Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ya que estos únicamente son de su creador (Masami Kuramada), así como las personas y entidades que posean algún derecho sobre ellos. No hay intención de lucro alguno en la publicación de esta historia.
Advertencias: Es un fic yaoi (relaciones homosexuales) por tanto algo alejado del canon. Si por algún motivo consideras que este fic puede herir tus sentimientos, por favor no continúes. Muchas gracias.
PASADO
Capítulo II.
Vivir de nuevo. Tener una segunda oportunidad era algo que jamás esperó que le sucediese. Cuando estaba enfrente del Muro de los Lamentos, creyó firmemente que aquella era la última vez que estaría "vivo". Se equivocó. Había resucitado al igual que sus compañeros, inclusive, el Caballero de Sagitario y el Patriarca Shion. ¿Por qué? Desconocía la respuesta. Nadie sabía porque habían vuelto a la vida, ni siquiera la propia Diosa Atenea, lo cual era más preocupante. No le importaba mucho hallar una respuesta rápida, tenía paciencia ya la encontraría. Mientras tanto disfrutaría de la vida, haría las cosas un poco diferentes, en especial, respecto a ciertas personas que le importaban y procurar dejar las cosas concluidas, porque después de todo, su nueva vida era temporal y por menos tiempo del esperado, después de todo seguía siendo un caballero de Atenea y él sabía que no entraba en la categoría de longevos.
El caballero de la onceava casa siempre se ha caracterizado por su serenidad y buenas maneras. Jamás se le ha oído una palabra más alta que la otra, incluso en un enfrentamiento mortal sigue conservando estas cualidades sin perder su compostura. Pero en estos momentos nadie diría que se trataba del mismo caballero.
Bajaba apresuradamente las escaleras, a travesando las diferentes casas, en las cuales entraba, simplemente, elevando suavemente su cosmos anunciando su llegada y un escueto; "Solicito permiso", una mera formalidad, ya que era muy extraño que a un dorado se le prohibiera el paso por las diferentes casas. Pero nada más que eso, ni un saludo, ni simples palabras de cortesía, nada, ni siquiera esperaba la respuesta del guardián del templo para continuar su camino. Nunca fue muy sociable con el resto de sus compañeros, siempre mantuvo sus distancias siendo aprendiz y una vez convertido en caballero las mantuvo. Se podía decir que con los únicos que trataba eran Escorpio, con quien sí trataba con detenimiento, Virgo y Tauro, el resto simplemente lo imprescindible y con algún otro evitaba trato alguno.
Caminaba rápidamente, sin aminorar el paso que llevaba desde la Casa de Escorpio, donde había pasado la noche esperando a su custodio, sin que éste apareciera, algo inaudito, ya que Milo no descuidaba su obligación de guardián de la octava casa y regresaba allí todas las noches, salvo que estuviera en una misión.
Además, desde que volvió de Nápoles, hacía dos semanas, Milo estaba taciturno y parecía tener la mente en otra parte la mayor parte del tiempo. Le empezaba a inquietar ese comportamiento, aunque cada vez que había intentado preguntarle, evadía la pregunta, o simplemente, le ignoraba. Conociéndolo como lo conocía, cuando tuviera ganas de hablar lo haría o, tal vez no, después de todo se trataba de Escorpio y era muy posible que no le dijera nada, como otras tantas veces había ocurrido. Pero había algo más que le preocupaba, durante este lapso de tiempo que había pasado desde que regreso de su misión, su amante tenía pesadillas y murmuraba cosas inteligibles en una lengua que no reconocía, mientras dormía agitadamente.
La verdad es que la situación le comenzaba a incomodar. Él era una persona a la que le gustaba tener todo bajo control y una vida metódica, salvo, cuando se trataba de su relación con Milo, donde se dejaba guiar por los sentimientos, la pasión y la fogosidad, dejando a un lado su frialdad y primando su parte más emocional. Pero el hecho de no saber que le ocurría a su amante o para ser más exactos desconocer lo que estaba provocándole esta situación y él no poder hacer nada, debido al mutismo del escorpión, comenzaba a irritarle. Porque de una cosa estaba seguro, es que no se trataba de ninguna tontería y era algo serio.
