La Mangosta Roja.

Prólogo: UA. Posguerra. Dos años después de la batalla final, Zuko descubre una amenaza latente en la parte baja de Ba Sing Se: un grupo de rebeldes liderados por un viejo y poderoso enemigo. Junto a Katara, deberá hacer todo lo posible para eliminar esa amenaza.

Disclaimer: Avatar, The last airbender es propiedad exclusiva de Nickelodeon y de sus creadores, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. No obtengo ningún beneficio económico con esta historia.


Nunca temas a las sombras; sólo son el indicio de que en algún lugar cercano hay una luz resplandeciente.
Murcianika.


Katara soltó un suspiro. Su expresión era inescrutable.
Zuko miró de reojo por encima del hombro hacia ella y apretó los dientes de pura frustración. Tenía el estómago lleno de nudos y una ligera jaqueca empezaba a insinuársele en el latido de sus sienes.

—Casi llegamos —anunció Aang.

Zuko se llevó la mano a la frente para protegerse del sol y parpadeó varias veces seguidas. Los muros de Ba Sing Se parecían desde la altura delgadas líneas serpenteantes.

—Dime una cosa, Zuko —continuó él, al tiempo que el bisonte batía la cola y se propulsaba hacia abajo con mayor velocidad—. Esta es una misión secreta, ¿verdad?

Él hizo un gesto afirmativo. El sudor hacía que le brillara toda la cara.

—Entonces, ¿no crees que la gente podría notar que… bueno, no estás en el palacio?

—No, no creo que lo hagan. Todo el mundo piensa que estoy en cama, enfermo —se detuvo brevemente—. Dije que tenía escarlatina.

—Oh, escarlatina —Aang parecía impresionado—. Bien hecho. Así nadie sospechará nada.

Katara se puso el bolso en bandolera; el viento le voló el pelo hacia delante.
Abajo, la ciudad aumentaba de tamaño a medida que se acercaban a ella. Las casas eran cada vez más grandes y las personas menos amorfas. Appa sobrevoló las viviendas más precarias de la gigantesca capital del Reino Tierra y aterrizó flemáticamente en un terreno descampado. Una maleza desigual y voluminosa crecía por doquier.
Zuko descendió de un salto del lomo del bisonte y Katara le arrojó el equipaje diligente. Aang ya se encontraba en el suelo.

—Bien, creo que eso es todo —su mirada se posó sobre Katara. Sus ojos se estaban llenando de lágrimas, pero ella sabía que no quería que se notasen. Trató de sonreír.

Katara dio dos zancadas y lo abrazó fuertemente. Aún era un poco más alta que él.

—Te extrañaré —susurró con voz dolida, apartándose de allí.

Aang se sorbió la nariz y miró hacia otro lado. Ella estaba ahora despidiéndose de Appa.

—Prométeme que la cuidaras —le pidió a Zuko por lo bajo, de modo que no pudiese oírlos nadie más.

Zuko lo pensó un momento. No acertaba a recordar cuándo había sido la última vez que había faltado a su palabra, pero, ¿podría protegerla? ¿Realmente quería hacerlo?
Casi parecía enfadado cuando al fin contestó:

—Te lo prometo.

Aang sabía que podía confiar en él. Ya lo había hecho en el pasado. Volvió a montar en el bisonte, lanzando una última mirada a sus amigos.
«¡Appa! ¡Yip, yip!» exclamó vehemente, mientras ella se despedía con la mano.


Empezaron a caminar uno junto al otro.

—Vámonos de aquí. Natsu nos espera. [1]

Katara estuvo a punto de preguntarle quién era esa mujer y porqué los estaba esperando, pero se dio cuenta de que sería una invitación para conversar. En lugar de eso, asintió en silencio con la cabeza.
Anduvieron así durante un rato, sin decirse palabra, hasta que una señora desgarbada y rolliza le dio un brusco empellón.

—¡Fíjate por dónde vas, niña! —vociferó encolerizada.

Zuko se volvió para mirarla, ceñudo, pero siguió caminando como si nada hubiera pasado.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí, estoy bien. No es nada.

Era mucho más que nada, pero le gustaba la sensación de ser valiente. Más tarde podría curar el cardenal que le saldría usando sus habilidades de Agua Control, como siempre hacía cuando resultaba lastimada.

Katara apretó el paso sin saber lo que la apremiaba. Zuko la imitó. Doblaron la esquina y caminaron un poco más. Estaba anocheciendo, y arriba, en el cielo crepuscular, palpitaban indolentes las primeras estrellas.

—Llegamos —dijo él, deteniéndose en la acera—. Esa es la taberna.

Katara se paró en seco y examinó el lugar. No tenía ni idea de dónde estaban ni de qué se iba a encontrar. Sus ojos azules se achicaron ligeramente.

