EL CLAN ORIHARA


II


Residencia del Clan Orihara y sus alrededores

12 de abril, tarde

Con evidente impaciencia, Shizuo esperó a Izaya Orihara en la entrada de la residencia de sus nuevos y poco queridos amos. A sabiendas de que no podría fumar en largo rato, el samurái empezó a pasar sus manos por la empuñadura de su espada, lo cual era muestra de su carácter poco calmado.

Cuando vio llegar al primogénito de la familia, Shizuo se preguntó cuáles serían las razones que estarían tras la necesidad de su cambio de atuendo. Aunque era imposible no pasar por alto el matiz rojo que tenían los ojos de la Pulga, característica que sin duda sería fácilmente asociada con el clan al que pertenecía, a Shizuo le pareció que éste se estaba esforzando por no resaltar entre la gente. ¿Trataba de disfrazarse y así cazar de mejor manera?

En cualquier caso, ¿por qué desearía deambular por la ciudad?

Izaya se situó al lado de "Tsugaru" y pareció contemplar con desaprobación su llamativo cabello, pero no dijo nada. Empezó a bajar las escaleras de piedra con un andar altanero que a Shizuo le resultó irritante. Suspirando y en silencio, el samurái lo siguió a la vez que renegaba de su trabajo. Sin embargo, sabía que cuidar de aquel bastardo era un pequeño precio que pagar si con ello permanecía con vida.

Sin embargo y aunque puso todo de su parte para tratar de evitarlo, Shizuo no tardó en montar en cólera pues, queriendo probarlo, Izaya no perdió ni un momento en mostrar su naturaleza:

Durante el tiempo en que estuvieron paseándose por la ciudad, el joven Orihara se empeñó en hacer miserable a la mayor cantidad de gente que le fue posible juntar. Casi todos lo conocían de antemano y no tardaron en verse sobornados y acorralados de un modo u otro por Izaya. Se vieron envueltos en los elaborados trucos que siempre lo mantenían entretenido.

Después de todo, bien sabía Izaya que manejar información le abriría muchas puertas y lo celebraba cantando sobre el amor hacia los humanos, sus humanos.

Shizuo no aguantó más: con los ojos llenos de rabia y aunque todas las miradas se posaron sobre ellos, el samurái arremetió contra su amo. Tomándolo desprevenido, lo llevó a rastras, sujetándolo por el cuello del kimono, hasta una calle más aislada que el resto.

Aun así, fueron el centro de atención.

—Pero ¡¿qué está mal contigo?! Yo soy un completo escéptico, pero, conociéndote, podría pensar que en verdad llevas a un demonio dentro. ¿Te gusta ver sufrir a los demás? ¿Qué clase de mente retorcida tienes?

—Ja, ja, ja. No. Yo amo a todos y por eso juego con ellos. Los mantengo entretenidos. Alguien tan simplón como tú, no podría entenderme. ¿Hace cuánto que llegaste?

A Izaya lo interesó sobremanera el que Tsugaru estuviera empeñado en odiarlo.

—¿Amor? Tú no tienes derecho a decir que conoces lo que esa palabra implica. Eres mentiroso y cobarde. ¡Un verdadero hipócrita! Todos los que te rodean han de pensarlo; seguramente yo no soy el único que cree como verdaderamente triste el que busques maneras tan desesperadas de interactuar con otros. Pregúntales alguna vez. Piensas que los demás somos imbéciles, pero no dudo que la mayoría te encuentra lastimero; no estamos equivocados y lo sabes bien. Tan monstruoso eres que tu familia no es capaz de acercarse a ti. ¿No te importa? ¿Quieres estar solo? ¿O tienes miedo de estarlo y por eso te obligas a decir, una y otra vez, que sientes amor por cada ser humano?

—¿Tan listo te crees como para sacar esas conclusiones habiéndome conocido este mismo día, Tsugaru-chan?

—No. Lo que te dije es lo primero que todos piensan al verte. En el fondo, me parece que sólo eres un pobre hombre que no puede hacer más sino pasar el tiempo de la mejor manera en que le es posible. No puedes decirme lo contrario.

No, no puede. ¿Cómo podría?

—Tsugaru-chan, aunque lo que dijeras fuera la verdad, me parece curioso lo que hay detrás. Haría falta mucho más tiempo que el pasado para que pudieras conocerme. Por eso, sólo puedes hablar de ti.

