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Buscando a
La mami de Candy
Por Mayra Exitosa
Buscando a
La mami de Candy
Por Mayra Exitosa
- Señorita… Elroy, ya sé toda la verdad, sé que no estuve jamás con Rosemary y… ya escuche varias cosas que me tienen muy indignado, necesito que me diga… con quien estuve en las noches de… el mes de agosto y septiembre.
- No sé de qué habla, señor Johnson.
- Mire… Señorita… Elroy, tengo el poder de tutoría de William Albert Andrew, y créame, Alexandra dejo su mención como tutora, pero la firma del documento tiene mi nombre, así que puede decirme la verdad o bien, esperar a ver como sacan sus cosas de la mansión y se despide de su sobrino William, de quien soy el tutor ahora.
- ¿Pero cómo?
- Rosemary, es hermana de William y dejo su tutela a en mis manos junto a la de su hijo, al saber el engaño en que la obligaron a irse a la cabaña del bosque, para que se le llavera Esteban, ¿sabía que, Rosemary era su quinta esposa?
- ¿Quinta esposa?
- Le hicieron la vida imposible en Texas, y ahora… ustedes son las culpables de su enfermedad y… eso jamás se los perdonaré.
- ¿Se los perdonare? ¿A quiénes?
- No se haga la inocente, hable con la servidumbre y… ustedes no tienen perdón de Dios.
- Señor Johnson, no puede obligarme a hablar de algo que hice un juramento.
- ¿Fue usted o Gray? Porque su prima Polonia, si entro varias veces a mi habitación. El silencio de Elroy a pensar en que Rosemary había cambiado los planes de Alexandra antes de morir, fue suficiente para temer, no respondía a lo que George, agregaba, - ¿Tengo un hijo o una hija? ¿Y con quién?
- Yo… no puedo, no quiero lastimar a mi…
- ¡Hable!
- Lo mejor es que hables con Polonia, si es su decisión, pero no me aleje de mi sobrino, soy quien cuida personalmente de él. George salía molesto, vestía de negro con una banda en el brazo, el amor de su vida había muerto, el pequeño Anthony tenía dos años, el pequeño William tenía ya ocho años. Ambos jugaban en los jardines, cuidando uno del otro, mientras Elroy los observaba, como eran tan parecidos, eran Andrew, no eran Grandchester como le quiso ofender el duque a Alexandra, al odiar tanto al su difunto hermano.
George viajaba a un hogar lejano después de varias investigaciones y daba con el convento donde se ocultaba Gray, asustada por la vida que había llevado y ahora quería olvidar. Gray estaba en su cubículo pensativa, recordaba cómo había estado con varios hombres, como su deseo por ser poseída jamás se había igualado al haber estado con el administrador, la sorpresa fue aquella noche que no fue solo una ocasión sino cuatro que la poseía, era un hombre inagotable, y era su castigo, no volver a verlo, solo añorar con sus bajas pasiones, al recordarlo, lloraba.
Un par de hermanas pasaban y al verla llorar ellas la consideraban, era tan buena, tan devota, tan única, desde que había llegado al convento, se dedicaba a educar a todas las jóvenes a ser recatadas y no faltar ni con el pensamiento a Dios.
Qué ironía al castigarse Gray, pues ella no había estado solo con un hombre, sino con muchos, buscando ser aceptada, querida y valorada, pero jamás se espero que solo fuera un artículo de uso. Al sentir que no le tomarían en serio, mejor se dedicó a ser monja, ya tenía una hija, y ni la conocía, si la veía, ella no podía imaginar que tuviera la misma mala suerte que ella.
- ¡hermana Gray!
- ¿Si?
- La buscan en la sala de ingreso.
- En unos minutos voy. Gray se acomodaba sus prendas, había estado sentada tanto tiempo que no se había dado cuenta que pensar a ese hombre, la hacía que sus pensamientos pecaran.
En otra parte Polonia, recibía a una hermana del convento donde residía Grey, ahora le mandaba más ayuda, las niñas tenían dos años, pero al saber que se cuidaban niñas huérfanas, comenzaban a llegar otras más y niños también, así que al contar con quince pequeños, la iglesia mandaba apoyo para la caritativa dama que se dedicaba a apoyar a los más desamparados.
- Me alegra mucho que se quede con nosotras, hermana María, comentaba la dulce voz de la dama bajita y con rostro redondo. Quien la observaba con una sonrisa.
- Dios nos envía a más pequeños, es mejor estar preparados, dijo el padre Thomas que me quedaría por tiempo indefinido.
- Le mostraré su habitación. Mencionaba Polonia, ahora llamada Señorita Ponny.
En el convento, después de más de quince minutos, por fin llegaba a una sala privada donde un hombre hablaría a solas con ella.
- Buenas tardes, señorita Gray.
