Capitulo II
-Bueno… nos hemos quedado solos –dijo el Doctor, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el Amo.
-¿Ahora me encerrarás, verdad? –se podía apreciar la rabia en la voz del Amo.
-No.
-¿Perdona, que? Creo que no te he oído bien.
-No te voy a encerrar. Tan solo quedamos tú y yo. Y los tambores. Puedo ayudarte, en serio. Juntos podemos tratar de detenerlos. Si te encierro tu locura ira a más.
-No me vas a encerrar…
-Soy el Doctor y te voy a curar.
Hubo un silencio. Las emociones recorrían el cuerpo del Amo, mientras su mente trataba de darles sentido. Gratitud por no encerrarlo, furia por ser su prisionero de todos modos.
-Igualmente supongo que no seré libre del todo –rompió el silencio el Amo.
-No. Al menos por ahora. Si te lo ganas, en un futuro te daré mayor libertad. Pero estás bajo mi responsabilidad y no pienso dejar que vuelvas a hacer de las tuyas.
Otro silencio. Ninguno de los dos sabía que decir. Finalmente el Doctor dio un salto y empezó a tocar los controles de la TARDIS. El Amo seguía con la mirada todos sus movimientos.
-Lo haces mal –dijo el Amo.
-¿Qué?
-La TARDIS. No sabes conducirla –su tono era burlón.
-Sabes que fue hecha para seis pilotos, yo solo soy uno – argumentó el Doctor, tocado en su orgullo.
-Podríamos ser dos –el Amo miró los controles, mientras se acercaba lentamente con una mirada maliciosa. Tocó una palanca, pero una corriente eléctrica recorrió su cuerpo y lo hico apartarse- ¡AY!
-¿De verdad creías que te dejaría pilotar conmigo? No le gustas a la TARDIS, y hasta que yo no se lo ordene no te dejará conducir –sonrió el Doctor.
El Amo frunció el ceño y se apartó ligeramente de los controles. Suspiró y paseó la mirada por la nave. Entonces se oyó una sirena y un fuerte golpe hico temblar la TARDIS. Tanto el Amo como el Doctor cayeron al suelo, al tiempo que la proa de un barco atravesaba la pared de la cabina telefónica.
-¡Ay! –gritó el Amo. Un salvavidas le había golpeado la cabeza.
-Eres gafe –bromeó el Doctor, mientras cogía el salvavidas-. ¡Por Gallifrey!
-¿Qué pasa? –Se acercó el Amo, curioso- ¡Joder!
Ambos Señores del Tiempo se sorprendieron al leer el nombre del barco que los había embestido. Pero uno era más educado que el otro.
-¿Qué?
-¡Acabamos de chocar contra el maldito Titánic! –gritó el Amo.
-¿Qué?
-¡Si me hubieras dejado pilotar esto no habría pasado! –le recriminó.
-¡¿Qué?!
-Doctor, por favor, podrías ¡dejar de hacer el idiota! Tanto qué, tanto qué. ¡Reacciona! –le abofeteó el Amo.
-¡AY! Es la costumbre, siempre digo qué tres veces antes de pensar en algo.
-Una costumbre estúpida –se buró el Amo.
El Doctor prefirió no contestar. Se dirigió a la consola de mandos e hico desaparecer la TARDIS.
-No sabía dónde ir, pero ya que estamos… Ponte elegante. ¡Vamos al Titánic!
-¿Elegante?
-Tienes el traje hecho trizas. ¿Debo recordarte que te has regenerado? –Esta vez el Doctor se burló del Amo- Al fondo a la derecha encontrarás la escalera que lleva al ropero. Ponte smoking y pajarita, elegante.
-¿Al fondo a la derecha? Ahí está el baño.
-Creo que conozco mi TARDIS mejor que tú. El ropero está al fondo a la derecha. El baño está en el segundo pasillo a la izquierda, tercera puerta de la derecha, pasillo de la derecha, todo recto y al fondo.
-Tu TARDIS es idiota. En todas las películas el baño está al fondo a la derecha.
-Espabila y cámbiate o te dejo aquí.
-No, ya voy. Tengo hambre.
