Hola a las lectoras presentes: bueno, decidí que, dado que estoy en los últimos días libres, avanzaré lo mayormente posible con el fic. Lo digo, de esta manera, porque no se puede forzar el trama si la historia está tan desligada con lo que es la serie.
Entiendo que cuesta leer cuando hablamos de otra situación temporal-espacial: del mismo modo, me comprometo a hacerlo lo más ligero y poco detallista posible (de lo que es accesorio, por supuesto ^^).
Bueno, a lo que nos convoca: comienza el racconto con la historia de Natsumi y Tokairin y, por ahora, en el mismo nivel la historia de Yoriko y su trauma con sus fatales relaciones amorosas.
Hisashi: la última pareja de Yoriko que falleció, y ahí acabó el personaje XDDD.
Takeshi: se presenta en la conversación de Kaede y Tokairin... De él, sabrán a su tiempo: nada que dificulte la lectura.
Kaede, ¡ay, mi mamarracho! XDDD: bueno un personaje que inventé en la primera historia publicada... No se preocupen, que aquí está la caracterización también, así que no se den lata por nada.
Besos, disfruten la lectura.
Donde el corazón te lleve
II
La muchacha no daba pie a lo que observaba: tan sólo pedía al cielo que se tratara de una pesadilla, que fuese una casualidad que nada tenía que ver con ella misma, pero el muchacho seguía allí… La pieza, la casa, el clima: todo le gritaba que era Marruecos, pero su corazón le dictaba lo contrario.
Otra vez los recuerdos la impactaban: esos amores impetuosos, que se destruyeron tan solo en un segundo…
-Lamento molestarle, pero veo que no está bien: ¿le ocurre algo?
Otra vez él…
No, no podía hacerlo: tal vez había sufrido mucho, como ella; tal vez no tenía gran culpa en los sucesos que hicieron de su vida un desastre, así, como ella,…
Tan sólo sabía que no podía exponerse a rememorar pasados tormentosos, que su propia integridad mental estaba en juego y que nada le incumbía o la obligaba a desestabilizarse de esa manera.
Sonaba cobarde, pero si debía ampararse en la ética profesional iba a hacerlo: todo por no volver a sufrir…
-No se preocupe…- dejó el libro a su lado, conjunto con todas las cosas en la mesita que tenía al lado: tomó un par de sábanas, las que iba a utilizar para traer a la muchacha fallecida, y se excusó en ello- Tengo un par de cosas que hacer: tendrá que esperar hasta que las termine… En cuanto necesite más morfina, me llama. Con su permiso…
Y salió de la pieza, ante la mirada melancólica del joven.
Al parecer, era demasiado pedir: esa niña tenía una pena escondida que él se encargó de destapar.
Miró a su lado: ahí estaba la cama, preparada para su Natsumi… Ahora estaba vacía, como la mayoría de los recuerdos en su vida.
Sacó el centésimo tallo de las espigas y cayó al suelo: el calor era insoportable, pero no daba tregua a su decisión.
…Por lo menos, no todavía.
Yoriko vio sus manos agrestes y el patio despejado. Orgullosa del trabajo hecho, se levantó y limpió sus rodillas de la arenilla que se pegaba en la ropa…
… Tan sólo ese hecho, cuando sintió los gritos del muchacho.
Inmediatamente salió corriendo del lugar.
-¡Tonta, tonta, mil veces tonta del culo: cómo era posible haberle dejado en ese estado, si ésa es mi principal misión en el lugar!
Llegó al lugar: vio que el joven gemía ronco de dolor. Ni bien lo pensó dos veces y tomó la jeringa con una dosis generosa de morfina. Tomó el brazo, golpeó un par de veces la vena con la que iba a trabajar y le suministró el remedio…
Pasaron segundos, minutos, media hora, cuando las facciones se atenuaron. El agarre a la sábana se aflojó y su respiración se volvió acompasada.
