Dos
–¿Quieres casarte por dinero? –preguntó Jasper con tono frío, como si le hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
Alice lamentó no ser capaz de saber qué pensaba él al respecto, o al menos de su forma de presentarlo sin tapujos. La expresión de Jasper resultaba imposible de leer.
No podía creer que hubiera dicho algo así. Algo tan osado. Tan descarado.
Pero ese era el plan. El único que tenía. Y aunque en su cabeza hubiera sonado mucho mejor, no tenía más remedio que seguirlo, porque por muy humillante que fuera aquel momento y por mucho que se odiara a sí misma, en aquel momento no podía pagar las deudas de su madre. No había manera. Así que aquello era lo que tenía que hacer.
–Así es –afirmó tratando de ignorar la parte de sí misma que quería morirse de vergüenza.
«Eres muy osada», le había dicho siempre su madre, fingiendo hacerle un cumplido cuando en realidad buscaba halagarse a sí misma porque Alice se parecía mucho a ella. Y en aquel momento más que nunca, pensó con tristeza.
Se fijó entonces en que algo parecido a una tormenta atravesaba los ojos del conde, pero ella siguió sonriendo. Tenía miedo a dejar de hacerlo por temor a sentir miedo. Aquel hombre no era en absoluto lo que había imaginado que sería cuando pensó en un marido rico que le solucionara sus problemas. Ni tampoco había imaginado que sentiría aquella descarga eléctrica cuando la tocara.
–Ajá –dijo entonces él con voz todavía más grave que antes–.
¿Y para qué quieres un marido rico?
–He pensado en pedirle dinero para obras Benéficas –aseguró ella de broma–. La verdad es que si se presenta la oportunidad,
¿quién no quiere un marido rico?
–Parece que tú has ido en busca de esa oportunidad, en lugar de esperar a que surgiera –dijo Jasper–. Qué emprendedora.
–Soy extremadamente práctica –aseguró Alice como si le estuviera haciendo una confesión.
–Tienes que serlo si pretendes escoger marido de un modo tan frío y calculador.
–¿Se supone que eso es un reproche? –le preguntó con tono alegre, como si para ella no fuera importante lo que él pensara–. Sé lo que quiero y estoy preparada para ir tras ello. Creo que cuando un hombre muestra ese tipo de determinación, la nación entera se pone de pie y le aplaude. Algunos reyes agradecidos les entregan condados a hombres así –sonrió–. Aunque de eso hace ya mucho tiempo.
La dura boca del conde esbozó un amago de sonrisa y le brillaron los ojos.
–Eres una mujer muy guapa –aseguró como constatando un hecho, sin asomo de galantería–. Y sin duda eres consciente de ello, porque vas vestida para mostrar tus muchos encantos. Un hombre tendría que estar muerto para no darse cuenta de que eres espectacular.
–Gracias –murmuró Alice–. Supongo que así es como debe sentirse un caballo de exhibición. O eso supongo. No había muchos purasangres en las calles de Brixton la última vez que salí de mi apartamento.
Su apartamento estaba en una zona algo descuidada de Brixton, al sur de Londres, un barrio algo decadente y sin pretensiones. Pero era su casa, la que se había ganado por sí misma y la única que consideraba realmente suya.
–Tengo la impresión de que podrías cautivar al hombre que escogieras del modo habitual, sin tener que afirmar que quieres casarte por dinero –alzó sus oscuras cejas en gesto retador y algo perverso–. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que el tipo de belleza que tú posees, utilizada para un propósito en concreto, es la moneda de cambio sobre la que descansan muchos matrimonios. Aunque sus integrantes no suelen hablar de ello.
Esa vez no fingió que no la estaba juzgando. Lo estaba haciendo a su manera educada y excesivamente aristocrática, unida al esperado cumplido que pretendía ponerla en su sitio. «Su tipo de belleza». Cuánta arrogancia.
Alice puso los ojos en blanco.
–Yo puedo ser muchas cosas, milord –dijo incapaz de contener el tono burlón mientras se dirigía a él con formalidad–. Puedo ser zafia, por ejemplo. Y sin duda vulgar. Pero no soy una mentirosa.
Alice no entendía por qué no era capaz de apartar la vista de aquel hombre, de su rostro destrozado. Por qué se olvidaba de fijarse en sus cicatrices y se centraba en cambio en la remota frialdad de su mirada. Por qué el salón de baile se difuminaba y lo único que veía con claridad era a él.
