*~~~~* CAPÍTULO 2: RHEIN *~~~~*

Cabalgaron durante varios días hasta que llegaron a la aldea en la que Gandalf había quedado con los enanos.

—Cuando me separé de ellos quedamos en reunirnos en aquella posada al cabo de nueve días —dijo señalando una pequeña casa con el dibujo de un carnero sobre la puerta—. Hemos llegado justo a tiempo.

Se acercaron para ver mejor el lugar. Las puertas y ventanas eran de madera desgastada y el tono gris apagado de la fachada le daba un aspecto rústico. En uno de los laterales había un pequeño cobertizo para las monturas de los viajeros. Gandalf divisó al fondo un grupo de catorce ponis, lo que confirmaba la llegada de los enanos.

—Lo más sensato será que me reúna primero con ellos mientras te ocupas de los caballos. Entra en la posada al cabo de diez minutos y dirígete al segundo piso, allí hay una habitación lo bastante amplia y apartada del resto para tratar nuestros asuntos.

Gandalf la dejó al cuidado de las monturas mientras él se dirigía a la puerta principal de la posada. En la parte de abajo se encontraba la taberna donde la mayoría de los viajeros se tomaban un descanso para refrescar sus gargantas, mientras que la parte de arriba correspondía a las habitaciones. Al fondo de la taberna se encontraban los enanos, unos en la barra y otros sentados en una larga mesa. Algunos conversaban tranquilamente mientras otros bebían de sus jarras de cerveza y bromeaban con la comida. Bilbo fumaba de su pipa al tiempo que miraba con inquietud a través de la ventana, esperando a que su viejo amigo, el que lo había metido en esta aventura de la que todavía no estaba muy convencido, regresase con buenas noticias. Thorin se encontraba charlando con Balin cuando se percató de la presencia del mago. Bilbo también lo vio, lo que le hizo dar una larga bocanada de la pipa y soltarla lentamente con un suspiro de alivio.

Gandalf se dirigió primero a hablar con el posadero para pedirle las llaves de la gran habitación del piso superior a la que se había referido. Afortunadamente no había ningún otro grupo numeroso alojado en el lugar, por lo que la habitación estaba libre. Gandalf hizo un gesto con su bastón mientras se dirigía a las escaleras. Thorin asintió con la mirada y se levantó para que los doce enanos y Bilbo le siguieran. Algunos lo hicieron a regañadientes, pues se estaban divirtiendo allí abajo, pero dejaron sus jarras con la esperanza de poder volver a terminarlas al cabo de un rato.

Cuando los enanos subieron, Gandalf les estaba esperando apoyado en la pared. En el primer piso se encontraban la mayoría de las habitaciones, entre ellas las que habían reservado los enanos, pero el segundo piso disponía de algunas salas más apropiadas para otros fines, como la conversación que ellos iban a llevar a cabo. Gandalf les condujo a una gran estancia situada al final de uno de los pasillos y cerró la puerta tras él.

En el centro de la habitación había una mesa alargada con varias sillas a su alrededor. Como era natural, no había sillas para todos, así que los enanos se acomodaron como mejor pudieron improvisando asientos con lo que encontraron por allí. Thorin se sentó en el centro junto a Balin y Dwalin y el mago se colocó justo enfrente de ellos, de espaldas a la puerta. Gandalf le devolvió a Thorin el mapa, que lo guardó cuidadosamente junto a la llave de Erebor. Todos observaban curiosos al mago sin atreverse a romper el silencio. Finalmente fue Thorin quien formuló las preguntas con una voz profunda y autoritaria.

—¿Y bien? ¿Cuáles son las noticias que nos traes? ¿Has encontrado lo que fuiste a buscar?

Todas las miradas se centraban en el mago, quien asintió con gesto cansado.

