OVA - PEQUEÑOS DRAGONES

Nota: Esta historia corta no guarda relación alguna con los acontecimientos ocurridos en el libro 1, así como tampoco afecta otras historias. Es solo diversión y entretenimiento para las autoras, para los fanáticos de Entre Tus Garras y para cualquier lector.


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—No…, no…, no…, no… ¡Mierda, no! —Siguió rebuscando en su armario, en los tarrones y cestas. ¿Cómo era posible que no tuviese la valeriana en su despensa? ¡Era inadmisible! La valeriana, preparada cuidadosamente, era un somnífero casi mortal –exagerando un poco. Era una de las principales que debía tener, incluso la cicuta estaba allí.

Kenshi salió de su propio taller. Tenía que apresurarse en encontrar la valeriana y volver pronto. Pero tampoco debía descuidar el caldero donde preparaba una infusión. Maldita sea. Kenshi cruzaba la esquina de un pasillo cuando se topaba con Shin y Yuki.

—¡Fuera de mi camino! —Les apartó de un empujón.

—¡Oye! —se quejó Shin. Yuki optó no decir nada.

—Estor… —Se detuvo al ocurrírsele una idea—. Tú, enclenque, ve a buscar unas cuantas ramas de valeriana —ordenó a Yuki. Eso podría permitirle quedarse a cuidar de la infusión.

—¿Valeriana? —Yuki frunció el ceño— ¿Para qué quiere…?

—Te debe importar un cuerno lo que yo quiera con ella es una orden. Que tu hermano de pacotilla te acompañe. Vayan. ¡Ahora! —gritó.

—Sí, sí, ya escuchamos. Qué carácter. —Shin desdeñó. Cuando cambiaron de rumbo, Kenshi volvió a empujarles al cruzar entre ellos para volver a su taller.

Por el camino entre el bosque, Yuki y Shin veían a su alrededor atentos a la planta. Yuki sabía que Kenshi tenía un cultivo de ellas en una zona más allá al lago, donde podría recibir buena sombra, agua de lluvia y un ambiente aceptable para su crecimiento.

—¿Siempre ha tenido ese humor de perros?

—Cuando está preparando algo, sí. Odia profundamente que le interrumpan. Ni siquiera su padre puede hacerlo.

—Alguien debería darle una lección —refunfuñó Shin.

Buscaron un par de minutos más hasta que Yuki divisó el campo. Shin, quien llevaba la cesta, cortó un par de plantas y las fue colocando dentro. Luego le pasó la cesta a Yuki para que siguiera cuando se cansó de oírle quejarse por lo mal que cortaba las hierbas.

—Encárgate tú, entonces, si tan bien las sabes cortar.

Shin caminó por el campo unos metros más allá a donde estaban las valerianas cuando encontró un raro nido con huevos.

—Vaya… —De por sí Shin no era alguien tan interesado por los animales sino la supervivencia. Supuso que no sería problema cocinar algún huevo. Podría darle uno a Yuki, quizás al chico le gustaría empollarlo a ver qué animal sale del cascaron, él no era bueno identificando huevos.

Alzándose de hombros, los agarró y se los llevó.

—Shin, ya estamos listos. —Yuki se irguió y volvió en busca de su hermano mayor. Su ceño volvió a fruncirse cuando le vio unas cosas ovaladas en sus manos—. ¡Devuelve esos huevos!

—Ni hablar. Quiero hacerme un desayuno.

—No puedes comerte huevos que no sabes de qué son. Podría ser peligroso, incluso podrían estar ya desarrollados.

—Eso lo veremos cuando los vaya a freír. Toma. —Colocó los demás en la cesta, y le dio uno a Yuki—. Puedes empollarlo y ver qué sale de él.

Ignoró a Yuki y sus reprimendas durante el camino de regreso. Yuki mantuvo su huevo contra su pecho para mantenerlo en calor, ya que Shin no le dejó recuperar los demás. Tomó sus huevos, y fueron a llevarle la cesta a Kenshi. Claro que no esperaron que este se fijara en los huevos de inmediato y su ceño compitiera con el de Yuki.

—¿Quién demonios les dijo que tomaran huevos ajenos? ¡Vayan a devolverlos de inmediato!

—Yo los encontré. Seguro pueden comerse.

—¡Estás loco! ¿Cómo se te ocurre tomarlos así? ¡Son las crías de algún animal del bosque!

—Ahora son mi almuerzo.

Kenshi siguió peleando con Shin, prácticamente olvidándose de su infusión y la valeriana hasta que llegaron a la cocina. Aunque Yuki lo sabía, Kenshi le ordenó no devolverle el huevo. Sin embargo, totalmente arto y perdiendo la paciencia, Shin cascó un huevo sobre una olla caliente que ya estuvo preparando, el siseo del metal cuando el huevo cayó en él sonando junto a los otros cuchicheos y ruidos que hacían los sirvientes en la cocina.

—Eres un maldito animal, bestia —farfulló Kenshi.

—Shin, no debiste hacer eso.

—Ya cállense. Dame acá, yo encontré eso —dijo a Yuki.

—¡No se lo des! —gritó Kenshi, sosteniendo a Shin para que no le quitara el huevo—. ¡Yuki, enclenque tarado! —Kenshi le fulminó con la mirada luego de que Shin le arrebatara el huevo.

—¡Me hizo cosquillas!

—Idiota.

Notando algo raro en el huevo, Shin lo sacudió un momento y maldijo en su mente. En vez de hacerlo caer en el sartén, Shin buscó un bol para hacer una prueba. El grito de Yuki de "No" y un movimiento de Kenshi, evitó que Shin errara y, aunque la cáscara se abrió, algo negro salió de él que Yuki atinó a atajar.

—¿Qué ha sido eso?

Yuki, estático, logró reaccionar a tiempo al ver lo que estaba en sus manos. Antes de que Kenshi o Shin se acercaran, salió corriendo de la cocina.

—¡YUKI! —gritó Shin.

Kenshi le miró feo.

—Seguro era la cría en desarrollo. ¡Traumaste a tu hermano por tu estupidez, imbécil!

Shin miró preocupado el camino que tomó el menor. Estuvo a punto de ir de no ser por el olor a quemado. Tarde se acordó del huevo que se cocinaba, ahora inservible por estar en su mayoría negro. Lo sacó y desechó. Luego iría a por Yuki cuando se calmara. Tomó otro huevo, al menos se sintió normal. No esperó que al dejarlo caer, luego de abrir la cáscara, sobre el sartén algo, ahora azul, cayera. Kenshi dio un grito ahogado. Fue rápido en reaccionar y sacar… sacar… del caliente sartén…

—Pero qué demonios… —Shin no podía creerlo.

Algo que parecía un reptil humanoide estaba sobre el mesón de la cocina, varios lagrimones salían de los ojos amarillos mientras las manos del animalillo temblaban. De la espalda salían dos alas de un bonito color azul al igual que la larga y estilizada cola con púas al final, toda esa área estaba roja por las quemaduras al igual que las nalgas y parte de los muslos. El cabello negro estaba húmedo y baboso por la clara de huevo que aún estaba pegada a su piel.

—¡Shin, imbécil! —estalló Kenshi finalmente, tomando al hombrecito en sus manos. Sin decir más palabra, le pisó el pie al castaño antes de salir de la cocina con el extraño ser en sus manos.

—¡AY! —Shin se sobó el pie, mascullando palabrotas. Cuando Kenshi salió, dijo—: ¡Pero si esos son míos! Yo los encontré. Me lleva la... —Shin notó entonces un último huevo. Ilusionado, lo rompió y dejó caer el contenido en un bol. No obstante, hizo un puchero pequeño al ver que solo una simple yema y clara salieron de él. Maldita suerte.

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Era imposible. Imposible. No podía creerlo. Un... un ser en miniatura estaba en sus manos, baboso por la clara que le cubría. Yuki llegó a su habitación y se apresuró a colocar a la criatura en un pañuelo, corriendo por agua y un paño. Pero al volver y enfrentarlo, se quedó quieto. Cuerpo de hombre, desnudo; alas como de murciélago, larga cola negra..., asombrosas escamas en el mismo color... e increíbles ojos amarillos. No-podía-creerlo.

—Oh... por todos los cielos. —Empapó el pañuelo en el agua y comenzó a asear al hombrecito.

El reptil se resistió en un principio pero al sentir la agradable humedad y lo fresco que quedaba su piel empezó a ronronear. El largo cabello negro fue lo más difícil de limpiar, estaba todo enredado y lleno de clara.

Yuki le hizo inclinarse para que la cabellera se hundiera en el bol con agua y así fuera mejor limpiarlo. Se sentía absolutamente como estar manejando una muñeca para niñas viviente. Era demasiado extraño. Al cabo de un rato por fin tuvo limpio a la criatura, claro que también tuvo que recurrir a sales y un jabón para quitarle ese olor extraño que tenía.