Pero todo esto no había motivado que ahora se encontrara agitado y no tan en control de sus emociones. Había sucedido algo más. Esta mañana cuando ya se disponía a regresar a su propio templo, llegó Aphrodita tambaleándose un poco y con una expresión desfavorable, algo inaudito en Piscis, quien siempre cuidaba tanto su aspecto físico. Éste tropezó con una de las baldosas del suelo y dijo algo en su lengua natal. Apoyó su espalda contra una de las columnas y se dejó caer, no percatándose de la presencia de Camus hasta que éste se puso enfrente de él, envistiéndole un olor a alcohol, lo que tenía Aphrodita era una tremenda resaca. El hermoso caballero le sonrió, extendió su mano para que le ayudase a levantarse, a lo que Camus accedió y le ayudó a levantarse, sosteniéndole para que no cayera de nuevo, pero el otro se desembarazó de él, diciendo que estaba bien y que Escorpio estaba más jodido que él, ya que aún no se había despertado, como él y lo había dejado en la cama con Cáncer. Piscis podría estar con resaca, pero aún así, podía seguir siendo tan venenoso como sus rosas.
Acuario no lo pensó más y se fue hacía la cuarta casa a buscar al irresponsable de Escorpio. Embriagarse hasta ese punto, justamente hoy, que debían presentarse todos ante la presencia de Atenea en dos horas. Tomó el camino principal, el descenso de escaleras.
–Caballero de Acuario, a qué se deben estas prisas que ni siquiera saludas –preguntó Aioria interponiéndose en su camino e impidiéndole continuar hacia su destino, la cuarta casa. Tan concentrado estaba en sus propios pensamientos que no se percató que ya había llegado a la quinta casa.
–Disculpa, tengo prisa –dijo escuetamente y dispuesto a seguir, esquivando el guardián de la casa en la que se encontraba.
–¡Un momento! Yo no te he dado permiso para pasar –dijo el griego agarrando a Camus del brazo.
–Suéltame –dijo fríamente, mirando a los ojos verdes de forma amenazante. Desde luego hoy no era un buen día para molestarle porque sí.
De todos lo caballeros de oro, Aioria siempre había sido con el que había tenido más problemas, demasiado voluble y emocional, siempre con puntos de vista totalmente opuestos salvo respecto a todo lo relacionado con Atenea. Eso sin olvidar una animosidad innata en ellos, que se había hecho más evidente con los años. Y para colmo de todo, el León Dorado era el mejor amigo de su amante, a pesar de sus constantes discusiones.
–¿Por qué debería hacerlo? –preguntó Aioria divertido, no le importaba para nada que el guardián del onceavo templo se molestase. De hecho le encantaba ver molestia en aquel rostro siempre sereno e imperturbable.
–No tengo ganas de perder mi tiempo contigo, Caballero de Leo.
Pero Aioria no parecía dispuesto a dejarle ir y seguía sujetando el brazo de Camus, haciendo un poco más de presión. Sabía que era lo que estaba buscando, entonces se lo concedería.
–A mediodía en la zona de entrenamiento reservada a Acuario o cualquier otra que prefieras. Tú y yo, solos, sin que nadie nos interrumpa –dijo el Caballero de Acuario.
–No. En los campos de entrenamiento de Sagitario, Aioros no está. No habrá ningún problema, ninguna interrupción.
–Perfecto. Ahora, suéltame –ordenó el Maestro de los hielos eternos. Al acto, su brazo fue liberado por el otro.
–Vaya parece que ya sé que voy a hacer hoy. Ver un bonito entretenimiento en el que va a haber sangre y dolor –dijo una voz grave y rasposa–. Y yo que pensaba que la diversión ya se había terminado por hoy.
Ninguno de los dos caballeros se había percatado de la llegada del Caballero de Cáncer, quien sonreía de forma desdeñosa. Los otros dos caballeros de oro le miraron sorprendidos, recuperando en cuestión de segundos sus habituales semblantes.
–¿Qué quieres Deathmask? ¿Qué haces en mi casa? –preguntó el guardián de la quinta casa.
–¡Uy! Casi lo olvido. Solicitó permiso para pasar. Aunque, creo que después de lo que he visto prefiero quedarme un poco más –dijo Deathmask, acercándose un poco más a los otros dos hombres–. Venga chicos. No podríais darme un pequeño adelanto de ese bonito entrenamiento o especificarme la hora exacta, no quiero llegar tarde y perderme el espectáculo.
–Permiso para que salgas de mi templo, Cáncer –dijo Aioria señalando la salida de la casa. Aquí, no hay nada que te incumba.
–Gato aguafiestas –se quejó Deathmask, provocando que Leo le mirase molesto ante el mote que utilizaba en ocasiones para con él –. Y tú, témpano de hielo, no me vas a decir a qué hora vas a ir a la zona de entrenamiento de Sagitario.
