Buen día, queridos amigos!
Aay, la verdad no sé cómo agradecer la aceptación que tuvieron con este fic. Jajaja, me da risa, pero de esas risas nerviosas... En serio, no me lo esperaba.
Apenas es lunes, no ha pasado una semana del primer capítulo, y ya tenemos 100 vistas. Por ello, prometí que si las conseguíamos, publicaría el segundo capítulo antes del tiempo "acordado".
Sólo una cosa... Tengo que contestar los reviews de aquellos que escribieron como GUEST.
alonesempai: Hola! Qué gusto tenerte aquí! Caray, ¿en serio te gusta lo que escribo? Me alegra saber que hay otra persona a la que no le saca de quicio el Minos/Agasha... Será momento de ver qué clase de artimañas nos tiene preparadas el Grifo, que aquí actúa como el gran hombre de negocios. Espero ansiosa tu opinión. Muchas gracias por leer!
ariscereth: También me da mucho gusto verte aquí. Ya nos habíamos visto en otros fics y me honra mucho que ahora leas éste. Tienes razón, esta Agasha puede parecer muy distinta a la original, pero, ¿sabes? La verdad es que, si nos fijamos bien, es sólo la versión de la Agasha real de Teshirogi, pero en un ambiente contemporáneo y citadino xD Lo mismo pasa con Minos... Por cierto, contestando a la pregunta de tu segundo review, suelo actualizar semanalmente, pero, dado a la aceptación que le han dado a esta historia y ya que quiero acabar de publicarla antes de regresar a clases, probablemente actualice dos veces por semana. Lunes y jueves podrían ser los días de actualización. Muchas gracias por continuar leyendo!
midusa: Me alegra mucho que una conocedora y amante de Minos esté leyéndome. Opino lo mismo que tú acerca de la versatilidad del Grifo, es uno de los personajes con más posibilidades de creación. Y qué bueno que también te hiciera reír, la comedia no es mi fuerte, así que trataré de que, si no causa carcajadas, al menos sí una sonrisa. Espero que sigas leyendo, aguardaré ansiosa a tu opinión. Gracias!
Al resto, ya les he contestado vía MP, pero aún así, hago mención de ustedes. Liluz de Geminis, Filonauta, Clarita, Abaddon DeWitt, Ariel... ¡Gracias por acompañarme otra vez en mis loqueras!
Les envío un abrazo a todos, nos vemos abajo si es que hay algo que aclarar.
Enjoy...
~oOo~
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Abrí la puerta con lentitud. Jamás la había escuchado rechinar así, sería tal vez por lo silenciosa y solitaria que era la sala. Todo estaba oscuro, gracias al cielo mis padres habían hecho caso a mi advertencia de no quedarse esperando… ¿Qué hora sería ya? Por lo cansada que estaba intuía que serían más de las 12. Me dolía el cuerpo, los pies en especial.
Las llantas de un auto hicieron ruido, no tuve el valor de girarme a la luz que me abandonó luego de un instante…
Entré, cerré la puerta quedamente y me recargué en ella.
Tenía frío, hambre y mucha rabia. No, era una mezcla rara de desconcierto y admiración, un chispazo de furia contra ese sujeto. El roce de sus dedos apretando mi mano seguía ahí. Su voz tranquila que musitaba para todos…
"Estoy enamorado de otra mujer… Una que es amable, decente y de buenos sentimientos".
Mi sonrisa se ensanchó, ¿quién podría creer en esa tontería?
Al menos, le había sido útil esa noche… Porque al día siguiente, nadie, aún menos el señor Minos, recordarían esos disparates.
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El Negocio Perfecto
-Capítulo 2: Sólo un contrato-
"No estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo".
Alejandro Dumas (hijo).
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La alarma chilló enloquecida antes de que pudiera lanzarle un zapato que la dejara noqueada.
Me levanté a mi ritual matutino de siempre, el espejo del baño pudo haberse roto con mi expresión furibunda. Ni siquiera una noche de sueño pudo quitarme el mal humor de esa velada… Pero, siendo sinceros, no podría llamar "noche de sueño" a menos de cuatro horas de pesadillas.
—¿Y qué tal la velada ayer, hija?
Mamá parecía decidida a no dejarme tranquila. Papá arrugó las páginas de su periódico, ignorándonos.
—Sin palabras, mamá —murmuré, enfocada en mi desayuno.
—¿De qué velada hablan, Maguerit? —curioso, mi abuela siempre tuvo mal oído pero en ese momento escuchó todo de maravilla. Mamá le contó el gran suceso, especulando cosas que poco tenían que ver con la realidad.
—Mi Agasha consiguió un novio adinerado. La llevó a cenar ayer a un sitio muy elegante, ni siquiera vimos cuándo regresaron… —continuó canturreando, embelesada.
No pude ocultar mi cara de horror.
—¿Y es guapo? —la abuela preguntó.
—Es rico, abue, da igual si es el tipo más feo del universo —mi hermano me sonrió pese a fulminarlo por su inteligente comentario. Mamá y abuela rieron, yo quería morir.
