CAPÍTULO 1:
Buxton, 1856
- Puede que esté mal decirlo, pero quiero algo más en mi vida que mi marido, mis hijos, y mi casa.
Empezó a aplaudir con sus manos enguantadas en seda de la más cara a la mujer que acababa de atreverse a pronunciar semejante verdad, y sonrió satisfecha. Aunque la mujer estuviera derritiéndose en lágrimas por aquellas palabras, se sentía muy orgullosa de ella. Estaba orgullosa porque después de dos años enteros reuniéndose con todas las mujeres del pueblo, había conseguido que se concienciaran de que no eran realmente felices con lo que la sociedad les había dado.
Ahora bien, no todas las mujeres de Buxton acudían a sus reuniones. La acompañaban las amas de casa de clase media y baja aunque, al principio, les costó mucho acercarse. La acompañaban las prostitutas del pueblo, eran sus mejores portavoces. Y podía decir con orgullo que también la acompañaban jóvenes muchachas de poco más de trece años que antes de casarse empezaban a concienciarse de lo que les esperaba y podían hacer algo para evitarlo. Sin embargo, las mujeres de clase alta, pertenecientes a la aristocracia en la que ella se había criado, se negaban a aparecer. La consideraban una blasfema y una atrevida que estaba pecando contra la obra de Dios. Pero, ¿no decía Dios que tanto hombres como mujeres son seres morales y de virtud? Y siendo así, ¿por qué el hombre se impone? Dios los hizo iguales a ambos, la culpa era de la sociedad.
Se levantó de su asiento y subió al estrado para darle unas suaves palmaditas en la espalda a la mujer del panadero. Ella asintió con la cabeza y bajó del estrado esperando a que hablara.
- Estoy muy orgullosa de todas vosotras, amigas.- todas esas mujeres eran mucho más que amigas para ella- Hoy hemos dado un gran paso, juntas. Sabemos cuál es el problema aunque no sepamos qué o quién lo ha originado, y en nuestras manos está encontrar la llave para solucionarlo.
Las prostitutas empezaron a aplaudirle y a vitorearle antes de que pudiera continuar y el resto de las mujeres las acompañaron. Aún no se acostumbraba a que la trataran de esa forma. Se sentía como si todo aquello fuera obra suya, pero no caería en esa trampa del ego. Todo aquello era obra de todas. Se dispuso a continuar hablando cuando su fiel mayordomo abrió la puerta de la sala de conferencias. Al instante, todas las cabezas femeninas se volvieron hacia él y el pobre hombre se sintió intimidado durante unos segundos.
- ¿Co- condesa?- la llamó.
- Puede hablar sin miedo ante mis amigas, Phillips.
El mayordomo tragó hondo y continuó.
- Condesa… Llega usted tarde al funeral de su marido…
¿El funeral de Naraku? Alzó la cabeza para mirar el reloj y descubrió que, efectivamente, iba a llegar tarde porque el cementerio estaba a unos veinte minutos de allí y tan solo faltaban diez para la ceremonia.
- ¡Qué cabeza la mía! Me sentía tan feliz hoy que olvidé que tenía que jugar mi papel de esposa dolida.
Todas las mujeres empezaron a reír con ella y la felicitaron una vez más por haberse librado de semejante canalla. Allí había mucha confianza. Todas esas mujeres habían contado como sus maridos, amantes o clientes las habían tratado mal física y psicológicamente, y ella misma había contado su propia historia. El único secreto que guardaba para todas esas amigas, era la máscara que se colocaba por las noches para saltar en la defensa del sexo femenino.
Se ajustó bien la pamela por miedo a que se estropeara su precioso tocado y cogió su sombrilla blanca con bordes dorados del paragüero. Le encantaba vestir de blanco y, ¿qué mejor día para vestir de blanco que en el funeral de su marido? El blanco representaba la libertad, la fuerza de espíritu y eso era algo que ella poseía. ¡Qué se escandalizara toda la alta sociedad que acudiría al funeral! La condesa Kagome Higurashi no tenía por qué sentirse amedrentada por nadie. Además, ¿acaso no era ella uno de los miembros de la aristocracia más poderosos del condado? Ahora que no tenía el lastre de su marido, podría hacer lo que quisiera, y lo mejor era que nadie la obligaría a volver a casarse. ¡Era perfecto!
Se despidió de todas sus amigas lanzándoles un dramático beso y salió de la sala de conferencias. Atravesó junto a su mayordomo el largo pasillo hacia la salida y contempló con satisfacción su carruaje. Suyo, tal y como correspondía. Por fin volvía a pertenecerle su título de condesa. Por fin volvía a ser dueña de su casa y de sus tierras. El dinero era de su difunto marido, tenía que admitirlo, pero ella le estaba dando buen uso para ayudar a otras mujeres.
Se subió en el carruaje y le dio a su mayordomo la orden de que fuera lo más rápido posible. Una cosa era faltar al respeto a su difunto marido, y otra muy diferente, hacer esperar a Dios.
