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II.
Natasha se despertó con el sonido de la lluvia golpeando contra los cristales. Era un ruido agradable, únicamente interrumpido por los suaves ronquidos de Clint a su lado. Se volvió sobre su costado para poder contemplarle mejor. Estaba tumbado boca abajo, con la mejilla apoyada sobre la almohada, dejando que un hilillo de babas se escurriera por la comisura de sus labios. Aún seguía desnudo después de las actividades carnales de la noche anterior y las sabanas se arremolinaban en su cintura, permitiendo que Natasha se regodeara en la vista de su espalda y sus magníficos brazos.
Yaciendo en aquella cama junto a su marido, deleitándose del calor que emitía su piel y escuchando su respiración acompasada al rumor de la lluvia, se sentía totalmente segura y confortable, casi en paz si es que se atrevía a usar esa palabra. Permaneció en aquella posición, observando, escuchando, disfrutando de aquel interludio de apacible calma.
Con la suavidad de una brisa, pasó sus dedos sobre el bíceps de Clint. Le acarició todo el largo del brazo, siguiendo a continuación por sus musculosos hombros. La respiración de él cambió bajo su contacto, indicándole que ya estaba despierto, aunque aún no hubiera abierto los ojos.
Sonriendo ante la holgazanería de su esposo, Natasha sustituyó sus dedos por sus labios, depositando un millón de diminutos besos por su columna hasta verse obligada a detenerse por culpa de la sábana que lo cubría.
—¿No has tenido suficiente anoche? —murmuró adormilado Clint, abriendo un ojo para verla.
Natasha rio contra su piel al oírle. Le propinó un último beso y se tumbó de nuevo en la almohada, cara a cara con él.
Clint no llevaba puestos sus audífonos así que ella se esforzó por vocalizar ampliamente para que este pudiera leer sus labios sin dificultad.
—¿Qué pasa, Barton? ¿Nos hacemos viejos?
La respuesta de este fue justo lo que ella estaba esperando. Clint refunfuñó sarcástico y se inclinó sobre ella, dejándola atrapada bajo su intensa mirada.
—Vas a ver lo que este viejo puede hacer —afirmó, besándola con alegría y confirmándole que estaba mucho más despierto de lo que aparentaba.
Ciertas partes de su anatomía también estaban bien despiertas, reconoció Natasha al sentir su creciente erección contra su muslo. Desde luego Clint era capaz de dormir como un lirón, pero cuando se despertaba lo hacía a lo grande, pensó Natasha agarrando su miembro y recorriendo todo su largo hasta que consiguió que estuviera duro y listo para la acción.
Sin hacerse esperar ya le tenía entre sus piernas, empujando contra su sexo de manera desesperada. Después de la noche que habían compartido, se sorprendió de que aún tuvieran fuerzas para repetir por la mañana.
Pero por muy cansada que se sintiera, no iba dejar de disfrutar de la sensación de tener a Clint dentro de ella. Su peso sobre su cuerpo, la calidez de su piel sobre la suya. Sus respiraciones jadeantes entrelazadas en el mínimo espacio que existía entre ellos.
Quizás esa era la razón por la que hacían tanto el amor, recapacitó Natasha. Quizás era porque necesitaban recordarse que seguían vivos, que el otro seguía vivo. En su trabajo, si había una certeza, esa era que nada era seguro. Nunca sabias cuando iba a ser tu último día, cuál iba ser tu última comida, tu último atardecer, tu último beso. Por eso intentaban aprovechar cada instante que compartían juntos como si fuera único, irrepetible. Como si no existiera el mañana.
No tardaron en alcanzar su clímax: el uno siguiendo a la otra en aquel íntimo éxtasis físico. Clint se desplomó sobre ella, dejándola atrapada bajo el peso muerto de su cuerpo. Natasha dejó caer una mano sobre la sudorosa nuca de él. Sus dedos acariciaban de manera distraída su corto cabello, manteniéndole pegado a ella lo máximo posible. Las bocanadas de aire cálido que Clint exhalaba contra su cuello, y que la dejaban con la piel de gallina, la hicieron olvidarse por completo de todo. Ni siquiera los bramidos de la tormenta que empeoraba afuera podían romper la paz que les envolvía.
