Advertencia: Basada parcialmente en un episodio de la serie Good luck, Charlie, o en español: Buena suerte, Charlie. Si alguien la ha visto tal vez sepa a lo que me refiero, pero si no, no importa.
Advertencia 2: Esta historia no necesariamente guarda relación con el auténtico sistema legal y judicial de Japón, ni tampoco con las festividades. Es muy poco realista.
Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
~ La Navidad no siempre sale como la planeas ~
(Parte II)
Centro Comercial de Odaiba, 21:35 horas aproximadamente, mismo día
Después de que Akimi perdonara a Tai, ambos salieron del baño y fueron en búsqueda de Sora. La pelirroja se mostró sumamente aliviada al verlos acercarse tomados de la mano.
—¡Akimi! —gritó abriéndole los brazos para que ella pudiera refugiarse en ellos.
La niña se soltó de la mano del castaño y corrió en dirección a su prima.
—Nunca vuelvas a hacer eso, ¿me oyes? Estaba muy preocupada —le susurró al oído con la voz quebrada.
—Perdón, prima —farfulló ella, apretándola con más fuerza.
—Hey, chicas. No quisiera interrumpir, pero todavía hay un viejo barrigón al que debemos ver antes de irnos.
—Tai tiene razón, vamos rápido —asintió Sora poniéndose de pie y tomando la mano de Akimi.
Los tres se acercaron otra vez a la fila y no tardaron en descubrir que ésta había vuelto a crecer durante su ausencia.
—Demonios —dejó escapar Taichi en un murmullo apenas audible.
—Deben haber unos quince o veinte niños más que antes —lo secundó Sora—. Esperemos que avance más rápido esta vez.
Y sin más, se dispusieron a esperar otra vez. Al parecer Santa Claus ya estaba algo aburrido o simplemente ya era tiempo de cerrar, porque se tomó apenas entre tres y cinco minutos con cada niño, haciendo que antes de que se dieran cuenta estuvieran bastante cerca del principio de la fila.
Akimi estaba cada vez más emocionada y al menos de momento, no había vuelto a pelear con Taichi, lo que tenía más que complacida a Sora.
Por fin pasó un pequeño niño de unos siete u ocho años que estaba frente a ellos y entonces llegó su turno.
Sora avanzó con ella un par de pasos justo en el mismo momento que Santa Claus se levantaba de su asiento y sacaba un pequeño cartel que tenía detrás del enorme sillón.
Decía: Volveré en 30 minutos.
—¿Qué?, ¿Santa Claus se irá? —preguntó Akimi haciendo un puchero.
Sora la observó perpleja y volvió a mirar al actor enfundado en aquel conocido traje rojo, pero éste no volteó a mirarla ni una sola vez, ni mucho menos le dio alguna explicación. Pronto sintió a Taichi junto a su hombro y al verlo de reojo se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido.
—Déjame a mí, Sora
—¿Qué? Por favor, Tai, no cometas ninguna locura —le rogó su novia, conociendo de sobra el difícil temperamento del castaño.
—Tranquila, sólo hablaré con él —le aseguró Tai con aire relajado, dándole un ligero apretón en la mano que ella había puesto sobre su brazo para luego desasirse del agarre y acercarse al Santa Claus de turno—. Oye, amigo.
El hombre, que aparentemente buscaba algo en una mochila, se volteó y le dirigió una dura mirada.
—No soy tu amigo —refunfuñó.
Tai alzó ambas manos en señal de paz. Realmente no deseaba meterse en problemas, sólo quería que Akimi hablara con el viejo ese y así poder irse a su cita con Sora. Las intenciones, sin embargo, no siempre se cristalizan de la forma en que esperamos.
—Lo que tú digas —contestó—. Sólo quería mencionarte que apenas quedan unos veinte o veinticinco niños aquí. ¿De verdad es necesario que te tomes un descanso ahora? Es Navidad y todos queremos volver a casa antes de las 12.
—Claro que sí, pero yo puedo quedarme aquí todo el día, ¿no? —replicó el hombre llevándose las manos a la cintura—. ¡Ni siquiera he almorzado! Estoy aquí desde el mediodía y nadie se ha acordado de mí. ¿Sabes lo único que he comido? ¡Galletas! Y eso sólo si estos pequeños engendros se acuerdan de traerme algo.
