Capítulo 2
¿Cuántos años habían pasado ya? ¿siete, nueve años? Probablemente eran diez.
No había vuelto a ver a Pansy desde que salimos de Hogwarts, cinco meses después de besarla por última vez. Aun podía recordar la sensación de su cintura entre mis manos, el calor de su aliento y los labios carnosos y fríos de aquella tarde en el jardín. Su rostro empapado de agua, su cabello húmedo pegándose a su frente y a sus mejillas pálidas, sus ojos azules brillantes y sinceros.
Era la chica perfecta de una peculiar manera. Tenía un rostro bello, de muñeca de porcelana o de una princesa pintada en lienzo, de contornos suaves y delicados, con la piel blanca y los ojos de zafiro. Su apariencia era perfecta, era delgadita y pequeña, llegándole apenas a los hombros a sus amigos, quienes la custodiaban al caminar, aunque en medio siempre iba Malfoy.
Cuando la tuve por primera vez en mis brazos, al caminar a la enfermería después de que resbalara de la estantería y le cayera todo lo del tercer nivel encima, supe porque sus amigos parecían cuidarla con tanto ahínco. Se sentía suave y frágil en mis brazos, como si pudiera romperse si la apretaba de más, su carita haciendo muecas de dolor al caminar, su mirada cristalizada por lágrimas. Era una niña, no pude evitar pensar, una niña berrinchuda, grosera, venenosa, vengativa, cruel, traviesa, coqueta y bonita, muy bonita, pero una niña, al fin y al cabo.
No pesaba nada, ella tenía razón, yo no era especialmente fuerte y no sabía si iba a poder con ella, pero la levanté al primer intento y me di cuenta de que era ligera, suave y olía bien, un poco a polvo de los trofeos, a poción y a ungüento de eucalipto sobre su tobillo, pero también olía a fresas y uva.
Y sus ojos, a esa distancia, eran impresionantes. Parecía un gato de grandes ojos, demasiados inteligentes y maliciosos, como si todo fuera una broma para ella, o algo para hacerme sufrir. Sus brazos me rodearon el cuello y me pedía que no me atreviera a soltarla, porque si lo hacía tendría que llevarla cargada a todas partes por una semana, o eso era lo alcanzaba a escuchar de sus balbuceos. Yo simplemente bufaba y la apretaba más fuerte, mirando de reojo su cara, dándome cuenta de lo pequeña que era su nariz, las diminutas pecas que tenía alrededor de ella, y lo negras y largas que eran sus pestañas, y que su boca parecía ser una fresa, con los labios rojos y carnosos.
Si. Se podría decir que fue la primera vez que la miré de una manera distinta. Sabía que era una chica sangrepura, amiga de Malfoy, una grosera con los de gryffindor, intimidadora de los más pequeños, inteligente como ravenclaw y burlona con los hufflepuff. Era una sangrepura odiosa y malvada, pero mi pensamiento no había volado más a allá, pues en ese momento me di cuenta de que era una chica bonita, divertida cuando divagaba en voz bajita y que olía muy bien.
¿Me enamoré de ella en ese momento? No. Pero sí pensé en ella toda la noche y de otra manera, y deseé preguntarle al día siguiente como estaba, pero no me atreví hasta que llegó el siguiente sábado de castigo. Y entonces sonrió, suave y dulcemente, haciendo que un pequeñito hoyuelo adornara su mejilla izquierda y sus ojos se volvieran más bonitos, y todo eso provocó mi propia sonrisa y la sensación de tranquilidad y felicidad de verla y saber que estaba bien, y que me sonreía, principalmente eso, que me sonreía.
Pero entonces apareció Hermione, preguntando que era lo que hacía en las noches que me escapaba con la capa y el mapa del merodeador, preguntándome a quien iba a ver y al ver mi negativa a contestarle, sólo pudo decir que abriera bien los ojos, que pensara bien lo que hacía, que no confiara tanto, y que hiciera lo correcto simplemente.
Lo correcto, maldita sea esa palabra.
Pansy no era lo correcto, era todo lo que pude pensar, porque si fuera lo correcto no tendríamos que escondernos, no tendría que mantenerla en secreto, no tendría que confiar en ella teniendo los amigos que tenía y los padres que tenía. Pansy no era lo que se esperaba de mí. ¿Por qué diablos el niño que vivió estaría al lado de la heredera de una de las familias que me quería ver muerto a manos de un loco? No tenía sentido, no era lo planeado, no era lo que pensarían de mí.