El referido se limitó a ignorarle como siempre y continuó su camino hacia la cuarta casa. Claro que el camino no lo hizo sólo, ya que el guardián de dicha casa le seguía de cerca, no le hablaba sino que silbaba una melodía que otras veces había escuchado a Milo. A veces, Camus se preguntaba si Cáncer era así de irritante o se esforzaba, particularmente, en ello.
Cuando faltaban escasos metros por llegar a su destino, Deathmask le adelantó acelerando el paso e introduciéndose en la casa, inmediatamente.
–Alto allí. ¿Quién osa entrar en la Casa del Gran Cangrejo sin pedir permiso a su guardián? –gritó Deathmask nada más que Camus pusiera un pie en el interior de la construcción–. ¿Acaso buscas una muerte lenta y dolorosa intruso?
Aquello ya comenzaba a ser exasperante para el caballero de los hielos eternos, y su paciencia tenía límites, especialmente, cuando se trataba de lidiar con este hombre, prefería mil veces tener que tratar con Aioria que con Deathmask.
–No tengo ganas de jugar. ¿Dónde está? –preguntó Acuario buscando algún indicio de donde podían estar los aposentos privados del guardián. Pero jamás había estado el suficiente tiempo para averiguarlo, siempre le había algo de aprehensión entrar en esa casa, incluso hoy en día, después de que aquella macabra decoración de rostros ya no estuviera por todos lugares de la nueva Casa de Cáncer.
–No pides permiso para estar y encima quieres llevarte algo de mi casa. ¡Qué poca vergüenza!
Camus ignoró el último comentario y empezó a caminar entre las diversas columnas. No recordaba que hubiera tantas, desde luego con la reconstrucción la casa era más grande pero no tanto. Algo no era normal. Una ilusión, conocía de las habilidades telekinéticas de este caballero, pero la ilusión creía que no era una de sus especialidades.
–Frío, frío, frío –decía constantemente Deathmask que le seguía con la mirada y se reía–. Ser celoso no es algo que vaya contigo Acuario.
–No sé de qué hablas. Tenemos una reunión y sería muy deshonroso para todos que uno de nosotros no se presentara en una buena condición –comentó apático Camus.
–Siempre tan reservado. Aunque tienes razón, lo único que debe importarnos es el bienestar de nuestra diosa y la Orden –decía Cáncer, apareciendo al lado de Camus–. Pero hay más cosas en esta vida, hay más personas y tú, últimamente, no estás siendo muy discreto que digamos, demasiadas visitas nocturnas a la Casa del Escorpión. En cambio, ninguna por parte de su guardián a la Casa de Acuario.
–¿Qué insinúas? –preguntó Camus, quien enseguida se arrepintió de haber hablado, por que la sonrisa de Cáncer se acentuó más.
–Compañero, sólo constato un hecho, una obviedad. Pero hoy, seré bueno. Sígueme – dijo Deathmask, caminando hacia la entrada principal de la cuarta casa–. Milo despertó como una rosa enseguida que se fue Afrodita y se largó a la tercera casa, para hablar con quien habita allí, aunque eso fue después de que tuviéramos sexo desenfrenado –se volvió para ver el rostro de su compañero que seguía igual de indiferente para fastidio del cuarto guardián.
Acuario había ignorado deliberadamente la última parte de la información dada por el italiano. Sabía que simplemente era para molestarle. Además conocía a Milo y el libertinaje no era algo que iba con él, a pesar de los rumores que siempre corrieron en el Santuario, seguramente provocado por los rechazados pretendientes. Acostarse con Escorpio era una ardua tarea y ya no hablemos de mantener una relación, sino que se lo pregunten a él.
–Creía que Saga estaba en una misión con Aioros –dijo extrañado Camus. No pensaría de nuevo en la ironía de que aquellos dos hubieran sido puesto juntos en una misión, asesino y víctima junto, desde luego Shion quería saber si habían asperezas entre ellos.
–¿No estás al tanto de las noticias, Acuario? Kanon regresó hace dos días. Como es habitual en él, se mantiene al margen de los demás, oculta su presencia y nos visita cuando Saga se ausenta –le informó su compañero de armas–. Creo que no le gustamos mucho, es una pena. Él es más divertido que Saga, ya que el mayor de los gemelos se ha vuelto tan aburrido como tú, incluso más. Era más interesante cuando era dominado por su parte negativa.
–No puedo creer que seas capaz de decir eso –le recriminó Acuario–. Aún estamos pagando las consecuencias de Arles, demasiados inocentes murieron por su culpa.