Las piernas se le doblaban, al escuchar el tono grueso de su voz, recordó de inmediato otro grosor en su mente, se había compuesto de sus pensamientos pecaminosos, pero tenerlo ahí frente a ella, hizo que todo su cuerpo reaccionara de forma inmediata. Esto al notarlo George, de inmediato ponía llave a la puerta y la pegaba a la pared agresivo comentaba
- Con que estuviste conmigo esas noches y… ¿qué más sucedió que no me han dicho, Grey?
Gray soltaba un gemido, mismo que de manera inconsciente reconocía George, este al verla se le ponía la carne de gallina y continuaba confirmando algo que realmente desconocía, con la finalidad de que esas mujeres le dijeran la verdad.
- Ya Elroy me dijo parte de la verdad… ahora tu me contaras tu versión, Gray
- Yo… yo… la voz se enronquecía, la tela del pecho se alcanzaba a ver como se ponían tensos y duros sus pezones, de inmediato supo George que había estado con esa mujer. Se acercaba al oído y su tono grueso y ronco provocaba más aun a la mujer que estaba decidida a olvidar su pasado y aun no podía,
- No solo fui yo. Elroy sabe que fuimos las tres. Cuando dijo las tres, George giraba su rostro para que no viera lo asustado que este se encontraba, había estado con las hermanas y la prima de William, a quien había embarazado.
- Y… ¿Quedaron embarazadas?
- Si.
- ¿Las tres? Preguntaba aturdido, George. Al ver Gray que ese hombre no sabía todo, se quedaba en silencio y tomaba aire, ahora era ella quien se acercaba y poniéndose frente a él respondía,
- Tendrás que… averiguarlo.
- ¿Cómo lo puedo averiguar?
- Pues… pudiéramos… hacerte recordar las noches que pasaste y así…
- ¡Que has dicho! Yo amaba a Rosemary, pensé que era a ella a quien le hacía el amor, nunca me imagine que jugarían conmigo. Que insolencia, que abuso.
- Pues entonces no tengo nada más que decir, investiga ahora como puedas. Grey salía, asustada, sus sueños se habían hecho realidad, el hombre que más veces la había poseído, estaba en esa sala y no podía hacer nada, tenía puesto su atuendo santo, porque se había atrevido a contestarle así.
Johnson por su parte salía asustado, Elroy no había soltado ni una palabra, pero Gray, le había dicho mucho más, ahora tenía que convencerla de que le diera los datos de donde podía encontrar a Polonia. Saber quien de las tres había quedado embarazada y si era padre de algún infante.
En Inglaterra, una discusión surgía, algo que cambiaría todo, Eleonor no podía entender porque siempre sería solo una amante, mientras que su hijo sería un bastardo. Indignada pasaba de una molestia a una discusión su hijo se escondía y escuchaba todo, molesto bajaba el rostro.
- Dijiste que me amabas, Richard, que seríamos una pareja para toda la vida.
- Nunca te dije que pudiera casarme contigo, no te engañé.
- Pero pusiste casarte conmigo, tenemos un hijo.
- Lo sé y lo he reconocido, pero ya no hablemos del asunto, llegado el momento, me llevare a Terrance, será un digno hijo mío.
- Como puedes hablar así, soy su madre, no dejaré que lo separes de mi lado.
- Por favor, Eleonor, como crees que me casaría con la que fue amante de Andrew. Molesta e indignada, Eleonor comentaba,
- Tienes razón, y que si Terrance fuera un Andrew. Richard enfurecido, soltaba un golpe en el rostro de su amada, la más bella y hermosa mujer que lo había aceptado a un con todos sus defectos. Ella caía al suelo, Grandchester se marchaba con un fuerte azote de la puerta, el pequeño Terry salía de su escondite y se arrojaba al suelo para abrazara su madre. Eleonor lo vio y llorando, le pedía perdón.
Esa misma semana, escondida y con papeles falsos, huía de Inglaterra junto a su pequeño Terry y se marchaba a América.
- Te juro hijo mío que nada te faltará, serás un hombre de bien y jamás, jamás le faltaras el respeto a una mujer.
- ¡Te quiero mami!
En Chicago, en el convento de santa Gertrudis, Grey recibía una carta de urgencia, a un pueblo cercano, ahí entraba asustada, una mujer la llamaba moribunda para dejarle una herencia. Todo preparado por Johnson, quien la esperaba en la habitación y al cerrar la puerta, este comentaba,
- Con que la herencia te interesa, ¿donde está la santa Grey? Supongo que bajo el atuendo, ¿Y dime, como es posible que desees que recuerde que estuve contigo? y… que me darás a cambio la información verdadera de lo que sucedió.
- Me tengo que ir, no quiero continuar aquí. George la abrazo, aun con su odio y molestia tenía que saber la verdad de todo lo que pasaba, ella era mayor que el, pero en el juego de la pasión, el tenía la juventud y la experiencia, había perdido a Rosemary, ya nada en la vida se la devolvería, pero al menos, si tenía un hijo, lo recuperaría, no permitiría que pasara hambre un ser de su carne, todo por una estupidez de ignorancia.
Deseando sea de su agrado, el estilo diferente de esta historia, sinceramente,
Un abrazo a la Distancia
Mayra Exitosa
