La Leyenda de Zelda
El libro del destino
Sucesos
Abrió sus ojos. Veía borroso y llegó a creer que no había pasado ni un segundo desde que lo golpearon, pues el sol estaba ocultándose. Sus ropas estaban muy húmedas, la fogata estaba apagada y los leños ya estaban consumidos. No era el atardecer; estaba amaneciendo. Quien lo golpeó lo dejó ahí, abandonado.
Sin embargo no entendía. ¿Quién lo había golpeado? ¿Por qué? ¿Qué buscaba?
Miraba sus pertenencias y seguían tan dispersas como antes. Empezó a examinar su cuerpo, revisando si le habían quitado algo; incluso pensó que alguien podría haberse aprovechado de él. Habían llegado hormigas a consumir lo que pudieran de los conejos que había cazado, y algunas moscas merodeaban cerca de ellos, por lo que los tiró lejos. Tenía hambre, pero no soportó la imagen. Sintió que algo le faltaba.
Era su brazalete.
Lo que estaba viendo la dejó paralizada.
El rey sudaba y su respiración era constantemente agitada. No abría los ojos, no hablaba, ni reaccionaba a cualquier estímulo. Arrugaba su rostro, evidenciando un dolor que podía vagamente soportar. Zelda dio unos pasos, para llegar a tomar la mano de su, aparentemente, moribundo padre, sin embargo, Impa la detuvo.
-Princesa, por favor no lo toque – le pidió.
Zelda, al borde de las lágrimas, le preguntó por qué no lo podía tocar.
-No sabemos de qué se trata la agonía del rey. Hemos evitado que cualquiera toque el cuerpo del rey, temiendo que pudiera quedar en su mismo estado. Pronto, sin embargo, tendremos que hacerlo, para intentar alimentarlo y hacer que beba. En lo personal, princesa, creo que si esto es una enfermedad, nos estamos arriesgando mucho ya con estar en su presencia.
Zelda escuchaba con atención las palabras de Impa. Unas lágrimas recorrieron su rostro, temblorosas, producto del temor que le producía la situación.
-Impa, dijiste… "Si es una enfermedad", ¿no? – le preguntó Zelda – ¿Acaso podría no serlo?
-Le seré honesta, princesa. Esto es mi punto de vista completamente personal: me parece poco convincente que una enfermedad que desconocemos nazca del propio rey de Hyrule. El rey no está lo suficientemente expuesto a la gente como para ser contagiado de esto, y, además, los soldados estuvieron patrullando el día de hoy, en la tarde, y no reportaron coincidencias. En otras palabras, princesa, su padre es el único en todo el perímetro del castillo que posee esta supuesta enfermedad.
Las palabras tomaron sentido en la cabeza de Zelda. Rebeliones, el odio injustificado hacia su padre, el inicio de las patrullas… Lo más probable era que su padre se encontrara bajo una maldición. Miró a su padre, y luego recorrió la habitación con su mirada. En ese momento solo había tres criadas, estaba Impa, ella, y su padre. El lecho de su padre era su propia cama, la cual usaba un gran espacio. Al frente de su cama se encontraban las grandes puertas que daban a su habitación. A su izquierda, lo más notorio era un escritorio de un tipo escaso de madera, el cual llevaba encima unas hojas, pergaminos enrollados, plumas y un tintero; junto al escritorio estaba la silla donde se sentaba el rey para escribir, la cual demostraba un trabajo de un experto carpintero. Frente al escritorio había una ventana que dejaba ver el campo de Hyrule con facilidad, producto de la altura. Además, si uno se acercaba lo suficiente, alcanzaba a ver el mercado del castillo; en ese momento, sin embargo, era difícil verlo, producto de la oscuridad de la noche. A la derecha del rey había un gran pórtico, detrás del cual había un pequeño cuarto que servía de vestidor, y cuya entrada podía taparse gracias a unas grandes cortinas rojas. La habitación del rey era lujosa, y estaba decorada por armaduras, grandes cuadros y un piso de alfombra de la mejor calidad. A cada lado de la cama había mesas de noche, lo que le traía recuerdos de su madre a Zelda.
-Si me disculpan, preferiría un rato a solas con Impa y mi padre – dijo Zelda, dirigiéndose a las criadas.
