En el pasado, la situación hacía imposible siquiera imaginar cómo había logrado un digimon ser quien era. Ahora, con una nueva vida pacífica, las cosas son diferentes y lo que en su momento era ignorado, ahora trae consigo toda una serie de hechos que complican aún más la relación entre dos digimons que se reencuentran.
Dos digimons miraban al cielo con sonrisas en el rostro. Habían renacido en un mundo completo, sin horribles agujeros ni malvados digimons en busca de la dominación absoluta de ese y todos los mundos existentes (ambos sólo tenían constancia de la existencia de otro más). Ambos habían tenido que reiniciar sus pasos por ese mundo, ahora libre de cualquier mal, para alcanzar lo que un día fueron.
El primero de ellos volvió a trabajar como el que más. La esperanza de volver a ser necesitado por la dama Ophanimon le impulsaba a elevarse más y más alto en busca de aquellas blancas alas con las que un día surcó los cielos. Estudió y se entrenó al máximo de sus capacidades todos los días de su vida para lograr su objetivo. En su mente estaba claro que no volvería a tener una misión como la que tuvo en aquel entonces, aunque una parte de su corazón deseaba con fuerzas repetir la experiencia… salvo por la parte en la que lo asesinaba un digimon rosa.
El segundo también trabajó con ahínco en busca de la digievolución… ¿A quién engañar? Se esforzó, sí, pero para encontrar aquello que lo hizo grande. Un objeto del pasado que cayó "casualmente" en sus manos y que le convirtió en un ser temido. No tenía ni idea de dónde podía haber caído aquel objeto, ni tan siquiera si seguía existiendo, pues él había absorbido su poder para digievolucionar y lo había logrado retener. Deseaba con fuerzas regresar a aquel tiempo en que los digimons le temían y hacían lo que él ordenaba… y esperaba fervientemente no volver a encontrarse jamás con ningún niño humano medio sordo que confundía las palabras.
El primero no dudó en dejarse caer ante los Tres Grandes Ángeles el mismo día que alcanzó su nivel adulto, presentándose dispuesto a aceptar cualquier misión encomendada por ellos. Ni qué decir que la dama angelical lo reconoció y enseguida le encargó el primer trabajo: proteger una mercancía valiosa en su viaje a la Rosa de las Estrellas. De mil amores aceptó la misión y, batiendo con energía sus alas, se preparó para salir con sus compañeros de aventura. Angemon empezaba una nueva vida.
El segundo tardó una eternidad en dar con lo que buscaba. El destino había querido que aquel objeto volviese al lugar donde lo encontró… y robó. ¿Es necesario decir que lo volvió a robar? La sonrisa creció en sus labios cuando sintió aquella enorme cantidad de energía entre sus manos. La absorbió, no quería dejar ni un dato fuera de su cuerpo. Y salió corriendo, arco en mano preparado por si alguien se le atravesaba en el camino. Sagittarimon retomaba su antigua vida.
El tiempo fue pasando tranquilamente. Ambos hicieron crecer sus respectivas reputaciones. Angemon fue creciendo intelectualmente; Sagittarimon fue acumulando riquezas. Ninguno de los dos se había encontrado: en los recuerdos del primero ocasionalmente había aparecido el segundo… Y el segundo, directamente, sólo pensaba en el presente.
El destino quiso que Angemon aterrizase en la Ciudad del Metal uno de esos días libres que le proporcionaba la dama Ophanimon por su trabajo. El digimon suspiró melancólico ante la cantidad de recuerdos que acudían a su mente: aquellos cuatro niños, el honor de combatir junto a los guerreros legendarios… Cosas que lamentaba no pudiesen repetirse, pero que agradecía haber podido vivir y recordar. Decidió que pasaría algunos días ahí, simplemente para mantener frescos aquellos recuerdos un rato más.
Por esos tiempos, Sagittarimon había dado la vuelta al Digimundo un par de veces, robando a los digimons que se encontraba y gastándolo en comidas y bebidas. Llegar a la Ciudad del Metal de nuevo no significó absolutamente nada para él. Era un sitio más donde podía ganarse un dinerito rápido y, después de eso, marcharía a otro lugar a seguir robando. Y así lo hizo.
Los gritos de socorro fueron lo que movió a Angemon de su puesto para acudir al rescate. No le costó nada llegar al cañón del que procedían los gritos, como tampoco descubrir el motivo de los mismos. Apretó su bastón con fuerzas y bajó silencioso hasta posarse a espaldas del culpable.
—¡Te he dicho que me des todo lo que llevas encima! ¿A caso estás sordo? —preguntó Sagittarimon.
