Sorry por la tardanza.
Advertencias:(?)
-OoC por parte de ambos espero que no les moleste.
-Situaciones bien raras jaja nah normal
-Violencia _ Con Kanda la violencia nunca falta xD! (por eso lo amo)…
Disclaimer: D. Gray Man y sus personajes son autoría de Hoshino Katsura-Sensei
Comprendiendo posiciones
Los días pasaban sin nada particular que acotar en la bitácora que uno de los exorcistas decidió llevar para ocupar efectivamente su tiempo. Había transcurrido cerca de dos semanas y ya estaba hastiado de la situación. No tenía mucho que hacer y por ende, nada que escribir. Chasqueó fastidiado mientras dejaba caer el lápiz en la mesa y recostaba su frente contra el dorso de sus manos entrelazadas.
Se había tomado el tiempo suficiente para reflexionar con respecto a la misión que tenía delante (tampoco era que tuviera algo más que hacer). Lo primero que notó el portador de Mugen fue que la solicitud no estaba firmada por el inútil que tenía por Supervisor, sino por los mismos Comandantes Generales; claro, esto sin hacer alusiones de nombres. Lo supo por el sello que usan, no cabía duda alguna "trabajando de incógnito como siempre", cosa que le parecía ridícula. ¿Porqué debía de servirle a quienes ni siquiera se tomaban la molestia de mostrar su cara?, aunque eso realmente no importaba en ese momento.
Otra cosa que observó, es que el último registro de actividad sobrenatural superaba los 10 años. Desde aquellas fechas, estaba prohibido el tránsito de cualquier embarcación por la zona y no había acontecimientos registrados posteriormente. Eso fue lo más extraño, en una década muchas cosas pueden cambiar y más si la Inocencia está implicada. ¿Por qué la Orden Oscura se tomaría las molestias de enviarles tan lejos sin verificar la información? No había escuchado que algún grupo de buscadores partiera a un sitio tan lejano a investigar nada en particular lo que quería decir que los primeros en confirmar la situación, serían los mismos exorcistas.
Tuvo la intención de discutirlo con el brote de habas, pero simplemente no le prestó atención al asunto ya que en más de una ocasión le observó revisar los documentos atentamente. A pesar de que su apariencia no lo demostrara, el chiquillo era muy serio con su responsabilidad y él estaba consciente de que también había analizado a profundidad la situación. Por lo menos no tendría que tomarse las jodidas molestias de explicarle todo o eso quería creer. Resopló.
Estuvo tentado a negarse o por lo menos solicitar que le cambiaran el compañero, pero el supervisor idiota no conformó el equipo; lo pudo notar en el reporte. Al menos no era el maldito conejo suicida, ¡eso sí que no lo hubiera soportado! El estar encerrado quién sabe cuánto tiempo con ese engendro era como incitarlo al homicidio. Si algo bueno tenía el Moyashi (o quizás lo único), era que guardaba sus distancias y le hablaba solo cuando era necesario a pesar de que el mayor terminaba ignorándolo en la mayoría de las ocasiones.
El pelirrojo hiperactivo por su parte, lo acosaría hasta el cansancio (cosa que es imposible porque el masoquista tiene una reserva inagotable de energía) o hasta que él mismo decida cumplir su promesa y termine mandándolo a la otra vida, lo que cuál era más factible.
Ante lo extraño del caso, no se dejaría vencer por la incertidumbre. Sabía que había algo que no encajaba en todo eso. Lógicamente no destacaba por ser brillante, pero habría que ser un verdadero idiota…no, un retardado para no darse cuenta de que los enviaban no era precisamente porque confiaran en que ellos regresarían victoriosos, sino por el contrario, para deshacerse de un posible estorbo. Apretó los puños con fuerza mientras maldecía entre dientes.
Era increíble que usaran ese truco tan bajo, pero ya les haría arrepentirse de un acto tan osado. Iría a verificar la situación y volvería como si nada, dándoles a entender que necesitaran más que eso para deshacerse de él. Sonrió con prepotencia imaginándose el escenario de su victoria.
— ¡He vuelto a ganar!—escuchó un grito desde afuera.
"¡Qué escandalosos!", pensó mientras intentaba recuperar la concentración y buscaba el lápiz que había rodado. Fijó su vista de nueva cuenta en los papeles, leyéndolos para confirmar que no se le pasara por alto algún detalle. Había remarcado en los documentos de la misión lo que merecía mayor importancia, también hizo algunas anotaciones y las anexó junto a lo demás con lo que guardaba relación. Era lo mejor que podía hacer concluyendo que quizás lo necesitase para elaborar un plan.
En ocasiones, el Supervisor Komui Lee le había contactado a través de su Golem; que por suerte, seguía intacto después de tener que arrancárselo de los colmillos a la maldita bola endemoniada del Moyashi. Poco faltó para destruir la jodida mascota del enano de no ser porque la defendió con la payasada que tiene por Inocencia, sino esa cosa ya estuviera rebanada y sin posibilidades de reconstrucción. El chino idiota, no solo le había estado contactando, ¡eso era prácticamente un acoso! Sus llamadas eran constantes, más que las de cualquier misión normal, también cabía la posibilidad que usara eso como excusa para escapar de su trabajo; sin embargo, él no era tonto, se percató de que en las palabras de ese tipo había preocupación genuina. Chasqueó con fastidio al confirmar sus sospechas.
— ¡No es justo Walker-dono!—más gritos provenían desde el otro lado de la puerta.
Ya era imposible ignorarlos. Su frente entera comenzaba a llenarse de venas. ¿Acaso el barco no era lo suficientemente grande? ¿Por qué la panda de inútiles se empeñaba en hacer sus ridículas reuniones cerca de él? Intentó tranquilizarse, pero ya era difícil por no decir imposible. La primera víctima de su ira fue el lápiz que terminó en dos pedazos por la presión que ejerció el japonés sobre éste. Apartó bruscamente la mesa en la que se encontraba apoyado y levantándose ferozmente, se dirigió al lugar donde se formaba el bullicio.
Abrió la puerta encontrándose con un grupo de cinco personas. Paseó sus ojos posándola en todos y cada uno de los presente viéndoles como se les deformaba progresivamente el rostro en algo parecido al terror. Cuatro, para ser exactos, se habían dado cuenta de su presencia y se encogieron al punto de casi atravesar la madera para ocultarse de la mirada del oriental. El último; el más ruidoso, empalagoso y molesto del quinteto, estaba sentado dándole la espalda. Clavó sus oscuros ojos en él, pero este ni por enterado se daba ya que seguía platicando amenamente sin siquiera percatarse del cambio de actitud de sus compañeros de juego.
—Wal-Walker-dono… —le dijo entrecortadamente uno de los buscadores que viajaba con ellos.
— ¿Qué pasa?—preguntó ladeando el rostro con gesto confundido.
—Creo que sería mejor que nos retirásemos a otro sitio.
— ¿Por qué?—sin esperar respuesta continuó— Si lo dices por Kanda, tranquilo, ese es un cabeza hueca que no se entera de nada.
