6) El paisaje en todo su esplendor.

De todos los sentimientos que pensó que experimentaría al respirar aire puro de fuera, nunca hubiera imaginado que el más bizarro de todos, sería el que pulsara el activador de su vena sensible. Miedo. Soledad. Si lo único que encuentras, tras mirar a todas partes, es simplemente árboles tras más árboles, formando una piña sin fin, te puedes dar por perdido. Si además es de noche y nunca antes habías experimentado el sentimiento de hallarse fuera de lo que hasta ahora considerabas como tu mundo y las relaciones con el exterior de éste no habían sido, que se diga, demasiado pronunciadas, podías darte por desesperado. En un mundo en el que la bondad apenas existe y la oscuridad es la reina de las fallas, no esperes encontrar ayuda tan a la ligera como podría leerse en cualquiera de los pergaminos de la papiro teca, cuyas historias, si no todas, la gran mayoría, relataban las desventuras de un héroe cuyo destino ha sido decidido desde antaño y cuya fortuna siempre le sonríe en momentos de extrema pobreza moral. Dicho sea de paso, que los cuentos, cuentos eran, y respecto de la realidad, poco que ver tenían. Hora tuvo el gratificante infortunio de experimentar esa verdad en el peor momento de su vida.

Por parte ajena a la historia, debe de ser tan frustrante el sentir pavor a causa de haber conseguido lo que durante años se ha estado intentando lograr, hasta el punto de que te falte el aire. Y eso le faltaba a Hora. Aire. A pesar de que jamás había respirado aire tal. Tan puro. Era una delicia para sus pulmones consumir un aire tan rico en oxígeno, tan poco contaminado de la basura que solían tragar. Realmente placentero llegaría a ser, si no fuera porque estaba paralizada de miedo.

De pronto, se escuchó un ruido. Y una figura avanzó a paso lento y complicado, como saboreando cada pisada que daba, haciendo que las hojas de los árboles que habían caído con anterioridad en el suave y caprichoso suelo, atesoraran cada segundo de esencia que les quedaba, siendo consumidas en un arrebato de furia, siendo aplastadas por una fuerza tan poderosa y ajena a ella, como el plasma a la órbita interplanetaria. Hora lo advirtió y, tanto echó su cuerpo hacia atrás, que sus piernas flaquearon y su espalda probó el fatigoso suelo, lleno de hojas verdes. Como imaginaba, no estaba demasiado comestible. La visión actual de Hora era la de una figura negra que, a pasos cortos, se acercaba hacia ella, disimulando otro destino, al percatarse de la propia existencia de ella. Hora estaba paralizada una vez más.

El tacto de la hierba en sus manos había cambiado cuando despertó, esperando que fuera aún más imperioso. Necesidad interna de escapar de ese laberinto sin fin. Porque a la salida, le esperaba la gloria ensangrentada, como si de un único poder divino se tratase. Jamás podría haber inventado semejante historia como la suya. Y de eso se dio cuenta cuando abrió los ojos. Hora se encontraba tumbada sobre una cama. El tacto que sentía era, claramente, una delicia. Sábanas de un misterioso color dorado tejían sus pequeños cabellos blancos en la desesperanza. Y Hora dio por entendida su situación. Se había dormido en un momento crucial. Y mientras se levantaba y obviaba que su capacidad pulmonar aumentaba a cada paso que daba, comenzó a recordarlo todo.

No dejó de asombrarse de la simpleza del sitio donde ella se encontraba. Era más bien una casucha con apenas un par de habitaciones. Nada que ver con los grandes lujos a los que ella estaba acostumbrada a ver. Mientras duraba su paseo turístico a través de los intrincados pasillos inexistentes que ocultaban ambas habitaciones, no pudo dejar de maravillarse frente a las grandes reliquias que yacían a sus pies, por detrás, sobre ella, delante… en definitiva, todo aquello que cruzara el paisaje vacío y lo llenara visto entre sus pupilas. Desde luego, este lugar jamás había existido antes para ella.

Tampoco parecía como aquellas casas de las que tanto hablaban los alumnos del Gran Templo. Tampoco parecía como aquellas chabolas donde, durante su aventura, multitud de héroes se cruzaban caras con ella misma en los diferentes cuentos que antes leía. Parecía algo entre ambos niveles de simpleza. Algo nuevo. Y sin embargo, sólo así en apariencia. Algo tan antiguo que sea nuevo para ella era tan retóricamente confuso que empezaba a plantearse sobre su propia existencia. Por suerte, no tuvo por qué preocuparse más por ello, ya que el sucumbir al exterior era algo que ella misma esperaba y, a pesar de transcurrir los primeros segundos fuera de aquella casucha, con instantánea falta de visión, Hora se recuperó de su ceguera y pudo observar, por primera vez, el paisaje en todo su esplendor.

