoneó.

-Jackie…-empezó a decir Alice, decidida a mostrarse firme.

-¿Por qué no dejas que te lleve a cenar?.-Prosiguió Jackie, impidiéndole evadirse.-Quedó prendado de ti el año pasado, y no se quedará mucho tiempo. Tiene un negocio magnífico en New Hampshire. Informática, creo que ya te lo comenté.

-Lo recuerdo- dijo Alice al cabo de pocos segundos.

Uno de los inconvenientes de estar soltera en un pueblo pequeño, se dijo, era tener que eludir continuamente las intrigas casamenteras de las bienintencionadas amistades.

Las insinuaciones y sugerencias de posibles parejas se habían multiplicado desde que Mae comenzaba a mejorar. Alice sabía que para evitar un aluvión, debía sentar un precedente, así que se mantuvo firme.

-Jackie, ya sabes lo ocupada que estoy…..

-Estás haciendo un trabajo maravilloso, Alice -se apresuró ad decir Jackie.- Todas las niñas te adoran, pero una mujer necesita divertirse de vez en cuando, ¿no crees?. ¿No hay nada serio entre Andy y tú?.

-No, desde luego que no, pero…

-Entonces, no veo ninguna necesidad de que te recluyas a ti misma.

-Mi madre….

-Tenía muy buen aspecto cuando fui a tu casa el otro día a dejar los trajes- prosiguió Jackie implacablemente. -Fue estupendo ver que ya se había levantado. Incluso noté que había ganado algo de peso.

-Sí, es cierto, pero…

-Tod llegará el jueves de la semana que viene. Le diré que te llame- dijo Jackie animadamente antes de darse media vuelta y dirigirse hacia su familia, abriéndose paso entre el público.

Alice observó cómo se alejaba entre irritada y divertida. Era imposible ganarle a alguien que jamás te dejaba acabar una frase, se dijo.

En fin, pensó, un primo con la voz trémula y las palmas ligeramente sudorosas no estarían tan mal para una velada.

Su agenda no estaba precisamente abarrotada de citas, ni tampoco podía decirse que una multitud de hombres fascinantes se agolpase ante su puerta.

Pero no era el momento de preocuparse por la futura cena, son de pensar en sus alumnas, de modo que se dirigió hacia los vestuarios. Allí, al menos, su autoridad era absoluta.

Una vez dentro, se apoyó en la puerta cerrada y respiró despacio y hondo. Ante sí reinaba el caos, pero un caos al que era inmune. Las chicas charlaban con entusiasmo, se ayudaban unas a otras a ponerse los trajes o ensayaban los pasos por última vez. Una de las bailarinas mayores ejecutaba Pliés mientras un par de crías de cinco años andaban en pleno tira y afloja con una zapatilla de ballet. Era el típico alboroto entre bambalinas. Alice se enderezó, alzando la voz.

-Prestadme atención, por favor- su tono afable se elevó por encima del parloteo y atrajo todas las miradas hacia ella. -Empezaremos dentro de diez minutos. Beth, Josey- se dirigió a dos de las bailarinas mayores- ayudad a las pequeñas.

Consultó su reloj, preguntándose por qué la pianista se demoraba tanto. Si el desastre se consumaba, utilizaría el reproductor de CD.

Se agachó para ajustarle las mallas a una joven alumna y se enfrentó a los nervios y las preguntas de las demás.

-Señorita Dunne, no habrá sentado a mi hermano en la primera fila. ¿Verdad? Me hace muecas horribles.

-Está en la segunda fila empezando por detrás- repuso Alice, con la boca llena de horquillas, mientras daba los últimos toques al peinado de una alumna.

-Señorita Dunne, estoy preocupada por la segunda serie de Jetés

-Hazlo como en el ensayo. Seguro que lo harás maravillosamente.

-Señorita Dunne, Kate se ha pintado las uñas de rojo.

-Mmm -Alice miró de nuevo el reloj.

-Señorita Dunne, sobre los fouettés….

-Cinco, nada más.

-Deberíamos maquilarnos para que no se nos vea tan pálidas en el escenario – se quejó una bailarina de poca edad.

-No- dijo Alice tajantemente, reprimiendo una sonrisa. -¡Mónica, gracias a Dios!-exclamó aliviada cuando una atractiva joven entró por la puerta trasera.

Estaba a punto de utilizar el CD.

-Siento llegar tarde- Mónica sonrió alegremente mientras cerraba la puerta tras de sí.