¿Acaso escuchó bien? ¿El maldito Moyashi estaba insultándolo? Bueno, sería la última vez.
—Ese resentido social ni se tomará la molestia en salir. Prefiere encerrarse para poder pensar en la soba que se comerá a la siguiente comida y hacer creer a los demás que realmente medita. ¿En serio creen que alguien así puede reflexionar sobre el significado de la vida o algo profundo? ¡Imposible! —decía mientras se retorcía a carcajadas y se limpiaba las lágrimas— El mismo idiota ni siquiera aprecia la de los demás. No se preocupen, no saldrá. Y si no le gusta, ¡que venga y lo diga!
Los que le hacían compañía al albino no encontraban la manera de hacerle saber el peligro inminente que tenía a su espalda. Le hicieron señas y muecas de todo tipo pero el inglés estaba tan centrado enumerando una interminable lista de cualidades de su compañero exorcista que no atendió a ninguna de ellas.
Por su parte, el japonés logró divisar como el viento se llevaba algunas hebras blancas. Cerró los ojos al tiempo que resoplaba de manera decepcionada aferrándose más a su espada en un intento fallido de controlarse. Abrió lentamente sus orbes. Ahí le vio, su furia iba en aumento mandando a la mierda cualquier signo de cordura, aunque dudaba de haberla tenido cuando se trataba de ajustar cuentas con cierto enano canoso.
El albino se había agachado a recoger algo, una moneda al parecer. De no ser por eso, le hubiera atravesado la cabeza. Le observó intensamente mientras deformaba su imperceptible sonrisa maliciosa en una sádica y perturbadora, haciendo estremecer al grupo de buscadores que estaban haciéndole compañía a Allen. Vio al menor aún en cuclillas girarse poco a poco hasta verle por completo, su sombra le cubría a causa de su privilegiada posición.
— ¡Cuéntame Moyashi!, ¿quién es el cabeza hueca que no se entera de nada?
Su voz y cuerpo temblaban notoriamente en claro signo de la ira que iba dirigida especialmente a esa persona. La estaba conteniendo pero quien conozca los desenlaces del par, puede tener la certeza de que eso no duraría por mucho tiempo. Si acaso el menor tendría algunos segundos para huir o en el otro y más rutinario caso, defenderse y contraatacar.
— ¡¿Ka-ka-ka-Kanda?!—el azabache se llenó de satisfacción al verlo tragar saliva y voltear a los lados con nerviosismo.
—Bueno, no es que importe mucho—se encogió ligeramente de hombros—. No cuando estoy a punto de encargarme de ti como es debido.
Dicho esto y aún con su sonrisa en el rostro, se colocó en posición de combate. No sabía el porqué, pero últimamente disfrutaba más de sus peleas con el brote de habas. No sólo porque el menor con algunas palabras terminaba cayendo en su juego, sino porque podía arrancarle su máscara, esa que le mostraba al mundo entero y que tanto le asqueaba a pesar de no entender la razón. Frunció el ceño. Los demás realmente se creían que Allen Walker era ese ser que se paraba con esa estúpida sonrisa, sonrisa que nunca le convenció y desde el primer instante supo que fue fingida.
Era tan satisfactorio ver al enano amable convertido en su propia contraparte o quizás, su verdadera forma: un chico grosero y rebelde. En definitiva, prefería esa personalidad del niño, porque a pesar de que le fastidiaran e incluso lo acosaran en más de un sentido, (muchos de esos nada decorosos precisamente) éste se los quitaba de encima de una manera amable, ridículamente empalagosa. El único que tenía el privilegio de exponer a Allen Walker era Yû Kanda. Por eso y sólo por eso, para demostrarle al mundo quién era el Moyashi, aprovechaba cada oportunidad para hacerle rabear. Aunque eso es algo que no admitiría ni en esta ni en ninguna otra vida.
Terminó abalanzándose sobre el albino con su espada. La adrenalina comenzaba a bombardear su interior con cada palpitar; estaba ansioso, cosa que le extrañaba tanto como le irritaba. No entendía a qué venía ese frenesí repentino de que querer destrozar lo que tenía alrededor cada vez que le veía y el encierro en aquel transporte no ayudaba mucho.
También podía tratarse de la inactividad que comenzaba a desesperarle ya que hacía un tiempo que no tenía un buen enfrentamiento. Claro que había entrenado a pesar de que tuvo que hacer un gran cambio en su horario y en el barco no podía hacer los movimientos a los que estaba acostumbrado. El espacio era limitado y los demás pasajeros solo interferían. El simple hecho de imaginarse tener que contenerse o que por la torpeza de algún idiota resultara herido, le hacía irritarse a niveles sobrenaturales. Extrañaba la soledad.
Por eso aprovechaba las largas y solitarias noches—las madrugadas para ser exactos—, cuando ya la tripulación llevaba horas en cama. Si había resultado algo bueno de todo ese largo y fatídico viaje (una sola cosa), era que luego de la ardua ejercitación se relajaba meditando o simplemente presenciando el amanecer mientras la brisa marina acariciaba su cara llevándose consigo los rastros de sudor. En la sede tiene raras ocasiones de contemplar ese hermoso evento y por eso se permitía unos instantes para disfrutarlo a plenitud.
El chirrido de la madera contra el viento le hizo volver al presente centrándose, en su actual compañero y ahora irónicamente, adversario. No era como si fuera a matar al imbécil (a pesar de haberlo intentado muchas veces). Estaba consciente que ese niño de 15 años no sólo era fuerte; aunque no más que él, pero si increíblemente ágil. Su destreza a la hora de pelear le daban una gran ventaja y su Inocencia también era considerada una de las más poderosas de la Orden. Eso había aumentado en el japonés el placer de discutir con el pequeño idiota. ¿Dónde se encontraba a alguien que se podía golpear y volvía a levantarse pidiendo por más? Un verdadero masoquista y él un maldito sádico. Sí, una combinación muy extraña pero ventajosa a la vez.
El inglés le había esquivado fácilmente meciéndose entre los mástiles usando los molestos listones de su Crown Clown. Había sido por segundos, pero estaba confiado en que lo esquivaría, así era siempre después de todo. Alzó la vista y le vio posicionado en la parte superior del navío. La capa blanca se ondeaba imponentemente alrededor de él y el viento que transitaba a esa altura hacía resaltar al enano. Realmente su Inocencia había ganado fuerza después que la recuperó tras el ataque del Noah, aquella ocasión en la que le dieron por muerto. Reprimió el negar con la cabeza para despejarse, concentrándose en Allen nuevamente. Incluso su apariencia había mejorado, esta era majestuosa en comparación a ese brazo deforme que usaba al principio.
El samurái lo había notado, aunque no haya mencionado nada al respecto, lo sabía. Sabía que ahora el arma del pequeño idiota era más estable, que tenía no solo más porcentaje de sincronización sino también más resistencia. No entendía la razón, si tendría que ver con algo físico o psicológico, si tendría que ver con su voluntad o determinación. En realidad no le importaba entenderlo, el hecho era que el niño había vuelto y ahora era un digno rival.