La muchacha se hincó a sus pies, con lágrimas en sus ojos, empañándole los lentes, arrepentida de su indiferencia con ese pobre hombre sufriente.
Pasaron cuatro, cinco horas: la muchacha pasó el almuerzo, merienda, cena…
Nada, el joven seguía en su letargo.
¿Y si el muchacho cayó en estado de coma, a causa de su negligencia?
No, no podía ser: ¡lo único que pidió el hombre era morir lo antes posible, terminar con ese karma, y ella instó la situación, encadenándolo al mundo por el resto de su vida! El destino no debía ser tan cruel con quien nada hizo y, sin embargo, era su culpa el haber llegado a estas instancias…
Y sus orbes azules se abrieron lentamente, y una paz inmensa entró de lleno en su pecho…
-Dios,… perdóname…
Yoriko seguía llorando, pero el joven acercó su mano y acarició su rostro.
-No tienes de qué disculparte: además,…- el rostro de la joven lo miraba fijamente, en busca de las siguientes palabras- Además, Dios está muerto: muerto para mí.
Día siguiente: colgó las sábanas y las tendió cerca del sol.
Era de mañana y decidió hacer todo el aseo en esa hora del día: el resto, la pasará con su paciente, hasta cuando Dios decidiera el final del trayecto…
"-Dios está muerto: muerto para mí…"
Estiró la última sábana, meditando en las palabras del joven.
Ciertamente, el destino se encargó de borrar toda fe en él: nada podía reprocharle; ella misma, muchas veces, decidió maldecir al mundo su suerte. Tantas,… que ya había perdido la cuenta.
Subió al cuarto y seguía durmiendo. Vio la ventana medio abierta y la cerró: en el instante, sintió la respiración del joven…
-Buenos días, joven…
-No me digas más joven: tengo tu misma edad… Llámame Tokarin, Shouji Tokairin.
-Tarde para presentaciones, pero- le dio la mano, con una sonrisa en los labios- Yoriko Nikaido, un gusto que nos presentemos.
Tokairin sonrió por su limpieza, por su candidez: le recordaba mucho a Natsumi, a todo lo que ella representó en su vida y que seguía estancado en su alma.
La muchacha sintió el aire melancólico de su paciente: sin pensarlo un segundo más, se sentó cerca de la mesita y acercó una manzana a su regazo. Comenzó a pelarla y, cuando la tuvo lista, la cortó en trozos y se sentó a su lado.
La acercaba a su boca y el joven la degustaba lentamente: el aroma de la fruta fresca, el jugoso dulzor que era una caricia para su ardor, para su mente enardecida de rencores.
-Usted me parece una persona muy amable: no debería blasfemar de ese modo, mucho menos si desea irse de aquí lo más pronto posible…- Dejó el plato a medio llenar, a causa de su negación a comer- Lo sé por experiencia propia…
-Sí, lo sé: se ve en sus ojos… Ha sido muy dañada…- la muchacha sintió la flecha atravesar su pecho: Tokairin lograba, en su estado, comprender lo que nadie había siquiera tomado la molestia en mirar- … Le agradezco su nobleza, y perdóneme si ha sido mi intención, a causa de ello, aprovecharme de tal prestancia suya en ayudarme…
Yoriko bajó el rostro, mientras distraía su campo visual en sus dedos entrelazados.
-No se preocupe, yo lo entiendo… Es sólo—Es sólo que no puedo con ello…
Una mano quemada, herida, sostuvo las que estaban sanas: Yoriko levantó la vista y se encontró con la mirada mísera del joven.
-Usted tendrá la oportunidad de amar: será inmensamente dichosa con el indicado… Míreme a mí: nada me queda más que un cuerpo maltrecho y recuerdos a los que no puedo acceder, por cuenta propia… Ayúdeme a recuperarla: es lo único que tengo. Se lo suplico.
