–¿Cuándo estarás divorciada de Kurosaki? –le preguntó Renji Abarai, con tono aparentemente despreocupado.

Sospechando que la pregunta no era todo lo despreocupada que quería aparentar, Rukia apartó la mirada, la luz que entraba por la ventana jugando con su cabello mientras miraba unas muestras de tela.

–En un par de meses.

–Yo tengo la impresión de que está durando una eternidad –se quejó Renji, sin disimular su impaciencia con la situación–. Estoy empezando a cansarme de que todo el mundo crea que somos amigos…

–Pero es que somos amigos, Renji. Y, además, eres mi socio –respondió Rukia, sabiendo que él quería más pero insegura todavía de que ella pudiese ofrecérselo.

Sólo había pasado un año desde que rompió con Ichigo, desde la muerte de su hijo, y los escombros de su fracasado matrimonio le habían roto el corazón en un millón de piezas. Lo último que quería era el estrés de las expectativas de otro hombre.

Había sido divertido cenar con Renji de vez en cuando o acompañarlo a algunos eventos, pero no estaba preparada para otra relación sentimental. Valoraba su amistad y su apoyo en los negocios, pero no deseaba llevar la relación a un nivel más íntimo.

Ichigo, pensó con tristeza, parecía haber matado esos sentimientos.

Sin embargo, Renji Abarai era un hombre atractivo y un conocido diseñador de software con empresa propia.

Nueve meses antes, Renji le había hecho su primer encargo importante: la decoración de su apartamento en los muelles de Londres. Gracias a la publicidad que eso había generado, Rukia había recibido varios encargos, logrando así abrir su anhelada empresa de diseño de interiores. Pero, aunque el negocio iba bien, Rukia no encontraba un banco que, en aquellos tiempos de crisis, invirtiera en el futuro de "Diseños Shirayuki". Eran tiempos difíciles para las nuevas empresas y cuando Renji se ofreció a financiar su local en una de las mejores zonas de Londres y a contratar a una ayudante, Rukia se había sentido muy agradecida.

Durante los últimos seis meses, Renji había sido un socio estupendo y un gran apoyo para ella. Por desgracia, la esperaba una desagradable sorpresa esa tarde, cuando su ayudante, Riruka, le dijo que tenía una llamada de su abogado.

–Me han dicho que la casa que compartías con Ichigo Kurosaki en Francia está a punto de ser vendida –empezó a decir–. Y no parece dispuesto a enviarte nada. Si quieres algo de la casa, tendrás que ir a buscarlo.

Sorprendida por la noticia, Rukia le dio las gracias, intentando no pensar en la casa que tenía tantos recuerdos. Había puesto en ella su personalidad y su estilo y, una vez, había sido muy feliz allí.

Saber que pronto le pertenecería a otra persona le entristecía. No había esperado que Ichigo la vendiese, aunque no sabía por qué.

¿Estaba preparada para imaginarlo allí con otra mujer? No, en absoluto. De hecho, sintió un escalofrío al pensarlo.

Pero cuando tantas cosas importantes se habían perdido, sería ridículo lamentarse por tener que decir adiós a un montón de ladrillos y cemento.

Aun así, divorciarse de Ichigo estaba siendo difícil, tuvo que admitir mientras comprobaba su agenda para ver si podía ir a Francia ese mismo fin de semana y terminar con aquello de una vez. Su divorcio no podía ser llamado una «ruptura civilizada». Si Ichigo hubiese querido, habría enviado sus cosas a Londres, pero no había hecho un solo gesto amistoso desde la separación. No se habían visto desde entonces… de hecho, en una ocasión se negó a hablar con ella por teléfono, como si nunca hubiera sido parte de su vida.

¿Era porque había sido ella quien lo dejó? Pues ya debería haberse hecho a la idea, pensó, enfadada.

Rukia se sentía satisfecha de haber roto un matrimonio que los hacía infelices a los dos. Y sabía que, estadísticamente, las parejas rara vez sobrevivían a la muerte de un hijo…

Mientras volvía a su casa, Rukia tuvo que contener las lágrimas. Había superado la rabia, la autocompasión y la amargura pero, sin previo aviso, el dolor seguía encogiéndole el corazón en los momentos más inesperados, como una manta que la ahogaba, dejándola sin respiración. Y tardaba horas en poder volver a funcionar con normalidad.