—¡Le he dicho que no llevamos nada más, señor! —dijo, tembloroso, un Numemon.
—¡Sé de sobras que lleváis más dinero encima! —rugió el centauro.
—¿No te da vergüenza robarles a pobres viajeros? —preguntó Angemon.
—¿Y a ti qué te importa? —cuestionó Sagittarimon, ocultando el sobresalto y volteándose para encarar (y quizás robar) al digimon —. Oye, tú no eres…
—En serio, el mundo es un pañuelo —suspiró el ángel antes de golpearle con el bastón en la cabeza —. ¡Devuélveles lo que les has robado!
—¡Oye! ¡Me dedico a robar! ¡No pienso devolverles nada! —protestó sobándose el chichón que empezaba a crecerle.
—Que les devuelvas sus cosas —repitió Angemon, bastón listo para volver a atizarle de ser necesario.
—Tsk, digimon pesado… Aquí tenéis —dijo soltando la bolsa —. En serio, maldita suerte la mía encontrarte aquí…
—¡Muchas gracias, Angemon! —exclamó el Numemon antes de empujar a los demás para alejarse.
El silencio reinó entre ambos varios minutos. Sagittarimon miraba a un lado y a otro, temeroso de que en cualquier momento apareciese alguien más acompañando al ángel digital, así como cualquier vía de escape. Angemon no tardó mucho en darse cuenta de las intenciones del otro y en sus preocupaciones.
—Estoy solo —dijo.
—¡Bien! ¡No hay niños sordos por aquí! —exclamó con una risita tonta.
—¿Se puede saber por qué te dedicas de nuevo a robar?
—Eh, de algo hay que vivir —señaló el centauro.
—Siendo honrado también se puede vivir —declaró el ángel.
—Pero es aburrido. ¿Te hace una copa? Invito yo.
—¿Con dinero robado? No, gracias —rechazó.
—Angemon, eres un aburrido —resopló.
—Y tú un canalla sin remedio —rebatió.
Aun así, ambos relajaron posiciones y echaron a andar uno al lado del otro, a una distancia prudente. No había mucho tema de conversación al principio, pero pronto lograron sacar algo que no fuese el tiempo que hacía o un comentario sobre el paisaje.
—Así que trabajando para los ángeles…
—Así que robando de nuevo…
—Bueno, no todos tenemos la suerte de crecer enchufados a un trabajo.
—¿Te crees que logré ser un Angemon al servicio de los tres ángeles por mi cara bonita? Para tu información, fui yo mismo el que se presentó allí para trabajar, no fui llamado por nadie.
—¿Me estás diciendo que podías haber sido libre de trabajar y decidiste meterte tú solito a hacer de currante mal pagado? —rió Sagittarimon.
—Al menos recibo una paga, que es más de lo que tienes tú —sonrió Angemon. El otro remugó —. Aunque, claro, quien elige una vida fácil…
—¿Qué insinúas? ¡Yo también tuve un largo camino por recorrer! No se consigue ser el gran Sagittarimon así porque sí.
—¿Ah, no? Venga, ilústrame.
—Primeramente, tuve que recuperar un objeto que me pertenecía. ¡Y no fue fácil!
—Así que ya robabas en la cuna… ¿Por qué no me sorprende?
—En la cuna no, pero más adelante sí… ¡Y recuperar no es robar!
—Sí si no era tuyo.
—¡Sí lo era!
—Vale, vale, sigue contando tu gran historia.
—¿Sabes dónde lo encontré? ¡En el mismo sitio que la primera vez! Un santuario raro con estandartes azules, verdes y amarillos… Aunque aquella vez, el sitio estaba más hecho polvo que ahora…
—Quizás porque la otra vez, el Digimundo era presa del mal.
—Dilo como quieras —agitó la mano —. Cogí el objeto y me largué. ¡Era vital que lo recuperase! ¡Es lo que me permitía digievolucionar!
—Lo dicho, mientras unos nos esforzamos por digievolucionar, otros encuentran atajos por caminos de dudosa legalidad —suspiró.
—¿En serio vas a criticar mis métodos? Conozco algunos digimons que te parecerían peores.
—¿Hablas de BlackWereGarurumon? —el silencio del centauro hizo sonreír al ángel —. Si te crees que eres el único que conoce gente, estás equivocado.
—Bueno, que estamos hablando de mí —dijo señalándose —. Di lo que quieras sobre tus entrenamientos, pero no tienes ni idea de por lo que un simple V-mon pasa para recuperar un objeto de este tamaño —dijo gesticulando —. Más aún si está custodiado en una urna dentro de una sala a la que accedes por una especie de laberinto.