La muchacha se levantó: tomó el plato y se retiró de la habitación sin más. El joven bufó de tristeza: cuando daba la batalla por perdida, Yoriko entra de nueva cuenta, con el diario en sus manos.
Se sentó a su lado y abrió la tapa del libro.
El joven esbozó una sonrisa.
-Gracias…- musitó Shouji, para quedarse atento a cada palabra suya.
La joven carraspeó la garganta, dispuesta a comenzar la lectura.
-Lunes, dos de Abril de 1927. En espera… Ya hace un mes que desembarcamos en Marruecos: la vida se vuelve un suspiro y mi alrededor no refleja la infinita alegría de verme libre. Un mes, un suspiro: dieciséis años esperando salir de la cárcel que es Japón…
Marruecos, año 1927
-¡¿Dónde se encuentra esta bribona? Juro que algún día me las pagarás: ¡ya te veré esclavizada a un hombre para servirle!
Natsumi se escondía tras un árbol, divertida con las exageradas reacciones de su madrastra.
La mujer era preocupada con ella: sólo que le sofocaba la casa, la rutina. No tenía cabeza sino para su motocicleta, sus ojos abiertos para ver ese nuevo mundo que se le presentaba.
Salió de su casa y caminó, por un largo rato, hasta llegar al lugar donde iban a abastecerse cada pueblito de nuevos enceres: en ese mismo lugar, estaban los soldados que resguardaban el país.
Muchachos jóvenes, divertidos: nunca se acercaba a ninguno, puesto que sentía nervios de siquiera estar cerca. Sólo se entretenía con mirarlos, en devoción absoluta: su padre fue un gran soldado e inculcó en ella la pasión desenfrenada por los campos militares.
Natsumi era una muchacha de pueblo, maravillada por cualquier cosa que escapara de su comprensión: deseaba abarcar todo ese lugar nuevo en su memoria y hacerlo suyo de inmediato. Veía a muchachas más refinadas: de guantes largos y pestañas hacia arriba, pero no le causaban mayor impresión. Sólo era una extensión de los deberes de la mujer: sonreír fingidamente, coquetear, saludar. Nada que le atrajera menos la atención.
Pero ese día era distinto: las filas de soldados no estaban ya. Sólo veía a jóvenes riendo, con muchachas a su lado: era un grupo de siete personas y eran el centro de la atención de la ciudad.
-Vamos, Ken-chan: invítala a salir o te arrepentirás de no estar con ella- instaba Aoi, una mujer muy bella y alta para el promedio.
-No lo sé, Aoi: se ve muy divertida con el teniente.
-¡Vamos, hombre!: ambos sabemos que el teniente no la tiene en estima suficiente… Además, vas a perderla y no tengo deseos de cargarte hasta tu regimiento…
-¡Shhhhhh!- silenció el muchacho- no quiero perderme detalles de la conversación: mejor será que escuchemos su plática.
Natsumi vio a la mujer a la que aludía el alto de anteojos y casi se quedó sin respiración: una mujer alta, curvilínea, de tez blanca y de gestos muy delicados. Era de cabello negro azulado y sus ojos eran azules como zafiros.
Estaba afirmada del brazo del teniente que habían mencionado, pero el chico era algo retraído, por lo visto: ninguno de sus gestos hacían mención de la presencia de su acompañante.
-Bah, cursilerías: nada de lo que esperaba ver. Mejor tomo mis cosas y me voy de aquí…
Abarcó frutas y las metió en su bolsa, triste por no haber podido finalizar su picnic. Estaba por bajar del árbol, cuando pierde el equilibrio y se afirma paupérrimamente de una rama endeble.
Sus gritos alertaron al teniente, quien se deshizo del agarre de la muchacha: fue hasta el origen de los gritos, cuando se encontró con una muchacha afirmada del árbol, a punto de caerse.
-Ayúdame, por favor… No resisto más…- musitó Natsumi, con las manos sudadas, a punto de caer.