—Cuéntanos, Agasha… ¿Qué tal estuvo? —todos me miraron expectantes, incluso papá.
Oh, si ellos supieran…
Me levanté de la mesa, tenía que ir al trabajo, a mi realidad. Ellos se quejaron pero no pudieron hacer nada. Esperaba que para la tarde tuvieran algo mejor con lo cual entretenerse y olvidar mi cita.
Después de un bus y el subterráneo, llegué a la amplia avenida repleta de edificios colosales. Pese a que tenía que entrar media hora antes de mi turno, las personas ya comenzaban a formar masas impasables. Doblé la esquina que finalmente me pondría en sintonía con mi lugar de trabajo, miré a la puerta de cristal. Ahí estaba: la empresa más grande del condado, una de las más importantes del país, liderada por tres hermanastros crueles, uno de ellos mi jefe. Aunque admirados y envidiados por la mayoría, pocas eran las personas que conocían más allá del renombre y las apariencias. Trabajar un año para ese cretino de cabello blanco había sido suficiente para entender que la labia y la amabilidad también pueden ser mentiras. Como hipócrita, el señor Minos se vendía muy bien. Como mentiroso, aún más. Por algo era el abogado de la compañía…
Empujé las puertas giratorias, me olvidé de sonreírle a Markino, nuestro portero.
—¡Señorita, Agasha! —me detuvo. Su sonrisa divertida me hizo dudar—. Felicidades, felicidades. Nadie lo imaginó, pero lo suyo con el jefe debe ser muy serio si rompió su compromiso con la señorita Pandora… —risitas alrededor de mí se escucharon, el temblor en mi ojo se hizo más fuerte. Markino me tomó de la mano, apretándola efusivamente—: Usted es la esperanza de todos nosotros, por favor, convénzalo de subirnos el sueldo… Por favor, por favor.
¡No podía ser!
Otra broma, otra mala broma… ¿Qué no había sido un suceso aislado? ¿Cómo sabían todos de esa estupidez? Miré a mis espaldas, las encargadas de limpieza estaban atentas al espectáculo, sus risas estaban llenas de incredulidad por algo que Markino parecía haber creído bastante bien. Me solté de su mano y me alejé. El botón del elevador estuvo a punto de quedar hundido para siempre cuando lo apreté una y otra vez. ¡Tenía que llegar a mi piso! ¡Ahora!
¿Quién habría difundido el rumor? ¿Algún cliente de los que estuvieron presentes en la velada? ¿La señorita Pandora? No, no, era demasiado orgullo perdido el que tendría que pagar… ¿El señor Minos? ¡¿Ese maldito idiota?!
Las puertas se abrieron, salí con grandes zancadas. ¡El día de la rebelión había llegado! ¡Ya no soportaría sus barbajanadas! Pero frené en seco, mi ira se esfumó por el temor cuando contemplé a una persona sentada en mi escritorio. Mis cosas, una lapicera y algunas envolturas de dulces, estaban relegadas en una esquina.
—¿Quién… Quién eres tú? —le hablé, la muchacha levantó la cara de sus apuntes, parecía muy nerviosa detrás de esos grandes lentes.
—Aah, yo, yo, yo… Usted es, ¿la señorita Agasha?
Asentí, seria todavía. —¿Tú quién eres?
—Soy la nueva secretaria, yo… eh… ¡espere, espere!
No la escuché, aun cuando caminó pegada a mi espalda. Empujé la dos grandes puertas haciendo un ruido estremecedor. Me metí en aquella oficina, directo a ese traidor.
—¡Me despidió! ¡Teníamos un trato y aun así me despidió! —grité, su bonita cara se mantuvo calma todo el tiempo. Eso me frustró aún más.
¿Qué demonios le ocurría? ¡En qué le había fallado! Contesté sus malditas llamadas, agendé sus citas, soporté sus burlas, su mentira… ¡soportaba las habladurías de los empleados y de mis padres! ¡¿Cómo se había atrevido a quitarme mi empleo?! Mi duro trabajo de un año… ¡Ingrato capitalista!
—¡Exijo que se explique, señor!
Empuñé mis manos, firmes a mi costado. Caray, jamás me había sentido tan enojada. Él en cambio, soltó los papeles en sus manos y estiró el cuello para ver tras de mí.
—Puedes retirarte, Collie.
La chica asintió, musitando algo como "Soy Conner" y cerró en cuanto salió.
No le quité los ojos de encima, aun cuando su pasividad me impacientaba más. Señaló una de las sillas.
—Siéntate…
—No lo haré —fui clara, casi retadora. Él sonrió.
—Entonces quédate ahí parada y trata de explicar la razón de que entres como una histérica a mi oficina. Y esta vez, hazlo sin gritar.
Mis dedos se apretaron aún más. Respiré profundo, no lo dejaría aprovecharse de mí, yo también sabía jugar mis cartas. Me acerqué, más tranquila esta vez.
—Ayer dijo que si lo acompañaba a su importante reunión me dejaría conservar mi empleo…
Callé, esperando su explicación. Pero él se recargó en el amplio respaldo de su silla.
