El blanco ejército de los mártires
El resto del día fue una tortura, una indescriptible agonía que no lo abandonaba en ningún momento.
El inspector Javert aun tenía una pila de incontables reportes en su escritorio antes de que pudiera retirarse de la estación de la policía, los jóvenes gendarmes eran enviados a una y otra misión para patrullar las calles de Paris mientras él contra su costumbre se quedaba argumentando que tenía que terminar con esa carga de trabajo primero…
Era una mentira a medias, cierto que tenía que terminar con todo el papeleo antes de atender otros casos pero también era cierto que él mismo sabía que no podría salir a las calles en ese estado, en caso de que se presentara alguna emergencia no podría reaccionar como siempre y eso pondría en peligro tanto el servicio como su propia persona.
Los calambres en el estómago cada vez eran peores, en uno de esos violentos ataques apretó con tanta fuerza la pluma que utilizaba para escribir que ésta terminó por romperse ensuciando los papeles que había escrito.
Eso no importo en ese preciso instante, de un rápido movimiento lanzó hacia atrás la silla donde se encontraba sentado tirándola al suelo, el dolor hacía que se doblara a la mitad como esa misma mañana en sus habitaciones. Aun temblando visiblemente por el esfuerzo de controlarse levantó la silla y regresó a su trabajo.
Estaba terriblemente sediento y agotado, parecía que cada segundo que marcaba el reloj en la pared frente a su escritorio el cansancio aumentaba.
Las campanas de la iglesia cercana a la estación de policías indicaban que otra jornada había terminado, que era momento de regresar a casa… El inspector Javert había logrado aguantar esa lamentable tarde, se llevó la mano a la frente para sentir que tenía algo de fiebre, ni siquiera había notado en qué momento su temperatura había aumentado, solo sabía que seguía sintiendo mucha sed.
Lentamente se levantó de su escritorio teniendo que apoyar ambas manos en la madera para incorporarse, sus manos estaban frías y húmedas… Trabajosamente llegó hasta la percha donde había dejado su abrigo y su sombrero.
Estaba demasiado cansado…
…
Una vez más no había nadie en las calles de la ciudad, todos estaban demasiado aterrados con la epidemia de cólera como para atreverse a salir con las sombras de la noche que había llegado… Javert caminaba penosamente teniendo como única compañía a las estrellas del cielo…
Los calambres en el estomago eran agonizantes, tanto que en varias ocasiones tuvo que apoyarse contra la pared respirando entrecortadamente mientras esperaba el dolor pasara sin éxito. El hombre que ponía en huída con su sola presencia a todos los descarriados de la sociedad francesa parecía haber llegado al límite de sus fuerzas, en menos de veinticuatro horas parecía había llegado a su final
Sabía que no lograría llegar más lejos y aun faltaba para llegar a sus habitaciones… no faltaba mucho para que colapsara… no podía rendirse, tenía que llegar ¡No podía morirse en una miserable calle! ¡Como un vil y vulgar miserable! ¡Él era el inspector Javert!
Forzándose a sí mismo, Javert continuó avanzando…
Aunque su voluntad era muy grande sus fuerzas estaban siendo mermadas por la brutal epidemia…
No, no podría continuar. Javert cayó de rodillas después de sentir el más fuerte de los dolores abdominales de ese día…
¿Terminaría así? ¿Ese era el final que la vida le había destinado? Se negaba a aceptarlo pero la sed, el cansancio, el dolor, todo parecían reafirmárselo a cada segundo…
En ese momento lo escuchó, como un eco lejano, voces angelicales que entonaban con devoción…
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.
¿Esas eran las voces de los ángeles?
El inspector Javert no tuvo oportunidad de pensar en algo más, finalmente colapsó cayendo rendido al suelo ante la pandemia del cólera…
…
Jean Valjean había salido desde muy temprano dejando a su amada Cosette con la buena tía Santos, sabía que ambas estarían protegidas ante la fatídica epidemia por los cuidados que la religiosa ponía en atenderles, él mismo, aun a su edad seguía siendo un hombre fuerte debido a una vida de pureza y a un cuidado constante; pero, mientras él estaba protegido había cientos que no tenían nada, ninguna protección contra tan monstruosa enfermedad… Nada, por lo tanto, él siguiendo las enseñanzas del buen Obispo Miriel que le había enseñado el camino de la rectitud y la forma de salvar su alma se había dado a la tarea como una misión propia de ayudar a cuanto encontrara y pudiera auxiliar sin poner en peligro a su amada Cosette cuando regresara a casa.
Entre las personas que no habían tenido miedo al cólera se encontraban las religiosas del pequeño convento de "Nuestro Señor de la Misericordia" almas de Dios que como un ejército de mártires habían abierto las puertas de su bien amada iglesia para recibir a todo aquel miserable que tocara a sus puertas. A ellas había acudido Jean Valjean para ayudarles en lo poco o mucho que pudiera, a ellas que tanto les recordaba en devoción a las buenas mujeres que se guardaban del mundo en el convento del pequeño Picpus.
Todo el día Jean Valjean había ido y venido con su disfraz de militar retirado para no llamar la atención de la policía ni de nadie, no era más que un veterano, un buen hombre que veía por el prójimo en esas horas oscuras.
Estaba a punto de llegar al convento cuando algo llamó su atención, era la figura de un hombre tirado a plena calle, ¿estaría herido? ¿estaría muerto? Era tan peligroso el lugar donde se encontraba que si hubiera pasado en ese momento un carruaje o carromato por ese lugar seguramente le hubiera aplastado.
¿Señor, se encuentra bien?- preguntó Jean Valjean sin obtener respuesta.
Inconsciente, el hombre de la calle estaba inconsciente. El buen padre de Cosette se acercó al pobre diablo hasta estar a su lado.
¿Señor?- preguntó sacudiéndolo un poco.
Era un hombre alto tirado de cara al suelo, solo girarlo y que la luz del farol cercano le dio de lleno en el rostro que Jean Valjean lo soltó como si hubiera visto a una serpiente preparada para lanzarle una mordida en la mano. ¡Era Javert!
¿Qué hacer? ¿Escapar? ¿Correr? ¿Abandonarle? No, no podría, Javert se veía muy mal, su rostro agotado mostraba claramente los signos de estar enfermo… Jean Valjean pese ha haber huido tantos años de él no podía dejarle ahí, si le abandonaba en ese momento Javert moriría, de eso estaba seguro.
El pulso del inspector era muy débil, debía recibir ayuda inmediatamente… Sin dudar más, Jean Valjean lo levantó del suelo con cuidado. No faltaban más que unos pasos más para llegar a la puerta principal del convento de Nuestro Señor de la Misericordia, ahí las hermanas podrían ayudarle, le dejaría ahí y él, Jean Valjean podría huir de nuevo, avisaría a Cosette y ambos escaparían una vez más del ojo de halcón de Javert…
Y mientras Jean Valjean avanzaba con tan inesperada carga entre sus brazos por la solitaria calle parisina, las voces de los santos continuaban entonando en el frío de la noche tan piadosa oración…
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.
Continuara…