El Moyashi le miraba retadoramente mientras sonreía respondiendo al desafío. Le vio extender su brazo izquierdo al tiempo que lo tomaba por la muñeca con el derecho y se iba transformando en esa extraña espada. Lo estaba esperando, vendría el contraataque. Flexionó un poco sus rodillas buscando colocarse en posición defensiva. Allen aún sosteniéndose con los listones como si fuesen más brazos, se impulsó en picada cayendo con toda las fuerzas sobre el japonés.
Lo rechazó usando algo de fuerza haciéndole retroceder algunos metros dando varias piruetas al aire y derrapando un poco en la madera al aterrizar. Enfocó fijamente el par de lunas que le miraban de manera provocadora y casi como si se hablaran a través de sus expresiones, se interceptaron chocando sus espadas en un ruido estridente a media cubierta. Ninguno retrocedió por ese corto instante en los que sus armas estaban en contacto sólo hasta que voluntariamente se separaron buscando una abertura en el contrincante.
Los sonidos metálicos iban y venían así como los golpes de Kanda y las patadas de Allen que acertaban en más de una ocasión subiendo la intensidad al enfrentamiento. Ni siquiera parecía una pelea o entrenamiento, eso se acercaba más a una batalla campal en la que nadie más que esos dos podía participar sin salir herido de gravedad. Concentrados el uno en el otro, incluso sonreían abiertamente, aunque de una manera perturbadora a la vista de los espectadores. Es imposible que los exorcistas disfruten de esa situación ¿verdad?, pero al parecer así lo era, disfrutaban de su encuentro.
En ese momento, en ese mundo, su mundo, sólo ellos eran los protagonistas. Recorrieron toda la cubierta y ya no reparaban en sus acciones ni en quienes estaban a su alrededor, no existía nada más.
Kanda sabía que el pequeño mocoso se liberaba una gran tensión luego de sus duelos. Era tan obvio, hasta el más tonto podía notar que el chico batallaba para no demostrar lo mal que se encontraba, pero extrañamente se le veía relajado, incluso con la guardia baja luego de pelear con él. No era que estuviera al pendiente del Moyashi, su actitud era tan evidente que él mismo se delataba y más aún después de lo sucedido en el Arca. Estaba inseguro, tanto que se podía palpar su inestabilidad emocional, intentaba desesperadamente conservar esa ridícula máscara… No tiene sentido. Resopló, claro que no le importara en lo absoluto, sólo lo provocaba como una pequeña distracción añadida, distracción que él mismo se cobraba por tener que soportar semejante mártir.
Se quejó de dolor, aunque casi inaudiblemente. Había estado pensando en tantas cosas sin sentido que su oponente había aprovechado la oportunidad de asestarle una patada en todo el estómago estrellándolo contra el palo mayor. Se tomó unos cuantos segundos en recuperarse, no le había dolido en realidad; eso era una estupidez en comparación a innumerables batallas, pero había recibido un fuerte golpe en la cabeza que lo aturdió unos segundos.
Escuchó que le llamaban, esa maldita y empalagosa voz. Entreabrió los ojos tratando de enfocarlo y ahí le vio, esa cara preocupada toda llena de culpa, casi como si fuese a romper en llanto en cualquier momento. Cerró uno de sus ojos mientras un quejido de dolor se escapó involuntariamente al tratar de reincorporarse, fallando en el primer intento.
— ¡Kanda, Kanda! ¿Estás bien?
Cuando recuperó la consciencia, el menor ya estaba a su lado con rodillas al suelo. No le respondió, sólo lo vio unos instantes mientras chasqueaba con fastidio y rodaba sus ojos a ningún punto en específico. ¡Maldito Brote de Habas! ¿Cómo podía estar tan vigoroso repartiendo golpes y poner esa cara de arrepentimiento con tanta facilidad? Era increíble como el imbécil cambiaba de expresión de un segundo a otro. Era lo que más odiaba, que ese mocoso le dedicara sus lágrimas a cualquiera, que se sintiera culpable por la más mínima cosa, que amara más a los Akumas que a sí mismo, que se antepusiera a todo.
Lo odiaba, odiaba a Allen Walker…
—Déjame ayudarte…—le escuchó decir mientras le tomaba por el brazo.
Le dio un manotazo al tiempo que le lanzaba una mirada llena furia. ¿Quién demonios le pidió ayuda? Intentando conservar algo de su orgullo para levantarse por cuenta propia, lo volvió a ignorar cuando le vio encogerse. Una vez se sintió aliviado, se reincorporó y sin dirigirle palabra se encaminó al camarote. Lo mejor era meditar un poco y organizar sus pensamientos, no podía permitirse volver a perder un encuentro por un descuido tan injustificado.
— ¡Kanda…!—Le gritó mientras se paraba tras de él.
Ya se estaba exasperando. ¿Por qué carajos no le dejaba en paz de una buena vez? ¿Acaso el enano masoquista quería más? Se volvió a él con la intención de darle un puñetazo, uno bien fuerte que le dejara inconsciente algunos días con mucha suerte, pero se quedó inmóvil. Sin pensarlo, tomó bruscamente al inglés por la muñeca arrastrándolo al camarote. Ni siquiera le prestó a tención al hecho de que estaban siendo observados, pero en ese punto ya le daba igual.
Había perdido la cabeza, definitivamente el encierro lo estaba volviendo loco. Ese niño hacía que hiciera las cosas más impensables. Se llevó la mano a la frente en un gesto lleno de frustración. ¿Por qué había hecho eso? Intentaba en vano justificar sus acciones sin encontrar algo coherente que su mente pudiera procesar pues sabía que no había explicación por más que la buscara en sus pensamientos.
En otras ocasiones, no hubiera hecho algo por el estilo. Se hubiera encerrado sin importarle nada y quién se atreviera a impedírselo lo mandaría al diablo de una estocada, todos sabían eso. Por eso nadie (o casi nadie) era tan idiota como para interponerse entre el samurái y su destino. Pero ahora, se encontraba allí con el pequeño imbécil a solas en la habitación. Suspiró cansinamente dirigiendo su mirada al menor que se encontraba sentado en su cama hipando para contener el llanto mientras ocultaba sus ojos con algunos mechones blancos. Terminó recuperando la compostura al escuchar los primeros sollozos.
— ¿Se puede saber que jodidos te pasa?
—Kan-da y-yo lo siento—dijo sin mirarle
— ¡¿Por qué te disculpas?!—gritó haciendo exaltar al menor— Si lo haces por lo que acaba de pasar, juro que te parto a la mitad.
¿De qué demonios se excusaba? Estaban peleando como siempre lo hacían. ¿De dónde diablos había sacado el imbécil ese deje de culpa?, ¿desde cuándo se sentía mal por infringirle alguna herida? Si peleaba con el Moyashi era porque disfrutaba hacerlo, los golpes eran parte de la diversión (aunque disfrutaba más darlos que recibirlos) y sabía que el niño tenía sus técnicas sino, no sería interesante. Claro que quería hacerle daño, pero por mérito. Si resultó lastimado, fue por descuido propio.