–Entonces ¿cuáles son los requisitos que buscas para el marido perfecto? –le preguntó tras una larga pausa.
–Debe ser muy rico y debe estar dispuesto a compartir su riqueza –afirmó Alice sin dudarlo–. Eso es lo más importante y, por supuesto, no es negociable –se mordió el labio mientras repasaba mentalmente más puntos–. Y sería estupendo que también fuera guapo.
–Es una pena –afirmó él con tono otra vez amenazante. Su mirada se volvió más oscura todavía–. Estás perdiendo el tiempo conmigo. ¿O de tanto mirar mis cicatrices has dejado de verlas?
–Las he olvidado cuando has hablado de dinero, por supuesto – respondió ella recuperando el tono jocoso. Tenía la sensación de que lo que dijera en aquel momento sería determinante en uno u otro sentido–. Desde entonces no he vuelto a pensar con claridad. Y depende de la cantidad de la que estemos hablando, tal vez no vuelva a hacerlo nunca.
–Soy remarcablemente rico –aseguró Jasper con tono aristocrático.
–¿Eso es una proposición? –preguntó Alice coqueteando con él. Toda aquella locura le parecía cada vez más y más factible. Un cuento de hadas hecho a medida. ¿Por qué no? Ya estaba en un palacio, ¿verdad?
El conde volvió a esbozar aquel amago de sonrisa que no terminaba de arrancar.
–¿Por qué necesitas tan urgentemente dinero como para casarte con un desconocido en lugar de buscarte un trabajo bien pagado? –le deslizó la mirada por el rostro como si estuviera tratando de averiguar sus intenciones. Como si pudiera adivinarlas.
Alice tuvo la sensación de que podía hacerlo. Que podía ver su historial de trabajos temporales que no llevaban a ninguna parte, no aportaban nada y dependían completamente de su aspecto físico.
¿Qué trabajo podía hacer alguien con su aspecto?
–¿Qué harías con ese dinero?
–Contarlo, por supuesto –respondió ella de broma, como si no tuviera ni un solo pensamiento serio en la cabeza–. ¿No es eso lo que hace la gente rica?
–A veces –contestó Jasper también de broma–. Pero es una actividad limitada.
–¿Cuánto de limitada? –le preguntó Alice sonriendo–. ¿Cinco
años? ¿Diez?
–Treinta a lo sumo –afirmó él muy serio.
Pero Alice vio el brillo en aquellos ojos grises de metal e imaginó que aquella sería su forma de reír. Sintió un aleteo en el pecho. Como si estuvieran conectados o tuvieran que estarlo.
–¿Qué harías el resto del tiempo?
Alice se lo quedó mirando un instante y decidió lanzarse por todas. Nada de anuncios falsos, se recordó. Audacia.
–Lo cierto –confesó acercándose más, como si lo que tuviera que decir fuera un cotilleo en lugar de algo vergonzoso– es que tengo una pequeña deuda.
–¿Pequeña? –Jasper alzó las cejas.
–Muy grande –se corrigió ella sonriendo con tirantez–. En realidad se trata de una suma imposible. ¿Todavía hay cárceles para deudores en Inglaterra?
–Las cerraron en el siglo diecinueve –afirmó Jasper con aquel tono irónico–. Creo que estás a salvo.
–Puede que me libre de la cárcel de deudores –murmuró Alice con una tristeza que solo era fingida a medias–. Pero no de los abrumadores intereses bancarios.
Jasper volvió a mirarla. A observarla. Alice volvió a sentirse una vez más como un caballo en venta. Tuvo la extraña idea de mostrarle los dientes, pero se contuvo en el último segundo.
–¿Por qué crees que un matrimonio basado en una transacción así funcionaría? –le preguntó entonces él, como si estuviera considerando la idea–. Por ejemplo, ¿qué aportarías tú?
–Mi arrebatadora belleza, por supuesto –afirmó Alice con el mismo tono grave que había utilizado antes él–. Sería un excelente trofeo. Y todos sabemos que a los ricos les encanta tener trofeos.
–Así es –Jasper volvió a alzar aquellas arrogantes cejas–. Pero todos sabemos que hasta la mayor de las bellezas se extingue con el tiempo mientras que las buenas inversiones se multiplican y crecen.
