Espero les guste este...
Capitulo 2
-¿Se puede saber qué está haciendo en mis tierras?
Él la contempló en silencio y se limitó a alzar lentamente una ceja. Al revés que ella, se estaba tomando su tiempo para admirarla. Al mojarse, su melena rubia se había vuelto cobriza y le caía sobre los hombros de tal modo que acentuaba la elegancia de su piel, dorada como la miel, bajo la cual se marcaban unos huesos delicados. Se fijó en sus ojos, peligrosamente felinos, dos destellos azules como el cielo. Tenía una boca generosa de labios llenos, aunque en ese momento los apretaba con furia. El labio inferior, muy sugerente, contrastaba con la mandíbula, firme y obstinada.
Su mirada descendió despreocupadamente. Era alta, pensó, y sin apenas curvas, como un chico, pero en ese preciso momento, con la camisa mojada y pegada como una segunda piel... Lentamente, su mirada volvió a ascender hasta encontrarse con la de ella. No se había sonrojado con aquel examen de su anatomía, aunque no se le había escapado nada. Sus ojos no mostraban miedo ni aprensión, muy al contrario: le dirigió una mirada penetrante que habría fulminado a cualquier otro hombre.
-He preguntado qué demonios está haciendo en mis tierras -repitió Rosalie en voz baja, como conteniéndose.
En lugar de responder, él desmontó. Fue un movimiento lo bastante suave y calculado como para que Rosalie se diera cuenta de que debía haberse pasado la vida subiendo y bajando de una silla de montar. Caminó hacia ella pausadamente, muy relajado, aunque sin perder su poderío. Luego sonrió y su expresión pasó de ser tremendamente sexy a resultar absolutamente encantadora. Era una sonrisa que parecía querer decir «puedes confiar en mí... por el momento». Le tendió una mano.
-Señora...
Ella inhaló profundamente y dejó salir el aire. Sin aceptar la mano que él le ofrecía, se incorporó y salió del agua por sus propios medios. Calada hasta los huesos y con frío, pero lejos de haberse calmado, puso los brazos en jarras.
-No ha respondido a mi pregunta.
«Tiene valor», pensó él mientras continuaba estudiándola, «mucho valor, temperamento y... ». Entonces notó el modo desafiante como ella alzaba la barbilla. «Y arrogancia.» Le gustaba aquella combinación. Enganchó los pulgares en las aberturas de los bolsillos y basculó para cambiar el peso de pierna. Era una pena que con el sol se estuviera secando tan deprisa.
-Estas no son sus tierras -dijo tranquilamente, arrastrando apenas en su voz un ligero acento del Oeste-, señorita...
-Hale -Rosalie habló con brusquedad-. ¿Y se puede saber quién es usted para decirme que estas tierras no son mías?
Él se levantó un momento el sombrero, en un gesto que tenía más de insolente que de respetuoso.
-Emmett McCarty -frunció los labios al oír que ella dejaba escapar un bufido-. El límite pasa justo por aquí -miró las punteras de sus botas, a unos centímetros de las de ella, como si estuviera viendo una línea dibujada en el suelo- y atraviesa la charca por la mitad -volvió a mirarla a los ojos. Su boca tenía una expresión solemne, pero sus ojos sonreían-. Creo que ha aterrizado en mi lado.
Emmett McCarty, primogénito y heredero. ¿No debía estar en Billings, dedicado a sus malditos pozos de petróleo? Rosalie arrugó la frente y decidió que no tenía el aspecto de universitario imberbe con el que su abuelo lo había descrito. Ya pensaría luego en aquello; en ese momento, se imponía defender su posición, no retroceder.
-Si he aterrizado en su lado -dijo cáusticamente-, será porque usted estaba merodeando montado en eso -señaló el caballo de McCarty con el pulgar. «Es un animal magnífico», pensó con una admiración que le costaba ocultar.
-Y porque casi había soltado las riendas -señaló él con toda tranquilidad.
Era cierto y ella lo sabía, pero sólo consiguió enfurecerla más.
-Su olor ha asustado a Delilah.
-Delilah... -repitió, y por un instante pareció divertido. Se echó hacia atrás el sombrero y estudió las líneas suaves y limpias de la yegua-. Debe haber sido el destino -murmuró-. Samson -y al oír su nombre el semental avanzó y empujó con el morro el hombro de Aarón.
Rosalie reprimió la risa, pero no pudo ocultar los hoyuelos que se formaron junto a las comisuras de sus labios.
-Recuerde cuál fue el destino de Samson -replicó- y manténgalo alejado de mi yegua.
-Es preciosa -dijo Emmett pausadamente. Mientras acariciaba la cabeza de su caballo sus ojos seguían fijos en Rosalie-. Quizá excesivamente nerviosa -continuó-, pero bien formada. Muy apropiada para cruzarla.