—Kanda…—le llamó el albino en tono quedo, pero le ignoró dirigiéndose a su cama, acostándose y dándole la espalda—no quería…
—Cállate…
—Pero...
— ¡Que te calles, maldita sea!—regularizó su tono y prosiguió—Quiero dormir…
No tenía sueño. Pero fue lo único que se le ocurrió para que el maldito mocoso no siguiera atosigándolo, esperaba que con eso se hubiera tranquilizado. Por lo menos ya no estaba llorando, en realidad no le escuchaba hacer nada. Solo sentía que le veía insistentemente, podía sentir la mirada plateada clavada en su espalda. Era incómodo.
Le sintió removerse en su cama. Al parecer el enano decidió tomar una siesta. ¡Qué tontería!, no debería importarle lo que hiciera el otro. Frunció el ceño revolviéndose, buscando una posición confortable. Al final, el japonés resolvió hacer lo mismo, de todas formas no tendrían nada que hacer durante las próximas dos horas que sería la hora de cenar.
Abrió los ojos cansinamente, la siesta le había sentado mejor de lo que esperaba a pesar de que tenía la certeza de no haber dormido durante mucho tiempo. Se incorporó lentamente hasta quedar sentado mientras apoyaba los codos en sus rodillas. Rodó los ojos con fastidio al notar que en la cama de al lado estaba el inglés durmiendo profundamente. Lo observó unos minutos pues ya sabía que el albino pasaba gran parte de la noche en vela.
No había querido darle importancia, a fin de cuentas, no era su problema. Pero no podía evitar que la curiosidad le hiciera preguntarse algunas cosas y es que el desvelo del chico, no era normal. Le sentía dejar la habitación en las noches y volver varias horas después. ¿Qué podía hacer ese idiota durante tanto tiempo?, era claro que no entrenaba porque no escuchaba nada que le indicara eso. Resopló dejando caer sus párpados sobre el dorso de sus manos entrelazadas.
Era obvio que sufría de insomnio; uno muy fuerte, sus ojeras lo delataban y aunque se reprendiera por tener tal conocimiento, sabía que eso no era reciente. En la Orden se lo topó a altas horas de la noche en varias ocasiones, había decidido ignorar el asunto pero ahora la inquietud volvía con más fuerza. Allá había más cosas qué hacer, aunque eso era precisamente lo extraño. El menor no hacía nada aparte de pararse como idiota frente a los ventanales mientras llevaba la mano de su Inocencia a la marca de su maldición.
En algunas de esas tantas ocasiones que le vio, se quedó unos instantes, pero éste sólo tenía una mirada ausente hacia las afueras. Ni siquiera sabe porqué hizo algo cómo eso, no tenía razones para querer descifrar lo que pasaba por la cabeza del niñito en esos momentos y por más que lo analizara, esa mirada reflejada en el cristal no daba indicios de nada. Siempre era igual, se terminaba retirando con la duda creciendo en él al encontrarse con eso, con "nada".
Allen nunca se percató de su presencia. Así fue siempre que le encontraba en ese estado a medianoche. Lo que un principio le extrañó, comenzó a intranquilizarle al punto de hacerle perder el poco sueño que se esforzaba en mantener. Y sin darse cuenta, comenzó a usar cualquier pretexto para verificar si ese día también se encontraba al mocoso en esa inusual actitud. No tardó mucho en darse cuenta de lo que hacía y reprendiéndose se obligó a dejar de buscarle lo que le costó más de lo que hubiera querido admitir. Se había hecho una fuerte costumbre.
Tuvo que ignorarle. Por inmadura que pareciera esa actitud, era lo mejor que podía hacer si quería conservar su postura. Eso sería más digno de Yû Kanda que preguntarle al aludido por sus desvelos. Creyó que todo pasaría por alto y en menos de lo que pensara, el asunto estaría olvidado, pero el mocoso en ocasiones era increíblemente perceptivo con cosas tan triviales que incluso le sorprendió un poco que Allen notara que le estaba evitando. El enano había comenzado a reprimirse más de la cuenta y no le respondía con el mismo ímpetu en las cortantes y nada cordiales respuestas.
Abrió los ojos teniendo como primera imagen a un Moyashi dormido. La luz de la luna se posaba débilmente dejando apenas visible su relajado rostro con un ligero rastro seco de lágrimas en sus mejillas. ¡Patético!, era tan patético llorar por esa estupidez, pero de todas formas no podía entender a ese niño del todo, era tan complicadamente estúpido que le dolía. Le escuchó soltar un quejido de disconformidad y casi inconscientemente chasqueó al entender la razón. ¡Claro! si el maldito Golem estaba dormitando a su lado, rozándole la cara con la cola de vez en cuando.
Se levantó dirigiéndose a la única ventana de la habitación y se apoyó en el borde con uno de sus antebrazos. El mar se veía negro, pero contrastaba con la luna llena que brillaba en todo su esplendor. Sin duda era una noche pacífica, una como hacía mucho no la disfrutaba.
—Nhg… ¿Kanda…?
Le miró de reojo y volvió a concentrarse en el exterior. Sintió algo aletear y posarse a su lado, el jodido golem amarillo estaba mirando con una actitud parecida a la curiosidad. ¡Cómo si pudiera! Chasqueó nuevamente, odiaba esa maldita esfera fastidiosa, pero eso no era algo que le robaría sus pocos instantes de paz y llegando a esa resolución, prefirió ignorarla.
—Tim, no molestes. Vamos a caminar—dijo mientras se incorporaba.
— ¡Tsk! Deja de hacer eso.
— ¿Hacer qué?—preguntó parpadeando con confusión.
— Comportarte como el maldito mártir que eres.
—Perdóname por ser considerado.
—Nadie pidió tu consideración.
—Igual no me quedaré donde obviamente estoy incomodando
—Haz lo que te dé la gana enano.
— ¡Es Allen! —Escuchó como el albino se dirigía a la salida cerrando la puerta tras de sí.
— Tsk, estúpido Moyashi
Se removió bajo las sabanas dejando escapar algunos quejidos al tiempo que descubría sus ojos opacados por el cansancio y las grandes ojeras enmarcando la fatídica noche experimentada. Alzó la vista a la ventana notando que aún era temprano, volvió a taparse hasta la cabeza intentando conciliar el sueño que se había esfumado. A pesar de que tenía rato despierto, carecía de ánimos para levantarse ese día, el agotamiento le retenía como si un gran peso llevase a su espalda y en su situación, es una repercusión normal de sus desvelos diarios.