¿Qué pasaría entonces?
Alice se dio cuenta de que no había anticipado aquella conversación. Desde luego no había imaginado que la interrogarían sobre su potencial contribución a un matrimonio de conveniencia. Seguramente porque nunca imaginó que su plan llegaría tan lejos, admitió.
¿Se había estado engañando?
Se dijo con firmeza que no. ¿Cuáles eran exactamente sus
opciones? Tal vez estuviera disfrutando más de lo que pensó cuando le vio de aquella conversación con Jasper Hale. Lord Whitlock. Pero pasara lo que pasara, tenía una deuda de cincuenta mil libras. Y aunque era su madre la que la había metido en aquello, seguramente Victoria no la ayudaría a salir. La conocía demasiado bien. Tendría que arreglárselas sola. Como siempre.
–Soy una compañía muy agradable –continuó disimulando el pánico.
Hizo un esfuerzo por sonreír como si estuviera muy cómoda, como si tuviera por costumbre presentarse como un objeto en subasta ante hombres desconocidos.
–Soy muy tolerante y no me importará que tengas un harén de amantes –le dijo.
Lo decía en serio. Lo había vivido con James y con su madre. Y a ellos les había funcionado, porque seguían casados. ¿Quién era Alice para juzgar el modo en que llevaban su vida y su matrimonio si ellos aseguraban que eran felices?
–En realidad –continuó–, cuento con ello. Es una prerrogativa de los hombres ricos. Y no tengo mucha familia, así que no tendrás que sufrir tediosas reuniones ni verlos si no quieres.
Alice pensó en las bulliciosas navidades con el encantador aunque despreocupado James y todos los Witherdale, y sintió una punzada de culpabilidad. Pensó en su hermanastro Benjamin, siempre decidido a apoyarla en silencio, tanto si ella quería como si no, igual que haría un hermano. En el apoyo de Bella. E incluso en el de Bree. Pero lo apartó todo de sí.
–Tengo opiniones sobre muchas cosas y me gusta un buen debate –dijo tratando de pensar en las cosas que a un conde le gustarían de una esposa–. Pero también estaré encantada de guardarme lo que pienso si lo prefieres. Puedo ser encantadora.
–Haces que parezca que eres una especie de marioneta –
comentó Jasper sin mucha amabilidad.
–Si con eso quieres decir que soy la compañera y la esposa perfecta, estoy de acuerdo –afirmó Alice con dulzura.
Escudriñó de nuevo su rostro, pero no vio nada nuevo. Nada que indicara que lo estaba convenciendo de algo. Nada que explicara por qué estaba de pronto tan decidida a triunfar. Solo veía aquella extraña mezcla de violencia y belleza masculina, tan impresionante que resultaba imposible apartar los ojos de él. Solo aquella mirada oscura y gris. Alice aspiró con fuerza el aire y se preparó para recitar otra
lista de todo lo que tenía que ofrecer, pero Jasper extendió la mano y le puso un dedo en los labios.
Fue algo sorprendente. Sexual. Impactante.
Algo cálido surgió dentro de ella. Sintió su contacto como una llamarada. Como una luz brillante que ardía en la oscuridad y la hacía brillar a ella también. La cabeza le daba vueltas incluso después de que él hubiera dejado caer la mano.
–Puedes dejarlo ya –le pidió él con naturalidad–. Me casaré contigo.
Jasper no sabía qué esperaba que hiciera ella. ¿Que se retorciera de alegría? ¿Que llorara agradecida? Por supuesto, Alice no hizo ninguna de las dos cosas. Se limitó a mirarlo durante un instante y luego otro, y Jasper tuvo la impresión de que estaba perpleja.
En cambio, él solo la deseaba. Y si para eso tenía que invertir una buena cantidad de su dinero, que así fuera. Tenía de sobra. Además, necesitaba una esposa. Se dijo que era una cuestión puramente práctica. Pero seguía deseándola.
Sin embargo, ella continuaba mirándole como si estuviera tratando de entender algo.
–Vamos –dijo entonces Alice dejando la copa vacía de champán en la bandeja de un camarero que pasaba por allí y tendiéndole las manos–. Baila conmigo.