—¿Y?
—¿"Y"? —repetí. Apunté a la puerta tras de mí—. ¡Acaba de contratar a otra secretaria!
Me observó por mucho tiempo hasta que mi ceño fruncido se suavizó. Me di cuenta de que mis ganas de golpearlo se habían convertido en lágrimas que no pensaba dejar salir.
—Claro que contraté a otra secretaria. Era necesario… —se puso de pie, rodeó el escritorio y se apoyó en la esquina. Mi expresión asolada hiso la pregunta por mí, "¿Por qué?". Él sonrió, sus ojos se mantuvieron fríos—. ¿Crees que pienso dejar que la gente hable acerca de que salgo con mi secretaria? Bastante problema tendré con explicarles la razón de que te quedaras en ese puesto por tanto tiempo.
Enarcó la ceja. El recuerdo de esa estúpida mentira la noche anterior fue avasallante. No podía ser cierto…
—¿Aún continuará con eso? —dejé salir en un susurro, totalmente incrédula. Se me acercó, lento, como si calculara todas mis reacciones. Temblé cuando su voz sonó firme a pocos centímetros.
—Haremos un trato, tú y yo. Necesito de tu servicio, pero uno bastante diferente a lo ortodoxamente conocido. Mentiremos sobre tener una relación, eso evitará las habladurías que mi antigua prometida quiso provocar. No te despediré y seguirás recibiendo el sueldo de tu trabajo. Justo, ¿no lo crees?
No, no lo creía. No creía nada de lo que estaba diciéndome. ¿Desde cuándo me hablaba con tanta familiaridad? Meses como su secretaría y lo único que sabía decirme es "haz esto", "trabaja más rápido", "¡apártate de mi camino!". ¡Y ahora quería una novia que cubriera sus infortunios! Cínico, ególatra…
Pero recordé mi trabajo, de nuevo los días de no salir de vacaciones porque mi amo no conocía el descanso. Los cafés que me obligaba a beber sólo porque a él le parecían demasiado dulces. Mis ansias de patearle el trasero… Tal vez podría llegar el momento. Sí, éste era un trato, ¿no? Un juego de dos personas, y como dije, yo también sabía usar mis cartas. Si no iba a dejarme ir entonces yo podría actuar también.
—Supongo que no puedo negarme, ¿cierto?
Me miró mofante: —No estás obligada a aceptar pero, si acaso tienes inteligencia, aceptarás este acuerdo.
Aah, ¿inteligencia? Ya vería que sí…
—Entonces tengo condiciones —alcé la frente, igual de soberbia, él pareció sorprendido.
—¿Oh, sí? ¿Y qué te gustaría?
Rechiné los dientes, él pensaba que sólo era una ignorante pueblerina, ¿no? Se sorprendería…
—Un fondo de ahorro, sin contar el sueldo que dijo me daría. Quiero una cuenta donde deposite una cantidad que yo misma le diré. Haré un conteo minucioso del valor de mis servicios y se lo daré mañana mismo. Usted podrá depositar el dinero ahí pero no podrá sacar nada, ¿entendido?
Sus ojos destellaron verdadero asombro, sonrió de lado: —¿Algo más?
—No podrá tocarme… —sentí mis mejillas arder cuando supe que me había entendido—. Es decir, no en privado, sólo cuando sea necesario.
—Protegeré tu castidad, niña, pero no te prometo demasiado… —su mirada doblegó mi voluntad.
—Y deje de burlarse de mí, ¿quiere? Puedo entenderlo bien sin que use tratos ofensivos.
Él resopló: —A cambio de que me obedezcas y mantengas cerrada la boca…
Las puertas se abrieron, me giré sólo para interponer la distancia que para ese momento ya era nula entre los dos. La nueva secretaria se asomó, el señor Minos frunció el ceño.
—Usa el teléfono si quieres anunciarme algo.
La pobre chica se disculpó, llena de nervios. —El-el señor Aiakos y el señor Radamanthys están aquí, se-señor.
—Hazlos pasar.
Ella desapareció. Supe que era momento de marcharme, no quería interrumpir a mi señor en sus negocios…
—Quédate —me sobresaltó, su mano sostuvo firme mi brazo—. También tienes que escuchar. Presta mucha atención.
Recorrió una de las sillas del escritorio, no por cortesía, sino para que acatara su orden como esperaba. Mi cabeza estaba tan revuelta que sentarme resultó reparador. Oí los pasos de aquellos dos hombres trajeados, sentí sus miradas en mi cabeza como si estuviera a punto de comenzar un interrogatorio. El señor Minos se movió, les sonrió con la misma mofa que usaba con sus empleados.
—Bienvenidos, caballeros… ¿Qué los trae a mi humilde estancia?
El señor Aiakos tomó la silla libre.
—Nos extrañabas, ¿verdad? —le sonrió con astucia—. Es increíble trabajar en el mismo edificio y apenas vernos las caras, ¿no, titiritero?