-Suéltate, muchacha: yo te tomaré…
No veía el rostro de la joven, hasta que dio con los ojos púrpura de la muchacha…
El corazón le latía muy rápido, pero pronto se reprendió mentalmente por el hecho.
En un instante, la muchacha se tiró y el joven trató de protegerla con su cuerpo: finalmente, Natsumi cayó encima del pobre muchacho, por lo que quedó inconsciente a causa del golpe.
-Oh, Dios: ¡lo he muerto! Vamos, hombre: por favor despierta- Natsumi intentaba volverlo en sí, zarandeándolo un poco.
Dio resultado: los ojos del muchacho se abrieron lentamente, hasta que la figura de la desconocida se formó ante sí. La mirada penetrante del muchacho hizo sonrojar a Natsumi, pues no le quitaba los ojos de encima. La mujer que lo acompañaba hizo a un lado a la bruna, preocupada por la reacción brusca de la desconocida.
-Dios, Tokairin: ¿te encuentras bien?
-Sí, sí: estoy bien… Sólo un poco mareado- ¿Eh?- veía a su alrededor, pero no habían rastros de la chica- ¿Y la chica?
-Je, je, je: el amor te golpeo en vuelo bajo, ¿eh?...- Kiohira le tendió una mano para levantarse: en cuanto se incorporó, salió inmediatamente en su búsqueda- ¡Hey, hombre: ven aquí, que no te esperaremos para celebrar!
No le dio importancia alguna a sus palabras: siquiera las había escuchado. Sólo tenía en mente esos ojos púrpura de la muchacha que había rescatado.
La encontró, pero seguía en persecución: la chica no paraba de correr, de perderse por cada callejón que tuviese a mano.
-¡Hey, para: quiero hablar contigo!
Era una vergüenza: cinco años de preparación en el ejército no hacán mella en la habilidad de Natsumi de escapar. La muchacha no bajaba el ritmo, sino hasta las afueras de la ciudad: al parecer, estaba agotada de escapar del muchacho.
-Vamos, que no te haré nada… Sólo quiero- ¡AHHH!
Interrupción: lo tiró al piso y se sentó en su espalda. Le hizo una llave que le comenzaba a causar dolor- ¡Quiero que me digas quién eres y por qué demonios me estás siguiendo!
-E-estás loca…- musitó el teniente, pero Natsumi afianzó la llave- ¡Ahhhhhh: de acuerdo, de acuerdo, lo diré pero YA SUÉLTAME!
Lo soltó en un instante: el teniente no podía creer la fuerza de la muchacha, mucho menos la reacción que iba a tener por la petición absurda que lo movió a seguirla.
-¿Y bien?- se sentó modo indio- Te estoy escuchando…
Shouji se dedicó a observarla: era bruna, de piel blanquísima y tenía unos ojos amatista puro. Fácilmente, le echaba unos cinco años de diferencia, en comparación con su propia edad. El pelo en coleta corta y su ropa era de estilo militar.
Nada, nada que alguno de sus compañeros o algún hombre se interesaran en observar.
Entonces, ¿qué: se quedaría como un tonto, esperando una respuesta que ni él mismo podía justificar?
No podía: tenía que saber, al menos,…
-… Tu nombre.
-¿Qué?- dijo la muchacha, extrañada por el comportamiento del joven.
-Necesito saber tu nombre: quiero que me lo digas…
-Eh, eje… Esto es aterrador, amigo: no tengo ninguna queja de ti, tan sólo—Natsumi se detiene a razonar- No me conoces, ¿por qué te interesaría conocerme?
Buena, muy buena pregunta: ¿por qué se empecina en conocer a alguien salida de la nada?
-…Porque me gustas.
Mala, malísima respuesta: minuto idiota que se le ocurrió dar pie a su primer desplante de personalidad.
Silencio. Ninguna reacción en los dos chicos…
De pronto, los labios de la bruna se ensancharon.
