Capítulo 02
Horas más tarde, ya en el 221B y pasadas las seis, John llegó a casa para encontrarse a Sherlock sentado en el sillón tocando su violín. Tras quitarse el abrigo, se sentó frente a él y tomó aire.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —exclamó.
Sherlock agitó la cabeza y le miró.
—¿Disculpa? —preguntó algo perdido.
—¿¡Cuándo pensabas decirme que tu hermano es en realidad una mujer!? —exclamó John alzando las manos al aire.
—Discúlpame que te corrija, John, pero mi hermano no es ni nunca ha sido mujer —le respondió Sherlock muy serio.
El médico se sonrojó ligeramente y apartó la vista.
—Perdón. No quería decirlo así —susurró —. Me vengo a referir que cuando me ibas a decir esto.
—Nunca —dijo Sherlock —. Es una decisión de mi hermano en la que yo no formo parte. Él no quiere que nadie lo sepa pues bastante rechazo tuvo en la época en la que pasó por su transición. Una vez cambió legalmente su nombre y su género me obligó a no decir nada. Y es evidente que respetaré su decisión ya que no formo parte de ella.
John tragó saliva fuertemente y suspiró.
—Es la primera vez que hago esto —murmuró echándose hacia atrás en el sofá.
Sherlock se colocó el violín en el hombro y se levantó mientras estiraba el arco.
—No estoy interesado en hablar del tema así que si quieres tener una charla médica, habla con él. Tienes su número en la agenda de mi teléfono —le dijo antes de comenzar a tocar.
John le observó unos segundos antes de levantarse e ir a la cocina a hacerse un té. En ese momento, Mycroft no era el hermano de su amigo. Era un paciente y como tal merecía privacidad así que no iría a comunicarse con él fuera de la clínica.
Le sorprendía no haberse dado cuenta de aquel hecho pero lo que más lo tenía en vilo era la decisión que había tomado Mycroft al querer ser padre. El cambio hormonal que iba a sufrir en poco tiempo le podía causar algún trastorno y estaba seguro que Mycroft lo sabía, si no, no le hubiesen permitido dejar la testosterona, y sin embargo el hombre lo iba a intentar. Sonrió de medio lado al pensarlo.
Mycroft no era tan insensible como se imaginaba.
Durante los ocho días siguientes, Sherlock y John no hablaron sobre el tema laboral-familiar que ahora tenían en común y ninguno de los dos habló con Mycroft. El hombre solo hizo acto de presencia el séptimo día con un mensaje de texto dirigido a Sherlock, indicando que pasaría a por el a las ocho y media de la mañana del día siguiente.
Sherlock esperaba a esa hora en la puerta, tomando un té que se había comprado un poco antes en la cafetería. Se montó en el coche negro cuando se detuvo y cerró la puerta tras sí.
—Buenos días —saludó mirando a su hermano.
Mycroft estaba allí, mirando fijamente al frente. Devolvió el saludo con un asentimiento con la cabeza.
—¿Qué tal las inyecciones? —preguntó antes de darle un sorbo al té.
Mycroft de nuevo asintió, sin dejar que una palabra escapara de sus labios. Sherlock suspiró aburrido.
—Tendrás que contestarle al médico con palabras. Y el cambio de la voz es algo con lo que todos cuentan. No ganas nada ocultándolo y nadie hará una mención al respecto, no es algo por lo que tengas que avergonzarte.
—No me avergüenzo —dijo Mycroft, y su voz no sonó grave y neutra como siempre, era una voz suave, delicada y llena de miedo.
Sherlock solo asintió.
—Mejor. ¿Has tenido algún problema? —preguntó con curiosidad.
—Ninguno —respondió Mycroft —. Aunque he tenido alguna reacción emocional algo confusa, pero nada que deba de mencionarse.
—No habrás llorado con algún anuncio, ¿no? —preguntó Sherlock divertido mientras alzaba una ceja.
—Vete a la mierda, hermano —gruñó Mycroft.
Sherlock rió mientras negaba con la cabeza. Cuando llegaron a la clínica, fueron directamente a la consulta y tras un breve cuestionario acerca de cómo le estaba yendo con el tratamiento, le abrieron una puerta adyacente.
—Bien señor Holmes, desnúdese de cintura para abajo y colóquese la sábana, cuando esté listo avísenos.