7) El viejo de la colina.

Mientras se maravillaba de semejante vista, Hora se quiso tumbar. Esta vez, el tierno suelo verde claro era suave y placentero. Aquella otra noche, el cielo había enturbiado su mente y su capacidad de admirar su alrededor había sido alterada. Sin embargo, ya podía darse por recuperada. Su voz había vuelto y no dudó en mostrarla a aquellos árboles que la observaban tan insistentemente. Hora se sonrojó. Por fin lo había conseguido. Al fin y al cabo, su sueño se había cumplido. Era libre. Había dejado de ser esclava de aquellas paredes de amarillento color apagado. Sin oro, Hora era feliz. Se levantó y respiró profundamente. Este aire tan puro era lo que ella había perseguido durante los doce aburridos años de su existencia.

Miró a su alrededor y casi no se percata de lo que andaba sucediendo. Una figura negra aparecía casi de la nada. De los árboles. Esa silueta le era familiar y no lo entendió hasta que recordó todo lo ocurrido esa noche. Entre si debía ser buena anfitriona o si debía esconderse, su mente luchaba y, dado su instinto de supervivencia, teniendo en cuenta que ella era una fugitiva con todas las letras, se escondió detrás de la casucha.

Oyó pasos tan cerca de su oído que casi se oía a sí misma gritar para sus adentros. "Sal. De mí no te esconderás." Sonaba una voz de antigua procedencia. Un anciano, con bastantes años a sus espaldas, con voz tranquila y amable, le hablaba al otro lado de donde ella estaba camuflada. Se dio cuenta de que había acertado en cuanto asomó su pequeña cabeza y observó sin mayores miramientos. Era no muy alto, con una peta algo pronunciada. Llevaba una cesta con fruta en las manos y, colgada de la muñeca derecha, un bastón de madera. El anciano la miró a la cara y le sonrió. "No te haré daño y te daré de comer." Hora salía de su escondite con paso temeroso. No pensaba que fuera a tener tal suerte, una vez le parecía que comprendía la situación en la que se hallaba. "Sal. Es lo menos que puedes hacer por un viejo que te ha ayudado. Los chavales de hoy día no respetáis en absoluto las antiguas costumbres." Rió al ver la cara de incredulidad de Hora y luego se adentró en la casucha.

El sol comenzaba a ponerse en el horizonte y, al tiempo, un rumor de deliciosos aromas cruzaba las fosas nasales de Hora. Tras un rato pensando, fuera de la casucha, entendió quién era aquel viejo y en parte, se entristeció. No había llegado muy lejos a pesar de que aquella noche le pareció que había recorrido su vida en kilómetros. En el momento en el que ese pensamiento se apagaba en su mente, la puerta de la casucha se abrió y, sin que apareciera nada, se oyó una voz.

"Si vas a comer, será mejor que entres de una vez."

Hora obedeció y entró de nuevo en la casucha. Estaba casi exactamente igual a como había estado en un principio, excepto por la pequeña mesa que había entre ambas habitaciones. Allí un par de cuencos desprendían un olor superior a sus fuerzas. Se sentó como pudo, en el suelo, y miró el recipiente. Quizás una especie de salteado de frutas. Era algo extraño pero sentía que, sin haberlo probado antes, estaría delicioso. El viejo apareció de la puerta de atrás. Ahí Hora se dio cuenta de que había una puerta trasera. Se sentó y la miró. El viejo tenía una expresión de ausencia. Miraba, tal vez, hacia un lugar lejano. O un futuro próximo. Luego la miró a los ojos y Hora apartó la vista.

"¿Qué te pasa? ¿Es que no vas a alimentar ese cuerpo tan delgaducho? Dudo que te alimentes de estrellas si eres humana."

Hora sonrió casi imperceptiblemente y comenzó a comer. Era un plato, por así decirlo, completamente delicioso. Sentía que jamás había consumido algo tan increíble como aquello. Sintió la imperiosa necesidad de echarse a llorar. Y acabó por soltar varias de esas lágrimas que se enfrascaban en una lucha por ver cuál de ellas salía antes al exterior. A Hora se le humedecieron los ojos y tuvo que parar de comer. Dejó el cuenco en la mesa y agachó la cabeza. Probablemente no quería que el viejo la viera llorar. Pero como éste no pecaba de tonto, lo pudo advertir casi al instante.

"Así que al final… te has escapado, ¿no, Hora?"

8) Sentido común.

