Hasta los huesos

2: Visitando a un príncipe

-¡Entrégame la varita!

Marco esquivó una pinza roja que le era muy conocida, y le dio una patada a la langosta. Ya había tenido la varita en sus manos, y no quería ver de lo que era capaz el monstruo crustáceo. Dejó atrás al monstruo y fue al de por dos cabezas, mientras Star lanzaba sus cupcakes de cristal venenosos al monstruo-gallina.

-¡Ludo! ¡Ven a por ella, chico rudo!

Una palma conectó con su espalda, y Marco salió volando por los aires. Y fue por eso, porque estaba por sobre el nivel del suelo, que pudo captar algo extraño a la distancia.

Un destello de rosa con cuernos.

El desconcierto le duró lo que le duró el impulso antes de llegar a cero, tras lo cual comenzó a caer, y de nuevo hacia las garras de los monstruos. Cayó de pie sobre lo que parecía ser el tallo de una margarita, haciendo que se cayese sobre otro monstruo azul, y vio que Star tenía a Ludo controlado. Demasiado controlado.

-¡Retirada!- dijo la pequeña criatura, rechinando los dientes. Abrió un portal y apuró a sus secuaces a entrar –Ya verás, Star Butterfly. Algún día tu varita será, ¡mía!- terminó, entrando al portal, que desapareció.

-Bien, Marco- dijo la muchacha, sonriendo –Un intento más de Ludo de… - se quedó callada por unos segundos -¿Qué sucede?

-Creo que… que vi a Tom por allá.

-¿Tom? ¿Aquí?

-Bueno… creo que dijo algo de venir por un tiempo, o algo así. ¿Recuerdas?

-¡Genial! ¡Tendremos más aventuras emocionantes!- dijo Star, sonriendo de oreja a oreja y dando saltitos en el lugar.

Marco sabía que Tom iba a causar cosas. Problemas, probablemente.

.-.

La ciudad no era, ni de lejos, una de las más grandes ni lujosas de ese planeta, pero a Tom no le importaba demasiado. Era algo temporal, algo con fecha de vencimiento, y había hecho algunas modificaciones a la suite del hotel, el del piso más alto. Era un príncipe, después de todo.

Cuando sus sirvientes terminaron de colocar su equipaje, Tom los despidió y se quedó observando la ciudad allá abajo. Un destello de magia llamó su atención, y no le sorprendió descubrir qué era. Y si es estaba sucediendo, entonces él estaba allá.

Con ella.

Acaricia el conejo, acaricia el conejo, mira qué tierno es, y cálmate.

Y, luego, ve a ver qué había pasado.

Ve a ver si ya ha sucedido.

.-.

-Marco, ¿de dónde aprendiste eso?- preguntó Star, sonriente.

-¿Eso qué?- le preguntó el muchacho, sin entender.

-Le dijiste a un monstruo una sola frase, y se fue, solito. Me hubiese gustado patearle el trasero, pero no hacía falta, y me pareció poco bonito el ir y patearle el trasero si se iba.

-¿En serio?- Marco hizo memoria de la batalla, y lo recordó. Le había dicho algo a Manos de Bola de Pinchos, algo que le salió natural en ese momento. Y Manos de Bola de Pincho se lo había quedado mirando por un segundo, y se había ido fuera de la batalla –Creo que lo recuerdo.

-¿Y cómo lo hiciste, cómo lo hiciste?

-Pues… la verdad, no sé. Fue como si supiese que era algo que iba a hacer que se fuese…

Sintió el calor antes de verlo.

Miraron hacia un lado, y vieron a Tom, con el ceño fruncido, rodeado de lo que parecía una capa de… color. Color que había que su piel pareciese algo más rosa, su pelo algo más rojo, y sus cuernos y tercer ojo parecían algo transparentes.

-¿Qué fue esta vez?- preguntó el demonio, a nadie en particular.

-Ludo y sus secuaces, pero Marco y yo les pateamos el trasero.

Tom miró a Star y luego a Marco. Su tercer ojo pestañeó (Marco pudo ver que la piel debajo del ojo también parecía estar teñida de rosa, pero el párpado no), y se acercó a ellos, con su tercer ojo sin quitarle la vista de encima al muchacho. Se acercó a él, frunciendo un poco el ceño, y levantó una mano.

Marco reaccionó de inmediato.

