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Capítulo 2: Perspectivas
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En su sueño, como solía ocurrir cada vez que caía en brazos de Morfeo, volvía a ser un niño. Estaba recostado de espaldas sobre la hierba, descansando a la sombra del gran fresno que crecía a orillas del río. El suave murmullo del agua, la luz del sol filtrándose a través de las hojas en las ramas, las majestuosas montañas nevadas a lo lejos, todo era tan hermoso como lo recordaba. Y tal como lo recordaba, ella no tardó en aparecer.
—Endimión… ¡Endimión!—lo llamó una aguda pero bella voz infantil—Endimión, ¿dónde te has metido ahora? ¡Debo decirte algo muy importante!
Endimión suspiró, torciendo la mirada hacia un costado. Aquel lado de la ribera se encontraba flanqueado por un gran campo de flores, una pequeña pradera pintada de mil colores diferentes. Más allá, sobre el horizonte, la silueta del pueblo se dibujaba con claridad contra el azul claro del mediodía. La niña surgió de pronto de entre las flores del campo, hermosa y rozagante como si fuera una más de ellas.
—Oh, aquí estás, ¿por qué no contestabas?—le soltó en tono de reproche.
Endimión apartó la mirada con gesto despreocupado.
—Cálmate, Serena. Estuve toda la mañana ayudando a mamá en la granja, ¿qué no tengo derecho a descansar un poco?
Serena se cruzó de brazos, alzando una de sus cejas rubias.
—No te estaba recriminando nada. Y claro que sé que estuviste trabajando en la granja; yo te ayudé, ¿no lo recuerdas?
—Ahora que lo mencionas, no.
La niña soltó un gruñido de disconformidad, inflando sus mejillas sonrosadas. Sin agregar nada más se sentó a su lado bajo el árbol, observándolo de reojo. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Endimión tenía la vista clavada en los lejanos picos nevados que se extendían sobre el horizonte, del otro lado del río. Serena lo miró con el ceño fruncido, abrazándose las rodillas con sus pequeños brazos.
— ¿En verdad solo descansabas?—preguntó de repente—Siempre que estás aquí no haces más que mirar y mirar esas montañas.
—Eres más atenta de lo que pareces—contestó Endimión en tono divertido, mirándola directo a los ojos.
Serena apartó la mirada, levemente ruborizada.
—Tampoco es tan difícil darse cuenta—replicó— ¿Qué hay con esas montañas?
—No lo sé. Y esa es precisamente la cuestión.
— ¿A qué te refieres?
Endimión se volvió hacia ella, apoyando un codo sobre la hierba y el mentón sobre la palma de su mano.
—Me refiero a que no sé que hay en esas montañas, ni en las tierras más allá. Tampoco sé cómo se ven las grandes ciudades de las que tanto habla mi padre cuando vuelve de sus viajes—Endimión ensanchó su sonrisa— ¿No te gustaría saberlo, Serena? ¿No te gustaría conocer algo más del mundo aparte de nuestro pequeño pueblo?
La niña le devolvió la sonrisa, mirándolo de reojo.
—A mí me gusta mucho nuestro pueblo, pero…supongo que tienes razón. Sería genial poder conocer el resto del mundo algún día.
Endimión se incorporó de un salto, apretando los puños sin dejar de sonreír.
— ¡Claro que sí! Y te prometo que cuando sea un hombre te llevaré conmigo para que lo conozcas—le guiñó un ojo con alegría—Recorreremos todas las grandes ciudades del imperio, ya lo verás, y cuando nuestro viaje termine no seremos capaces de decidir cual lugar fue el más bello.
Serena clavó sus grandes ojos azules en el suelo, sonriendo avergonzada.
—Mientras estemos juntos…cualquier lugar será bello.
Endimión se quedó repentinamente en blanco, aún con los puños apretados extendidos en el aire.
—Oh...—murmuró, rascándose una mejilla—Ehhh… ¡Ah, sí! ¿Qué era eso tan importante que debías decirme?
— ¡Es verdad!—exclamó la niña, incorporándose repentinamente de la hierba—Es tu padre, Endimión, ¡tu padre ha regresado al pueblo!
— ¿En serio?—preguntó él con emoción— ¿Cuándo?
—Hace solo unos instantes. Tu madre me pidió que viniera a avistarte.
— ¡Genial! Hace meses que no le veo. ¡Vamos Serena! ¡De seguro nos trajo algo!
Sin esperar respuesta, el niño tomó a su amiga de la mano, echando a correr hacia el gran campo floreado que se extendía entre el pueblo y la ribera. Fue en ese momento que escucharon las campanas…y que vieron el humo brotar en delgadas columnas grises desde el pueblo.
Fue el último día que vieron su hogar…
…Endimión abrió repentinamente los ojos, dando un violento respingo hacia adelante. Enseguida el agudo dolor en su estómago lo obligó a volver a recostarse sobre el duro suelo alfombrado. Confuso, observó de un extremo a otro de la enorme habitación en la que se hallaba. Aún podía sentir el sudor corriéndole helado por el cuerpo.