Era difícil. Dolía, dolía mucho su ojo. Los lamentos eran incontrolables y cada vez más audibles. "Un poco más, solo espera un poco más por favor",intentaba acallarles, pero se negaban a complacerlo. Frustrante, era tan frustrante que le carcomía por dentro y lo peor es que no sabía cuánto tiempo más estaría así. Se giró una vez en la cama intentando encontrar una comodidad que sabía que no había. Suspiró con resignación, intentando reunir la fuerza de voluntad suficiente para soportar lo que fuese necesario y continuar su camino.
Timcanpy que apenas se despertaba, se restregó contra la mejilla del albino sacándole algunas risas. Por lo menos su humor había mejorado gracias a su pequeño amigo, sino se sentiría solo y es que el samurái no era alguien al cual llamar "buena compañía" precisamente. Suspiró cansinamente mientras jugaba estirando la esfera dorada hasta deformarla, cosa que al parecer no le molestaba.
"¡Maldito Bakanda!". Resoplaba infantilmente. Desde aquel día lo había ignorado más que de costumbre, había tenido la estúpida esperanza de volverse a acercar aunque sea un poco al samurái pero al parecer todo iba en retroceso. En varias ocasiones le había preguntado si estaba molesto por lo ocurrido, pero el malnacido siempre terminaba respondiéndole que era tan insignificante que ni siquiera ese tipo de atención merecía. Hizo un mohín. Era una excusa tonta, él sabía que había algo distinto en el oriental porque ya no lo molestaba con alguno de sus comentarios burlescos y no le llamaba tan seguido por ese molesto apodo (tampoco Allen), pero era extraño…
No quería admitirlo pero realmente se sentía distanciado de Kanda, mucho más que antes cuando sólo podían hablar a puños cerrados. Debía ser un verdadero masoquista para preferir ese tipo de trato del japonés que su indiferencia, le inquietaba y no entendía el porqué. Era molesto. No era nadie para discutir el tema y no había nada que le ligara de alguna manera a su compañero exorcista. Río por lo bajo. ¡Vaya!, ahora estaba incluso más deprimido que antes.
—Parezco idiota.
—Pensé que hace rato lo habías notado.
Se incorporó un poco hasta quedar apoyado en sus codos, dirigiendo la mirada a la entrada de la habitación. Ahí estaba Kanda sin camisa y con una toalla secando sus cabellos, seguía mirándole con la indiferencia de siempre. ¿Desde cuándo estaba ahí? ¿Cuánto había escuchado?. No pudo evitar sonrojarse ya que eso debió haberle parecido muy extraño al otro.
—Idiota, estabas pensando en voz alta.
Estaba avergonzado de sí mismo por ser tan transparente cuando se trataba de esa persona. Apenas y aceptaba que el idiota cabello de nena le era menos indiferente que el resto de sus amigos a pesar de que no entendiera el motivo. Le gustaba relacionarse con las personas aunque no tan íntimamente, se sentía amenazado de alguna forma cuando invadían su espacio personal, pero con él era tan distinto… No había manera de esconder lo que guardaba su ser a Kanda. Quizás el japonés era muy intuitivo, digno de un guerrero de su categoría o sencillamente él era muy frágil. Tal vez era un poco de las dos.
—No es tu problema—dijo al momento que se recostaba cubriéndose nuevamente, huyendo.
Ahora estaba bien despierto a causa de la vergüenza y sólo se escondía para evitar que el otro notara que sus mejillas estaban coloradas, aunque conociéndole, probablemente no lo notaría ya que ni siquiera se había tomado la molestia en mirarle.
— ¿Qué te pasa, Moyashi?—Se sorprendió. ¿Acaso escuchó bien? ¿El amargado asocial le estaba preguntando qué le pasaba? Resopló con frustración. En definitiva, era demasiado cristalino cuando se trataba de ese idiota.
— ¿Por qué lo dices? —preguntó con suavidad.
—Porque andas de vago.
— ¡No estoy de vago! Sólo no me apetece levantarme—replicó inflando sus mejillas—. ¡Y es Allen, retardado!
— ¡Tsk! Lo que sea.
Le vio acomodarse recostándose en el espaldar de su cama, quedando frente a su vista que apenas se asomaba entre algunas hebras blancas. Kanda tomó un libro que había guardado en uno de los gabinetes de la mesa de noche y se dispuso a leer sin prestarle más atención. Su cabello aún estaba húmedo, lo había dejado suelto resaltando entre las prendas blancas de su camisa entreabierta y las sábanas. Realmente se veía bien el imbécil ese.
Al parecer había entrenado antes del alba. Lo había visto en ocasiones salir de madrugada. Era imposible ignorar ese hecho ya que casi siempre era después de que volvía, justo cuando su ojo decidía dejarle en paz. En la mayoría de las ocasiones, le costaba conciliar el sueño y aún estaba despierto cuando el pelinegro se levantaba, cambiaba las prendas y abandonaba la habitación.
Suspiró mientras cerraba los ojos. Estaba tan cansado que no quería irse a pesar de lo incómodo que se sentía con la compañía del otro. Tampoco era como si estuviera molestando aunque era Kanda después de todo, no había nada que no le molestara a ese ser. Volvió a removerse dándole la espalda al oriental mientras Timcanpy hacía un esfuerzo sobrehumano para acomodarse entre sus cabellos y se entretenía mordiendo algunos de estos.
—Lecha tibia con miel.
Se volteó repentinamente mirando a su compañero con sorpresa a pesar de que este seguía enfocado en su libro. Incluso su golem cayó en la cama revotando un par de veces mirándole con curiosidad por lo repentino del movimiento.
— ¿Eh…? — fue lo único inteligente que se le ocurrió decir dándose tiempo en procesar la información recibida.
—La leche tibia con miel es buena para el insomnio—explicó mientras pasaba la página con indiferencia.
¿Desde cuándo sabía que tenía problemas para dormir? ¿Se había dado cuenta del problema con su ojo? Tan sumergido en esas interrogantes que no notó que Kanda se había incorporado apoyando su barbilla entre sus manos entrelazadas, mirándole fijamente. Se mordió el labio inferior con nerviosismo, sentía una tensión inusual.
— ¡Tsk! ¿Qué tanto piensas?
Dio un respingo al sentir la voz de Kanda tan cerca y giró su rostro para verle. No se había enterado que ahora el oriental tenía toda su atención puesta en él. Se sonrojó nuevamente, sintiéndose estúpido por su falta de reacción para con ese tema, aunque después de todo era normal, era la primera vez que alguien le mencionaba algo al respecto. Kanda lo había notado, después de todo, no puede engañarle fácilmente, no a él.
—Mi sueño no es tan pesado como el tuyo. Es normal que me diera cuenta—respondió con naturalidad sin apartar la vista.
¡Maldita sea!, volvía a leerle. Aún le parecía increíble como ese idiota era capaz de con solo una escasa mirada, interpretar todo lo que pensaba. Comenzaba a sospechar seriamente que tenía algunas habilidades ocultas.
—No es tan sencillo—susurró mientras desviaba su mirada a la nada y apretaba fuertemente las sabanas.