A sus veinte años, Mónica Anderson era una joven atractiva y saludable. Su espesa melena rubia adornaba un semblante de facciones pecosas y ojos castaños, grandes y vivaces. De figura alta y atlética, poseía un corazón más puro que Alice había conocido jamás en cualquiera. Recogía gatos callejeros, estaba siempre dispuesta a escuchar a todo el mundo y, pese a cualquier discrepancia, nunca pensaba mal de nade. A Alice le caía bien por su genuina bondad.

Por añadidura, Mónica poseía un verdadero talento para el piano. Sabía mantener el tempo, interpretando a los clásicos fielmente sin florituras que pudieran distraer a las bailarinas. Sin embargo, se dijo Alice suspirando, no estaba lo que se decía obsesionada con la puntualidad.

-Nos quedan unos cinco minutos-recordó Alice a Mónica mientras esta dirigía sus generosas curvas hacia la puerta.

-No hay problema. Saldré enseguida. Esta es Rosalie- siguió diciendo Mónica, señalando a la chica que permanecía de pie junto a la puerta. -Es bailarina. -Alice fijó su atención en la joven de ojos azulados y labios delicados. Sus cabellos rubios y ondulados, enmarcaban un semblante pequeño y triangular, y caía sobre sus omóplatos. Sus facciones, algo irregulares, no eran gran cosa individualmente, pero combinadas resultaban arrebatadoras. Era una joven a punto de convertirse en mujer. Aunque su porte era relajado y lleno de confianza, había algo en sus ojos que denotaba incertidumbre y nerviosismo. Aquellos ojos hicieron que Alice esbozara una cálida sonrisa y le ofreciera la mano.

-Hola Rosalie.

-Interpretaré una obertura rápida para tranquilizar los ánimos -terció Mónica. No obstante, cuando se volvió para salir, Rosalie le agarró la manga.

-Pero, Mónica…-protestó la chica.

-OH, Rosalie quiere hablar contigo, Alice -sonrió alegremente, mostrando los dientes, mientras se volvía de nuevo hacia la puerta.

-No te preocupes- dijo a la muchacha.- Alice es muy simpática, te lo garantizo- aseguró mientras retrocedía hacia la puerta que conducía al estudio.

Alice meneó la cabeza, divertida, pero al volverse observó que Rosalie se había ruborizado. Dado que poseía una notable capacidad para tratar con desconocidos, era capaz de distinguir enseguida a quien carecía de ella.

Tocó ligeramente el brazo de la chica.

-Mónica es única -sonriendo de nuevo prosiguió: -ahora, si me echas una mano con las bailarinas, podremos hablar.

- No quiero estorbar, señorita Dunne.

En respuesta, Alice señaló hacia la confusión del vestuario.

-Me vendría bien un poco de ayuda.

Era perfectamente capaz de organizar a las bailarinas ella sola, pero comprendió al observar cómo Rosalie se relajaba, que su gesto había sido el apropiado. Intrigada, observó los movimientos de la chica, reconociendo en ella una gracia natural, un estilo cultivado. Luego centró toda su atención en sus alumnas. Al cabo de pocos momentos, el silencio volvía a reinar en la habitación.

Alice abrió la puerta, hizo una rápida señal a Mónica y la música empezó a sonar mientras las alumnas más jóvenes de Alice se deslizaban hacia el escenario.

-Qué monas son con esa edad- murmuró.-Pocas cosas hay que hagan mal -las primeras piruetas habían arrancado ya algunos aplausos. -Postura- susurró a las pequeñas bailarinas. -Luego, dirigiéndose a Rosalie, preguntó: -¿Cuánto tiempo llevas estudiando?

-Desde los cinco años. -Alice asintió sin despegar los ojos de las pequeñas artistas. -¿Qué edad tienes?

-Diecisiete- Rosalie respondió con una determinación tal que Alice enarcó una ceja.-Los cumplí el mes pasado-añadió casi a la defensiva.

Alice sonrió, aunque continuó observando a las bailarinas.

-Yo también tenía cinco años cuando empecé. Mi madre aún conserva mis primeras zapatillas de ballet.

-La vi bailar en Don Quijote- dijo Rosalie rápidamente. Alice se giró, pera ver que la chica la miraba con el labio inferior atrapado entre los dientes.

-¿En serio?. ¿Cuándo?.

-Hace cinco años, en Nueva Cork. Estuvo magnífica- en los ojos de Rosalie había tal expresión de admiración, que Alice alzó una mano hasta su mejilla. Rosalie se puso rígida, pero Alice, desconcertada, sonrió de todos modos.

-Gracias. Siempre ha sido mi ballet favorito. Tan lleno de luz y de fuego….