—¿Eh?

—A ti te han dicho eso que acabas de soltarme antes, ¿no? —Shizuo se alejó un poco—, si no es así, estoy seguro de que, de alguna manera, esperas que alguien te lo diga. Soy tan hábil, o al menos un gran observador, como para darme cuenta de que tú y yo somos iguales.

Shizuo se encogió de manera casi imperceptible.

—Tal parece que estábamos destinados a encontrarnos —dijo en tono provocativo y sin creer en sus palabras—. Aun así, te diré que quizá yo busque la manera de acercarme a los demás, pero la bestia que tú eres dejó de intentarlo desde hace mucho, ¿no? ¿Por eso me odias? ¿Por qué, de alguna manera, soy tu reflejo? No eres mala persona, pero no estás muy lejos de ser como yo. ¿Qué dices a eso? ¿Duele darse cuenta? Anda, cuéntamelo. Quiero oírte. Es casi como hablar solo...

El golpe que dio Shizuo a la pared con la cual apoyaba a la Pulga apenas sobresaltó a Izaya. El segundo sostuvo la mirada de Shizuo que se forzaba a buscar maneras de replicar. Pero, como ambos esperaban, no pudo hacerlo.

—Sí, puede que tengas razón —dijo Shizuo aflojando el agarre con el que sostenía al expectante Izaya—. Pero yo aún quiero ser salvado. Eso es lo que nos hace ser diferentes. Increíble. Mucha gente ha querido consolarme con los años, pero luego llegas tú, creyéndote que puedes decidir sobre los demás.

Izaya no habló.

—Pues bien, así termina esto, ¿no? Sigue difamando a todos, cuenta sus secretos. Ya veo que es lo único que podría hacerte feliz. Nadie tiene por qué intentar ayudarte.

Luego de decir aquello, Izaya vio a Tsugaru alejarse y perderse entre las concurridas calles, aunque no quería que eso sucedería. Hasta el momento, nadie lo había hecho pasar rato más agradable que el brindado por el samurái quien, en todo sentido, era su preciada excepción.

No voy a permitirme perderte, monstruo.

Eres mi monstruo, mi reflejo.

¿De dónde habrás salido, Tsugaru-chan?

Debes contármelo.

Necesito saberlo...

-o-O-o-

Horas después, Namie no cupo en su asombro al ver a Izaya fuera de su casa.

La muchacha salió a su encuentro y lo miró con no pocas reservas. A Izaya le pareció que no había nadie más en el interior de la casa, lo cual lo extrañó un poco. ¿Habría llegado muy tarde? ¿Sus planes se verían afectados?

—¿Qué quieres? —dijo la mujer, cruzándose de brazos.

—Eh, Namie-san, ¿esas son maneras de recibir a quien sólo busca ayudarte?

—No recuerdo haberte pedido nada.

—No, pero sé que le pediste dinero a Mairu y Kururi, repetidas veces.

Sin molestarse en negarlo, Namie perdió el poco color que tenía, antes de responder con el rostro contraído por el enojo y la angustia:

—Escucha, si vas a meterme en problemas, te juro que...

—Detente ahí —dijo Izaya sonriéndole con aires de suficiencia—, también sé que doce ryo no son suficientes para tratar a una persona enferma de tuberculosis, ¿no? Esconde tu orgullo, ¿quieres, Namie-san? Tu hermano lo agradecerá enormemente. Te lo garantizo.

Namie no dijo nada. Ni siquiera le preguntó cómo se había enterado de la delicada situación de su hermano menor que, en aquellos momentos, estaba en el hogar de Kishitani.

Aunque de menor tamaño, Izaya le tendió una bolsa de tela parecida a la que antes había entregado a sus hermanas. Aun desconfiada, Namie la tomó, escuchando el tintineo de su contenido.

—Eso sería todo, Namie-san.

—¿Qué pretendes con esto, Izaya?

—¿No puedes sólo aceptar el dinero? Piensa que es mi penitencia.

—Pues no te creo nada. En primera, no crees en los castigos divinos o cosas por el estilo. ¿Penitencia? Más bien estás jugando y desesperado por ganar.

—Si me traigo o no algo entre manos, nada tiene que ver contigo. En todo caso, tú y tu hermano salen beneficiados. Suena bien, ¿cierto?