Aunque traté de mantenerme lo más invisible posible, dándoles la espalda a los tres para ser ignorada, me mantuve muy atenta, más que por la orden recibida, por mi curiosidad. ¿Titiritero? Era la primera vez que veía al señor Minos hablando con sus hermanastros, y aunque era aterrador tener a esos tres monstruos así de cerca, también era excitante. Mi mente dejó a un lado la conmoción para especular las razones de ese trato y aquel apodo.
—Vayamos al punto —esa fue la voz grave del señor Radamanthys. Si recibir la mirada de mi jefe resultaba perturbador, nada se comparaba a los ojos ambarinos que estaban a corta distancia.
Él se acercó, parecía enojado, ¿o siempre tendría esa cara?
—¿Quieres explicarnos la razón de que ahora vayas a casarte con tu secretaria? Y más vale que sea una buena historia…
¿Casarme? ¡Nadie dijo nada sobre casarme! Miré al señor Minos, se encogió de hombros, despreocupado.
—¿Han visto las encuestas, señores? —se estiró para tomar una revista que luego le lanzó al señor Aiakos—. Lune me enseñó esto hace una semana, el ranking de prestigio ha bajado según la opinión pública. Nuestros clientes se han hecho de alianzas con la competencia porque nos consideran muy… estereotipados. Nuestras ganancias han descendido porque nos creen amantes de las apariencias y demasiado neoliberales, dicen que somos ególatras e hipermercantiles.
¿Y acaso no lo eran? Ah, vaya descaro…
—Nuestros clientes también lo son —aclaró el señor Radamanthys—. Son ellos quienes contestan esas estúpidas encuestas, su palabra es en contra suya también.
—Esnobistas —interrumpió el señor Aiakos—. Están de moda hoy en día. Son ricos que odian a los ricos… Simpáticas criaturas.
Le pasó la revista, justo la página que debía tener aquellos importantes datos. Pero el señor Radamanthys la lanzó al suelo.
—Interesante tu clase de estadística, Minos… ¿Qué tiene que ver esto con tu decisión de avergonzar a nuestra empresa?
El señor Minos se levantó del apoyo del escritorio para decir:
—Negocios, sólo eso.
—Piensas hacer una estrategia de mercado, ¿verdad? —indagó el sr. Aiakos—. Serás el rico hombre de negocios que encontró el amor en una humilde marginada social —¡marginada!—. Me parece que has estado viendo muchas telenovelas, ¿no, titiritero?
El sr. Radamanthys se adelantó: —Eso no justifica que hayas cancelado tu compromiso con Pandora, Minos. Teníamos en manos un negocio aún más importante con la familia Heinstein y tú lo arruinaste. El trato entre nosotros era…
—Conseguir esposas de familias importantes —terminó mi jefe—. Ya lo sé, Radamanthys, deja de ladrar. No estoy diciendo que me casaré con ella —se refería a mí, sin duda—. Esto sólo será temporal, hasta que la publicidad de la empresa regrese a los números de antaño. Además, de nada habría servido seguir con Pandora.
—¿Le hiciste algo malo a su alteza real? —el señor Aiakos se llenó de burla.
—Me descubrió en una pequeña travesura, nada más. La idiota quiso arruinarme por eso pero terminó ella como la tonta de la historia… —se cruzó de brazos—. Como sea, el plan que ahora tengo ante ustedes promete ser igual o más beneficioso para nosotros.
—Eso si tu secretaria no mete la pata —el señor Aiakos me escrutó. Malditos ricos burlescos…
—Tengo la certeza de que no se atreverá a hacerlo —mi jefe también me miró, tal como vería a una máquina que estaba a punto de programar.
Los otros dos terminaron por convencerse. Suspiré de alivio cuando salieron. Me incorporé, mi cuerpo volvía a obedecerme, aunque aún estaba llena de pensamientos. Quizá lo mejor era salir corriendo, ¿por qué entregarme a algo tan sucio sólo por dinero? Mamá, papá, mi hermano… Sus caras en mi mente y su alegría por tener una chica exitosa en casa fueron suficiente respuesta.
—Espero que con esto haya quedado todo claro —el señor Minos regresó luego de cerrar las puertas—. Cumpliré la parte que te beneficia en este acuerdo, pero más te vale cumplir con mis expectativas. Si te atreves a desmentir algo de esto a cualquiera que te pregunte, no dudes en que pagarás las consecuencias. ¿Entendido?
Estaba ya frente a mí, su ceño fruncido era amenazante, como el mío.
—Entendí.
Su sonrisa se torció, acarició mi mejilla, paralizándome: —Buena chica.
Regresó a su escritorio, su brazo se alargó a mí para entregarme otra tarjeta de crédito. Como no dijo nada, tuve que preguntar para qué era aquello.
—Es para tu nuevo vestidor —contestó mientras examinaba algunos documentos—. ¿Esperas que te deje vestir así? Dile a Byaku que te lleve a las tiendas necesarias, pero no despilfarres demasiado. Será parte de tu fondo de ahorro. Compra algo especial para la cena.
—¿Cuál cena?