Jasper no bailaba. Pero tampoco proponía matrimonio a desconocidas en salones de baile llenos de gente, ni mucho menos a una que acababa de anunciar, sin ningún pudor, que estaba buscando un marido rico. El que fuera. Si pensaba en ello, no se le ocurría ninguna razón para no tomar entre sus brazos a aquella arrebatadora mujer como si fueran amantes y ejecutar los pasos del vals, que no practicaba desde hacía años.
Pero aprovecharía cualquier excusa para tocarla. ¿Qué decía eso de él?
Era elegante, cálida y tenía unas curvas deliciosas. La parte inferior de la espalda se ajustó perfectamente a su mano, y olía a flores frescas. Echó la cabeza hacia atrás para mirarlo y durante un instante él se limitó a mirarla también. Pensó que era preciosa. Y una mujer sorprendente. Hacía mucho tiempo que a él nada le sorprendía. Eso la convertía en algo peligroso, pero apartó de sí aquel pensamiento con su habitual desapego.
–Solo por curiosidad –preguntó–, ¿a cuántos hombres has pedido esta noche en matrimonio? –observó su rostro mientras la guiaba hacia la pista de baile–. Lo pregunto por si debo prepararme para la batalla por tus afectos.
–En absoluto –respondió Alice con coquetería–. Tú eres el primero y el único para mí.
Jasper estaba fascinado con ella.
–Pero aparte de mis obvios encantos, a los que, seamos sinceros, ningún hombre podría resistirse, ¿por qué quieres hacer esto?
Jasper se la quedó mirando durante un largo instante. Los penetrantes ojos azules. El rostro bonito. La boca carnosa de la que salían palabras rápidas y sinceras que le desarmaban. Y aquel cabello castaño y corto en el que quería hundir los dedos mientras le giraba la cara para tener sus labios en el ángulo apropiado para el beso. Deseaba aquello con una intensidad que le sorprendió.
Hacía años que no se permitía desear nada. Pero la deseaba a
ella.
Y lo mejor de todo era que no había nada oculto. Ningún artificio.
Ningún plan secreto. Ninguna farsa. Alice tenía deudas. Necesitaba dinero, y seguramente también la seguridad de saber que siempre habría más. Por su parte, él necesitaba una mujer a la que no tuviera que cortejar. Una mujer que no esperara cosas que él no podría darle. Las cosas que una mujer esperaría de su marido, pero no esa. No si la compraba. Aunque con el paso del tiempo llegara a descubrir al monstruo que había en su interior, estaría lo suficientemente bien pagada como para que no le importara.
No era una situación precisamente romántica, y por eso le gustaba. Y ella le gustaba también.
–Eres la primera mujer que se me ha acercado en años considerándome un hombre, no como si fuera un caso digno de compasión con el que ejercer de mártir por una noche –reconoció con voz pausada.
Él sabía que no había ningún hombre bajo su monstruosa fachada, pero ella no. Y por eso le trataba como tal. ¿Cómo iba a resistirse?
–La mayoría de las veces no se me acercan. Y después de todo, tengo que casarme. Bien puede ser con una mujer sin expectativas.
Alice se aclaró la garganta.
–Sí tengo expectativas –aseguró–. Pero estoy convencida de
que podrás cumplirlas. Lo único que tienes que hacer es firmar cheques y tendrás mi eterna devoción garantizada.
Según la experiencia de Jasper, las cosas no eran normalmente tan fáciles.
–Ya que tú has sido tan directa, déjame compartir mis expectativas contigo –replicó entonces.
La sostuvo cerca de sí, tan cerca que Alice no pudo evitar mirar directamente las cicatrices. Las cicatrices que se pasaría la vida entera mirando si aquella absurda conversación terminaba convirtiéndose en algo real.
–Supongo que entiendes que debo tener un heredero.
–Eso es lo que hacen los hombres importantes –afirmó ella con los ojos brillantes antes de reírse–. O eso he oído. Y lo he visto en las películas.
Jasper tomó la mano que Alice tenía puesta en su pecho y en aquel momento supo cuánto deseaba aquello. Cuánto la deseaba a ella. Más de lo que recordaba haber deseado nunca nada ni a nadie. Aquello le convenía, se dijo. Lo único que tenía que hacer era aceptar.
