Hola chicas! nuevo capitulo

espero que les guste, hunto con este fic subire otro por si alguna esta interesada

muchas gracias por sus reviews me han encantado, me encanta tambien que les guste esta historia tanto como a mi

por cierto si alguna quiere saber los nombres de las autoras de las adaptaciones me avisa y yo se los doy

disfruten el capitulo

Nessa


Capítulo 2

EDWARD tenía un chófer permanentemente a su disposición. Unos momentos después de que realizara una breve llamada desde su móvil, un elegante Mercedes se detuvo ante la entrada del edificio.

Bella estaba asegurándole que no necesitaba que la llevara a comer, sobre todo teniendo en cuenta que acababa de comer varios sándwiches.

Edward le hizo entrar en el coche y a continuación se sentó a su lado.

-Es muy amable por su parte, señor Cullen...

-Teniendo en cuenta que te has desmayado ante mi puerta, por expresarlo de algún modo, creo que podemos tutearnos.

-De acuerdo. Pero sigo sin necesitar que me lleves a ningún sitio. No tienes por qué sentirte responsable de mí, aunque agradezco mucho tu ayuda...

Edward se volvió a mirarla.

-No recuerdo la última vez que una mujer rechazó mi invitación a cenar de forma tan clara.

Bella bajó la mirada, avergonzada.

-No estoy adecuadamente vestida para ir a cenar.

-No, desde luego, pero estoy seguro de que a Carlisle no le importará.

-¿Carlisle? -de manera que Edward estaba de acuerdo en que tenía un aspecto horrible, pensó Bella, decepcionada a pesar de sí misma. Su nivel de éxito con el sexo opuesto nunca había sido tan deslumbrante. Al menos en lo referente al aspecto sexual. Había crecido a la sombra de su preciosa hermana y desde muy joven se había acostumbrado a ocupar un segundo puesto. Sus mejores amigos siempre habían sido chicos, pero éstos se quedaban embelesados con Rosalie. Pero aquello era simplemente la vida, y ella nunca se había dejado deprimir por ello. Pero en aquellos momentos se estaba deprimiendo.

-El propietario de un pequeño restaurante francés al que suelo acudir a menudo -explicó Edward-. Hace tiempo que nos conocemos.

-Ah, sí. ¿Y cómo os conocisteis? -preguntó Bella mientras se preguntaba si podría tratar de hacer algo con su pelo en el baño del restaurante.

-Lo ayudé hace mucho tiempo. Financié el restaurante que quería abrir.

-¡Sabía que tenías un lado bueno! -exclamó Bella impulsivamente.

-Fue un buen negocio -corrigió Edward, que se sentía incómodo con aquella imagen del «lado bueno»-. Para que no prospere el mito, te aclararé que gané bastante dinero con el trato.

-Estoy segura de que habrías ayudado a tu amigo aunque no hubieras esperado ganar dinero. Supongo que de eso trata la amistad, ¿no?

-Lo cierto es que no he pensado mucho en ello -dijo Edward en tono indiferente-. Ya hemos llegado -añadió mientras el chófer reducía la marcha.

Bella comprobó de una mirada que se trataba Tic uno de aquellos restaurantes chic a los que acudía la gente moderna. Gimió en alto y dedicó a Edward una mirada desesperada.

-No puedo entrar ahí.

-¿Por qué no? -preguntó él, irritado. Empezaba a preguntarse qué demoníaco impulso lo había llevado a invitar a aquella chiflada a cenar. Le habían preocupado los comentarios que había hecho sobre su futuro trabajo en el pub, desde luego, pero, ¿acaso era asunto suyo? Los adultos elegían lo que querían hacer con sus vidas...

-¡Mírame! -exclamó Bella, ruborizada a causa del pánico.

Edward la miró.

-Nadie te prestará la más mínima atención -aquello fue lo mejor que se le ocurrió para consolarla sin tener que recurrir a mentir.

-¡Todo el mundo va a mirarme! -exclamó Bella.

Tras detener el coche, el chófer bajó para abrir la puerta de Bella.

Junto a Edward, Bella se sintió aún más avergonzada. Alzó hacia él una mirada implorante y Edward movió la cabeza con impaciencia.