Mycroft se puso de pie y dirigió una rápida mirada a Sherlock. El muchacho simplemente se levantó y siguió a su hermano dentro de la oscura habitación, cerrando la puerta tras sí. Mycroft se quitó la chaqueta y dejó que Sherlock la cogiera, así como cogió los pantalones y la ropa interior que el menor dobló cuidadosamente y dejó sobre una silla.
Mycroft se sentó en la camilla, puso los pies en los apoyos para abrirse ligeramente de piernas y luego se tapó con la sábana. Tomó aire y lo expulsó lentamente.
—Adelante —dijo.
Ambos Doctores, Jones y Watson entraron en la pequeña habitación. El Doctor Jones encendió una luz tenue, mientras que John encendió el ecógrafo.
—Señor Holmes, ¿permitiría a mi Doctor en prácticas que le hiciera la ecografía? —preguntó Jones —. Es un médico experimentado, ya lo ha hecho varias veces y no corre peligro. Aunque si se siente incómodo puedo hacerla yo.
Mycroft miró fijamente a John unos segundos, pero el médico solo estaba de pie esperando una respuesta.
—Como quiera —murmuró.
John asintió, se colocó los guantes y tomó un taburete que puso frente a Mycroft. Cogió el ecógrafo y le puso un poco de lubricante en toda la extensión que iba a utilizar. El aparato era de largo unos 30 centímetros y tendría uno de diámetro. La punta era redondeada y por la parte cercana al cable tenía un mango.
John no miró, se guio con los dedos de la mano derecha para encontrar la apertura e introducir lentamente el aparato con la izquierda.
—Siento que el lubricante esté frío —murmuró mientras iba introduciéndose poco a poco.
Mycroft no dijo nada, cerró los ojos y apretó los labios, esperando que el ardor de estómago debido a la vergüenza pasara. Sintió una mano agarrar la suya y cuando abrió los ojos se encontró con Sherlock mirándole. Sus ojos, en el vocabulario Holmes, querían decirle que no se preocupara, que acabarían pronto. Mycroft suspiró lentamente mientras volvía a cerrar los ojos.
Tanto el doctor Watson como el doctor Jones contemplaban la pantalla y hacían comentarios al respecto. John sonrió orgulloso y retiró el aparato con sumo cuidado unos cinco minutos después. Lo limpió con un papel para retirar el lubricante y luego lo dejó en una pila con agua, probablemente una enfermera lo desinfectaría. Luego le dio un trozo de papel a Mycroft y se levantó del taburete mientras se quitaba los guantes.
El Doctor Jones ya había desaparecido por la puerta con la impresión del ecógrafo, John simplemente le sonrió.
—Estaremos esperándole para decirle como va todo —le dijo antes de salir y cerrar la puerta.
Mycroft suspiró y miró a Sherlock.
—Tampoco fue tan malo, ¿no? —susurró el menor de los Holmes mientras le soltaba la mano libre.
Mycroft se encogió de hombros y le hizo un gesto a Sherlock para que se diera la vuelta. Luego se quitó la sábana, se limpió y tiró el papel usado a la papelera, luego se fue poniendo la ropa que le tendía Sherlock.
Agradecía la madurez de su hermano menor en este aspecto. Era el único apoyo que tenía y la seriedad que estaba mostrando respecto a la situación hacía que fuese menos vergonzosa para él cuando tenía que tratar el tema con desconocidos. Poco después, salieron de la habitación y se acomodaron en las sillas frente al escritorio.
—Bien —dijo el Doctor Jones sonriéndoles —. He de informarle que los óvulos están generando los folículos como debieran. Poco a poco, como era de esperar así que no hay nada por lo que debamos de alarmarnos. Deberá seguir tomando las hormonas y en dos días nos veremos de nuevo.
Mycroft asintió.
—¿Alguna pregunta? —dijo el Doctor Jones mientras se levantaba.
Mycroft se levantó y le apretó la mano mientras negaba con la cabeza, luego salió de la consulta. Como la vez anterior, John le indicó que debería de volver dos días más tarde y se despidió de ellos.
Una vez en el coche, Mycroft suspiró profundamente y se frotó la cara con las manos.
—No es necesario que me acompañes más —dijo en voz alta —. Conozco el procedimiento y ya no requiero de tu compañía. Quizás te haga venir el día de la extracción pero….
—Mientes —le cortó Sherlock.
Mycroft apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea.
—Te acompañaré —dijo de nuevo Sherlock —. En cada ecografía a lo largo de todo este procedimiento y no harás nada por detenerme, básicamente porque quieres que esté.
