Aquí traigo la continuación. Batallé bastante con este capítulo, así que espero que te guste y no hay nada qué agradecer. Te mereces esto y más.
Perfectos
Cáp. 02: Ella
Ya pasaba de la media tarde y la joven mujer aún seguía afuera, en el pórtico, esperando la llegada del muchacho. Normalmente se encontraría allí para despedir a los empleados, pero esta vez no era así y aquello le estaba preocupando. Se llevó una mano al pecho después de revisar por cuarta vez su reloj de pulso y suspirar. Sin contar que no había vuelto ni a comer. ¿Le habría pasado algo? Negó con la cabeza llena de temor y sin dudarlo un poco más, comenzó a orar una plegaria para el regreso de su joven amo.
-Entonces, tienes viviendo aquí por diez años—afirmaba la joven pelirosa—Impresionante—agregó sonriendo—Me sorprende haberme dado cuenta hasta ahora que tenía un vecino—se rió.
-Lo mismo pensé—admitió el chico, mirándola a su lado. Ambos sentados en el segundo escalón a la entrada de la casa de ella. Platicando desde hace ya horas. El tiempo parecía no importarles en lo más mínimo a ambos—Aunque me emocioné mucho al saber que había otra persona viviendo en pleno bosque--.
-¿Por?—preguntó curiosa.
-Digamos que después de tanto, comienzas a cuestionarte en qué estabas pensando al venirte a vivir a un lugar tan alejado de todo—gruñó en tono burlón.
-Je, espero no tener que vivir eso—gimió la chica.
-No lo creo—contestó él, muy seguro.
-¿Cómo estás tan seguro?--.
-Ten por hecho que me tendrás aquí todos los días, claro, si tú me lo permites—dijo seguro de sus palabras, aunque no pudo esconder por completo el pequeño tono de nerviosismo que invadía cada una de sus palabras.
-Oh, claro—respondió ella bastante feliz—Eres bienvenido, tan sólo avísame para no darme más sustos, ¿sí? --.
-De acuerdo—bufó él fingiendo molestia—Trataré no causarte más ataques—añadió sonriendo—Al menos no tan fuertes como este.
-Qué gracioso, Saito—gruñó cruzándose de brazos—Por cierto—dijo mirando hacia el caballo—Qué bonito animal--.
-Gracias—respondió después de mirarla a ella para posar sus ojos en el caballo—Es mi preferido.
-¿Cuántos tienes?—preguntó.
-¿Caballos?—cuestionó, a lo que ella asintió—Cinco--.
-Wow—exclamó sonriendo--¿Me podrías enseñar a montar un día de estos?--.
-Tú sólo pon el día y yo te enseño--.
-Gracias—respondió sonriendo, para después poner su vista en el cielo y darse cuenta de cuán tarde era--¡Dios, ya es muy tarde!—chilló poniéndose en pie al instante—Debía de hablarle a mi hermana para avisarle de mi llegada--.Él la miró y comenzó a darse cuenta de que posiblemente Catleya estaría preocupada. También se puso en pie.
-Será mejor que me vaya—dijo algo desilusionado.
-De cuerdo, cuídate—pidió sonriendo—¿Te veo mañana?--.
-Aquí estaré—respondió caminando hacia el caballo—¿A qué hora estaría bien?—preguntó.
-De preferencia en la tarde, por que en la mañana estaré algo ocupada organizando la casa, es un desastre—se quejó suspirando.
-¿Y si vengo a ayudarte?—preguntó como quien no quiere la cosa.
-¿¡En serio!?—exclamó radiante—Eso sería excelente, muchas gracias--.
-No hay de qué—respondió subiendo al caballo sin ningún tipo de dificultad—Bueno, hasta entonces—dijo mientras jalaba de las riendas y el animal se giraba, caminando con paso no muy apurado hacia la salida.
-Te abriré…--dijo a punto de entrar, pero escuchó un grito proveniente de él.