–Sí, sí, lo que digas –dijo Cáncer, restándole importancia y viendo como salía de la casa–. Al menos podrías decirme a qué hora va a empezar el espectáculo, es lo menos después de que te dijera donde estaba Milo.
Pero Camus le ignoró y siguió su camino hacia la tercera casa con un paso más tranquilo en comparación al que había llevado en el resto del recorrido. Al menos Milo parecía no tener mucha resaca por lo que había dicho Cáncer, tal vez, habría sido mejor que él regresara a su propio templo. Milo podría molestarse si iba a buscarlo a Géminis, seguramente tendría algo que hablar con Kanon. Seguramente, se molestaría con su presencia, no quería parecer que estaba controlándolo. Se detuvo un momento y volvió su cabeza hacia atrás, hacia la cuarta casa, pudo ver que su guardián todavía estaba en la entrada de la impresionante construcción. Siguió bajando las escaleras.
No tardó mucho en llegar a la tercera casa. Cuando entró, notó un sutil olor a café recién hecho y recordó que él aún no había desayunado. También escuchó risas. Avanzó con cautela, liberando un poco su cosmos para hacer notar su presencia, enseguida oyó unos pasos que provenían de su derecha.
–Acuario, ¿qué se te ofrece? –preguntó un hombre vestido con simple ropa de entrenamiento–. ¿O simplemente pasabas por aquí?
–Buenos días Kanon, no sabía que habías venido a visitarnos –respondió Camus. No tenía una opinión muy formada sobre este hombre tan parecido a Saga, físicamente, aunque cuando le veía no podía evitar que la palabra "traidor" se repitiera cada vez en su mente al estar ante su presencia o pensar en él. Pero al menos, no le miraba con esa expresión de molestia constante como lo hacía el Caballero de Géminis cada vez que se encontraban.
–No estaré mucho, sólo unos días –dijo Kanon–. ¿Tienes algo que decirme o pedirme?
–No, sólo estoy de paso. Ya nos veremos Kanon –se despidió Camus, dirigiéndose a la entrada del Templo de Géminis bajo la atenta mirada del menor de los gemelos. En ningún momento sintió el cosmos de Milo. Ambos sabían de la presencia del otro, pero en estos momentos uno de ellos no tenía ganas de ver al otro. Luego hablaría con él, a solas y sin interrupciones. Bueno, era un buen momento para solicitarle aquel tratado de astrología a Mu.
Kanon se masajeó el hombro y volvió sobre sus pasos, en dirección a la pequeña cocina. Vio a Milo sentado en la silla de madera, dando pequeños sorbos a la taza que apenas debía contener nada de aquel líquido negro que había preparado, mientras que con los dedos de su mano libre tamborileaba sobre la mesa.
Hacía un par de meses que no se veían. Desde que había llegado el escorpiano parecía haber estado evitando su presencia, hasta que esa mañana se había presentado en la Casa de los Gemelos y había exigido que le preparase un café muy cargado. Estaba a punto de decirle nada lindo y que él no era su sirviente, cuando se fijó que su aspecto físico había desmejorado desde la última vez que se vieron. Estaba más delgado y tenía unas ojeras muy pronunciadas, la verdad es que se preocupó un poco al verle en ese estado. Así que, le invitó a que le siguiera a la cocina y preparó café para cuatro personas, sabía que una taza no sería suficiente.
El de ojos verdes se sentó enfrente del de cabellos violáceos, no sin antes servir más café a ambos.
–¿Qué pasa? –preguntó Kanon seriamente.
–Tengo resaca –contestó Milo sin levantar los ojos de la taza.
–Eres mayor para que tenga que sacarte las cosas con pinzas. Recuerda que yo no tengo la paciencia de Saga –dijo el antiguo general marino.
El guardián de la octava casa se mordió el labio inferior y miró directamente a aquel hombre que había sido muchas cosas en su vida y, ahora, volvía a ser su hermano. Eso sí, después de largas conversaciones, en las que Saga también había participado, mucho pedir perdón y arrepentimiento, así como también algún que otro golpe por parte del menor.
–¿Camus se ha ido molestó? –preguntó Milo a Kanon.
–¡Y yo qué sé! Siempre tiene la misma expresión en el rostro para todo. Además, me importa un comino si se ha molestado. ¿Acaso tenéis problemas?
–No, estamos bien –se apresuró en contestar el menor de aquellos dos hombres.