Con músculos temblorosos por la sobrecarga sensitiva del reciente orgasmo, Clint se levantó sobre sus manos, liberando a Natasha de su peso y permitiendo que ella pudiera observarle con libertad. La respiración de él estaba aún agitada y sus ojos resplandecían con ese brillo de pura felicidad cuando ella le saludó, usando el lenguaje de signos.
—Buenos días.
La sonrisa de Clint se hizo incluso más amplia antes de volver a recortar la distancia y responderla en un susurró contra sus labios.
—Buenos días.
Al cabo de un largo rato, durante el que permanecieron tumbados en la cama sin hacer nada salvo disfrutar de la compañía, por fin se separaron perezosamente. A Natasha no le apetecía en absoluto levantarse, pero ya eran casi las nueve de la mañana y era hora de comenzar el día. Dejando a Clint holgazaneando cinco minutos más en la cama, Natasha se dirigió al baño y se metió en la ducha. El agua caliente resbaló por su cuerpo, relajando sus músculos y recargando sus energías.
Mientras disfrutaba de la cálida sensación del agua cayendo sobre su rostro, oyó la mampara de la ducha deslizarse, dejando que una breve corriente de aire frio se colara. Al instante siguiente los fornidos brazos de su marido se abrazaban a su cintura por detrás.
—Oh, por Dios santo, Clint. Eres insaciable —observó con fingida exasperación, girándose entre sus brazos para encararle.
Él respondió con una risa profunda, que reverbero entre los azulejos del baño, en cuanto percibió el tono que ella había usado; indicándole de ese modo que ya se había puesto sus audífonos antes de entrar a la ducha. Clint y su paranoia, pensó Natasha. A pesar de todo el tiempo que había transcurrido desde aquel aciago día en el que se quedó sordo, aún había momentos puntuales de su rutina diaria en los que se seguía sintiéndose tremendamente inseguro por su discapacidad. La ducha era uno de los peores, daba igual que Natasha estuviera en la otra habitación o junto a él bajo el grifo, como era en esa ocasión. El que no fuera capaz de oír si alguien entraba en el baño mientras estaba en una posición tan indefensa era algo que le volvía loco. Natasha había intentado acallar sus temores una y otra vez pero, después de mucho insistir y discutir inútilmente con él, acabó llegando a la conclusión de que valía más exigir al departamento de intendencia de SHIELD que le abastecieran con audífonos ultra resistentes al agua que intentar convencerle de que nadie tenía interés en atacarle mientras se enjabonaba sus partes íntimas.
—No seas mal pensada —corrigió, apartándola el cabello mojado y dándole un breve beso en el cuello—. Estaremos en un equipo de superhéroes pero yo sigo teniendo los mismos tiempos de recuperación que cualquier hombre corriente. Solo vengo a ducharme—. Disimuladamente, sus traviesas manos se deslizaron por el cuerpo de Natasha, hasta posarse sobre sus pechos—... Y quizás a toquetear un poco.
Ella le propinó un codazo en el costado y se volvió hacia el chorro de la ducha, ignorándole.
—Qué vergüenza —se quejó Clint—, encima que estoy intentando ahorrar agua.
Natasha resopló sarcástica y le pasó el bote de champú.
—¿Desde cuándo eres un comprometido con el medio ambiente?
Sin necesitar indicación alguna, Clint abrió el bote y comenzó a esparcir el champú por el pelo de ella, masajeando con cuidado su cuero cabelludo.
—Desde que Banner empezó a impartir sus charlas semanales sobre el cambio climático, las aguas eutrofizadas y los osos polares amarillos.
Natasha se giró y le miró por encima del hombro, con una mirada de absoluto escepticismo.
—¿Osos polares amarillos?
—¡Yo que sé! —respondió él, obligándola a que se diera la vuelta para poder enjuagar su largo y sedoso cabello—. A esas alturas mi cerebro hacía rato que había desconectado. Ya sabes que me gusta guardar una distancia de seguridad cuando Banner se empieza a volver verde. Ya sea tanto la versión que arrasa bunkers, como de la que intenta hacernos comer arcilla.
—¡Es tofu! —objetó ella sin poder evitar soltar una sonora carcajada ante las bufonadas de su marido.