-Eres demasiado consciente de tu aspecto.

-Para ti es fácil decirlo porque tienes la suerte de tener un aspecto fantástico -protestó ella.

-¿Siempre dices lo que piensas? -preguntó Edward, ligeramente sorprendido por su franqueza.

Bella ignoró la pregunta. Estaba demasiado ocupada haciéndose la remolona. Edward tuvo que empujarla hacia la puerta para que se animara a entrar. Posiblemente él no notó nada, pero ella sí. Todos los rostros se volvieron hacia ellos. Bella estaba segura de que las mujeres se rieron de ella antes de disfrutar de la visión del hombre que la acompañaba.

Los hombres la miraron con desprecio y luego miraron a Edward, preguntándose si deberían reconocerlo. Bella se sintió peor que invisible y bajó la mirada.

-Aquélla es nuestra mesa -murmuró Edward-. ¿Quieres que te guíe o estás preparada para alzar la mirada y caminar hasta ella sin ayuda?

-Muy gracioso -replicó Bella-. ¿Has notado cómo me mira todo el mundo preguntándose qué diablos hago aquí?

-Nadie te está mirando.

-Estaban mirándome -dijo Bella mientras alcanzaba su silla y se sentaba en ella con un suspiro de alivio.

-Tu madre no debería haber permitido que tus complejos respecto a tu hermana se le fueran de las manos -Edward tomó el menú de la mesa y lo miró sin mayor interés.

Bella se inclinó hacia delante en la mesa.

-Mi madre no tuvo la culpa de dar a luz un cisne y un patito feo.

-De acuerdo, pero, ¿es consciente de que te comparas constantemente con tu hermana?

-Mamá murió hace siete años -Bella esperó a que Edward hiciera algún comentario educado al respecto, pero él se limitó a mirarla y a asentir brevemente-. Pasó dos años enferma antes de morir. Por eso no terminé mis estudios. Necesitaba trabajar.

-¿Y a qué se dedicaba tu hermana?

-Rosalie estaba en Londres, siguiendo un curso de interpretación y trabajando esporádicamente como camarera.

-¿Y no heredaste nada que pudiera ayudarte a seguir adelante con tus ambiciones?

Antes de que Bella respondiera, Edward pidió al camarero una botella de vino y el pescado del día. falla pidió lo mismo.

-Rosalie necesitaba lo poco que quedó más que yo. Prometió que cuando triunfara me devolvería el dinero, aunque eso nunca me importó. Mamá ya no estaba y no me preocupé en dividir lo que nos dejó, que tampoco era mucho.

-¿Y tu hermana ha triunfado? -preguntó Edward, consciente de la respuesta que iba a recibir.

No fue ninguna sorpresa descubrir que los sueños de estrellato languidecían al otro lado del Atlántico. Tampoco fue ninguna sorpresa descubrir que el dinero no había regresado nunca a manos de su dueña original, que parecía asombrosamente satisfecha con la situación.

-¿Y no te importa compararte desfavorablemente con alguien cuyo único derecho a la fama reside al parecer en su aspecto?

-Rosalie también es una persona muy cálida -protestó Bella con vehemencia. «Sobre todo cuando consigue lo que quiere», añadió para sí. Su egoísmo siempre le había producido una extraña mezcla de furia y ternura, pero siempre le había costado enfadarse con ella-. En cualquier caso, no me comparo con Rosalie. Simplemente la admiro. ¿Tú no tienes hermanos con los que compararte?

-No tengo hermanos -dijo Edward en un tono que no invitaba a mayores indagaciones sobre su vida personal, pero Bella se limitó a mirarlo pensativamente.

-Eso es muy triste. Ya sé que Rosalie no vive aquí, pero es agradable saber que está conmigo en espíritu... por expresarlo de algún modo. ¿Y tus padres? ¿Dónde viven? ¿Aquí? Deben estar muy orgullosos de ti, de tu éxito...

Las mujeres no solían sonsacar información a Edward sobre su vida personal. De hecho, sabían cuándo dejar de hacerlo sin necesidad de que se lo dijeran. Edward las invitaba a beber y a comer y las trataba con extravagantes detalles que estaban fuera del alcance de la mayoría de las personas. A cambio pedía unas relaciones sin complicaciones.