–¿Seguro? Saga y el devoto no se meten mucho con vuestra relación –dijo Kanon.
–Pobres de ellos como lo intenten. Lo que hay entre nosotros no perjudica para nada en nuestra labor como Caballeros de Atenea. Pero no he venido a verte para hablarte de él, quería hablar contigo respecto a otra cosa, quería preguntarte que significaba unas palabras. Necesito de tus habilidades como traductor –dijo Milo.
–¿Traductor? ¿Qué quieres que te traduzca? –preguntó curioso. Kanon se sentía muy orgulloso, pues tenía habilidad para aprender lenguas, era en lo único que superaba a Saga con creces–. ¡Iluso de mí! Yo que pensaba que querías disfrutar de mi compañía tras mi ausencia o a que te contara mi vida como trotamundos al servicio de Atenea.
–Pues no, quiero que me traduzcas una cosa.
–¿De qué se trata? –preguntó un poco fastidiado.
–Son unas palabras que oí, no entiendo que significan y me interesa saber lo –dijo inseguro Milo–. Es húngaro.
–¿Húngaro? –dijo totalmente extrañado el mayor–. Pero si tú lo hablas. Cuando llegaste aquí no había forma que dijeras algo que no fuera en esa lengua, tuve que aprender esa lengua en un tiempo record para entenderte. Desesperabas a Saga con tu empecinamiento de no hablar griego, a pesar de saberlo y hablarlo. Nunca entendí por qué lo hacías.
–Mi madre era húngara. Ella nos hablaba en su lengua siempre que podía. No quería que olvidásemos que teníamos una segunda patria. Cuando ella murió, creo que lo hablaba para tenerla más presente. Pero de repente, un día olvidé todo lo que sabía –Milo se alarmó, al percatarse que lo que había pensado lo había dicho en voz alta. Kanon lo miraba estupefacto –. Lo siento. No debía hablar de mi pasado, la Orden no lo permite.
–Tranquilo, no importa. Además, esa norma es una gilipollez tan grande como el propio Santuario, el pasado nunca desaparece es una parte de nosotros. Eres afortunado de recordar uno, de tener uno. Ni Saga ni yo tenemos nada que no sea relacionado con esto, nos trajeron siendo unos bebés –dijo Kanon con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora. Así que Milo tenía hermanos o los tuvo.
–¿Afortunado por recordar? –dijo riéndose de forma extraña, preocupando a Kanon. Desde luego algo le pasaba a su "hermano pequeño".
–A veces preferiría no recordar nada –susurró Milo–. Así como no recuerdo ni entiendo nada de húngaro.
–¿Qué es lo que necesitas saber? –preguntó el de cabellos azules.
–Espero que mi pronunciación sea la acertada –a continuación Milo repitió las palabras que había pronunciado Caristeas cuando lo vio. No fue consciente que la hacerlo se acariciaba la simbólica cicatriz que tenía en la nuca, gesto que no paso desapercibido para el de ojos azul verdoso.
El menor de los gemelos lo escuchó atentamente. Cerró los ojos, concentrándose en las palabras que había pronunciado perfectamente Milo, no tenía mucho sentido para él. Ni entendía por qué a Escorpio le interesaban tanto.
–Tanto tiempo buscándote y eres tú quien nos encuentra. Estoy feliz de verte de nuevo, pequeño –dijo Kanon mirando intensamente a los ojos de Milo.
–¿Cómo? –se extrañó el caballero de oro.
–Las palabras que me has dicho, esa es su traducción.
–Eso no puede ser –murmuró para sí mismo, incrédulo al escuchar el significado–. ¿Estás seguro?
–Sí – afrimó, al mismo tiempo que asentía con la cabeza.
–Gracias por el café. Tengo que irme, hay una reunión en menos de una hora y debo estar mínimamente presentable ante Atenea –dijo Milo levantándose para dirigirse hacia la salida del Templo de los Gemelos, lo más rápido que pudo.
–¡Espera! –ordenó Kanon. Pero Milo, como siempre, ignoraba lo que no le convenía–. Pasan los años, y algunas cosas no cambian nunca. Tal vez, deba quedarme unos días más por aquí y averiguar que pasa por esa cabecita tuya hermanito.
Dejó las tazas en la pica, internándose luego en la sala multifuncional de la Casa de Géminis. La sala era inmensa y de planta circular, tras la reconstrucción del Santuario había sido rehecha igual que la anterior con algunas modificaciones, a parte de ser más grande que la destruida, tenía otros cambios estructurales como eran el balcón y los grandes ventanales que una vez que no estaban echadas las cortinas, la luz del sol iluminaba completamente la instancia, pero lo mejor era esa pequeña piscina que era la bañera y como no la inmensa cama que estaba en el centro de la sala y oculta por el dosel de terciopelo rojo.