-¡Marco!- le dijo Star, al ver la mano de Tom en el suelo, cortada por un golpe de karate del muchacho. El demonio se aferraba la mano como si le doliese.

-¿Se puede saber, mortal, por qué has hecho eso?- sus ojos estaban comenzando a brillar, respiró hondo y recordó al conejito. Llamó a su mano para que volviese a unirse su muñeca, mirado enojado al muchacho que tenía enfrente.

-Inercia. Er… ¿lo siento?

Eso pareció apaciguar del todo a Tom.

-Da igual. Muéstrame tu mano.

-¿Qué mano?

-La que usaste para que Manos de Bola de Pincho se fuese sin dar batalla, por supuesto.

-¿Cómo sabes que…?

-Oí a Star decirlo. Ahora, muéstramela.

Marco levantó la mano, dudoso, y Tom la tomó, examinándola. La palpó de un lado y del otro, deslizó la mano hacia la muñeca, dejándola expuesta al aire frío del invierno, y Marco tembló, pero no le soltó. El demonio pareció encontrar lo que buscaba, porque se detuvo por un par de segundos y dejó caer la mano del muchacho.

-¿Y bien?- preguntó Marco.

-¿Y bien qué?- retrucó Tom, de mala gana.

-¿Qué encontraste?

-Que será mejor que vaya con ustedes por un tiempo- respondió, con voz plana –Después de todo, si voy a vivir aquí por unas semanas, podrían mostrarme dónde está todo, ¿o no?

Marco lo miró, sin tragarse la mentira ni por un segundo.

-¡Claro!- dijo Star, sonriendo –Ven, vamos Marco, mostrémosle dónde está todo. Si tienes tijeras dimensionales no habrá problemas, pero será mejor que veas esto.

Tomó a un chico en cada mano y salió disparada hacia el centro comercial más cercano.

.-.

Entre idas y venidas, terminaron la mañana en el restaurante chino donde Star había conocido las maravillas de las galletas de la suerte. Tom comía sus empanaditas al vapor con lentitud, y no parecía estar del todo allí. Marco, pese a no estar del todo cómodo, tenía hambre, así que pidió dos porciones de fideos, y estaba considerando el pedirse otra, cuando vino la camarera con una caja llena de galletas chinas de la suerte oreadas.

Star estaba radiante.

Tom la miró, sin comprender lo que sucedía, hasta que oyó a Marco hablarle.

-La primera vez que vinimos, Star conoció las galletas de la suerte, y la convencí de que predecían el futuro. Se lo creyó por el resto del día. Pidió las galletas oreadas y se las dieron, y así cada vez que venimos. Ahora nos conocen como la chica de las galletas de la fortuna y el muchacho que la acompaña.

El demonio miró al humano, curioso. No sólo le había hablado, sino que lo había hecho sin tensión, casi con amabilidad o compinchería. Dejó escapar un suspiro sin abrir la boca, y miró los platos vacíos que había en la mesa.

-Y pronto te conocerán como el chico de los fideos, si sigues comiendo así- dijo, con algo que podría llegar a ser una sonrisa.

-Los hacen ricos, y tengo hambre- los dos ojos de Tom pestañearon, el tercero lo miró fijo.

-Pues come, estás en crecimiento- respondió, de forma casi automática.

-Buena idea- dijo Marco, y llamó a la camarera para pedirle otra porción de fideos –Oye- dijo, cuando supuso que ella no les podía oír -¿Qué pasa con tu aspecto?

Tom lo miró, su tercer ojo (párpado gris, piel de abajo rosa) pestañeó despacio.

-El llamar la atención más de lo que ya la llamamos sería contraproducente, así que estoy usando un disfraz humano.

-Pues no es muy bueno. Aún puedo ver estos- el humano señaló a los costados de su propia cabeza, donde deberían estar los cuernos si él fuese Tom –y esto- se señaló la frente –El que sean algo transparentes no los hace invisibles, sabes.

-¡Marco! ¿Acaso puedes ver más allá de lo evidente?- intercedió Star, sonriendo de oreja a oreja (el muchacho pensó que, si seguía sonriendo así, se le iba a caer la parte superior de la cabeza), con los ojos brillantes y la voz llena de emoción.

-¿Más allá de lo… qué?

