Pasó muchísimo tiempo sin ver a Kōga, lo que ella consideró una bendición. La presencia del demonio le asustaba demasiado, no porque lo considerara una amenaza a su vida, sino porque le perturbaba lo increíblemente cómodo que parecía estar a su alrededor. Le perturbaba lo bien que había tomado la noticia de que ella no era más que una paria. Le perturbaba mucho que fuera el guardián de su secreto.

Sí había visto a Inuyasha un par de veces más, pero no había cambiado demasiado su actitud para con ella. La diferencia en el trato de Inuyasha, que se mantenía igual de cálido y sobreprotector, se debía únicamente a la presencia de Kagome en su vida y se había visto potenciado con el tiempo. No había roces románticos, no permanecía mucho tiempo a solas. Eran escapadas furtivas para asegurarse de que siguiera bien, para contarle cómo iba todo en la lucha contra Naraku. Ya no había tanto lugar a recuerdos entrañables del pasado. Kikyō siempre lo recibía y despedía con una sonrisa de ánimo, y le regalaba la misma sonrisa cariñosa y nostálgica de siempre cuando veía aflorar en él la inquietud de estar a su lado. Kagome lo había cambiado mucho, y eso la hacía feliz.

Su relación con Inuyasha era exactamente la que había imaginado que sería. Kōga, por lo tanto, guardó silencio.

Seguiría permitiéndole vivir.


[ Día II » Cruz ]
Por el resto de tus días


Otra persona que no había visto por largo tiempo era a la sacerdotisa Tsubaki. La reina de sus días y noches de joven, la reina de la preocupación y arrogancia. La misma Tsubaki que, en su tiempo, le había enloquecido hasta los dedos de los pies. Una persona que había extrañado y olvidado casi por igual, de alguna forma que era indescifrable. Tal vez había sido simplemente muy egoísta con ella. Kikyō siempre consideró que su egoísmo era uno de sus peores defectos, así que era muy probable.

Luego de ser reincorporada a la vida con un cuerpo que no le hacía justicia y con una sed incluso peor a la que había sentido cuando estaba viva de verdad, decidió buscar a Tsubaki en primera instancia. Cuando se reencontró con ella por fin, Kikyō se vio envuelta por una oleada de calor que logró que soltara un jadeo. Había olvidado todas las cosas que aquella loca sacerdotisa le hacía sentir, de cuántas formas distintas le hacía perder el sentido. Pero logró componerse y mantener la calma, de la misma manera fría que siempre le había mostrado, la misma manera que, en definitiva, había logrado alejarla.

Tsubaki, que para ese entonces tenía los sentidos más que desarrollados, la miró primero con curiosidad y luego le dedicó una sonrisa divertida, casi insolente. No había cambiado ni su humor ni su forma grosera de ser, y aún así era ineludiblemente atractiva. No le dijo mucho, se dedicaron a mirarse durante un largo rato en completo silencio. Tal vez Tsubaki estaba demasiado impactada de verla viva, después de haber sido quemada con su adorada Perla de Shikon, y gracias a las garras de su «amado».

A pesar de su prodigiosa memoria, Kikyō no podría asegurar cuál fue el día exacto, qué la llevó a verla o en qué contexto se encontraban. Tal vez, porque era con la que había iniciado esa vida maldita, la única que podría comprenderla de verdad, y la que debía saber qué le deparaba. Tal vez porque, después de haber revivido, también fue a la única que quería ver. Lo que sí recordaba con seguridad era el rostro siempre joven y hermoso de Tsubaki observándola de vuelta, sin esa fea mancha que ella misma le había provocado hacía ya tantos años atrás, en aquella ruda advertencia que terminó de separarlas para siempre.

Seguía exactamente igual. Qué extraño era que ambas no hubieran cambiado un ápice, con cincuenta años y una muerte de diferencia.

—No creí volver a verte —murmuró Tsubaki. Le costaba, aún a pesar de su grosería innata, ser tan petulante como quería ser con ella. La sola imagen de Kikyō removía muchas cosas dentro que Tsubaki no podría definir ni etiquetar ni con cien años de ventaja.