-Me siento ridículo vestido igual que tú –se quejó el Amo mientras el Doctor cerraba la TARDIS con llave.
-Oh, a mí me parece gracioso.
-¡Si parecemos de esas parejas tan acarameladas que hasta se visten igual!
El Doctor rio con la sugerencia del Amo y miró a su alrededor. Se encontraban en un vestíbulo enorme, con muchas razas de alienígenas. El ambiente navideño flotaba en el aire y había adornos de distintos planetas por todas partes.
-Mmm… huele genial –murmuró el Amo, entrecerrando los ojos.
-Lo sé –contestó el Doctor, mientras le ponía una esposa al Amo.
-¡Oye! –se quejó éste.
-Tu llevas una, yo la otra. Están conectadas de modo inalámbrico. Tan solo puedes alejarte de mí dos metros. Empezaremos así. Dentro de un tiempo quizá aumento tu margen de maniobra.
-Quizá –refunfuñó el Amo.
-¡Oh, vamos! ¡Es Navidad! –sonrió el Doctor.
Ambos se dirigieron al comedor y ocuparon un par de asientos libres al lado del matrimonio Van Hoff.
-Ganamos el viaje en un concurso –explicaba la agradable mujer un rato después.
El Doctor asentía, sonriendo, mientras el Amo no daba descanso a su boca. Ya iba por el tercer plato.
-¿Y ustedes como han acabado aquí? ¿Están de luna de miel? –preguntó Morvin, su marido.
El Amo se atragantó con la carne y el Doctor, sonrojado, le dio unos golpes en la espalda.
-No, no somos pareja. Somos un par de… amigos. Amigos que viajan juntos –explicó el Doctor, maquillando la realidad.
-¿Oh, entonces no están casados? Perdonen –se disculpó Morvin.
-Ni lo estamos ni lo estaremos jamás –remarcó el Amo mirando al Doctor.
-Obviamente –contestó él, sosteniéndole la mirada.
-Cariño, vigila lo que dices –le susurró Foon a su marido-. Está claro que están enamorados y no se atreven a declararse.
-Esto es demasiado –resopló el Amo, que había oído perfectamente a la señora. Se levantó de la silla y se acercó a una ventana.
-Perdonen –se disculpó el Doctor del matrimonio y se salió corriendo tras el Amo.
Ambos miraron al espacio a través de la ventana, lanzándose miradas furtivas por el rabillo del ojo.
-Tiene razón –dijo de golpe el Doctor.
-¿Qué?
-La señora Van Hoff –siguió.
-¿Qué?
-Estoy enamorado de ti.
-¿¡Qué!?
-¿Ves como no es una costumbre tan estúpida? Tú también has dicho qué tres veces –sonrió el Doctor-. Te estaba tomando el pelo.
-Más te vale –suspiró el Amo. Se quitó la pajarita y se la guardó en el bolsillo.
-Tú sí que tenías razón. Vestidos igual parecemos pareja.
-¿Por qué crees que me acabo de quitar la pajarita?
Los dos Señores del Tiempo se miraron y estallaron a carcajadas. Una camarera los miró con curiosidad. Una nueva canción empezó a sonar y el Amo dejó de reír de golpe.
-¿Bailas? –preguntó.
-¿Qué?
-Es que me encanta esta canción y no bailaré solo –explicó el Amo.
-¿Qué?
-Di qué una vez más y te arranco la lengua.
-Vale, vale –el Doctor miró al Amo-. Eh… vale, vamos.
Los dos se acercaron a la pista de baile. Juntaron sus manos izquierdas, pero con la derecha se detuvieron.
-Nunca había bailado un vals con un hombre. ¿La mano va al hombro o la cintura? –preguntó el Doctor, confuso.
-Ni idea –contestó el Amo. Pero puso la mano en la cintura del Doctor y le dejó claro con la mirada que pusiera la suya sobre su hombro.
Era extraño. Tantos años de rivalidad, peleas…. Y ahora estaban bailando juntos. Y no lo hacían nada mal. Algunas parejas los miraron, con envidia.
-Deberíamos ir al concurso de baile del planeta Mugimendua –sugirió el Doctor.
-No me interesa.
-Dan premios a los ganadores.
-¿Qué tipo de premios?