— ¿Cuándo diablos llegué aquí?—murmuró sin entender.
La habitación era un inmenso pasillo de mármol, lo suficientemente ancho como para que todo un contingente de soldados cruzara hombro con hombro sin estorbarse. El suelo se encontraba recubierto por una finísima alfombra plateada, y toda una serie de columnas blancas se extendía a izquierda y derecha, uniendo el suelo con el techo. El pasillo conducía directo a una gran plataforma rectangular, la cual se elevaba casi un metro por sobre el nivel del suelo, unida al mismo por una serie de pequeños escalones. Un soberbio trono de ébano se levantaba en el centro de la plataforma, de espaldas al inmenso telón plata en el que la habitación concluía, como si fuera un gran muro de terciopelo. Endimión se encontraba de espaldas en el piso, justo al pie del trono. Ya no llevaba puesta su armadura de Pegaso, la cual descansaba en el interior de su caja de plata, un par de metros hacia su derecha. Volvió a intentar incorporarse, esta vez con sumo cuidado.
—La Habitación del Patriarca…—susurró, observando detenidamente a su alrededor— ¿Cómo fue que llegué aquí?
—Yo no me esforzaría tanto si fuera tú. Aún te encuentras muy débil.
Endimión volteó sorprendido, mirando hacia atrás por encima del hombro. Un majestuoso anciano lo observaba de pie a sus espaldas, con una mano apoyada sobre el respaldo del trono. El joven lo miró con cierto asombro. Aquel hombre ya contaba con más de sesenta años de edad, pero aun así conservaba el vientre plano y los hombros anchos de un veinteañero. Se trataba de un anciano alto e imponente, de largos cabellos grises perfectamente peinados hacia atrás. Una cuidada barba corta, tan gris como su cabellera, le cubría medio rostro, resaltando el marrón claro de sus ojos. Vestía una larga túnica de un azul muy oscuro, casi negro, con el cuello de hilo dorado y múltiples costuras de color rojo aquí y allá.
—Señor Magno…
Magno, el supremo patriarca del Santuario, lo escrutó atentamente durante un segundo.
—Relájate, Endimión. Sufriste un gran daño durante el combate y aún no te recuperas del todo.
El joven Pegaso se llevó una mano hacia el abdomen, sintiendo un dolor intenso en la boca del estómago. Entonces, de repente, las imágenes se amontonaron en su cabeza. Pudo ver la armadura negra y brillante ante sus ojos, y el puño inmisericorde enterrándose en su estómago.
¡Lancelot!
— ¡Señor Magno!—exclamó—No hay tiempo para descansar… ¡El santuario fue atacado! Yo…
—Te dije que te relajaras, muchacho—lo interrumpió el patriarca—Sería un insulto a toda la dedicación que nuestra señora Selene puso al sanar tus heridas si no lo hicieras.
"Serena…"
— ¿La señorita Selene?—murmuró Endimión— ¿Acaso ella…?
—Así es—confirmó Magno—El daño que recibiste fue más serio de lo que te imaginas. De no haber sido por la sagrada energía y por las oraciones de nuestra señora habrías muerto. Por eso es que te encuentras aquí.
Endimión volvió a mirar por encima del hombro, hacia el gran telón plateado que se extendía desde el suelo hasta el techo. Todo guerrero sabía que tras aquel telón se encontraban las habitaciones de Selene, lugar al que nadie salvo el patriarca tenía permitido el acceso. Una cálida sensación lo inundó al meditar lo que acababa de oír de labios del anciano. Ella lo había salvado con su sagrada energía… Respiró profundamente, volviendo la vista hacia él.
—Por supuesto que no desprecio lo que la señorita Selene ha hecho por mí… Pero usted tiene que escuchar lo que ha ocurrido… Un hombre se presentó en los límites del santuario, su fuerza…
—Ya he hablado con Astinos sobre lo ocurrido—lo interrumpió Magno—Estoy muy al tanto de la situación en la que nos encontramos. Ahora hazme caso y concéntrate en recuperarte.
—Pero…
—Vuelve a tu posición en el Santuario, soldado. Cuando esta cuestión haya sido deliberada con Selene, y con los Lord Senshi, entonces informaremos a ti y a los demás caballeros de plata que es lo que deben hacer—Magno sonrió en un modo casi paternal—Hasta entonces descansa.
Endimión bajó la vista hacia el suelo, resignado. El tono del patriarca no dejaba lugar alguno a discusión. Tras levantar la caja que contenía su armadura del suelo, cargándola en sus espaldas, el joven pegaso se inclinó en una respetuosa reverencia.
—Como usted diga, señor Magno. Retornaré ahora mismo a mi posición.
Magno observó en silencio como el caballero de plata atravesaba rengueando el largo pasillo, desapareciendo tras la inmensa puerta doble que daba acceso a la habitación. Suspiró, cruzando ambas manos detrás de la cintura.
— ¿No piensa que tal vez haya sido algo excesivo tratar personalmente sus heridas?—preguntó en tono amable—Ese es un honor al que ni siquiera un Lord Senshi podría aspirar.