Ichigo, sin embargo, no parecía tener ese problema.

No, el dolor no había inmovilizado a Ichigo Kurosaki en modo alguno. Durante los horribles meses en los que su vida se había roto y se había hundido en una profunda depresión, Ichigo había trabajado más que nunca para reorganizar la compañía Kurosaki, consiguiendo lucrativos contratos con empresas americanas.

Siendo conservadora, Rukia estimaba que Ichigo había conseguido cuadruplicar los beneficios durante ese período de sus vidas. Y sin embargo, decidida a continuar con su carrera y depender sólo de sí misma como su madre no había podido hacer nunca, Rukia se había negado a aceptar un solo céntimo de su marido una vez que se separaron.

No se sentía con derecho a beneficiarse de los millones de un marido del que estaba separada. Después de todo, Ichigo sólo se había casado con ella cuando se quedó embarazada debido a las amenazas de su padre. Esa brutal verdad la había perseguido cuando su matrimonio entró en crisis.

En una relación que no tenía bases sólidas, Rukia había decidido que era poco realista esperar que el tiempo solucionase los problemas. Y había tenido que preguntarse a sí misma por qué seguía con un hombre que nunca la había querido de verdad. Y ésa, en resumen, era la razón por la que su matrimonio se había roto: Ichigo no la amaba. Además, estaba convencida de que había sido un alivio para él recuperar la libertad.

–¿Vas a quedarte con tu parte de la casa? –le preguntó esa noche su madre, Hisana, por teléfono, cuando Rukia mencionó sus planes para el fin de semana.

Durante ese año apenas había visto a su madre, que estaba prometida con su ultimo novio, un empresario británico retirado con el que vivía en Mónaco.

–Tú sabes que no necesito el dinero de Ichigo…

–Creo que estás siendo muy ingenua –la interrumpió Hisana–. Yo siempre he necesitado el dinero de tu padre y no sé qué habría hecho sin él –añadió, refiriéndose a Byakuya Kuchiki, quien, a pesar de no haberse casado con ella, les había pasado una pensión hasta que Rukia terminó sus estudios.

–Las cosas me van bien, mamá.

–Pero debes pensar en el futuro. ¡Llévate un camión y vacía la casa! –le aconsejó Hisana–. Ichigo Kurosaki es millonario y no creo que vaya a echar de menos unos cuantos muebles.

Sabiendo que Hisana creía de verdad que una mujer debía buscar la seguridad en un hombre rico, Rukia, que era mucho más independiente, tuvo el tacto de no replicar. Su madre y ella tenían muy poco en común, pero la quería mucho.

Aunque había sido Kukaku, quien la había criado y a quien echaba de menos cuando las cosas se ponían difíciles. Kukaku había sido su ama de llaves en el sur de Francia, pero cuando su matrimonio con Ichigo se rompió, volvió a Reino Unido para trabajar con una familia en Devon.

Ese viernes por la tarde, Rukia había llegado al aeropuerto y poco después recibía una llamada de su madre. Hisana, que llevaba dieciocho meses en Mónaco viviendo con su prometido, anunció sin preámbulos que volvía a Londres al día siguiente.

–¿Por qué, qué ha pasado? ¿Has discutido con tu novio? –le preguntó Rukia, sabiendo que la vida amorosa de su madre era más bien desastrosa.

–El y yo hemos decidido romper nuestra relación –Hisana parecía estar a la defensiva y Rukia, sabiamente, no hizo comentarios–. Supongo que puedo quedarme en tu casa hasta que encuentre algún sitio…

–Claro que puedes –dijo–. ¿Estás bien?

–Nada dura para siempre –se lamentó su madre.

Y ése fue el final de la llamada. Hisana, evidentemente, no estaba de humor para seguir hablando. Rukia subió al coche que había alquilado para llegar hasta las colinas, en la falda de los Pirineos. La vieja granja, a la que se llegaba a través de una carretera privada que terminaba frente a un paisaje magnífico, estaba rodeada de árboles que, a su vez, estaban rodeados de viñedos y huertos. Era un sitio exclusivo, aislado, absolutamente precioso.