Aparentemente el intérprete de Santa Claus había tenido una jornada intensa y como consecuencia estaba descargándose con él.
—Sora, ¿Taichi-senpai está peleándose con Santa Claus? ¡Así no me traerá mis regalos!
—Tranquila, Akimi. Tai sólo intenta arreglar las cosas —la tranquilizó la pelirroja.
A pocos pasos de ellas, el castaño asintió con la cabeza.
—Comprendo, yo... eso es muy injusto, ¿pero piensas hacérselo pagar a ellos? Son niños y creen en ti… ¡un momento! ¿vas a quitarte eso aquí? —preguntó alertado, al verlo jalarse la barba como quien se saca tranquilamente una peluca después de una fiesta de disfraces. Obviamente no entendía la importancia de su papel.
El hombre, sobresaltado por el grito, desistió de su idea, causando que la barba quedara ligeramente ladeada hacia la izquierda.
—No puedes quitártelo —continuó Taichi—. ¡Eres Santa Claus! —dijo dándole más énfasis del necesario a aquella frase.
—Esto pica como no tienes idea, chico —replicó el hombre—. Además, te diré algo. Toda esa basura que acabas de decir, eso de que los niños creen en mí, son puras tonterías. Los mocosos de hoy no creen en nada. Si vienen es porque sus padres son unos lloricas que quieran mantener la tradición.
—¿Qué has dicho? —preguntó Tai, comenzando a enfadarse. Aunque no era padre no había podido evitar sentirse tocado con ese comentario. Él pensaba llevar a sus hijos a visitar a ese viejo panzón, cuando los tuviera, claro.
—Tai —lo llamó Sora.
Sólo le bastó ver la expresión de cautela con la que lo miraba para que se obligara a sí mismo a calmarse. Respiró profundo y cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir el viejo malas pulgas seguía viéndolo con irritación.
Bueno, si hablar tranquilamente no había funcionado, todavía tenía un plan dos.
—Escucha —dijo con un tono inusitadamente calmado, al tiempo que se acercaba a él—. Estoy seguro de que tú y yo podemos llegar a un acuerdo civilizado —añadió ofreciéndole un billete que acababa de sacar de su billetera—. ¿Qué me dices?
—¡¿Tratas de chantajearme?! —exclamó el hombre, poniéndose casi tan rojo como su traje.
—¿Qué? —preguntó una mujer que estaba dos o tres lugares por detrás de ellos en la fila.
—Nada de eso. Sólo estoy tratando de llegar a un acuerdo aquí —rectificó Tai de inmediato, guiñándole un ojo a Santa Claus, lo que no hizo sino enfurecer más al hombre.
Y aunque su intención había sido aplacar un poco las cosas y de paso, conseguir lo que quería, el desastre ya era inevitable. Inmediatamente se armó un pequeño jaleo que fue creciendo segundo a segundo. Algunos padres reclamaban que llevaban mucho tiempo esperando como para que él se fuera justo ahora y otros decían que nadie les había dicho que tuvieran que pagar por ver a Santa Claus y que aquello era injusto.
—¡Qué barbaridad! —gritó la misma mujer que se había exaltado hace un momento atrás ante un posible chantaje—. Si hubiera sabido que esto podía apurarse pagando un poco lo habría hecho antes. Cariño, alcánzame la cartera.
Y así muchas mujeres hicieron lo mismo. Taichi y Sora observaban todo totalmente pasmados, sin comprender cómo habían ocasionado ese desorden. Akimi, por su lado, se subió en la silla de Santa Claus, justo detrás del hombre que no sabía qué hacer para calmar a la muchedumbre, y comenzó a gritar con todas sus fuerzas: ¡Santa Claus es malo!, al tiempo que saltaba sin parar.
La respuesta no se hizo esperar. Todos los niños presentes comenzaron a repetir la frase con voces chillonas y enfadadas.
Taichi se llevó las manos a los oídos y miró a Sora, al borde de la desesperación, preguntándole sin palabras si se le ocurría algo para arreglar ese desastre. La pelirroja se acercó cautelosamente a él, también cubriéndole las orejas y le dijo que ella bajaría a Akimi y haría que los niños se callaran mientras él intentaba calmar a los furiosos padres.
