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La llegada

El tren avanzaba con ese zumbido característico, como un mosquito que viajaba a toda velocidad sobre su presa. Su destino era Magome, Jampón.

Se encontraba un tanto nerviosa pues con el dueño del hospedaje no había hecho ningún contacto que no fuera epistolar, pero aún así sabía que todo saldría bien.

El paisaje comenzó a cambiar, le recordó a las ilustraciones que se publicaban en los libros sobre el Japón feudal, un lugar encantador y sin el ajetreo de la ciudad, simplemente iba a pasarla bien.

El tren se detuvo, y ella, junto con sus maletas, descendió del vagón a la estación. En ese lugar debían recogerla, así que buscó alguna persona que la reconociera o le hiciera señas, ahí a lo lejos vio a un señor ya mayor son su barba blanca y larga con un letrero que se leía "Tamao Tamamura", se dirigió a él

-¿Es usted la señorita Tamamura?

-Sí, así es- el viejo sonrió

-Qué bella es usted-Tamao se sonrojó- permítame ayudarle con sus cosas, el carruaje nos espera

-¿Carruaje?-siguió al desconocido por la estación hasta que salieron a una pequeña calle empedrada en la cual se encontraba un hermoso carruaje de madera, probablemente hecho de ébano, con arreglos de filigrana de plata y sus candelabros del mismo material, tirando de él se encontraban dos enormes caballos negros, probablemente de raza holandesa debido a su conformación musculosa y su abundante pelaje. Tamao se quedó boquiabierta al ver tanta belleza.

-¿Señorita?- el viejo le extendía su mano para ayudarla a subir, ella la aceptó y subió al interior del carruaje, que era igual de lujoso con sus sillones de seda roja. El viejo cerró la puerta y segundos después el carruaje arrancó. Tamao sonrió, esto era más de lo que esperaba una estudiante que estaba en investigación para hacer su tesis, el paisaje era paradisiaco, simplemente hermoso. Conforme se iban recorriendo, Tamao se dio cuenta de que estaban por salir del pueblo cuando a unos cuantos kilómetros vio alzada una casa impotente, terrorífica, pero a la vez de una hermosura espectacular…era era la casa Tao.

Cuando estuvieron más cerca, la chica notó que los lugareños bajaban la mirada cuando el carruaje pasaba, como mostrando respeto pero a la vez temor…

Pararon, el viejo ayudó a Tamao a bajar del carruaje, esta se quedó impactada ante la enorme entrada de la casa, pues se trataba de dos enormes puertas de madera, las cuales tenían talladas dos dragones que se fundían en un círculo

-Adelante-el viejo se adelantó con las cosas de la chica y ella lo siguió. Apostados a los costados de la puerta se encontraban ocho guardias, mismo que movieron la pesada puerta para dar paso a sus visitantes. El vestíbulo era aun más grande y profundo, con un tapete rojo que guiaba el camino, millones de puertas a los costados, pero lo que hizo que Tamao se asustara y caminara aún más cerca del viejo fueron la multitud de armas que colgaban de las paredes, armas que ni siquiera ella había visto en su vida. Doblaron en una puerta que desembocó a otro vestíbulo con dos escaleras, tomaron la de la izquierda, ahí llegaron a una enorme habitación.

-Esta es su habitación-dijo el viejo dejando que Tamao pasara. Una linda cama, endosada con cobijas de seda blanca, un ropero y un tocador hechos de pino adornados con unas cuantas piedras preciosas, una tina de mármol con filigrana de oro, un espejo de tamaño completo con incrustaciones de zafiro y una enorme ventana que desembocaba en un balcón eran los componentes de la pieza

-Espero que encuentre todo de su agrado…

-Es…hermoso-el viejito sonrió

-Me alegro que le guste, en lo que usted desempaca y se pone cómoda, yo iré a avisar al amo de su arribo y luego vendré por usted para la comida.

-Muchas gracias-desapareció tras la puerta. Tamao suspiró y se dedicó a desempacar, traía tres maletas, dos de ellas con ropa y la otra llena de libros y anotaciones. Estaba guardando su ropa, cuando cayó en la cuenta de que seguramente comería con el Sr. Tao… ¿qué ponerse? Algo no muy elegante, pero…tampoco los jeans y la blusa que traía, optó por cambiarse a una falda a la altura de la rodilla, otra blusa y unas zapatillas; y entonces sonó la puerta

-Adelante-el viejo apareció

-La comida está servida.