-No te molestes, sé como salir—se burló mientras golpeaba levemente al animal en las piernas con las suyas y al instante, comenzó su carrera. Louise ahogó un gemido al ver que se estaba aproximando a demasiada velocidad hacia la barde. Ya estaba punto de gritar cuando vio el animal elevarse cuando las riendas fueron jaladas y este y su jinete se perdieron de su vista, en la espesura del bosque. Miró por última vez donde él se había perdido, entrando a su casa aún con la imagen de ese hombre en la cabeza.
Galopaba con velocidad por el bosque, siguiendo apenas el casi invisible sendero que le conduciría a su hogar. Levantó un poco el rostro para ver el cielo y sin poder evitarlo, sonreír. Esa chica, con lo poco que tenía de conocerla, ya le parecía una persona maravillosa. En todo el sentido de la palabra. Regresó su azulada mirada al frente, justo antes de salir entre los árboles y ver su casa. Jaló las riendas y el animal se detuvo en el pórtico. Al parecer no había nadie, pues el silencio reinaba en su jardín. Bajó del caballo y se llevó hacia el establo, quitándole la silla y dejarlo en su cubículo. Sale con mucha tranquilidad del establo y entra a la casa haciendo el menor ruido posible. Cuando pasó por la sala, escuchó la melodiosa voz de su ama de llaves. Levantó una ceja y se asomó, encontrándola sentada en el sillón, con el teléfono en mano y con felicidad marcada en su rostro. Cuando sus ojos se posaron en los de él, dio un saltó y se disculpó con la cabeza. El negó y se dirigió a su habitación. Cerró la puerta y se recargó en ella y soltó un sonoro suspiro. Este sinceramente había sido uno de sus mejores días y no podía esperar a mañana para volver a ver a Louise. Rápidamente se despojó de su camisa y se la llevó en su brazo para después meterla en un cesto junto con su pantalón y ropa interior. Abrió las llaves del agua y esperó hasta que estuviera tibia y entró en la regadera, sintiendo las gotas correr su cuerpo una a una, y el vapor elevarse, bloqueando casi completamente la visibilidad en el cuarto.
Un par de golpes se escucharon en la puerta de su habitación, sacándole de su concentración mientras terminaba de abotonarse la camisa. Levantó su cabeza y caminó, abriéndola y encontrándose con la cara de una preocupada Catleya.
-¿Sucede algo?—preguntó angustiado.
-Sé que no debo de entrometerme en sus asuntos, pero, ¿dónde estuvo toda la tarde?—murmuró bajando la mirada y el joven sonrió.
-Fui a conocer a los vecinos, bueno, mejor dicho vecina—respondió con una sonrisa.
-Oh—fue todo lo que dijo--¿Vive sola?--.
-Eso parece—dijo yéndose dentro del cuarto—Mañana iré a ayudarle, ella sola no puede acomodar toda una casa--.
-Entiendo--.
-¿Con quién estabas hablando? Claro, si se puede saber—preguntó sentándose en la cama.
-Mi hermana, acaba de llegar al país—dijo sonriente—Dice que se estará quedando en una casa de campo—añadió suspirando—Espero que le vaya bien--.
-¿Por qué lo dices?--.
-Simple preocupación de hermanas—murmuró—Al ser yo su hermana mayor, pues, siempre busco su seguridad y el hecho de que se esté quedando sola después de tanto, me provoca algo de incomodidad, aunque debo de entender que ya no es una niña—decía tanto para el joven como para ella misma.
-Jeje—se rió levemente—Nunca te había visto esa parte tuya, Catleya—murmuraba soñadoramente—Siempre has sido muy maternal, pero veo que cuando se trata de tus hermanas te comportas aún más--. Escuchó una pequeña risa por parte de la mujer--¿Ya comiste?--.
-No, estaba esperando a que llegara--.
-Entonces no se diga más, ve a calentar la comida que en un momento bajo—dijo sonriendo. Escuchó como la puerta se cerraba y se dejó caer en la cama para mirar el techo e intentar apaciguar su corazón, que por tercera vez en la tarde, había latido violentamente. Todo por un simple recuerdo de la pelirosa que conoció esa tarde. Bufó mientras cerraba los ojos. Debían de ser imaginaciones suyas.