Clint se encogió de hombros y sustituyó a Natasha bajo el chorro cuando esta terminó de aclararse.
—Lo mismo da.
—No tienes remedio —dijo Natasha negando con la cabeza.
—Ni falta que hace—replicó él, ganándose una cariñosa colleja en respuesta.
Natasha abrió la mampara de cristal y se envolvió en un mullido albornoz en cuanto puso un pie fuera. Se aproximó hasta el lavabo y lo desempañó con una mano. No la apetecía secarse el pelo así que se limitó a pasarse una toalla por encima para quitar la humedad y peinarlo luego de manera casual. Dejando el peine a un lado, abrió una de las puertas del mueble y sacó el tarro de crema hidratante. En lo que ella acababa de aplicarse la crema por las piernas, Clint terminó en la ducha y, ataviado sólo con una toalla atada a la cintura, se unió a ella junto al lavabo.
—Me voy a desayunar —informó Natasha, guardando el bote en el armarito.
Clint respondió con un murmullo distraído mientras dejaba que la pila se llenara de agua tibia y buscaba la cuchilla de afeitar en un cajón.
Sin saber muy bien porqué Natasha se acercó hasta él y se inclinó sobre sus punteras para besarle con ternura en la mejilla.
—¿Y eso? —preguntó sorprendido Clint, con una sonrisa que le iluminó todo el rostro.
—No sé —respondió ella devolviéndole la sonrisa—. Supongo que es porque te quiero.
Clint alzó una ceja y la miró socarronamente.
—¿Supones?
Apartándose de él, Natasha le dejó para que terminara de asearse. No sin antes soltar el albornoz, dejando que este se deslizara por su desnudo cuerpo y acabara hecho un gurruño a sus pies. Dándose la vuelta y aplicando un exagerado contoneo a sus caderas, abandonó el baño y cerró la puerta tras de sí. No necesitaba mirar atrás para saber el efecto que sus acciones estaban teniendo sobre Clint.
—¡¿Cómo es posible que recién salida de la ducha ya estés jugando sucio?!
No pudo evitar reír de buena gana cuando le llegó la indignada voz de él desde el otro lado de la puerta.
Mientras Clint seguía en el baño, seguramente planeando su venganza contra ella por dejarle como le había dejado, Natasha se vistió y se dirigió a la cocina. Lucky saltó de inmediato hacia ella para darla los buenos días en cuanto puso un pie en el pasillo.
—Buenos días, perro—le saludo acariciando brevemente su cabeza.
Juntos entraron en la cocina, donde una ansiosa Liho ya la estaba esperando, apostada junto a la ventana. La gata maulló con impaciencia cuando la vio, provocando que Natasha sonriera ante la puntualidad del animal.
—Buenos días a ti también.
Liho no sería su gata oficialmente, pero eso no impedía que el pequeño animal se pasara la mayor parte de su tiempo en el apartamento. Iba y venía cuando la apetecía, a veces ausentándose durante días, pero al final, de un modo u otro, acababa regresando. Siempre retornaba en busca de aquel lugar donde la comida, el descanso y el cariño la esperaban con brazos abiertos pasase lo que pasase. Natasha entendía a la perfección a aquella gata.
Natasha puso la cafetera en marcha y recogió los cuencos de comida de los dos animales. Estaba rellenando el de Lucky cuando su móvil comenzó a vibrar en uno de los bolsillos de la chaqueta que llevaba puesta. Dejó el cuenco en el suelo y metió la mano en el amplio bolsillo. La chaqueta le quedaba enorme, ya que era de Clint, y las mangas amenazaban con engullir sus esbeltas manos por lo que tuvo que remangarse antes de poder contestar al aparato.
—Hey, Natasha —saludó la voz al otro lado de la línea—. ¿No te habré despertado, no?
—No, tranquilo. ¿Qué sucede Steve?
—Tengo una misión para ti y para Barton —informó Steve yendo directamente al grano—. Necesito que os encarguéis de un proveedor de Hydra y su intermediario. El objetivo es interceptarles antes de que lleven a cabo el intercambio en Zadar, Croacia. Te mandaré todos los detalles antes de mediodía, pero necesito que salgáis esta noche como muy tarde.