Namie lo escudriñó un par de veces y luego miró la bolsa entregada. Encogiéndose de hombros, dejó escapar un suspiro.

—Gracias.

Izaya amplió su sonrisa, antes de inclinar la cabeza a modo de despedida. Sin embargo, Namie Yagiri lo invitó a pasar dentro. Curioso cómo era, Izaya no pudo dejar escapar la oportunidad de conocer aún más a la mujer, de modo que aceptó entrar. Al fin y al cabo y pese a lo avanzado del día, nadie lo esperaba en su propia casa.

¿En qué no erraste, Tsugaru?

-o-O-o-

Cuando Izaya salió de la residencia de Namie Yagiri se dio cuenta de lo tarde que era: tan entrada estaba la noche, que Izaya apenas distinguía lo que se alzaba a los alrededores, por no mencionar que el frío viento que soplaba lo calaba hasta los huesos.

Se giró a ambos lados de la calle, notándola por completo desierta, donde cada puesto que la enmarcaba se encontraba cerrado y desprovisto de sus coloridos carteles.

A lo lejos y alumbrada por gran cantidad de antorchas, se alcanzaba a divisar la enorme mansión del clan Orihara y la escalera de piedra que conducía a las puertas principales.

A punto estaba de ir en aquella dirección cuando Izaya se vio bañado con una repentina nube de polvo blanco que lo cegó temporalmente.

Izaya no tuvo tiempo de gritar cuando lo golpearon de lleno en el estómago. Si le había pegado un hombre de gran tamaño o alguien había utilizado algo diferente a un puño, Izaya no se enteró. En parte, porque el polvo blanco que había logrado entrar en sus ojos, se los irritaba e impedía que pudiera ver con toda claridad.

Puesto de rodillas, Izaya vomitó al tiempo que escuchaba pasos y risas. El sonido de ambos aumentaba a cada momento y no tardó en darse cuenta del origen: al menos una docena de hombres, incluyéndose entre ellos, aquel que durante la mañana había llorado tras ser despedido a causa de la mentira dicha a su padre, Shirou Orihara.

Con la intención de ver nuevamente, Izaya permitió que sus ojos lagrimearan. Mientras sus ojos se limpiaban de aquel polvo, un segundo golpe hizo que Izaya quedara viendo a los distantes y, a esas horas solitarios, campos de arrozales y no a la mansión en la que había vivido desde que nació.

El hombre expulsado lo tomó por los cabellos y de ese modo fue como lo arrastró por toda la calzada y después por los campos hasta llegar al bosque de los condenados.

En tanto era llevado al sitio acordado entre ellos, Izaya se mordió la lengua puesto que no podía permitirse dejar escapar gritos de dolor. Atado de manos, tampoco podía sujetar la muñeca del hombre y de ese modo aliviar un poco el malestar que sentía en el cuello y la nuca.

A su alrededor y siguiendo su avance, muchos hombres de origen humilde, que puede alguna vez hubieran trabajado en su hogar y ya no recordaba, se agruparon en torno suyo. Las sonrisas de algunos eran tan amplias que Izaya podía ver con claridad cada uno de sus dientes. En aquella oscuridad, los rostros resultaron horrendos, pero más horrendo aun le pareció verse rodeado de tres enormes postes de madera.

—¿Ahora entiendes que sucederá contigo, infeliz? —le preguntó el hombre que seguía tomándolo por el cuero cabelludo de tal manera que conseguía hacerle verdadero daño—: sufrirás el castigo que tu padre tenía contemplado para mí. Como se nos hizo muy tarde, no fue posible conseguir un caballo con el cual pasearte y exhibirte antes, pero esto resulta tan bueno como cualquier otra cosa, ¿no?

—...

—¿Qué? ¿No tienes ganas de hablar?

—...

—Cuando le entierres la lanza en las tripas seguro que canta —intervino un segundo hombre que llevaba en la mano un enorme palo, afilado en cada extremo. A su costado, otro hombre tenía, no una, sino dos estacas igualmente puntiagudas.

Ante tal visión, Izaya abrió los ojos como platos. Lo hizo no sólo por el miedo a ser castigado con la crucifixión al igual que harían con cualquier vil delincuente, sino por lo patética que resultaría su muerte: para empezar, sería atado a una cruz para luego sentir las lanzas perforándole una y otra vez los costados hasta que le fuera imposible respirar y muriera sofocado. Puede que incluso la rabia de sus captores fuera tanta que clavarían las estacas en puntos no vitales sólo para prolongar el sufrimiento.