-Algún día interpretaré a Dulcinea -parte del nerviosismo había desaparecido de la voz de Rosalie. Ahora sus ojos miraban directamente a los de Alice.

Observándola, Alice se dijo que nunca había visto un físico más adecuado para el papel.

-¿Y quieres seguir estudiando?

-Sí- Rosalie se humedeció los labios.

Alice ladeó la cabeza, sin dejar de estudiarla.

-¿Conmigo?

Rosalie asintió con la cabeza antes de que la palabra brotara de sus labios.

-Sí.

-Mañana es sábado -dijo Alice al tiempo que hacía una indicación con la mano al siguiente grupo de bailarinas. -La primera clase es a las diez. ¿Puedes venir a las nueve? -las triunfantes preescolares regresaron al camerino. -Me gustaría comprobar qué nivel tienes para saber dónde colocarte. Trae tus zapatillas de ballet.

Los ojos de Rosalie brillaron excitados.

-Sí, señorita Dunne. A las nueve en punto.

-También me gustaría hablar con tus padres, Rosalie, si alguno o ambos pueden acompañarte…

Mónica varió el tempo para presentar al grupo siguiente.

-Mis padres murieron en un accidente hace unos meses.

Alice oyó la tímida declaración mientras hacía salir al grupo al escenario. Por encima de las cabezas de las chicas, sus ojos se encontraron con los de Rosalie. Vio que la luz que había en ellos se había apagado.

-OH, Rosalie, lo siento muchísimo -la lástima y la consternación hicieron más profundo su tono. Sabía lo que era la tragedia. Pero Rosalie meneó bruscamente la cabeza, rehuyendo el contacto de su mano.

Reprimiendo la necesidad instintiva de consolarla, Alice guardó silencio mientras la chica recobraba la compostura. Reconoció en ella a una persona muy reservada, que aún no estaba dispuesta a compartir sus emociones.

-Vivo con mi tío -prosiguió Rosalie, sin atisbo de emoción alguna en su voz, baja y suave. -Acabamos de instalarnos en la casa que hay en las afueras del pueblo.

-La casa del acantilado -un renovado interés centelleó en los ojos de Alice. -Oí que la habían vendido. Es una casa extraordinaria. -Rosalie se limitó a mirar al vacío.

"La odia", decidió Alice, sintiendo una nueva punzada de compasión. "Odia todo lo que tenga relación

con ella".

-Bueno, en ese caso, quizá tu tío pueda venir contigo. Si hay algún inconveniente, que me llame por teléfono. Mi nombre figura en la guía, y es importante que hable con él antes de fijar tus horarios.

Una súbita sonrisa iluminó el semblante de Rosalie.

-Gracias, señorita Dunne.

Alice se giró para acallar a un par de jovencitas. Cuando volvió a mirar, Rosalie ya se había ido.

"Una chica extraña", se dijo mientras complacía a una de las pequeñas tomándola en brazos. "Solitaria". Aquel parecía un término muy adecuado, y Alice acarició con la nariz el cuello de la pequeña. Ella no había conocido mucha soledad en su vida, pero sabía identificarla. La entristecía verla reflejada en los ojos de alguien tan joven.

Se preguntó cómo sería su tío mientras veía a sus alumnas de nivel intermedio interpretar una pieza breve de La Bella Durmiente.

¿Será amable?. ¿Comprensivo?. Pensó de nuevo en aquellos ojos grandes y oscuros, y suspiró.

Mónica había encontrado a otra criatura abandonada, y Alice comprendió que ya habría empezado a tomarle cariño. Sonriendo, besó la mejilla de la pequeña bailarina y luego la soltó.

"Mañana", se dijo Alice, "veremos si está capacitada para la danza".

Alice empezó a preguntarse si la lluvia duraría eternamente. Estaba cómoda y abrigada en su cama, pero la noche fue avanzando y no conseguía dormirse.

Era extraño, se dijo, porque normalmente el repiqueteo de la lluvia y la suave colcha que la envolvía la

habrían inducido al sueño.

Quizá era el vestigio de la tensión del recital lo que mantenía su mente alerta.

Todo había salido bien, recordó satisfecha. Las pequeñas, pese a sus poses dubitativas, estuvieron tan adorables como ella había esperado, y las mayores hicieron gala de toda la gracia y la desenvoltura que Alice habría podido pedirles.

¡Ojalá tuviera más chicos en sus clases!.

Suspiró. Tenía que sacarse eso de la cabeza. El recital había ido bien y sus alumnas estaban contentas. Algunas habían demostrado tener potencial. No obstante, sus pensamientos pronto derivaron hacia aquella chica rubia, Rosalie.