Natasha miró al reloj de pared de la cocina. Aún no eran las diez de la mañana. Iban a ir justos de tiempo si querían tener todo preparado para llegar a Croacia al día siguiente, pero era factible. Todo dependía de su habilidad para convencer a Clint para ponerse en marcha y que no se distrajera.
—Sin problema—confirmó, con tono seguro—. Dalo por hecho.
—Afirmativo. Manteneos a la escucha y no bajéis la guardia —dijo Steve a modo de despedida, desconectando la llamada.
Natasha entornó los ojos y colgó el teléfono. Steve siempre tan conciso y marcial. Era como si a veces se le olvidara de que ya no seguía en el ejército. Había mejorado mucho en los últimos años, sobre todo tras la caída de SHIELD. Poder depender de sí mismo y no tener que dar explicaciones de sus actos a nadie le había ayudado mucho a poder reconstruirse como persona. Natasha se sentía orgullosa de él. A decir verdad, se sentía orgullosa de todo el equipo. Era todo un logro ver como unas personas tan destrozadas habían conseguido sobreponerse a sus demonios y construido algo bueno, algo por lo que merecía la pena luchar.
En su caso particular, Natasha ya no sentía la vergüenza y la culpabilidad que siempre la habían acompañado hasta entonces. Ya no era un simple verdugo al servicio de los intereses de otros, se ocultaran estos bajo las siglas del KGB o de SHIELD. Por primera vez podía salir a la calle y caminar con la cabeza alta, segura de que después de haberse equivocado tanto y destruido de manera indiscriminada, por fin estaba haciendo algo que era auténticamente bueno, estaba enmendando sus errores y devolviendo al mundo todo cuanto había quitado. Por fin podía mirarse al espejo cada mañana y ver esperanza en sus ojos.
La entrada de Clint por la puerta de la cocina la distrajo de sus pensamientos. Natasha se guardó el móvil en el bolsillo y retornó su atención a la rebosante cafetera.
—¿Quién era? —preguntó Clint acariciando a Lucky detrás de las orejas, antes de encaminarse hacia la alacena.
—Steve—respondió ella, sirviéndose una taza de café—. Quiere que atemos un par de cabos sueltos que Hydra tiene en Croacia. Nada complicado, una misión rápida de eliminación.
—Trabajo, trabajo —desestimó él sin darle mucha importancia, y continuó rebuscando por la alacena—. ¿Quedan más cereales de esos de copos chocolate con glaseado de azúcar de colores?
En lugar de contestar, Natasha se limitó a observarle con una mirada contundente.
—¿Qué? —preguntó él cuando se dio cuenta de la expresión de su esposa.
—¿No ibas a afeitarte hoy?
—Ya lo he hecho—replicó confuso, llevándose una mano a la mejilla.
Natasha entornó los ojos y se acercó hasta él. Le tomó del mentón, señalando la descuidada mata de vello que oscurecía su barbilla.
—Afeitarte de verdad.
—¿Qué tiene de malo mi perilla? —preguntó contrariado, adoptando a continuación una mirada digna de un cachorrito mojado—. Es elegante, es clásica, es…
—Es digna de un cuento infantil ilustrado —interrumpió ella, enarcando una ceja.
Clint refunfuñó y se volvió hacia el armario, retomando su búsqueda de cereales sobre-azucarados.
—Tu no-gata te está pidiendo el desayuno, mujer—le dijo, sin sacar la cabeza del armario, cuando Liho comenzó a maullar con más insistencia.
Natasha rio por la nariz y dejó su taza de café sobre la encimera antes de coger el abrelatas y abrir una lata de comida para gatos.
—Y tu perro quiere salir a la calle a hacer sus cosas —le contestó dándole una palmada en el trasero cuando pasó a su lado—. Llévate un paraguas, "querido".
X.
No le sorprendió despertarse solo en la cama. Aunque en ese momento estuvieran enfadados, no era raro que Clint amaneciera con el otro lado de la cama vacío y frío. Natasha era una madrugadora nata. Le encantaba despertarse antes de la salida del sol y empezar su día cuanto antes; generalmente saliendo a correr un par de horas, antes de ir a desayunar. Clint, no obstante, era el completo opuesto. Estaba seguro que en otra vida había sido una marmota. Natasha solía bromear con que, si hubiese podido, Clint no habría dudado un segundo en casarse con su cama en lugar de con ella.