Mycroft solo asintió ligeramente antes de observar por la ventana. Ambos eran únicos, extraordinarios en cierto modo.
Esa noche, cuando John llegó del trabajo, Sherlock se encontraba experimentando con unos dedos que había guardado en la nevera. El médico se hizo una cena ligera y se colocó frente a Sherlock.
—Solo haré una pregunta al respecto, ¿puedo? —dijo en voz alta.
—Ahá —murmuró Sherlock levantando la vista para mirarle fijamente.
—¿Te comprometerás al 100% con tu hermano? Un embarazo nunca es sencillo y dadas las circunstancias necesitará todo el apoyo familiar —dijo mirándole seriamente, ahora no actuaba como John, sino como el Doctor Watson.
Sherlock dibujó una sonrisa antes de ponerse de pie, apoyó las manos en la mesa y se inclinó sobre John.
—Estaré con mi hermano en cada momento de su proceso. Como siempre he estado —le dijo en un susurro peligroso.
John alzó las cejas y luego asintió.
—De acuerdo —dijo, le pegó un mordisco al sándwich y sonrió —. ¿Qué estás haciendo? —preguntó con su tono amigable de siempre.
—Tomo muestras de la saliva depositada en los cortes, para identificar si fueron arrancados por un humano o por algún tipo de animal, los huesos están tan dañados que no han podido identificarlos.
—¿Has robado los dedos del laboratorio?
Sherlock rió entre dientes mientras tomaba un bastoncillo para las muestras. John negó con la cabeza y siguió comiendo en silencio.
Los días siguientes trascurrieron con la misma monotonía de entonces. Sherlock y Mycroft iban a la clínica cada dos días para que el mayor de los Holmes se sometiera a una ecografía. Fuera de la clínica se trataban como si nunca se hubieran visto.
Sherlock consiguió un caso de asesinato en el que le ayudo John, pero ninguno de los dos faltaba a sus citas.
El día número quince, con el que Mycroft termino su última inyección, le hicieron de nuevo una ecografía. Cuando John retiro el ecógrafo, el Doctor Jones ya tenía preparada una inyección, esta vez la había cogido de un frasco naranja.
—Bien —sonrió Jones —. El doctor Watson le suministrará las hormonas LiE que provocaran la ovulación. Mañana mismo le haremos la aspiración de los óvulos y dos o tres días más tarde el ubicaremos el embrión en su útero.
—Bien —dijo Mycroft asintiendo mientras miraba como John se cambiaba los guantes para coger la jeringa.
—Bien, baje las piernas y descúbrase el vientre —pidió John con amabilidad.
Mycroft bajo las piernas del potro, se acomodó un poco en la camilla y luego se bajó un poco la sabana y se subió la camisa. John desinfectó la zona exenta de vello en la zona baja del vientre antes de suministrarle la inyección. Cuando acabo, se quitó los guantes, tiró la aguja usada y luego salieron de la sala para pasar a la consulta. Poco después se le unieron Mycroft y Sherlock, los cuales se sentaron en las sillas.
—Bien, ya que llego el momento podemos proporcionarle un catálogo donde se encuentran nuestros donantes anónimos podrá elegir el...
—Doctor —interrumpió Mycroft —. Mi única exigencia para el donante es que esté completamente sano.
—Ah, entonces, ¿lo deja a nuestra elección? —pregunto el Doctor Jones.
Mycroft asintió con firmeza mientras Sherlock lo miraba sorprendido a su lado.
—Bien, mañana deberá de firmar los papeles de conformidad antes de la extracción. Le parece bien, ¿no?
—Me parece bien doctor Jones —dijo Mycroft mientras se levantaba —. Gracias.
Cuando salieron y concertaron la cita para el día siguiente, Sherlock y Mycroft se dirigieron al coche.
—Creí que querías el esperma de la persona más inteligente del todo el catalogo —comento Sherlock mientras se acomodaba en el asiento.
—No es seguro que pueda engendrar un hijo superdotado por mucho que lo sean sus padres. Me conformo con un bebé completamente sano. El resto ya lo aprenderá.
Sherlock rio y negó con la cabeza.
—Mañana estarás a tres días de ser padre —comento en voz alta.
—Tú serás tío.
—Un orgulloso tío —dijo Sherlock antes de bajarse del coche pues habían llegado al 221B.
