Ichimatsu lo tomaba con bastante calma. Los primeros tres años fueron los más largos que pudo recordar dentro de todos los que ya había vivido. El dormir, comer y compartir día a día con aquello que estaba prohibido le mantuvo en un lapso en que estuvo seguro que la realidad no era más que un producto de su imaginación, que inclusive él mismo no podía ser real.
Finalmente, con diecisiete, llegó a la conclusión que no puedes ir en contra de los sentimientos y que si la gente cae de bruces al piso no es por su falta de prudencia, sino que la evolución no les brindó dos pares de ojos en cada pie. Y no solo la evolución, si no también la genética fueron las culpables, en su caso, de que se sintiera de aquella manera por un igual. Estuvo seguro un buen par de años de ello. Había salido defectuoso de fábrica y solamente había sido él, por que por más que intento ser atento con los demás, el observarlos bastante bien a cada uno, ninguno presentó indicios de estar defectuoso como él.
La integración fue la parte más difícil dentro de todas las pésimas cosas con las que tuvo que lidiar los primeros tres años. El rehusarse a participar en salidas o actividades con los demás cinco para solo ir a refugiarse en lugares lejanos, meditar un poco y llorar otro tanto. Y fue allí cuando conoció a aquellas enigmáticas criaturas, los felinos. Gatos callejeros que se dedicaban a pasar sus días entre sucios callejones, tal como él pensaba pasar sus días si es que no lograba "arreglarse".
Horas con ellos le hizo darse cuenta que no solo los humanos pueden salir defectuosos, inclusive ellos, que ante sus ojos eran más que perfectos, pero por alguna razón habían acabado olvidados a su suerte, entre medio de aquella selva de cemento.
Algo tenía que estar mal con ellos.
Ichimatsu a sus dieciocho años no solo tuvo que lidiar el tener que vivir día a día reprimiendo sus sentimientos, sino también el tener que reprimir su libido. Aquella temporada fue una de las más tortuosas por las que tuvo que pasar, según recuerda. El objeto de tantos tormentos se encontraría noche a noche, durmiendo a su lado, conteniendo esas alocadas hormonas que solo afectan a los adolecentes masculinos y que en las mujeres, suelen solo alborotarse ya llegado a los veinte. Porque las muchachas pueden ser alocadas en la pubertad, pero quienes pasan con ganas de puntear todo lo que se les cruce en frente son los muchachos. Y solo ellos, porque las mujeres no pueden puntear, ellas reciben. ¿Y entre dos hombres, qué? Puedes besar a un hombre, siendo hombre. Tomar su mano, abrazarle y todo esto aun siendo uno como él, pero ¿y el sexo qué?
De una u otra forma investigó de manera clandestina lo que sucedía en ese tipo de relaciones, puesto que cuando llegó el momento en que la mano derecha solo pasaba bajo los pantalones se le dio por fantasear como sería acercarse de manera segura hacía Karamatsu, tal como los hombres normalmente hacían en los AV, aquellos que en más de una ocasión su hermano mayor, el primero, le había invitado a ver junto con el quinto y el sexto, como un ritual de iniciación hacía la adultez que solo los menores tenían el placer de participar.
De esa misma manera, acercarse a Karamatsu, con seguridad. Con el hambre en los ojos, colocando sus manos sobre su cuerpo y… Era cuando la fantasía terminaba porque no sabía que más podía seguir. Frustración luego de ello, que no duraba mucho ya que por aquel tiempo también eran los senos y culos los que le prendían, por lo que terminaba por fantasear con alguna actriz que escasamente recordaba y ya. Lo demás era historia. Terminaba allí el tener, al menos, la oportunidad de imaginarse como sería el tocarle.
Pero ya más informado, aunque solo por imágenes, escabulléndose sin ser notado por la sección de porno gay y pasar como quien no quiere la cosa, y mirar todos los títulos con ojos analíticos, había grabado en su mente cada una de ellas. La imaginación lo puede todo, puede cumplir sueños para quienes se les tiene prohibido cumplirlos. Ichimatsu por primera vez, pero no última, pudo amar a quien no podía, al menos en su mente, con la mano bajo el pantalón y repitiendo aquel nombre una y otra vez. En completa soledad, en el baño compartido, cuando ningún alma se encontró cerca.
"Veinte años no pasan en vano, ni treinta, ni cuarenta", ya con veinte y totalmente deprimido, miraba la opción de que aquello jamás tendría remedio no sin antes ponía de su parte y con determinación, controlando el menjunje de emociones en las tripas, ponía fin al interminable tormento de alrededor de cinco años. Aquella solución era la más fácil, la más vil, la más cobarde; el odio. Odiar aquello que no puedes tener. Odiaría a Karamatsu por no poder tenerle.
Pero no todo lo planeado puede salir bien y aquella noche, tras la borrachera en el puesto de Oden, se daría cuenta que con algo de alcohol en el cuerpo, se es bastante fácil derribar todo el trabajo hecho en una pequeña muralla de cobardía.
Karamatsu estaba consiente de que no lo odiaba y ahora, más que nunca, se esmeraría en estar a su lado, luego de tanto tiempo lejos de él.
"No hay golpe más fuerte que el que da la vida", solía decir su padre cuando se mareaba luego de un poco de frio sake. «No. No hay golpe más fuerte que el que uno se da a si mismo», le había corregido mentalmente en más de una ocasión.