La mañana tienta al sol a levantarse con un ápice de esplendor y maestría. Alzándose sobre los árboles y discutiendo escuetamente con los frutos y bayas e incluso sus propios rayos aceptan el desafío. El frío bosque no aprecia tal belleza hasta el mediodía y hasta ese límite tenía Hora para completar su entrenamiento. No era ni remotamente fácil hallar tal cantidad de monedas de cobre, si estas han sido escondidas con magia. Hora no había conseguido ni la cuarta parte de ellas y ya amanecía. Llevaba tres días buscándolas sin descanso y parecía que no iba a conseguirlas. "¿En cuatro días, recolectar físicamente ochocientas mil monedas de cobre que han sido ocultadas con magia? ¡Venga ya! Eso no lo hubiera conseguido ni Sarghu."

Tras este pensamiento, Hora se paró en seco. Se preguntó de repente algo que llevaba cinco largos años sin preguntarse en ningún momento. ¿Dónde podría estar Sarghu? ¿Ya habrá vuelto de su misión? Su mente fue más allá, hasta aquella noche en la que consiguió su libertad. ¿Por qué aún nadie me ha buscado? Hora se inquietó y para distraerse, continuó buscando.

Sí. Tan pronto como el sol se oculte dos veces más, Hora cumplirá diecisiete años y, tal como ella predijo tiempo atrás, su cuerpo no creció lo más mínimo. Por ello, por cada árbol que veía, un nuevo desafío debía cumplir: escalar. No pasó mucho tiempo más hasta que el sol llegó al bosque y Hora, a su pesar, comprendió lo que significaba. Conservaba en su poder doscientas cincuenta monedas de cobre. No era ni una sexta parte. Había fracasado en su último entrenamiento y volvía sobre sus repetidos pasos hasta la cabaña.

Mientras más se acercaba a ella, el olor de la comida era más pronunciado y empezó a esbozar una sonrisa. Hacía cuatro días que sólo alimentaba su cuerpo de bayas y ella misma se repetía la idea de que no conseguía crecer debido a ello. Así que corrió y corrió tan rápido como sus cortas piernas podían procesar y se adentró en la cabaña cual guepardo a la caza de su presa y se encontró con un anciano cocinando con varias frutas.

"¡Hola Maestro! Muero de hambre, espero que pronto esté la comida."

La sonrisa de Hora desapareció en cuanto el anciano abrió la boca.

"¿Y dónde podré observar el resultado de tu entrenamiento?"

Hora se acercó a él. Tenía una triste expresión y se la mostró al anciano. Luego extendió sus manos, tras haberlas metido en los bolsillos y sacó una bolsa hecha de tela exacta a su ropa. El anciano se acercó a la mesita y extendió su contenido sobre ella.

"Maestro… lo siento… Sólo he podido conseguir esas doscientas cincuenta monedas de cobre en estos cuatro días. He fracasado."

Se hizo el silencio. Durante unos segundos, la tensión se pudo cortar con una daga. Y así lo hizo la estridente risotada del anciano, que Hora escuchó a volumen casi ensordecedor.

"Lo has conseguido. Enhorabuena, pequeña."

El anciano se levantó y se dirigió hacia ella. Le dio un gran abrazó y le susurró que estaba muy orgulloso de ella. Hora se había perdido completamente e intentaba balbucear alguna respuesta pero no lo conseguía. El anciano habló de nuevo, con una gran sonrisa.

"¿Es que no te parecía extraño? ¿Pasarte tres días y no conseguir encontrar una sola moneda más, después de hallar tal cantidad en un solo día? He fracasado. ¿Qué ocurrencias son esas, pequeña?"

Hora seguía sin comprender, así que su maestro le invitó a que tomara asiento. Ella le miraba, pasmada y no apartaba sus ojos de él.

"Mira a tu alrededor, pequeña. ¿Dónde ves tú que esta casa sea un lujo? ¿Dónde ves que yo alguna vez haya traído algo de gran valor de fuera? ¿Dónde ves tú algo de oro en esta cabaña? Soy un pobre desgraciado que construyó su casa alejado del mundo. Deberías haberte dado cuenta ya."

Hora comenzaba a comprender y un atisbo de sonrisa empezó a aparecérsele entre sus labios.

"Soy… viejo ya. Mi magia no es lo que era… ni tengo tiempo para conseguir más que un puñado de monedas de cobre. Pequeña, sólo te dejaré un consejo para tu aventura. Haz caso a tu sentido común, haz caso a tu instinto. Serán tus únicos aliados."

9) Y todo se volvió negro.

El día siguiente, Hora se lo pasó metida en la cabaña. No quería saber nada del exterior en ese momento. Sabía que le quedaban menos de veinticuatro horas para partir. No quería alejarse de su maestro. ¡Cuán retórica puede llegar a ser la vida! Escapar de un encarcelamiento para vivir en el exterior y luego no querer estar en él. En seguida apartó ese pensamiento de su cabeza. Enredó sus pocas pertenencias más unas pocas de parte de su maestro y continuó sentada durante el resto del día, hasta que se hizo la noche. La oscuridad se adueñó de los corazones de ambos residentes, tal y como iba sucediendo cada noche.

