Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer adaptados a la primera historia de la saga de Susan Fox. "Se buscan novios vaqueros". Muy recomendada.
Corazón indómito
Capitulo 2
En cuanto Bella entró en la cocina de la casa principal tiempo más tarde, Charlie Swan comprendió que algo la inquietaba. La joven colgó su cazadora tras la puerta y se acercó a un rincón, de modo que Charlie tuvo oportunidad de observarla desde la mesa sin que ella se diera cuenta.
Aquella niña huérfana a la que había acogido cuando sólo tenía once años se había convertido en una auténtica belleza de melena castaña y ojos marrones; sus delicadas facciones prometían un atractivo que el tiempo nunca podría aplacar. Así había sido también su madre.
Bella le recordaba en muchas cosas a aquella mujer de la que había estado profundamente enamorado y con la que nunca había podido casarse. El acontecimiento más doloroso al que Charlie había tenido que enfrentarse durante sus setenta años de vida había sido el hecho de que la débil salud de Renne Dwyer se la hubiera llevado dos años antes de que su marido, un bebedor irreducible, muriera. Mientras Renne vivía, Charlie había ocultado sus sentimientos hacia ella y, a pesar del orgullo de Renne, había podido ayudarla tanto a ella como a su hija. Tiempo después, tras la muerte de su esposo, se había hecho cargo de Isabella, que había sido un bálsamo para la profunda herida provocada por la marcha de su madre.
Pero catorce años después de la muerte de Renne, Charlie estaba llegando al final de sus días. El corazón comenzaba a fallarle, y lo sentía debilitarse día tras día. Gran parte de su tiempo lo ocupaba evaluando lo que había sido su vida; con la vejez, los recuerdos del pasado cobraban una nitidez asombrosa. Y los de Renne, en concreto, eran cada vez más preciados para él.
Al igual que cada vez le resultaba más preciada la compañía de Bella. Charlie quería mucho a su hijo, y también a su hija adoptiva, Nessi, pero hacia Isabella había sentido siempre una ternura muy especial, precisamente porque desde niña lo había necesitado mucho más que Nessi o Edward. Y ella le había devuelto aquel amor con un cariño y una lealtad inquebrantables.
Lo que más lamentaba Charlie de su vejez era saber que para Isabella su muerte sería un duro golpe. A pesar de que ya era una mujer fuerte, continuaba viéndola como la niña perdida y asustada que había llegado corriendo hasta el rancho de los Swan tras la muerte de su padre. Las heridas causadas por la muerte de su padre y la notoriedad alcanzada por su fatal accidente, todavía seguían minando su confianza en sí misma y le impedían sentirse orgullosa de haber llegado a ser una persona fundamental en el rancho.
Quizá debería haberla adoptado legalmente, se dijo Charlie. Su esperanza de que Isabella y Edward se enamoraran, se casaran y se hicieran cargo del rancho le parecía cada vez más un absurdo romanticismo de anciano. Edward y Isabella nunca habían estado más alejados que en aquella época. Era consciente de que Bella amaba profundamente a Ed, pero también de que mantenía en secreto aquel sentimiento. Por su parte, Edward se mostraba completamente indiferente hacia ella, al menos cuando no estaba regañándola por cualquier cosa. Últimamente era demasiado crítico con ella, y Charlie sospechaba que con aquella actitud pretendía mantener a la joven a una prudente distancia. Percibía una fuerte tensión entre los dos y lo único que le cabía esperar era que para cuando él muriera, hubieran solucionado sus problemas y fueran capaces de conducir juntos el rancho.
Bella volvió la cabeza en ese momento y vio a Charlie sentado a la mesa. Desapareció entonces toda la preocupación de su rostro para dar paso a una sonrisa. Cruzó la cocina y le dio un beso en la mejilla. Al apoyar la mano en el hombro del anciano, advirtió que estaba temblando.
—Espero que estés tomando café descafeinado, vaquero —comentó la joven, mientras se acercaba al mostrador de la cocina para servirse ella un café.
—Ni café verdadero, ni carnes rojas, ni tabaco, ni sal, ni alcohol… Si no fuera por el azúcar, ya no podría tener ningún vicio —gruñó de buen humor.
Charlie observó el rostro de Bella atentamente. Advirtió que tenía los labios ligeramente hinchados. Esperaba que Newton no tuviera nada que ver con ello.