Magno se dio vuelta, mirando hacia el telón que se extendía tras su trono de ébano. La tela de plata se apartó lentamente, revelando a una hermosa muchacha ataviada con un vestido de color blanco. La chica ingresó tímidamente a la habitación, esbozando una amable sonrisa.
—Los sanadores del Santuario podrían haberse encargado—prosiguió Magno—Además no debe olvidar que su cuerpo humano apenas comienza a acostumbrarse al sagrado poder del que es contenedor. No debe esforzarse, señorita Selene.
La muchacha amplió su sonrisa, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado. Se trataba de una joven delgada, de baja estatura, y de piel tan pálida como la leche. Poseía una larga cabellera de un rubio claro, sujeta en dos largas coletas. Sus ojos eran grandes y de un azul muy intenso, con pequeños puntos plateados alrededor de las pupilas. Su expresión, su forma de caminar, la calidez en su mirada…cada rasgo y gesto en ella emanaba una belleza abrumadora, a pesar de que apenas debía llegar a los diecisiete años.
—Lo sé muy bien, Magno, pero no puedes culparme—respondió en tono amable, entrecerrando sus grandes ojos azules—Endimión y yo crecimos juntos…
. . .
—Solo rumores—comentó Ryotaro, cruzándose de brazos con el ceño fruncido—Todo el Santuario ha estado especulando sobre ello, pero nadie puede asegurar nada…
—Sin embargo todos vimos las luces y las explosiones en las afueras del Santuario—replicó Akira, sin disimular un bostezo en su voz— ¿No es así, Toshio?—agregó alegremente, observando al muchacho de cabellos color lavanda a su lado con una sonrisa.
Toshio se limitó a asentir con la cabeza, sin devolverle la mirada, lo cual no pareció agradar mucho a su compañera.
—Y aún no sabemos nada de Endimión…—murmuró Ryotaro, apretando las correas de cuero de la gran caja de plata a sus espaldas.
Los otros dos jóvenes lo observaron en silencio, con la preocupación reflejada en sus ojos. El cielo comenzaba a teñirse de un leve tinte rojizo, anticipando la pronto llegada del crepúsculo sobre el Santuario. Los tres amigos se encontraban sentados en las gradas superiores del actual coliseo, observando sin demasiado interés el entrenamiento de los nuevos reclutas, muchachos que iban desde los seis hasta los trece años de edad. De frente a ellos, aunque en una zona más elevada del terreno, podían divisar con claridad la gran torre del reloj, con sus doce fuegos apagados. A sus espaldas, más allá de los bordes de las gradas superiores, el terreno se elevaba en forma progresiva, albergando numerosos templos, barracas, edificios en ruinas, y simples cabañas; un sector espartano que servía como punto de residencia para los caballeros, maestros y aprendices.
—Yo escuché decir que Endimión se encontraba en las afueras cuando todo ocurrió—aventuró Akira—Quizás se encuentre herido…o peor…
— ¡No!—la interrumpió Ryotaro, apretando con fuerza sus puños. Era un muchacho joven y menudo, de no más de dieciocho años, con la piel cobriza y ojos ambarinos. Su cabello, levemente ondulado y largo hasta los hombros, era de un rubio intenso. Por todos era sabido que tanto Endimión como Minato, Lord de Venus, eran sus mejores amigos en el Santuario—De ningún modo, Endimión no podría caer tan fácilmente…—continuó— ¡Él es el caballero de plata más poderoso que existe!
—Que sea más fuerte que tú no quiere decir que no haya guerreros más hábiles que él—comentó en tono frío el joven llamado Toshio. Parecía tener la misma edad que Ryotaro, pero ahí terminaba toda similitud. Toshio era alto y fornido, de piel pálida y grandes ojos de un gris claro. Su cabello de un intenso lavanda, lacio y alborotado dejaba la frente libre. A sus pies descansaba una gran caja de plata con el grabado de un Halcón— ¿Crees que Endimión tendría oportunidad contra alguien del nivel de un Lord Senshi?
—No hay nadie más fuerte que un Lord Senshi—replicó Ryotaro, alzando la voz— ¡Y Endimión no está muerto!
—Muchachos, por favor cálmense—concilió Akira, sonriendo en forma nerviosa— ¡No me obliguen a ponerme mi armadura!
La chica, una joven pequeña y delgada, aunque con una muy bella figura, tenía ambos pies apoyados sobre una caja de plata con un grabado en forma de pez. Era una joven de cabellos ondulados, de un celeste claro, el cual le caía largo hasta por debajo de la cintura. Por su delicada figura no parecía tener más de diecisiete años. A su lado, Toshio la miró durante un segundo, para luego cruzarse de brazos con gesto indiferente.
—Sea lo que sea que haya ocurrido, es extraño que aún no sepamos nada—reflexionó Ryotaro, ignorando las reprimendas de su compañera—No creo que podamos confiar en los rumores que recorren el Santuario. Algunos dicen que dos Lord Senshi se enfrentaron a muerte anoche. Tonterías. Creo que si es algo de verdad importante…en estos momentos el patriarca debe estar discutiéndolo con los Lords.
