Día 1: Lo que nadie vio.

Había comenzado la tercera clase, después de almorzar siempre me daba mucho sueño, el profesor lo notó y me mandó a fotocopiar unas hojas. Casi choco contra una pared por estar bostezando. Mi mamá no me dejó dormir, llamándome cada diez minutos haciéndome partícipe de todas las ideas que tenía para las vacaciones familiares.

El ser hijo único era un poco triste, mamá no pudo tener más niños por complicaciones en mi parto. Por lo que mis padres se dedicaban a mí en cuerpo y alma… a veces demasiado. Mi padre era un icono en el diseño de moda y mi madre era una diseñadora de joyas, realizando varios diseños a las diversas monarquías la colocaron en los cuernos de la luna. Mis padres se conocieron durante la universidad y aunque mi papá era bastante distraído, los sentimientos de mamá lo alcanzaron. Se casaron y administraron el negocio familiar.

Todo parecía perfecto para mí: padres amorosos perdidamente enamorados uno del otro, una posición económica más que aceptable, una educación de primera… pero el poder y la riqueza atraían a los buitres.

Desde pequeño mis padres me llevaban a reuniones de negocios, fiestas, conferencias. Todos trataban que sus hijos estuvieran a mi lado, jugaran conmigo y nos hiciéramos amigos, y otros hacían que sus hijas estuvieran cerca de mi mientras trataban que mis padres nos quisieran comprometer en matrimonio… estamos en el S. XXI ¡ya no se usaban los compromisos concertados!

Bueno, durante un tiempo estudié en casa y luego mi madre me mandó a la escuela para "hacer amigos" pero solo conseguía personas que querían sacar ventajas monetarias para ellos y su familia. Sin embargo, lo que más me dolía, eran los actos de las mujeres.

Las chicas lindas se acercaban en mí con sus mejillas sonrosadas, sus labios delicados, sus ojos enamoradizos, me hablaban de amor, cariño y terminaban enamorándome como un idiota. Luego sacaban sus verdaderas intenciones: querían ser modelos de diseños hechos por mis padres, querían ser la nueva señora Agreste y que sus padres afianzaran negocios con mi familia.

Mi primer beso fue a los trece años, con una chica de una familia "respetable" en París, su nombre era Daphne, sus delicados rizos color rojizo, enmarcaban sus llamativos ojos negros, eran como ver el cielo nocturno. Me enamoró como un idiota, estaba donde yo estuviera, tomaba las mismas clases extras que yo. Daphne era dulce, delicada, "toda una dama". Bordaba, tejía, cantaba, tocaba el piano, el violín, sabía dibujar, pintar, y era sumamente inteligente, todo un dechado de virtudes. Durante una fiesta nuestros padres nos llevaron para que conviviéramos. Hubo fuegos artificiales al final del evento y salimos a la azotea a verlos, entrelazó sus dedos con los míos y me dio un beso en los labios. Eso me tomó por sorpresa, podía sentir mis mejillas ardiendo por lo que hizo. Al imaginarme la cara de idiota que puse me avergüenzo de mí mismo.

Prometimos vernos al día siguiente. Yo estaba emocionado por lo que había pasado, pronto la fantasía y el mundo de los sueños pasó a ser una horrenda pesadilla. Sus padres visitaban mi casa con tanta frecuencia que debíamos "invitarlos" a comer y cenar pues no se iban. Daphne, se la pasaba en mi habitación, pero poco le importaba lo que yo hacía. Se sentaba a hablar por teléfono toda la tarde, o mandaba mensajes por su celular. Si yo trataba de tomarla de la mano, me alejaba retirando su mano con un movimiento violento.

No obstante, todo cambiaba cuando mis padres estaban presentes, era hasta cariñosa conmigo. Mi mamá estaba encantada con ella, pues creía que me hacía feliz y una amiga como ella sería buena influencia. Me harté y un día, le pedí que se fueran de mi casa. Su padre terminó empujándome y me advirtió que hasta que yo fuera el dueño de todo eso podía ordenar.