Ninguno volvió a mencionar palabras. El silencio se extendió durante varios minutos más, poniendo el ambiente tenso. Allen seguía con la vista perdida entre sus blancas sábanas, le escuchaba mascullar algunas maldiciones o eso creía, no entendía su idioma pero por el tono, eso parecía. No se movía de su posición, comenzaba a inquietarle y mucho. Luego de varios minutos, Kanda se levantó a cambiarse su ropa casual a su traje de exorcista para después salir dejándole a solas.
Tomó a Tim entre sus brazos aprisionándolo contra su pecho. No sabía que había sido eso, en verdad le sorprendió que el japonés supiera de su problema para dormir y más aún que intentara darle una solución. Eso era ¿no? También podía ser que simplemente sea para no molestarlo cuando abandonaba la habitación en las noches. Suspiró decepcionado ante la segunda opción.
Dejó escapar un ligero quejido, uno casi inaudible. Comprobó que aún faltaba para la media noche y gruñó. Ese sería otro de esos días en los que tampoco podría dormir con tranquilidad. Un poco más en esa situación y terminaría volviéndose loco. Llevó la mano de su Inocencia a su descontrolado ojo e incorporándose lentamente para salir sin hacer ruido y no molestar a su compañero.
Salió del camarote con la brisa marina golpeándole de improvisto el rostro y obligándole a cerrar su otro ojo. Quería evitar dar explicaciones, por eso se iba a lugares poco transitados en la Orden, pero en el barco eso era un problema ya que el espacio era muy reducido. No obstante, había encontrado la manera de pasar desapercibido y como las noches anteriores en su viaje, alzó la mirada a los mástiles e invocando su Crown Belt se fue hasta donde debería estar el vigía.
Acomodándose en la superficie de madera y observando el oscuro horizonte, esperaba que su dolor mermara por sí mismo—Por favor, sólo un poco más— musitaba al tiempo que una lágrima carmesí rodaba tiñendo su mejilla izquierda.
Abrió sus ojos mientras se volteaba en la cama intentando encontrar una mejor posición para dormirse nuevamente pero por inercia paseó rápidamente la vista por la cama contigua notando que el enano no estaba allí. Chasqueó con fastidio, al parecer hoy el chiquillo también tenía ataques de insomnio.
Repentinamente, sintió sed y se incorporó con la intención de saciarla. Al llegar a la cocina, se extrañó al encontrarla vacía. Se imaginaba que el inglés se encontraba allí, perdiendo el tiempo comiendo ya que siempre tenía hambre, tampoco le había visto en la cubierta. No había ninguna otra parte del barco en donde pudiese estar tranquilamente, a no ser que tenga una aventura con alguno de los pasajeros. Apretó con fuerza sus puños sin entender el motivo, lo que haga el adolescente no debería importarle.
Se dirigía con notoria molestia de regreso a su habitación pero se detuvo al notar unas manchas en las cuales no había reparado anteriormente. Se agachó comprobando lo que eran: sangre, quizás el imbécil se hirió y anduviera llorando por ahí. Chasqueó. Iba a retirarse pasando por alto eso pero sintió una calidez deslizándose por su mejilla. Extrañado la frotó comprobando que lo que yacía en el piso caía del cielo. "¿Qué diablos está pasando?" preguntó siguiendo la dirección de donde provenía el líquido.
Abrió sus ojos con sorpresa. El Moyashi estaba en lo más alto del barco viendo a la nada. ¿Será posible que el pequeño imbécil se haya lastimado y no haya tenido la delicadeza de atenderse? En realidad esa posibilidad no le extrañaba, ese niño era tan descuidado consigo mismo que era capaz de desangrarse y ni por enterado se daba.
Sin pensarlo demasiado, comenzó a escalar los maderos ayudado por las cuerdas que sostenían las velas, tratando de aferrarse lo mejor que podía. La brisa lo mecía insistentemente pero no supuso problema. Ahí lo que realmente importaba era la irritación que le invadía. Llegó dispuesto a verificar inmediatamente la situación y mandar a dormir al muchachito de una puta vez, con un golpe o lo que fuese necesario. No se había percatado de su presencia a pesar de la cercanía. Era increíble que hubiera bajado tanto la guardia como para no notar que ya no estaba solo.
—Mo… —las palabras quedaron ahogadas en su garganta al escuchar al otro.
—Por favor…— decía Allen entre sollozos—Sólo un poco más…
El pequeño imbécil estaba llorando. ¿Y ahora qué carajos le pasaba? ¿Con quién diablos hablaba? la duda e intranquilidad invadían incómodamente su cuerpo. Siempre que padecía de insomnio, ¿pasaba esto? No podía evitar que la incertidumbre se apoderara de él, ya le valía mierda lo que el Moyashi pensara de su actitud, quería respuestas y las quería ya. Le exigiría una explicación convincente pero Allen se había vuelto a mover llevando sus manos a las orejas mientras se dejaba caer de rodillas en la superficie de madera.
—Por favor, dame un poco más de tiempo—suplicó haciendo más audible su llanto—. Espera, por favor. Yo sigo caminando, espera y en poco daré paz a tu alma.
Parpadeó confundido un par de veces. ¿Hablaba con las almas que ve su ojo maldito? ¿Por qué nadie sabía de esto? El niño se había encargado de ocultar bien ese problema. ¡Pero qué imbécil!, ese mártir no tenía remedio después de todo.
Le volvió a mirar notando que la sangre goteaba de su rostro haciendo que se sorprendiera. Se acercó un poco dubitativo y frustrado de alguna manera porque el menor no lo había notado a esas alturas y no sabía cómo actuar. Por increíble que pareciera, Yû Kanda no sabía qué hacer. Intentó volverle a llamar pero el grito del menor se lo impidió haciéndole retroceder un paso.
— ¡Cállate por favor!
Le vio colocarse en posición fetal a la vez que el flujo de lágrimas había aumentado considerablemente. La situación comenzaba a desesperarle, no se lo aguantaría más. Pasara lo que pasara, ese día entendería las cosas y al fin conocería el motivo de sus anteriores e injustificados desvelos observando al pequeño idiota.
— ¡Oí, Moyashi!—Se agachó a su altura y esperó unos instantes sin obtener respuesta. El inglés solo seguía llorando sin reparar en él — Moyashi, ¿qué jodidos te pasa?—le tomó por el hombro volteándolo para que le viera.
Se sorprendió tanto que tuvo que usar su mano para apoyarse contra el piso y no caer. Su ojo maldito estaba tan inflamado que parecía que fuera a salirse de su cuenca. Esa asquerosa pupila conformada por varios aros rojos se movía a todos lados, como si buscara algo. Era repulsivo, tuvo que reprimir arcadas de asco, pero lo que terminó de impactarle fue la sangre provenía de eso. Recuperó rápidamente la compostura e intentó hablarle pero el menor estaba en un trance. Su otro ojo; el normal, estaba abierto pero sin ninguna señal de vida o lucidez. Le volvió a llamar, Allen en ese momento estaba muy lejos de allí.
— ¡Moyashi!