—Pues no te alejas demasiado…—murmuró de repente una débil voz—El señor Magno dijo algo sobre eso…
Los tres muchachos giraron la cabeza hacia un costado, topándose cara a cara con un joven de desordenada cabellera negra.
— ¡Endimión!
El guerrero de pegaso avanzó hacia sus amigos a paso lento, con una tenue sonrisa en sus labios.
— ¿Dónde diablos te habías metido?—exclamó Ryotaro.
— ¿Te encuentras bien?—quiso saber Akira.
Toshio se limitó a observarlo fríamente, sin decir nada.
—La verdad es que he estado mejor antes—suspiró Endimión, sentándose en las gradas junto a sus amigos.
—Cuéntanos que ha sucedido. Extraños rumores circulan por todo el Santuario…
Endimión ensombreció su expresión, clavando sus ojos azules en el suelo. Cuando terminó de relatarle a sus compañeros lo que había ocurrido la noche anterior, éstos se quedaron observándolo en silencio durante unos cuantos segundos.
— ¿Ese tipo…peleó en el mismo nivel que el señor Astinos?—murmuró Akira, sin poder ocultar del todo el temor en su voz.
Endimión asintió en silencio.
—Vaya…eso por sí solo es algo increíble—reflexionó Ryotaro. A diferencia de su compañera, no parecía asustado, sino sinceramente sorprendido— ¿Quién diablos podría ser?
—No lo sé… Apenas si logré escuchar su nombre.
Toshio clavó sus ojos grises en Endimión durante un instante, desviando luego la mirada hacia un lado con gesto pensativo.
—Hay algunas cosas que podemos inferir de tu relato—declaró en tono indiferente.
— ¿A qué te refieres?
Toshio lo miró de reojo.
—Para empezar, sabemos que el tal Lancelot es lo suficientemente poderoso como para enfrentarse a un lord senshi. Pero solo a uno. La llegada de Leánder y de Minato lo obligó a retirarse del campo de batalla.
—Suena lógico—coincidió Akira.
Toshio continuó sin prestarle la más mínima atención.
—Por otro lado, su nombre es algo a tener en cuenta. Lancelot es uno de los antiguos héroes griegos de la mitología. Supongo que habrán oído hablar del mito de las caballeros de la mesa redonda.
Akira y Endimión se miraron encogiéndose de hombros.
—Te refieres al caballero más fiel, ¿verdad?—preguntó Ryotaro.
Toshio asintió.
—Con esto no quiero decir que haya alguna relación entre el héroe del mito y el sujeto que atacó a Endimión—Toshio ensombreció repentinamente su expresión, paseando la mirada por sus tres camaradas—Pero hay algo más importante…y alarmante.
— ¿Qué?
—Este tipo se presentó como Lancelot, uno de los espectros de las doce legiones Caoticas, ¿verdad?
—Sí, así es—confirmó Endimión.
Toshio se cruzó de brazos, desviando la mirada hacia la caja de plata a sus pies.
—Jamás había oído hablar antes de esa legión o lo que sea, pero…eso quiere decir que hay otros once tipos tan o incluso más fuertes que él… Cada uno al mando de un número indefinido de guerreros—el joven alzó la mirada nuevamente—Sea quien sea…nos enfrentamos a un ejército.
Endimión, Akira y Ryotaro guardaron silencio, observando a su amigo con los ojos muy abiertos.
—Esto es mucho peor de lo que me imaginaba…—murmuró Endimión.
—Pero no deja de ser cierto—comentó una voz franca y amable.
Tanto Endimión como sus compañeros giraron la cabeza hacia un lado.
—Hola, amigos ¿Cómo han estado?
Un joven gallardo y esbelto los saludó, de pie al lado de las escaleras que comunicaban con los niveles inferiores del coliseo. Era un muchacho de rostro afable y atractivo, de ojos verdes y larga cabellera de color blanco, la cual llevaba atada a la altura de la nuca, cayéndole libre hasta media espalda. Vestía una armadura de un espléndido blanco-nieve, la cual, al igual que una armadura de oro de blanco, cubría casi la totalidad de su cuerpo. Una pequeña lira de plata descansaba sobre su mano derecha, y una hermosa chica de cabellos oscuros lo acompañaba.
Endimión los observó a ambos, sonriendo amistosamente.
—Artemis, Luna…me alegra verlos.
El recién llegado se acercó hacia ellos, seguido de cerca por la joven llamada Luna.
—Astinos y el patriarca me contaron lo que ocurrió anoche, Endimión—comentó Artemis, observando al joven pegaso con atención—De no haber sido por ti el invasor habría llegado hasta el Santuario.
Endimión negó con la cabeza.
—No pude hacer nada contra él… Es a Astinos y a los demás lord senshi a quien debes agradecer.
Artemis le sonrió amigablemente.
—Si tú no hubieras estado ahí, ni Astinos, ni los demás lord se habrían enterado nunca de lo que ocurría. No debes reprocharte; aquel enemigo suponía un desafío incluso para el más fuerte de los guerreros.