—¡Oigan, oigan! ¿Me permiten un momento?
Sora tuvo dificultades tratando de bajar a su prima de la silla, pues ésta al darse cuenta de sus intenciones se aferró a ella con todas sus fuerzas sin dejar de gritar, pero finalmente la fuerza de la pelirroja triunfó. Tai, sin embargo, estaba teniendo mayores problemas porque nadie quería escucharlo. Le extrañó que no hubiera llegado ningún guardia con semejante escándalo, pero ya más tarde se arrepentiría de haberlo deseado.
—¡Silencio! —gritó finalmente Santa Claus, logrando callar a la pequeña multitud—. Son todos unos desconsiderados, ¿es que acaso no tengo derecho a comer o ir al baño? ¡Este año los regalos llegarán tarde por vuestra culpa!
Taichi estaba convencido de que esa no era la forma de tranquilizar a un grupo de gente enfadada y él, honestamente, ya estaba demasiado cabreado, así que se volteó hacia el viejo y tras darle un fuerte empujón en el pecho, lo cogió bruscamente del cuello de su traje.
—Escúchame, maldito hombre barrigón y soso, todo esto es tu culpa. Llevo horas esperando que la prima de mi novia pueda verte para pedirte sus obsequios…igual que todos los otros niños, ¿es mucho pedir, acaso?, ¿quieres irte? ¡nosotros también! Así que por tu bien, vas a sentarse ahí, harás jojojo para ellos y todos podremos irnos, ¿entendiste? —soltó de golpe, perdiendo finalmente los estribos.
El hombre, pálido y asustado, no pudo hacer más que asentir. Parecía que finalmente comenzaban a entenderse. Una pequeña ovación estuvo apunto de comenzar cuando repentinamente una bola blanca gigante voló por el aire e impactó al viejo Santa Claus, tumbándolo en el suelo.
—¡Akimi! —gritó Sora, enfadada. La muy audaz había conseguido zafarse de los brazos de su prima luego de que la bajara de la silla, para coger la parte superior de un gran muñeco de nieve echo de plumavit y aventárselo a ese viejo feo y gordo que no la dejaba pedir sus regalos, todo esto antes de que la pelirroja tuviera tiempo de detenerla.
Y justo en ese momento, para mala suerte de Tai, que se inclinó de inmediato para ver que el hombre estuviera bien, los guardias —que hasta ese momento brillaban por su ausencia y posiblemente habían estado en alguna oficina bebiendo y perdiendo el tiempo— hicieron su aparición.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó a viva voz el que parecía ser el jefe.
Sora se adelantó para dar una explicación, pero se quedó de piedra al ver que uno de los hombres cogía a Tai con brusquedad e intentaba ponerle unas esposas.
—¿Qué hace? —chilló cuando pudo salir del transe—. Es mi novio, ¡no puede llevárselo!
—¿Usted viene con él? —preguntó el mismo que había hablado la primera vez.
Taichi trató de vocalizar mudamente que le dijera que no, pero Sora, alterada como estaba, no se dio por enterada y contestó un quedo sí.
—Espósala a ella también —ordenó de inmediato el jefe a uno de sus subordinados, el que no tardó en obedecer.
—¿Qué creen que están haciendo? —inquirió Tai, intentando soltarse antes de que cerraran las esposas, en lo cual fracasó rotundamente.
—Vimos todo desde la oficina, ustedes atacaron a Santa Claus, no podemos dejarlos ir.
—¡Por todos los cielos, Santa Claus no existe! —gritó Taichi fuera de sí.
Y entonces un silencio absoluto llenó el recinto. Cada niño del lugar lo observaba pasmado. Algunos padres habían intentado cubrirles los oídos a sus hijos, pero todo había sucedido demasiado rápido como para poder hacer algo.
Taichi boqueó como pez fuera del agua, incapaz de saber qué decir para arreglar la situación.
—Yo… no quise decir… no fue eso lo que…
—Y ahora encima arruina los sueños de estos niños —escuchó reclamar a una mujer, posiblemente una guardia de seguridad.
—Llévenselos —volvió a hablar el jefe.
Los guardias que sostenían a Tai y Sora los empujaron para que caminaran, pero el primero se resistió.