Así que la dejé. Porque no podía con ello, porque no estaba dispuesto a perder más gente por una chica que en algún momento se volvería un soldado en el lado oscuro y que buscaría matarme, no quería perder a mis amigos, a los Weasley. Nadie de ellos esperaba que Harry Potter se enamorara de Pansy Parkinson, la hija de mortífagos, la mejor amiga de Draco Malfoy.
Pero dolió y mucho, y entonces los sentimientos de Ginny se hicieron claros para mí y traté de convencerme que yo también la quería de esa manera, porque Ginny era perfecta, no igual que Pansy, era buena, era alegre, divertida, valiente, leal, agradable, amistosa, y me quería. Ginny era lo correcto. Ella era lo que se esperaría de mí. Porque era claro que Harry Potter se tendría que quedar con la chica que lucharía a su lado, la menor de los Weasley, una familia de leones, leales, honorables, protectores y valientes. Además, era preciosa, de una manera distinta a Pansy, siempre tenía que recordarme eso.
Pero era difícil, pues yo perdí la cabeza por unos ojos azules y ahora tenía que fijarme en los ojos chocolate; me volví loco por un cabello negro, ahora tenía que enloquecer por un cabello rojo; yo me apasioné por unos labios de fresa, ahora tenía que tener la pasión para besar una boca rosada; porque si me enamoré de una chica fría, soberbia, sarcástica, divertida, encantadora, ahora tenía que enamorarme de la chica amable, cálida, dulce, cariñosa y valiente.
Porque si amé a Pansy Parkinson más que a mí mismo, ahora tenía que amar más que nunca a Ginevra Weasley.
Era difícil, pues no era como si pudiera remplazar a la chica solamente por otras características, no eran parecidas, eran tan diferente entre sí, que no podía con la sola idea de dejar de amar a una y empezar a amar a la otra. No podía, hasta que por todo Hogwarts se esparció la noticia del compromiso de Parkinson y Nott, y tuve que morderme los labios para no gritar, pero eso no evitó que no saliera a buscarla, a reclamarle lo poco que yo le había importado y ella gritó lo mismo.
Y entonces la guerra estalló en pocos minutos y Pansy gritó que me entregaran, sentí dolor al escucharla y luego enojo y muchos celos al ver quien sostenía su pequeña y blanca mano. La batalla acabó en unas horas que parecieron milenios. Y sobreviví a todo pronóstico y agradecí por los que sobrevivieron conmigo, y aunque en mi mano tenía la de Ginny, eso no me bastaba, tuve que revisar con la mirada una y otra vez el comedor, buscando a la chica perfecta para mí, la correcta estaba a mi lado, pero, a pesar de sus perfectos encantos, no era completamente perfecta.
Al final de una hora, la vi abrazando a Malfoy, sin ninguna herida presente, sin un rasguño o polvo en el uniforme, sonriendo suavemente para él, para ellos, para sus amigos, y luego entrelazó su mano con la de su prometido, apoyando su cabeza en el hombro de él, como si estuviera tranquila de todo. Ni una sola vez volteó a verme y desapareció al lado de Nott, y solo la volví a ver cuándo reanudaron las clases, y aunque seguía viéndola junto a sus amigos, incluyendo a Nott, no sabía si sus planes de boda seguían.
Yo seguía con Ginny, con mi preciosa y correcta Ginny, pero no era suficiente, todavía no era lo perfecto, así que no dude en seguir a Pansy de nuevo, hasta que pude encontrarla completamente sola en el patio, sin nadie que nos viera, sin que nadie nos juzgara, y la besé y me besó mucho, mucho, fuerte, duro, rápido, porque no teníamos tiempo, porque no teníamos más libertad.
Pues Pansy no era lo que esperaban de mí.
Ginny estaba en la torre esperándome, sabiendo que yo no era completamente de ella, ni siquiera yo era completamente mío, porque una parte de mí lo tenía Pansy, y la besé primero para ver si me devolvía aquello que me robó, intentando recuperar ese amor que creí que había desaparecido en ella cuando gritó que me entregaran, cuando me miró con odio y apretó sus dedos a una mano ajena. Y entonces me di cuenta de que no era que me había robado algo, yo se lo había entregado a voluntad, porque era la chica más bonita de Hogwarts, porque era la chica más interesante del colegio, porque era la chica de mis sueños, porque era la chica más perfecta que había conocido. Y la amaba tanto, más que a mí y más que a Ginny.
Pero yo seguía siendo el niño que vivió y sobrevivió, era el chico que venció el mal, era Harry Potter y tenía que estar al lado de la chica correcta.