—Estás de broma, ¿verdad? —lanzó una risita nerviosa.

La taberna era un sitio lúgubre y desaseado. Las ventanas eran opacas y la suciedad se había acumulado en los cristales. Un descuidado letrero con el dibujo de una mangosta tuerta e hirsuta colgaba encima de la puerta.

Katara miró a Zuko. Él tenía ahora una expresión seria, no estaba bromeando. Tragó saliva de forma audible y sintió un escalofrío.

—No, no es broma. Mi tío conoce a la propietaria, se llama Natsu. Creo que ellos fueron… amigos, hace algún tiempo.

—Oh, bien. Andando entonces.

—Espera, ¿qué hay de tu collar?

—¿Qué con él? —inquirió recelosa.

—Bueno, es de la Tribu Agua del Sur, ¿no?

—En realidad, es de la Tribu Agua del Norte —se cruzó de brazos—. Las mujeres comprometidas usan collares con pendientes hechos de piedra tallada por el futuro marido.

Zuko resopló y puso los ojos en blanco.

—Sea como sea. Es fácil de identificar.

—Oh, entiendo —asintió con aire pensativo. Sabía lo que quería decir—. Sabes, no esperaba que los Maestros Fuego estudiaran la cultura de los pueblos a los que atacan.

Katara desató la cinta de color azul marino y guardó el collar sin mirar el pendiente. No quería ocultarlo. Era un regalo de su madre, lo único que le quedaba de ella. Sus manos se cerraron en un puño sin darse cuenta. ¿Por qué debía esconderlo nuevamente?

—Ya está —dijo enfurruñada—. ¿Alguna otra cosa?

—No —concluyó—, todo está bien. Sólo era eso.

Cuando ambos entraron en la taberna, un pequeño racimo de campanillas de latón que colgaba sobre la puerta empezó a repiquetear estruendosamente. Ante ellos tenían una habitación pequeña y estrecha, iluminada levemente por farolillos de queroseno. Los muros estaban mohosos y cubiertos de polvo, y en los rincones había gruesas telarañas. Katara arrugó la nariz. Apestaba a tabaco y cerveza rancia.
A los pocos segundos entró una mujer de cincuenta años con una melena gris que le caía sobre la espalda. Se parecía mucho a Hamma, la chiflada Maestra Agua, aunque evidentemente era más joven.

—Buenas noches, señora. Yo soy Lee, el sobrino de Mushi.

Natsu trató de enfocar. Sus ojos parecían velados por una película pálida.

—¿Junior? ¿Eres tú?

Él asintió una vez.

—¡No puedo creerlo! Eres igual de guapo que tu tío. Muy alto y atlético —fijó la vista en el lado izquierdo de su rostro—. Lastima lo de tu cicatriz.

Katara se aclaró la garganta, incómoda, y Natsu giró la mirada hacia ella.
Zuko se sintió agradecido por aquello.

—¿Y tú? ¿Quién eres?

—Me llamo... uhh… Kuā Měi.

—Así que Kuā Měi, ¿eh? Ese nombre no te queda. Desde ahora te llamarás Ta Min —le tendió una mano rígida—. Es un placer conocerte.

Ella vaciló un instante y luego se la estrechó. Su piel era áspera y rugosa.

—¿Qué los trae por aquí?

—Queremos trabajar —le soltó Zuko de repente—. De lo que sea, cualquier trabajo estará bien.

—Qué interesante. Necesito algo de personal, sí, aunque no tengo mucho dinero. El salario que puedo abonar ahora es un poco… escaso para algunos.

—Eso no importa, de verdad. Pero necesitamos también un lugar donde alojarnos, y algo de comida.

Una sonrisa maliciosa le cambió las facciones.

—Sí, puedo ayudarlos. Tengo una pequeña habitación libre allá atrás.

—¿Una sola? —inquirió Katara.

—Bueno, jovencita, esto no es una posada. Una sola habitación es lo único que tengo. Tómenla o déjenla.

—La tomaremos —dijo él—. La tomaremos.

Natsu los guió por un pasillo largo y oscuro, que se perdía al fondo en penumbra. Katara clavó la mirada ausente en el suelo enmoquetado. Podía oír los pasos ahogados de Zuko y su respiración acompasada. Inhalando y exhalando. ¿Cuánto tiempo tendrían que pasar exactamente en aquella pocilga lóbrega y maloliente? ¿No había acaso ningún otro lugar disponible sobre la Tierra? ¿Algún lugar limpio, para variar? Se mordió el labio inferior. Estaba actuando como una tonta.

—Aquí es —abrió la puerta de par en par—. Espero que disfruten su estadía.

Katara miró en derredor. Vio estantes llenos de cajas y objetos envueltos en papel, así como varios baúles cerrados y unos cuantos futones enrollados. El cuarto cubierto de tatamis tenía también una única ventana, angosta y rectangular.