—Vamos, ¿pretenden hacerme creer que van llevarnos detenido por haber atacado a un estúpido vestido de Santa Claus? —preguntó bastante enfadado—. ¡Soy estudiante de Derecho, no pueden hacer eso!
—No —contestó la oficial que los había acusado de destruir los sueños de los niños, con una sonrisa tirante en los labios—. Vamos a llevarlos detenidos por hacer desorden en la vía pública. ¿Aparece eso en sus apuntes, señor estudiante de Derecho?
La mandíbula de Taichi se desencajó.
Así fue como los condujeron hacia la Comisaría más cercana. Cada uno fue escoltado por dos guardias, mientras que Akimi iba al final, siendo acompañada por la mujer que se había burlado de Tai.
Nada más llegar los encerraron en una celda, dejándolos ahí por un buen rato antes de permitirles utilizar su llamada, como muy bien les exigió Taichi, siendo conocedor de sus derechos. Para la niña, en cambio, dispusieron una silla del otro lado de las rejas.
—Mi mamá va matarme, mi tía va matarme. Ay, rayos. ¡Todos van a matarme! —dijo Sora mientras se paseaba de un lado a otro de la pequeña celda.
—¿Quieres calmarte? Nadie va matarte… especialmente hoy, es Navidad —replicó el castaño como si eso lo solucionara todo.
Y aunque de hecho, no lo hacía, la pelirroja decidió hacerle caso.
Comisaría de Odaiba, ubicación: indeterminada, hora 23:30 horas aproximadamente, día: 24 de diciembre
—Así que eso fue lo que pasó —suspiró Taichi, aferrándose con fuerza a los barrotes como si buscara derretirlos con sus manos, por más absurdo que sonara—. Akimi lanzó la bola de plumavit y tú intentaste detenerla, por eso cuando volteé a mirarte parecía que habías sido tú.
—Así es —susurró Sora, sin darle mucha importancia al asunto. Estaba apoyada contra la pared en una esquina.
Probablemente Akimi hubiera dicho algo de estar despierta, pero había caído rendida hace unos diez o quince minutos, su cabeza reposaba descuidadamente sobre el respaldo de la silla.
—Es difícil creer que sea tan traviesa viéndola así, ¿no? —preguntó Sora.
—¡Ja! Traviesa, ese si es un gran eufemismo.
Para sorpresa de Tai, esta vez su novia no lo reprendió por referirse así a su prima.
—Oye, ¿por qué no me lo dijiste antes cuando peleamos? Que no habías sido tú…
Sora se lo pensó un momento antes de contestar. Tampoco ella estaba muy segura.
—No sé, simplemente estaba alterada, supongo. Por eso te eché la culpa, pero al fin y al cabo tampoco lo fue… no quise decir que estabas como un energúmeno, sólo necesitaba un culpable para entender que nuestra noche se haya fastidiado hasta este punto.
—Sí, yo también —susurró después de pensarlo un par de segundos.
Pasaron varios minutos en silencio hasta que Taichi finalmente se rindió y decidió apoyar la espalda contra la pared, dejando que su cuerpo se deslizara hasta el suelo.
—Parece que no saldremos de aquí hasta mañana —ya se le habían agotado las opciones, y de paso las esperanzas.
Sora se volvió a mirar a su novio y fue a sentarse a su lado. Llevaban mucho tiempo de pie.
—Así parece.
—Ja, Feliz Navidad.
—Feliz Navidad —repitió Sora desganada.
Tai se llevó las manos al pelo y enterró los dedos allí. Por un segundo la pelirroja tuvo la sensación de que se lo arrancaría de raíz, pero al final simplemente cruzó los brazos sobre las piernas y recargó su mentón sobre ellos.
—Lo lamento —dijo bajito—. Demonios, realmente quería darte tu regalo. Iba encantarte, ¿sabes?
Sora sonrió enternecida.
—También yo quería darte mi regalo, pero anímate…podemos intercambiarlos mañana —la verdad no le gustaba ver al chico así, puede que siempre estuviera quejándose de que Taichi no se tomaba nada en serio, pero eso no quería decir que quisiera verlo triste, aquello casi le partía el corazón, era como ver a un niño desilusionado debajo del árbol de Navidad.
—Ya no será tan especial.