Por unos minutos permaneció recostado sobre su espalda, tapándose los ojos con el brazo e intentando volver a conciliar el sueño. No se encontraba cansado, pero tampoco se sentía reposado. Era una sensación extraña. Una sensación que llevaba acompañándole desde hacía… ¿desde hacía cuánto?, se preguntó con confusión. Clint apartó el brazo de su rostro y abrió los ojos, extrañado. Ahora que lo pensaba ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que durmió en su cama.
Sin previo aviso, el dolor de cabeza de la noche anterior regresó con una potente punzada, aunque esta vez también vino acompañado de una extraña presión en el pecho. Era como si le hubieran pegado un puñetazo y se hubiera quedado sin aliento. Clint tuvo que cerrar los ojos con fuerza y esperar a que la jaqueca amainara.
Después de unos interminables minutos, el dolor remitió hasta volverse una ligera molestia en el fondo de su mente. Tanteando con el brazo la mesilla de noche, Clint recogió sus audífonos de alta tecnología y se los colocó con cuidado en los oídos. Poco a poco la distorsión inicial fue disipándose y los sonidos cotidianos de la mañana se volvieron distinguibles.
Levantándose de la cama, volvió a vestirse con la ropa del día anterior y se encaminó hacia el baño. Giró la manilla del grifo, dejando caer el agua libremente durante un minuto mientras observaba con la mirada perdida como fluía hacia el sumidero. Abandonando su contemplación se inclinó sobre la pila. Metió la mano bajo el chorro y recogió el agua en su palma para a continuación levantar la mano y mojarse la cara. Volvió a remojar la mano bajo el grifo y esta vez se pasó la palma por la nuca, refrescando y aliviando la tensión de sus músculos.
Exhaló aliviado antes de levantar la cabeza y ver su reflejo en el espejo. Alzó la mano izquierda y con la punta de los dedos se tocó el mentón. Las yemas pasaron sobre el áspero vello facial que cubría de manera irregular su barbilla para acto seguido subir lentamente hacia su mejilla. Sin poder evitarlo su boca se abrió de par en par, profiriendo un enorme bostezo.
De repente su imagen en el espejo parpadeó de forma similar a como lo haría un holograma con interferencias. Clint se apartó de un salto del lavabo. Por un momento no fue capaz de reconocer al hombre reflejado frente a él. Había algo extraño en el Clint del espejo, quizás fuera su mirada apagada, quizás su expresión ausente; fuera lo que fuera le resultaba imposible asociar su reflejo consigo mismo. Era como si la imagen en el espejo perteneciera a otra persona, como si estuviera disociada de su persona.
Cerró los ojos, sacudiendo la cabeza de lado a lado intentando borrar esa imagen de su mente. Se inclinó de nuevo sobre la pila y volvió echarse agua por la cara para despejarse. Tenían que haber sido imaginaciones suyas. La noche anterior había sido emocionalmente dura y ahora le estaba pasando factura, se aseguró a si mismo sin mucha convicción.
Antes de salir del baño, echó un último vistazo al espejo. Se dio por satisfecho al ver solo su reflejo en la superficie del cristal. No más interferencias ni más miradas perturbadoramente inescrutables, solo el Clint de siempre con ese brillo travieso en los ojos, con sus arrugas y cicatrices, con su piel tostada bajo el sol y curtida por el continuo trabajo al aire libre.
De camino a la puerta del dormitorio, un brillo metálico sobre la cómoda llamó su atención. Su cartera y su cuchillo de caza favorito, aquel que Natasha le había regalado por su cumpleaños años atrás, descansaban sobre la nacarada madera del mueble junto a las fotografías y figurillas decorativas que siempre ocupaban ese lugar. No obstante, ahora un extraño y pequeño objeto metálico se había unido a la colección. Observando con más detenimiento, advirtió que se trataba de un anillo plateado. No. Un anillo, no. Era una alianza de boda, similar a la suya.
Confuso, Clint se llevó rápidamente su mano al pecho y comprobó que, en efecto, la banda de oro blanco seguía colgando de la cadena alrededor de su cuello.
