Se reservaron lo vivido como un secreto inquebrantable, en un pacto mutuo no expresado con palabras. Olvidaron completamente lo que creyeron un ataque de las hormonas, y ambos continuaron con sus vidas, formando familias diferentes y alejando su destino.
Jamás volvieron a pensar en aquello -ni siquiera por un momento- hasta el día en que se reencontraron en la Plataforma 9 ¾.
Draco y su prole, pasaron caminando lentamente delante de ella y de su marido.
Los viejos amantes se miraron, sólo por un segundo, sólo para asegurarse de que estaban en lo cierto. Y no se equivocaban. Cualquier vestigio de esa pasión juvenil que hubieran sufrido, se había evaporado por completo, como el agua cuando se mantiene mucho tiempo expuesta al calor. Hermione se tranquilizo.
Pero Ron no. Se agacho junto a su hija y le exigió que nunca se acercara a esa familia maldita, porque ellos habían sido, y siempre serían, los eternos enemigos de los Weasleys.
Scorpius era el vivo retrato de Draco cuando este tenía su edad. No sólo había heredado su atractivo, sino también su altanería y su soberbia. A diferencia de Rose, quien era casi idéntica a su madre, excepto por la cabellera color mandarina que caía como cascada sobre su espalda.
-¿Me lo prometes? –pregunto finalmente Ron, con el miedo asomado en sus ojos.
Rose volteo hacia el muchacho que tenía delante de ella, y de inmediato se sonrojo al descubrir que también estaba siendo observada. Desvió su vista al suelo, pero solo un instante, porque volvió a asechar, con su mirada más poderosa. Scorpius lo noto, y decidió hacer lo mismo. No habría de perder ninguna batalla.
Entonces Rose descubrió como los ojos de platino de él la penetraban intensamente hasta la llegar a la boca del estomago, donde una revolución de mariposas y abejorros se daba comienzo. Se estremeció.
Scorpius sintió el quiebre de algo dentro suyo, que fue seguido de una esencia liquida y caliente partiendo de su pecho y alcanzando cada parte de él. Cuanto más miraba a la niña, más se esparcía en su interior.
¿Era una coincidencia? ¿O una jugarreta que el azar había decidido ofrecerles? ¿Acaso era la de ellos, una historia destinada a ser concretada sin importar el cómo? ¿Podría ser heredada la pasión? ¿Era esto posible?
Ron seguía impaciente esperando una respuesta. Su pequeña hija le sonrió.
-Claro que sí, papi.