Yuki lo dejó arropado en medio del futón y él frente a la criatura. Era tan minúsculo, podía caber en la palma de su mano con solo esas alas y cola, quizás hasta las piernas, sobresaliendo.

—Cielos... ¿Qué...? ¿Qué cosa...eres tú?

El pequeño se miró a sí mismo, moviendo las alas y tocando su propia cola. Podía ver las similitudes con el humano frente a él –como la forma humanoide– y al mismo tantas diferencia con respecto a su apariencia reptiliana. Al final se encogió de hombros, no sabiendo que responder.

—Am. —Yuki no sabía cómo proceder. Con su pulgar e índice estiró con cuidado el ala izquierda, frotándola un poco para sentir su textura, haciendo lo mismo con la cola—. Em... Soy... Soy Yuki —decidió presentarse.

El pelinegro frunció un poco el ceño. Con un adorable puchero le quitó el ala y la cola de los dedos, las plegó tras su espalda para que el humano no las alcanzara y también escondió la cola bajo la colcha.

—Y-Yu...Yuki —repitió con una voz débil. Los pequeños ojos amarillos escrutaban al castaño de mayor tamaño.

—Sí. —El castaño no pudo evitar sonreír—. Yuki. Así me llamo. ¿Tienes nombre? —Yuki se acomodó, acostándose boca abajo, pero apoyando su cabeza en sus brazos. De esa manera podría estar a la altura del pequeñín y verlo más de cerca.

El reptil abrió la boca y la volvió a cerrar, hizo lo mismo otras dos veces hasta que se dio por vencido y negó con la cabeza. Sus alas cayeron a sus costados, aparentemente las alas delataban su estado de humor igual que las orejas de un perro.

Yuki acarició la cabeza con un dedo. Supuso que por haber "nacido" no tenía nombre. Yuki no tenía idea de qué nombre ponerle. Su rostro no era japonés, sino europeo. Tenía lindas facciones a pesar de las escamas, que destacaban en la piel blanca.

—A ver..., emm... Pues..., vamos a pensar en un nombre europeo. Tenemos que darte un nombre... —Yuki recostó la cabeza.- ¿Leif?

El ceño fruncido volvió, el pequeño negó con la cabeza.

—Jeje. —Yuki rió. Vaya, se lo ponía difícil—. Mmh. ¿Qué tal Giafranco?

Negó con más energía y la carita arrugada.

Yuki pareció consternado.

—No soy muy bueno con nombres... Esto... ¿Heinrich? ¿No, tampoco? —Yuki se mordió el labio, pensativo—. ¿Qué te parece Klaus?

A punto estuvo de rechazar ese último nombre pero decidió que si le gustaba, asintió con una enorme sonrisa revelando así los dientes puntiagudos.

—¡Klaus!

Yuki se carcajeó un poco.

—Sí. Ese es tu nombre ahora. Klaus. —Los ojos del castaño le recorrieron, dándose cuenta de un detalle que estaba olvidando—. Oh. ¡Tenemos que conseguirte ropa! Pero... —¿Cómo conseguir ropa para alguien tan pequeño justo ahora? Tuvo una idea entonces—. Ya sé.

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Estúpido Shin. Primero estorbaba en su camino, segundo robaba huevos de quién sabe qué criatura, y ahora quemaba a lo que sea que era la cosa que salió del huevo. ¡Inaudito! Kenshi buscó una pomada y algo delicado con que aplicarlo, también una de sus cremas perfecta para quemaduras, aliviaba bastante la piel afectada. Acostando al...hombrecito... aplicó la crema en las zonas rojizas por el sartén. Aprovechó así de mirarlo. Santo cielo..., era una verdadera cola... ¿Eran esas espinas? Y las alas... Mierda.

Cuando terminó de curarle, con mucho cuidado procedió a limpiar su cuerpo de esa asquerosa sustancia babosa que era la clara. ¡Qué demonios era!

Estúpido Shin.

Cuando estuvo limpio y curado, le mantuvo acostado en la improvisada cama que hizo con unos pañuelos. Se acuclilló lo suficiente para tener al hombrecillo frente a su rostro.

—¿Y tú qué eres, amigo?

La criaturita estaba encogida en su sitio, abrazando sus piernas contra su pecho y la cola rodeando sus pies, miraba con cautela a Kenshi. Ya uno de los humanos le había quemado intentando comerlo y aunque éste humano en particular le curó, no se sintió completamente seguro. Un suave gruñido escapó de sus labios en advertencia, los ojos amarillos advertían a Kenshi de no acercarse, aunque el menor dudaba de que el animalejo pudiera hacer un real daño.

—Calma. No te haré daño, ¿de acuerdo? —Kenshi acercó su mano solo para que estuviera al alcance de la criatura sin llegar a tocarla o hacer movimiento brusco—. Que curioso eres.

Lentamente salió de su pose defensiva, olisqueando la palma de Kenshi. Al ver que no tenía nada, volvió a apartarse, poco interesado. Los ojos amarillos escrutaron los alrededores, deteniendo su mirada en las varias plantas que el japonés tenía almacenadas.

Kenshi siguió la mirada de la cría –¿debía considerarlo así?– a sus cultivos. Y con cuidado le fue a tomar.

—¿Quieres ir allí? Puedo llevarte.

Intentó mordisquearle un dedo cuando casi lo toca. La criatura se levantó de la cama improvisada y comenzó a batir las alas aunque no tuvo tanto éxito en emprender el vuelo y si no fuera por Kenshi que lo atrapó hubiera caído al suelo. Hubiera sido un golpe muy feo. Con resignación el reptil se dejó llevar en manos de Kenshi, renuente se aferró al dedo pulgar del humano, miraba todo con curiosidad desde su nueva posición.

Al llegar al estante de plantas, la criatura olfateó hasta que dio con una de las hojas. Arrancó una hoja de menta y con ella en manos comenzó a masticarla. Por la nariz arrugada se notaba que no le agradaba mucho pero comida era comida.

Kenshi supuso que tenía hambre. ¿Qué debía darle de comer? Bueno, tenía cuerpo de humano. Debía comer cosas que él mismo ingería. Por suerte tenía un bento cerca con algo de onigiri, carne y verduras. Fue a por ella pronto y volvió.

—Espera... —Abrió la caja, picó un poco el onigiri hasta formar una bola lo suficientemente grande para el hombrecillo y se lo dio.

—Prueba esto...

Dejó la hoja de menta de lado para olfatear lo que le estaban dando. Probó uno de los granos de arroz pero en seguida lo botó. Apartando todo el grano del onigiri, llegó al relleno de salmón que comenzó a devorar con entusiasmo.

Kenshi miro con el ceño fruncido el preciado arroz que tiró.

—Pedazo mini malcriado —masculló, pero aun así, le tendió con los palillos el trozo del suave salmón que tenía en el bento—. Ten.

Continuó comiendo el pedazo ofrecido, esta vez sin olfatear primero. Con sus dientes puntiagudos era fácil desgarrar la carne del salmón. Al poco tiempo se terminó el pedazo de carne, al terminar comenzó a lamerse los dedos revelando una lengua bífida.

—Que modales. —El japonés arrugó la nariz, y tomando un pañuelo húmedo, le limpió manos y boca—. Listo. ¿Quieres más?

Ignorando la pregunta, el reptil comenzó a olfatearlo a él. Ahora que no estaba esa actitud de alerta, se permitió investigar al humano que le dio comida; tocó las puntas de sus dedos, presionó su pequeña mano ahí donde el pulso de Kenshi podía sentirse con más fuerza en su muñeca. Ahora en vez de mirarlo con amenaza, los ojos amarillos reflejaban curiosidad por su persona.

A Kenshi le dio gracia la actitud del hombrecito pero se contuvo de soltar una risita y sonrió.

—¿Ves? No voy a hacerte daño. Vamos, volvamos allá. —Lo tomó otra vez, y llevó al improvisado colchón que hizo con los pañuelos que tenía—. Puedes llamarme Kenshi... Sabes hablar ¿no? —Le preguntó, buscando una silla para sentarse frente a él.

—K... Shi —repitió, no muy seguro. Entrecerró los ojos ante el propio sonido de su voz—. Ken-zhi... ¡Kenshi!

—¡Eso! Bien hecho. —Su índice acarició la cabellera negra, desarreglándolo un poco. Buscó una tela y unas tijeras, comenzando a cortar un patrón—. Tenemos que hacerte algo de ropa. No es de caballeros andar mostrando los huevos por ahí —dijo mientras cortaba.- También hay que darte un nombre.