Eran demasiados cambios para aun día. Él levantó su mirada:
—La cena que tendremos hoy. Si quiero que esto funcione debo mostrarte un público… Date prisa. Y más te vale no armar alboroto con los periodistas, ya tuve suficiente de novias presumidas. Ahora vete. Pasaré por ti a las ocho.
Asentí, diciendo el típico "como usted diga" que la costumbre me había dejado. Guardé su tarjeta de crédito, podría huir a otro país con ese dinero… La nueva secretaria gimió sorprendida cuando me vio. Sus ojos se veían desorbitados, tal vez por la emoción de trabajar para el importante Minos Van der Meer. Verla sentada ahí, en ese escritorio que ayer había sido mío, me motivó a encorvarme para tomarla de sus hombros y decirle con franqueza:
—Buena suerte… Vas a necesitarla.
~O~
Byaku era un muchacho muy paciente.
Había trabajado como chofer del señor Minos los últimos cinco años y no parecía en lo absoluto desganado o amargado, como lo estaría cualquiera que tuviera que convivir más de un mes con ese hombre. ¿Cómo lo conseguiría? ¿Yoga? ¿Oraciones por templanza? Probablemente le pediría su secreto muy pronto…
—Luce asustada, señorita.
Le sonreí, medio temerosa como había dicho, viendo sus ojos en el espejo retrovisor.
—No estoy acostumbrada a esto —viajar en auto, ¡con chofer! Y una tarjeta de crédito llena de miles de dólares.
Byaku soltó una risa, sabía que en realidad me tenía compasión.
—Tranquila, todas las chicas quieren disfrutar de esta clase de comodidades. Permita que el señor atienda sus necesidades…
El señor… ¿Cómo podía hablar de él con tanto respeto? Torcí el gesto.
"Es que usted no conoce al señor como yo", pensé.
—Ya verá que se acostumbrará a esto…
—Lo dudo —dejé salir. Byaku me observó con más atención.
—¿Le disgustan las personas con dinero?
Me alcé de hombros. —El dinero está bien pero… Es sólo que, el señor Minos es…
Un imbécil, un barbaján capitalista que mira a los otros por encima del hombro, nada qué ver con la bonita imagen que las revistas de negocios pintan de él y su familia.
El chofer volvió a reír, negó con la cabeza.
—Se acostumbrará a eso también, se lo aseguro. Y, aquí entre nosotros… —me miró atentamente desde el espejo cuando el alto le hizo frenar—: El señor es más amable de lo que imagina. Sólo dele una oportunidad.
¿Amable? Esa era una de las muchas palabras bonitas que nunca le otorgaría a ese granuja. Además, esperaba que este asunto terminara lo suficientemente rápido para no darle ninguna "oportunidad" a nadie. Por su forma de hablar, supe que Byaku estaba al tanto del negocio que llevaríamos a cabo su señor y yo. Pero no pudimos decir más, el auto freno frente a la plaza comercial en donde podría iniciar el primer paso de mi nuevo trabajo.
No negaré que comprar ropa es una actividad muy emocionante. Con el poco tiempo libre que tuve en el pasado y considerando que gran parte de mi paga se iba en ayudar a saldar los gastos familiares, fueron raras las ocasiones en que pude pasarme una tarde así, viciada en medirme y cambiarme atuendos. ¡Y vaya que fue de lo más raro! No pude evitar la sensación de estar pisando el lugar equivocado… ¡Debería estar en mi escritorio recibiendo llamadas! Pero, ahora, heme aquí, cambiando todo mi armario. Y fue precisamente esa idea la que me motivó a ignorar la culpa o el incierto, nada sería tan sublime para una mujer como saber que estaba reemplazando su viejo guardarropa con las mejores marcas.
Por supuesto que fui cuidadosa. Si el señor Minos quería una novia –qué horror mencionarlo– de condición humilde, entonces evitaría atuendos que reflejaran actitudes soberbias y de intereses poco nobles. Por el bien de mi adorado jefe y de su bolsillo, no me llevaría aquello que elevara los 500 dólares. Ah, qué buena chica soy.
Byaku regresó a ayudarme con las bolsas. Me pidió que lo esperara a la entrada, ¿cómo rebajaría a la novia de su jefe a ir con él hasta el estacionamiento? Aguardé en una sombra, junto a las mesas de una cafetería. Aunque ya era otoño, el calor del medio día era insoportable, el bullicio de los carros no era mejor. Caminé aliviada hacia la acera cuando vi al Mercedes doblar la esquina. Un sonido de estrepito me sobresaltó, justo antes de llegar al auto. Un golpe junto a mi rostro me hizo brincar. Era una cámara gigante.
—¡Señorita Agatha! ¡Señorita Agatha!
¿De dónde había salido tanta gente? Si no alcancé a contarlos, al menos por la lógica entendí que eran más de cinco sujetos, otros cuantos camarógrafos, todos gritando cosas que nadie podría comprender. Entre "Minos Van der Meer", "novia marginada" y "señorita Pandora", siguieron empujando.