El anciano se sentó frente a Hora y le mostró un arco corto de madera y un carcaj con flechas blancas.

"Quiero que… aceptes este regalo. Es un arco mágico. Nunca fallarás si buscas protección. Si… no la buscas, tampoco es un mal arco."

Hora lo aceptó, con ojos brillantes. Sabía bien cómo utilizar un arco. Había estado practicando casi todos los días durante cinco años. Para ella, no había arma más elegante que un arco. Y este concretamente, le parecía precioso. No dudó en ir hasta su maestro y darle un gran abrazo. Él lo recibió de buena gana. Hora comenzó a llorar y le susurró un "te quiero, Maestro". Sin embargo, éste no dijo nada. Sólo bajó la mirada embargado por un semblante serio.

Hora no esperó a que se hiciera de día. Cogió sus pertenencias, besó en la frente a su maestro, aún dormido, y partió hacia lo desconocido, envuelta en una capucha para no ser reconocida por sus blanquecinos cabellos. Había recorrido una gran distancia a pie, hacia las montañas, cuando tropezó y el contenido de su carcaj, cayó al suelo, mostrando a su portadora una especie de pergamino envuelto en un hilo negro. Hora lo agarró con manos temblorosas. El hilo negro significa muerte. No tardó en abrirlo y, con ojos desorbitados, leyó su contenido.

Era una carta. Una carta escrita por su maestro. Escrita para ella. Hora cayó al suelo cuando terminó de leerla.

"Querida Hora, seguramente te sorprenderás mucho al leer esta carta. Quiero que primero prometas que no volverás sobre tus pasos a buscarme. Me han visto. Lo sé. La Santa Guardia. Ellos vendrán por ti. Pero tú no estarás aquí. Tú estarás lejos, muy lejos, quizás hayas cruzado ya las montañas. He de contarte la verdad de mi identidad.

Yo fui la persona que, por órdenes de Pelor, te internó en el Gran Templo. Yo era el Maestro Anciano por aquél entonces. Pero el actual Maestro me venció y destituyó. Él opinaba que era demasiado peligroso que salieras al exterior y no aceptó mis órdenes de instruirte conociendo el exterior. Yo soy el culpable de que hayas pasado una infancia horrible. Encerrada entre paredes doradas. También has partido hacia la aventura, por el hecho de que los soldados vendrán. Vendrán por ti y no te encontrarán. Eso me reconforta. Felicidades por tu decimoséptimo cumpleaños, pequeña. Y también quiero que sepas que lo siento. Descubre la verdad sobre tu pasado. Solo tú puedes lograrlo. Adiós."

Hora se levantó todo lo rápido que pudo. No tenía otra cosa en mente. Cogió sus cosas y volvió sobre sus pasos, arco en mano. Tardó menos en llegar que lo que pensaba y escuchó voces. Gritos. Hora se desesperaba y optó por allanar la cabaña por la puerta trasera. Al cruzarla vio algo horrible. Su maestro caía de rodillas. Tenía una flecha clavada en el corazón. A partir de esto, todo sucedió demasiado rápido. Hora gritó y se acercó a su maestro. "¡NO! ¡Vete! Te dije que no volvieras, ¡VETE!" El anciano la empujó con las fuerzas restantes y Hora cayó al suelo. Miró al frente y vio a unos veinte soldados. No lo pensó. Apuntó con su arco, colocó una flecha y disparó. Certero. Entre los ojos. Un soldado caía y los otros iban gritando "¡Es ella! ¡Es ella! ¡Apresadla!" Hora se asustó y flaqueó en el segundo disparo. Sin embargo, este se desvió de su trayectoria y otro soldado cayó. Hora pudo levantarse y a duras penas sacar otra flecha, pero los soldados estaban sobre ella. Hora, casi sin pensarlo, sacó su as de la manga y rajó al soldado que estaba más cerca de ella con su daga. Sin embargo, éste le propinó un puñetazo en el estómago mientras caía y Hora perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, se sintió muy pesada. Sus rodillas le dolían y no veía nada. Sus brazos no respondían. Sólo escuchaba el movimiento de las armaduras pisar el duro suelo. Entonces lo entendió todo. La habían apresado. Le habían tapado los ojos y la arrastraban hacia aquella habitación del templo en la que no había entrado nadie jamás. La Sala de las Ejecuciones. Temió por su vida y empezó a retorcerse. Alguien le golpeó y le gritó algo. Hora siguió retorciéndose aún cuando sentía que la levantaban y la tumbaban en un lugar frió y duro. Le inmovilizaron brazos y pies. Y Hora comenzó a llorar. Veía que se le iban las fuerzas mientras escuchaba el filo de algún objeto punzante siendo afilado.

Minutos más tarde, Hora dejó de moverse. Y todo se volvió negro.