–¡Menudo escritorio!–exclamó Kanon, al ver que su hermano había añadido un mueble más a aquella sala.
Se acercó un poco más para poder ver aquel escritorio antiguo, de estilo barroco. Sobre este había diferentes marcos con fotografías de lo que Saga consideraba su familia, es decir Milo y él.
Había cuatro fotos. La más antigua es de cuando eran unos niños, no recordaba que años tendrían, tal vez cinco. Nunca la había visto, cómo es que no le había enseñado esta foto. En otra, que parecía que la habían recortado por la mitad, estaba Milo con una sonrisa radiante, pero no miraba a la cámara cuando se la hicieron sino a la persona que debía estar a su lado, ya que su mano estaba entrelazada con la de alguien. En el único marco de plata había una foto donde estaban Saga y Milo posando solemnes y portando sus armaduras de oro. Y por último, una de los tres juntos en la villa de Rodhorio en la taberna, recordaba ese momento, fue la última vez que vino, coincidiendo con los caballeros de bronce, los tres habían bajado al pueblo encontrándose con ellos, Seiya se había comprado una cámara de fotos y se pasaba todo el rato fotografiando a todo el mundo.
Cogió el marco y le quitó la foto. Seguramente Seiya le enviaría una copia a Saga, porque ésta se la quedaba él, no era justo que su hermano tuviera fotos y él no. También es su familia, tiene derecho a tener al menos una.
Milo no llevaría su sangre, pero sin embargo lo consideraban como el hermano pequeño. Aún recordaba la primera vez que lo vio, en la puerta de la caseta en la que vivían y de la mano de su gemelo, hablando una lengua que no entendía con un cabello corto y revuelto, un rostro bonito donde predominaban unos enormes y expresivos ojos azules. Fue muy feliz durante la convivencia de los tres juntos, luego Saga se convirtió en el Caballero de Géminis y todo se complicó, las ansias de poder le consumieron a los dos y ocurrió todo.
Él creía que había vuelto a la vida para purgar sus pecados, la única forma para ello era ser incondicional a Atenea y hacer lo que ella le pidiera, ayudando en lo que fuera necesario. Aunque también podía vigilar un poco a Saga, respecto con Milo. Bien sabía que no aprobaba su relación de su hermanito con el Maestro de los hielos eternos. A él tampoco le hacía mucha gracia, ese frío hombre, pero Milo ya era mayor para saber lo que quería hacer, así que él lo apoyaría. Después de todo para eso están los hermanos, ¿no?
Ya había anochecido cuando todos salieron de la Gran Sala y dando por finalizada la reunión que se había iniciado por la mañana. Los únicos caballeros de oro que no habían asistido eran los que se encontraban de misión, Sagitario y Géminis.
Aquello no había sido una reunión sino una jornada maratoniana de reuniones, solo descansando para comer algo al mediodía o tomar el té, con lo poco que le gustaba, qué tenía su diosa contra el café, aunque las pastas estaban muy ricas.
Atenea había informado que tenía la intención de cambiar un poco las cosas, a partir de este momento la orden sería más abierta, establecería relaciones diplomáticas y colaboraría con otras organizaciones por el bien de la humanidad, aunque enseguida matizó que dentro del anonimato, con una participación en momentos puntuales y que en ningún momento intervendrían en conflictos entre humanos, salvo en un caso extremo. No pensaba sacar a la luz una Orden que había estado oculta a la humanidad durante al menos tres milenios, siendo consideraba como una leyenda y desvelar que los dioses olímpicos existían, cuyo pasatiempo favorito de algunos de ellos era intentar destruir la humanidad. La diosa había pedido su opinión antes de proceder de forma definitiva.