La pelirroja le acarició la mejilla logrando que él alzara la cabeza para mirarla.
—Todos los días son especiales contigo, tonto —le dijo.
Taichi sonrió y enseguida la felicidad inundó sus ojos. Se inclinó hacia ella, y de forma lenta, casi tímida, posó los labios sobre los suyos. Sora lo agarró del cuello para atraerlo un poco más hacia ella y ambos, por un segundo, se perdieron en un beso lejos de aquel horrible lugar, hasta que el intencionado carraspeo de Akimi los separó.
—¡Yucks! No hagan eso que vomito —les reclamó.
Tai ya estaba riéndose antes de separarse del todo de su novia. ¿Acaso no estaba dormida?
—¿Qué? ¿Te molesta esto, enana? —le preguntó sarcásticamente—. Tal vez quieras un beso mío también.
—¡Ni-te-atrevas! —protestó ella, marcando muy bien cada palabra.
—Oh, vamos. ¿Estás así porque no tienes con quien besarte?
—Tai, es una niña —le reprochó Sora.
—Ah, pero seguro que tiene novio. ¿No es así, Akimi?
—¿Qué tonterías estás diciendo? Escucha a mi prima, ¡soy una niña!
—¿Entonces por qué te has puesto roja?
—¡Yo no me puse roja!
—Sí, sí que lo estás…
—¡Cállate, tonto! —gritó la pequeña con todas sus fuerzas llevándose las manos a sus mejillas para ocultar el sonrojo que había en ellas.
—¡Akimi tiene novio, Akimi tiene novio! —canturreó el castaño, burlón.
—Taichi, deja de molestarla —dijo Sora, jalándolo del brazo.
—¿Por qué? Es divertido
Akimi le dirigió una mirada fulminante.
—Está bien, está bien —se rindió, levantando ambas manos en su dirección—. Te diré qué. Yo no diré nada si tú no dices nada mientras me beso con Sora, ¿vale?
La pequeña lo miró largamente antes de responder, tenía la nariz fruncida.
—De acuerdo.
—¿Es un trato? —preguntó inclinándose hacia adelante para ofrecerle la mano.
Akimi logró meter la suya por entre las rejas y aceptar el gesto.
—Trato.
—¿Sabes? —preguntó Sora de pronto—. Esto no está tan mal. Quiero decir…no era lo que yo tenía pensado para la noche de Navidad, pero… no está tan mal.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Tai. A pesar de que adoraba fastidiar a Akimi, se abstuvo de besar a su novia y simplemente le tomó la mano.
—Demonios, mi tía tiene que haber llamado una decena de veces —murmuró Sora mordiéndose el labio.
Los tres se sobresaltaron cuando justo después de sus palabras el teléfono de la Comisaría empezó a sonar.
—Mira, seguro que es ella —bromeó Tai, sabiendo que era imposible que la tía de Sora hubiera averiguado, en caso de que supiera que estaban detenidos, que se hallaban justo en esa Comisaría.
El teléfono sonó mucho rato antes de que atendieran y a Tai le extrañó que lo hicieran, en todo caso. Hace mucho habían puesto música, seguro que los que estaban de turno habían decidido celebrar la Navidad allí adentro por su cuenta.
De pronto sintieron que alguien se acercaba. Cruzaron una mirada de curiosidad antes de levantarse al mismo tiempo y acercarse a los barrotes. Un policía apareció por la esquina.
—¿Eres Yagami, Taichi? —preguntó en dirección al chico a pesar de que les habían pedido su identificación cuando llegaron.
—Sí
—Tienes una llamada.
Tai enarcó las cejas.
—Usualmente esto no se permite bajo ninguna circunstancia, sin embargo, el jefe autorizó que hiciéramos una excepción sólo por la fecha —le explicó rápidamente antes de rebuscar la llave en su cinturón y abrir la celda.
Tai lo siguió en silencio hasta la pequeña oficina, donde esta vez, sí lo dejó a solas. Dio una mirada por sobre su hombro antes de hablar.
—¿Hola?
—¿Taichi, eres tú?
—¡Yamato!
—Hola, ¿qué tal estás? Me contestó un policía diciendo que es una comisaría, ¿es verdad?