Curioso como estaba resultando el pequeño animalito, se acercó para ver lo que hacía Kenshi, su cola ondeaba tras él como la de un gato. Incluso se metía en el medio de lo que estaba haciendo, sonriendo, aparente quería jugar.

—¡Oye! —Kenshi dejó la tela y tijera a un lado, su mano atacando a la cría; le hizo cosquillas en los costados, riéndose al verle retorcerse. Se detuvo para dejarle respirar—. Vamos a buscarte un nombre mientras sigo con esto.

El pequeño miró alrededor del cuarto hasta que sus ojos captaron un libro en inglés cerca de un estante. No sabía que decía pero le llamó la atención una de las letras estampada ahí y se lo mostró a Kenshi. Una V grabada en dorado sobre un fondo verdes oscuro.

—¿Mmh? ¿Quieres que tu nombre tenga esa letra? Bueno..., veamos. ¿Qué te parece Valdo?

El pelinegro frunció el ceño, al siguiente nombre le sacó la lengua y al tercero le gruñó hasta que llegaron al cuarto nombre. El reptil hizo graciosos movimientos hasta que Kenshi le notó.

—¿Vladimir? —Kenshi recibió un movimiento que fue afirmativo—. Está bien. Vladimir será. Ahora... —Le agarró para ponerlo en pie y darle la vuelta—. Vamos a ver cómo colocarte esto con esa cola y alas... Mmh... —Le tomó un par de medidas que anotó en un pergamino—. Vamos a comenzar a practicar tu habla. Repite luego de mí.

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—Y estás listo. —Yuki sonrió.

Le había confeccionado al pequeño hombrecito, de ahora nombre Klaus, un yukata reciclando la tela de un kimono que ya no usaba. Tuvo un pequeño problema al colocarle la parte superior por las alas, pero afortunadamente lo solucionó. También le había peinado un poco, luciendo más presentable.

—No pasarás frío de esta manera. —Tomó un bento que había pedido hace poco, y lo colocó cerca de Klaus para que ambos pudieran comer.

Ignorando todo lo que era vegetales y arroz, Klaus se concentró en comer la carne, uno de los rollos de sushi tenía huevos de pescado naranja como decoración, descubrió que le gustaba mucho igual que los huevos duros. Terminó comiendo un poco de todo hasta que empezó a bostezar, se quedó dormido encima de la manga de Yuki.

Yuki cargó a Klaus y lo acostó en un lugar acolchado en su futón, colocándole una cobija luego por encima. Shin entró entonces por la puerta, acercándose para ver lo que el menor estaba resguardando.

—WUO...

—¡Sht! —Le chitó Yuki—. Le despertarás. —Regresó su mirada a Klaus.

Shin alzó las manos en son de paz.

—Ya. Ya. Que delicado... ¿Qué cosa es...? ¿Esas son alas y escamas?

—No sé qué sea. Pero no parece que sea peligroso...

—Parece un humanoide. ¿Lo tomaras como mascota?

—No es una mascota —le regañó Yuki—. Lo voy a cuidar.

—Y Kenshi el suyo también. Ni me deja entrar.

—¿Suyo? —Yuki le miró sorprendido—. ¿Hay otro?

Shin asintió.

—Cayó en el sartén cuando abrí el cascarón.

—¡Lo intentaste cocinar!

—¡Y yo que iba a saber que saldría otro humanoide!

—Fuera de mi habitación. —Yuki señaló la puerta—. ¡Fuera!

—Voy, voy. ¡Pero es mío también! —Señaló a Klaus—. Yo los encontré.

—¡Cállate y fuera de aquí! —Yuki no dejó de fulminarlo hasta que salió del cuarto, entonces volviendo su atención a Klaus que agradeció siguió durmiendo. Acostándose a su lado, veló el sueño del pequeñín.

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Estúpido Shin que quiso entrar. ¡Jah! Como si fuera a hacerlo. Ya había terminado de hacerle la ropa a Vladimir, y ahora estaba ayudándole a colocársela. Esas alas hacían el proceso complicado.

—Listo. Uf. —Acomodó el traje, alisando las arrugas que podría tener.

Vladimir se miró en el reflejo de un cristal que Kenshi tenía ahí, admiraba su figura con la ropa. La verdad le daba igual la desnudez o la ropa pero agradecía mucho el calor extra.

—¡Kenshi! —llamó el pequeño, extendiendo los brazos para ser cargado de nuevo.

Sintiendo un calorcito en su pecho por la ternura, Kenshi cargó a Vladimir y lo acercó a su pecho.

—Vamos afuera. Seguro te encantará algo de aire fresco —dijo, manteniéndolo en su mano izquierda mientras que con la derecha abría la puerta del taller.

Mientras caminaba, sintió al reptil azul escalar por su brazo. Clavó las uñas en la tela de la manga hasta que llegó a su hombro donde se sentó para tener una mejor vista de todo. Cerró los ojos al sentir el calor de la luz solar sobre su piel, ronroneó de gusto.

Kenshi sonrió al verlo de reojo. Caminó por los pasillos al lado de la casa, diciéndole los nombres de las cosas al pequeñín para que fuera aprendiendo las palabras. Entonces, un rato después, recordó que Yuki había salido huyendo con algo entre sus manos. Desvió su camino, internándose en las habitaciones junto al dojo y entró a la habitación de Yuki.

—Fuera de aquí, Shin.

—¿Jah?

Yuki se giró y miró hacia Kenshi, avergonzándose un poco.

—Perdone. Oh. —El castaño se fijó en el hombrecito en su hombro—. Eso...

Kenshi avanzó hasta rodear a Yuki y ver lo que se había llevado.

—Así que hay otro... —Se inclinó y bajó a Vladimir.

Apenas vio a su... ¿hermano? Vladimir no espero a que Kenshi lo bajara por completo: planeó desde su mano hasta caer sobre Klaus. El lagarto negro saltó por el susto y entre los dos empezaron a pelearse, rodando por todo el futón hasta que cayeron en un enredo de extremidades. Comenzaron a reírse.

Kenshi se sentó a un lado, mientras que Yuki veía a las dos crías divertido.

—Klaus parece llevarse bien con...

—Vladimir. ¿Se llama Klaus?

—Sí. ¿Es Vladimir?

Kenshi asintió.

—Él quiso su nombre.

—Klaus también. No sabe hablar tampoco ¿no? —Kenshi negó—. ¿Qué cree que sean?

—Ni idea. ¿Dónde encontró Shin los huevos?

—Según en un nido entre la maleza, a unos metros del campo de la valeriana.

Kenshi asintió, y se puso en pie. Consideró llevarse a Vladimir pero era mejor dejarlo con Klaus.

—Iré a investigar. Tengo curiosidad de saber qué puso los huevos en el nido.

Dentro del cuarto los reptiles jugaron un rato más, cada uno se gritaba el nombre del otro, se empujaban y batían las alas intentando volar aunque siempre frustraban el intento del otro. El juego, combinado con el estómago lleno, hizo que se quedaran dormidos casi enseguida en un revoltijo de cuerpos, al parecer compartir calor corporal era una droga bastante efectiva para el sueño, un suave zumbido indicada que estaban muy cómodos durmiendo de esa manera.

Yuki les volvió a cubrir con la manta, mirando luego hacia la puerta donde se marchó Kenshi.

Este último se internó en el bosque en dirección al lugar mencionado por Yuki en busca del nido. Sin embargo, hurgó y revisó todo el lugar hasta que empezó a anochecer. No le preocupaba haber dejado a Vladimir, estaba con el tal Klaus y con el enclenque. Le frustraba que el nido no estuviera. Antes de volver, a pocos metros del campo notó una zona que había pasado por alto y estaba hundida, supuso que ahí debieron estar los huevos, sin embargo no había nada y estaba frío incluso. ¿Se habrá ido la madre...? O lo que sea que los puso. ¿Pero qué clase de criatura podría ser?

Kenshi regresó a la casa entrada la noche, pensativo y extrañado. ¿Habría más que Klaus y Vladimir por ahí? ¿Crecerían? Tenían cuerpo adulto. Supuso que tenía que estudiarlos más de cerca.

Al volver al cuarto de Yuki, éste estaba con un plato de comida junto a las criaturas, dándoles de comer.

—Ha vuelto —notó Yuki—. ¿Encontró algo?

—Nada.

Vladimir, apenas vio a Kenshi, dejó la carne que estaba comiendo y corrió a sus pies para escalar por su ropa con las manos sucias de salmón. Klaus hizo lo mismo pero sólo se quedó parado en los pies de Kenshi.

—¡Kenshi! ¡Kenshi! —Empezó a decir a mitad de camino hasta que el japonés lo tomó en sus manos. Klaus abajo también repetía Kenshi. Era como tener dos loritos con escamas.