Pero Bella no parecía tener los instintos adecuados en aquel aspecto. De hecho, en aquellos momentos lo estaba mirando con el entusiasmo de un cachorrillo esperando un premio.

Edward pensó que era una suerte que no le interesara sexualmente. Estaba convencido de que si ofrecía a las mujeres demasiada información personal corría el riesgo de engendrar en ellas ilusiones de permanencia. Creían que se habían metido de algún modo bajo su piel y que por tanto tenían derecho a un asalto en plena regla. Pero ya que aquella mujer no encajaba en la categoría, no sucumbió de inmediato al instinto de cerrarse en banda.

-Mi padre murió cuando yo aún era un niño y mi madre no vive aquí. Vive en Grecia.

-Qué, por supuesto, es de donde eres.

Edward se permitió una ligera sonrisa.

-¿Por qué «por supuesto»?

-El tópico dice que los hombres griegos son altos, y atractivos -Bella sonrió ante la desconcertada expresión de Edward-. ¿Tu madre viene a visitarte a menudo?

-Haces muchas preguntas.

Su comida llegó en aquel momento y el camarero rellenó sus vasos. Ya que no estaba trabajando, Bella no sentía ningún reparo a la hora de beber un paco.

-La gente tiene historias interesantes. ¿Cómo puede enterarse uno de ellas sin hacer preguntas? -el apetito de Bella, supuestamente saciado tras los sándwiches, revivió. No pensaba comérselo todo, desde luego, pero tampoco acudía precisamente a menudo a restaurantes de aquel calibre, y habría resultado grosero no comer nada-. Así que, ¿viene a menudo? -insistió.

-¿De qué estás hablando?

-De tu madre. ¿Suele venir a visitarte?

Edward movió la cabeza, exasperado.

-Ocasionalmente. Suele venir a mi casa de campo, y cuando lo hace yo me traslado a Londres. Mi madre odia la ciudad. De hecho, nunca ha venido aquí. ¿Satisfecha?

Bella asintió. «De momento», habría querido decir, pero entonces recordó que ya no habría más momentos, que sólo estaba allí porque Edward se sentía culpable por el hecho de que hubiera perdido su trabajo de limpiadora. Lo que le hizo volver repentinamente a la realidad y recordar que necesitaba urgentemente más ingresos. Dejó el cuchillo y el tenedor sobre su plato a medio terminar y apoyó la barbilla en una mano.

-¿Has terminado? -preguntó Edward, asombrado.

Bella se sintió dolida. A través del escudo de su risueño temperamento tuvo de repente una deprimente visión de otra realidad. Mientras ella alimentaba agradables fantasías sobre aquel hombre alto y agresivamente atractivo, mientras siempre se había asegurado de dejar bien limpio su suelo cuando sabía que andaba por allí, lo más probable era que él ni siquiera se hubiera fijado una sola vez en ella; no la habría reconocido ni aunque se hubieran encontrado a solas en una isla desierta.

-¿Acaso creías que iba a seguir comiendo hasta explotar? -preguntó con más brusquedad de la que pretendía, pero suavizó su respuesta con una sonrisa-. Lo siento. Estaba pensando en qué voy a hacer ahora que ya no tengo el trabajo de las tardes.

-No puedo creer que realmente necesites dos trabajos para sobrevivir. ¿No podrías prescindir de un par de lujos para llegar a fin de mes?

La cálida risa de Bella hizo que varios comensales volvieran la cabeza en su dirección.

-Está claro que no vives en el mundo real, Edward. No tengo «lujos» de los que prescindir. Mis amigos vienen a casa, vemos la tele y bebemos un par de botellas de vino los sábados, y en verano vamos de picnic al parque. Apenas voy al cine, al teatro o a restaurantes -Bella hizo caso omiso de la expresión crecientemente horrorizada de Edward cuando añadió-: Además, prefiero ahorrar para mis estudios que gastarme el dinero en ropa y salidas.

-Y yo que pensaba que la temeridad y la juventud iban unidos... -dijo Edward, que se dio cuenta con sorpresa de que se estaba divirtiendo. No era la clase de diversión de la que solía disfrutar en compañía de una mujer, pero se sentía vivificado.