— ¿Hablaste con el patriarca?—preguntó de repente Toshio, sin ningún tipo de cortesía. Sus ojos de hielo miraban a Artemis como si estuvieran contemplando una simple roca en el suelo.
—Toshio…por favor, sé amable—murmuró Akira.
—No te preocupes—la corrigió, Artemis, sin desdibujar la amable sonrisa en su rostro—Si, Toshio, hablé con el patriarca. Tu deducción es correcta. Eso mismo es lo que el señor Magno, Astinos y yo pensamos en un primer momento. Y sin duda es algo grave…
Toshio desvió la mirada, cruzándose de brazos. No suponía ninguna sorpresa para los cuatro jóvenes de plata que aquel amistoso muchacho hubiera hablado directamente con el patriarca sobre lo ocurrido. Artemis no era un Lord Senshi…pero solo porque no existía una decimotercera armadura de las estrellas guardianas. Él era el caballero de plata de la Luna y, según se decía, su poder era tan alto que podía rivalizar fácilmente con el de cualquier Lord Senshi. Incluso éstos últimos le guardaban un gran respeto, considerándolo prácticamente su igual. Era por eso, y por su carácter justo e inteligente, que el patriarca siempre tenía en cuenta su opinión.
—Nos temíamos que se tratara de algo grave…—murmuró Ryotaro—A pesar de la distancia a la que nos encontrábamos cuando nos percatamos, pudimos sentir el gran poder y ver los efectos de la batalla.
—Si…—asintió Luna—El temblor en la tierra pudo sentirse incluso en el pueblo, y todo el horizonte pareció estallar en llamas durante un segundo…
Luna, la joven que acompañaba a Artemis, era una hermosa muchacha de cabellos negros, grandes ojos azules y piel tan delicada y tersa como una flor. Vivía y trabajaba como artesana en el pueblo de Argentum, un pequeño asentamiento agrícola en las afueras del santuario. Por lo general ningún habitante del poblado tenía permitido el acceso al Santuario en sí, pero por todos era sabido el gran amor que ella y Artemis se profesaban, por lo cual tenía el permiso del patriarca para acudir en forma ocasional, no solo para visitar a Artemis, sino también para reforzar el constante comercio entre el Santuario y el pueblo de Argentum, su principal proveedor de telas y alimentos.
—Algo muy grave…—reflexionó Endimión en voz baja, alzando la vista hacia el guerrero de plata—Dime Artemis, ¿qué te dijo el patriarca? ¿Qué es lo que ocurrirá ahora?
Artemis desvió la mirada hacia el suelo con gesto preocupado.
—Cuando el sol se oculte, el patriarca convocará en reunión a los doce Lords.
— ¿Una Reunión Sagrada?—preguntó Akira con asombro—Hacía años que no se celebraba una.
—Décadas en realidad—la corrigió el santo de Lira—La última vez fue mucho antes de que cualquiera de nosotros se convirtiera en caballero—Artemis hizo una pausa, observando de uno en uno a sus jóvenes oyentes. Algo en su expresión había cambiado…—Escúchenme con atención por favor…lo que ocurrió anoche no fue algo del todo inesperado.
— ¿Qué quieres decir con eso?—preguntó confundido Endimión—Yo era el único que estaba ahí anoche cuando ese maldito llegó.
—Lo sé, y como dije, de no haber sido por ti, Lancelot habría tenido una oportunidad de infiltrarse en el Santuario. Él no buscaba un conflicto abierto…y tú lo provocaste.
— ¿Qué buscaba entonces?—preguntó Akira.
—La vida de Selene—murmuró Toshio, observando a Artemis directo a los ojos.
Endimión lo observó horrorizado.
— ¿La vida de la señorita Selene?
— ¿Por qué otra razón un enemigo de semejante nivel vendría aquí en solitario? Claramente fue una misión de infiltración para asesinar a Selene, y tal vez al patriarca.
—Mucho me temo que esa haya sido su intención…—confirmó Artemis—Los lord senshi se encontraban en estado de alerta anoche, por eso Astinos llegó tan rápidamente a la escena al rastrear tu aura, Endimión.
— ¿Pero por qué estaban en alerta? ¿Qué fue lo que ocurrió?
Artemis ensombreció su expresión, lo cual resultó extraño en su rostro tan amable y sereno.
—Selene ha estado observando mucho las estrellas últimamente. Se ha pasado noches enteras meditando en Moon Hill. Ella sabe que algo está a punto de ocurrir, lo presiente…y su última meditación así se lo confirmó.
— ¿Qué?—preguntó con impaciencia Ryotaro— ¿Qué es lo que la señorita Selene ha visto en el cosmos?
—Guerra—respondió Artemis, tomando a Luna de la mano—Una guerra santa…
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Magno, el Gran Patriarca del Santuario, se inclinó en una respetuosa reverencia, llevándose una mano empuñada al pecho.
—Señorita Selene—dijo con voz clara y solemne—Los lord senshi se encuentran en camino. ¿Desea que sea yo el que hable con ellos en la reunión?
La bella joven de cabellos rubios negó con la cabeza, sonriendo amablemente al anciano sacerdote.