Las criadas se reverenciaron y se retiraron una por una. La última en salir cerró las puertas con delicadeza, no sin antes decirle a su alteza que las llamara cuando las necesitara. Una vez cerradas las puertas, Zelda buscó una de las cómodas sillas que se encontraban en la habitación, y se sentó.
-Impa, me gustaría que te sientes; quiero hablar contigo – le dijo.
Ella se sentó en una silla que se encontraba frente a la que estaba usando Zelda. Esperaba con calma y atención las palabras de Zelda.
-Yo… - inició Zelda – no me esperaba esto. Ni por poco. La verdad es que no me siento en las condiciones adecuadas para poder superar esta situación.
Impa observaba a la joven Zelda compasivamente. El rostro de Zelda mostraba con delicadeza el cambio de edad por el que ella estaba pasando. Había crecido, pero su cuerpo, estando casi en sus catorce años, no parecía gustoso de mostrar los rasgos de una mujer. Zelda estaba entrando en la adolescencia, pero ante sus ojos, en ese cuerpo casi maduro aún lograba ver a la niña a la que siempre había cuidado.
-He estado triste, Impa, y no entiendo por qué. Es una tristeza que siento que no tiene origen. Me miro al espejo y veo una mirada triste, y sin embargo los últimos días no han tenido nada de malo.
Impa rió pasivamente, y le respondió:
-Princesa, creo que eso tiene que ver con su edad. El ánimo cambia, así como las emociones y la forma de pensar. Mientras el cuerpo cambia, la mente aún intenta adaptarse a los cambios del cuerpo, y esto produce cambios en el humor.
Zelda halló un poco de tranquilidad con esas palabras. Creyó, por un momento, que sería una tristeza que no acabaría. Entonces volvió a hablar respecto a su padre:
-Impa, lo de mi padre… ¿Cuándo ocurrió esto?
-Nos dimos cuenta de esto un poco después del mediodía. Empezamos a investigar inmediatamente qué era lo que había ocurrido. Después de un rato, pensamos que podía ser una enfermedad, por lo que enviamos soldados al mercado, para que buscaran personas que tuvieran los mismos síntomas que el rey, pero cuando volvieron al cabo de unas horas no reportaron a nadie que tuviera algo parecido. Una vez seguros de estos, me dirigí a buscarla. Pensé que estaría en sus clases de lengua, pero me dijeron que no había ido, por lo que decidí buscarla en su habitación.
Se mantuvo pensativa ante las palabras de Impa. Ocurrió antes del mediodía, pero el lapso de tiempo entre la última vez que vieron al rey en la noche y el mediodía era muy grande.
-Mi padre no recibió visitas en la mañana, ¿o sí? – preguntó Zelda.
-No, princesa. A no ser que sea una persona muy especial, su padre no recibe a nadie en su habitación. Sí sabemos que su padre hizo su clásico paseo por los jardines del castillo durante la mañana. Es lo que más me trae sospechas; dudo que alguien haya podido maldecirlo en esta habitación.
-Sin embargo, suponiendo, primeramente, que lo maldijeron, y que fue en los jardines, ¿cómo pudo llegar hasta acá?
-No todos los hechizos y maldiciones son inmediatos. Algunos pueden causar efectos tardíos sin mucho problema. Además, varios criados dijeron haber visto que mientras el rey regresaba a su habitación, tenía muy mal aspecto y balbuceaba cosas.
-Diosas… - susurró Zelda – No sé si pueda lidiar con esto. Esto probablemente signifique que deba tomar las riendas del reino, ¿no?
Zelda lloraba. Jamás se le había pasado por la mente que algo como eso le pudiera haber ocurrido a su padre, y le alarmaba aún más la facilidad con la que le ocurrió. Aún en lo que ella recordaba de esa otra realidad que fue eliminada, no tuvo que hacerse cargo del reino de Hyrule.
Intentó distraerse pensando en otra cosa. Impa se le acercó un poco y la acarició, mostrándole una sonrisa que la logró calmar un poco. En ese momento recordó algo que había querido preguntarle en varias ocasiones y no se había atrevido. Lo que había estado pensando antes de que le dijera lo de su padre. Se armó de valor y se preparó para hacerle la pregunta.