Bella se encogió de hombros.

-Puede que sea así... cuando uno puede permitirse un estilo de vida temerario. Pero yo no soy precisamente temeraria.

-En ese caso, tal vez deberías replantearte tu trabajo con ese hombre...

-¿Con Emmett? -Bella miró a Edward con expresión sorprendida-. ¿Qué tiene de temerario trabajar tras la barra de un bar algunas noches por semana? Mientras me ría y charle con los clientes, Emmett estará más que contento conmigo.

Edward bajó la mirada y se replanteó sus suposiciones originales, que le parecieron ridículas después de lo que acababa de escuchar.

-¿Son muchas horas de trabajo?

-Muchas y agotadoras. Ése es el motivo por el que rechacé el trabajo hace unos meses. Pero la necesidad es la necesidad. No hay muchos trabajos nocturnos aptos para chicas -Bella suspiró. Habría supuesto una gran ayuda que Rosalie hubiera cumplido su palabra y le hubiera devuelto parte del dinero que tomó prestado. Pero ya hacía dos meses que había hablado con su hermana, y hacía mucho más que no se veían. Dado su escaso contacto, habría sido una locura empezar a pedirle que le devolviera el dinero-. Pero no tiene sentido quejarse -añadió con una sonrisa-. La comida estaba deliciosa, por cierto. Gracias. Me alegra haber venido.

-¿Aunque no podías soportar la idea de que todo el mundo te mirara? -Edward terminó de servir la botella de vino en los dos vasos y se preguntó si debería pedir otra. Si lo que buscaba era novedad, no había duda de que la había encontrado en aquella mujer que parecía dispuesta a comer y beber sin preocuparse por las consecuencias. Además, no habría ningún mal en prolongar un poco la tarde. Después de todo, la chica con la que salía ya no estaba disponible y los asuntos de trabajo podían esperar a la mañana siguiente, cuando volviera al despacho para completar lo que había empezado.

-¿Quieres más vino? -preguntó a la vez que hacía una seña al camarero.

Bella lo miró con expresión seria.

-¿No te estoy impidiendo hacer algo?

-¿Como qué?

-Oh, no sé. ¿No tienes que ir a ningún sitio? ¿No tienes una cita o algo parecido?

-La mujer con la que había quedado ha cancelado la cita al enterarse de que me iba a retrasar.

Bella sintió una punzada de culpabilidad y se ruborizó.

-Lo siento mucho -dijo a la vez que se ponía en pie-. Siento que te hayas peleado con tu novia por mi culpa.

-Siéntate -ordenó Edward mientras el camarero les servía el vino que había encargado-. Si te sirve de consuelo, te has limitado a dar un empujoncito a lo inevitable. ¡Siéntate! Vas a hacer que la gente nos mire, y no quieres que eso suceda, ¿verdad?

Bella obedeció, reacia.

-¿Qué has querido decir con lo de que sólo he dado un empujoncito a lo inevitable? -preguntó al cabo de un momento, sin poder contener su curiosidad-. ¿Ibas a dejarla?

-Antes o después -Edward se apoyó contra el respaldo de su silla y se cruzó de brazos mientras miraba el consternado rostro de Bella. ¿Quién habría imaginado que la chica que limpiaba sus oficinas podía ser una compañía tan refrescante?

-¿Y por qué iba a romper contigo sólo porque fueras a retrasarte? -Bella frunció el ceño. Sabía que las relaciones podían ser transitorias, pero aquello era demasiado. Ella sólo había tenido una relación larga, pero incluso cuando ambos llegaron a la conclusión de que las cosas no iban bien, aún pasaron largas tardes juntos hasta que finalmente cortaron definitivamente-. ¿Y por qué ibas a dejarla antes o después? ¿No ibas en serio con ella?

Aquéllas ya eran demasiadas preguntas para Edward. Pidió la cuenta y apoyó los codos en la mesa.

-Creo que hemos llegado al punto en que estás haciendo preguntas sobre temas que no son asunto tuyo.

Bella miró un momento al hombre en torno al que todo el mundo andaba de puntillas. El hombre con la mano de acero bajo un guante de terciopelo. Se encogió de hombros.