Alice había visto ambición en ella, pero se preguntaba si también encontraría talento. Recordando los ojos de Rosalie, la necesidad y vulnerabilidad que había en ellos, esperó que así fuese.

"Quiere interpretar a Dulcinea", recordó con una sonrisa triste. Sintió una punzada de amargura, sabiendo cuántas esperanzas podían verse frustradas en el mundo de la danza. Solo podía esperar que ese no fuera el caso de Rosalie, pues algo en aquella cara joven y triste había tocado su fibra sensible. En otros tiempos, interpretar a Dulcinea había sido el más ferviente deseo de la propia Alice.

Cerró los ojos, pero su mente continuaba divagando.

Por un momento, pensó en ir a la cocina para prepararse un poco de té o un chocolate caliente. Suspiró en la oscuridad. El ruido despertaría a su madre. Mae tenía el sueño muy ligero, sobre todo cuando llovía. Alice sabía lo difícil que era para su madre hacer frente a todas las contrariedades que había padecido. A la tragedia.

La cadera dolorida de Mae era un recordatorio constante de la muerte de su esposo. Alice sabía que su madre no siempre había sido feliz, pero su padre siempre la había apoyado en silencio. Perderlo había sido un golpe duro para Mae. Quien había salido de un coma en un estado de confusión y dolor, incapaz de comprender cómo su marido le había sido arrebatado.

Alice sabía que jamás podría olvidar la muerte de su esposo, sus propias heridas, la dolorosa terapia y el brusco final de la carrera de su hija.

Y ahora que Mae empezaba a aceptar la pérdida de su marido, se dijo Alice, y era capaz de moverse con algo más de soltura, solo podía pensar en que su hija retomara su carrera de bailarina.

Alice se puso de lado, colocando el brazo debajo de la almohada. La lluvia azotaba los cristales de la ventana, espoleada por el viento.

¿Qué haría falta para que su madre se resignara a algo que era inevitable?, se preguntó. ¿Qué haría falta para que se sintiera feliz? ¿Sería eso posible?

Recordó la expresión de Mae mientras permanecía al pie de las escaleras, aquella tarde. Con esa imagen regresaron las familiares sensaciones de culpa e impotencia.

Colocándose boca arriba, Alice clavó la vista en el techo. Tenía que dejar de pensar en eso. Era por la lluvia, se dijo Por la lluvia, simplemente. Para aliviar su insomnio, empezó a repasar los acontecimientos del día.

Menuda tarde había tenido. Ahora todas aquellas complicaciones diversas le arrancaron una sonrisa. Sin embargo, teniendo en cuenta que había sido una tarde de viernes, en que las chicas mayores solían pensar únicamente en las citas del sábado, y las pequeñas en el sábado en sí, todo había ido bastante bien. ¿Con la excepción del maldito coche!

Al pensar en el coche averiado, el recuerdo de aquel hombre bajo la lluvia acudió a la mente de Alice. Frunciendo el ceño, giró la cabeza hacia el armario. En la oscuridad casi absoluta, era imposible distinguir la puerta, y aún menos el interior. Pero Alice mantuvo el ceño fruncido.

"Me pregunto" se dijo, "si volverá por la chaqueta".

¡Había sido tan grosero con ella!. Su indignación fue en aumento, reemplazando su anterior abatimiento. Alice lo prefería así. ¿Tan superior se consideraba?

"Si sale cuando está lloviendo…."Remedó mentalmente su voz baja y mesurada.

Una voz extraordinariamente atractiva, se dijo. Lástima que perteneciera a un hombre tan desagradable.

"Torpe", se dijo, echando chispas de nuevo."¡Tuvo la desfachatez de llamarme torpe!. Se colocó boca abajo y palmeó la almohada antes de reposar la cabeza en ella.

"Espero que vuelva por la chaqueta ", decidió. "Esta vez me encontrará preparada".

Sintió un gran placer imaginando una variada gama de situaciones en las que él regresaba para reclamar la chaqueta prestada.

Con altanería, desdén, condescendencia…ella tendría la sartén por el mango y humillaría a aquel hombre impresentable cuyos ojos y pómulos la obsesionaban ahora.

Cuando volvieran a encontrarse, no estaría lloviendo. Ella no estaría en desventaja, calada hasta los huesos y estornudando. Se mostraría ocurrente, lista…devastadora.

Alice sonrió para sí mientras se deslizaba hacia el sueño.


haganme saber si no les gusta jeje

bye