-Reliquias antiguas: herramientas, armas, objetos decorativos…
-Tienes razón, deberíamos ir al concurso de baile de Mugimendua.
El Doctor sonrió, satisfecho. Las cosas estaban resultando más sencillas de lo que jamás habría imaginado. Miró al Amo. ¿Era malo que se sintiera tan bien por el simple hecho de estar con él? Pero entonces un brusco golpe lo sacó de sus pensamientos. El barco espacial entero se movió repentinamente y con fiereza. El Doctor vio que el techo de esa habitación no aguantaría mucho.
-¡Corred! –gritó.
Pero la multitud gritaba asustada y nadie le prestó atención. El Doctor se giró hacia el Amo pero él no estaba ahí.
-¿Qué? –exclamó confuso.
Entonces la vio. La manilla del Amo estaba en el suelo. Una sospecha invadió la mente del Doctor y se metió la mano en el bolsillo rápidamente. Oh no… El Amo había aprovechado la excusa del baile para quitarle el destornillador sónico y la llave de la TARDIS. El dolor golpeó ambos corazones del Doctor. Sabía que el Amo no era de fiar, que intentaría algo… Pero entonces, ¿Por qué se sentía tan traicionado?
Un fuerte crujido resonó en la sala y el Doctor salió corriendo, dejando todos esos tormentos para luego. Justo a tiempo. El techo se vino abajo, aplastando a todas esas personas.
-¡Doctor! –gritó Foon.
-¿Estáis bien? –preguntó el Doctor, mirando al matrimonio Van Hoff. Ellos asintieron.
-Vimos que tú y tu… tu amigo veníais a bailar y quisimos venir también. Cuando el barco se movió vimos que el techo crujía y salimos de la sala –explicó Morvin.
-¿Por cierto, dónde está tu amigo?
-Se fue a nuestra nave… Espero que esté bien –medio murmuró el Doctor, visiblemente triste.
-Oh cariño –lo abrazó Foon.
El Doctor se dejó consolar por la señora, mientras su marido recorría el perímetro de la sala.
-Estamos encerrados –dijo Morvin-. Todas las puertas están bloqueadas.
-¡Sí! –Exclamó el Amo mientras cerraba la puerta de la TARDIS- ¡Al fin mía!
Estalló en una sonora carcajada. Se detuvo delante de la consola de mandos y entrecerró los ojos. Apuntó con el destornillador sónico, haciendo saltar algunas chispas.
-¡Voila, ya te puedo manejar, vieja estúpida! –gritó exultante de alegría.
-¿Hay alguien ahí? –preguntó una voz por la radio.
-Sí, somos tres personas con vida. Estamos atrapados en la sala contigua al salón de baile. ¿Pueden mandar ayuda? –contestó el Doctor, esperanzado.
-Lo siento, pero las comunicaciones exteriores están destrozadas y los controles bloqueados. He escaneado la nave y aparte de ustedes detecto seis personas vivas en la zona sur del… ¡no puede ser!
-¿Qué pasa? –se horrorizó Foon, abrazando a su marido.
-Tan solo os detecto a vosotros. Las otras seis personas han desaparecido –explicó la voz.
-¿Eso qué quiere decir? –preguntó el Doctor.
-No lo sé. Es mi primer viaje y tan solo quedo yo en puente de mando. ¡El Capitán se volvió loco, estrelló la nave contra los asteroides a propósito!
-Bien, tranquilízate –intentó calmarlo el Doctor-. ¿Cómo te llamas?
-Guardiamarina Frame.
-Vale, Guardiamarina Frame, quiero que detectes si hay formas de vida a bordo. Personas no, formas de vida. Eso explicaría la desaparición de esas personas –razonó el Doctor, deseando que el Amo hubiera llegado a tiempo a la TARDIS.
Unos golpes en la puerta hicieron que el matrimonio Van Hoff se sobresaltara. El Doctor soltó la radio de golpe y se dio la vuelta.
-¡Shhh! –indicó, poniéndose el dedo en los labios-. ¿Guardiamarina Frame, que dice el escáner? –susurró a la radio.