—Espera…
—¿Qué?
Angemon detuvo sus pasos y se llevó una mano al mentón. El lugar del que hablaba Sagitarimon le era familiar por algún motivo. El centauro se detuvo varios pasos por delante, inclinándose un poco y agitando sus manos ante él para hacer volver al ángel a la tierra.
—¿Puedo saber de una vez qué demonios te ocurre? Si vas a estar así mucho tiempo, me piro a robar un poco. Ser honrado no va conmigo.
—El sitio del que me hablas…
—¿Qué le pasa?
—¿Recuerdas qué dibujo había en los estandartes? —preguntó sin mirarle.
—¡Como para hacerlo! —rió dándose unos golpecitos en la parte baja de su armadura hasta llamar la atención del otro —. Lo llevo encima día sí, día también. ¡Es casi una maldición!
—Por todos los… ¡¿ROBASTE EN EL SANTUARIO DE LA ESPERANZA?!
—Eh, eh, fui a recuperar algo que era mío…
—¡HABLO DEL PASADO!
—En el pasado, ese lugar estaba en ruinas, no había nadie y el objeto estaba ahí tirado entre los escombros, abandonado, olvidado. Nadie lo quiso, yo me lo quedé. Al fin y al cabo, ¿quién tira un objeto dorado?
—No puede ser…
—Eh, tío, estás pálido… ¿Te encuentras bien?
—¡ROBASTE EL DIGIHUEVO DE LA ESPERANZA!
—¡Ah! ¿Esa cosa tenía nombre?
—¡POR SUPUESTO QUE SI, IDIOTA! —exclamó golpeándolo con su bastón.
—¡AU! ¿Y ésa a qué ha venido?
—¡Ese digihuevo es un objeto sagrado del pasado! —explicó apretando con fuerza el bastón e intentando evitar golpear de nuevo al otro digimon —. Es una reliquia que debería seguir en el Santuario de la Esperanza.
—Yo lo vi primero.
—¡Y un cuerno lo viste primero! —dijo golpeándolo nuevamente —. Ahora mismo estás devolviéndolo al sitio que le corresponde.
—¡¿QUÉ?! ¡Entonces me convertiré en un simple V-mon!
—¡Me da igual! ¡Devuelve ese digihuevo ahora mismo!
—¿O qué?
—O te lo quitaré a la fuerza.
—¡JA! ¡Eso es robar!
—Es recuperar —negó.
—Ya, claro. Yo lo encontré abandonado y cuando quiero recuperarlo, estoy robando. Tú me lo vas a quitar y lo vas a recuperar. ¿Me lo dices en serio? ¿Qué diferencia ves entre lo que he hecho yo y lo que quieres hacer tú?
—Yo tomaría ese digihuevo y lo llevaría de vuelta al Santuario.
—¿Y cómo sé que no te lo quedarías tú?
—No tengo tanta codicia en mi alma como tú —dijo antes de hacer una mueca —. Es una pena que un digimon como tú tenga un objeto como el digihuevo de la esperanza…
—¿Por qué?
—Tú no inspiras esperanza.
—¿Y tú sí? —el silencio perduró unos segundos, justos para que Angemon sonriese e intentase no reír mientras Sagittarimon se daba cuenta de su error —. Eres un ángel, vaya descuido el mío…
—¿Vas a devolverlo por las buenas?
—¡Ni hablar! —exclamó echando a correr.
—¡Oye! —protestó Angemon, alzando el vuelo y siguiéndole.
—¡Que me dejes en paz! ¡No pienso devolver el digihuevo! —protestó disparando algunas flechas que ni de chiripa lograban golpear al ángel.
—¡Devuelve ese digihuevo, Sagittarimon!
—¡Que no!
Dos digimons que se reencontraban después de tanto tiempo. Para uno, el otro seguía siendo un ladrón sin remedio que, a demás, se había atrevido a tocar una reliquia sagrada. Para el otro, el digimon que se había convertido en un dolor de cabeza desde que salió a la luz cómo digievolucionó era persistente como el que más. A nadie le sorprendía que Angemon, cuando no estuviese en una misión, se dedicase a preguntar a todo el mundo por Sagittarimon… Al igual que a nadie le sorprendía encontrarse a Sagittarimon mirando a un lado y a otro mientras robaba.
El Digimundo era un lugar pacífico, lleno de vida y sonidos alegres… Aunque también de los gritos de dos digimons que, cada vez que coincidían, repetían la misma escena con o sin público.