Me aplastaron contra la puerta, ¿estrategia para no conseguir abrirla? Un micrófono se pegó a mi boca, tan fuerte que aunque hubiese escuchado sus preguntas habría sido imposible contestar.
Ironías de la vida… No era así como lucían las entrevistas que le hacían a las celebridades. O bueno, jamás vi a ninguna con el micrófono marcado en las mejillas, o chorreando litros de sudor por escuchar tanta palabrería. La mirada acusadora del señor Minos se apareció, como si no fuera suficiente lío el que tenía. Ahora sólo me faltaba decir algo que a mi amado jefe no le gustara.
Como pudo, Byaku me sacó de allí. Abrió la puerta del copiloto y me empujó dentro. Luego arrancó a toda velocidad, ningún hombre de película de acción lo habría hecho mejor. Solté el aire contenido, me dolía la cabeza, mi pelo estaba revuelto, alguien me había pisado y ya me dolían los pies.
—Temerarios son estos periodistas, ¿no? —Byaku resopló—. Disculpe por haberla metido así.
—Está bien, está bien… —con tanto alboroto, le habría agradecido incluso si hubiera venido a por mí con un arnés—. ¿Siempre sucede esto?
—Sólo cuando ocurre algo muy sorprendente. Pero descuide, les dura poco el interés. Sólo trate de no asomarse por las ventanas ni de ir sola a sitios concurridos.
¿Así que no podría ir a comprar una soda sólo porque había ocurrido algo muy "sorprendente"? Temí ahora por la privacidad de mi familia…
—De quien sí tendrá que preocuparse es de la señorita Pandora. Con ella es peligroso liarse.
—No me asustan sus millones —apoyé el mentón en mi mano sobre la ventanilla cerrada.
—Es más que eso, señorita —lo volví a ver, hablaba en serio—. No busque hacerla enojar ni encontrarse con ella en privado. Deje que el señor se haga cargo de ella si acaso viene a buscarla.
Asentí sin decir nada. ¿En serio tendría que temerle a esa bruja bien parecida? Sin duda era vanidosa y tenía una mirada llena de recelo, pero, sólo era otra rica con demasiado maquillaje. Además, era ella quien había terminado con el señor Minos. Eso quería decir que ya no le interesaba si él buscaba a alguna otra… O, tal vez, podría hacerlo, sólo por venganza por lo de la cena y la forma en la que mi jefe la había avergonzado.
Oh, rayos… ¿En qué mundo estaba metiéndome?
De pronto, mis divagues se esfumaron cuando me encontré a la distancia una cabellera verde. Mi corazón saltó en cuanto lo reconocí. Ahí estaban los vaqueros y la camisa sencilla que recordaba haber visto. Una bata de color blanco era la única prenda nueva. Pero su rostro, oh, su dulce rostro era inconfundible.
—¡Detén el auto, Byaku!
El pobre chofer casi se estrella con un camión escolar. Asustado, se torció para mirarme bajar mientras le indicaba que esperara. No daría explicaciones, no quería perder tiempo… Crucé la acera, corrí a punto de tropezar hasta llegar a él. Lo encontré todavía encorvado, mirando hacia una coladera que estaba abierta.
La imagen me pareció de lo más extraña, pero moría por verlo otra vez así que me acuclillé también.
—¿Se encuentra bien? —tal vez había perdido algo. Él dirigió su mirada a mí, sus ojos se abrieron reconociéndome.
—Oh, es usted… ¿Qué hace aquí?
Sonreí, medio embelesada por su rostro lleno de suciedad y aun así demasiado bello.
—Paseaba, nada más. ¿Y usted?
Sus ojos volvieron a abrirse, ahora conmocionados, regresó su mirada abajo.
—Pues yo… eh…
—¡Eeh, Shion! ¿Sigues allí? —escuchamos desde el fondo de la coladera. Mi acompañante contestó.
—¿Lo encontraste? —la voz respondió afirmativamente—. Date prisa entonces, tendremos que llevarlo a la clínica.
Sin entender con quién o porqué hablaba, hice caso a su mano que me ayudó a ponerme de pie para hacerme a un lado. Me di cuenta de que algunas personas se detenían a ver qué rayos sucedía, lo miraron con cierto desprecio por su aspecto desaliñado. Yo también lo veía, ¿cómo no hacerlo? Unas manos surgieron desde el agujero, mi compañero tomó cuidadosamente al perro que estaban sosteniendo. El pequeño animalito se retorció, asustado. Él lo tranquilizó fácilmente.
—Lo vimos merodeando esta mañana cerca de la clínica. Alguien llamó y dijo que lo vio caer a este lugar… —señaló la coladera con el pie de donde por cierto estaba saliendo una persona.
El muchacho de cabellos azules y revueltos se nos unió.
—Condenado animal, es escurridizo —se acercó al perro, lo examinó. Pareció reparar en mi presencia, sonrió con atrevimiento—. ¿Así que flirteabas cómodamente mientas yo hacía el trabajo sucio, Shion?