Pero ahora, con mis veintisiete años, siendo un auror del ministerio, divorciado a causa de la ausencia de una parte de mí, o al menos, no poniendo todo mi esfuerzo en mi matrimonio, pues no pude amarla como ella quería; miré ya no a la chica perfecta, sino a la mujer perfecta. Ella estaba en la tienda de ropa, sonriendo, mientras yo la delineaba con la mirada, su cabello había crecido y ahora lo tenía tan negro y liso como siempre, su cuerpo parecía más fuerte y curvilíneo, dejando atrás esa apariencia de muñequita delicada y frágil, luciendo tacones altos y un vestido negro pegado a cada curva de su cuerpo, llegando hasta debajo de sus rodillas. Pansy revisaba cada prenda.
No evité mi andar a su dirección. Quería mirarla más de cerca, si era posible hablarle, escuchar de nuevo su voz suave y aterciopelada, con su boca roja y su nariz pequeña y llena de pequitas. Quería saber si seguía oliendo igual, si sus gestos no habían cambiado, si yo seguía sintiendo lo mismo al tenerla cerca. Habían pasado los años, y aunque llegué a amar a Ginny, nunca fue lo suficiente.
Entré a la tienda y la campanilla que estaba sobre la puerta sonó. La dueña de la tienda giró a verme e intentó hablar, pero con una mano le pedí que no hiciera ruido y que luego me acercaría a saludarla, la mujer mayor asintió y mi mirada se volvió a dirigir a aquella mujer que no prestaba atención más que a los vestidos, levantando la ceja, arrugando la nariz o sonriendo al encontrar algo que le gustara.
Me acerqué a pasos lentos, tratando de respirar no tan fuerte para no alertarla. Y no sabía porque había dudado o cuestionado lo que sentiría al tenerla de nuevo cerca: mi corazón seguía latiendo con una velocidad impresionante y mis nervios estaban alborotados, como si pudiera sentir mi sangre recorrer mis venas.
Estaba a punto de hablarle, cuando miré el pequeño cuerpo que chocaba a la pierna de Pansy. Era una niña pequeña, de unos cuatro o cinco años, de cabello negro y rizado, tenía la piel clara, no tanto como Pansy, y sus ojos grandes y tiernos, como los de Victoire, eran de un verde jade.
Pansy se inclinó a ella y luego la levantó, sosteniéndola contra su cadera. La niña sonrió en sus brazos y le mostró un pequeño gorro de lana de color rosa que había tomado de uno de los aparadores.
—¿Te gusta, Lizzie? —preguntó Pansy suavemente, sonriendo. Su voz había cambiado, tenía más madurez.
—Si, mucho, ¿puedo llevarlo? —preguntó con ilusión la pequeña.
—Tal vez —contestó de manera juguetona besándole la mejilla— Yo digo que sí.
La niña sonrió más ampliamente y la abrazó, posando su cara sobre su hombro. Lizzie, como al parecer se llamaba, me miró sonriendo y luego levantó su manito en ademan de saludo. Moví mi mano y sonreí, y la cara de la niña se mostró curiosa.
—Mami, ese hombre nos está viendo —la escuché decir.
Quise salir corriendo rápidamente, pero Pansy se dio la vuelta de inmediato, posando su mirada alarmada en mí. Pareció tranquilizarse, pero luego miré su gesto preocupado y nervioso, también con algo de curiosidad.
No sabía que decirle, no sabía que hacer ahora. Yo esperaba encontrármela sola. Sería un iluso si dijera que esperaba encontrármela soltera o completamente sola. Han pasado tantos años y era obvio que en algún momento ella también se casaría y formaría una familia, tendría hijos y un marido que la amaría y nunca la abandonaría simplemente por cobardía.
—Potter —saludó ella levantando una ceja.
—Hola, Parkinson, ¿Cómo has estado? —pregunté sin saber que más decir.
—He estado bien, muy bien —contestó y pareció incomoda, mirando el rostro todavía de su hija.
—¿Quién es él, mami? —preguntó la nena.
—Es Harry Potter, un antiguo compañero de la escuela, Lizzie —dijo Pansy.
—¡Oh, el Salvador del Mundo Mágico! Papi y tío Draco hablaron de él, decían que era un muchacho muy idi…
—Lizzie, que he dicho de repetir lo que dice el tío Draco —la reprendió Pansy y la nena bajó la mirada.