-¿Y cómo es?—preguntó de repente su ama de llaves, rompiendo el silencio que se había formado mientras comían.
-¿Quién?—preguntó mientras tomaba otra cucharada de sopa.
-La vecina—añadió suspirando.
-Oh, pues…--comenzó a analizar bien qué palabras podrían describirla mejor. Mala idea…
Su basta mente pareció ser activada por completo y sus pensamientos se volvieron cada vez más y más complejos y algo peculiares. Hermosa, Perfecta, Sensual, Amigable, Tentadora…Sacudió su cabeza y tomó un sorbo de agua.
-¿Y bien?—preguntó la mujer.
-Me pareció una buena persona—fue todo lo que pudo decir—Algo diferente a las chicas de ahora—añadió riéndose.
-¿A qué te refieres?--.
-Son muy raras las mujeres que les gusta vivir solas y en un lugar tan alejado de un buen centro donde se pueden realizar compras de todo tipo—explicó recargándose en la silla y dejando su cuchara sobre su plato vacío.
-Interesante--.
-Sí—asintió de acuerdo.
-¿Y si casa es muy grande?--.
-Más o menos—respondió no muy seguro—La casa en sí sería la mitad de esta, pero la cantidad de terrenos lo desconozco--.
-Comprendo—murmuró mirando los platos vacíos. Los tomó y se levantó--¿Entonces irás mañana para ayudarle?--.
-Eso planeo—respondió mirándola desde el comedor.
-¿A qué hora?—volvió a cuestionar.
-Al medio día, tampoco quiero ser yo quien la despierte—soltó una carcajada ante el pensamiento.
-Entonces, se levantará temprano para dejar órdenes a los trabajadores, ¿cierto?--.
-En efecto, mi querida Catleya—suspiró ahogando un bostezo—Y si me disculpas, me voy a acostar—añadió poniéndose en pie y mirar el reloj que estaba sobre la chimenea. Las doce.
-Que duerma bien—decía ella mientras acomodaba los platos limpios en las alacenas.
-Gracias, igualmente—respondió ya en el segundo piso. Entró a su habitación y cerró la puerta tras de sí.
Y él decía que se dormiría temprano para levantarse al alba. Cómo no. Se dio otra vuelta en la amplia cama, quedando de lado y destapándose, dejando su cuerpo expuesto a la brisa nocturna y la leve iluminación que proporcionaba la luna. Miró de reojo el reloj que estaba al lado de su cama y suspiró. Ya llevaba dos horas dando vueltas y nada de poder conciliar el sueño. Suspiró mientras se movía para poder quedar de espaldas y mirar el techo, mostrando su trabajado tórax. Definitivamente, tenía demasiada ansiedad y por lo tanto, no dormiría esa noche, de eso estaba seguro. Suspiró mientras cerraba los ojos y maldecía su suerte y necedad.
Subía las escaleras lo más silenciosamente posible. Había llegado un poco más temprano, para poder despertar al chico, quien posiblemente aún se encontraría dormido. Se detuvo frente a la puerta de madera y acercó su mano para tocar, cuando esta se abrió, pegándole un susto en el cual no pudo evitar soltar un grito y retroceder. Unos ojos azules la miraron sorprendidos y arrepentidos.
-Perdón, Catleya—dijo el chico saliendo, ya arreglado. Parpadeó sorprendida; eran poco más de las seis y él ya estaba despierto. Eso no era tan común en él. Lo miró de pies a cabeza. Un pantalón café, con una camisa beige de botones. Los primeros tres siempre abiertos. Botas cafés y su cabellos alborotado.
-Te despertaste temprano—murmuró.
-Sí, tengo unas cuantas cosas qué hacer antes de ir con ella—decía bajando las escaleras.
-Oh, Saito, por cierto, tengo algo qué…--no siguió, pues le chico ya no estaba lo suficientemente cerca como para que le escuchara—Se lo preguntaré después, de todas maneras, no es muy importante--.