Pero sabía que la verdad era otra. Latía dentro de él con la fuerza de un tambor, haciéndole pensar que podía tener a una mujer así, que lo que había dentro de él no la destruiría como había destruido a todos los que había amado o había querido amar. Que su necesidad de dinero la protegería en cierto modo.
–Como hemos dicho, eres una mujer preciosa –dijo en voz baja sin apartar la mirada de ella–. Supongo que crear la siguiente generación no será una tarea ardua para mí, pero tal vez a ti te cueste. Trataré de ser sensible a tu repulsión, pero por desgracia no soy más que un hombre.
¿Era sonrojo lo que vio en su piel dorada y en sus mejillas? Otra sombra cruzó por sus ojos azules.
–Eres muy amable.
Jasper sintió cómo se ponía tenso cuando ella volvió a deslizar la mirada por sus cicatrices. No fue capaz de descifrar lo que vio en aquellos maravillosos ojos, que estaban más oscurecidos que antes. Siguió hablando.
–No me gustan las falsedades –se encogió de hombros–. Gracias a las cicatrices no puedo ocultarme del mundo, y me molesta mucho que los demás lo hagan.
–Nunca se me ha dado bien ocultar nada –confesó Alice tras un instante, sonriendo todavía más.
Aquello provocó que Jasper deseara conocerla mejor, averiguar qué había dentro de aquella cabeza, tras aquella cara bonita. Se dijo que estaba jugando a algo muy peligroso.
–Lo que ves es lo que hay –concluyó Alice. Eso él también lo dudaba.
–Y lo más importante –dijo Jasper bajando todavía más la voz–, no soy de mente abierta. En absoluto. Si te echas un amante me importará, y mucho.
Una vez más sintió una descarga eléctrica entre ellos que le atravesó, haciéndole olvidar dónde estaban. Quiénes eran. Sobre todo, quién era él. Alice le hacía olvidarse de que era un monstruo, y se dio cuenta de que no sabía cómo manejarlo. Ni qué significaba. Así que arrancó con crueldad la semilla de esperanza que amenazaba con plantarse dentro de él. La esperanza era absurda. Dañina. Era mucho mejor lidiar con la realidad por dura que fuera.
–Nada de un mar de amantes entonces –respondió Alice.
La leve ronquera de su voz fue la única señal de que a ella también le perturbaba aquella charla tan audaz sobre sexo. Tal vez ella también estuviera luchando contra las mismas imágenes carnales que flotaban en su cerebro.
–Y yo que pensé que tendríamos un matrimonio moderno… He oído que últimamente están de moda, con su adulterio y su tedio.
Sin duda había cierto tono crítico en su voz. Jasper se preguntó qué matrimonio habría visto tan de cerca y le había parecido tan insuficiente. Pero eso no importaba.
–Puede ser –dijo con tono sombrío. Para entonces habían dejado de bailar y la guió hacia un extremo del gran salón de baile. Pero soltarla le costó más trabajo del que esperaba. La deseaba mucho, y eso tendría que haberle horrorizado–. Debo advertirte de que hay dos cosas que nunca seré: ni moderno ni a la moda. En absoluto.
Alice se dio cuenta de que le estaba lanzando una advertencia. La había acorralado contra una de las enormes columnas, y se dijo que era normal el nerviosismo que sentía. Eran nervios y nada más.
–Entonces ¿hay trato? –le preguntó con dulzura–. ¿O vas a seguir gruñendo hasta que salga corriendo en busca de un candidato más dispuesto?
La boca de Jasper se suavizó y Alice distinguió una vez más el destello de arrogancia que le recordaba lo poderoso que era. Se dio cuenta de que no le daba ningún miedo que ella saliera corriendo.
–¿Es eso lo que estoy haciendo? –preguntó con su tono aristocrático alzando una ceja–. ¿Gruñir?
Alice levantó los brazos y se los puso sobre el pecho con gesto deliberadamente lento. Lo sintió cálido a su contacto y tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir un escalofrío. Eran los nervios, se repitió. Se trataba de una situación extrema.
–Estamos hablando de un matrimonio de conveniencia –dijo con cierta urgencia, como si así pudiera disipar la creciente oscuridad que parecía cernirse sobre ellos–. Tanto para ti como para mí. No espero que caigas rendido a mis pies mientras recitas fragmentos de Cumbres borrascosas.
Jasper ladeó la boca. No era realmente una sonrisa, pero hizo que ella se sintiera absurdamente contenta a pesar de todo.