-Impa.
Impa se alejó un poco de ella para observar bien su cara. Zelda se veía seria y preocupada al mismo tiempo.
-Tengo una pregunta y quiero que seas honesta. Quizás creas que estoy loca y que soy una niña inmadura con mucha imaginación, pero necesito saberlo.
Impa, cabeza mirando el suelo, esperaba la pregunta de Zelda, sin embargo no la oyó. Miró la cara de Zelda, para encontrar sus ojos abiertos de par en par, clavados en el lecho del rey, por lo que hizo lo mismo. Al igual que Zelda, abrió completamente los ojos y se levantó de su silla, al mirar al rey.
Empezó a subir las escaleras que lo llevaban hacia donde pensó que estaría Saria: fuera del Templo del Bosque. A medida que subía notaba un cambio que no había visto en aquel tiempo en que era mayor: las plantas estaban empezando a apoderarse del lugar. Raíces y ramas empezaban a salir de entre los peldaños, otras cruzaban la subida de lado a lado, y enredaderas se apoyaban de las ramas que empezaban a invadir la subida para colgar de ellas, complicando el avance hacia el Templo. Agradecía que no hubiera Moblins esperándolo esta vez, mientras avanzaba con dificultad a través de los obstáculos que ahora se encontraban en su camino.
Cuando logró llegar al exterior del Templo, echó un vistazo al lugar. El amplio espacio que solía verse ahora había sido reducido por una gran cantidad de árboles que superaban la altura del propio templo, pero que sin embargo no complicaban el avance a través del prado. Caminando lentamente a través de los árboles, empezó a mirar hacia donde siempre estuvo el tronco donde se sentaba Saria. Seguía intacto, sólo que el pasto empezaba a subir por los costados del mismo. Sin embargo, ella no estaba ahí. Notó que junto al tronco había una escalerilla que se apoyaba en la entrada del Templo, por lo que asumió que había entrado a investigarlo. Recordando los peligros que había en aquel templo, se atemorizó por lo que le podría haber pasado a ella. Rápidamente subió por la escalerilla y entró. A diferencia del exterior, el interior del Templo del Bosque seguía tal como lo recordaba, aunque el aura hostil que emanaba ya no se sentía; así mismo, aunque esperaba que aparecieran enemigos para atacarlo, ninguno se presentó, y tampoco había indicios de combate. Las posibilidades parecían pocas para Link: en el mejor de los casos el Templo ya no estaba invadido por enemigos, lo cual era creíble por la ausencia de enemigos en el exterior. En el peor de los casos, aún había enemigos y pudieron tomar a Saria sin dificultad. Por su propia seguridad, desenvainó su espada de hierro y siguió avanzando.
No alcanzó a entrar cuando la puerta del Templo se abrió. La chica de cabellos color esmeralda salió de él con mucha tranquilidad, y miraba hacia todos lados con mucha atención. Cuando se dio cuenta de que Link estaba frente a ella, se sobresaltó.
-No sabía que vendrías hasta este lugar tan profundo del bosque, Saria.
-¡Link! Lo… - le respondió Saria – Lo lamento, no pensé que fuera malo.
Él empezó a mirar a su alrededor lentamente, observando mucho los detalles.
-Solía ser malo… - susurró Link – ¿No te encontraste con ningún enemigo?
-La verdad no, pero pensé que lo haría. Últimamente había estado escuchando voces que provenían de aquí mientras me sentaba en el tronco del Prado, por lo que he venido a investigar en varias ocasiones, sin embargo no me encuentro con nada. Me preguntaba si eran personas o fantasmas, pero no he podido ver absolutamente a nadie.
-¿Por qué te aventuraste tú sola a este lugar? – le preguntó Link, reprochándola – Me lo hubieras dicho; te podría haber pasado algo.
-Pero, Link… tú sabes cómo me conecto yo con el bosque. Para mí no es fue tan simple como oír las voces y huir para pedir tu ayuda. Necesitaba investigar de inmediato, pensando que podría ser algo malo.
-No hubieras podido hacer nada en el caso de que hubiera sido malo – le respondió, buscando que Saria reflexionara.