—Buenas noches, tortolitos —dijo con voz melosa, y cerró la puerta al salir.

—¡No somos unos tortolitos! —gritó prácticamente Katara. Pero era demasiado tarde. Ella ya se había ido.

—Este lugar es… humm…

—¿Horrible? —intentó adivinar.

Zuko soltó una risita.

—Yo iba a decir acogedor, en realidad. Pero sí, es horrible.

Katara estiró un futón de color verde botella.
Zuko se quitó la camisa, la dobló cuidadosamente y la sujetó bajo el brazo. Katara hizo una mueca de disgusto y apartó la mirada. Sus mejillas estaban enrojecidas. ¿Por qué tenía que desvestirse en ese momento?

—Zuko, por favor, ¿podrías no desnudarte delante de mí?

—No me estoy desnudando —se tumbó boca abajo—, aún tengo puestos los pantalones.

Ella se metió en su propia cama y enterró la cabeza en la almohada. Cerró los ojos apretándolos bien, pero tenía la cabeza demasiado activa para poder dormir. Se preguntó vagamente cuál sería el trabajo que Natsu le asignaría. ¿Camarera? ¿Cocinera? ¿Dependienta? No se le ocurrió ninguna alternativa, tendría que contentarse.

Zuko se removió inquieto.

—Tenías razón —admitió con cautela.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que dijiste antes. No sé nada de la Tribu Agua.

Katara se apoyó en los codos. Él se incorporó.

—¿Y qué quieres saber?

—Algo —se encogió de hombros—. Las costumbres de tu pueblo, supongo.

—Bueno, hay una tradición interesante que conozco muy bien. Es un rito de iniciación —suspiró profundamente y se frotó los ojos con el dorso de las manos— Cuando un joven de la tribu cumple 14 años es llevado en un bote con su padre, y retado a esquivar témpanos de hielo en las corrientes fuertes del mar…

—¿Y cuál es la parte buena?

—¡Ya llegaba a eso! Si el joven lo logra, recibe una marca en su frente que simboliza su virtud. Yo, por ejemplo, gané la del valor.

—Vaya —dijo con voz apagada—, creo que no podría contar con mi padre para eso.

Katara dejó escapar un murmullo de lástima. Luego, carraspeó.

—No, creo que no.

—¿Y… cuál piensas que podría ser mi marca?

—No lo sé —miró al techo a dos aguas—. Un Maestro Fuego jamás podría convertirse en un miembro honorario de la Tribu Agua. Sería demasiado raro, ¿no?

—Tal vez sí, para el Señor del Fuego.

Zuko encendió una llama diminuta en el extremo de su dedo pulgar y jugueteó con ella distraídamente. Unas sombras alargadas y espectrales llenaban la habitación.
Katara se dejó hipnotizar por el tenue parpadeo amarillento de la flama y olvidó por un instante lo que estaba pensando. Unos segundos más tarde, intentó retomar el hilo de la conversación.

—Y hablando del tema, ¿cómo está tu predecesor?

Su pregunta lo devolvió a la realidad.

—¿Ozai? —la miró fijamente, muy sorprendido—. Él se suicido.

—¡¿Qué? ¡¿Cómo?

A Zuko no pareció importarle, permanecía tranquilo.

—Se ahorcó en su celda hace dos semanas. Un guardia lo encontró.

Katara no tenía ni idea de qué decir o qué hacer. La noticia la había impactado ¿Le daba su pésame? ¿Se alegraba? No sabía cómo proceder.

—Oh…, Dios. ¿Estás bien?

—Perfectamente. Obtuvo lo que se merecía y murió como lo que era, una persona terrible... Lo único que lamento es que se haya muerto antes de decirme en dónde está mi madre.

Katara no dijo nada. Se percibía tensión en el ambiente.
«¿Qué haría Aang?», se preguntó desesperada. No era tan buena consejera como él.


[1] Natsu 夏 Significa verano en japones. La historia transcurre en el verano, así que me pareció oportuno llamar de esta forma al personaje.

Notas del Autor: Este capítulo es ciertamente un poco más corto que el anterior, pero en verdad tenía muchas ganas de actualizar antes del miércoles.

Bueno, primero lo primero. Ya me han dicho que mi historia se parecía un poco a Maestros Tormenta (escrito por Fandomme y traducido por MTBlac) pero, a pesar de que leí esa historia y de que me gustó muchísimo, no la estoy copiando. Esto de "la misión secreta" y de los "agentes encubiertos" se me ocurrió mientras miraba el episodio Los Invasores del Sur. El comienzo es un poco parecido, sí, pero el desarrollo y la conclusión son totalmente diferentes.

Espero haber aclarado algunas dudas al respecto.

Gracias por leer ^^