-¡Son los ángeles señor! No sé porque, pero se han revelado. Están intentando entrar en puente de mando. ¡Los ángeles han matado a esas personas! –gritó aterrado el joven, mientras bloqueaba la puerta tratando de ignorar el dolor que le producía la herida de bala en el abdomen.
Una mano metálica atravesó la puerta de hierro. Foon soltó un grito de terror mientras abrazaba más fuerte aun a Morvin. Instintivamente el Doctor se llevó la mano al bolsillo para coger el destornillador sónico, pero no estaba. El Amo.
"¿Estará a salvo en la TARDIS?" –se preguntaba el Doctor una y otra vez.
Los ángeles fueron entrando de uno a uno. Habían conseguido agrandar el agujero de la puerta a fuerza de golpes. Se acercaron a donde estaban el Doctor y el matrimonio Van Hoff, con las aureolas en la mano.
-¡Un momento! –Gritó el Doctor- Me parece que vuestra obligación es informar, y yo necesito que me informéis. ¿Es correcto?
-Respuesta: Afirmativo –contestó un ángel-. Te quedan dos preguntas.
-¿Qué? ¡No, no era una pregunta! ¿No se puede volver a empezar? –se quejó el Doctor.
-Respuesta: Negativo –contestó otro ángel-. Te queda una pregunta.
-¡No, no, no! Arg… Veamos… mi última pregunta es…
Entonces una cabina telefónica apareció en medio de la sala, produciendo un sonido que el Doctor reconoció al vuelo. La puerta de la TARDIS se abrió y el Amo les gritó:
-¡Venga idiotas, espabilad! ¿No veis que os matarán?
-¡Hacedle caso, entrad! –empujó el Doctor al matrimonio Van Hoff dentro de su nave y cerró de un portazo.
-¡Es un milagro! –exclamó Foon, abrazando al Amo. Éste la apartó en seguida.
El Doctor se acercó al Amo y le dio un fuerte puñetazo en el pómulo derecho.
-¡Me engañaste! –le dijo furioso mientras lo abrazaba.
El Amo correspondió al abrazo, confuso. Se separaron pocos segundos después y se llevó la mano a la mejilla. Seguramente le saldría un buen morado.
-Pero te perdono. Al final has vuelto a por mí –sonrió el Doctor.
-No ha sido voluntariamente, tu maldita máquina puso el piloto automático y vino sola –murmuró el Amo, entrecerrando los ojos.
El Doctor se acercó a la consola de mandos y le echó una mirada a la pantalla. Tocando un par de botones rastreó cómo había llegado la TARDIS hasta él.
-Con que piloto automático, ¿eh? –preguntó satisfecho.
El Amo no dijo nada y el Doctor prefirió no insistir. Por una vez que el Amo hacia algo bueno…
-Tenemos que ir a por Guardiamarina Frame –dijo el Doctor, tomando el mando de la TARDIS.
-No, tenemos que irnos. Esta nave va a chocar contra la Tierra en nada y menos. Nos vamos –le llevó la contraria el Amo.
-¿Contra la Tierra? Definitivamente, vamos a puente de mando. Tenemos que evitarlo –decidió el Doctor.
El Amo resopló pero no dijo nada.
-¿Allons-y Alonso? –seguía riendo el Amo, una vez de vuelta en la TARDIS con el Titánic y el palacio de Buckingham fuera de peligro.
-Hacía tiempo que tenía ganas de decir eso –justificó el Doctor.
-Tú y tus manías.
-Al menos no hago daño a nadie.
Los dos se miraron en silencio.
-Gracias por salvarme –dijo el Doctor-. Podrías haberme dejado ahí tirado, pero volviste a por mí.
-No sé porque lo hice –reflexionó el Amo-. Debería haberte abandonado, pero… supongo que el Universo sin ti no tiene tanta gracia. Me gusta hacerte enfadar.
-Gracias de todos modos.
-Oh, cállate. Lo hice por mi propio egoísmo, nada de compasión. Ni siquiera me caes bien –explicó el Amo, intentando sonar convincente.
-Claro –contestó el Doctor, haciendo ver que se lo creía.
-¿Mugimendua? –preguntó el Amo, apoyándose en la consola de mandos.
-Me parece bien –concedió el Doctor.