-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!: ¡tú, te gusto yo!... ¡Ja, ja, ja, ja!
Se revolvía en el piso, ante la expresión vergonzosa en el rostro de Shouji. No se esperaba tal reacción en la bruna, aunque no lo veía mejor que un rechazo.
-Ahhh, me cansé…- musitó la bruna, limpiándose las lágrimas a causa de tanto reír- Disculpa por molestarte… Pero ¿te doy un consejo?- le dijo, mientras se limpiaba el pantalón de la tierra: Tokairin la seguía observando- No lo digas frente a tu novia: además, se ve muy bonita como para que la dejes… Suerte a la próxima, ¡ahí te ves!
Dio unos tres pasos, cuando el teniente le toma el brazo, impidiendo que siga en su marcha: la bruna se dio vuelta hacia él y dio de lleno con una mirada cargada de sentimientos… Se sentía mareada, abochornada: no quería tenerlo cerca, sintió repelencia por su persona.
-Por favor, dime tu nombre…
-¡Ya basta, tío!: por dios, ya déjame tranquila…- intentó desasirse de su agarre, pero el muchacho persistía en detenerle- Voy a decírselo a tu noviecita: ¡a ver si te da más fuerte que yo!
-No es mi novia: sólo es una antigua amiga…
-Me importa un bledo: ¡que me sueltes, te digo! Ahhhh…-se tiró al piso, aún con el brazo apresado, mirándole con el ceño fruncido- Eres un dolor en el culo, ¿te lo habían dicho?
El joven sonrió. Se sentó a su lado, sin aflojar el agarre: parecía una fierecilla inquieta, y no podía dejarla ir… ¿Qué diablos le ocurría? Apenas y estaba cerca de la muchacha y todo el autocontrol del que se vanagloriaba tener iba al tacho de la basura.
-Tal vez, no con tanta ligereza: quizás lo hallan pensado…- contestó, a lo que Natsumi acabó sonriendo- ¿De qué te ríes?
-De lo irónico de esta situación: no quisiera ser tú, en cuanto tus superiores no den contigo…
Se levantó del lugar, aprovechando que Shouji la había soltado: el teniente despertó de su ensueño y fue tras ella.
-Hey, por favor: dime—
-Natsumi…- se dio vuelta a mirarlo- Natsumi Tsujimoto. Espero que no lo olvides…
Y desapareció, entre el follaje espeso del camino.
Desapareció, entre el paisaje y sus pensamientos abrumados con la remembranza de lo que ella evocaba: esa soledad inexplicable, ansias de algo en búsqueda…
Quizás ella pueda resolverlo.
Natsumi, Natsumi.
-… No lo olvidaré…
"-Fue la primera vez que lo vi: apenas y me rozó, sentí la potente necesidad de protección. No debía volver a verlo, aunque eso implicara el encerrarme en la burbuja a la que tanto detestaba. Temo el ser como ellos: arrastrarme en la cotidianeidad… Sé que, tarde o temprano, tendría que asumir el rol, pero prefería que fuese tardío…".
Cerró el diario: hace bastante tiempo ya que su paciente tenía la mirada ida.
No se pronunció por su abrupto corte: tan sólo se quedó meditando las palabras que había escuchado de sus labios, como un constructo mental…
Tal vez se sentía herido: herido por las palabras que Natsumi expresaba en su diario.
No le encontraba lógica a lo que estaba haciendo: un diario es algo personal, intransferible, tan sólo la persona puede descifrar lo expuesto en un par de líneas, y hasta llegaba a ocurrir lo contrario.
Quizás encontrara amoríos de ella con otros, sentimientos que debió haber plasmado de manera sutil, pero bah, ¡era un endemoniado diario!: ¿no era acaso que se tenía pleno ejercicio de colocar lo que se le viniera en gana?
-¿Estás bien, Shouji?
Asintió silenciosamente. Darle la espalda fue la clara señal de no desear hablar con nadie, hasta que la impresión pasara un poco.