Bella le había hablado de la proposición que le había hecho Newton, y también le había comentado que pensaba que lo que en realidad buscaba su vecino era un préstamo de los Swan. Charlie sospechaba que Mike Newton andaba detrás de la herencia que dejaría a Bella tras su muerte y el hecho de que a la joven no se le ocurriera, era una muestra de su falta de pretensiones en lo que a la herencia concernía. Desde la primera vez que Charlie había sacado a relucir el tema de la herencia, Isabella había dejado claro que no quería que le dejara nada a ella. Le había dicho que ya le había dado cosas suficientemente importantes a lo largo de su vida y que no necesitaría su dinero tras su muerte. Lo único que le había pedido había sido que pusiera alguna cláusula en el testamento para que Edward y el resto de sus herederos le permitieran volver al rancho de vez en cuando.
La actitud de Isabella respecto a la herencia no podía ser más diferente de la que mantenía su segunda esposa, Tanya, como si hubiera olvidado sus acuerdos prenupciales, ya había investigado el estado de todas las cuentas y negocios de los Swan y le había dado a Charlie una lista con todas las cosas que quería. Aquella lista había sido la muestra más patente de codicia que había recibido nunca de su esposa. Tanya todavía no sabía que Charlie ya había descubierto todas sus infidelidades. Pero no era ese el motivo por el que Charlie había decidido no dejarle ni un penique más de lo que la ley le asignara en concepto de pensión de viudedad. Lo que verdaderamente no soportaba era el desprecio y el maltrato que Tanya infligía a Bella en secreto.
— ¿Tienes tiempo para acercarte conmigo a Painted Fence?
La pregunta de Charlie fue un duro golpe para Bella. Apartó la taza de café hacia un lado y tomó aire, dándose tiempo para recuperar la compostura. Painted Fence era el pequeño cementerio de la familia. El hecho de que durante las últimas semanas hubiera ido tantas veces hasta allí le recordaba a Bella lo cerca que Charlie veía su muerte.
La idea le resultaba sencillamente insoportable. Para ella, Charlie no era solo su verdadero padre, sino que con los años se había convertido en su más querido amigo. Para ella era algo inconcebible que aquel hombre pudiera morir.
—Antes voy a lavarme un poco —fue lo único que pudo decir antes de volverse y obligarse a caminar lentamente hacia la puerta de la cocina. Cuando se cruzó con Leah y Emili, la cocinera y el ama de llaves, consiguió dirigirles una tímida sonrisa, pero en cuanto llegó al baño, cerró la puerta y se apoyó desesperada contra ella.
La angustia que llevaba semanas interrumpiendo sus sueños era ya inaguantable. Charlie se estaba muriendo. Se negaba a visitar a otro cardiólogo y ya les había advertido a ella y a Edward que no pensaba hacer esfuerzos heroicos para prolongar su vida. Entre ellos incluía la silla de ruedas que Edward le había comprado, y que, desde el primer día, estaba desterrada en el garaje. En lo único que había estado de acuerdo había sido en mantener la dieta que le había indicado el especialista, tomar la medicación recetada y echarse todo los días la siesta. Y Bella se sentía tan incapaz de hacerle cambiar de opinión como de detener el avance de su enfermedad.
La muerte de su madre había sido lenta y dolorosa, y Isabella también se había sentido terriblemente indefensa frente a ella. Después de haber resistido con todas sus fuerzas y haberse sometido a todo tipo de tratamientos, su madre había renunciado a luchar. Había muerto poco después, dejando a su única hija al cuidado de un padre negligente y alcohólico. Aquellos habían sido días difíciles para Bella, en los que no había contado con ningún apoyo. Las borracheras de su padre se hicieron más frecuentes y Bella estaba tan avergonzada y le tenía tanto miedo que, el tiempo que no pasaba en el colegio, lo dedicaba a hacer tareas del rancho o a explorar los alrededores. Y, con demasiada frecuencia, dormía en la parte de arriba de los establos o en los graneros. Cualquier lugar era preferible a soportar a su padre.
Así, la muerte de Renne Dwyer, ocurrida dos años después de la de su esposa, había supuesto para ella un profundo alivio. Pero el terrible accidente en el que había muerto su padre había provocado también la muerte de dos adolescente, de modo que todo el mundo se había enterado de que su padre, Phil, era un alcohólico, convirtiendo a Isabella en objeto de todo tipo de burlas y reproches. Para colmo, aquella muerte, había acabado con el único derecho que la niña tenía: el de poder contar con una vivienda en Swan.
Aun así, había continuado viviendo sola durante algún tiempo, asistiendo a la escuela y procurándose ella misma ropa y alimento. La trabajadora social que había ido a atenderla, había llegado a la conclusión de que una niña de once años no podía vivir sola y había insistido en llevarla a vivir con una familia de desconocidos a la ciudad. El carácter avasallador de la trabajadora social, no le inspiraba a Bella ninguna confianza en el tipo de familia que pudiera escoger para ella, de modo que se había escapado. Conocía algunos lugares ideales para esconderse dentro del rancho, de manera que había vuelto a su casa para recoger algunas cosas y había desaparecido durante algún tiempo. Había dejado de ir al colegio, temiendo que la trabajadora social les hubiera pedido ayuda a los profesores. Al poco tiempo, estaba tan hambrienta que había terminado haciendo incursiones a la cocina de la casa principal del rancho, hasta que un día Edward la había sorprendido saliendo de la cocina con una bolsa llena de comida y la había llevado a ver a su padre.