—Nos espera un largo viaje lleno de peligros que todavía desconocemos. Habéis conseguido reunir un grupo de personas valientes y leales con cualidades muy diversas, pero temo que no sea suficiente. Por eso decidí buscar a alguien más para nuestra misión, alguien experimentado que ya se haya encargado de recuperar tesoros en otras ocasiones —comentó dirigiéndose a cada uno de los presentes. Thorin se puso tenso al escuchar la palabra "tesoros"—, y tras mucho meditarlo llegué a la conclusión de que la persona más indicada para ayudarnos en esta empresa sería un cazarrecompensas.

—¿Un cazarrecompensas? —le preguntó Thorin visiblemente molesto—. ¿Le has hablado de nuestro plan a un bandido? —El resto de los enanos empezaron a murmurar entre ellos.

—No pareció importaros cuando me pedisteis que os consiguiera un saqueador —dijo mirando a Bilbo y el resto de las miradas también se centraron en él, quien bajo la cabeza incómodo.

—Eso era diferente. Los cazarrecompensas sólo trabajan para su propio beneficio, no le rinden cuentas a nadie. No les importa a quién obedecer ni lo que les solicite con tal de conseguir su botín. ¿Cómo sabemos que no nos traicionará para quedarse con el tesoro? —Su voz sonaba cada vez más enfadada y su mirada escudriñaba el rostro del mago en busca de alguna información oculta que aún no les hubiera revelado.

—Mi desconfiado amigo, nadie va a quitarle a tu pueblo lo que es suyo. La persona que os he conseguido es de total confianza, os doy mi palabra de que no os traicionará. —El resto de los enanos parecieron convencerse de las palabras del mago que hasta ahora no les había fallado, pero Thorin mantenía su penetrante mirada sobre él.

—¿Y qué es lo que gana ayudándonos?

En ese momento se escucharon tres golpes provenientes de la puerta, todos los presentes se sobresaltaron. Gandalf sonrió y se levantó para abrir la puerta.

—Creo que puedes preguntárselo tú mismo. —La puerta se abrió dando paso a una figura desconocida—. Os presentó a Rhein, nuestro nuevo aliado.

Todos los enanos observaron en silencio la silueta de su nuevo compañero. Gandalf había disfrazado a Iriel como un imponente guerrero. Llevaba un casco puntiagudo que ocultaba su rostro dejando una abertura para los ojos, los cuales se encontraban tapados parcialmente por su flequillo, única señal visible de su cabello, ya que el resto se encontraba recogido en el interior del casco.

Justo debajo de los ojos se extendía una ligera malla plateada que se conectaba al casco a la altura de las orejas y bajaba hasta el cuello ocultando la mitad inferior de su rostro. Gandalf había elegido esta pieza para que Iriel pudiera comer y beber delante de los enanos sin dejar al descubierto su rostro. Un rígido jubón de cuero y pelo de oso envolvía su cuerpo encargándose de ocultar su femenina silueta, dándole un aspecto cuadrado y rectilíneo a su cuerpo. Debajo de él se encontraba una gruesa camisa gris de manga larga y unos brazales metálicos sobre sus antebrazos. Llevaba también unos guantes oscuros cortados en la parte final de los dedos. Iriel se había preocupado de cortarse y ensuciarse las uñas para darles un aspecto más masculino a sus manos. En la parte inferior llevaba un pantalón holgado de color marrón y unas botas de piel recubiertas de pelo que le llegaban hasta debajo de las rodillas. Lo único que había podido conservar de su vestimenta eran la capa desgastada y el cinturón con sus armas.

Iriel hizo una pequeña reverencia al entrar. Todos la miraban llenos de curiosidad, sin sospechar el engaño. Ella también quería echar un vistazo a sus nuevos compañeros de viaje, pero cuando levantó la mirada se topó con unos intensos y penetrantes ojos azules que parecían buscar una apertura al interior de sus pensamientos. Esta sensación hizo que una pequeña descarga recorriera su cuerpo sintiendo un escalofrío. La mirada de Thorin sería un problema al que tendría que seguir enfrentándose más adelante. Gandalf cerró la puerta tras ella y le indicó que podía aproximarse al resto del grupo.

