Capítulo 2: Compañeros
Notaron el cambio de temperatura nada más bajar del autocar. Desgraciadamente el viaje no era directo, y habían tenido que hacer escala en Singapur para luego tomar un barco que les llevó hasta la gran isla. El viaje finalizó con un interminable trayecto de 6 horas por carreteras sin asfaltar.
Pese a que el cansancio hacía mella en sus cuerpos, los dos jóvenes no perdían detalle del mundo que se presentaba a su alrededor. Niños de todas las edades de piel tostada y ojos finos, mujeres cargadas, vestidas de vivos colores, animales, vendedores ambulantes… todo era atrayente. Se podría decir que en aquel lugar se respiraba mucha más vida de la que ninguno de los dos había visto jamás.
Cuando llegaron al pueblo costero dónde estaban destinados ya era de noche. El guía los dejó en la entrada del hospital junto con sus maletas y se marchó. En la puerta, una esbelta mujer vestida de forma extravagante les esperaba con una amplia sonrisa.
- Si no me equivoco – empezó a hablar observándoles de arriba abajo – vosotros tenéis que ser los nuevos cooperantes. Tú – dijo mirando a Fay – me vas a dar problemas y tú – continuó señalando a Subaru – me los vas a solucionar. Pero tiempo al tiempo chicos, no queramos adelantar acontecimientos.
Los dos chicos se quedaron mudos ante tal recibimiento. Ya habían oído algo de las excentricidades de la que iba a ser su coordinadora, pero no sabían nada de aquella fuerza que destilaba que les impedía a ambos abrir siquiera la boca.
- ¿Os pensáis quedar ahí toda la noche muchachos? Los mosquitos van a pegarse un buen banquete
- Esto… ¿Usted debe ser la señora Ichihara verdad? – preguntó Fay reaccionando ante la verborrea de esa mujer – Muchas gracias por…
- Chicos, los formalismos después de la cena, que tengo un equipo médico con las tripas rugiendo. Y por cierto, llamadme Yuuko y mucho menos nada de "señora"
Y dándoles la espalda echó a andar hacia dentro del edificio.
Después de dejar las maletas en las habitaciones que Yuuko les indicó, llegaron al comedor, donde una mesa con cuatro hambrientos comensales esperaba su llegada. Todos eran jóvenes y varones, y sus edades rondaban entre los 20 y los 30 años. Fay y Subaru se miraron brevemente antes de tomar asiento. El futuro doctor estaba casi temblando de nervios y Fay solo deseaba no tener ningún problema con su popularidad. Solo eso.
Yuuko se situó en la cabeza de la mesa y se dispuso a hacer las presentaciones, que fueron recibidas por los asistentes con variadas reacciones. Había dos médicos, Kurogane y Seishiro, un fisioterapeuta llamado Domeki y un cocinero, al parecer autóctono, que respondia al nombre de Kimihiro. Los dós últimos los acogieron con una sonrisa, la del cocinero mucho más amplia que la del otro. Con los dos médicos la cosa fue distinta. Kurogane rehusó mirar a ninguno de los dos, he hizo un gruñido al ser presentado. Seishiro por el contrario saludó a los dos chicos, prestando especial atención al menor.
Hechas las presentaciones se dispusieron a cenar. El ambiente fue algo tenso, sobretodo por parte de los recién llegados, que no entendían el porqué de la fría actitud con la que habían sido recibidos. Además, Subaru tenía la sensación de que Seishiro no le quitaba el ojo de encima, lo cual le hizo estremecer levemente. Había algo en la forma de mirar de aquel hombre que le hacía sentir sumamente incomodo. Fay por su parte, intentó entablar conversación con Kurogane, por ser el que más cerca tenía, obteniendo únicamente más gruñidos por respuesta.
Al otro lado de la mesa, los dos más jóvenes parecían pasarlo genial, a su manera.
- El pescado está demasiado cocinado y a la ensalada le falta sal – comentó Domeki mirando a Kimihiro – Para mañana quiero okonomiyaki de fideos muy finos.
- ¿¿¿Pero tú quién te has creído que soy??? – exclamó el más pequeño dando un puñetazo en la mesa.
- Pues el cocinero – respondió el otro sin darle tiempo a seguir hablando, como si fuera lo más obvio del mundo.
- ¡Ya lo sé que soy el cocinero estúpido¡Pero no soy tu esclavo¿Te crees que cada día vas a comer comida japonesa¿¿Te crees que soy tu madre??
Domeki le miró con cara inexpresiva sopesando la respuesta.
- Pues…
- ¡Que no te lo pienses capullo! Era una pregunta retórica – exclamó Kimihiro al borde del colapso.
- Ah – respodió el otro únicamente.
- No os preocupéis por este energúmeno – explicó el cocinero mirando a los recién llegados – lo mejor es no hacerle mucho caso, es un colgado y un prepotente.
Una voz ronca sonó al otro lado de la mesa.
- ¿Solo eso pequeño¿No es nada más para ti? – preguntó Seishiro con un toque malicioso haciendo que Kimihiro se pusiera totalmente colorado – ¿Que opinas tú Kurogane?
- A mi no me metas en tus tonterías – respondió sin levanta la cabeza.
- ¿Qu…que queréis decir? Pero si ese estúpido no sabe hacer nada más que molestar y…
- Ya basta chicos, estáis dando una imagen pésima – intervino Yuuko poniendo fin a la vergonzosa situación a la que Domeki asistía impasible, como si no fuera con él – además, creo que ya va siendo hora de ir a dormir. Mañana nos espera un día duro.