—Lo siento, es que me cuesta diferenciar el sarcasmo, mami, así que no sé si lo dicen de verdad o mentira —se disculpó la niña, y yo no pude evitar sonreír, sabiendo muy bien lo que hablaría de mí Draco Malfoy.
—Ya hablaremos más tarde, señorita, igual hablare con Draco, no debe decir cosas como esas delante de ti o Scorpius —amonestó Pansy y por un momento creí que se había olvidado de mí, hasta que volvió a mirarme— Lamento eso, Potter —dijo con una mueca.
—Yo también lo lamento, señor Potter —murmuró la niña. Yo le sonreí y ella me devolvió una sonrisa aún más grande— Mami, ¿puedo ir a ver más cosas?
—Claro, pero no te vayas a salir de la tienda.
—No lo hare.
Pansy la colocó en el suelo y la niña salió corriendo a uno de los pasillos. Pansy dejó de mirarla hasta que se perdió de su vista y luego me miró a la cara.
—Así que te casaste —dije y ella asintió.
—Sí y tú también lo hiciste —contestó y parecía una confrontación o una acusación.
—Sí y ya me divorcié. Nott es muy afortunado —dejé caer. Sentía pesar por eso, pues pude haber sido yo, no él.
—Siento lo de tu matrimonio. Pero no me case con Nott, sino con Anthony Goldstein.
Recordaba aquel chico moreno de su casa, de mirada fría y malvada, entonces pude saber porque el cabello de Lizzie no era tan liso como el de su madre o su piel tan pálida.
—Entonces es Goldstein muy afortunado, tu hija es preciosa.
—Lo es, es muy traviesa también, aunque algo de culpa tengo, no puedo negarle nada —dijo con voz firme, mirando de nuevo hacia donde Lizzie había corrido, pero sus ojos se habían ensombrecido un poco.
—¿Por qué lo dices? —pregunté y ella pareció más incómoda aun— No es de mi incumbencia, estás en todo tu derecho de no contestarme.
Negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—Su padre murió hace un año, era jugador de Quidditch y recibió un golpe demasiado fuerte en la cabeza. No despertó después de caer y ella miró todo, pues nunca se perdía ningún partido. Ha sido difícil en realidad —lamentó y luego lució afligida por algo— Y no sé porque te lo estoy contando. Tengo que irme ya —agregó apresuradamente y caminó hacia el pasillo donde estaba su hija.
Caminé atrás de ella y la vi inclinada hacia la niña, tomando algunas cosas que la nena quería y le decía que se lo compraría, pero que era momento de marcharse. Luego se acercaron al mostrador, mostraron la mercancía y dejaron unos cuantos galeones, y aunque la señora trató de darles el cambio, Pansy sólo tomó a su hija y salió de la tienda apresuradamente.
Corrí atrás de ellas y coloqué mi mano sobre su hombro.
—Espera, Pansy, estás alterada, es mejor que no te desaparezcas así con ella —aconsejé.
—No necesito que me aconsejes, Potter —aseguró molesta— Lizzie y yo tenemos que irnos.
—No debes hacerlo así, hazlo por ella —presioné, pues lucía en verdad angustiada y molesta, y sabía que era por mi culpa.
—¿Mami, estás bien? —preguntó curiosa la niña, tomando la mejilla de Pansy en su mano.
—Lo estoy, Lizzie, pero debemos ir con él tío Draco, ¿o no quieres jugar con Scorpius? —preguntó.
—Si, claro —dijo alegremente.
—Pansy, por favor, no te vayas así. Por qué no mejor me aceptan un helado y luego se van, cuando te hayas tranquilizado —ofrecí.
—¡Sí, helado! ¿vamos, mami? —preguntó con ilusión la nena.
Pansy la miró resignada y luego a mí con molestia, pero al final terminó aceptando.
No sabía en lo que me estaba metiendo al invitarles un helado, lo único que sabía es que no quería perderla otra vez. Lo hice una vez por cobardía, por miedo a perder una familia que se alejó de mí cuando me divorcié de Ginny, haciéndome ver que no era completamente aceptado por mí sino por el lazo que tenía con la hija menor de ellos.
Nunca pude dejar de amarla, nunca pude dejar de amar a Pansy, a la chica perfecta que se convirtió en la mujer perfecta y ahora tenía en brazos a una niña tan perfecta como ella.
¡Quería a ambas en mi vida y lucharía para que así fuera! Pues no pensaba conformarme de nuevo con lo correcto, yo quería lo perfecto y eso era Pansy y Lizzie.
Gracias por leer. Espero que les haya gustado.
By. Cascabelita.