A ella no se le había pasado por la cabeza ese gran detalle. Era una niña incapaz de defenderse y mucho menos de atacar a alguien. De todas formas hubiera tenido que acudir por la ayuda de Link, si es que no la capturaban antes de eso.
-Sobre las voces… ¿Qué decían? – le preguntó Link.
-Son extrañas. Dicen cosas, parecen cantar, pero a la vez parecen recitar. Y no entiendo lo que dicen. A veces llego a pensar que es la voz de las almas del bosque. Quizás están pidiendo ayuda.
-¿Ayuda? ¿Por qué necesitarían ayuda?
-No lo sé. No imagino qué es lo que pudieran necesitar. Sin embargo imagino que notaste que la subida al exterior de este templo se está obstaculizando. El bosque se empieza a apoderar de esta entrada.
-Vaya – soltó Link -. No lo había pensado así. ¿No querrá el bosque que te alejes de aquí? Quizás el bosque no quiere que entre nadie. Lo cual – dijo riendo – es justamente lo que estás haciendo.
Saria se sonrojó ante esta posibilidad. Quizás, después de todo, no debió haber entrado al Templo.
-Puede que tengas razón, Link. Mejor dejemos este lugar tranquilo un tiempo.
Salieron del templo y bajaron al exterior del mismo. Ante la oscuridad que la luz de la luna no lograba anular, Link encendió un candil que traía consigo, y empezaron a avanzar de a poco a través de los nuevos obstáculos del bosque. Luego regresaron juntos al Bosque Kokiri.
-Esto no nos favorece en nada. Ahora, ¿quién tomará las riendas del reino?
-Calma, Hyer. Hay que pensar las cosas con claridad. Esto es un desafío para nosotros, pero no es algo con lo que no podamos lidiar. Todo apunta a que será la Princesa Zelda quien deba tomar la posición del Rey.
-El problema, Gloich, es que esto sólo es un problema más. La princesa sólo tiene trece años; ¡no hay modo de que una niña de trece años pueda hacerse cargo de todo el reino de Hyrule!
-Para eso tiene a Impa a su lado. Sobre administración no te tienes que preocupar; se asegurarán de que Zelda aprenda a manejarlo todo, y siempre tendrá los sabios consejos de Impa, para saber cómo decidir sobre el futuro.
-Sigue siendo una niña. No piensa de la manera que lo hace un adulto.
Hyer estaba nervioso. Los esfuerzos que habían hecho se podían desmoronar con el movimiento de una pieza de Reiht.
-Piénsalo, Gloich. Aún si Zelda fuera capaz de administrar bien el país, Reiht hará lo imposible por conseguir el cargo que ella estará representando. Si Impa es su mayor apoyo, no dudará en quitarla del camino y se acercará a ella, y aún más: si Zelda le resulta un estorbo, también se deshará de ella. Esto no es tan simple como lo imaginas.
Había olvidado a Reiht.
-Tendremos que estar pendientes de la princesa – le respondió Gloich.
Comenzó a recordar todo lo referente a Reiht. General del Ejército, ambicioso, codicioso. Quería poder, riqueza. El clásico símbolo de destrucción, a su parecer. Un formador del caos.
Dos años atrás, el ejército de Hyrule, tras la sugerencia del Rey y bajo la dirección de Reiht, había expandido su influencia a varios poblados que se encontraban en los alrededores de Hyrule. Reiht descubrió que se trataban de poblados sin reino, que se abastecían independientemente, y tenían su propia organización. Ante la promesa de la protección del reino de Hyrule, se ligaron rápidamente y desde todos lados; se crearon caminos conectándolos a Hyrule, y luego comenzaron a serle fieles al rey. Sin embargo, hace poco tiempo, cuando los soldados iban a hacer inspecciones de rutina, los aldeanos empezaron a rebelarse, a atacarlos, e incluso, asesinarlos. Él se dirigió en persona a evaluar la situación, y tras un poco de diálogo logró hablar con los alcaldes de cada aldea. Las razones de su rebelión no diferían mucho: decían que el ejército de Hyrule, bajo el mandato del Rey, atacaba sus aldeas de noche, asesinando hombres sin motivo, robando sus pertenencias, y raptando mujeres jóvenes, quienes regresaban golpeadas y apenas con vida. Mencionaron que habían enviado advertencias al reinado, y, sin embargo, los ataques por parte del ejército continuaron en todas ellas, por lo que nadie que perteneciera a Hyrule podría entrar a sus aldeas. A pesar de esto, Gloich no había escuchado nada sobre estos ataques, por lo que empezó a sospechar sobre la situación. Las aldeas no perdían nada si se desligaban del reino, ni tampoco exigían algo de parte del mismo, por lo que nunca dudó de su veracidad. Al preguntarle qué había ocurrido con los encargados de enviar los mensajes, mencionaban que nunca volvían, por lo que supusieron que habían sido asesinados por orden del rey, y por lo mismo no siguieron enviando más mensajeros.