-… Tranquilo: continuaremos después…
Se permitió besar su frente, como a un niño, y salió de la habitación.
Llegó el tercer día. Se cumplió el plazo para el abastecimiento y esperaba con ansias ver una cara desconocida: había creado un lazo más confidencial con su paciente y, debido a su dolor, no podía sino imprimirse de la melancolía y la pesadumbre ajena.
Yoriko se levantó: llegó hasta donde se encontraba la camioneta.
-¡Al fin!: hemos quedado casi sin ningún suministro…
-Perdona, es que los caminos fueron bombardeados: supongo que no han dado su mano a torcer… ¿Qué ocurre?
El muchacho era rubio, de ojos almendra, y tenía la tez algo bronceada. La muchacha quedó inmóvil: el muchacho desconocido tenía una imposición presencial que en su vida había sentido con alguien más.
-… Yo-ehhh…- estaba rojísima, tartamudeaba, con verborrea en su máxima expresión: por dios, ¿podía ser más evidente?- N-no e preocupes: entiendo la situación…
-Sí, claro…- el joven la miraba atentamente, lo que no aminoraba su nerviosismo-… Bueno, ¿en dónde debo descargar el suministro?
-Hey, ¡heeeeeeeeey!: te llaman a ti, mujer. Despavila.
-E-en… Camino a…- el chico la seguía mirando, sin que ella pudiese bajar sus nervios- Ahhh- bufó, resignada a pasar el oso (situación vergonzosa) de su vida- Sólo sígueme, por favor…
Pasaron por el frontis de la casa: subieron las escaleras y llegaron a la cocina. El joven dejó el par de cajas con alimentos: acto seguido, la siguió con la caja de los suministros medicinales.
Llegaron a la habitación de Tokairin. Estaba tapado enteramente, por lo que no hubo oportunidad para ver al paciente. Terminado el abastecimiento, Yoriko lo invitó a la cocina.
-Esto se ve impecable… Ah, muchas gracias- le contestó, al ver que le servía un vaso generoso de whisky- Me alegro ver que no han avanzado hasta este sector: ha de ser usted una mujer de temple, para estar sola con un paciente, en este terreno baldío…
El joven bebía gustoso lo ofrecido. Yoriko se sentó al frente, mientras cortaba pan para la cena.
-…Nada que no se gane con el tiempo: su apariencia lo engaña, pero usted es japonés. Debemos estar acostumbrados a esta soledad.
-Eso es cierto… pero ¡qué mal!, aún no me he presentado- se levantó del asiento, por lo que la bruna supuso que el alcohol ya hizo su efecto- ¡Kaede Fukusawa, ese es mi nombre!
-Je, je: ya veo… Mi nombre es Yoriko Nikaido: soy médico.
El joven le sonrió: nuevamente, se le vinieron los colores al rostro… Se abanicó con la mano, tratando de pasar el bochorno con la excusa del clima, pero se enteró pronto que el rubio no tenía puesta su mirada en ella…
Esa mirada: esa mirada era la misma que la de su paciente…
-Conoces a Shouji…
El muchacho levantó la cabeza, en dirección hacia la joven: ¿cómo lo supo?... Intentó no dar de lleno con el tema, pues era algo chocante tratarlo de buenas a primeras.
La muchacha, con una sonrisa sencilla, se acarició el cuello, con la vista esquiva-… Tienes ese mismo dolor que sus ojos: parece ser un deja vú…
Te equivocas…- Yoriko lo miró nuevamente, captando su atención-… Apenas y conozco a Shouji: yo—yo conocí a Natsumi…
El teniente abrió los ojos, miró a su alrededor: de pronto, una sombra se tornó bastante familiar…
-… ¿Qué haces aquí?- espetó Shouji, recibiendo una leve sonrisa del muchacho.
-Nada que te interese, hombre:… por lo menos, ¡ah!, nada que está ya aquí…- musitó con melancolía.