Estaba tensa mientras aparcaba frente a la casa de piedra, con su porche cubierto de parras. Su abogado le había asegurado que él mismo le diría al letrado de Ichigo que iría a la propiedad pero, por si acaso, llamó a la puerta. Y sólo cuando nadie contestó sacó la llave que aún conservaba.

El evocador aroma a lavanda y cera para muebles le llegó en cuanto entró en el recibidor con suelo de terracota. Pero se sorprendió al ver un precioso ramo de flores frescas sobre una mesa. Y no había pétalos en el suelo.

Aparentemente, alguien seguía atendiendo la propiedad como si siguiera ocupada, tal vez para atraer un comprador. Aun así, le pareció extraño entrar en la casa en la que había vivido con Ichigo y que había abandonado dieciocho meses antes.

Había más flores en el salón y una pila de recientes revistas de decoración sobre la mesita de café. Las cortinas se movían con la brisa…

Rukia vio una escultura que Ichigo y ella habían comprado en Perpignan y su corazón dio un vuelco porque recordaba ese día con toda claridad…

Felizmente embarazada, sin saber la tragedia que acontecería después, lo había convencido para que se tomase el día libre y habían reído y charlado mientras almorzaban, antes de ir a la galería de arte donde vieron la escultura de piedra de una pareja.

Sintiendo que le ardía la cara, Rukia se dio cuenta de que estaba casi hipnotizada por aquella casa. ¿Quería llevarse la escultura y todos esos recuerdos a Londres?

Pensando que no sería sensato, Rukia subió al segundo piso para entrar en el dormitorio, con el corazón acelerado.

Recordaba en qué estado había dejado las cosas allí: la ropa tirada por todas partes mientras hacía la maleta a toda prisa, recogiendo sólo lo imprescindible. Cuando entró en el vestidor, vio que su ropa seguía allí, los cajones llenos de prendas inmaculadamente dobladas…

Salió del dormitorio, mareada, y se quedó al otro lado de la puerta, respirando profundamente, su frente cubierta de sudor mientras empujaba el picaporte para entrar en la habitación de su hijo.

Y se quedó helada al ver que la encantadora habitación que ella había decorado con tanto amor y esperanza para el futuro ya no existía.

Rukia miró las paredes recién pintadas y los muebles nuevos. Ya no había nada que le recordase lo que había sido una vez, aunque los recuerdos seguían en su corazón.

Pero era un alivio que el papel pintado de nubes y las cosas del niño, la cuna, el cambiador, los juguetes, hubieran desaparecido. Tras la muerte de su hijo, había pasado horas en esa habitación, soñando con lo que podría haber sido…

Rukia se acercó a la ventana al escuchar el ruido de un helicóptero. Ichigo se había acostumbrado a viajar en helicóptero durante los últimos meses que habían pasado en Francia porque, según él, era una ventaja poder trabajar mientras el piloto lo llevaba a la oficina.

Finalmente, Rukia se había dado cuenta de que estaba casada con un adicto al trabajo para quien el tiempo significaba exclusivamente dinero y éxito profesional. Una mujer embarazada y un matrimonio que necesitaba atención estaban al final de la lista.

Por supuesto, no sería Ichigo el que viajaba en ese helicóptero, pensó, apartándose de la ventana para acercarse al armario de las maletas.

Guardaría su ropa y luego echaría un vistazo por el resto de la casa para buscar algo sin lo que no pudiera vivir: sábanas que olían a Ichigo, pensó sin darse cuenta… ¿De dónde había salido eso? Debía de ser el hechizo de aquella casa, se dijo.

Estaba guardando ropa en una maleta cuando le pareció que el ruido del helicóptero sonaba más cerca y, sorprendida, volvió a la ventana. Para entonces, el aparato había aterrizado al otro lado del huerto y, a través de los árboles, reconoció una «K» roja pintada en una de las puertas.

«K» de Kurosaki. El corazón de Rukia se volvió loco. No podía ser Ichigo… no, imposible, no podía ser él.