La sacerdotisa no supo cómo responder a eso. Lo cierto es que tampoco esperaba volver a verla, tal vez solo en el infierno, en el lugar que tenían reservado desde hacía años, cuando habían cometido el primer error de todos. Haciendo de cuenta que no había dicho nada, caminó otros pasos adelante con recelo, mientras Tsubaki entornaba los ojos intentando entender qué ocurría allí.

—Así que después de todo este tiempo, sigues viva —habló Kikyō al final, clavando sus ojos oscuros en su compañera. Intentaría mantener la misma distancia que había tomado cuando la dañó con su propio ataque—. ¿Cuál es tu excusa?

—Trato con demonios —masculló Tsubaki, restándole importancia. No pudo evitar mostrar una sonrisa—. Te cremaron y sigues aquí, nutriéndote de sangre humana, por lo que veo. No hay nada bien contigo, ¿eh?

Kikyō bufó y sondeó su alrededor, preguntándose si acaso habría alguien escuchando. Si había alguien escuchando, sería capaz de ver también. No estaba segura que las manchas de sangre fueran visibles desde algún escondite espía. Esa misma tarde se había alimentado de un par de aldeanos, muerta de sed y con todo el auto-control que había aprendido a desarrollar luego de su transformación tirados en algún lugar. Era algo que tendría que aprender a hacer de nuevo. Sola otra vez.

—Me revivieron, Tsubaki. Y parece que nuestra maldición trasciende la muerte.

Tsubaki hizo una mueca. No eran grandes noticias. De hecho, eran pésimas. Era también algo obvias: dudaba que Kikyō disfrutara de las orgías de sangre porque sí. Siempre había sido muy purista y buena, incluso después de convertida en esa cosas que ambas eran.

La sacerdotisa mala volvió la vista al mejunje que tenía delante. Ahora realizaba algunas maldiciones caseras para las malas personas del pueblo. Era realmente aburrido, pero era algo que hacer con su tiempo. Y tenía tanto tiempo libre. Aún no se decidía a morir. Era demasiado grande para eso, había cosas que tenía que hacer antes. Además, no podía morir hasta que no se perdonara por arruinarse la vida. Ojeó a Kikyō, que parecía concentrada en observar alrededor.

—¿Recuerdas… esa noche?

La voz de ella sonó hechizante. Kikyō se encontró pensando que siempre había sonado hechizante en parte, excepto cuando se peleaban y Tsubaki pasaba más tiempo gruñendo que otra cosa. Esa noche. ¿Se referiría a la noche cuando decidió besarla o tal vez la noche que había perdido su humanidad? Decidió recordar con ahínco la noche en donde sus labios buscaron los de ella en la oscuridad. Le sonrió sinceramente cuando sus ojos se encontraron.

—Claro que sí.

Tsubaki le sonrió en respuesta y se incorporó de su asiento, esquivando la improvisada mesa y alcanzándola luego de unos pocos pasos. Cómo, y a qué velocidad, habían cambiado las cosas. De niñas a jóvenes sacerdotisas, de compañeras y amantes a extrañas resentidas. De extrañas a olvidadas. De olvidadas a... a eso que vivían. ¿Cuántos sentimientos podían caber en su maldito cuerpo?

—Fue una época muy extraña.

Le había pasado excelente durante largos días y largas noches, y un solo descuido acabó con toda la ilusión de un futuro juntas, aunque siempre habían existido dudas entre ellas. Kikyō se había encontrado con el famoso Inuyasha luego, y había visto en él su escape de ese lío. Tsubaki no pudo evitar reírse de ella, burlarse con risas grotescas, gritos y caras de frustración. Al final había tenido razón, no había cura para ellas, ni siquiera la Perla de Shikon podía darles paz. Aún así, Kikyō había encontrado a alguien más para amar. Ella se había quedado con un amor no correspondido.

—La pasábamos bien.

—Sí.

Se miraron y Kikyō alzó la vista al cielo, más allá de lo alto de los árboles, rememorando los buenos momentos, todos los que valían la pena mantener en su memoria. Dejó de lado las peleas y recelos, los errores de los que verdad se arrepentía (no como besarle, por ejemplo). Tsubaki se pasó largo rato observándola. Como antaño, podían estar juntas horas sin hablar, simplemente sintiendo alrededor. Los sonidos, las presencias, sus pensamientos. Tsubaki había olvidado, aunque siempre lo creyó imposible, lo bien que la cercanía de Kikyō le hacía sentir.