Las gotas escarlatas no se detenían y el muchacho no parecía tener intenciones de reaccionar. ¿Qué debería hacer? Tenía una expresión de agonía, podría decir que hasta ahora era la más dolorosa que había visto en esa afeminada cara. Siguió llamándole y rindiéndose ante su conocida falta de paciencia, le zarandeó un par de veces intentando traerlo en sí. Lo logró, al fin pudo ver ese peculiar brillo que tanto le caracterizaba en su ojo derecho, el maldito seguía en las mismas condiciones, removiéndose repugnantemente.
— ¿Kanda…? —le llamó en tono apenas audible pero su rostro pasó del letargo al horror. De un brusco movimiento, el menor se levantó cubriéndose su ojo con la mano de su inocencia — ¡NO LO VEAS!—exclamó intentado alejarse.
Le vio tambalearse, efectivamente no tenía energías. Si seguía así unos instantes más, se caería de la superficie y posiblemente ni tiempo de reaccionar tendría a causar del dolor. Kanda en un intento de detenerle lo tomó de los brazos con más fuerza de la necesaria atrayéndolo a su cuerpo. En una situación normal, el menor hubiera puesto algo de resistencia, seguirían de pie y tal vez peleando e insultándose como siempre, pero esto no era una situación normal, el chico no opuso resistencia alguna, no podía y el resultado era evidente.
Parpadeó un par de veces recuperándose del leve golpe recibido en su cabeza y lo primero que pudo enfocar fue una cabellera blanca. Allen había caído sobre él quedando en una posición ridículamente comprometedora. Seguía sollozando aunque esta vez estaba consciente, cosa que extrañamente le calmó un poco.
— ¡Tranquilízate, imbécil! No lo veré, solo quédate quieto.
El inglés se aferró a la camisa del oriental enterrando la cara en su pecho al tiempo que incrementaba el flujo de lágrimas rojas manchando las prendas que ambos llevaban puestas. Lloraba desconsolada pero silenciosamente. En un intento de empatía (que ni el mismo se creía), Kanda lo rodeó con sus brazos acariciándole la espalda con algo de brusquedad, la verdad no le importaba. Era la primera vez que tenía ese tipo de contacto amable, eso era algo nuevo para él, por ende no sabía cómo transmitir algunas cosas. Tan sólo esperaba que el otro fuese lo suficientemente prudente y callara.
A pesar de la falta de delicadeza de su tacto, Allen pareció entender o por lo menos eso creyó Kanda al notar que este se había relajado. Aún seguía aferrado a su camisa como si su vida dependiera de ello, pero ejercía menos presión en sus puños en comparación a momentos antes. Seguía llorando pero se le escuchaba más tranquilo. Intentó levantarle la cara pero se negó enterrándola de nuevo en su pecho. No entendía qué pasaba y lo que menos entendía era el porqué se aislaba en esta situación teniendo tantas personas a su alrededor.
— ¿Qué es eso mocoso?—se aventuró a preguntar.
Se quedó esperando una respuesta, pero el albino permaneció inmóvil. Suspiró resignado, era jodidamente terco cuando de guardarse las cosas se trataba. Levantó la mirada y se quedó observando la noche iluminada por un mar de estrellas, las contempló lo más que pudo, ese panorama le había relajado en demasía, tanto que no se había dado cuenta que escondía sus dedos entre los blancos cabellos del menor. Sintió al otro suspirar profundamente sacándolo de su ensimismamiento, sin embargo, no dejó de hacerlo porque lo había tranquilizado y quizás con eso podría dormirse.
—Este es mi pecado, Bakanda…
Le miró con gesto confundido, pero esa confusión comenzaba a transformarse en rabia. Ese pequeño imbécil. ¿Se aguantaba todo por lo que pasó con su padre adoptivo? Era normal que alguien que se quedaba solo y desamparado en el mundo a tan corta edad fuera fácilmente manipulado por el Conde. ¿Cuándo carajos pensaba superar eso? Resopló dando paso a una expresión de enfado.
— ¿Por qué no has hablado con Komui?— le preguntó Kanda intentando parecer lo más indiferente posible aunque estaba lejos de estarlo.
—No es necesario—arqueo una ceja. Realmente es un masoquista el jodido enano, sin embargo no pudo seguir pensando mucho porque continuó—. Cuando libere almas se calmará un tiempo. Sólo tengo que esperar.
— Tsk— era cierto que el niño tenía mucho tiempo sin cazar Akumas. Ahora entendía un poco la situación—. Tu insomnio se debe a tu ojo, ¿cierto?
Allen al fin había levantado la cabeza, su ojo se había calmado. Se quedó mirando a Kanda sin decir palabra y luego le sonrió. Esa sonrisa le sacó un poco de balance. Era sincera, cálida, algo que jamás pensó llegar a ver en el rostro del menor. No había motivos para que le otorgara esos gestos precisamente a alguien tan detestable como él. Se sentía raro, o se estaba enfermando o sencillamente la estupidez del otro se le estaba contagiando.
Se permitió observarlo durante unos instantes sin limitarse y por inercia, llevó su mano al rostro del menor limpiando el rastro de esas dolorosas lágrimas rojas que opacaban sus delicadas facciones. Siempre pensó que era tan distinto, totalmente lo opuesto y que jamás podrían compartir absolutamente nada. Por alguna razón que desconocida, en más de una ocasión llegó a pensar que la sangre no le hacía resaltar,no como a él.
Tonterías. ¿Cómo puede pensar en ese tipo de cosas?
Siguió limpiando. No le gustaba el aspecto del enano al volver de las misiones difíciles, de hecho le irritaba mucho verlo con ese escandaloso color encima y la sonrisa estúpida apagada por el mismo, definitivamente no contrastaba con su apariencia y aptitud. Hasta ahora comenzaba a entender el porqué le molestaba verle así.
Volvió en sí al sentir una mirada curiosa, Allen le veía extrañado y solo ahí se dio cuenta de que aún seguía con su mano en la mejilla izquierda del albino sin hacer nada. Fingió seguir limpiando, no quería dar explicaciones y aunque las pidiera no las daría. Se extrañó cuando le vio cerrar los ojos con expresión relajada y apoyar la cara contra su mano, se lo permitió sin objetar nada; de hecho no quería, por el contrario reforzó el contacto paseando su dedo libre haciendo ligeros círculos con aire ausente.
— ¿Está mejor?— preguntó mientras que con el pulgar delineaba esa marca comenzando desde el pentágono.
—Sí—respondió quedamente mientras asentía—. No creo que vuelva a molestarme por hoy.
El peliblanco intentaba levantarse, pero los brazos le temblaban haciéndole caer un par de veces sobre donde estaba recostado. Su debilidad a causa de tantos desvelos se comenzaba a notar. Kanda se fastidió de los intentos inútiles de Allen y lo colocó a su lado mientras chasqueaba.
—No hay prisa.