Pero cuando iba a apartarse de la ventana vio a un hombre alto con traje de chaqueta dirigiéndose a la casa y su corazón se detuvo durante una décima de segundo.

Las largas zancadas, la postura, los hombros erguidos… era él.

Rukia experimentó algo parecido al pánico y, durante un segundo, pensó encerrarse en el vestidor. Enseguida apartó esa tontería de la cabeza, pero seguía inmóvil cuando oyó que se abría la puerta.

–Rukia… ¿dónde estás? Soy Ichigo.

Su acento griego, dolorosamente familiar, parecía tocar su espina dorsal como una caricia.

Rukia salió al descansillo y puso una mano sobre la barandilla de la escalera.

–¿Qué haces aquí?

–Ésta sigue siendo mi casa –respondió él.

Levantando la cabeza en un ángulo casi agresivo, Ichigo miró a su mujer sintiendo que llevaba una eternidad sin verla. Y, de inmediato notó los cambios en ella: Se veía realmente hermosa, llevaba el cabello más corto hasta encima de los hombros, aunque aun con ese mechón cayendo sobre su rostro que tanto le gustaba, podría jurar que había crecido unos centímetros y su busto conservó el notable cambio de tamaño tras su embarazo. Y el vestido camisero era demasiado formal.

Como siempre, Rukia apenas llevaba maquillaje, pero no lo necesitaba para destacar el innegable atractivo de sus preciosos ojos y sus labios carnosos. Al verla tan bien sintió una opresión en el pecho...

Tal vez no le gustaba que la gente cambiase, se dijo, incómodo con tales pensamientos.

–¡Tienes que haberlo planeado! –exclamó ella, bajando por la escalera–. No creo que tu presencia aquí, precisamente hoy, sea una coincidencia –dijo luego, intentando no fijarse en lo guapo que estaba o en el brillo de sus ojos, en sus largas pestañas.

Iba bien afeitado, con un inmaculado traje de chaqueta azul marino tan bien cortado que sintió que se le ponía la piel de gallina.

Ella odiaba a Ichigo Kurosaki por el dolor y la desilusión que él le había hecho sentir. Lo había amado una vez, lo había amado demasiado. Pero unas semanas después de la boda, cuando descubrió que su padre lo había chantajeado para que se casara con ella porque estaba embarazada, había intentado liberarlo de su promesa.

Pero en lugar de dejarla ir, Ichigo la siguió hasta el aeropuerto y la convenció de que sus sentimientos por ella eran lo suficientemente profundos como para que le diera una segunda oportunidad.

Rukia seguía dolida por haber aceptado ya que lo único que había conseguido era alargar su sufrimiento. Durante unos meses, Ichigo la había hecho feliz pero luego, cuando ella pensaba que todo iba a salir bien, lo había perdido todo y él no había estado a su lado. Había pasado del calor del verano al frío del invierno.

–Yo no creo en las coincidencias –dijo él entonces–. Naturalmente, sabía que estarías aquí.

–Claro, ya me lo imaginaba.

–Podemos dividir el contenido de la casa entre los dos.

Rukia apretó los dientes.

–No creo que sea buena idea.

–¿Por qué? ¿A Renji no le gustaría? –la retó él, sus ojos brillando como pepitas de oro.

–No sé de qué estás hablando –respondió Rukia, recordando el temperamento inestable de Ichigo. Pero notó también, sorprendida, que su marido no la había perdonado por dejarlo.

Hasta ese momento no se le había ocurrido que él pudiese culparla por todo lo que había ido mal en su matrimonio, como lo culpaba ella. Y, de repente, se sorprendió por haberse visto como una víctima.

¿De verdad había caído en la trampa de creer que había sido una esposa perfecta?

–A Abarai no le gustaría saber que estás aquí conmigo, solos en nuestra casa –dijo Ichigo, con engañoso tono flemático.

Rukia sintió la tentación de decir que Renji no se metía en sus asuntos, pero eso revelaría que la suya era una amistad y no una relación íntima… y no veía por qué iba a darle esa información.

Sin duda, se alegraría al saber que él era el último hombre con el que había hecho el amor… y eso había sido dieciocho meses antes.