Los ojos de Rosalie volvieron a entrecerrarse. A Emmett le gustó el modo en que relucían tras las pestañas, largas y abundantes.
-Ya me preocuparé yo de eso, McCarty -golpeó el suelo con un pie para sacudirse el agua que empapaba la ropa. Seguía chorreando, pero la tierra absorbía rápidamente las gotas-. ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó-. No encontrará petróleo en esta zona.
Emmett ladeó la cabeza.
-No estaba buscando petróleo. Y tampoco estaba buscando una mujer -se acercó a ella con naturalidad y enroscó en los dedos un mechón de su cabello-, pero he encontrado una.
Rosalie sintió una opresión fulminante en el pecho que le impedía respirar y de inmediato reconoció aquella sensación. Oh, no, ya le había ocurrido antes, una vez. Su mirada bajó hasta los dedos de Aarón, que jugueteaban con las puntas de su pelo, y ascendió de nuevo hasta la cara de su interlocutor.
-Estoy segura de que no quiere perder esa mano -dijo con suavidad.
Por un instante los dedos de él se pusieron en tensión, como si estuviera considerando la posibilidad de recoger el guante que ella acababa de lanzarle. Y entonces, con la misma naturalidad con la que le había agarrado aquel mechón, lo soltó.
-¿No te parece que eres demasiado susceptible? -dijo Emmett tranquilamente-. Claro que los Hale siempre habéis sido rápidos a la hora de desenfundar.
-Para defendernos -puntualizó Rosalie sin ceder.
Durante un momento, ambos se observaron, sorprendidos de encontrar tan atractivo al adversario. Mejor andar con cuidado, se dijeron los dos para sus adentros, aunque habitualmente aquella era una recomendación que les costaba seguir.
-Siento lo del viejo -dijo Emmett por fin-. Era tu... ¿abuelo?
Rosalie seguía mirándolo con la barbilla levantada, con gesto retador, pero él vio que por un instante una sombra cruzaba por su mirada.
-Sí.
Lo quería, pensó Emmett algo sorprendido. En sus escasas peleas con Clay Hale, siempre le había parecido un hombre singularmente desagradable. Dejó que su memoria reuniera los fragmentos de información que había ido reuniendo desde su regreso a Double M.
-Tú debes ser la cría que pasaba aquí los veranos hace años -comentó mientras trataba de recordar si se habían cruzado antes-. Del Este -con una mano se agarró la barbilla, un poco áspera porque esa mañana no se había afeitado-. Rose, ¿verdad?
-Rosalie -lo corrigió ella fríamente.
-Rosalie -una rápida sonrisa volvió a transformar su rostro-. Sí, te va mejor.
-Señorita Hale me va aún mejor -dijo ella mientras maldecía su sonrisa.
Emmett no prestó atención a su deliberada hostilidad. Cedió al impulso de dejar que su mirada recorriera de nuevo la boca de Rosalie. No, no creía que se hubieran cruzado antes. Ningún hombre olvidaría una boca como esa.
-Si Gil Haley se ocupa de dirigir Utopía, seguro que todo va bien.
Ella se erizó como un gato. Él casi podía ver la curvatura de su columna vertebral.
-Utopía lo dirijo yo -se limitó a responder.
A él se le formó un hoyuelo junto a la comisura de los labios.
-¿Tú?
-Exacto, McCarty, yo. No me he pasado los últimos cinco años en una oficina en Billings -algo cruzó por la mirada de Emmett pero ella no se detuvo sino que continuó-. Utopía me pertenece, cada palmo de tierra, todas y cada una de las briznas de hierba. La diferencia es que yo lo trabajo, en lugar de andar pavoneándome por la Feria Estatal de Ganado y exhibiendo mis lazos azules.
Intrigado, él le agarró las manos sin hacer caso de sus protestas y estudió las palmas. Eran delgadas pero fuertes y capaces. Le acarició el pulgar encallecido y sintió admiración... y deseo. Había llegado a hartarse de las manos inútiles y ociosas de Billings.
-Vaya, vaya -murmuró sin soltar las manos de Rosalie mientras la miraba a los ojos.
Ella estaba furiosa. Le enfurecía que las manos de Emmett fueran tan fuertes y que retuvieran las suyas sin esfuerzo, y le enfurecía también que el corazón le latiera con tanta fuerza que hacía que le zumbaran los oídos. La curruca había vuelto a cantar y podía oír el suave roce de las colas de los caballos moviéndose.
Él olía a cuero y a sudor, le agradaba. Le agradaba demasiado. Un anillo de color ámbar le rodeaba él iris y acentuaba el marrón oscuro de sus ojos. Una
cicatriz, delgada y blanca, discurría por el borde de su mandíbula. No se notaba a no ser que uno mirara muy de cerca, al igual que sus manos no parecían tan fuertes y huesudas hasta que atrapaban las de una.