Todos quienes formasen parte de los Oficiales Generales (esto incluía al Rey, el General del Ejército, los Tenientes Generales, Generales de División y Generales de Brigada) se informarían directamente de todas y cada una de las decisiones del rey, y de la situación actual del reino. Sin embargo estos ataques no habían sido mencionados en ningún momento.
Las acusaciones apuntaban a que el Rey estaba ocultando información a los Oficiales Generales, y estaba tomando decisiones a escondidas. Mas las decisiones que supuestamente estaba tomando el rey carecían de sentido, puesto que él siempre había tomado decisiones excelentes, y administraba de la mejor manera el reino. Negándose a sí mismo de la culpabilidad del rey, Gloich empezó a dudar de la persona encargada de las maniobras del ejército bajo la supervisión del rey: Reiht. Si unía su personalidad con los hechos que estaban ocurriendo, todo calzaba: Reiht había ordenado los ataques contra las aldeas, asesinando hombres para reducir su fuerza de combate, robando sus pertenencias para aumentar su riqueza, y secuestrando mujeres para dejar satisfechos a sus soldados. Por último, las rebeliones y el enfado de las aldeas con el rey provocarían que esta situación saliera a la luz, provocando la desaprobación del pueblo, y finalmente, lo que él deseaba: la destitución del rey y la elección de uno nuevo. Sería en ese momento cuando él esperaba hacerse con el poder total del reino.
A esto se debía la lucha de Gloich y Hyer por llegar alto en el poder: evitar que lo hiciera Reiht. Si las suposiciones de Gloich eran correctas, que Reiht se convirtiera en el siguiente rey solo traería dolor y destrucción a Hyrule.
-¿Crees que debemos advertirle a Impa? – le preguntó Hyer a Gloich.
Éste último se mantuvo en silencio por varios minutos. Finalmente, respondió:
-No, aún no.
Empezó a desesperarse. De todo lo que tenía, lo que menos esperaba que le quitasen era su brazalete. Lo había hecho su madre especialmente para él, y era lo único que le incentivaba a seguir entrenando en el bosque. El no saber por quién fue atacado ni hacia dónde huyó le quitaba aún más la tranquilidad. Rompió en lágrimas y en llanto, cayó de rodillas al suelo y gritó con fuerza, sosteniéndose el pelo con ambas manos. Mientras lloraba comenzó a patear todo lo que tenía cerca de sí, sin importarle si se rompían o no.
Buscó el brazalete en sus recuerdos. Una brillante argolla de oro puro decorada con una de las ametistas más grandes que se podían encontrar en Hyrule, que tenía grabados unos dibujos con los que se entretenía en sus momentos de soledad, y que por dentro tenía grabado con hermosas letras la palabra Ne'hrild. Desde pequeño le costó aprender cuál era su nombre, y con este brazalete siempre podría recordarlo: "mi nombre se escribe Ne'hrild, y se pronuncia Neh-rild". Las contadas veces en las que no tenía su brazalete consigo, dudaba de su cordura y de si se llamaba así realmente. En ese momento ya lo estaba dudando, y ante su duda el llanto se intensificó.
¿Por qué le robarían lo único que lo conectaba con su madre? ¿Qué tenía de especial para ellos un brazalete con un significado puramente familiar?