Apenas dijo Atenea las palabras "Doy por finalizada la reunión", Milo estaba saliendo por la puerta como alma que lleva el diablo. Demasiado tiempo escuchando los pro y los contra de sus compañeros, había que ver lo que le gustaba hablar algunos, en especial el Viejo Maestro, que de viejo nada, con ese cuerpo rejuvenecido, al igual que el Patriarca. Luego empezaron las discrepancias, dando inicio a las discusiones, las cuales subieron de tono con las intervenciones de Deathmask, del cual no se sabía si estaba en contra o a favor de colaborar con otras organizaciones y establecer relaciones diplomáticas con aquellas con las que no se habían enfrentado en esta era, pero sí, en la antigüedad, lo único que parecía querer hacer Cáncer era caldear el ambiente. Aphrodita pasando del asunto y jugando con una de sus rosas, y con una cara de fastidio todo el tiempo. Shaka y Mu sopesando todas las posibilidades, al igual que el Patriarca. El Caballero de Capricornio creía que las decisiones de la diosa no tenían que ser sometidas al criterio de nadie más, salvo ella misma y ya estaba otra vez declarando su total devoción hacia su persona, irónico teniendo en cuenta que diecisiete años atrás casi la mata. Aioria y Camus se miraban insistentemente e intentaban que la reunión se terminara lo más pronto posible, ninguno de los dos discutió su opinión al otro, algo que a Milo le mosqueó, conocía aquellos dos y le extrañaba que aún no se hubieran enzarzado en una batalla verbal como era lo habitual en ocasiones así. Mientras que el bonachón de Aldebarán intentaba apaciguar los ánimos de todos. Su opinión era clara, ya se vería sobre la marcha, no se podían hacer especulaciones.
–Espera Milo, tengo que hablar contigo –dijo Shura, que salió tras de él.
Fantástico, con las ganas que tenía de llegar y meterse en la bañera con agua caliente para desentumecer sus músculos. Y ese hombre quiere algo.
–¿Sucede algo Capricornio? –preguntó Milo, deteniéndose junto a uno de las estatuas.
Shura era el único caballero dorado al que se refería siempre por su signo zodiacal y no por su nombre propio. Nunca se había sentido cómodo en su presencia, ni cuando era niño, había algo en esa penetrante mirada negra que le incomodaba y tenía la sensación extraña y desagradable.
–Debes dejar de comportarte de esa manera, es una deshonra hacia la Diosa. Ella es nuestra prioridad, ha de tener nuestra incondicional devoción y servicio. No quiero tener que tomar las medidas oportunas al respecto –dijo el pelinegro–. ¿He sido lo suficientemente claro?
–Tenía un apretón, por eso he salido de la reunión. ¿Acaso querías que me aguantase? –dijo Milo sonriendo y comenzando a bajar las escaleras que conducían a las diferentes casa de los caballeros dorados.
Shura quedó totalmente descolocado por la respuesta del más joven. Una habilidad innata en Milo, desconcertar a la gente. Aunque se recuperó enseguida y siguió al más joven de los caballeros de oro, dándole alcance enseguida.
–Me refiero a lo que tenéis tú y Camus –dijo Shura poniéndose delante de Milo, impidiéndole el paso para que continuara descendiendo las escaleras.
–Metete en tus propios asuntos –siseó Milo y esquivó al hombre.
Sabía que Capricornio estaba en contra de que se establecieran relaciones por parte de los caballeros que pudiesen opacar la lealtad hacia Atenea. Algo totalmente ridículo ya que eran caballeros de Atenea y conocían muy bien cual era su deber. El tener una relación que iba más allá de la amistad con un compañero de armas no les entorpecía en sus funciones, al menos no era su caso.
–Entiendo que tengas ese tipo de necesidades fisiológicas, es algo natural. Pero ese tipo de relaciones deben ser puntuales –dijo empezando a caminar a su lado–. No te deshonres Milo.
–¿Qué parte de "metete en tus propios asuntos" no has entendido? –preguntó enfurecido el caballero de la octava casa y agarró del cuello a Shura, quien ni se inmutó–. Soy un excelente caballero de oro, no tienes ningún derecho de hablarme así y mucho menos lo que debo hacer o no. Ahora somos iguales, Capricornio.
–De acuerdo, ya sé como debo actuar al respecto –dijo Shura, quien agarró la mano que sujetaba su cuello y la apartó de él, para luego volver a ascender la escalinata en dirección al Palacio del Patriarca.
Al Caballero de Escorpio no le importaba mucho lo que pudiera hacer el custodio de la décima casa, tanto Camus como él sabían cuidarse de personas como él. Recordaba como Aioria había tenido sus problemas también debido a esa supuesta no-relación, como decía su amigo, que tenía con una de las amazonas de plata, Marin, la maestra de Seiya. Pero antes de que volvieran a la vida Marin dejó la orden, con el beneplácito de Atenea, para cuidar a su hermano que había resultado muy dañado en su enfrentamiento con Artemisa, sin lugar a dudas Aioria la echaba de menos. Y había muchos más a los que Shura había llamado la atención.