—Esto es algo sumamente importante. Debo ser yo quien hable con mis senshi esta noche.
Magno asintió, volviendo a inclinarse con solemnidad. El patriarca se hallaba de pie ante los pequeños escalones que llevaban a la plataforma del trono, donde la princesa Selene estaba sentada. La muchacha vestía un sencillo vestido de color blanco, sin mangas, el cual le caía libre hasta los tobillos. Tenía el brazo derecho extendido hacia un lado, sujetando un alto báculo de acero blanco con una media luna de plata en su extremo superior; el cetro lunar.
—Entonces…los presagios eran ciertos—murmuró Magno.
Selene entornó sus grandes ojos azules, con la tristeza reflejada en ellos.
—Si…las estrellas me lo han dicho…hace tiempo que intentaban advertirme—fijó sus ojos en el patriarca—Ahora debemos prepararnos…
Magno volvió a asentir, cruzando ambas manos tras la cintura.
—Así se hará. Me tomé la libertad de armar un pequeño escuadrón de caballeros de plata, los cuales están a la espera de sus órdenes. En cuanto la reunión termine, con su permiso los enviaré a Erusion a investigar. Será una misión que llevará un tiempo considerable.
—Erusion…—susurró la muchacha.
Era cierto. Las estrellas le habían advertido sobre lo que iba a suceder, y era en esa dirección, al norte, donde había podido vislumbrar la monstruosa y maligna acumulación de energía. Algo estaba a punto de ocurrir allí… Todos los sentidos sobrehumanos que estaba comenzando a adquirir así se lo advertían.
—Me parece una sabia decisión—aprobó finalmente—Es mejor que los lord senshi permanezcan en el Santuario hasta que tengamos una idea más clara de la situación. Pero aún así no quiero que los soldados plateados vayan solos… Uno de los doce lord liderará la expedición. ¿A quién recomiendas?
Magno se llevó una mano al mentón, acariciándose la frondosa barba gris.
—En cualquier otra circunstancia recomendaría a Astinos, pero hasta obtener algo más de información creo que toda su experiencia y sabiduría serán más útiles aquí en el Santuario, para ayudarnos en la organización de las defensas—el patriarca esbozó una sonrisa—Envíe a Makoto al frente del grupo. Un hombre de acción como él hará un buen trabajo. Además comienza a aburrirse aquí en el Santuario.
Selene sonrió.
—Sí, Makoto es una gran elección. En cuanto la reunión termine hablaremos con él y con los caballeros de plata elegidos—la sonrisa abandonó los labios de la chica—También comunicaremos al resto de los guerreros del Santuario lo que hemos concluido. Todos tienen derecho a saber lo que está a punto de ocurrir…y a prepararse de la mejor manera posible…
Magno esbozó una reverencia. Se veía igual de preocupado que la joven frente a él.
—Se hará como usted ordene…
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La recamara del patriarca se ubicaba en lo más alto de la colina sobre la cual el Santuario se levantaba. El aura antiquísimo que impregnaba toda la montaña hacía que la única forma de llegar hasta allí fuera a pie…y para ello era necesario atravesar los Doce Templos, la defensa final del Santuario. Las inmensas escaleras de mármol ascendían colina arriba como una larga serpiente de piedra, uniendo una casa con la otra. El último de los doce templos, el de Marte, conectaba en forma directa con la recamara del patriarca, la estancia final antes de la gran estatua de Selene y sus habitaciones. En ese momento, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte, un grupo de tres lord subía a buen paso los escalones que unían el templo de Ceres con el de Pallas.
—Si me lo preguntan, ya era hora de que esta reunión se realizara—declaró Leánder, el Lord de Ceres, un atractivo joven de rizos rosados y ojos del mismo tono.
—Nadie te lo está preguntando—contestó en tono burlón Minato, el Lord de Venus. Junto con Ryotaro, era el único habitante del Santuario procedente de las misteriosas tierras orientales más allá del imperio.
El enorme hombretón que los acompañaba soltó una carcajada ante la respuesta del guardián de Venus.
—Búrlense todo lo que quieran—replicó Leánder, escogiéndose de hombros—El tipo contra el que peleó Astinos anoche era tan fuerte como cualquiera de nosotros. Magno debió habernos convocado inmediatamente después de que el tal Lancelot se marchó del campo de batalla. Era lo más lógico.
Los tres lord llevaban espléndidas armaduras de oro blanca, con una larga capa del mismo inmaculado color meciéndose a sus espaldas. El lord de gran estatura marchaba entre Leánder y Minato, con ambos brazos cruzados sobre el pecho. Era un hombre que rozaba los dos metros de altura, robusto y de brazos gruesos como troncos. Su rostro, de expresión amable, era de pómulos marcados y mandíbula fuerte, con una pequeña cicatriz surcándole le mejilla derecha. Tenía la piel de un marrón muy claro, y una corta cabellera de rizos de un esmeralda claro, al igual que sus ojos. Su blanca armadura de oro tenía un aspecto más voluminoso que la de sus compañeros, con los pectorales y los abdominales grabados sobre la gruesa coraza que cubría el torso. Las hombreras eran de forma redondeada, con relieves en color verde claro sobresaliendo hacia arriba, detalle que se repetía en las protecciones de los codos y las rodillas. Argo, el Lord Senshi de la Estrella de Juno.