Ellos estaban en quiebra y querían que su hija tuviera una buena familia que la recibiera como nuera… ¿debo recordarles que teníamos trece años? Lo importante era que Daphne estuviera en buenos términos con mis padres, así ellos ayudarían para que no se fueran a quiebra, con un poco de suerte Daphne se instalaría en mi casa, y la tomarían como mi prometida.

Afortunadamente mi padre escuchó todo, conteniendo su ira les pidió que se largaran. Me advirtió lo importante que era buscar buenas relaciones, no todas las mujeres se enamorarían de mi por quien era, no de su dinero. En resumen, debía conocer a una mujer similar a mamá. Eso sería difícil.

Cansado de todo, cuando cumplí quince e hice el trato con mis padres para ingresar al Internado Illirya. Eso les rompió el corazón a mis padres, nunca nos habíamos separado, pero yo estaba harto del largo desfile de chicos y chicas que llamaban mi atención para que los presentara con mis padres, se hacían llamar amigos o que estaban enamoradas de mi… me cansé.

¿Por qué elegí Illirya? Los hombres odiaban el arte. Así que ningún chico querría acercarse a mí para que los presentara con mis padres. Del lado de las chicas, solo debía cuidarme, no volvería a caer ante un rostro bonito. Mi actitud extrovertida, pasó a ser introvertida, ácida y fingir que nada me importaba.

El primer día era para conocernos, poco me importaban los que estaban aquí. Me enlisté en el equipo de esgrima, era bueno en eso. Mi padre me había enseñado. Sin embargo, si me atrajo un rostro bonito.

¿Su nombre? Felicia Terranouve. Era hermosa. Su larga cabellera dorada, sus ojos azules tan expresivos, los gestos que hacía, el hoyuelo que se formaba en su mejilla, sus finos dedos, su blanca piel. Era alta, de estructura delgada, tenía un hermoso tono de voz, como si fuera un afluente de agua. Éramos compañeros y no podía dejar de verla, la seguía con la mirada a donde ella fuera. Su mejor amiga era Allegra, una chica que pasó a ser su cómplice en todo. Entraron al club de teatro. Quería hablar con Felicia, pero… ¿si terminaba siendo similar a Daphne? No quería que me volvieran a lastimar.

Por lo que me convertí en un mero espectador.

Noté que ella no estaba bien. Al parecer se había enfermado, comenzó a salir del internado para irse con su padre, tardaba semanas en volver y regresaba más afectada. Necesitaba saber que le pasaba, pero terminó por enrolarse con el idiota más patético del colegio: Claude.

Era el típico machista que sólo quería a las chicas para tener sexo, había muchas que entraban y salían de los sanitarios después que el saliera. No creí que Felicia pasara a ser alguien de su harem, a ella nunca la vi hacerlo, pero al ser su novia, era obvio lo que pasaba, tal vez si me había equivocado con ella.

Claude terminó con ella, eso le rompió el corazón. La veía sollozar por los jardines y ni las palabras de aliento de Allegra eran capaces de calmarla. Estaba al tanto de la apuesta que Claude había hecho con Cassel el "líder" del dormitorio varonil, era algo asqueroso, pero yo no tenía el poder de defenderla. Lo bueno, Claude se cambió de escuela, algo menos de que preocuparme y esta vez Felicia estaba libre.

Aunque como castigo divino, Felicia fue a Nueva York, con su familia materna para hacerse un tratamiento y se había ido varios días. Era el pretexto perfecto para entablar una conversación. Cuando ella regresara le prestaría mis notas para que se pusiera al corriente de las clases, no era por presumir, pero era el primero de la clase.

Ya habían pasado tres semanas desde que ella se fue. Al no ser capaz de verla me aburría mortalmente.

Las fotocopias se habían tardado mucho, entre cambiar el tóner, conseguir hojas y sacar los paquetes, me había tardado unos quince minutos. Mientras iba bostezando casi adormilado, alguien chocó contra mí, haciendo que las hojas se desperdigaran por el suelo.