—Pero que... —Kenshi aseguró a Vladimir colocándole una mano para mantenerlo contra su pecho mientras se inclinaba y tomaba a Klaus—. Silencio, silencio. Ay, por todos los dioses. —Caminó hasta ocupar un puesto frente a Yuki, dejando a Klaus y Vladimir entre ellos—. Coman. Sigan comiendo —ordenó al tiempo que cogía un onigiri.

—Entonces nunca sabremos qué son o de dónde provienen ¿cierto? —preguntó Yuki.

—Eso creo...

—¡Salmón! —dijo Vlad, enseñándoselo a Kenshi. El japonés estaba orgulloso de que ahora sabía una nueva palabra aunque descubrió que llamaba a todo salmón. La buena noticia es que sabía quién era Kenshi y quién era Yuki, igual que Klaus.

El lagarto negro tomó un camarón tempurizado y se sentó en el regazo de Yuki para comer.

—Ah —suspiró—. Esto será un largo proceso.

—¿Permanecerán así siempre o cree que puedan crecer un poco más? —Yuki acomodó mejor el cabello de Klaus, que se había revuelto un poco por estar jugueteando con Vladimir—. Tienen cuerpo de adultos pero...

—Actúan como unos niños. —Kenshi también tomó un salmón, suspirando de gusto al comerlo—. La verdad no estoy seguro. No había nada en el nido, y no sé qué esperar con ellos. Lo mejor será mantenerlos dentro de los terrenos y que poca gente se entere. —Kenshi miró a Vladimir—. Hay que protegerlos.

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A pesar de lo que creía Kenshi, el proceso de aprendizaje de los mini lagartos fue más rápido de lo esperado. Ponían mucha atención a lo que decían Yuki y Kenshi, también a sus alrededores, en pocos días ya podían comunicarse. Fue muy gracioso cuando vieron a Shin y comenzaron a imitar sus malas palabras, aparentemente imitar era natural para ellos. Era su manera de aprender.

En los momentos en que ni Yuki ni Kenshi podían cuidarlos, ellos se juntaban y hacían su propio aprendizaje observando e imitando el vuelo de las aves.

Yuki y Kenshi se turnaban para llevarlos a recorrer los alrededores. Se llevaban a ambos semi-dragoncitos por el bosque, por los campos e incluso la playa, para ampliar su percepción y conocimiento de palabras. También habían creado un guardarropa y objetos a su tamaño. Los dos japoneses buscaban a sus respectivos dragoncitos para darles un baño y cambio de ropa, antes de llevarlos a comer, actividad que hacían juntos los cuatros esta vez, donde practicaban su capacidad de hablar. Algunas veces Shin se les unía.

Una tarde, Kenshi estaba en su oficina revisando la contabilidad de la casa. Vladimir no había querido separarse de él y ahora estaba sentado sobre el hombro del japonés viendo atentamente lo que hacía. Pasaron una buena media hora en silencio cuando Vladimir interrumpió.

—-Te equivocaste en la fila 5 —señaló el pelinegro.

Kenshi se fijó, pero no en su errata si no en el dragón.

—Bueno, ¿y desde cuando tú sabes de esto? Apenas tienes poco más de una semana —dijo antes de comenzar a reparar su error. Sí se había equivocado.

—Te he observado hacerlo —respondió el pequeño—. No es tan difícil. —Aleteó hasta la mesa –Durante esos días que él y Klaus estuvieron practicando volar, sus alas se habían fortalecido lo suficiente y ahora podía revolotear alrededor aunque no lo habían intentado fuera de la casa–, donde tomó una hoja en blanco y un lápiz. Le era un poco engorroso utilizarlo porque era casi de su mismo tamaño.

Kenshi dejó lo que hacía para fijarse en él. Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa.

—La verdad, no. Pero resulta divertido, o sorprendente, que una miniatura como tú lo haya notado. —Sus ojos bajaron a lo que hacía.

—No soy una miniatura —gruñó Vladimir. No le agradaba que le recordaran su estatura, ya era bastante notable sin que estuvieran recordándosela—. Soy un homúnculo.

Kenshi quedó estático, e incluso empalideció.

—Un... ¿Homúnculo? Pero... ¿cómo es posible eso?

Vlad se encogió de hombros. Dejó la hoja con números en su sitio y voló a uno de los estantes de Kenshi. Allí había un libro azul oscuro con letras doradas, lo señaló para que Kenshi lo agarrara. Luego los dos volvieron a la mesa donde el reptil abrió el libro hasta dar con la página deseada. Le señaló a Kenshi el párrafo que quería que leyera.

"El término homúnculo (del latín homunculus, 'hombrecillo'; a veces escrito homonculus) es el diminutivo del doble de un humano y se usa frecuentemente para ilustrar el misterio de un proceso importante en alquimia. En el sentido hermético es un actor primordial incognoscible, puede ser visto como una entidad o agente. Los alquimistas creen que el proceso para crear esta entidad es simbólico."

Vladimir subrayó la palabra "Hombrecillo" con el lápiz.

—¿Ves? Encaja con lo que soy.

—Pero eso quiere decir que fuiste creado por una persona ¿no? —A Kenshi nunca se le había ocurrido pensar en un homúnculo—. Creado en base a una persona. Klaus y tú. ¿Por qué la, o las, persona que les creo les dejó abandonados? —No preguntó directamente a Vladimir sino a la nada.

—Pero soy la mitad de un reptil. —Agitó las alas y la cola para mostrar su punto—. Según el proceso de creación de homúnculos... —Pasó las páginas hasta dar con teorías y la práctica—. Se necesita la fecundación para que un ser vivo crezca dentro del huevo. Es posible que una persona haya fecundado huevos de reptil con espermatozoides humanos.

Kenshi frunció el ceño, tomó a Vladimir por el cuello de la camisa, alzándolo para tenerlo frente a su cara.

—Un momento. ¿Cómo es que sabes todas estas cosas? Hace un par de días llamabas "salmón" hasta a las piedras.

Se le coloraron las mejillas de rosa a la mención de ese detalle.

—Tenía un día de nacido, ¿sí? No puedes culparme por eso —dijo en un adorable puchero. Cruzó los brazos sobre su pecho en protesta, las alas y sus piernas colgaban laxas—. He leído tus libros. —Señaló el mismo estante de dónde sacó el azul—. Lo más interesantes son los de biología.

—Aprendes demasiado rápido. ¿Es común eso en los homúnculos, pequeño prodigio? —Bajó a Vladimir—. No crecerán, ¿o sí? Klaus y tú.

Se volvió a encoger de hombros.

—Hasta ahora, Klaus y yo hemos imitado sus maneras de hablar y su comportamiento para aprender a comunicarnos y movernos. Ahora parece que estamos en un proceso de aprendizaje propio para ser nosotros mismos —explicó a Kenshi—. Klaus parece tener predilección por los colores. En la mañana estaba jugando con unas tintas que encontró en el cuarto de Yuki.

Kenshi bufó. Permaneció en silencio, mirando la página del libro que hablaba sobre los homúnculos.

—Entonces, los otros huevos que Shin encontró no tuvieron un proceso exitoso ¿quizás? Solo Klaus y tú... ¿Y si la persona que les creó viene a por ustedes?

—Haces preguntas que no puedo responderte —respondió decepcionado. ¿De qué servía leer todos esos libros si Kenshi seguía preguntando cosas de las que no tenía control?

—No eres tan prodigio como aparentas ser. —Kenshi le dio palmaditas con su índice en la cabeza de Vladimir—. Vamos. Terminemos con esto antes de ir a darnos un baño para cenar —dijo, regresando a sus cuentas.

Enfurruñado, el mini dragón se fue a una esquina de la mesa para seguir garabateando. Poco después se escuchó un suave toque de la puerta, cuando Kenshi abrió la puerta encontró a Klaus volando a la altura de su rostro.

—Aquí están. —Se alegró el dragón negro—. Eso de seguir el olor si funciona.

—¿Seguir el olor? ¿Cómo lo hacen los perros? ¿Pueden hacer eso? —Kenshi se hizo a un lado para dejar pasar a Klaus antes de cerrar la puerta—. ¿Necesitas algo?

—Sólo busco algo de compañía. Yuki salió a entrenar y yo no puedo estar sobre su hombro mientras hace eso —contestó Klaus llegando a la mesa donde estaba Vlad.

—Aparentemente podemos identificar olores y seguir rastros —explicó Vladimir.

—Aunque el tuyo es difícil de seguir —se quejó Klaus—. Se confunde con el ambiente. El de Kenshi huele rico.

—¿En serio? —Eso le hizo sonreír y sentir orgulloso—. ¿Qué olor es? —Volvió a sentarse frente al escritorio.