-¿Recuerdas cuando fuimos a esa dimensión que no permitía humanos, y te disfrazamos de monstruo? Bueno, funcionó porque no era magia, sino tela y pintura- dejó escapar una risita –Al final tenías razón, era mejor el disfraz que nadie esperaba. Bueno, pues es porque en ese sitio, había algunos que podían detectar magia y ver a través de ella. Eso es "ver más allá de lo evidente", y es lo que estás haciendo ahora.

Marco miró a Tom, confundido.

Ton miraba a Star con expresión neutra.

-Hombre, me estás empezando a asustar- le dijo el muchacho a demonio, y dio un respingo cuando Tom lo miró, girando la cabeza tan rápido que casi no lo vio moverse.

-Marco, debes saber algo, entonces- se tomó unos segundos para respirar –Pero cuando lleguemos a casa.

-¿A mi casa o a tu casa?

-A la que esté más cerca- dejó sus empanaditas en el plato –Vamos cuanto antes.

-Oye, espera, que nos envuelvan esto para llevar- dijo Star, llamando a la camarera.

.-.

La casa que quedaba más cerca era la de Tom, que no era en sí una casa, sino una habitación de hotel. A Marco casi no le sorprendió entrar y ver que había sido modificada con magia. De la suite del hotel quedaba bastante poco: ahora había mucho rojo y negro por todas partes, muebles de los que sólo se veían en una casa de decoración, un techo alto, unas escaleras dobles y un ascensor, entre otras cosas que Marco no conocía de nada.

-Bien, Tom, ahora dinos qué le sucede a Marco- dijo Star, sentándose en un puf con ganas. Parecía en el punto medio entre divertida e interesada.

El muchacho eligió un banquito, y sólo cuando se sentó notó que era de terciopelo. Realeza, sin duda. Miró a Tom, quien se había sentado en un sillón con respaldo, como esos que se veían en las ilustraciones de cuentos góticos, y vio que lo miraba a él. Al menos su tercer ojo lo hacía, ya sin esa extraña capa de colores. Por unos instantes, nadie habló.

-Marco, la Luna de Sangre te ha dado algo de magia- dijo al fin, como si le costase –Y esa magia te está afectando. Lo que hiciste con Manos de Bolas de Pincho, y que puedas ver a través de mi disfraz mágico… no es algo que los humanos puedan hacer.

-¡Yo puedo hacerlo, yo puedo hacerlo!- dijo Star.

-Sí, Star, y yo también- dijo el demonio –Pero Marco es humano, y ha estado expuesto a cosas que los humanos usualmente no tienen por qué saber… - se llevó una mano a la frente. Parecía estar masticando las palabras. De repente, dejó caer su mano y sus tres ojos se fijaron en el humano en cuestión –Marco, ¿sabes cómo controlarlo?

-¿Controlar… qué?- preguntó, algo confundido.

-Esas habilidades nuevas tuyas. ¿Las habías usado antes?

-No… no lo sé. Lo de ver magia es nuevo, pero lo del toque… creo que lo usé antes.

-¿Cuándo tu mamá estaba triste y le dijiste eso de los cachorritos y ella se puso contenta de nuevo?- preguntó la chica.

-Er… sí- dijo Marco, mirando a la chica. Se puso a pensar –Y ya había aparecido en otras batallas, y cuando la princesa Ponyhead no quería decir lo de su velo y yo se lo dije, ¿recuerdas eso?

-Oh, oh, sí, y cuando Alfonso…

-Humanos y no humanos, veo- Tom tenía sus manos sobre sus rodillas. Su pose era tan rígida que parecía una de esas estatuas antiguas –Y visión de magia. Star, ¿cuántas veces has usado tu varita en Tom?

-Er… ¿el transformarlo en princesa cuenta?

-Varias veces- Marco se tapaba la cara con una mano, recordando cuando había entrado al reformatorio Santa Olga para princesas caprichosas –Varias veces usó su magia en mí.

-Star, ¿has notado algo en él? ¿Algo que se vea a simpe vista, o que sólo sientas tú por ser de donde eres?

-Pues… - la chica se quedó pensativa –Hace unos días, cuando me ayudó a encargarme de una de las bestias del mundo de los cola-de-serpiente, parecía que le estaba creciendo pelo en la cara. Después me di cuenta que no era pelo, sino algo así como una línea de maquillaje, de esas que están suavecitas porque te las estás quitando y estás a un pase de volver a tu piel sin maquillar. Creo que si miras bien, puedes verla en su carita.

