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—Señor Holmes —dijo la señora Hudson, sacudiendo el hombro del detective dormido—. Un caballero que desea verlo.

Holmes rezongó y se sentó. Cogió el reloj de la mesa de noche y vio que era casi las ocho de la mañana.

"Debe considerar su caso bastante importante cuando se presenta a una hora tan intempestiva", pensó.

—Gracias, señora Hudson. Deme un momento para vestirme y lo recibiré. Ah, ¿a qué hora llegó Watson?

La señora Hudson se detuvo en la puerta.

—Aún no ha vuelto, señor.

—Qué raro —murmuró Holmes. Luego se encogió de hombros.

"Quizá perdió la noción del tiempo jugando al billar, decidió que era demasiado tarde para volver a casa y pasó la noche en el club."

Watson lo había hecho antes, pero ya hacía tiempo que no. Aun así, era la única explicación lógica para Holmes.

—¿Desea algo más, señor? —preguntó la señora Hudson.

Holmes meneó la cabeza y ella salió de la habitación. Se levantó de la cama con un suspiro y comenzó a lavarse. Esperaba que la historia del cliente no fuera demasiado larga, más que nada porque tendría que repetírsela a Watson cuando volviera.

Cuando Holmes acabó de vestirse, entró en la sala de estar y encontró a su cliente sentado ante el escritorio de Watson, ojeando los papeles que había en él. Era un hombre alto, de hombros anchos y piel morena. Tenía el pelo oscuro y rizado, y un bigote fino como un lápiz. Llevaba ropa de buena calidad, lo que indicaba que era de clase alta.

"Entonces, ¿por qué tiene más bien aspecto de jornalero?", se preguntó Holmes, perplejo y ligeramente molesto por el cotilleo del hombre.

Cuando el cliente vio a Holmes, se levantó y fue hacia él.

—Bien, señor —dijo—, es un honor conocerlo. He oído hablar mucho de su extraordinario talento, y me preguntaba cuánto habrá de verdad y cuánto de pura exageración. —Reparó en la expresión de Holmes y se apresuró a añadir—: Le ruego que me disculpe por mirar esos papeles del escritorio. Ya me han dicho en más de una ocasión que soy un cotilla terrible, pero la curiosidad siempre acaba superándome.

—Estoy seguro de ello —dijo Holmes con cierta impaciencia, levantando una mano para acallar al hombre. Ya era suficiente. Era hora de ir al grano—. ¿Su nombre, señor?

—¡Oh! Discúlpeme, he olvidado mis modales. Señor Peter Bryson, a su servicio —dijo, haciendo una reverencia. A juzgar por su forma de hablar, parecía ser un hombre bien educado, y en sus ojos brillaba una gran actividad mental.

—¿Qué asunto lo ha traído hasta mí? —preguntó Holmes, cruzando los brazos y apoyándose en la repisa de la chimenea.

El señor Bryson tomó asiento e hizo un gesto hacia la bolsa de papel que sostenía.

—Tengo aquí unas cosas que han llegado recientemente a mis manos. ¿Sería tan amable de echarles un vistazo?

—¿Hay algo inusual en ellas? —preguntó Holmes, cogiendo la bolsa.

Lo primero que sacó fue una levita de color tostado. Su propietario era, claramente, un escritor, como lo demostraba un desgaste de cinco pulgadas en el puño derecho y el área alisada junto al codo, donde el brazo descansa sobre el escritorio. Holmes experimentó una creciente sensación de pánico. Watson tenía una levita prácticamente idéntica. Exactamente del mismo color, con el mismo tipo de botones. Un agujero irregular en el hombro izquierdo atrajo su atención. La zona circundante estaba manchada de sangre, como si la persona que la llevaba hubiera sido atacada con un cuchillo.

"Es sólo una coincidencia —pensó Holmes, desesperado. Empezaba a costarle respirar—. Ésta no puede ser…"

Había algo en el bolsillo. Cuando Holmes vio de qué se trataba, le pareció que el suelo desaparecía bajo sus pies y se desplomó en su butaca.

Era un reloj de cincuenta guineas, con la bocallave llena de arañazos y las iniciales H. W. grabadas al dorso.