Vladimir se sonrojó, y mirando a otro lado, murmuró.

—Cerezos.

—Y Yuki huele a duraznos. —Saltó Klaus feliz.

—¿Cerezos? ¿Cómo la flor? —Kenshi no sabía si sentirse decepcionado o no. No esperaba que su olor fuera el de una flor. Prefirió dejarlo así, después de todo no lo consideraba tan mal—. Interesante. ¿Y ustedes? ¿Qué olor tienen?

—Él huele a maderas. —Señaló Klaus a su hermano—. Por eso es tan difícil encontrarlo, estamos rodeados de madera.

—¿Sabes ese olor que queda en el aire después de que llueve? Como hierba húmeda, a eso huele Klaus.

—Y Shin huele a manzana —agregó el dragón negro.

—Vaya. —Kenshi silbó, sorprendido—. Es tan increíble. No tenía idea de que pudiéramos tener olores naturales. Aunque quizás eso explica cómo algunos animales como los perros pueden reconocer a sus amos —dijo pensativo—. ¿Qué otra habilidad tienen? ¿Han descubierto otra?

Los dos reptiles se miraron un momento, decidiendo si debían decirlo o no.

—Tenemos veneno —dijeron casi al unísono.

La cara de Kenshi era todo un poema. Vladimir se adelantó a responder.

—Nada mortal —le aseguró—. Somos lo suficiente pequeños para que nuestro veneno no mate a nadie.

—Me salvé entonces de aquella mordida que querías darme —acusó Kenshi a Vladimir, recordando el primer día que nació—. Te curé el culo e ibas a morderme. —Negó desconcertado, aunque se notaba la diversión en sus ojos.

El de escamas negras desvió la mirada.

—Precisamente porque me quemaron era que debía ser precavido.

—¿A ti te quemaron? —preguntó Klaus.

—Shin quería comernos —respondió el de escamas azules y Klaus gruñó indignado.

—Deberíamos morderlo sólo para darle una lección. —Sonrió el pelilargo—. Sentirá espasmos musculares un par de horas.

—Pórtense bien los dos —regañó Kenshi—. El idiota de Shin pensaba que eran huevos de ave. —Luego lo pensó un momento—. Quizás una mordida no estaría mal.

—¡Sí! —celebraron las dos criaturitas. Emprendieron vuelo fuera de la habitación en busca del japonés castaño.

Encontraron a Shin entrenando junto con Yuki. Entre los dos prepararon una emboscada y decidieron que mientras Klaus distraía a Shin y Yuki, el dragón de escamas azules le mordería la pantorrilla. Fue muy gracioso ver a Shin gritar y caerse al suelo con espasmos musculares a lo largo de toda la pierna. Kenshi se carcajeó al ver a Shin, mientras que Yuki regañaba a Klaus y Vladimir, incluso tomándolos como dos cachorros por el cuello de la camisa. Los pequeños ni siquiera parecían arrepentidos por su fechoría. Tal como habían dicho, el veneno era doloroso pero aparte de eso, no era mortal. Como castigo Yuki, durante la cena, les obligó a comer vegetales para horror de ellos.

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Al terminar de comer, Kenshi y Vladimir fueron al taller mientras que Yuki se llevó a Klaus a dar un paseo. Afortunadamente Shin se fue recuperando con el paso de las horas sin embargo aún le costaba estar en pie.

—Vamos a buscar unas moras. Hay un campo de moras cerca de aquí —le dijo.

Caminaron cerca de media hora para llegar al lugar; no era un campo como tal sino unos arbustos cubiertos por varios árboles entre el bosque. Yuki le indicó que hiciera silencio por un instante, ambos pudiendo oír el sonido del mar. Yuki le dijo que estaban cerca de la costa si caminaban un par de kilómetros. El castaño tenía una cesta y a Klaus en el hombro, comenzando a tomar un par de moras. No había tantas como quería, pero si suficientes para comerlas. Mordisqueó una, y luego la acercó a Klaus.

—¿Quieres probarla?

Asintiendo, tomó una, era casi tan grande como su cabeza. Dio un buen mordisco, parte del jugo de la baya resbaló por la comisura de su labio hasta el cuello, la mora tenía un agradable sabor agridulce, las pupilas de Klaus se dilataron igual que las de un gato. Continuó comiendo con entusiasmo.

—¡Delicioso!

Yuki soltó una risita, sacando un pañuelo y con él limpiando a Klaus. Siguieron recolectando y comiendo las frutas, llegando al lago cercano a la casa.

—Te ha gustado mucho. Vamos a dejarle un poco a Vladimir y a Kenshi-sama.

De vuelta, Klaus comenzó a revolotear alrededor de Yuki, los dos hablaban animadamente hasta que un viento fuerte les tomó desprevenidos. Klaus fue arrastrado por la fuerza del mismo. Por suerte el pelinegro chocó contra el pecho de Yuki, clavó las uñas en su ropa para no caerse.

—Klaus... —Yuki lo sostuvo entre sus manos, preocupado de que se haya hecho daño. Lo alzó hasta que estuvo frente a su rostro—. ¿Estás bien?

—Yo... Sí, sí. Fue sólo un susto. —Tenía el cabello revuelto y las mejillas sonrojadas, sus escamas resaltaban sobre su rostro—. Gracias por salvarme. —Los ojos amarillos se conectaron con los castaños de Yuki, fue como si el tiempo se detuviera y sólo existieran ellos dos. Inseguro, Klaus apoyó sus manos sobre la barbilla de Yuki—. Debo agradecerte por eso.

Los labios de Yuki se entreabrieron un poco, titubeante. Entonces, una risita escapó de ellos.

—Siento...como si fuéramos parte del cuento de la princesa y el sapo. Ella le sostuvo así cuando fue a besarle... —Todavía sonriendo, miró a Klaus—. ¿Vas a agradecerme con un beso?

—Sé que no es mucho. —El dragón bajó la mirada un momento, avergonzado—. Pero es todo lo que puedo ofrecerte.

—Tú compañía ya es suficiente. —Colocando un dedo bajo la diminuta barbilla, la alzó y se acercó con delicadeza al pequeñín.

Klaus terminó por cerrar el espacio que quedaba entre ellos. Fue un toque delicado pero que significó mucho para ambos. Para cuando se separaron, Klaus estaba muy rojo, ya no solo eran sus mejillas sino toda su cara, sus orejas y parte del cuello. Sentía que su corazón podía explotar dentro de su pecho y le costaba respirar.

Yuki le calmó con unas pequeñas caricias en la cabeza.

—Tranquilo, Klaus. Vamos. Volvamos a casa. —Le colocó en su hombro, emprendiendo camino a la casa feudal.

Kenshi y Vladimir se habían movido al salón, donde disfrutaban de un ligero postre en merienda.

—Hemos traído moras —avisó Yuki al entrar, dejando la cesta en la mesa de centro y a Klaus cerca de Vladimir.

—Moras... Ya debe estar terminando su temporada ¿no?

Yuki asintió a Kenshi.

—Casi no había muchas...

—Y creo que intoxicaste a Klaus con ellas porque tiene un aspecto terrible —dijo Kenshi mientras cogía una, dándole un pequeño vistazo a Klaus.

—¿Eh? —Yuki se acuclilló—. ¿Estás bien, Klaus? —preguntó con preocupación.

—Sí. Sólo me siento un poco mareado. —Trató de sonreír, aunque su expresión fue lánguida, tenía los ojos a medio cerrar y una sonrisa cansada—. Las moras están muy ricas —le dijo a Vladimir que estaba al lado de él.

—¿En serio? —Se acercó a la cesta y buscó dos moras, una para él y otra para Klaus. Los dos se sentaron juntos a comerlas—. Mmh, sabe muy bien. No es algo que haya probado antes, es un sabor totalmente nuevo.

Kenshi y Yuki se miraron, este último con cierta preocupación.

—¿Y si las moras le hacen daño?

—No creo que deban comerlas. —Kenshi habló, tomando una para analizarla.

—A mí me saben bien —contradijo Vladimir, que ya llevaba la mitad de su mora.

—A mí también —dijo Klaus, sólo llevaba una pequeña parte de la mora, estaba comiendo despacio—. Ésta es mucho más dulce que la que me comí antes.

—No deberían preocuparse tanto —opinó Vlad, con la boca todavía llena—. Has ahora lo único que no comemos son las anguilas.

—Sí. —Kenshi se rió—. Fue cómico ese día. Tan chiquitos y tan cobardes. —Les palmeó la cabeza a ambos—. Aún me sigue sorprendiendo que sean alérgicos a eso.