Tom se acercó a Marco, y Marco se puso rígido. Sí, el demonio se había mostrado mucho más amigable con él que las primeras veces, pero estaba actuando demasiado raro. Y con todo esto que le estaban diciendo, no sabía bien cómo reaccionar.

-Relájate, Marco, no pienso atacarte. Meno con Star mirándonos- dijo, cuando estuvo frente a él. Acercó la mano a la cara del humano, y Marco resistió el impulso de cortársela con un golpe de Karate. Las manos de Tom eran cálidas, mucho más calidad de lo esperado, y le examinó el rostro desde todos los ángulos –Las veo- dijo, con un tono de voz raro.

-¿Ver qué?- dijo Marco –Dame un espejo y díganme qué ven.

Star le alcanzó un espejo que tenía en su bolso en forma de estrella, y Marco se miró la cara. Sí, las veía, en su mandíbula y sus pómulos, yendo hacia su barbilla. Le recordaban a algo, pero no podía acordarse de a qué. Reaccionó cuando sintió que le estaban tirando de su ropa.

Ahora sí, golpe de karate a la mano.

-¡¿Pero qué haces?!- los ojos de Tom brillaban de furia.

-¿Pero qué haces tú? ¡No puedes ir por ahí desvistiendo a la gente!

-¡Yo no estaba…- Tom cerró los ojos, y las llamas a su alrededor disminuyeron, hasta ser sólo un recuerdo humeante. Los volvió a abrir, más tranquilo –Quería ver si había otros cambios en tu cuerpo.

-Uuuuuuuu- dijo Star, emocionada y sonriente.

Marco se sonrojó.

Tom cayó en la cuenta de lo que había dicho y puso cara de fastidio.

-Pues si no quieres ver si hay otros cambios, lo vas a sufrir tú más que nadie. ¿O acaso tus padres van a ver con normalidad que te salgan patas, o cuernos, o alas, o un par extra de brazos?

-Bueno, me tienen a mí viviendo con ellos… - dijo la muchacha.

-Creo… - Marco tragó saliva, obligando a parte de su nerviosismo a irse –Creo que entiendo lo que quieres decir.

-Bien, entonces, ve al vestidor y mira si tienes algo raro en tu cuerpo.

-¿Tú no vas, Tom?

-No, Star, ni tú ni yo vamos. Marco- dijo, dirigiéndose al muchacho –si ves algo raro en tu cuerpo, por más pequeño que sea, llámanos. Puede que no sea nada, pero si lo es, será mejor que lo sepamos cuanto antes.

-Tom, me estás asustando.

-Asústate tú solo. Ve.

.-.

El vestidor era una sala enorme, más grande que la casa de Marco, torre modificada de Star incluida. No había armario, sino puertas empotradas de distintos tamaños, y lo que parecía un biombo. Un biombo que tenía espejos de un lado, descubrió Marco.

Bueno, ya estaba allí.

La casa de Tom era caliente más que cálida, así que había dejado casi todo su abrigo en la entrada, a excepción de su clásico buzo canguro con capucha de color rojo. Dudó un poco cuando tuvo el torso desnudo. ¿Y si ya había empezado algo de lo que había dicho Tom? ¿Si ahora miraba al espejo y veía que tenía patas de araña saliéndole de la espalda?

-Bien, Marco, puedes hacerlo- se dijo, y contuvo la respiración, con los ojos cerrados.

Se dio la vuelta y los abrió.

En un principio, no vio nada anormal. Estaba allí, con el flaco torso desnudo, mirándose en tres o cuatro espejos que le daban la idea de estar en un equipo de Marcos. Al menos en el pecho no había nada notorio, se dijo, y se giró hacia un lado. Le pareció ver que había algunas de esas líneas a la altura de sus costillas, pero eran demasiado tenues. Quizás eran sólo un doblez de la ropa que se le había marcado.

La ropa que no tenía arrugas y que, por lo tanto, no podía haberle marcado la piel.

Era más evidente en las piernas, donde se podía ver con claridad una línea de algo más blanco que el resto de su piel morena, algo que se sentía como su piel, pero algo más dura. Algo blanco que seguía la línea de su fémur, de su tibia, y luego se perdía en su piel como el lomo de una ballena sobre el mar.