Conociendo la tempestuosa naturaleza de Ichigo, Rukia estaba segura de que él habría seguido adelante. Y, al pensar eso, sintió una punzada de amargura porque seguía sin poder soportar la idea de que Ichigo estuviera con otra mujer.

–Renji no me dice lo que debo o no debo hacer –dijo por fin.

Ichigo dejó escapar una risita irónica.

–Me sorprende.

–¿Por qué?

–Porque te gustaba cuando yo lo hacía.

Esa broma hizo que Rukia apretase los puños. Sabía muy bien de qué estaba hablando. Durante los primeros meses de su relación, Ichigo a menudo le había dicho lo que debía hacer en la cama porque ella era inexperta. Y Rukia no sólo no ponía objeciones a esa educación íntima, sino que había descubierto que le gustaba.

–¡Se acabó… me marcho! –exclamó, furiosa, alargando la mano para tomar las llaves del coche que había dejado sobre una mesa–. Puedes tirar mis cosas, no las quiero.

Pero Ichigo fue mucho más rápido y tomó las llaves un segundo antes de que lo hiciera ella.

–No vas a conducir estando tan alterada…

–¡Dame esas llaves!

–¿Cuánto tiempo esperaste antes de acostarte con Abarai? –le preguntó él, observando el brillo de sus ojos. De repente, era la mujer a la que recordaba. Ninguna otra había igualado su pasión, pero la convicción de que tenía un amante era como un cuchillo en el pecho.

–¡No tienes ningún derecho a preguntar eso! –exclamó Rukia, mientras intentaba quitarle las llaves. Mucho más alto que ella, Ichigo sencillamente las apartó.

–Sigo siendo tu marido y, naturalmente, siento curiosidad. Me apartaste de tu cama hace meses, antes de que rompiéramos.

–Estamos prácticamente divorciados, no pienso tener esta conversación contigo… ¡dame esas llaves, Ichigo!

–No –dijo él–. No voy a dejar que conduzcas en ese estado.

–Ah, de repente te importa mucho en qué estado me encuentro –replicó Rukia, airada–. ¿Dónde estaba esa preocupación cuando perdimos a nuestro hijo?

Ichigo dio un paso atrás, como si lo hubiera abofeteado. Sus ojos dorados brillaban, cargados de hostilidad, y sus soberbios pómulos se habían oscurecido.

–Eso no es algo de lo que quiera hablar…

–No, claro, me lo imagino –lo interrumpió ella, despreciativa–. No quieres hablar de que trabajabas dieciocho horas al día o de que volviste a la oficina un día después del funeral de nuestro hijo. Lo único que te importa es ganar dinero… da igual que en comparación con la mayoría de la gente seas tan rico como Creso, nunca estás satisfecho, siempre quieres más. Eso es lo único que te importa.

Ichigo la fulminó con la mirada.

–Ah, claro, como eras tú la que estuviste embarazada y la que pariste al niño, tú eres la única que tiene sentimientos, ¿verdad?

–Yo no he dicho eso.

–Cada uno lidia con el dolor de diferente manera –siguió él–. Yo podría haberme emborrachado o haberme acostado con otras mujeres para ahogar mi pena, pero no soy así. Yo no voy a terapia ni comparto mis problemas con los demás, no me educaron así, lo siento. En mi familia no hablamos de esas cosas...

–¡Yo era tu familia en ese momento!

–¡Trabajaba a todas horas para olvidarme de lo que había pasado porque el mismo día que perdí a mi hijo también perdí a mi mujer y trabajar era la única manera de soportarlo!

Totalmente desconcertada por esa respuesta, Rukia dio un paso atrás. Lamentaba haberlo atacado porque se había prometido a sí misma no volver a pelearse con Ichigo. No era sensato reabrir la herida cuando ni ella misma había sido capaz de curarla.

Al escuchar el dolor en la voz de su todavía marido y el reproche en sus palabras, se quedó paralizada, reconociendo en Ichigo una profundidad de sentimientos que no había visto antes. Y se preguntó por qué había menospreciado lo que debió de sentir ante la muerte de su hijo.

–¿Qué quieres decir con eso de que perdiste a tu mujer? –le preguntó. No quería hacerlo pero no podía dejar que esa frase quedara sin explicación.