Allen parpadeo dos veces confundido por la actitud tan amable del mayor y siguió la dirección de su mirada recostándose de lleno en la madera. Abrió sus plateados ojos al encontrarse con la gran cantidad de estrellas que cubrían el cielo. Maravillado era una palabra que ni siquiera se acercaba a todas las emociones que se aglomeraban dentro de él, tanto tiempo desvelándose y no había visto algo igual.
El silencio se extendió durante mucho tiempo, el japonés no sabía cuánto pero raramente no le molestaba, se sentía bien. Era tan extraño que no le enfadara la cercanía del menor, incluso le permitió acercarse más cuando buscaba calor. Estaba titiritando de frío y era normal a esa altura, el viento soplaba fuertemente y si hubieran estado de pie posiblemente habrían tenido problemas.
Escuchó al otro soltar un profundo suspiro y viéndole de reojo confirmó que se había dormido. Con mucho cuidado y sosteniendo al albino con un brazo se balanceó a las cuerdas deslizándose hasta quedar cerca del suelo y saltar. El chico en sus brazos soltó un quejido de protesta pero se volvió a acomodar removiéndose en su pecho. Kanda fortaleció el agarre con ambos brazos y se dirigió a la habitación.
Depositó a Allen suavemente en su cama y le observó unos segundos. Chasqueó con fastidio al notar que sus camisas seguían manchadas. Se dispuso a buscar un cambio para el menor y con toda la calma, intentando no despertarle, hizo su labor. Era tan fastidioso hacer esas cosas aunque tampoco lo había hecho antes; y más que el enano no se quedaba quieto. Le pareció más agotador eso que lo anterior.
Igual que una hace una semana, la luna se había colado por la ventana iluminando el rostro del albino. De no ser porque aun llevaba rastros secos de su sangre, pareciera que fuera la misma escena. Tal como ese día, parecía estar durmiendo plácidamente como no lo había hecho en mucho tiempo. Le escuchó removerse en su cama mientras ladeaba el rostro dejando los labios entreabiertos al tiempo que respiraba pausadamente.
Se acercó sentándose al lado de Allen y sacando un pañuelo lo humedeció un poco con su lengua procediendo a quitar las manchas que opacaban su palidez, el chico fruncía el ceño de vez en cuando, pero se negaba a despertar. Terminó con ello mirándole aún, en definitiva a un niño no le luce la sangre. Apoyó los codos en sus rodillas y cerró sus ojos.
El silencio reinaba apaciblemente siendo interrumpido por algunos golpes de las olas contra el barco, era una melodía encantadora para el samurái. Salió de su ensimismamiento al escuchar al albino relamerse escandalosamente los labios para luego suspirar profundamente y quedarse quieto.
No sabía que había pasado o quizás no quería pensar mucho en ello, no en ese momento que no se sentía él mismo. Ya se tomaría el tiempo de meditar detenidamente las cosas y encontrarle una lógica. Ciertamente lo que había acontecido ese día cambió su perspectiva o simplemente le hizo ver lo que había intentado ignorar con todas sus fuerzas.
Viró la mirada encontrándose otra vez con el rostro sosegado del inglés, iluminado sublimemente. Ahora que este dormía, aprovechó en delinear sus facciones comenzando desde el pentagrama que nacía en su frente y terminaba a media mejilla, continuó el recorrido hasta rozar solo con la punta de sus dedos sus labios, sus resecos y extrañamente suaves labios. Resopló molesto, incorporándose con cuidado. No era el momento para esas cosas, debía mantenerse a sí mismo en su fría e inmutable posición, las ambigüedades no existen en el vocabulario de Yû Kanda. Tenía que salirse de esta situación antes de que se tornara realmente problemática.
Le volvió a escuchar suspirar sacándolo por completo de sus pensamientos. Él no era así, sus necesidades se basaban en lo que vivía a diario y emociones tales como al inquietud, curiosidad y ansiedad eran cosas desconocidas hasta que llegó cierto enano. Curiosidad, ¡qué ironía!, se supone que lo que le pase al Moyashi no era su problema y en realidad lo que le pase a cualquiera, eso nunca antes le había importado.
La curiosidad volvió a él, sólo que en ese momento se presentó de una forma bastante extraña, más que eso ya era una necesidad. Necesitaba saber si era normal tener esos impulsos repentinos, impulsos que desahogaba en sus peleas.
Volvió a esos pensamientos mientras le observaba intensamente. No supo cuanto pasó ni cómo sucedió, pero al volver en sí tenía aprisionado los labios de Allen en un delicado y superficial beso. Se sorprendió de sus acciones pero no se reprimió ya era irreversible lo que había hecho. Terminó aceptando su mal y se rindió ante la sensación del contacto. Mientras el tiempo pasaba, posaba su mano sobre la mejilla izquierda, afianzando el contacto a pesar de que el otro solo siguiera dormido. Sabía que eso era algo que deseaba, sólo que hasta ese día lo reconocía y en vista de la irónica vida que lo había colocado en esa circunstancia tan jodidamente absurda, se permitió obtener lo más que podía de esa experiencia. Degustó más de esos suaves labios, delineándolos sutilmente con su lengua como si esperara algo del peliblanco, pero no sucedió.
Decepcionado, terminó separándose sin dejar de verle y decidió apartarse cuidadosamente a su cama antes de cometer otra tontería.
—Kan-da…
Se quedó petrificado. ¿Acaso se dio cuenta de lo que hizo? Debía preparar una buena excusa o en el peor de los casos, tendría que lanzar al Moyashi por la borda con tal de conservar su reputación. Se giró lentamente intentando imponerse con su aura pero sólo le vio durmiendo como hace unos momentos atrás. Sonrió con ironía. Sería extraño que estuviera soñando con una persona tan desagradable como él.
Se dejó caer pesadamente sobre su cama viendo por unos instantes al techo mientras pasaba imágenes de lo vivido. Se giró viendo al inglés el cual tenía una estúpida sonrisa. Arqueó una ceja de manera interrogante. ¿Qué clase de sueño podría estar teniendo el mocoso? Seguramente era uno bien tonto y es que, ¿en qué cabeza cabe que las palabras 'Kanda' y 'sonrisa'encajan en el mismo contexto? ¡Eso no podía tener ningún tipo de relación o sentido! De todas formas, nada de lo que pensara el menor tenía sentido para él.
Sin más, dejó caer los párpados sobre sus ojos para caer ante el hechizo de Morpheo teniendo cómo última imagen a un estúpido Moyashi sonriéndole enternecidamente. No sabía con quién soñaba, pero no le importaba mientras él fuera único viéndole.
Notas finales:
Espero que haya sido de su agrado y me dejen sus comentarios… aún no me acostumbro a esta página pero haré lo posible por actualizar rápido y subir mi otro fic una vez lo edite porque no estoy conforme con mi inicial escritura, sin embargo mantendrá la misma esencia.
Gracias a laynad3 por tu review, me emocioné mucho con lo que leí. Usualmente los prólogos no son tan interesantes y el obtener ese tipo de comentarios en el primer capi fue gratificante espero cumplir con tus expectativas en el segundo...:)