—¿A qué has venido? —preguntó finalmente. Kikyō no despegó la vista del cielo. Respiró profundo antes de responder.

¿No era obvio? Ahora que estaba en ese lugar, con ella a su lado y todos esos recuerdos que aún le hacían estremecer, estaba por demás claro.

—Quería verte.

No quiso decirlo en realidad. No quería que Tsubaki tuviera ideas equivocadas. Además, los problemas no iban a cambiar, y ese era solo de ella. Tsubaki no iba a poder cambiar el hecho de que ahora estaba maldita. Tener un secreto con Kōga le producían náuseas, pero decírselo a ella era pedirle que acabara con él. Y si él podía guardar el secreto, ella podía perdonarle la vida. Lo único seguro era que estaba cansada de vagar, cada vez más segura de que solo quería arder en el infierno por el resto de la eternidad, que odiaba que la hubieran revivido para ver cuán equivocada había estado, cuánto habían cambiado las cosas. A pesar de ansiar morir, Naraku estaba primero, y ella necesitaba a otra maldita para compartir el peso de su error.

Compartirlo exactamente con la persona con la que inició todo. Compartirlo solo un momento, mientras estuvieran juntas esa tarde. Seguir sola luego.

—Entiendo.

La mujer de ropajes oscuros miró el suelo bajo sus pies. Entendía. Kikyō necesitaba el recuerdo, la compañía. Necesitaba recargar el peso de su cruz sobre la cruz que Tsubaki hacía años arrastraba. Entendía, pero ella no podía ayudarla.

—Sigues siendo pura en algún lado, Kikyō.

No replicó. Su poder espiritual no había hecho más que aumentar con el poder que la transformación le había proporcionado. Era capaz de muchas más cosas, muchas más de las que había siquiera soñado cuando era joven, cuando estaba viva. Sin embargo, su poder espiritual también estaba maldito. No era pureza, no como la de Kagome, por ejemplo.

Era poderosa, sí. Pero de la forma equivocada.

—¿Puedo quedarme un rato más?

—Claro.

Tsubaki le dirigió una extraña sonrisa, preocupada por la sombría presencia de la que, antaño, había sido su amor. La que lo seguía siendo, aunque le pesara. Se preguntó vagamente porqué querría estar allí, en silencio. Luego se burló de su propia inocencia. Kikyō quería recordar y quería olvidarse. Eso también lo entendía.

Supuso Tsubaki que, como siempre, como ella misma, lo único que quería en realidad era sacarse ese peso de encima. Tal vez solo morir. Pero en compañía de otra persona eso era un poco más soportable.

Se encogió de hombros y volvió a su menjunje, mientras Kikyō la miraba con muchos recuerdos dando vueltas en su mente, con el peso de su resurrección y el de su maldición, con la confusión de las nuevas noticias. Cuando quisiera hablar, lo haría. Ella escucharía. Luego Kikyō se despediría de ella hasta la próxima, tal vez le dedicaría una pequeña caricia en su mejilla, cerca de la herida que le había causado. Eso era suficiente para que Tsubaki fuera feliz por un rato.


Nota:

¡Segundo día! Hola de nuevo :)

Realmente no puede evitar escribir algo de Kikyō/Tsubaki, es una de las parejas que más me gustan en el mundo mundial. Además, me gusta mucho imaginar que algo entre ellas pasó alguna vez. Jajaj En esta historia, ellas 'se transformaron' juntas, como pueden ver. En los capítulos siguientes profundizaré un poco más sobre la transformación inicial y lo que hicieron, pero no demasiado, porque intento no apartarme 'de lo canon'. Es decir, la historia entre Inuyasha y Kikyō, así como también todo lo que pasó con Onigumo y Naraku, y toda la historia original se mantiene. La diferencia radica en que Kikyō y Tsubaki son vampiros (y Kōga conoce a Kikyō, claro).

Bueno, haré más comentarios a medida que avancemos Jijiji Espero que lo estén disfrutando. Gracias a quienes agregaron a fav y follow, peeeeeeeeeero... espero que se animen a dejar su comentario. Los fav sin review son de muy mala educación, ¿no se los enseñaron en casa? (?) En cualquier caso, prometo no morder :D

¡Nos leemos mañana!

Mor.