—No digas tonterías, Manigoldo —negó, mirándome con vergüenza—. Lo lamento, mi compañero es bastante insoportable.
Yo sólo sonreí, nerviosa ante la propuesta de su amigo, a quien reconocí como la victima que sufrió el robo de alimentos en el WcDonalds.
—Vámonos, tenemos que curarle una pata y ver si no tiene hemorragias —dijo de pronto.
El amable muchacho de ojos avellanas asintió, preocupado. —Sí, la clínica queda lejos. Deberíamos tomar un taxi.
—¿Tienes dinero? Que yo dejé el mío allá —el otro hizo una mueca.
—Yo puedo llevarlos.
Ambos me miraron, creo que yo estaba tan sorprendida como ellos. Pero, qué más daba… Ya estaba en esto y no permitiría que se fuera de mí esta valiosa oportunidad. Les pedí que me siguieran, no ocultaron la desconfianza en sus gestos cuando descubrieron el Mercedes.
—Vamos… —les abrí la puerta, sin siquiera explicar nada a Byaku.
Una vez adentro los tres, le pedí que hiciera caso a las indicaciones de los jóvenes. Ellos explicaron rápidamente el sitio al que iban, Byaku puso el auto en marcha sin rechistar. ¡Ah, ese bello favor lo recordaría!
—Gracias —oí la suave voz, tuve la suerte de tenerlo a mi lado.
—No hay de qué —traté de sonreír. Su atención al adolorido perrito me cautivó.
Un veterinario… Claro, iba acorde a esa mirada noble y esa forma de ser tan amable. Lo escuché murmurado a su acompañante, algo así como "ya quédate quieto, Manigoldo".
—Ey, bella ragazza, ¿eres rica o algo así? —la pregunta vino desde el otro lado y me avergonzó, pero no pude contestar.
—Es una larga historia —dije finalmente. Pensar en el señor Minos me atemorizó, ¿qué me haría si se enteraba de todo? Sentí la mirada de Byaku en el espejo retrovisor, pero tuvo compasión de mí y no dijo nada.
Llegamos al lugar, bajé y corrí junto a ellos hasta el interior de la clínica. Me detuve cuando ellos atravesaron las puertas que sólo personal autorizado podía traspasar. Oh, ¿y si ya no salían? No tenía idea de cuánto tiempo les llevaría atender a su paciente. Bueno, al menos sabía en dónde trabajaba, podría visitarlo después. Tal vez compraría un gato para llevarlo a atenciones semanales.
Una de las puertas giratorias se abrió de tajo, era el muchacho de cabello azul y ojos rebeldes:
—¡Ey, dice que te quedes allí! ¡No te muevas!
Su acento era extraño, apenas lo notaba. Su petición me emocionó…
Dice…
¡Él quería que me quedara! Y claro que lo haría.
Me senté en la recepción y aguardé. El temor me embargó. ¿Qué tal si pensaba que era una tonta por esperarlo tanto? ¿Me creería cursi? El señor Minos sin duda se habría burlado, él no esperaba por nadie, "buena chica" diría para alguien sumisa y rebajada como yo. La ira que tendría al averiguar la forma clandestina en la que usé su preciado auto me llenó de más estupor.
—¿Señorita?
Levanté la cara, sus ojos podrían calmar a cualquiera. Parecía recién salido de una batalla.
—¿Cómo está? —pregunté por el perro. Él se sentó a mi lado.
—Sobrevivió, curamos a tiempos sus cuartos delanteros —vio mi cara de qué—. Me refiero a sus patas, una estaba rota y la otra dislocada. Pero se recuperará.
Sonreí. —Me alegro —y lo decía en serio.
—Gracias otra vez. De haber regresado caminando, quizá no sería el mismo final feliz.
—Está bien, qué bueno que pude ayudar.
Nos quedamos en silencio, pero nada de esos momentos incómodos y mudos que tanto molestan a una tímida como yo. Me di cuenta de que detallaba mis rasgos, igual que yo lo suyos.
—Oh, por cierto, discúlpeme por lo que ocurrió ayer —dijo de pronto—. Me tomé la libertad de darle una orden que probablemente no le gustó. Por favor, discúlpeme. Fui descuidado con eso.
—Para nada, al contrario. Espero que su amigo no se haya molestado por quitarle su comida…
Rio, tenía una bonita sonrisa: —Bueno, tuve que pagarle una nueva orden de hamburguesas pero no se quejó mucho. Normalmente no voy a ese tipo de lugares… Pero, me alegra que pudiera convencerme de ir el día de ayer.
Quise entender el doble sentido de esa afirmación, su mirada intensa me ayudó. El pecho me retumbó, podía sentir mis manos sudar y mis rodillas temblando. Menos mal que estaba sentada. ¿Y cómo responder a su insinuación? ¿Otra frase así? Algo como, "oh, sí, yo también adoré haber tirado mi bandeja de comida contra ti…". ¿Por qué las buenas ideas nunca venían a ayudarme cuando más las necesitaba?
En vez de eso, simplemente carraspeé, remojando mi garganta.
—¿Suele salvar a muchos animales?