—Me encanta escuchar a la juventud y a la rebeldía hablar por tu boca, Leánder—comentó Argo. Su voz era grave y amable—Me hace recordar a cuando yo era igual de precipitado que tú.
—Y a mí me encanta que me tomes el pelo—replicó el joven, sacudiendo una mano en forma despectiva—Pero sabes que tengo razón esta vez, mi estimado grandulón.
— ¿Leánder teniendo la razón en algo?—preguntó Minato en tono inocente—Ahora sí que lo he escuchado todo.
— ¿Alguien te estaba hablando a ti?
—El gran patriarca es un hombre sabio—declaró Argo, frenando de antemano la discusión entre sus dos amigos—Debe haber aprovechado ese tiempo para trazar la mejor estrategia a seguir. Ten por seguro que no tomará a la ligera que el Santuario haya sido atacado.
—Aún así, no creo que haya que pensarlo demasiado. Es simple, nos encontramos en guerra. Debemos defender el Santuario y encontrar al infeliz que envió a ese bueno para nada anoche.
La lógica de Leánder era tan simple como implacable.
—Sí, el problema es que no sabemos bien quién es el responsable—intervino Minato—Aunque aparentemente Astinos tiene una idea de quién podría ser.
— ¿Así? ¿Quién?
Minato se encogió de hombros.
—No lo sé, es solo una corazonada. Ya sabes cómo es Astinos. Se la pasa más tiempo estudiando que entrenando. Debe haberse leído la biblioteca del Santuario de punta a punta cientos de veces; y también sabes cómo se pone cuando sospecha algo.
— ¿Más serio y antipático de lo usual?
Minato sonrió.
—Exacto. Estoy seguro de que el título de "Espectro Caótico" le suena de algo.
—Pues es la primera vez que lo oigo—replicó Leánder, hurgándose el oído con el dedo meñique.
—Tú eres un hombre de mundo, Argo—prosiguió sonriente el lord de Venus— ¿Habías escuchado hablar antes de los Espectros Caóticos?
Argo alzó la vista con gesto pensativo.
—He escuchado antes esa palabra, "espectro", pero no veo relación alguna con el caballero negro que nos atacó.
—Muy interesante, pero basta de especulaciones por hoy—se quejó Leánder—Por algo Magno ha convocado a una Reunión Sagrada, la primera en décadas. Antes nos había dicho que estuviéramos alerta, sin dar demasiados detalles. Ahora corresponde que nos diga de una vez qué diablos es lo que está sucediendo… Así que mientras tanto, cuéntanos Argo, ¿qué noticias tienes del imperio? Uno no tiene el privilegio de salir con mucha frecuencia al exterior, lo cual me encantaría. Me vendría muy bien visitar algún lugar donde las muchachas no me conozcan.
Argo soltó otra franca carcajada. Sacando la última parte, la pregunta de Leánder tenía mucho sentido. Por lo general, salvo que estuvieran cumpliendo con alguna misión, los lord senshi no tenían permitido abandonar el Santuario. Sin embargo, el caso de Argo era diferente. Con veintinueve años, era el lord de más edad entre los combatientes de Selene, maestro de muchos de los mentores e instructores actuales. De hecho, Argo había sido el maestro de varios de los caballeros de plata, llegando incluso a colaborar en la enseñanza inicial de Leánder, Minato y Reiko, los lord más jóvenes. Su gran talento como instructor lo había vuelto uno de los hombres más perceptivos del Santuario a la hora de detectar el posible potencial de los aprendices. Esto había hecho que el patriarca le permitiera abandonar el Santuario una vez por temporada, para salir en la búsqueda de nuevos reclutas a los cuales instruir en el futuro. En esta ocasión, hacía solo tres días que había regresado, trayendo consigo un puñado de nuevos aprendices que habían aceptado intentar convertirse en caballeros.
—Pues mucho me temo que las mismas noticias de la última vez—informó Argo—El joven emperador continúa con su costosa política de excentricidades y despilfarros, lo cual comienza a comprometer de verdad a la economía del imperio. Mientras tanto, los bárbaros se apiñan en las fronteras y el descontento del ejército aumenta. En Roma, el senado intenta remediar la situación mientras los opositores afilan sus cuchillos. Mucho me temo que en la brevedad tendremos un nuevo emperador, con la cabeza del anterior reposando en la punta de alguna pica.
— ¿Y por qué preocuparse por semejantes nimiedades?—siseó de repente una voz fría y profunda—Vivimos en otro mundo ahora, uno que poco tiene que ver con la patética realidad de los mortales comunes y corrientes.
Los tres caballeros se detuvieron en seco sobre las escaleras, observando fijamente hacia adelante. Se encontraban a menos de medio camino del sexta templo, el de Pluto. Los escalones de mármol llevaban en línea ascendente hacia el, con numerosas columnas blancas alzándose a izquierda y derecha. Un lord de nívea armadura se encontraba apoyado de espaldas contra uno de los pilares, con ambos brazos cruzados sobre el pecho.