–Eres muy razonable –murmuró él agarrándole la mano. Y la mantuvo allí, atrapada contra su pecho.
¿Era el corazón de Jasper lo que latía con tanta fuerza… o era su propio pulso?, se preguntó Alice.
–Me siento tentado a pensar que has tenido un buen número de maridos de conveniencia.
–Tú serías el primero –aseguró Alice–. Pero, ¿quién sabe? Si sale bien podría ser el comienzo de una larga lista de maridos provechosos. Podría coleccionarlos y vivir de su incansable apoyo en forma de pensión.
–Qué imagen tan maravillosa –afirmó él con voz acariciadora.
Sin poder evitarlo, Alice pensó en la procreación de herederos y en todas las demás cosas que Jasper hacía parecer apetecibles por el mero hecho de hablar de ellas con aquella voz suya. Y el modo en que la estaba mirando, con aquellos ojos oscuros que ahora despedían fuego, le provocaba una tensión en el pecho.
–Pero vamos a centrarnos en el que tienes delante.
–Muy bien –accedió ella, aunque algo le estaba pasando. No podía apartar la mirada. La mano que Jasper sostenía contra su poderoso pecho deseaba... Alice se sintió mareada–. ¿Significa eso que estamos de acuerdo? ¿Queremos un matrimonio de conveniencia que podemos encargar aquí mismo, en medio del palazzoSantina?
Durante un instante Jasper se limitó a mirarla con su rostro marcado y frío y sus remotos ojos grises. Alice se dio cuenta entonces con plena claridad de que era un completo desconocido para ella. Un perfecto desconocido al que acababa de pedir matrimonio en medio de un salón de baile abarrotado, en un país que no era el suyo.
¿Tan loca estaba? Aquello no podía terminar más que en desastre.
–Sí –dijo él–. Estamos de acuerdo. Podemos casarnos en cuanto quieras.
Alice experimentó una vez más una sensación de fatalidad que la sacudió. Estaría mucho mejor con alguien mayor y menos peligroso, pensó con repentino pánico. Alguien a quien pudiera manipular con una sonrisa y que se doblegara a su voluntad. Ese no sería Jasper. Lo sabía tan bien como conocía su propio nombre. Si tuviera algo de sentido común acabaría con aquello en ese mismo instante.
Pero no se movió. No dijo ni una palabra.
–Pareces aterrorizada –Jasper levantó una de sus aristocráticas cejas.
–En absoluto –afirmó ella dejando a un lado la sensación de fatalidad. Era mejor ser práctica, sobre todo dadas sus circunstancias. Ladeó la cabeza de manera incitadora y le miró–. Pero creo que la ocasión merece algo que marque tan importante decisión. ¿Qué te parece un beso?
–¿Un beso? –repitió él con tono sombrío y gruñón–. Esto no es un cuento de hadas, Alice.
En esa ocasión fue ella la que alzó las cejas en frío desafío.
–Entonces no tienes que temer que te transforme en rana –
respondió con ironía.
Jasper torció el gesto, pero sus ojos seguían echando chispas.
–Como desees –murmuró burlándose de ella. O tal vez de los
dos.
Apartó la mano de ella para sostenerle la barbilla con suave
firmeza, como si su boca ya le perteneciera, antes incluso de haberla probado. Y entonces inclinó la cabeza y capturó sus labios.
Fue un beso breve, firme y seguro. Posesivo y exigente. La marcó como a fuego. Alice lo sintió retumbar en las piernas, iluminándola con aquella dulce y terrible electricidad, haciendo que se inclinara hacia él, fascinada y cautiva del carnal misterio de su beso, por el deseo de más... Y entonces Jasper se apartó. Demasiado pronto. Pero entonces Alice recordó quiénes eran y dónde estaban.
Sintió cómo se sonrojaba bajo su fría mirada. Se sintió vulnerable. Expuesta. Jasper le soltó la barbilla y ella se tambaleó hasta apoyarse contra la columna. No pudo evitar llevarse una mano temblorosa a los labios como si fuera una especie de virgen ingenua.
¿Había sucedido de verdad? ¿Acababa de besarla? ¿Estaba de verdad temblando?
Y al mirarla, Jasper Hale, dueño y señor de Whitlock y muy pronto su marido, sonrió finalmente.