—¡Perdón! ¡Discúlpame!

La vocecita casi infantil terminó despertándome. Estábamos en el suelo y la chica que me había "atropellado" cayó encima de mí, Aunque fue algo rápido, me perdí en sus ojos… eran profundos como un océano, eran puros, tintineantes como estrellas, nunca había visto algo así. Tal vez era un fetiche, me gustaban las miradas antes que los rostros.

—Lo siento, déjame ayudarte. —Se quitó de encima y con rapidez, tomó su teléfono que también había salido volando como mis hojas.

—No te preocupes, iba… estaba distraído.

Salí de mi estupor y la ayudé a recoger las fotocopias. Nunca la había visto, unos ojos tan lindos como los de ella los reconocería.

Su cabello negro azabache brillaba en tonos azulados con los rayos del sol, estaba atado en dos coletas. Sus mejillas sonrosadas, me decían que había estado corriendo, su nariz respingada y fina era pequeña, pero lucía encantadora con sus rasgos, sus labios eran finos, su mentón estilizado hacía que su rostro ovalado se convirtiera en algo tan delicado.

Luego entendí porque no la había visto, no llevaba uniforme, no era de la escuela. Vestía una camisa blanca con detalles de cerezos rosas, una chaqueta de mezclilla negra y unos pantalones capri rosados, al igual que sus balerinas. Era bastante linda, no como el sentido sofisticado de Felicia, esta chica era adorable, tenía unos rasgos infantiles… inocentes y eso me atraía más de lo que esperaba, llevaba unos grandes audífonos alrededor del cuello lo que la hacía lucir ligeramente ruda, como si la ropa no fuera acorde a lo que usualmente utilizaba. Los mechones de cabello cubrieron su frente y no la dejaban ver, por lo que delicadamente se los colocó detrás de la oreja haciendo que un arete rojo resplandeciera con el sol. Sus dedos eran finos y sus manos pequeñas.

De hecho, era bastante baja de estatura, lo que la hacía lucir más adorable. No sé por qué me llamaba tanto la atención… bueno: eran sus ojos, sus ojos me atraparon como una luz atrapaba a una polilla.

—Perdón. Estaba escribiendo un mensaje y me distraje.

Me entregó las hojas y mostró una leve sonrisa. Nunca creí en el amor a primera vista… hasta que la vi. Las comisuras de sus labios, dos hoyuelos marcaban el gesto y ese detalle de ladear levemente su rostro al ofrecerme disculpas me llegó al corazón. No la conocía y como podía sacar ese sentimiento de mí. Podría ser una arribista como muchas que habían desfilado por mi vida, ¿qué la hacía diferente?

—No te preocupes, eso suele pasar.

Me levanté haciendo que ella me imitara. Era tan pequeña. A penas si me llegaba al hombro. Su vocecita era hermosa. ¿Por qué me tenía estupidizado?

—Oye…

—¿Si? —Contesté rápidamente.

—Creo que me perdí. ¿Podrías ayudarme?

—¿A dónde te dirigías?

—Ahm, —se colocó un dedo bajo el mentón y ladeo la cabeza como tratando de recordar algo. ¡Demonios! Era sumamente adorable. —Creo que estábamos en la biblioteca, creo

—¿Vas a entrar a estudiar aquí? —Rogaba por que dijera que sí.

—No, mis padres vinieron a inscribir a mi hermano, pero nos estaban dando un recorrido. A mí me trajeron para enseñarme el lugar en el que terminaría si no me comportó "como toda una dama" Meh, no es mi culpa que ser una dama sea tan aburrido.

Era rebelde con las figuras con autoridad… eso me gustaba.

Le dije que, si era el típico tour de la escuela, después de la biblioteca irían a los laboratorios, pero estaban al otro extremo del campus. Le señalé el edificio y en cuanto vio lo lejano que era, su rostro cambio a un gesto que podría leerse como: "Hasta allá".