-De acuerdo. Te pido disculpas. A veces hablo demasiado

-Sí -asintió Edward sin sonreír. A continuación pagó la cuenta y se puso en pie.

Cuando Bella hizo lo mismo tuvo que sujetarse un momento a la mesa. Debía haber bebido demasiado vino. Desde luego, el suelo le había parecido mucho más estable mientras estaba sentada. Y no le iba a quedar más remedio que cruzar el abarrotado restaurante.

-Ése es el problema con el vino bueno -dijo Edward-. Es demasiado fácil de beber -añadió mientras rodeaba la mesa para pasar un brazo en tomo a la cintura de Bella.

El contacto pareció electrizar su cuerpo. De pronto se hizo consciente del acalorado ritmo de su pulso y de una agradable vibración que pareció originarse en la boca de su estómago y extenderse por todo su cuerpo, alejando de su mente todo gramo de sentido común.

El breve contacto no debía significar nada para Edward... pero ella sentía que la cabeza le daba vueltas como a una mujer enamorada.

Apenas lo oyó hablar mientras salían y se despedían de Carlisle. Lo único que quería era apoyar su cuerpo contra el de él. ¿Había sentido alguna vez algo parecido con Jake? No podía recordarlo, pero no creía.

Edward la soltó en cuanto salieron, y Bella agradeció el aire fresco que la despejó un poco. También agradeció que él la ayudara a ponerse el abrigo.

El coche estaba aparcado a unos metros pero, antes de que Edward se encaminara hacia él, Bella le dedicó una acuosa sonrisa.

-Puedo volver a casa sola -dijo, pronunciando cuidadosamente cada palabra a la vez que metía las manos en los bolsillos y apretaba los puños.

-No seas ridícula. ¿Dónde vives?

-En serio. Estoy bien. Ya has hecho bastante por mí -Bella notó que estaba arrastrando ligeramente las palabras a causa del vino. Y cuando Edward la tomó por un codo supo que iba a capitular.

-Te has quedado muy callada...

-Me siento un poco floja... cansada...

En cuanto estuvo en el coche apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Oyó que Edward daba las señas al conductor y cuando volvió a abrir los ojos vio que se hallaban ante la entrada de la casa que compartía con otras tres chicas, ninguna de las cuales se hallaba allí en aquellos momentos. Por primera vez pensó que debía ser la única habitante de Londres soltera de menos de veinticinco años que no había salido a divertirse el viernes por la noche. ¡Pero sí había hecho algo!

Edward la acompañó hasta la puerta y tomó su bolso para buscar las llaves cuando vio que ella no lograba encontrarlas. Cuando pasó al interior tras Bella, ella no protestó. Edward ya había cumplido con su deber acompañándola, pero no quería que se fuera. Todavía no. No sabiendo que no iba a volver a verlo.

-¿Te apetece un café?

-¿Cuántas personas compartís el piso? -preguntó Edward.

-Cuatro -Bella hipó y se cubrió la boca con la mano.

-Creo que tú necesitas ese café más que yo. Ve a sentarte mientras lo preparo.

Edward, que estaba acostumbrado a la atención que le prodigaban los miembros del sexo opuesto, no recordaba la última vez que había cuidado de una mujer como lo estaba haciendo de la que se había quedado dormida junto a él en el coche cuando le estaba hablando.

Tras preparar el café volvió al cuarto de estar y encontró a Bella nuevamente dormida. Se había quitado el grueso jersey que llevaba y estaba tumbada en el sofá con un brazo alzado que cubría parcialmente su rostro.

Se había quitado los zapatos, dejando expuestos los calcetines grises que llevaba.

Edward permaneció unos momentos contemplándola como hipnotizado, porque su informe figura no era tan informe como había imaginado. Sus pechos eran grandes, suculentamente generosos, pero había una evidente proporción en su curvilíneo cuerpo, y el fragmento de piel que dejaba al descubierto el borde de la camiseta que vestía parecía sorprendentemente firme.

Se frotó los ojos para distraerse de la visión... y para alejar la tentación de acercarse para apreciar con más detenimiento aquellas curvas.