—Sí —murmuró pasándose una mano por los ojos—. De hecho lo es… es una larga historia.
—¿Cómo acabaste ahí? ¿No tenías una cita con…?
—Sí
—¿Ella está ahí contigo?
—Y con su prima de seis años.
Un largo silencio se extendió desde el otro lado.
—Vaya, no creí que realmente estuvieras en problemas.
—¿Cómo supiste el número? —preguntó Taichi, curioso.
—Ah, eso. Es que… tú llamaste a Hikari y el número quedó registrado.
Repentinamente el castaño recordó lo que había sucedido cuando llamó a su hermana.
—¡Ahora lo recuerdo! Estabas con ella cuando llamé… ¿se puede saber que…?
—Ahora no, ¿vale? Escucha, no puedo ir por ti, pero enviaré a alguien, lo prometo. ¿Tienes la dirección?
Ya sea porque estaba muy cansado o porque realmente no deseaba escuchar esa historia por teléfono, Taichi asintió y le dictó la dirección que había visto cuando llegaron.
—Enviaré a alguien pronto —reiteró Yamato.
—Gracias.
De regreso a la celda Sora lo esperaba expectante, mientras que Akimi seguía en su silla, sentada muy derecha y con actitud desafiante, aunque no pudo evitar notar que se abrazaba a sí misma. Su abrigo se había quedado en el auto, así que sin pensárselo se desprendió del suyo y se la pasó.
—Ni una palabra, enana. Sólo póntela, ¿está bien? —le dijo casi en una orden.
Y sorprendentemente ella sólo asintió e hizo caso.
—¿Y bien? —preguntó Sora mientras él ingresaba y el guardia cerraba la reja a sus espaldas.
—Era el granuja de Yamato, dijo que enviaría a alguien.
—Ohhh…
—¿Cuánto queda para medianoche?
—Creo que unos diez minutos.
Taichi sonrió tristemente y volvió a sentarse en el suelo. Sora lo imitó y se acomodó en su hombro.
Al poco tiempo sintieron un estallido de gritos y aplausos desde la oficina. Ya era Navidad oficialmente, y a pesar de todos los esfuerzos, había resultado ser un desastre.
Tai cerró los ojos y apunto estuvo de quedarse dormido si no fuera por el sonido de pisadas acercándose. Esta vez eran de dos personas, ¿sería el salvador que había dicho Yamato? Pronto reconocieron la voz del desconocido.
—Vine a buscar a mis senpais, ellos son buenas personas, seguro que es un error.
El policía únicamente gruñó como respuesta antes de que las dos figuras emergieran desde la esquina quedando a la vista de los cautivos.
—¡Davis! —gritó Taichi, levantándose. No era que el chico le cayera mal, pero podía decir que nunca antes se había alegrado tanto de verlo.
—¡Taichi-senpai, Sora-san!
—¡Yuju! Estoy aquí —dijo Akimi, agitando los brazos para llamar su atención.
—Ah, hola tú —saludó el chico sin darle mucha importancia—. Yamato-senpai me pidió que viniera a sacarlos, dijo que no pudo contactarse con nadie más.
Aquella era la versión suavizada para: nadie más quiso perderse la Navidad por ustedes. De hecho, Daisuke había sido el único que casi se ofreció voluntario en cuanto recibió la llamada.
—Bueno, te agradezco que vinieras por nosotros —le dijo Tai.
—Cualquier cosa por ustedes —asintió el castaño menor, sonriendo.
—¿Y traes dinero? —preguntó Tai, con los ojos llenos de esperanza. ¡Ahora podían salir antes de la madrugada! Con un poco de suerte, ni sus padres ni la tía de Sora tendrían que enterarse de todo esto.
Daisuke lució confundido por un segundo y enseguida se llevó las manos a los bolsillos extrayendo de ellos todo el dinero que tenía. Dio un rápido vistazo a su mano, haciendo un recuento antes de volver a mirar a Tai.
—¿Sirven dos yenes?
Taichi comenzó a darse pequeños cabezazos contra la pared. La mueca de aflicción volvió a los labios de Sora. Después de todo esto estaban igual de perdidos que al principio. O tal vez peor.