—Yo vengo del edificio que esta frente a ese. —Se golpeó la frente con la palma de la mano —¡Me equivoqué! —Se quejó tan tiernamente que no pude evitar soltar una risita.

—Si quieres te acompaño para que no vuelvas a perderte. —me ofrecí aun riéndome.

—¿De verdad? Te lo agradecería. Esta escuela parece un laberinto.

Salimos del edificio, en teoría yo debía llevar las fotocopias, pero no pasaban cosas interesantes en ese internado todos los días, me daba igual que el profesor me regañara.

Me contó que a su hermano lo habían expulsado del Colegio François-Dupont, de París. Al parecer su hermano era un buscapleitos y termino golpeando al sobrino del director. En Illirya eran expertos en "reformar" a chicos problemas siempre y cuando tuvieran un don. Le permitieron hacer exámenes para terminar el ciclo escolar, pero a partir de septiembre entraría a estudiar con nosotros.

—¿En qué año va? —pregunté mientras íbamos pasando por el campo de fútbol.

—Vamos en primero, así que él comenzara el segundo año en septiembre.

—¿Van? ¿Tienen la misma edad?

—Sip, somos hermanos mellizos. Yo soy la hermana mayor, aunque sea por diez minutos, soy más grande que ese inútil.

Al parecer tenían esa clase de relación como todos los hermanos, fingían que se odiaban, insultándose y golpeándose, riñendo por cualquier cosa, pero en el fondo harían lo que fuera por el bienestar del otro. Me daba envidia, jamás sabría lo que significaba tener un hermano o hermana.

Llegamos al edificio, pero no había nadie. Fue cuando un profesor nos comentó que las personas que iban con uno de los chicos del área de conexión se habían ido al edificio administrativo… que estaba al otro lado, por donde habíamos venido.

—¡¿Qué tan grande es esta escuela?! —gritó en tono de fastidio.

—Tranquila, será mejor que regresemos.

Me siguió platicando de su familia, de lo molesto que era su hermano, de lo estricta que era su familia materna y que no entendían porque hacían tanto drama por lo que había hecho su hermano. Él solo se había defendido.

—Si yo hubiera estado en su lugar, mínimo le hubiera roto algo a ese tonto.

Algo me decía que era más ruda de lo que pensaba, de esas chicas que les gusta hacer las cosas como ellas saben, que no les gustaba ser protegidas, era de armas tomar. Aunque era de estructura delgada, podía ver que su cuerpo estaba bien formado, tenía músculos, lo que significaba que entrenaba, presentía que su forma de vestir no iba de acuerdo a quien verdad era, pues de vez en cuando se veía incómoda como si no estuviera tan acostumbrada a estar así.

Sin embargo, no me volvió a ver a los ojos. Estaba tan perdida en su teléfono que no me volteaba a ver. Se quedaba viendo whatsapp, a que alguien le contestara, era obvio que alguien tan linda como ella tendría un novio esperándola en su colegio. A cada respuesta que le daban sonreía, lo sabía por el tono en que hablaba. Su voz emocionada era tan bella. El tipo debía ser afortunado. ¿Qué más podía pedir? Era hermosa, tenía temperamento, era de armas tomar. Lo que yo daría por que alguien así se fijara en mí. Alguien con ideales y con voluntad, que no se dejara guiar por lo que sus padres o mayores le ordenaran. Sí, yo sería feliz con alguien así.

Me contó que le gustaría ser diseñadora, ahí pensé que sabría quién era yo. Le pregunté si conocía a la pareja Agreste, contestó afirmativamente pero parecía que no notó quien era yo. Se emocionó al hablar de las texturas, los temas con los que mis padres hacían sus diseños y como es que ella lucharía para que su talento fuera reconocido.