Sin embargo, ahí estaba ese otro anillo; exacto en todos los detalles, desde el tamaño hasta el más mínimo arañazo. Estirando los dedos con curiosidad, Clint se dispuso a inspeccionar el misterioso anillo con más detenimiento.
El inesperado y furioso bufido de Liho le sobresaltó. Clint pegó un brinco y buscó a la gata a su alrededor. Liho estaba apostada sobre las estanterías junto a la cómoda. Su pelaje estaba erizado y sus ojos, abiertos como platos, permanecían fijos en Clint.
Se miraron por unos instantes en tenso silencio hasta que, sin casi darle tiempo a reaccionar, la gata saltó sobre él y salió como un rayo por la puerta del dormitorio. Algo la había asustado, pero Clint no podía imaginar el qué. Los gatos se le presentaban como animales demasiado complejos como para intentar buscarle lógica a su conducta a esas horas de la mañana.
Clint se frotó la cara con la mano y echó otro vistazo al anillo sobre el mueble. Era muy temprano para empezar con los misterios sin resolver, pensó dando otro bostezo y encaminándose a la cocina en pos de una gran y humeante taza de café.
Entró en el salón con paso perezoso. De inmediato reparó en el portátil de Natasha y los montones de papeles sobre la mesa de café. El móvil de ella estaba posado, actuando como una especie de pisapapeles improvisado, sobre un mapa de las Islas Feroe y lo que parecían los planos de un bunker. A un lado del sofá, en el sitio en el que Clint solía sentarse, una gran bola de pelo castaño descansaba ajena a todo cuanto le rodeaba. Con una media sonrisa, Clint se acuclilló junto al dormido animal y suavemente le pasó una mano por el lomo. Ante el inesperado contacto Lucky abrió de par en par el único ojo que tenía bueno. Al momento, Clint percibió una extraña tensión en el perro; como si estuviera a la espera de un ataque invisible. Otra cosa rara más que apuntar a la lista, pensó Clint observando al animal tumbado frente a él.
—Hey, campeón. ¿Desayunamos y vamos a la calle? —propuso en voz baja. Si el perro estaba inquieto lo último que debía hacer era excitarle más hablándole a gritos.
No obstante, aunque el perro levantó las orejas ante la mención de la calle, no hizo ningún amago de ponerse en pie. Continuó tumbado, soltando de vez en cuando algún suspiro que, si no fuera porque era imposible que un animal expresase esos sentimientos de ese modo, Clint juraría que parecían de melancolía.
—Vamos Lucky, ¿tú también estás enfadado conmigo? —preguntó, agachándose más hasta quedarse apoyado sobre sus codos, a escasos centímetros del hocico del perro.
—Venga, chico. Entiendo que Liho se alíe con Natasha, pero ¿et tu brute? —bromeó, usando una de las frases en latín que Natasha le había enseñado años atrás. Un pequeño gemido y el casi imperceptible movimiento de una oreja fueron la única respuesta que recibió del can.
Clint se puso en pie y por unos momentos contempló a su perro. Lucky estaba inmóvil, echado sobre el cojín con las orejas gachas, la cola escondida y una mirada apagada en el ojo. Era obvio que el animal estaba triste. Pero por qué, se preguntó preocupado Clint. Las únicas veces que le había visto así de tristón era cuando Natasha o él pasaban mucho tiempo fuera de casa o cuando algo le dolía. "Quizá fuera eso", se dijo Clint volviendo a acuclillarse junto al perro, quizás se había vuelto a empachar y le dolía el estómago.
—Lucky… venga, arriba.
Clint intentó agarrarle del collar, pero antes de que pudiera tirar de la cinta de cuero, el perro se revolvió con violencia y le enseñó los dientes con un agresivo gruñido.
—¡Vale, tranquilo! —exclamó Clint, apartándose con cuidado del inquieto animal. Dejó que este saltara rápidamente sobre sus cuatro patas y corriera hacía la cocina.
Frotándose la mano que casi le muerde, Clint miró hacia el lugar donde había desaparecido el perro. No comprendía que acababa de pasar. Lucky jamás le había enseñado los dientes, ni siquiera le había gruñido en todo el tiempo que llevaban juntos. Y no obstante esa reacción… Era como si estuviese asustado, como si en el mismo instante en el que los dedos de Clint hicieron contacto con el pelaje del perro, este hubiera sentido un ataque de pánico que había disparado sus instintos más básicos de supervivencia: atacar y huir.