—¡Es una serpiente marina de al menos un metro! —gritó Vlad, indignado—. ¿Cómo quieres que no le tengamos miedo? Aparte de eso, casi nos envenenamos por comerla. Fue una suerte que pudimos vomitarla o se quedarían sin nosotros. ¿Verdad, Klaus? —No recibió respuesta—. ¿Klaus? —Al mirar a su lado se encontró con que Klaus estaba prácticamente recostado sobre la mora que estaba comiendo, dormido. Aunque más que eso, le preocupó el insistente tono rojo en su piel. Al tocarlo, se dio cuenta de lo caliente que estaba—. Tiene fiebre.

—Oh, no. —Yuki de inmediato acunó a Klaus en sus manos, la preocupación y el miedo reflejados en sus ojos—. Lo llevaré a la habitación.

Kenshi tomó a Vladimir por el cuello de la camisa.

—Tú y yo iremos a buscar algo para bajarle la fiebre. —Se apresuró, al tiempo que con un pañuelo le limpiaba el desastre de jugo de Mora que tenía en el rostro y manos.

Ambos japoneses se apresuraron.

Acomodaron a Klaus en la camita que Yuki le hizo al lado de su futón, arropado hasta las orejas y con la cara todavía roja. Vladimir llevó una tela mientras Kenshi cargaba una garrafa de agua fría en la que mojaron la tela y se la pusieron en la frente a Klaus. Los japoneses también tuvieron un ojo sobre Vladimir por si caía en la misma fiebre que Klaus pero eso no pasó.

Durante todo el rato Yuki vigiló a Klaus, constatando su temperatura y que no le diera algo más que la fiebre. A él mismo le costó quedarse dormido, demasiado preocupado de que algo malo le sucediera a la criaturita. Sintiéndose culpable por no haberle sabido cuidar bien.

A la mañana siguiente, Yuki estiró la mano, instintivamente queriendo tocar a Klaus. Todo su cuerpo se desperezó cuando no sintió nada, ni quisiera la cama, y se frotó enérgicamente los ojos. Tuvo que cubrirse la boca cuando su vista enfocó en un cuerpo, totalmente en tamaño normal, desnudo a su lado. Poco a poco fue dándose cuenta de la identidad de la persona.

—¿...Klaus...?

El nombrado levantó la cabeza al escuchar su nombre.

—Estoy despierto —medio dijo con la boca pastosa y sin abrir los ojos. Volvió a recostar la cabeza y esta vez se dio la vuelta para seguir durmiendo. Aunque un estremecimiento de frío le impedía quedarse dormido del todo—. Yuki... Yuki, arrópame.

—Ah... Eh... Sí... Sí... —Yuki tomó las mantas, y con ella cubrió a Klaus. Para hacerlo tuvo que inclinarse, notando que realmente era grande –mucho más que el mismo Yuki– y que además...era humano—. Klaus... ¿Qué te ha...pasado? —No pudo evitar preguntar—. Tu cuerpo...

—Mmm —gruñó, sabiendo que ya no podría dormir más aunque quisiera—. Me siento mucho mejor, ya no tengo fiebre. —Se dio la vuelta para mirar a Yuki... Extraño, Yuki se veía más pequeño que de costumbre, frunció el ceño confundido.

—Klaus... Has crecido. —Yuki hizo un gesto a su cuerpo—. No sé qué ha pasado pero...creciste. Ya no eres una miniatura.

Con eso, el reptil… No, el humano se levantó del suelo aventando la manta. Se miró a sí mismo con asombro, no encontrando sus escamas, la cola, ni las alas. Se llevó las manos a la cara notando que las escamas tampoco estaban ahí y al tocar sus dientes, los notó rectos.

—Necesito un espejo —dijo con un hilo de voz.

Yuki se levantó y fue a su armario, abriendo una puerta y ahí estaba adherido un espejo del largo de la misma. Klaus podía apreciarse de la cabeza a mitad de la rodilla.

—No tengo idea de lo que ha ocurrido... —murmuró Yuki.

Klaus apenas podía reaccionar. Si no fuera porque tenía la quijada pegada a la cara se le hubiera caído al suelo de la impresión.

—Soy humano. —Se acercó al espejo viendo la piel blanca libre de escamas, la lengua normal y los ojos verde pardo—. ¡Completamente humano! Pero, ¿cómo? ¿Por qué? —Miró a Yuki buscando una explicación.

Pero el castaño negó, no sabiendo qué responder.

—No tengo idea. No creo que fueran las moras ¿o sí? —Apartó la mirada, sonrojado. Comenzó a buscar algo para que Klaus se colocase—. Será mejor que te vistas y vayamos a ver a Vladimir.

Para comodidad de Yuki, el pelinegro haló la cobija cubriendo sus partes nobles con ella. Cuando ambos estuvieron listos y vestidos, fueron al cuarto del Señor Feudal. Tocaron un par de veces antes de abrir. No podían esperar ni siquiera el permiso de entrada, era algo demasiado importante.

Obviamente no encontraron a Kenshi despierto, sino aún dormido arrebujado a Vladimir como si fuera un pequeño oso de peluche. El japonés gruñó algo incomprensible y se cubrió con la cobija el rostro. Yuki avanzó hacia Vladimir directamente, moviéndole el pequeño hombro.

El lagarto, con el sueño mucho más ligero que Kenshi, despertó enseguida. Se rascó un ojo adormilado para poder mirar a Yuki.

—¿Qué sucede? ¿Klaus todavía tiene fiebre?

—Am. No..., pero tenemos un problema mucho más grande. —Yuki le señaló a Klaus frente a la puerta—. Amaneció así. No tenemos idea de cómo pasó.

Klaus estaba medio escondido tras la puerta del cuarto de Kenshi, saludándole con una sonrisa nerviosa.

—Por todos los... —En seguida se levantó de la su cama para escalar sobre Kenshi y despertarlo—. ¡Kenshi! ¡Despierta, despierta! ¡Tenemos un gran problema aquí! —Al ver que no le hacían caso, Vladimir se enfurruñó y le apretó la nariz a Kenshi para que no pudiera respirar.

—¡Eh! —Kenshi le agarró por la cintura, quitándolo de encima—. Vladimir... ¿Qué demonio...? Tengo sueño. —Miró a Yuki—. Tú tienes la culpa. ¡Fuera de mí...! —Al ver hacia la puerta, se detuvo. Soltando al hombrecito, se frotó ambos ojos. Parpadeó. Otra vez. Y se acostó—. Estoy soñando —bostezó.

—No... No es un sueño. Kenshi-sama, Klaus ha...ha crecido —dijo Yuki.

—Eso es imposible. ¿Por qué ha crecido él y este mini huraño con escamas no? —espetó, señalando a Vladimir.

—¡Oye! —se quejó Vladimir desde el revoltijo de sábanas en el que había caído.

—No lo sabemos. —Se adelantó Klaus. Entró a la habitación, caminaba un poco encorvado, todavía no acostumbrado a su nueva estatura. Durante la caminata al cuarto de Kenshi se había tropezado un par de veces, le costaba acostumbrarse a la percepción de un cuerpo más grande, mucho más grande—. Desperté así. Parece que durante la noche crecí.

—Pero... No son las moras —notó Kenshi—. Si lo fueran Vladimir habría crecido también. ¿Qué has hecho diferente? Me parece que la fiebre de ayer tuvo algo que ver.

Yuki miró de Kenshi a Klaus.

—No recuerdo nada distinto, aunque hubo momentos en que no estaba contigo —pensó en voz alta el castaño.

Klaus y Vladimir trataron de recordar.

—Ayer mordí a Shin —recordó el pelilargo.

—Ese fui yo, idiota, y no creo que eso sea un factor determinante —retrucó Vladimir, rodando los ojos—. La fiebre te vino después de que saliste a pasear con Yuki. ¿A dónde fueron?

—Am. Fuimos a por las bayas..., luego al lago y... —Yuki miró a Klaus—, nosotros...nos dimos un...un beso... —El sonrojo en la cara de Yuki era totalmente notorio.

Kenshi alzó una ceja.

—¿Se besaron? Pf. —Ahogó una risa—. No me dirán que el beso le hizo estirarse.

—Creo que eso fue exactamente lo que pasó. En realidad lo sentí bastante intenso para ser sólo un beso —relató Klaus, tratando de acordarse de lo que sintió en ese momento—. No sólo mis mejillas ardieron, sentí calor en todo el cuerpo, y mi corazón no dejaba de palpitar con fuerza y me costaba respirar...

—Suena a que te excitaste —determinó Vlad.

Ahora era Yuki quien se sentía de aquella forma, escuchando las palabras de Klaus y Vladimir. Santo cielo.

—Es extraño ¿no? ¿Por qué un beso tiene la facultad de hacer que crezcan? Además..., ya no eres mitad lagarto. —Kenshi miró a Klaus atentamente, extrañándole mucho el ya no encontrar la cola y las alas, mucho menos las escamas negras recubriendo parte de su piel. Ni que decir de los amarillos ojos que antes poseía.