Aprovechó estos instantes para echar una rápida ojeada a todos los presentes. Al primero que buscó fue a su compañero hobbit, que estaba sentado sobre una caja en un rincón de la habitación. Sus ojos delataban lo incómodo que se sentía entre tantos enanos y su aspecto se alejaba bastante del de un guerrero o del de un saqueador. Sólo Gandalf sabía por qué lo había elegido a él, estaba segura de que habría un buen motivo, pues el Istar nunca actuaba sin una razón. A su lado había dos jóvenes enanos bastante apuestos, con cara traviesa que sonreían con picardía, uno rubio y otro castaño. Debían de ser Fíli y Kíli. Gandalf le había descrito con precisión a todos los enanos durante su viaje, así que creía que sería capaz de identificarlos a todos. Los enanos eran aficionados a trenzarse el cabello, cada uno de una forma distinta y característica lo que hacía más fácil la tarea de diferenciar a sus trece compañeros. Aprender los nombres de cada uno había sido algo más complicado, Iriel había ido practicando con ellos durante el camino a modo de trabalenguas hasta que acabó dominándolos. Era el momento de poner a prueba su memoria.

En la esquina opuesta de la habitación observó a uno de los enanos sentado sobre el alféizar de la ventana. Llevaba un curioso sombrero y su gesto reflejaba simpatía. Ese debía de ser Bofur. Debajo de la ventana había un rollizo enano sentado en el suelo, Gandalf no había exagerado cuando hablaba del notable sobrepeso de Bombur. A su lado se encontraba un enano con el ceño fruncido, ¿qué era eso que sobresalía en su cabeza?, ¿un hacha? Oh, Eru… Iriel creyó que Gandalf le estaba tomando el pelo cuando le describió a Bifur, el enano que sólo hablaba en khuzdûl, la lengua de los enanos, pero ahora podía comprobar con sus propios ojos que era cierto. A su lado, en uno de los extremos de la mesa, se encontraban tres enanos sobre un antiguo baúl que apenas poseía espacio para que los tres pudieran apoyar sus traseros.

En el centro de los tres se encontraba uno con la barba trenzada alrededor de su cara, dándole un aspecto afable y amistoso, debía de ser Dori, sentado junto a sus dos hermanos. A su derecha estaba el hermano pequeño, Ori, ella lo reconoció por su corte de pelo y su cara de niño. Ori la miraba con el morro torcido mientras intentaba no caerse del baúl, pues sus dos hermanos apenas le habían dejado espacio. Al otro lado se encontraba Nori. Iriel tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse, ya que su cresta y sus barbas trenzadas le recordaban a una gran estrella de mar, detalle que le parecía bastante cómico teniendo en cuenta que esta ruda raza rara vez se alejaba de las montañas.

En el extremo contrario de la mesa, cerca de Bilbo, había otro par de enanos, esta vez sentados en sillas. Uno de ellos tenía el cabello encrespado y su barba se dividía en dos trenzas curvadas hacia arriba. Sujetaba una retorcida trompetilla con una de sus manos. Gandalf le había advertido que Óin estaba un poco sordo. Junto a él se encontraba un enano de cabello marrón anaranjado con numerosos adornos en su barba. Se trataba de su hermano Glóin, quién se había aventurado en esta misión con la esperanza de conseguir un futuro próspero para las nuevas generaciones, entre las que se encontraba su hijo Gimli.