Entre todos recogieron la mesa. Antes de salir por la puerta, Yuuko añadió:
- Sei querido, acompaña a Subaru a tu habitación que, también será la suya. Kurogane, tu lo mismo con Fay. Lo siento chicos, no hay más habitaciones libres, recordad que esto no es un hotel. Si tenéis algún problema, siempre podemos hacer reestructuración de espacios. Vosotros mismos.
Las quejas no tardaron en hacerse oir.
- ¡Estás loca si crees que pienso compartir mi dormitorio Yuuko!- gritó Kurogane furioso
Pero la directora del centro ya se había ido dejando a todos con la palabra en la boca.
- Bueno chicos, nosotros nos vamos a dormir. Veo que tenéis de qué discutir – dijo Domeki cogiendo a Kimihiro del brazo.
- A ti quién diablos te ha dado permiso para decidir por mi – gritó el otro intetando zafarse.
Domeki lanzó una mirada de soslayo a Kurogane, quién destilaba rabia por los cuatro costados y sin hacer caso de las increpancias de Watanuki, se lo llevó a rastras de allí.
- No sé porqué tienes tanto problema Kuro…- dijo Seishiro pasando un brazo por encima de los hombros de Subaru y arrimándose a él más de la cuenta – creo que deberíamos acoger a estos muchachos como se merecen. ¿Verdad Subaru?
- S…sí. Si usted lo dice – respondió totalmente rojo debido a la proxmidad del médico – sentimos causarles tantos problemas.
- O no.. no te preocupes, no eres un problema eres un …digo, es un placer poder contar con la ayuda de dos jóvenes tan guapos. Vámonos chico.
Y él y Subaru se fueron a la habitación. Antes de perderse de vista el estudiante giró la cabeza para echarle una mirada suplicante a Fay. Lo único que pudo hacer el rubio fue sonreirle ampliamente, intentando transmitirle calma y confianza… a pesar de todo, no era más que un chico tímido, la situación comprometida le ayudaría a aprender a desenvolverse. Además, por mucho que quisiera dar esa imagen, a Fay no le parecía que fuera mala persona.
Ahora solo le quedaba un tema por solucionar: su arisco compañero.
- Esta Yuuko parece tener las cosas muy claras, no es así? – preguntó tratando de romper el hielo mientra le seguía pasillo abajo
Como ya esperaba no obtubo ningun tipo de respuesta, pero eso no impidió que el chico siguiera hablando hasta la entrada de la pequeña cabaña donde pasaría el año siguiente. Si algo había aprendido después de tanto años de lidiar con la prensa, era a tener siempre recursos verbales a mano de los que servirse.
- ¿Dormimos fuera? Subaru y el otro médico se han quedado dentro del hospital ¿verdad?
- Mira chaval – dijo el moreno girándose por fin – si lo que quieres es un hotel de cinco estrellas donde te den la comidita en la boca te has equivocado de lugar. Aquí se veiene a trabajar duro y no a firmar autógrafos. Quiero que eso te quede bien claro. Si no es así, mañana no te quiero ver por aquí.
Y dejándole las llaves en la mano se fue en dirección al bosque, perdiéndose entre la espesura.
Tomando aire hondamente, Fay entró en la cabaña y se dispuso a instalarse. El habitáculo no era muy amplio, pero, a pesar de la parquedad decorativa, parecía muy acogedor. Kurogane no parecía un tipo muy dado a acumular pertenencias. Su cama estaba hecha con descuido y su armario, con las puertas entre abiertas, dejaba ver un caos de prendas mal colocadas. Lo único que le llamó la atención, a parte de la ausencia de fotos que lo relacionasen con una familia, fue una vieja espada de madera, apoyada al lado de su cama.
El joven suspiró y se metió en la cama. Había ocurrido justo lo que le daba más miedo que pasara, y sin embargo no estaba especialmente afligido. Quizás fue porque desde que vio al médico supo que no lo iba a tener nada fácil, parecía una persona muy dura y austera. Lo cierto era que no podía obligarle a que fuera su amigo, pero podía esforzarse en demostrarle que se equivocaba con su estereotipo, eso sí estaba en sus manos.
Finalmente decidió abandonarse al dulce sueño que tanto andaba necesitando, dejando las preocupaciones y las ilusiones descansaran el algún lugar de su mente, aguardando el despertar.
oOo
Kurogane llegó pasada la media noche. Su cuerpo empapado en sudor atestiguaba la hora que se había pasado corriendo. El deporte siempre lo había relajado y serenado cuando más lo necesitaba, pero parecía ser que aquella vez la cosa no funcionaba. Su cabeza seguía pensando en el porqué de aquella injusta situación. No contentos con traer a un niñato famoso y engreído al equipo, encima tenía que compartir su habitación con él. El último reducto de su intimidad.
Entró con sigilo intentando no despertar al ya dormido joven, no tenía ningunas ganas de mantener una conversación a esas horas de la noche y con ese mal humor que llevaba en el cuerpo. Lo que no pudo evitar fue quedarse observando al enfermero, la curiosidad tiraba demasiado. El joven dormía profundamente, con una respiración rítmica y acompasada. Las sábanas solo cubrian sus piernas y dejaban al descubierto el níveo torso del muchacho, que dormía sin camiseta. Labios entreabiertos y pelo revuelto caiéndo encima de sus ojos completaban el atrayente cuadro. Un leve sonrojo apareció en el rostro de Kurogane al observar que el joven era mucho más fuerte de lo que parecía a simple vista, no en vano era el ídolo de miles de adolescentes.
Ese pensamiento lo hizo volver a la realidad y reprenderse mentalmente por las estupideces que estaba pensando. De peor mal humor se fue a la ducha para luego volver y meterse en la cama. Intuía que Yuuko no le deparaba nada bueno al día siguiente…