La furia del joven aumentó, si era ya posible.
-Quiero que te largues…
-… Eso no lo decides tú: ¡ajá!- tomó la foto de Natsumi: sus ojos se iluminaron al verla- Oh, Tokairin: eres un hijo de puta. Mira que recibir tal regalo…
Se sentía inmensamente inútil: ¿por qué no murió junto con ella, por qué seguía vagando en este mundo, si no tenía armas con qué defenderse?
Lo odiaba: odiaba a ese tipejo salido de la nada, odiaba todo lo que era remembranza del hombre que jamás volvería a ser.
-… Debes estar saltando de gusto…- dijo el teniente, a lo que Kaede volteó a verlo- El verme así, sin poder sacarte la cresta…
-En parte, pero no eres centro de mi universo, Shouji: y no, no me da gusto el verte allí, medio en vida… Debió haber sobrevivido ella…- contestó para sus adentros.
Ambos intercambiaron miradas: Kaede tenía algo que decirle, pero no conseguía armarse de valor.
-… Lo que tengas que decir, dilo ya, hijo de puta- hizo sobresaltar al rubio- Me cargan tus hilarantes conversaciones…
El rubio se sentó en la silla de madera, cerca de la cama del teniente: por su mirada, lo que iba a contarle no auspiciaba buenas noticias… Kaede se sacó el casco: revolvió sus cabellos, incómodo por tener que ser él quien le diera una noticia tan pesarosa.
-… Hace dos días me encontré con Takeshi…
La mirada del teniente cambió de forma abrupta: el blondo siguió con su discurso.
-Estaba en un bar, cercano a la ciudad: le di el pésame y estuvimos conversando un rato… Bueno, a lo que quiero llegar es que-… Hablamos de Natsumi: acerca de lo que va a hacer con su cuerpo…
No quería estar en el momento, pero los pasos de Yoriko se detuvieron al escuchar acerca de un tema tan delicado.
No quiso ser impertinente. Cerró la puerta y fue de vuelta a la cocina.
Retomó la tarea a medias que dejó para la cena: tomó el cuchillo y comenzó a rebanar las verduras. Estaba tan afanada en su labor, que no se dio cuenta y se pasó a llevar con el servicio.
Apretó su palma, de donde comenzó a salir sangre: justamente, Kaede ingresó a la cocina y vio tal herida.
-Dios, Yoriko…
-Itai…- musitó Yoriko, cuando sintió el contacto con el alcohol.
Sacó el algodón y comenzó a vendar la mano.
-No debieras descuidarte así: mira qué fea está… No puedo dejarlos solos: no, hasta que te recuperes de esto…
Pero Yoriko no veía la tan mencionada herida: sus pensamientos atravesaban el límite de carne y hueso que atendían su herida.
Se sentía extraña: la piel le hormigueaba con ese tacto tan cuidadoso. Vio de soslayo a Kaede, a ese tipo salido de la nada, el que le provocaba tales sensaciones con algo tan burdo, para su profesión, como el curar una herida casi superficial… y se dio cuenta de cuán vacía estaba su vida.
De golpe vinieron los recuerdos de abrazos, caricias, del sexo oculto en lugares públicos, ¡maldita sea, de un simple enlace de manos! Lo vetado, lo prohibido: no recordaba cuándo tomó la decisión de amargarse la vida.
Y las lágrimas bordearon sus ojos, y la herida aún escocía…
Tanto tiempo: tanto tiempo sin sentir la calidez de una mano amiga, de alguien que se preocupara por ella.
Kaede vio a la muchacha: tenía la cabeza gacha, y estaba llorando.
-L-lo lamento, Yoriko: ¿te duele mucho?- dejó de vendarla, para tomarla entre las suyas.
Ella asentía, sin dejar de llorar.
-"D-duele, duele mucho… Duele todavía… Hisashi…".
Continuará…