Entonces, ¿moriría apenas le fuera enterrada la primera lanza? ¿Moriría cuando se ahogara en su propia sangre y desesperación? ¿Tras varias lanzadas, sería ejecutado como le sucede a cualquier bestia en el bosque? ¿Moriría sin juegos elaborados con cuidadosa antelación? ¿Ese era el pago justo por haberles arrebatado su trabajo, sin saberlo, a todos esos hombres?

A Izaya el morir a manos de sus adorados humanos le resultó terriblemente irónico. Pero lo que hizo que sus ojos se humedecieran con lágrimas de rabia, fue pensar que nada de esto le habría ocurrido si no fuera porque, herido de alguna manera por las palabras de Tsugaru, intentó probarle que era capaz de ayudar a quien fuera.

Al menos, pensarás... Sabrás que mi amor por todos ellos es sincero...

Ganaré, al menos, te habré ganado.

El ser arrastrado por la tierra plagada de piedras y ramas resultó una experiencia horrible, pero cuando lo dejaron tendido al pie de la cruz, Izaya sintió que su corazón encogido paraba a momentos. Aunque intentara pelear contra el hombre que incitaba al resto, sabía que sin importar el que se encontrara sin ataduras, entumido de cuerpo completo como estaba, no lograría llegar muy lejos.

Los ausentes dedos que lo habían arrastrado por todo el camino, Izaya aun los sentía reales y puestos sobre él...

Sin previo aviso, el hombre expulsado del clan le pisó una mano y luego la restregó contra las rocas de tal forma que Izaya estuvo seguro de que había perdido, al menos y considerando el dolor, dos uñas y puede que otras tres cuando le pisaron la mano contraria. Pese a todo, y quizá porque no deseaba sentirse traicionado por aquellos a quienes amaba, Izaya siguió repitiéndose que todo resultaba curioso y divertido.

Izaya siguió creyendo que era gracioso verse atado al poste, con nada menos que con aleaciones de algún metal en lugar de con una simple cuerda de cáñamo. Dado el filo que tenía aquella cuerda metálica, Izaya se preguntó si acaso perdería las manos antes de morir. ¿Impulsado por su propio peso, terminaría cortándose la carne de sus muñecas hasta que cayera al suelo desprovisto de sus conocidas herramientas de toda la vida? ¿La oscura y escurridiza sangre facilitaría dicha caída penosa?

¡Qué ironía! ¡Qué gracia!

Los hombres que seguían riendo y de buena gana lo torturaban, se daban cuenta de la mueca eufórica que tenía Izaya. Sin embargo, también notaron que, de un momento a otro, Izaya posó su mirada en lo que fuera estuviera detrás de ellos. Sin volverse, todos creyeron que Izaya reiría de un momento a otro. Eso no lo hubieran encontrado extraño. Después de todo, el joven no se parecía a ningún ser humano con el que hubieran interactuado antes.

Al final, más les sorprendió el que, fallando miserablemente en su intento de reír, el primogénito del clan Orihara soltara un sonido ahogado.

Ayúdame... —terminó por decir con voz afectada.

Los hombres sólo entendieron a quien le hablaba Izaya, cuando se giraron al samurái que tenían a sus espaldas. La expresión del recién llegado sólo podría imitarla algún demonio, de eso se convenció al instante su público.

Sin decir nada y avanzando con lentitud, el hombre mantuvo sus ojos en Izaya que bajó la mirada, derrotado.

—Izaya... —lo llamó antes de posar su mano en la empuñadura de la espada.

A Shizuo no le dolió ver a su amo sangrando y por completo magullado. Lo que pensó que lo había herido aún más que haber faltado a su palabra como siervo del clan, era que el hijo de Shirou y Kyouko no le hubiera ordenado que lo salvara. En cambio, el que se lo hubiera pedido como haría cualquier persona, y si pudiera también haría algún animal hostigado, Shizuo no pudo soportarlo.

—Ahora, yo habré de cortarlos, machacarlos... ¡Pisotearlos!

Así lo hizo.


N. del A. ¡Muchas gracias a todos por leer, votar o comentar! ¡Tengan una excelente semana! (^w^)