Estaba terminando de acomodar una que otra cosa cuando escuchó un relinchido a la distancia. Al instante se giró y salió corriendo para abrir la reja. Aunque para cuando apuntó y apretó el pequeño botón rojo, el caballo ya se hallaba en el aire. Frunció el ceño y se cruzó de brazos molesta. Lo vio galopar hasta detenerse en la entrada y ella levantó las cejas, esperando una explicación. El ojiazul bajó del animal como si nada y la miró. Parpadeó un par de veces al no entender la cara que tenía. Así que no atinó a decir otra cosa…
-¿Qué?—gimió.
-¿Por qué no esperaste a que abriera la puerta?—gruñó.
-Ibas a… oh, perdón—se disculpó bajando la cabeza—Aunque no le veo nada de malo a mi manera de…
-¿En qué quedamos ayer?—gruñó—Nada de ataques--.
-Cierto, pero, te avisé que ya venía—se excusó.
-¿Un relinchido? Dios, qué aviso—murmuró sarcásticamente.
-JHmp, pero saliste—apuntó.
-¡Para abrir, demonios!—explotó—¡Ten consideración por el pobre caballo!--.
-Les hace bien mantener ejercitadas sus patas—bufó acariciando el lomo del mencionado.
-Claro—suspiró resignada—Pero la próxima vez, espera a que te abra--.
-No prometo nada—dijo riéndose.
-¡Saito!—exclamó con voz de molestia--¡Promételo!—ordenó esta vez.
-De acuerdo, pero no te enojes así--.
-¿¡Y entonces cómo quieres que me ponga!?—gritó dándose la vuelta—Eres un necio.
-Tú igual—gruñó para sí mismo—Bien, comprendo, pero ya no te enojes, ¿sí?—añadió con voz infantil
-¿Por qué?—preguntó apenas girando us cabeza para verlo.
-Te ves mejor cuando en tu rostro hay una sonrisa—admitió desviando levemente la mirada. No escuchó nada por parte de ella y se regañó a sí mismo por decir tales cosas en ese momento. Debía de estar demente.
-Eh, gracias—respondió después de un pequeño lapso de tiempo--¿Quieres pasar?—preguntó abriendo la puerta. El joven asintió y amarró su caballo a la barda de madera que estaba frente al pórtico y subió las escaleritas, entrando a la no muy grande casa de la muchacha.
Era bastante simple pero acogedor. Miró que la gran mayoría de los muebles estaban aún cubiertos por telas blancas. Miró a su alrededor un par de veces, antes de que la joven le llamara la atención.
-¿Con qué quieres comenzar?—preguntó recargada en la mesa.
-Con lo que quieras, es tu casa—remarcó.
-De acuerdo, entonces, con los sillones—dijo ella poniéndose en pie, pasar de largo al joven y jalar sin ningún reparo la tela, elevando una nuevo de polvo que por poco y los ahoga a ambos. Se escuchó una sinfonía de quejas y murmuraciones siendo entrecortadas por las continúas toses que a ambos azotaban—Creo que no fue buena idea jalarlo así—se quejó con algunas lágrimas en sus ojos.
-Haber, veamos con el otro—dijo Saito quien se había recuperado un poco más rápido que ella. Tomó una orilla—Toma el otro lado y levantémoslo lentamente y lo sacudimos afuera, ¿quieres?—sugería y ella asintió, obedeciendo. Levantaron la tela lo suficientemente y se movieron hacia la puerta y ya estando afuera, sacudieron con fuerza, manteniendo los ojos cerrados y no respirando; otra nube de polvo se elevó—Creo que tardaremos bastante—gimió mirando como la nube desaparecía.
-¡Terminamos!—exclamó la chica mirando al fin el piso de abajo sin ningún mueble oculto—Ahora, es hora de barrer y dejar este lugar reluciente—añadió caminando hacia la cocina.
-¿Eh?—murmuró cuando la vio salir con un par de escobas--¿Y eso?--.
-Esto querido, es con lo que vamos a barrer—decía entregándosela.
-¿Vamos?—gimió.
-Sí, vamos—ordenó mientras comenzaba a barrer, dejando al chico mirándola y después a la herramienta que tenía en mano. Las cosas no estaban saliendo como se las imaginó en la noche.