—Tienen un hijo, ¿no sería más fácil acercarse a él para que ellos te noten? —pregunté a la expectativa de su respuesta

—¡Ay no! Yo ya tengo a alguien. Además, me resulta bajo y patético involucrarme con alguien para alcanzar una meta. No, eso no pega conmigo, no hay nada mejor que trabajar hasta el cansancio para llegar a tu objetivo, así te sabe, lo disfrutas y lo cuidas más. Seré la mejor diseñadora, por eso ya me metí a estudiar y voy a aprender muchas cosas,

El tono de su voz sonaba convincente. Las personas trabajadoras son dignas de admiración y ella ya contaba con la mía.

Llegamos al edificio administrativo, exhaustos. Me agradeció por haberla ayudado, volvió a sonreírme. Mi corazón latió tan fuerte que creí que saldría de mi pecho, ¿por qué me sentía así? No era la primera chica bonita que conocía. Había conocido a despampanantes y voluptuosas chicas, modelos, socialités… pero había algo en ella que no dejaba de llamar mi atención.

—¡Pero que tonta!, ni siquiera sé tu nombre. —comentó con tono de sorpresa. —Hola, me llamó Ma-

—¡Marinette! —La voz firme y clara de un chico sonó por el pasillo, interrumpiendo su presentación para conmigo, ella inmediatamente puso una mueca de fastidio. Así que su nombre era Marinette… sonaba bastante lindo, nunca lo había escuchado, no era nada típico, me gustaba.

Marinette volteó a ver a quien la había llamado, era un chico casi de mi estatura, tenía ligeros rasgos similares a ella. Cabello negro, ojos azules y también llevaba un arete en la oreja. Él tenía rasgos más masculinos, cara cuadrada y mentón fuerte.

—Marion. —dijo ella al ver al chico, su mirada mostraba cierto cinismo.

—Tonta ¿dónde demonios estabas? De por si mis papás ya están alterados y sales con tus tonterías. —el chico la regañó

—No me regañes, tarado. —se defendió ella. —Es que …

—Te perdiste por andar whatssapeando ¿verdad? —El chico cruzo los brazos y se le quedo viendo, esperando una respuesta. Presentí que no era la primera vez que se perdía por estar expectante a su teléfono.

—Ehm… no mucho. —ella volteó el rostro para no ver al chico.

—Ya es demasiado malo que voy a terminar en esta cárcel, pero es peor saber que tú vas a estar con ese idiota. —bufó molesto.

—Ya es demasiado malo saber que eres mi hermano, no compliques las cosas para mí. —Marinette le reclamó.

—¿Y él es? —El chico se me quedó viendo.

—Me ayudó a encontrarte. —volteó a verme de reojo. —Es que… ¡esta escuela es demasiado grande! No es mi culpa que me perdiera. —hizo un puchero infantil adorable.

—Gracias, bro. —Me dio una palmada en el hombro. —Lamento que te hayas topado con una tonta descerebrada.

—¡Cállate! —Ella le dio un golpe el estómago, haciendo que él se doblara del dolor. —No te pidió tu opinión.

—¡Marinette! ¡Marion! ¡¿Quieren guardar silencio?! Vengan hacia acá, ahora. —Salió una mujer de rasgos orientales de la oficina del director, estaba sumamente molesta.

—Ya voy. —dijeron al unísono los hermanos, con tono desganado.

—Adiós. —Marinette sacudió su mano hacia mí en forma de despedida, siguió a su hermano para después ingresar a la oficina del director.

Marinette… no iba a poder olvidar un nombre tan único como ese, mucho menos esos ojos tan lindos.

Para cuando regresé al aula, la clase estaba por terminar. El profesor me regañó, pero me excusé al decir que la fotocopiadora se había descompuesto y tuve que llamar al de mantenimiento para que la arreglara. Como sea, esperaba que aun estuvieran ahí cuando comenzara el segundo descanso, fui a buscarlos, aunque ya no estaban. Al menos sabía que el hermano de la chica de ojos lindos entraría al mismo curso; quizá podría poner en práctica mi nueva meta para mi siguiente cumpleaños: aprender a manipular a las personas para que hicieran lo que quisiera, tal como ellas habían hecho conmigo.