— ¿Sabes a quién pertenece todo esto? —le había preguntado Charlie con voz grave. Aunque había utilizado un tono amable, era inconfundible la autoridad que se reflejaba en su voz, propia de un hombre poderoso, acostumbrado a tener la última palabra en cualquier tema.
—A usted señor —había contestado con recelo. Después de haber vivido durante once años con un padre que empezaba a gritar y a golpearlo todo en cuanto se enfadaba, estaba preparada para ponerse a salvo al menor síntoma de enfado de Charlie Swan.
—Y si sabes que es mío, y que yo soy el dueño del rancho, ¿no crees que deberías haber venido a hablar conmigo?
Era una pregunta sorprendente. A Bella no se le habría ocurrido correr el riesgo de acercarse a ese hombre simplemente para hablar con él. Era cierto que en el pasado había sido muy amable con ella, pero entonces estaba su madre. Desde que ella había muerto, el capataz del rancho le había permitido a Bella hacer algunos trabajos a cambio de dinero, pero la cría hacía todo lo posible por mantenerse fuera de la vista de Charlie Swan. Su padre siempre causaba problemas y Bella estaba avergonzada de él. Además, nadie parecía apreciarla más de lo que apreciaban a su padre. Ella no era nadie, no tenía nada. La gente como ella no se creía con ningún derecho a molestar a una persona tan importante como Charlie Swan.
— ¿Estás avergonzada? —había suavizado el firme gesto de su boca, pero continuaba mirándola fijamente.
—Estoy asustada —había contestado sonrojándose.
—No tienes por qué estarlo —le había dicho Charlie y a continuación le había preguntado—: ¿Te apetece tomar algo caliente, o prefieres quizá un pedazo de tarta de manzana?
Aquella pregunta la había pillado de sorpresa. Inmediatamente, había desviado la mirada hacia un enorme reloj que había al lado de la puerta principal del rancho.
— ¡Pero si es media noche! —nada más contestar, se había arrepentido de sus palabras, temiendo que Charlie pudiera pensar que pretendía discutir con él.
—Es posible, pero no me sentaría nada mal comer algo —se había dirigido hacia la cocina y había gritado—: Eh, Leah, si todavía estás levantada, nos gustaría comer algo caliente.
Para asombro de Isabella, la cocinera había aparecido en ese momento en la cocina, con una bata y la cabeza cubierta de rulos. Al ver a Bella, había arqueado extraordinariamente las cejas.
— ¿Esa es la chica de Phil? Aquella pregunta había sido especialmente embarazosa para Bella. Estaba acostumbrada a que se refirieran a ella de esa forma, y casi nadie lo hacía con buenas intenciones.
—Esta es la hija de la señorita Dwyer —la había corregido Charlie—. Mientras estaba hablando con ella, me han entrado ganas de disfrutar de un buen desayuno… Carne, huevos, tostadas, una buena fuente de patatas y, si hubiera, un buen chocolate caliente. Y tarta de manzana. La señorita Bella comerá conmigo, así que prepara una buena cantidad.
Leah había musitado algo ininteligible mientras miraba con gesto de desaprobación el estado de la ropa de la niña, pero se había dirigido inmediatamente hacia el refrigerador.
Aquella noche había tenido lugar el cambio más importante en la vida de Bella. Había sido algo más sorprendente que la muerte de sus propios padres, más inesperado que cualquier otro acontecimiento ocurrido en sus once años de vida. La amabilidad de Charlie había sido lo más maravilloso que una niña sola y asustada habría podido esperar.
Y ese hombre que tanto había hecho por ella, aquel hombre que la había tratado como si fuera su propia hija y le había brindado más amor y estabilidad que cualquier otra persona en su vida, estaba muriéndose.
La evidencia diaria de su declinar la desesperaba. Su vida no sería la misma sin él. Podía soportar alejarse de Swan para siempre, podría hasta llegar a admitir que Edward jamás la aceptaría como parte de la familia. Pero no podría soportar la pérdida de Charlie. Bella abrió rápidamente el grifo del agua fría y se lavó la cara. Mientras lo hacía, decidió permanecer cerca de Charlie todo el tiempo que pudiera, por lo menos hasta que Tanya y Nessi regresaran de Dallas. Hasta entonces, estaría a su lado, intentando satisfacer todos sus deseos. Y si eso incluía tener que ir cientos de veces al cementerio, lo haría.
