Ochocientas treinta y dos palabras según Word.
Este fic participa en el reto de Halloween del foro de Inuyasha:Hazme el amor.
Bueno, este segundo capítulo es corto, porque en sí tengo un número máximo de palabras que no debo superar y eso, sino aquí tuviera cerca de unas quince mil palabras o algo asi XD. Espero que les guste, dedicado a la personita que me dejó un review, se agradece :3 sin más, al fic.
Inuyasha iba sumamente preocupado por la actitud tan taciturna y poco normal de Kagome. En otros tiempos eso le hubiera parecido la cosa más feliz del mundo al verse librado de la irritante niña, pero no era el caso en ese momento. Acaso se sentía con la responsabilidad de velar por ella, acaso tenía miedo por la noche anterior cuando la encontró en la cascadita. Cualquiera que fuera lo tenía inquieto hasta tal punto de voltear a verla cada cinco segundos.
Miroku iba bebiendo té caliente, Sango no dejaba de regañar a Shippo que parecía enfadado con algo, e Inuyasha no paraba de ver a Kagome. La niña tenía clavada la mirada en una horrible muñeca de hilos verdes que encontrara la noche anterior; le sonreía y hablaba en suaves susurros. Sango no había reparado en ello porque iba demasiado ocupada refunfuñando su suerte al ver su vestido batido en fango al igual que sus botines.
Inuyasha sentía una mirada clavarse en él en ese preciso momento, y cuando viró su vista se topó con la penetrante mirada de Kagome, tan inquisidora y taciturna a la vez. Sintió que un escalofrio recorrió su cuerpo en ese momento, cuando conectó su mirada con la chocolatosa de ella. Regresó su vista al frente, porque tan inquietante momento le había puesto de los nervios, tanto que en todo el rato que duraron caminando no volvió a voltear a verla, pero sintiendo siempre la mirada clavada en su nuca.
I
Llegaron a un claro con las quejas de Sango de fondo al haber dejado a Kirara y los caballos solos en el claro donde habían acampado. En ese nuevo claro había una choza vieja cayéndose a pedazos, con un pequeño huerto en el jardín que indicaba vida humana.
Miroku fue quien se adelantó y tocó la puerta con extrema suavidad, temiendo tirar del golpe la decadente choza.
— ¡Largo!—la voz áspera y ronca indicaba que le habían escuchado, pero no recibiendo su mensaje de paz que significaba el haber tocado de esa manera.
—Somos unos viajeros en busca de un poco de descanso—dijo con tono conciliador, y casi muere del susto cuando la puerta se entreabrió y un ojo amarillento y casi lechoso se asomó por la rendija que dejó la puerta—Buenos días, ¿sería tan amable de darnos un poco de agua? La nuestra se nos acabó hace no mucho tiempo—pidió amablemente, pero de inmediato se dio cuenta que su cordialidad no funcionaría con aquella anciana al ver la mirada severa y escrutadora que le dedicaba.
—No tienen nada que hacer aquí, váyanse ahora que pueden—volvió a decir, con ansiedad filtrada en su voz rasposa, intentando cerrar la puerta siendo impedido por Miroku.
—Por favor, traemos niños—sonrió para sus adentros por la suspicacia de sus pensamientos al ver como la anciana abría un poco más la puerta para verificar lo dicho, observando primero a Shippo escondido en las faldas de Sango, después rotando su vista a Kagome, clavándose en la muñeca que la niña apretaba contra su pecho de manera mecánica.
Kagome también miró a la anciana, y esta de inmediato abrió por completo la puerta dándoles paso en silencio.
Inuyasha había seguido cada uno de los actos registrados, quedándose un poco confundido por tales acciones, más por la anciana que cualquier otra.
Era una vieja como supuso: arrugada, frágil y encorvada, luciendo ropas andrajosas como si no se hubiera bañado en semanas, el cabello grasiento y casi inexistente revuelto como nido de pájaros; daba la impresión de estar frente a un muerto viviente.
La mujer les dio agua, en el fondo del vaso podía apreciarse tierra estancada, quizás y nunca lavara los trastes esa mujer.
—No puedo dejar a Kirara sola, podría salirse del carruaje—Sango cada vez estaba más y más histérica, desquitándose con quienes se atreviera a siquiera verla—No puedo más, iré por ella—sentenció decidida, levantándose y alisándose el vestido.
—Nada de eso, querida Sango, no puedo dejarte ir, pronto anochecerá y no alcanzará la bujía que traigo—dijo Miroku, preocupado y reacio a dejarla partir. Sango se enfureció más.
— ¡Eso debiste pensarlo antes de dejar a Kirara sola en el carruaje! Ahora, sin importar las quejas dadas, me temo que me marcho, adiós—se dio media vuelta y dejó la choza a grandes zancadas, dejando en jaque a Miroku sobre si ir en pos de ella o esperar por su regreso.
Inuyasha notó que Kagome no estaba, lo cual de por sí ya era raro, agregando su comportamiento nada de eso tenía sentido y perderla de vista quizás fue su más grande y craso error.
Ni diez minutos pasaron cuando un grito desgarrador sumió todo en silencio. Miroku identificó la voz de Sango en él, temiendo lo peor y saliendo inmediatamente de la choza en pos de la joven, con Inuyasha pisándole los talones a gran velocidad.
Quizás y Sango siempre tuvo razón, no debieron llevar a los niños, mucho menos a Kagome.
¿Review?