El policía le preguntó a Daisuke si tenía dinero o no, y le advirtió que si no mejor no le hiciera perder el tiempo. Como consecuencia, el chico que era conocido por tener un carácter tan explosivo como el del ex líder de los digielegidos, quien de paso era su ídolo, se puso a discutir con él, las cosas se acaloraron un poco, y acabó metido tras las rejas, haciendo compañía a sus senpais.
Al poco rato ya estaba llorando junto a los barrotes.
—¡Eres un bebé llorón! —se burló Akimi.
—Anímate, Dai —le dijo Tai, dándole una palmada en la espalda—. Pronto amanecerá y nos soltarán.
—¡Mi mamá va matarme! Me escapé de la cena para venir aquí.
"Únete al grupo" Pensó Sora, sin embargo, algo llamó su atención.
Se acercó al chico para poder ver más de cerca su camisa. Tal como pensaba, el cuello estaba manchado con labial, un labial que ella conocía muy bien.
—¿Una noche agitada? —le preguntó.
Tanto Daisuke como su novio se voltearon a mirarla con extrañeza.
—¿Qué quieres decir con eso, Sora? —preguntó Tai.
—Él sabrá
—N-no, no sé de qué hablas, Sora-san —se defendió el castaño menor.
—Ese labial que tienes en la camisa… tal vez sea sólo una coincidencia, pero es igual a uno que tiene Mimi y ella no utiliza nada que no sea exclusivo —comentó risueña.
Taichi maldijo su mala suerte. ¿Ya había dicho que no necesitaba una imagen mental de esos dos juntos?
¿Qué había hecho que fuera tan malo para que le pasara esto a él?
Primero pasaba la noche de Navidad encerrado en aquel lugar, luego descubría que Yamato estaba aprovechándose de su hermanita y ahora esto. ¡Era demasiado que asimilar!
Se quedaron en silencio un par de segundos hasta que volvieron a oír pasos acercándose. Taichi se preguntó qué podría ser esta vez, ¿otra llamada misericordiosa de su mejor amigo?
El mismo guardia que había encerrado a Daisuke con ellos hace media hora se detuvo frente a la celda.
—Bien. Ustedes fueron detenidos haciendo escándalo en un centro comercial, así que no podíamos dejarlos libres. Era necesario que aprendieran la lección, pero es Navidad… por eso, dejaremos que vengan a celebrar con nosotros —les dijo al tiempo que abría la puerta.
—¿Nos dejará salir? ¿En serio? —preguntó Sora.
—Mejor salgan rápido, antes de que me arrepienta.
La chica no esperó que se lo repitiera. En menos de cinco segundos los tres habían abandonado la pequeña celda.
De repente Taichi se sentía mejor. ¿Una fiesta en una comisaría? Esa sería una gran anécdota que contar.
Tal vez la noche no había salido como esperaba y todos sus esfuerzos por armar un buen plan para su cita con Sora habían resultado inútiles, ni siquiera le había podido entregar su regalo, pero a pesar de todo eso le pareció que lo más importante era que estaban juntos. Luego de esa agotadora y extraña noche seguían juntos y esperaba que fuera así por mucho tiempo más. Quizá, con un poco de suerte, la próxima Navidad las cosas sí saldrían según lo planeado.
Notas finales:
Sí, lo sé. Es un tremendo cliché con un Yamakari bastante predecible como añadidura (ejem, ya sabéis, no puedo evitarlo, ya ni siquiera tengo que pensarlo, me sale solo)
Puede ser una fecha inoportuna para publicar, pero hey, quería hacerlo antes de que se acabara el año, y lo conseguí.
Sobre el Daimi (DaisukexMimi) la verdad no lo planeé. Ni siquiera sé cómo me siento respecto a la pareja, pero usualmente cuando algo me sale de la nada decido dejarlo. En todo caso, no son más que guiños.
El final sigue sin convencerme, lo leí una y otra vez, pero no se me ocurrió uno mejor. Tendrá que bastar por ahora.
Aprovecho para desear a todo aquel que llegue hasta aquí un muy feliz Año Nuevo.
Gracias por leer :)
PD:
Genee, últimamente has estado ausente en la página, por lo que imagino que tardarás un poco en leer esto, pero espero que cuando lo hagas te guste. No tiene mucho romance y tampoco estoy segura de la parte del humor, pero lo escribí con mucho cariño.