—Hades—murmuró Argo.
El aludido volvió la cabeza hacia ellos, observándolos con unos ojos de un extraño gris claro. Era un hombre alto y atlético, de piel enfermizamente blanca. Tenía el cabello celeste y desordenado, largo hasta media nuca, con ondulaciones rebeldes que no obedecían ningún tipo de patrón. Su rostro pálido era de rasgos afilados y astutos, con marcadas ojeras bajo unas pupilas de un gris tan claro que parecían fundirse con el blanco de los ojos. No aparentaba mucho más de veinticinco años de edad, aunque la frialdad de su expresión lo hacía parecer mayor. La armadura que vestía no se parecía a ninguna de las otras once túnicas sagradas: angulosa, de bordes puntiagudos y cortantes, con hombreras y protecciones para los brazos con puntas dentadas; daba la impresión de que uno podía cortarse con solo tocarla. Al igual que los tres lord frente a él, llevaba una larga capa blanca sobre los hombros, con la diferencia de que la cara interna de ésta era de un rojo tan intenso como la sangre.
—Como caballeros de Selene tenemos la obligación de defender a ese mundo al que insultas y a todos sus habitantes—declaró Argo, sin ocultar la severidad en su voz— ¿Acaso lo olvidas, Hades guardián de Pallas?
El recién llegado avanzó unos pasos hacia ellos, abandonando su cómoda posición contra la columna. Durante un segundo, el aire pareció enfriarse en torno a Argo y sus dos jóvenes compañeros.
— ¿Proteger?—preguntó Hades en tono indiferente—Yo lo veo de un modo mucho más simple.
— ¿Por qué no nos iluminas entonces, maldito arrogante?—sonrió Leánder, señalándolo en forma burlona con un dedo.
Hades lo miró como quien mira a un montón de basura amontonada sobre la calle. Su mirada era tan fría y su expresión tan carente de emociones que incluso Leánder se arrepintió un poco de haberse burlado. Aunque solo un poco.
—Tan simple como destrozar a tus enemigos en combate—explicó Hades—Tan simple como destruir a los que atenten contra el equilibrio establecido hace milenios por los dioses. Nada más que eso, muchacho estúpido.
Sin siquiera dignarse a escuchar una respuesta, el lord de Pallas dio media vuelta, alejándose escalera arriba. Minato lo siguió con la mirada.
—Ese tipo me da escalofríos—comentó con una sonrisa.
— ¡Ja!—rió Leánder—Dímelo a mí, que lo tengo de vecino. Aunque supongo que debe ser peor para ti, Argo, con Saturno justo enfrente. ¿O me equivoco?
Argo esbozó una media sonrisa, negando con la cabeza.
—Sigamos adelante. No quisiera llegar tarde a la primera Reunión Sagrada que se celebra en décadas.
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—Lord Senshi…les doy la bienvenida—saludó Magno, de pie ante la pequeña serie de escalones que llevaba al trono del patriarca. La joven reencarnación de Selene se encontraba allí sentada, con el báculo de la luna en su mano derecha y una mirada de preocupación brillando en sus ojos—Todos saben por qué nos encontramos reunidos aquí hoy. El día de ayer fuimos atacados…atacados por alguien que vino a tomar la vida de nuestra señora.
Los caballeros dorados guardaron silencio, erguidos con ambas manos entrecruzadas tras la cintura. De los doce solo once estaban presentes, ubicados uno junto a otro en dos hileras enfrentadas, con el largo pasillo alfombrado entre ellos. El Lord de Mercurio, recluido en la ardua tarea que solo él podía realizar, se encontraba ausente.
—Ninguno duda que un gran peligro se avecina—prosiguió el patriarca—Y todos han sido convocados para discutir sobre la naturaleza y el origen de esta amenaza; origen que nuestra señora ha visto en las estrellas…—Magno se hizo a un lado, inclinándose en una reverencia hacia la muchacha sentada en el trono—Señorita Selene, cuando usted lo desee…
La chica se incorporó lentamente del asiento, acercándose hacia el borde de los escalones. Durante unos instantes contempló a los guerreros reunidos ante ella, los cuales aguardaban en respetuoso silencio. El rostro de Selene expresaba un pesar que no era capaz de ocultar. Habría dado cualquier cosa con tal de que sus fieles guardianes pudieran continuar con su tranquila existencia en el Santuario; cualquier cosa antes de decirles lo que debía decir. Pero tenía que hacerlo…
—Lord Senshi…—dijo con voz firme, aunque la tristeza en sus grandes ojos azules podía notarse con toda claridad—Anoche Endimión y Astinos combatieron contra un feroz guerrero; un guerrero que, a pesar de todo su talento, solo es un siervo a las órdenes de un poder superior—Selene alzó la mirada, apretando el báculo en su mano—El Señor de la Oscuridad, aquel que la ha comandado desde tiempos inmemoriales, se encuentra próximo a regresar a la tierra…—cerró los ojos—Y no descansará hasta reclamarla como propia…
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Continuará…
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