—Ya no podrás volar —murmuró Vladimir. La noticia fue un poco triste.

—Es verdad. —Sonrió con una mueca melancólica—. Supongo que ahora no es necesario. Soy lo suficiente grande como para no necesitar alas.

—-Ni podrás oler como un can —notó Kenshi—. Quizás el único afortunado de esto es Shin, ya que no podrán volverle a morder. Al menos no tú.

—No te preocupes por eso. Lo morderé dos veces. —Klaus sonrió por el intento de Vladimir de animarlo, incluso le permitió acariciarle la cabeza con un dedo—. Oigan. ¿Por qué no van a pedir el desayuno? Nosotros los alcanzamos en un momento.

Cuando Klaus y Yuki estuvieron fuera del cuarto, Vlad se giró para ver a Kenshi serio.

—Creo que el beso no fue precisamente el factor que desató el crecimiento de Klaus.

—¿Ah, no? —Kenshi volvió a acostarse, estirándose cual gato. Odiaba que le despertaran, ahora el sueño se le espantó—. ¿Qué fue entonces? —bostezó.

Caminando por sobre las colchas, se subió al pecho de Kenshi donde se sentó para poder mirarlo—. Tú mismo lo escuchaste, el cúmulo de emociones y procesos químicos en un cuerpo tan pequeño provocó su crecimiento. El beso sólo fue el detonante.

—Mmh. Es una buena teoría. —Asintió. Cuando Kenshi se fijó en él otra vez, sonrió coqueto—. ¿Quieres ser el sujeto de prueba para comprobar esa teoría, pequeñín?

Vladimir se sonrojó, al principio pareció avergonzado pero después frunció el ceño y desvió la mirada.

—Sólo lo dices para burlarte de mí.

Kenshi le tomó por la cintura, acercándolo. Estuvo a punto de que sus labios tocaran los diminutos del dragón pero se desviaron a la pequeña frente.

—No lo hago. —Aún lo tenía cerca, su dedo haciéndole caricias de arriba abajo, suave—. Dices la excitación causa el crecimiento. ¿No significa eso que debes, o debo mejor dicho, excitarte para que crezcas? ¿O me dirás qué quieres permanecer como un murciélago el tiempo que dures con vida?

—Yo... No... No lo sé —respondió a medias. Normalmente no le gustaba que lo mangonearan, le hacía sentir débil pero no podía negar el efecto que el dedo de Kenshi le provocaba al acariciar todo su torso sin llegar a sus partes íntimas—. ¿Quieres hacer eso conmigo?

—¿Quieres tú que yo lo haga? —preguntó a su vez, internando el pulgar en su ropa para llegar a la piel del bajo vientre.

Conteniendo la respiración, Vladimir miró los ojos oscuros de Kenshi, podía reflejarse perfectamente en sus irises. Estaba sonrojado y con la respiración entrecortada, su piel ardía, clamando por ser acariciada.

—Quiero... —Tomó entre sus manos el pulgar de Kenshi, con las pupilas dilatadas miró al japonés fijamente—. Sí quiero. Quiero que tú me excites.

Con toda la delicadeza que pudo, Kenshi se acercó hasta juntar sus labios en un pico con los pequeñitos de Vladimir, su dedo internándose más abajo, percibiendo la tibieza de esa zona. Con la otra mano, jugueteó con su pecho, pasándolo por los diminutos pezones. Dentro de sí, Kenshi se sentía más que todo divertido, sintiendo al pequeñín derretirse en sus manos, manos que una de ella llegó a la pelvis y acarició el pene sutilmente. Vagos sonidos escapaban de los labios de Vladimir pero no pudo contenerse más cuando sintió que su pene era acariciado. Un ruidoso gemido escapó de su boca, avergonzado, se cubrió con las manos.

Sus mejillas igual de rojas que un tomate maduro, también su sintió su pulso acelerarse. La cola se enroscó en la muñeca de Kenshi, su ropa estaba toda desarreglada. Lo que más le avergonzaba era no estar usando ropa interior, después de todo no había ropa interior de su talla y hasta la fecha el kimono que le había hecho Kenshi era suficiente.

Kenshi desarregló totalmente la ropa del dragón hasta deja expuesto su pene, que tomó entre su pulgar e índice y friccionó con delicadeza. Se movió, acostando a Vladimir en el futón, y apoyando su cabeza en la mano, siguió toqueteando el cuerpo del hombrecito, disfrutando, curioso, de qué reacciones podía obtener de él al tocar puntos sensibles.

—¡Ah! —No podía contenerse, era casi imposible, era casi una necesidad expresar su placer en voz alta. Sus uñas se aferraron al futón bajo su cuerpo, apretaba tanto las manos que las uñas atravesaron la tela. Su cuerpo se contorsionaba, su espalda se arqueaba cada vez que Kenshi presionaba sus testículos.

—Esto será bastante raro —dijo más para sí mismo antes de inclinar la cabeza y sacar su lengua, la punta pasándola por su pecho, bajando por el vientre y llegar al ahora erecto pene, que buscó rodear completamente hasta las bolas. Un amago de risa le ganó antes que sus dedos pudieran seguir el trabajo.

La respiración se le cortó por varios segundos. Nunca en su corta existencia había sentido nada ni remotamente parecido a eso. Ese calor que le cosquilleaba desde los testículos y recorría toda su espina dorsal, estremeciendo sus alas, hasta llegar a su cerebro. Apenas podía pensar correctamente, ni hablar de componer una oración entera.

—¡Kenshi! ...Oh, por ¡Ah! ¡Ken-ah! Kenshi. —Uno de los mechones oscuros del japonés cayó a su lado y el pequeño lo tomó como una tabla de salvación que lo anclaba a la realidad.

—Córrete, cariñito. Anhelo ver tu cara contorsionándose por el orgasmo —murmuró, una vez más pasando su lengua por su pelvis, el pecho y las tetillas diminutas. Estaba disfrutando aquello en su totalidad.

Y aunque lo hubiera deseado no podría durar más que eso, sentía su corazón a punto de explotar dentro de su pecho y su respiración acelerada. No podía verse pero a juzgar por el calor que sentía, lo más seguro es que todo su cuerpo estuviera sonrojado. En pocos segundos arqueó su cuerpo de forma dolorosa, gritando su éxtasis, las alas y la cola se tensaron bajo él hasta que las embriagantes sensaciones del orgasmo fueron mermando, dejando su mente agradablemente adormecida y su cuerpo febril.

Kenshi despejó la frente de Vladimir con el nudillo de su dedo índice, inclinándose lo suficiente para dejarle un beso en ella.

—Ha sido maravilloso, ¿cierto? —Sus dedos acariciaban las alas.

—Maravilloso —repitió medio adormecido, mirando a Kenshi con una expresión boba en su rostro. Tomó el dedo entre sus manos para darle un beso en la yema—. Eres increíble.

—Lo sé. —Acarició una última vez su rostro mientras se enderezaba—. Iré por algo para refrescarte y de comer. Klaus empezó a tener fiebre según después de ese beso. Será mejor estar preparados contigo. —Volvió a dejarle un beso en la frente—. Vendré pronto. ¿De acuerdo?

Pero ya Vladimir no lo escuchaba, se sentía tan débil, agradablemente débil si es que existía algo como eso, como si el sopor de hace unos minutos siguiera dominando su cuerpo. Para cuando Kenshi volvió a la habitación, Vladimir estaba dormido y el sonrojo no había abandonado su cuerpo.

Kenshi permaneció a su lado el resto del día, cuidándolo.

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En otro lado de la casa, a Yuki aún le seguía pareciendo extraño la presencia de Klaus en tamaño real. Se había acostumbrado a la miniatura sobrevolando de un lado a otro. Sin mencionar la imagen del beso y descripciones que Klaus hizo a los que sintió en ese instante.

—Bueno..., em, pues, ahora tendrás que acostumbrarte a este tamaño... —dijo, luego de que estuvieran un rato en silencio desde que salieron de la habitación de Kenshi.

—No puede ser tan difícil —desestimó el pelinegro aunque se asustó cuando con el codo tropezó con uno de los jarrones que decoraba el pasillo. Era uno de los jarrones de jade—. Está bien, creo que sí será un poco más difícil de lo que creí. —Miró a ambos lados para ver si alguien le había visto—. Creo que es mejor ir afuera.

Yuki pasó un brazo por su espalda, guiándolo y así por el pasillo hasta que salieron al exterior. De ahí, caminaron internándose en el bosque, llegando pronto al lago. Era un lugar tranquilo y agradable.