Sin despertarla, dejó el café en la mesa que había junto al sofá y, tras unos segundos de duda, sacó su pluma y buscó un papel a su alrededor. No iba a despertarla, pero habría sido grosero irse sin despedirse de algún modo. De manera que le escribió una nota deseándole suerte para conseguir un nuevo trabajo y luego se fue sin ceder a la tentación de volver a mirarla.

Una vez fuera se rió de la locura que lo había poseído durante unos segundos. ¡La había mirado y se había excitado! Estuvo a punto de llamar a Jane, consciente de que con un poco de dulzura conseguiría que acudiera corriendo a sus brazos, pero en lugar de ello apagó su móvil y obligó a su disciplinado cerebro a concentrarse en el trabajo que había retrasado para la mañana siguiente.

Al día siguiente, al despertar a causa de los ruidos que estaban haciendo sus compañeras de piso en la cocina, Bella tuvo unos momentos de feliz olvido durante los que imaginó que era el ruido que estaba haciendo Edward mientras le preparaba el café.

Pero la taza de café ya estaba a su lado en la mesa, fría. Junto a ella había una nota con una educadas frases de despedida.

Bella se irguió en el sofá y enterró el rostro entre las manos. ¡Edward no la había despertado! Se había quedado dormida y había perdido la oportunidad de pasar unos minutos más en su compañía.

El sol parecía haber desaparecido de su vida.

Hasta una semana después, cuando una de sus compañeras de piso lo había mencionado, Bella no se dio a sí misma una severa reprimenda. Lloriquear por un hombre con el que apenas había estado tres horas era una locura.

-¿Estoy loca? -preguntó a su reflejo en el espejo-. No. Porque sabes que sólo una completa chiflada perdería el sueño por un hombre como Edward... y tú aún no estás completamente chiflada.

De manera que se rehizo y aceptó el trabajo en el pub de Emmett. Como ya sabía, el trabajo era duro pero sociable, y encajaba con su temperamento. Aunque le llevaba más tiempo y energía que el de limpiadora, al menos comía todos los días y tenía los viernes libres.

Pero los viernes que pasó con sus amigos durante las primeras semanas no podían compararse con aquella noche surgida de la nada y que se había esfumado del mismo modo.

La imagen de Edward no dejaba de surgir en su mente. No podía evitarlo. Un momento se estaba riendo de algo y al siguiente allí estaba Edward, liberado de las barreras con que trataba de contenerlo. Se iba a la cama con él y despertaba a la mañana siguiente con él. Era algo involuntario. El recuerdo de aquel hombre la perseguía.

Pero sabía que todo se pasaba con el tiempo, y se resignó animadamente a vivir el proceso. Y se resignó tanto que, dos meses después de aquella memorable noche, respondió a una llamada de teléfono y prácticamente no reconoció la voz de Edward.

Cuando lo hizo tuvo que sentarse a la vez que hacía frenéticos gestos con el brazo para que Alice bajara la televisión. Su amiga obedeció... y se quedó donde estaba para escuchar la conversación. Bella sintió que el corazón le latía como loco en el pecho. Edward había conseguido su teléfono a través de la empresa de limpiezas para la que solía trabajar. Bella supuso que había utilizado su poderosa influencia para obtener la información, pues se suponía que ésta era confidencial. Aunque no le importa. Lo único que quería era que Edward le explicara para qué la había llamado.

-Tengo una proposición que hacerte -dijo él finalmente, tras intercambiar las cortesías de rigor.

-¿En serio?

-Mi asistenta ha tenido que irse porque tiene que atender a su hermana, que ha enfermado. El puesto ha quedado libre y he pensado en ti -Edward le explicó brevemente en qué consistía el trabajo. Incluso podía quedarse a dormir allí. Su piso tenía un ala independiente y además él apenas paraba por allí. Prefería pasar todos los fines de semana que podía en el campo. Cuando le dijo lo que ganaría, Bella se quedó boquiabierta. Era bastante más de lo que ganaba con los dos trabajos que tenía. Podría ahorrar y, si decidía quedarse allí a vivir, podría permitirse empezar su curso en unos meses en lugar de los tortuosas años que había previsto.

Aunque las consideraciones financieras no pesaron demasiado en su decisión.

-Acepto -dijo rápidamente, y Edward sonrió al otro lado de la línea-. Sólo dime cuándo quieres que empiece.