Por fin centró su atención en el centro de la mesa donde tres figuras la observaban sin apenas moverse. A la derecha se encontraba el enano más añoso de la Compañía. Los años habían encanecido por completo los cabellos de Balin y ablandado su rostro, que emanaba sabiduría y paciencia. Al otro lado se erguía una fornida figura con los brazos cruzados sobre el pecho. Su endurecido rostro le daba el aspecto de un fiero guerrero y los tatuajes de sus manos y su cabeza contribuían a reforzar esta imagen. Dwalin llevaba las manos cubiertas por unos puños de hierro. Y finalmente, en el centro de la mesa, entre esta pareja de hermanos tan dispar, se encontraba el líder de todos ellos: Thorin, hijo de Thráin, hijo de Thrór, el legítimo Rey Bajo la Montaña. Nadie podía negar que poseía el majestuoso porte de un rey. A pesar de que los años y el sufrimiento de su pueblo deberían haber hecho mella en él, todavía conservaba esa apariencia autoritaria que nadie se atrevía a contradecir. Cuando Iriel escuchó sus palabras enfadadas desde el otro lado de la puerta se sintió atraída por esta voz tan profunda que parecía emerger desde el fondo de una cueva, sin embargo fueron sus penetrantes ojos los que la impactaron al entrar. Aquellos ojos azules emanaban una extraña fuerza que no era capaz de comprender ni de resistir. La voz de Gandalf la sacó de sus pensamientos trayéndola de nuevo a la realidad, una realidad en la que aún debía ganarse la confianza de sus compañeros para ser aceptada.

—Rhein es un experto cazarrecompensas, posee rasgos de la raza de los hombres y de la de los medianos. Su habilidad para explorar el terreno sin ser visto puede sernos muy útil en las peligrosas tierras que aún nos quedan por recorrer. —Mientras las palabras del mago la cubrían de elogios, Iriel se preguntaba si los tres años de inactividad habrían oxidado mucho sus habilidades. Confiaba en que no fuera así o tendría serios problemas durante el viaje y no podría demostrarles a estos testarudos enanos lo que era capaz de hacer.

—Desconozco su destreza para ocultarse pero es evidentemente que no ha elegido una vestimenta muy adecuada para pasar desapercibido —comentó el rey de los enanos en un tono burlón que hizo que algunos de los enanos dejaran escapar una pequeña risotada. Fue Gandalf quien respondió con una mirada severa y una sombría voz que oscureció la estancia y encogió el corazón de sus compañeros.

—Necios, los cazarrecompensas trabajan entre las sombras. ¿Acaso alguno de vosotros conoce el rostro de alguno de ellos? ¡Por supuesto que no! Si sus identidades fueran conocidas nadie les revelaría ninguna información que pudiera servirles para conseguir su objetivo. Además serían el blanco de otros bandidos. Las personas que encargan los trabajos proporcionan información que no quieren que sea revelada y muchos indeseables harían lo que fuera por acceder a ella. Por ello un cazarrecompensas siempre oculta su identidad para protegerse a sí mismo y a sus encargos.

Era cierto que los cazarrecompensas debían tomar precauciones con su identidad, pero no hasta el punto de viajar ocultos bajo una máscara, al menos Iriel no conocía a ninguno que lo hubiera hecho, sin embargo las astutas e imponentes palabras del mago habían conseguido su objetivo de nuevo. La habitación recobró el ambiente anterior y los enanos, aún estremecidos, murmuraron entre ellos aparentemente convencidos por la explicación. Sólo uno de ellos no había sido intimidado por las palabras del mago, pero decidió que era mejor no replicarle en este momento.

Gandalf e Iriel permanecían de pie en frente de los enanos, en actitud defensiva, por lo que Balin intentó poner un poco de calma a la situación.

—Nos sentimos muy honrados de que quieras acompañarnos en esta aventura, pero espero que entiendas que debemos tomar precauciones con los extraños, se trata de una misión muy importante para nuestro pueblo.