Se miró los brazos, y pudo ver esas líneas, esas mismas líneas, y lo mismo en su torso. Allí estaban, casi invisibles pero presentes, y sintió que le entraba el pánico.

-¡Star!- llamó, sintiendo que sus pies estaban pegados al suelo -¡Star, ven!

-¿Qué pasa, Marco?- la chica entró corriendo, esta vez sin su sonrisa, y se detuvo al otro lado del biombo -¿Puedo pasar?

-Sí, sí, Star. Mira.

-¿Puedo pasar… yo?- la voz sonaba como si no estuviese acostumbrada a usar esas palabras. Marco pensó en negarse, pero recordó lo que le había dicho, y le dijo que pasase.

-Estas líneas, estas líneas están en mi piel- dijo el muchacho, sintiendo que se le aceleraba la respiración y el corazón –Están aquí, en mis piernas, en mis brazos, y creo que están sobre mis costillas, aquí- señaló las líneas. Star las miró curiosa, y Tom con algo que podría ser preocupación -¿Qué… qué está pasándome, Tom?- preguntó, mirando hacia el demonio.

-Nada raro. Dejando de lado que eres humano y que esto no debería pasarle a ningún humano.

-¿Qué va a pasar ahora? ¿Me convertiré en uno de esos monstruos como los que pelean con Ludo?

-A menos que quieras unirte a Ludo, no- Tom levantó una mano, miró a Marco, como preguntándole, y sólo lo tocó en la pierna, sobe la línea blanca más notoria, cuando el muchacho asintió –De momento, es posible esconderlo. Solo no salgas con ropa corta.

-¿Y cuando llegue la primavera qué?

-Para ese momento ya deberíamos haber encontrado una forma de esconder estos cambios… Al menos hasta que estemos seguros de qué hacer.

-¿Sabemos?- Marco lo miró, algo curioso y todavía asustado.

-Ya se nos ocurrirá algo, Marco- dijo Star, algo nerviosa –Después de todo, mira, tienes habilidades nuevas. Eso es una buena señal- se rió, demasiado rápido, demasiado corto.

-Star… ¿tú sabías de esto?- preguntó el muchacho.

-No, no, no, no- la chica agitó las manos, negando con todo su cuerpo –No pasó nunca antes, y no sabía que esto podría pasar. Y revisé el libro y no hay nada parecido a esto, nunca la varita o su magia había afectado a un humano y…

-Eso es porque nunca antes ningún humano estuvo tan expuesto- dijo el demonio, serio –No sólo a la magia de la varita, sino a la de otras dimensiones, otros seres… y la Luna de Sangre. Parece ser que fue… una combinación de factores.

-¿Y esta combinación de factores me va a convertir en un monstro gigante?

-No, no creo. Si así fuese, lo habrías sentido mucho antes- dijo Tom, pensativo –Creo que será mejor que no nos separemos, al menos hasta que termine mi estadía aquí.

Esta vez, ni Marco ni Star protestaron.

.-.

-¿Qué noticias traes, Lamia?

La voz resonó en la sala del trono, donde sólo estaban ellos dos.

-Ha aparecido una nueva línea del destino, mi señor- la voz era siseante, como si quien hablase tuviera una lengua bífida –Y es una línea muy interesante.

En la sala, tallada en roca viva y hielo, el trono era de huesos de dragón. Esa raza que había morado por milenios en el reino, hasta que él había llegado. Las escamas de esas bestias ahora eran parte de sus armaduras, y sus huesos habían sido usados para tallar su trono, el trono que se había ganado por méritos propios. Su exitosa cacería sólo había sido el último detalle para sentarse en él.

-Mi señor, una combinación extraña de factores se ha materializado. Una serie de esas que no deberían existir, ahora existe. Y las posibilidades de futuro, del futuro a su favor, mi señor, son inmensas.

Se inclinó hacia delante. Lamia no era de decir esas cosas a la ligera, y le había servido muy bien desde que tenía memoria. Y él tenía una memoria muy larga, tanto como su vida.

-¿En dónde se ha materializado, Lamia?

-En la Tierra, mi señor- hizo una pausa –Y ya uno de los príncipes del infierno ha ido a por él.

-Entonces- dijo el otro, descruzando las piernas y levantándose del trono –Será mejor que le haga una visita a ese planeta. Veamos qué tiene que ofrecer.

-Sí, mi señor- dijo el Lamia, y sus voces se perdieron en la oscuridad.