Su mente se llenó de odio contra el desconocido que le robó su brazalete, un odio totalmente incontrolable, y mientras las lágrimas empezaban a brotar con menos frecuencia, tomó su lanza y afirmó su costal, destruyó su tienda, tomó todas las provisiones que pudo y quemó el resto de sus cosas. Miraba cómo ardía el fuego, comparándolo con el fuego que ardía en su interior. Esperó a que se apagase, y empezó a caminar sin rumbo por el bosque, practicando durante toda su caminata su nombre.
-Mi nombre es Ne'hrild. Trece años. Mi nombre es Ne'hrild. Trece años. Mi nombre es Ne'hrild…
Su padre había abierto los ojos, mas su rostro tomó una mueca indescriptible para Zelda: ojos abiertos totalmente, y la boca abierta y estirada de lado a lado, como si quisiera gritar, pero sin emitir ruido alguno. Zelda no aguantó más y corrió hacia él, llorando, y tomó su mano. Pensó que le podría ocurrir algo, pero no fue así. Se encontró con la tibia mano de su padre, la cual no reaccionó a su toque. Tocó su cara, acariciándola mientras lloraba y balbuceaba palabras de lástima. Luego apoyó su cabeza sobre el pecho de su padre, cerró los ojos y siguió llorando en silencio mientras su cabeza seguía el compás que marcaba la respiración del rey.
Impa veía con profunda tristeza esta escena, que le traía recuerdos de la muerte de la reina. Por dentro pedía a las diosas por la mejoría del rey, y tras un momento de pensarlo, golpeó con impotencia la pared, sufriendo por no poder hacer nada al respecto.
-Princesa, no la abandonaré nunca. Si bien tendrá que tomar el cargo del rey mientras se encuentre postrado, yo estaré a su lado para aconsejarla. Haré que le enseñen lo necesario para suplir eficientemente a su padre.
Zelda la miró, lágrimas acariciando su rostro, sonriendo. Su cara juntaba dolor y felicidad al saber que tenía alguien que la apoyara en ese difícil momento.
-Impa, ¿cuánto tiempo crees que estará así?
Con lástima, Impa miró a Zelda y luego al rey. No supo contestar, y negó con la cabeza, encogiéndose de hombros. Zelda se armó de valor, suspiró con fuerza y besó la frente de su padre.
-Esto no me va a detener. Si debo reemplazar a mi padre, lo haré dando lo mejor de mí misma.
Impa se acercó a Zelda y la abrazó, sujetándola con el cariño que le tendría una madre a su hija, lo cual calmó rápidamente las penas de Zelda. Se miraron y se sonrieron, y frente al rey empezaron a cantar la canción de cuna de Zelda.
Abrazadas, se quedaron mirando al rey. Zelda aún tenía una pregunta que hacerle a Impa.
-Impa, hay algo que me ha acomplejado por varios años. Algo que me confunde y no sé qué pensar de ello.
Ella la miró con atención, escuchando sus palabras y brindándole confianza de seguir con su pregunta.
-Lo que yo sentí podría haber sido un sueño, sin embargo para mí fue demasiado real. Tengo recuerdos vagos de ciertos sucesos… Recuerdo haber conocido a un chico que venía de los bosques; recuerdo haber visto a un hombre de armadura negra, con cabello y ojos rojos como rubíes, y su mirada penetrante y tenebrosa; recuerdo haber huido de este castillo y haber visto a aquel chico, mirándome sin entender lo que estaba ocurriendo, y recuerdo haberle lanzado mi ocarina. Y tengo una sensación como si hubiera hecho algo, como si hubiera estado escondiéndome durante años, yendo de un lugar a otro, investigando; a veces siento que una vez ya fui adulta, pero es solo una sensación, porque no tengo recuerdos de ello. Es todo tan real, pero a la vez lo empiezo a meditar y me parece como un sueño infantil.
Impa miró por la ventana. Una luna creciente parecía saludarla desde aquella oscuridad nocturna; justo en la mitad de aquel vidrio.
-Princesa…
Zelda se empezó a agitar. La respuesta que necesitaba estaba por venir; no importaba si le decía sí o no, pues cualquiera de las dos le dejaría la conciencia tranquila. En el fondo, sabría si fue un sueño o fue real.
Impa la miró con seriedad.
-Todo aquello ocurrió.