–Actuabas como si sólo tú estuvieras sufriendo y te convertiste en una zombie. No querías hablar conmigo, no querías salir, no querías ver a nadie, sólo querías llorar. Sufrías una depresión, pero cuando intenté convencerte para que fueras al médico me dijiste que yo no podía entender lo que estabas sintiendo.

–Pensé que no lo entendías –le confesó ella–. Estaba destrozada…

Pero Ichigo no había terminado. Verla de vuelta en la casa donde todo se había roto de repente resucitaba el pasado de manera dolorosa. Pero estaba reaccionando de una forma inesperada y era una de las pocas veces en su vida que perdía los nervios. No sabía de dónde salía esa furia, pero se dio cuenta de que no podía controlarla porque sentía que Rukia había sido injusta con él.

–Cuando sugerí que tuviéramos otro hijo, reaccionaste como si fuera algo imperdonable. Y cuando cometí el error de intentar acostarme contigo, te portaste como si fuera una violación.

Decir que Rukia lamentaba lo que ella misma había provocado sería decir poco. Pálida como un fantasma, estaba temblando.

–Lo siento... –dijo finalmente, sorprendida de haberse rendido a su propio dolor sin darse cuenta de que también Ichigo estaba roto.

–«Lo siento» no es suficiente. «Lo siento» no arregla nada –replicó él.

–Yo podría decir lo mismo.

Ichigo sacudió la cabeza.

–La muerte de nuestro hijo no impidió que siguiera deseándote, al contrario, hizo que te deseara aún más…

Rukia se sintió avergonzada al reconocer que se habían defraudado el uno al otro. Ninguno de los dos había sido capaz de mantener viva su relación debido al dolor y la incomprensión que habían seguido a la muerte del niño.

Ichigo tiró las llaves sobre la mesa y volvió a mirarla, sus ojos dorados tan oscurecidos que parecían negros.

–Y sigo sin saber cómo dejar de desearte –le dijo–. ¿Hay alguna combinación mágica para olvidarme de ti? No puedo mirar a otra mujer, Rukia.

–Ichigo… –rota al saber que el marido del que estaba a punto de divorciarse seguía deseándola, Rukia sólo podía mirarlo, sin saber lo que sentía o lo que estaba pensando.

–De hecho, me vuelves loco, yineka mou –admitió él entonces.

Y por primera vez en mucho tiempo, Rukia sintió una punzada de deseo. Llevaba tanto tiempo sin experimentar algo así que pensó que había desaparecido de su naturaleza. ¿Era el terciopelo de su voz lo que provocaba la resurrección de ese deseo o el brillo de sus ojos cafés? No lo sabía, pero sintió un calor casi olvidado en la pelvis.

Como un cervatillo bajo los faros de un coche, Rukia miró a Ichigo, sintiéndose tan vulnerable como si la hubiera desnudado en plena calle.

«Yineka mou», «mi mujer», la había llamado. Y seguía siendo su mujer, se recordó a sí misma.

–¿Se te ocurre qué puedo hacer? –le preguntó él, dando un paso adelante con esa gracia que era tan parte de él como su fuerza física.

–No, no tengo ni idea –Rukia se había puesto rígida, viendo el peligro repentinamente.

Se había casado con un hombre manipulador, y lo sabía; de hecho, una vez había admirado esa astucia que, en general, lo mantenía un paso por delante de sus competidores. Ichigo era increíblemente inteligente y, de alguna forma, estaba haciéndole sentir cosas que no debería sentir.

A medida que él avanzaba, ella daba un paso atrás… hasta que chocó con la puerta.

–Me vuelves loco, yineka mou –murmuró Ichigo, inclinando su anaranjada cabeza para rozarle la cara con la mandíbula, como un gato en busca de atención.

El familiar aroma a sándalo y jazmín de su colonia masculina invadió los sentidos de Rukia, el roce de su barba haciendo que despertase a la vida.

De repente, se sentía como al borde de un precipicio, en peligro de caer. No quería estar allí, pero cuando Ichigo buscó su boca, sujetándola por los hombros, supo que no podía apartarse…