Rosalie retrocedió rápidamente. No merecía la pena fijarse en esas cosas, no merecía la pena escuchar aquel zumbido en su cabeza. Ya le había ocurrido en una ocasión y ¿adónde la había conducido? Ingenua, sumisa y tonta. Pero era mucho más lista que cinco años atrás. Lo más importante era recordar quién era él, un McCarty, y quién era ella, una Hale.
-Ya te he advertido sobre tus manos antes -dijo con calma.
-Es cierto -reconoció Emmett mirándola a la cara-. ¿Por qué?
-No me gusta que me toquen.
-¿No? -levantó una ceja, pero no le soltó las manos-. A la mayoría de los seres vivos nos gusta, si nos tocan de la manera adecuada -de pronto la miró fijamente a los ojos de manera muy directa e intuitiva-. ¿Es que has tenido alguna mala experiencia?
Ella le mantuvo la mirada.
-Te estás metiendo donde no te llaman, McCarty.
Él ladeo levemente la cabeza de nuevo.
-Puede ser. Siempre podemos volver a levantar la cerca.
Ella se dio cuenta de que había captado el mensaje. Esa vez, cuando tiró de sus manos, él se las soltó. -Limítate a quedarte en tu lado -sugirió.
Él se caló el sombrero de modo que este volvió a dejar en sombras su rostro.
-¿Y si no lo hago?
Ella alzó la barbilla.
-Entonces tendrás que vértelas conmigo.
Dio media vuelta, caminó hasta Delilah y agarró las riendas. Le costó no acariciar el cuello del semental, pero logró contenerse. Sin mirar a Emmett, se deslizó con facilidad sobre su silla y se ajustó el sombrero, mojado y con el ala aplastada. Sólo entonces se dio el gusto de mirarlo desde lo alto de su caballo.
De mejor humor, Rosalie se inclinó sobre la empuñadura de la silla. El cuero gimió bajo ella cuando Delilah se movió. Su camisa se estaba secando, notaba calor en la espalda.
-Que tengas unas buenas vacaciones, McCarty -le dijo con una ligera sonrisa-. No te mates a trabajar mientras estés por aquí.
Él se acercó y acarició el cuello de Delilah.
-Trataré de seguir tu consejo, Rose.
Ella se inclinó más hacia él.
-Señorita Hale.
Emmett llevó la mano hasta el ala del sombrero de Rosalie y la empujó hacia la nariz de ésta.
-Me gusta Rosalie.
Antes de que ella pudiera incorporarse, le agarró el cordón del sombrero y se quedó mirándola con una mirada rara.
-¿Sabes?, hueles a algo en lo que cualquier hombre se revolcaría con los ojos cerrados.
Rosalie se dijo que resultaba divertido mientras hacía como si no notaba la aceleración de su pulso. Le apartó la mano del cordón de su sombrero, se puso derecha y sonrió.
-Me decepcionas. Habría pensado que un hombre que ha pasado tantos años en la universidad y en la gran ciudad, se expresaría de manera más ingeniosa y refinada.
Él metió las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones y la miró. Resultaba fascinante el modo como el sol se reflejaba en los ojos de Rosalie, sin arrancar el menor destello dorado ni gris a aquel verde oscuro y frío. Eran unos ojos demasiado obstinados como para aceptar la menor injerencia; muy adecuados para ella.
-Tendré que practicar -dijo esbozando una sonrisa-. Lo haré mejor la próxima vez.
Ella dejó escapar un bufido que acabó en carcajada y comenzó a hacer girar a su yegua.
-No habrá próxima vez.
La mano de Emmett sujetó con firmeza la brida antes de que ella pudiera poner su caballo al trote y él le dirigió una mirada tranquila y sólo levemente divertida.
-Parecías más lista, Rosalie. Habrá más de una próxima vez antes de que hayamos terminado.
Rosalie no sabía cómo había perdido la ventaja tan rápido, pero así era. Alzó la barbilla.
-Pareces decidido a perder esa mano, McCarty.
Él le dedicó una sonrisa relajada y palmeó el cuello de Delilah antes de volverse hacia su propio caballo.
-Hasta pronto, Rosalie.
Ella esperó, bufando, hasta que él estuvo sobre su montura. Delilah dio unos pasos laterales, con aire asustadizo, y los dos caballos acabaron casi morro con morro.
-Quédate en tu propio lado –ordenó Rosalie, y clavó los talones. La yegua se lanzó hacia delante.
Samson sacudió la cabeza y se encabritó mientras jinete y caballo contemplaban cómo Rosalie se alejaba montada sobre Delilah.
-Esta vez no -murmuró Emmett para sí al tiempo que tranquilizaba a su caballo-, pero pronto -soltó una carcajada y enfiló en sentido contrario-. Muy pronto.
Que pesada Rose no? Y que relajado Emmett ahhh that its one of the reason 4 I love him.. jejeje
Ke tal les ah parecido el cap ah?
Review?
Bye..