Se dejó caer en el duro suelo de madera y miró a la chica, quien aún seguía sacudiendo una que otra esquina. Ya pasaban de las seis y apenas habían terminado de arreglar la casa. Y no habían comido nada. Suspiró mientras la venía moverse, contoneando sus caderas y al parecer tararear una canción. Sonrió mientras ponía más atención en su ropa. Una falda blanca que le llegaba a la rodilla con unas sandalias cafés, una blusa igualmente blanca de tirantes, posiblemente sería de algodón y su cabello estaba recogido en una media cola. No traía ningún accesorio además de unos aretes dorados. Muy sencilla, pero increíblemente hermosa. Salió de su ensoñación cuando una mano se pasó frente a su campo visual.
-¿Qué sucede?—preguntó mirándola.
-Creo que es hora de comer, ¿no te parece?—cuestionó sonriendo.
-¿Cocinarás algo?—preguntó poniéndose en pie.
-Sí, y tú me vas a ayudar—dijo muy segura mientras lo tomaba del brazo y lo jalaba hasta la cocina.
-Eh, Louise, yo no soy nada bueno en la cocina—admitió con el nerviosismo bien marcado.
-Yo tampoco soy un as, pero estoy segura que si ambos trabajamos juntos, obtendremos algo comestible—decía mientras abría el refrigerador.
-Eso espero—rogó mientras hacía una mueca de sufrimiento.
-¿Y bien?—preguntó mirando como el chico acercaba su tenedor a la carne que recién habían terminado de asar. Tenía un color oscuro y soltaba un leve olor a quemado—Pruébala--.
-¿Por qué yo?—gimió.
-Por favor—rogó—Sólo una probadita--.
-Louise—se quejó tomando el pedazo—Tú también—ordenó mirándola.
-Oh, de acuerdo, miedoso—se burló partiendo un pedazo y sin dudarlo, metérselo en la boca y masticarlo. El chico la miró, tragó saliva, y también lo comió. Silencio total…
-Creo que, no está tan mal—murmuró tragando casi a fuerza y tomar un poco de agua.
-¡Arg!—exclamó ella tosiendo después de haberse pasado el pedazo—Creo que nos pasamos—murmuró riéndose—Si fuera cocinera, me moriría de hambre—admitió en un suspiro. Él la miró y también suspiró.
-Creo que lo mejor será que vayamos a mi casa a comer algo—dijo mirándola.
-¿Cómo? No…--se quejó avergonzadamente.
-Necesitas ingerir algo, bueno, comestible—decía mirando el pedazo de carne como si fuera veneno—Ven—dijo jalando la silla del a joven—Te invito a comer--.
-Saito, no quiero ser una molestia--.
-No lo eres—decía tomándola del brazo—Además, creo que sería buena oportunidad para que sientas lo que es montar.
-¿Qué?--.
-¡Oh por Dios!—gritó sujetándose con fuerza de la cintura del chico cuando el caballo saltó su barda sin problemas--¡Saito, estás loco!—chilló asustada.
-Pero si esto es lo mejor—decía riéndose de su reacción.
-Cállate—sollozó mientras sentía los continuos brincos que hacía el animal en su rápido trote de vuelta a la finca.
-¿Saito?—preguntó Catleya mirando al caballo entrar en el terreno. Parpadeó al ver una cabellera rosada tras la figura del chico. Su boca se abrió.
-¡Catleya!—exclamó bajando del animal para después ayudar a la aún aterrada Louise—Déjame presentarse a…--.
-¡Louise!—exclamó la mujer corriendo hacia la chica y abrazarla, sacando de su lugar al joven quien la miró sin comprender--¡Te he extrañado! ¿Por qué no me dijiste que vivías tan cerca?—preguntaba mientras al fin la miraba a los ojos.
-Lo siento, pero era una sorpresa—decía la otra, abrazándola.
-Haber, esperen, ¿se conocen?—preguntó de la manera más tonta posible. Como ignorando lo obvio del asunto.
-Oh, Saito, ella es mi hermana menor, Louise—decía su ama de llaves con una amplia sonrisa.
-¿Her...Hermana?--.
-
-
-
Continuará…