Al llegar al lago, lo primero que hizo fue estirar sus extremidades en toda su longitud. Se sintió extraño no sentir sus alas en su espalda. Acuclillándose sobre la hierba, con sus manos alcanzó sus omoplatos, es como si pudiera sentir todavía un vestigio de sus alas ahí pero ni siquiera podía encontrar la escápula, ese hueso que unía el omoplato con las alas.

—Te sientes extraño, ¿no? —preguntó Yuki. Desde que llegaron, su mirada no se apartó de la figura de Klaus. Aunque tenía que alzarla un poco, ahora que Klaus era más alto que él.

—Sí. Es como si me faltara algo. —Se irguió mirando a Yuki. Era tan extraño tener que mirar hacia abajo cuando desde hace una semana tenía que mirar muy arriba—. Todo es gracias a ti.

El castaño tragó en seco, nervioso. ¿Por qué estaba nervioso? Era Klaus. Solo que más grande...

—No tienes que agradecérmelo. —Intentó sonreír—. Ahora eres una persona normal. Puedes tener una vida donde quieras... —Aunque lo dijo, un dolorcito se estableció en su pecho ante la imagen en su mente de Klaus marchándose de Japón.

—Es verdad, aunque pienso que sería muy duro para mi abandonar el que considero mi hogar. Pero... —Miró a Yuki a los ojos. Aunque sus ojos no fueran amarillos, eran igual de penetrantes—. Si vienes conmigo, podría pensármelo.

—¿Irme...contigo? —Yuki tuvo que esforzarse en que su sonrojo no le delatara, aunque claro fue imposible—. ¿Lo dices en serio?

—Sólo si tú quieres. —Le aseguró el más alto. Con timidez poco común en él, tomó la mano de Yuki, entrelazando sus dedos, con el pulgar acarició el dorso de su mano—. Yo iré a donde tú estés, me es imposible separarme de ti.

Yuki dudó y apretó su mano. En un momento osado, se acercó más, estirando su brazo para poder acariciar el rostro de Klaus.

—Yo...tampoco quisiera separarme de ti. Nunca.

Sin poder contenerse más, Klaus se inclinó uniendo su boca a la de Yuki en un verdadero beso, uno que desbordaba pasión, diciéndose en silencio todo lo que no habían podido decir en voz alta. Inmersos en el momento, se aferraron al cuerpo del otro.

—¡Oye!

Yuki se vio separado de Klaus y al instante escuchó el golpe de un puño contra el rostro del pelinegro.

—¡Klaus!

—¡No toques a mi hermano, pervertido de...! —La voz de Shin se cortó, mirando a Yuki—. ¿Klaus?

—¡Sí, idiota! —Yuki le fulminó con la mirada, acercándose entonces a Klaus para asegurarse de que no estuviera herido.

—¡Klaus es una pulga con alas! Este es un hombre que estaba manoseando a mi hermano.

El pelinegro se masajeó la mandíbula antes de mirar a Shin con el ceño fruncido.

—Ahora si te voy a hacer daño de verdad.

—Fuiste tú quien... ¡Esto es absurdo! ¡Anoche eras una pulga! ¿Cómo es que ahora eres un humano en tamaño real?

—¡Porque fui yo quien causó esto! —gritó Yuki, enfrentando a Shin.

—¿Qué?

—Alteré sus emociones y hormonas... Yo... Yo... La excitación causó que creciera y perdiera además sus rasgos.

Shin estuvo un minuto entero en silencio.

—Yuki, eres un pervertido grotesco. ¿Cogiste con una pulga? ¡Auch! —Se sobó el hombro al recibir un puñetazo de Yuki.

—No digas estupideces, idiota. Fue un beso, para que te enteres. Y eso es todo.

Empujando a Shin, el pelinegro tomó a Yuki de la mano para llevárselo de ahí.

—Vamos a un lugar privado. No voy a contenerme ahora que probé tus besos... De ti me encargo luego —le siseó a Shin con tono malicioso.

Shin les miró incrédulo. ¿Cómo osaba ese enano...? –Bueno, no podía considerar a Klaus enano ahora– ¿...a llevarse a su hermano de esa forma con tanto atrevimiento?

Yuki por otro lado, solo se aferró a la mano de Klaus, y en cuanto volvieron a la habitación del castaño, ningún otro pensamiento que no fuera Klaus habitaba su mente en cuanto sus labios se tocaron. Desesperados por sentir más contacto, prácticamente comenzaron a arrancarse la ropa; mordían, besaban y chupaban toda la piel a su alcance. Klaus tropezó con el futón y los dos cayeron sobre la mullida superficie. Con Yuki sobre Klaus, el castaño osó internar sus manos por entre sus ropas, sintiéndose ansioso y nervioso a partes iguales. No lo había notado, pero quería tocar cada parte de Klaus y sentir sus manos al mismo tiempo sobre su propio cuerpo.

—Oh..., Klaus... —jadeó sobre su boca, descendiendo a su cuello.

Excitado por los gemidos del castaño, Klaus renovó sus esfuerzos por hacerlo sentir bien... No importándoles que fuera todavía de mañana, pasaron el resto del día explorándose el uno al otro. Después de que tuvieron su primer orgasmo, pudieron tomarse con más calma el segundo round, los besos fueron lentos y cariñosos, acompañados de caricias tiernas y palabras empalagosas.

Klaus buscó comida un par de veces en la cocina y se devolvió al cuarto para continuar con su nido de amor. Terminaron saliendo del cuarto casi al atardecer a la hora de la cena.

Cenaron con Shin, quien no dejaba de mirarlos feo hasta que Yuki le regañó otra vez que Shin contraatacó con preguntas. Al ver que ni Vladimir ni Kenshi aparecían, comenzaron a comer. En ningún momento de la tarde y noche aparecieron, aunque Shin escuchó pidieron le llevaran la cena al cuarto. Yuki miró a Klaus y prefirió no pensar en ninguna razón.

Al día siguiente, no obstante, llegaron un par de minutos tarde al desayuno. A Shin se le zafó la comida de los palillos al ver a Vladimir, incluso más alto que Klaus, y de ojos azules a diferencia de él.

—Y pensar que el enano al que le freí el culo dio tremendo estirón —masculló aún con la sorpresa en su cara.

—No me hagas tener que devolverte el favor —gruñó Vladimir en advertencia al sentarse a la mesa. Kenshi hizo una pequeña mueca de incomodidad al sentarse y Vlad le tomó de la mano, le dio un pequeño beso en los labios con cariño.

—Vaya. No pudieron contenerse —notó Klaus, divertido—. ¿Entonces? ¿Cómo alborotaste sus hormonas? —preguntó directamente a Kenshi.

—De forma más directa que ustedes, seguro —dijo Kenshi sin ninguna pena—. La primera y ahora última vez que hice una–

Shin le tapó la boca.

—Sin descripciones, por favor.

—De cualquier manera, fue una experiencia inigualable. —Sonrió Klaus al pasar un brazo por sobre el hombro de Yuki.

—Concuerdo —dijo Vlad—. Creo que ahora que tenemos un tamaño respetable, podremos poner en su lugar a cierto japonés con mucho apetito. —Miró directamente a Shin y Klaus imitó su expresión maliciosa.

—Tienes toda la razón. Todavía recuerdo el puñetazo que me dio ayer.

Shin abrió los ojos como platos.

—Wuo. ¿Saben algo? Creo que olvidé que tenía que estar en el pueblo temprano. —Y apenas terminó de hablar, se levantó y salió corriendo del comedor. Kenshi se carcajeó, mientras que Yuki intentaba no reírse también.

—Pff, no aguanta una pequeña broma —dijo Vlad con una sonrisa satisfecha.

—Vaya cobarde. —Estuvo de acuerdo Klaus.

Yuki le codeó a Klaus, lamentándose por su pobre aunque idiota hermano.

—Sin embargo, debemos agradecerle algo. Fue él quien les encontró. —La mirada de Yuki hacia Klaus era cálida y que expresaba un cariño que iba creciendo cada vez más—. La verdad estoy muy agradecido de que no me haya hecho caso en dejar sus huevos allí.

—Supongo que es un punto a su favor —reconoció Vlad a regañadientes, importándole muy poco la audiencia que pudieran tener, le dio un profundo beso a Kenshi, entre mezclando sus sabores y los de los huevos revueltos que estaba comiendo el japonés.

Después de eso, se dedicaron a hablar, de ellos, del futuro, de lo que podrían hacer de ahora en adelante. Quizás fuera incierto, después de todo, a Klaus y Vladimir todavía les quedaban muchas cosas por aprender para ser humanos pero si de algo estaban seguros era del amor que le profesaban a sus tesoros: esos humanos que desde el primer día los amaron. Era momento de retornar ese amor y lo harían con creces.

FIN.