Irguiéndose de nuevo, Clint hizo su camino hasta la cocina. Fue allí donde encontró a Natasha, apoyada junto a la encimera y con la mirada perdida en la tetera al fuego. Era más que seguro que en su distraído estado ni siquiera se hubiera percatado aún de su presencia ni de Lucky en la habitación.
Con una lentitud más cautelosa de lo normal, tomó asiento en uno de los taburetes de la cocina. Desde esa posición observó al perro tumbarse, echo una bola, a los pies de Natasha.
Al poco tiempo la tetera comenzó a silbar y Natasha la retiró del fuego. No había terminado de sacar el tarro de té del armario cuando el timbre del móvil llegó desde el salón. Natasha se tomó su tiempo en ir a recogerlo. Cuando regresó a la cocina tiró el móvil, ahora en silencio, sobre la mesa de desayuno junto a Clint y retomó la preparación de su té. Al cabo de un par de minutos el aparato volvió a sonar. Clint inclinó el cuello para ver el rostro de Steve en el indicador de llamada. El timbre sonó y sonó, pero Natasha no se movió ni un palmo para responder. Clint siguió con la mirada a su esposa mientras ella rebuscaba entre los armarios el azúcar y una taza limpia.
—¿No vas a contestar? —preguntó con curiosidad, mientras tamborileaba sus dedos sobre la mesa.
—Natasha —insistió, poniéndose en pie.
Caminó la pequeña distancia que les separaba y se apoyó contra la encimera, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Sé que estás enfadada conmigo, pero no tienes porqué ignorar al buenazo de Steve también. Piensa en los ojitos de cachorrito mojado que seguro que está poniendo ahora —bromeó pobremente, inclinándose hacia ella con una media sonrisa.
Natasha contuvo un suspiro y detuvo su búsqueda en cuanto puso sus manos sobre la única taza limpia que quedaba en el armario. Clint reconoció al instante la vieja taza púrpura. La superficie cerámica estaba surcada de rajas y pegotes de cola adhesiva, consecuencia de las innumerables veces que la taza se había roto a lo largo de los años. Natasha le insistía que se deshiciera de ella cada vez que se volvía a romper, pero él siempre protestaba que aquella era su taza favorita y mientras siguiera cumpliendo con su misión de contener líquidos calientes, no se iba a deshacer de ella solo por unas pequeñas fracturas más.
El gemido lastimero de Lucky le hizo apartar la atención de la taza y centrarse en su esposa. En un segundo Clint se dio cuenta de que algo muy malo volvía a suceder con ella. Natasha se había quedado congelada en el sitio. Su mirada estaba fija en la taza que sostenía entre sus temblorosas manos. Su rostro era indescifrable, pero en sus ojos volvían a estar ensombrecidos por esa emoción contenida que Clint había visto la noche anterior.
—¿Qué ocurre? —preguntó con preocupación, acercándose más y posando su mano sobre el brazo de ella—. ¿Nat?
Un escalofrío recorrió el cuerpo femenino en cuanto sus ásperos y curtidos dedos hicieron contacto con la piel de ella.
—¿Por qué me haces esto Clint? —susurró Natasha sin apartar la vista de la taza—. No es justo. No tienes ningún derecho a hacerme pasar por esto sola.
Confuso ante sus palabras, Clint buscó en la expresión de ella alguna pista. Pero solo halló rabia y desolación en sus ojos.
—No estás sola —dijo finalmente, tratando de ignorar el nudo en el estómago que la expresión de Natasha causaba en él.
Apurando su suerte, Clint se arriesgó y apoyó con cuidado sus manos sobre la cadera de ella, Natasha exhaló un quebradizo suspiro, casi como si estuviera conteniendo las lágrimas, en el momento en el que la respiración de él la acarició el cuello.
—Por favor, Tasha. Si no me dices qué he hecho no puedo solucionarlo —suplicó Clint, apoyando su frente contra la espalda de ella y acariciando con los pulgares la pequeña fracción de suave piel que quedaba al descubierto entre la cintura del vaquero y la blusa—. Por favor, háblame. Dime algo. Por favor…
