El deber y el sentir…
Salió de su palco en la ópera apenas comenzó el primer acto, esperó la señal de su fiel doncella y caminó rauda hasta el sencillo carruaje que la estaba esperando.
Mientras la berlina recorría las calles de Parissu corazón latía de prisa y las palmas le sudaban. Estaba nerviosa pero decidida, esa noche terminaría todo tipo de relación con Fersen, ya era de conocimiento público su futuro compromiso con Germaine Necker y ella no quería intervenir.
Se cubrió la cabeza con la capucha de la capa y bajó del carruaje en cuanto llegó a la dirección indicada en la nota que había recibido en la bandeja de su desayuno. Cuando entró a la habitación su decisión se desmoronó como un castillo de naipes, él estaba ahí, tan hermoso y gallardo como siempre, sonriendo y con los ojos iluminados en cuanto la vio.
-Josephine- susurró el Conde sueco mientras corría a su encuentro.
-Axel debemos hablar- nuevamente intentó reunir fuerzas y hacer lo que había meditado durante todo el día.
-Después- susurró él mientras tomaba con delicadeza su rostro para besarla con suavidad en los labios.
-Detente por favor- le suplicó -Es preciso que me escuches-
-Te tengo una sorpresa- susurró él sonriendo y sin prestar atención a las palabras de su amada, tomándola de una mano la arrastró hasta la cama.
-Axel no...- trató de soltarse de su mano -Escúchame por favor-
-¿Te gusta?- levantó un sencillo vestido color azul oscuro.
Ella lo miró sin entender, cuando él se acercó y comenzó a soltar las trabas que afirmaban su cabello trató una vez más de detenerlo afirmando sus manos -Axel no...-
Él sonrió como lo hacía cada vez que estaba cerca de ella -No es lo que te imaginas- besó con suavidad su frente mientras terminaba de quitarle la pesada peluca, cuando su fino cabello rubio quedó expuesto comenzó a alisarlo con los dedos -Hoy saldremos de aquí, hoy no estaremos encerrados- susurró en su oído mientras comenzaba a soltar los lazos de su vestido.
María Antonieta sintió que cada poro de su piel se erizaba ante el contacto de las manos de su amante, si bien sus gráciles dedos se movían sin ningún interés romántico sobre su piel tan sólo su cercanía la hacía temblar. Sumisamente dejó que la desvistiera hasta quedar sólo cubierta con la fina combinación que cubría su cuerpo.
-Siempre te he preferido así- susurró junto a su oído.
-Axel... ¿Qué estamos haciendo?- sus ojos azules estaban húmedos.
-Tratando de ser felices- contestó mientras le pasaba por la cabeza el sencillo vestido azul. Una vez que ajustó los lazos del vestido se paró frente a ella -Combina tus ojos- susurró.
La Reina de Francia no pudo evitar sonreír, él siempre la hacía sentir hermosa y feliz, pero sobre todo la hacía sentir como una mujer normal. Cerró los ojos cuando Fersen le comenzó a quitar el maquillaje deslizando con delicadeza un suave pañuelo sobre su piel. Un suspiro escapó de sus labios cuando sintió un beso en la punta de su nariz, abrió los ojos y se encontró con la mirada de su amante.
Hans Axel Von Fersen sonrió y se cambió la fina chaqueta por una de corte simple y tonos oscuros, complementó su atuendo con una sencilla capa; rápidamente colocó una prenda similar a la de él sobre los hombros de ella y tomándola de la mano la guió hacia a la calle.
María Antonieta se aferró al brazo del hombre que alegraba cada segundo de su vida mientras una suave llovizna caía sobre la ciudad, no le importó el frío o el agua que mojaba su rostro, estaba feliz.
Después de algunos minutos un grupo de personas riendo de forma estruendosa llamó la atención del militar sueco, fácilmente se dio cuenta de que la gente estaba celebrando a un hombre que vociferaba la venta de la última caricatura de la "L'autre-chienne". Antes de que ella se diera cuenta la abrazó de los hombros y susurró en su oído -Creo que ya debemos regresar- ella asintió sonriendo, como era habitual, su espíritu siempre liviano impedía que pusiera atención a cualquier cosa que no fuera de su interés.
-Axel debemos hablar- insistió mientras se acercaban al destino -Tu compromiso...- sintió que su garganta se cerraba al pronunciar esas palabras.
-Mi compromiso es contigo- contestó el sueco mientras abría la puerta.
-Algún día debes casarte...- susurró con los ojos llenos de lágrimas -Yo... yo no puedo darte más que momentos furtivos...-
-Si estoy contigo no necesito más- contestó ayudándola a entrar a la habitación -No me casaré con nadie que no seas tú y esa es mi última palabra-
-Germaine es una buena mujer...- insistió.
-Pero ella no eres tú- le quitó la capa y enredando los dedos en su rubia cabellera comenzó a besarla.
-¿Por qué nos pasó esto? ¿Por qué mi hermana murió y yo debí asumir sus responsabilidades? ¿Por qué no nos conocimos antes?- sollozó entre sus brazos.
-No llores Reina mía- susurró mientras deslizaba una mano debajo de la falda de su vestido -No desperdiciemos los momentos que tenemos- jadeó en su oído mientras la empujaba hacia la enorme cama con dosel que estaba al centro de la habitación. María Antonieta cerró los ojos y se dejó llevar una vez más.
-o-
Cuando despertó aún no amanecía, se sentó despacio en la cama para no alertar al amante que dormía profundamente a su lado. Se levantó sigilosa como un cervatillo, recogió la ropa del piso y se vistió lo mejor que pudo. No fue capaz de despedirse del durmiente, si se acercaba a él no tendría fuerzas para irse.
Tomó la peluca que descansaba sobre la superficie del tocador y la miró con tristeza por unos segundos, respiró profundo, enderezó los hombros y salió de la habitación. En pocas horas tenía que volver a ser la Reina de una nación.
Este relato nació el día de San Valentin cuando escuché en la radio el tremendo clásico "Tan Enamorados" de Ricardo Montaner, jejeje que les puedo decir... perdí el carnet!