Las relaciones sexuales, tanto homosexuales (las más normales, teniendo en cuenta que la mayoría eran hombres) como heterosexuales, estaban permitidas en la Orden, que la diosa fuera virgen no significaba que tenían porque serlo los que la servían. Sin embargo, las sentimentales, era otra cosa, estaban permitidas siempre y cuando ese amor no opacara al de Atenea. Pero en cambio lo que sino estaba permitido era que esas relaciones tuvieran fruto, clara alusión, de que no se pueden tener hijos. Y como siempre el encargado de velar por ello, era Capricornio, aunque Shura estaba llevando las cosas un poco más drásticas de lo que habían sido sus antecesores.
El teléfono de la cabina pública no dejaba de sonar.
El aspecto que presentaba el lugar no tenía nada que ver con la zona industrial que había sido, totalmente abandonado y destruido, cualquiera pensaría que se trataba de un lugar que se encontraba en un conflicto bélico, nada más lejos de la realidad. El lugar estaba a pocos más de veinte kilómetros de la ciudad de Londres. Hacía unas horas no presentaba este aspecto, sino otro muy diferente donde las naves industriales y las fábricas estaban en un buen estado y no eran ese amasijo de hierros, así como el fuego por todas partes y un humo negro y espeso, seguramente tóxico, ascendía en columnas monstruosas.
De pronto el teléfono dejó de sonar, alguien había descolgado.
–Ya podéis venir a buscarme. Avisad al Primer Ministro de que ha habido una explosión en una de las naves que contenía productos tóxicos, debe evacuar las poblaciones cercanas. Así podremos corregir este pequeño fallo de cálculo –hablaba por el auricular un joven, un adolescente que no aparentaba más de catorce años, de cabellos tan rubios que casi parecían blancos y con unos ojos verdes muy claros.
–¡No te enojes hermana! Cómo iba a suponer que el muy cabrón no se dejará matar tan fácilmente. Me pareció un buen lugar para luchar, no había personas –gimoteó el menor.
–¿Caristeas está muerto? Al final nos hemos cargado al incompetente ese –dijo peinándose el flequillo hacia atrás.
–Entonces, quién lo ha matado. Seguro que un parásito igual que él. ¡Maldito inútil! –dijo sacudiéndose el polvo que había en su ropa–. ¿Arma desconocida? ¿Desangrado? Esa es una forma muy poética de morir.
–¡No me gusta Italia! ¡No quiero ir! –gritó y colgó el teléfono, el cual volvió a sonar enseguida. Aunque dejó que sonara tres tonos antes de volver a coger el auricular–. Siento haberte colgado. No me grites, hermana. Iré a Heathrow y cogeré el primer avión que salga para alguna ciudad cerca de Nápoles. No entiendo por qué tiene que ir uno de nosotros a averiguar que le ha pasado a ese bastardo. Ya te llamaré cuando llegue– y colgó el teléfono otra vez.
En menos de dos minutos dos helicópteros de asalto sobrevolaban la zona y aterrizaban a escaso metros del adolescente. Varios hombres descendieron de ellos, vestidos como para entrar en combate con unas extrañas corazas blancas y armas que parecían rifles con una bayoneta.
–La Unidad siete a su servicio, señor –dijo el único de los hombres que vestía de forma casual, muy alto y con una impresionaste musculatura, a pesar de las ropas oscuras.
–Encargaros de los cuerpos y limpiar cualquier rastro que nos involucre. Antoine llévame al aeropuerto Heathrow. Vamos a Italia –dijo el joven, subiendo a uno de los helicópteros. Mientras que aquel hombre daba instrucciones a los demás y también subía con él.
–¿Todo bien, señor? –preguntó al ver la molestia en aquel rostro que tenía aún demasiados rasgos infantiles.
–¡No me gusta Italia! –refunfuño el joven–. ¡Estúpido Caristeas! ¿No podías haberte muerto en otro sitio?
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Notas de la autora: Espero que hayan disfrutado de su lectura.
En este capítulo las cosas no avanzaron todo lo que quería, debía estar más centrado en Milo pero me pareció que debía presentar un poco a los demás personajes y cómo son sus relaciones entre ellos.
Pueden que encuentren algún cuadrito, es por culpa del programa que ha sustituído la mayoría de los guiones por cuadritos, me parece que los he quitado todos. A veces suceden cosas así a la hora de publicar aquí, así como en otros sitios. Disculpen las molestias, si me he dejado alguno sin corregir.