Él asintió, medio entristecido: —Me gustaría decir que no, pero la verdad es que sí. Rescatamos a más de los que nos gustarían. A diario llegan llamadas de perros que merodean en las calles, entre los carros. La gente no es muy responsable con ellos, los compran un día y luego simplemente se aburren y los abandonan. Tratamos de recuperar a todos los que nos son posibles. Les damos atención médica y los llevamos a una carpa de adopción todos los sábados. A veces nos hacen falta voluntarios.
—¿Podría ir yo?
Ahí estaba, mi boca que decía todo sin mi permiso. Pero con tal de volver a verlo…
—Claro, nos vendría bien la ayuda de alguien como usted, eeh…
—Agasha —vaya torpeza la mía, ni siquiera me había presentado. Él sonrió, tendió su mano que fue maravilloso sentir entre mis dedos.
—Señorita Agasha. Mi nombre es Shion, veterinario de profesión, amante de los animales por vocación. Cualquier cosa que necesite, cuente conmigo.
—Lo mismo digo, estoy a sus órdenes…
—Oh, y hábleme de tú, por favor. Ya me siento demasiado viejo entre los practicantes…
—Usted también… Es decir, tú… Eeh… Puedes dirigirte sin formalidades hacía mí.
Asintió, la comisura de sus labios se curvó, atractiva.
—Así lo haré.
—¿Señorita? —Byaku rompió la bella burbuja de felicidad. Solté la suave mano que no me había desprendido en todo ese tiempo—. Señorita, es hora de irnos. El señor la estará esperando…
Me mordí los labios. Nada podía durar para siempre. Me despedí cortamente de Shion, sin atreverme a mirar sus ojos que seguramente estarían llenos de preguntas por ese chofer diciendo que el señor me esperaba. Caminé a la salida, su voz volvió a contenerme.
—¿Paso por ti a las diez? —me giré, él se pasó una mano por la nuca—. Para ir a la carpa de adopción…
Me sonrió con complicidad. La costumbre de traer una agenda para las notas me ayudó, escribí mi dirección y mi número telefónico.
—Te veo el sábado —levantó la hojita mientras me alejaba. ¡Y claro que me vería!
Llegué a casa poco antes de las cuatro de la tarde. Mamá y papá estaban en el trabajo, mi hermano había ido con sus amigos pubertos a cualquier lugar donde no me molestarían. La abuela veía algún drama mexicano por televisión. Nadie estuvo para ver a Byaku subir las bolsas y cajas llenas de ropa nueva, una ayuda del cielo que sin duda agradecí.
El chofer se fue, recordándome que llegaría por mí junto con el señor en la noche. Me encerré en mi habitación inmediatamente, acomodé las nuevas prendas y me devané los sesos para saber dónde dejaría o qué haría con las viejas. Las llevaría a un bazar a la primera oportunidad.
Fue gracioso darme cuenta de que todo mi embeleso por las compras de esa mañana estaba relegado a un espacio poco importante en mi atención. Incluso acomodando los montones de blusas, faldas y pantalones, todo perdió mi interés. Me arrojé a la cama, sosteniendo mi mano derecha contra mi pecho. Sí, sí, pueden llamarme cursi o pensar que soy la mujer más boba del mundo… Pero, para alguien como yo, cuya suerte con las citas es casi una fantasía, saber que un hombre así me ha invitado a salir… Bueno, digamos que mi racha de mala fortuna se veía más lejos.
Oh, casi podía ver la bella luz al final del túnel y…
Mi celular vibró, mi ringtone se apagó pronto; sólo era un mensaje de texto.
"Te recogeré a las 8.
Más vale que no me hagas esperar
De: Sr. Van der Meer".
Resoplé… Realidad vs Ideal. Recordé a mi profesor de Derecho mercantil, aquella frase soltada un día en contra de nosotros los que vemos todo bello: a veces, la luz al final del túnel puede ser un tren en tu dirección…
Esperaba que no tuviera razón.
~oOo~
Últimas notas:
¿Alguien se acuerda de Conner y Markino? La primera es del gaiden de Regulus, una chica rubia, bajita y miedosilla... Llamada "Collie" por el desgraciado de Minos xD Y Markino, bueno, el simpático espectro que cuidaba la puerta de Primera Prisión xD
En fin, en fin...
Mejor me retiro para dejarlos digerir este maquiavélico contrato. Por cierto, este es uno de los capítulos más cortos. Conforme avancemos, las palabras irán aumentando :P
Otro abrazo grande a todo el que esté leyendo.
Y bueno, ya que no vengo hasta el jueves, aprovecho:
FELIZ AÑO NUEVO! (adelantado xD) Espero que estos 365 días hayan sido buenos, si no perfectos, al menos llenos de aprendizaje. De todo corazón, les deseo lo mejor para este nuevo año, que Dios les dé más días grandiosos y que las fuerzas y las ganas de seguir adelante no falten. Muchas gracias por acompañarme en tantas historias! Para cualquier cosa, aquí tienen a su amiga y servidora.
Nos vemos pronto...