El viejo la guió a través de pasillos y puertas, y sin comprender cómo, llegaron a un enorme comedor que estaba adecuado para dos personas, velas y una comida muy elegante adornaban la mesa. Tamao tragó saliva no creía que estuviera vestida adecuadamente para…otra puerta se abrió de una manera un tanto brusca, ahí ante sus ojos apareció un joven de cuerpo impecable, ojos de color ámbar y su cabello negro como manto de noche. La expresión de su rostro era severa, sin embargo, con un andar elegante que detonaba su descendencia de la aristocracia japonesa se acerco a Tamao y le besó la mano.

-Bienvenida señorita Tamamura, espero que Megome sea de su agrado al igual que esta humilde morada, mi nombre es Ren Tao

-Mucho…gusto- y así tomada de la mano la guió hasta su lugar, para comer. Cuando los dos hubieron estado sentados, dos muchachas aparecieron en la habitación y sirvieron los platillos.

-Adelante-dijo el chico

-Gracias- Tamao comió, y lo que sea que haya probado se disolvió en su lengua de manera exquisita, sólo que ella no lo pudo notar pues se encontraba demasiado nerviosa junto a su anfitrión

-Y dígame señorita Tamamura, ¿qué le hizo escribirme para llegar a este lejano lugar?

-Pues, soy estudiante de Criminología y estoy a punto de concluir, es por eso que estoy haciendo la investigación de mi tesis…

-Eso ya me lo explico en una de sus cartas-la miró fijamente –mi pregunta más bien es ¿por qué aquí? ¿Por qué el palacio Tao?- Tamao cerró la mano fuertemente sobre su espalda, ¿qué era lo que le daba tanto miedo? Conocía la historia de esa casa pero…¿por qué no quería decirlo?

-Dicen que aquí se alberga una de las mayores colecciones de escritos sobre métodos de tortura- el Sr. Tao sonrió de una manera cínica

-¿Dicen?

-…bueno en realidad…

-Sabe que esa colección está en mi biblioteca señorita Tamamura, no intente mentirme, he aprendido a descifrar las mentiras- la miró penetrantemente, hizo un ademán con la mano y una de las sirvientas sirvió sake en su vaso-Como ya se habrá dado cuenta, este lugar es enorme así que no andará sin compañía, sea Lutz o Anna, no quiero que se pierda.

-¿Lutz? ¿Anna?

-Lutz es la persona que le ha acompañado toda este tiempo y Anna es ella-entró una chica rubia con un kimono de flores de cerezo- Son personas de mi entera confianza. Ahora hay ciertas reglas que se siguen en este castillo, uno es que nadie sale de su habitación después de media noche, si piensa irse a emborrachar o bailar como gustan muchos jóvenes ahora, evíteme la molestia y busque un lugar dónde quedarse. Dos, hay lugares prohibidos en este castillo, lugares en los que no es seguro ni lindo entrar, si Lutz o Anna le dicen que está prohibido haga caso. Y tres no puede andar sola por el lugar, es decir, sin compañía alguna. ¿Alguna duda?

-…la biblioteca

-En la biblioteca puede andarse de arriba abajo y usar el libro que le plazca-se limpió la boca y se levantó- Es un poco tarde y seguro estará cansada le sugiero que vaya a descansar, Anna le acompañará a su habitación- Desapareció tras la misma puerta por la cual había entrado. Anna se le acercó

-¿Nos vamos señorita?- siguió a la…¿sirvienta? No vestía como las otras chicas, ¿qué era? Llegaron a su habitación – Si algo se le ofreciera sólo debe tocar esa campana- señaló una campana de oro que se encontraba sobre el tocador –y Lutz, o las chicas o yo vendremos a atenderla-cerró la puerta, Tamao se acercó al tocador estaba casi segura de que dicha campana no estaba cuando dejó la habitación…ya no importaba, se tumbó en la cama. Todo era tan raro en ese lugar, las reglas, los sirvientes, el pueblo mismo, el Sr. Tao…

-Ren Tao-susurro antes de quedarse dormida.


Manfariel