Esta vez fue Iriel quien habló con la voz más grave que fue capaz de emitir. Hablar a través de la malla metálica que cubría su rostro también facilitaba que su voz se distorsionara y sonara aún más profunda. No era la primera vez que la revelación de su título de cazarrecompensas había sembrado dudas entre sus compañeros, por lo que no culpaba a los enanos por desconfiar de ella, cualquier precaución era poca tratándose de una misión tan trascendental como ésta. Si querían reconquistar su montaña no podían permitirse un sólo error y la información de la expedición podía resultar peligrosa si llegaba a oídos equivocados.

—Comprendo vuestros temores y os doy mi palabra de que no revelaré a nadie información alguna de vuestras intenciones ni de nada que pueda perjudicaros. Soy conocedor de vuestra triste historia y de cómo vuestro hogar se os fue arrebatado. Me sentiría muy honrado de participar en una tarea tan importante como la que os disponéis a llevar a cabo por vuestro pueblo.

—¿Y por qué pretendéis arriesgar vuestra vida por la tragedia de otra raza? ¿Tan sólo por la satisfacción de ayudar a alguien? —preguntó Thorin ante el altruista discurso que Iriel acababa de pronunciar, pues no creía que estuviera dispuesto a arriesgar su vida sólo a cambio de gratitud—. Hubo un tiempo en el que las razas gozaban de alianzas entre sus diferentes reinos y la ayuda surgía siempre que era solicitada. Pero esos tiempos han pasado, ahora nadie se preocupa ni se arriesga por asuntos ajenos que no vayan a beneficiarle. ¿De verdad queréis hacernos creer que no deseáis ninguna recompensa por vuestros servicios? Ya he visto en otras ocasiones como las promesas de alianza y auxilio son sólo palabras que se desvanecen en el momento de encontrarse cara a cara con el peligro —concluyó con la mirada perdida en algún lejano recuerdo. El dolor que transmitían las palabras de Thorin se reflejaba también en sus ojos.

Iriel guardó silencio unos segundos buscando una respuesta adecuada, no iba a ser fácil convencer al rey de los enanos. El resto del grupo también se contagió de este repentino sentimiento de tristeza. Bilbo recordó la conversación que había tenido con Balin noches atrás junto al fuego. El longevo enano le había contado cómo los elfos les habían negado su ayuda cuando la ciudad fue devastada por las llamas del dragón, desde entonces Thorin había roto todos sus vínculos con ellos con la intención de no olvidar jamás esta traición. No la olvidaría ni la perdonaría. Bilbo sabía que bajo esa apariencia de guerrero se ocultaba un corazón cubierto por dolorosas cicatrices.

—No negaré que en el pasado mis acciones se hayan visto influenciadas por el beneficio que podía obtener con ellas. Sin embargo nunca he estado muy interesado en tesoros de metales preciosos. No busco el oro de tu pueblo, Thorin Escudo de Roble, si es eso lo que te preocupa —le respondió dedicándole una mirada sincera. El rey puso especial atención a esta parte de la conversación—, pero debo confesarte que existe algo que persigo desde hace tiempo. Historias. Gandalf me contó que Erebor poseía una impresionante biblioteca con numerosos archivos entre los que se encontraban leyendas y canciones olvidadas. Me gustaría echarles un vistazo.

Gandalf sonrió. La temeraria aventurera que había conocido parecía haber madurado bastante durante estos años. Thorin permaneció en silencio unos instantes pero pareció relajar un poco su actitud defensiva gracias a estas últimas palabras. Desvió su mirada hacia el mago que permanecía al lado de Iriel, apoyado en su bastón, advirtiéndole con la mirada que se arrepentiría si dejaba escapar la ayuda que le había conseguido. Finalmente Thorin apartó la vista y cruzándose de brazos respondió:

—Balin, prepara un contrato como el del saqueador. En lugar de una catorceava parte de los beneficios, Rhein tendrá acceso a todos los escritos de Erebor, si es que el dragón no los ha reducido a cenizas durante estos años. Si está de acuerdo con él y lo firma, podrá unirse a mi Compañía.