El trayecto hacia el cementerio fue rápido y tortuoso por la velocidad que llevaba el carruaje. Perdió la cuenta del número de baches que cogieron por el camino cuando iba por más de veinte y en más de una ocasión estuvo a punto de pedir que diera marcha atrás. Ella era valiente, era fuerte; no era una dama delicada y sensible sin voz ni voto. Pero, al igual que todos los seres humanos, también sentía nostalgia, desesperación, rabia, dolor. Temía que todos esos sentimientos se aferrasen a ella mientras el cura despedía a su difunto marido. Temía a las personas porque sabía que todas ellas la juzgarían. Y es que cambiar el mundo, era tarea muy difícil, y tendría que soportar sus miradas y sus habladurías por el resto de sus días.
Cuando el carruaje se detuvo frente al cementerio, se sintió avergonzada. Ya era la hora y la estaban esperando. Desde la ventana de su carruaje, a través de las finas cortinas de tela translúcida, podía avistar más de treinta cabezas giradas hacia su carruaje. Sintió arder sus mejillas y respiró hondo mientras esperaba a que su mayordomo abriera la puerta del carruaje.
Su mayordomo no se hizo de esperar y ella tuvo que decir una rápida plegaria mental antes de atreverse a moverse. Si ya iban a hablar de ella por llegar tarde, más hablarían por ir de blanco. Ni siquiera esperarían a que terminara el funeral, empezarían los cuchicheos en ese mismo instante.
- Condesa.
Su mayordomo le ofrecía una mano para ayudarla a bajar. Ella se aferró a su mano como si de un salvavidas se tratara para evitar que se tropezara y bajó del carruaje. Más de una boca se puso en forma de o y empezaron los cuchicheos. Ella los ignoró lo mejor que pudo, y se armó de valor para caminar hacia el ataúd con toda la dignidad que le era posible. Ni siquiera se levantó el vestido para evitar que los bordes se mancharan de barro. Cuando anduvo entre los invitados, los saludó con leves movimientos de cabeza, y no se detuvo hasta llegar al lugar que le correspondía.
- Disculpe por la tardanza, padre.- se disculpó- Estaba ocupándome de un asunto que requería toda mi atención.
- ¿Podemos empezar, condesa?- le preguntó el cura.
- Por supuesto.
Kagome juntó las manos sobre su regazo y agachó la cabeza mientras escuchaba las palabras del religioso. Le llegaban, al mismo tiempo, las voces de los asistentes comentando su retraso, su vestimenta, y sus costumbres poco femeninas. ¿Costumbres poco femeninas? ¿Qué eran las costumbres poco femeninas? ¿Qué era lo femenino más que un término que los hombres habían inventado para convertir a las mujeres en unas inútiles? No era poco femenina, no era masculina. Era una mujer, biológicamente hembra. Tenía tanto derecho a cabalgar a horcajadas como cualquier hombre y tanto derecho a bordar una camisola como cualquier mujer. Poco femenina…
¿Qué sabrían ellas? Su mayor aspiración en la vida era pasarse el día sentadas en un sofá, recibiendo regalos y sonriendo como si todo en su vida fuera perfecto. Si dejaran de ser tan obstinadas y acudieran a una sola de sus conferencias… ¡Nunca ocurriría! Le había costado juntar a mujeres de clase media y baja con prostitutas, pero juntarlas con mujeres de la alta sociedad sería imposible. La diferencia de clases también afectaba a su empresa.
Cerró los ojos y se concentró en las palabras del cura para poder ignorar los cuchicheos y porque francamente, le parecían mucho más interesantes.
- Dios, recibe en este seno a este joven hombre que nos ha abandonado. Júzgalo como has hecho con tantos antes y se piadoso con él, pues era un hombre bondadoso y justo.
Bondadoso y justo eran precisamente los adjetivos que peor describían a Naraku Tatewaki. Si no hubiera sentido ningún respeto por la iglesia y por la religión católica, lo hubiera dicho en voz alta, pero aún le quedaba su fe en Dios y muchos recuerdos.
Terminó de cortar en pedazos otra pieza de fruta y tiró las cáscaras a la basura. Esa misma mañana había encontrado un precioso cachorrito abandonado en la puerta de la mansión Higurashi y pensaba alimentarlo, lavarlo y quedárselo. Ese pobre animalito debía haber sido abandonado a juzgar por los golpes que parecía haber recibido. Se dirigió hacia el salón tatareando una canción, pero a mitad de camino escuchó el sonido ensordecedor del cachorrito… ¿Gritando?
Dejó caer el cuenco con la fruta en el suelo y echó a correr hacia el salón, pero no estaba allí. Las puertas que daban al jardín estaban abiertas. Corrió y corrió con el rostro inundando en lágrimas y cuando llegó, se quedó paralizada. La sangre se le heló ante la sádica escena y tuvo que contener con todas sus fuerzas un grito de horror. Naraku… Naraku tenía al cachorrito… Muerto… Había tanta sangre por todas partes. ¿Por qué?
- No te preocupes, Kagome.- le sonrió como si no sucediera nada- Este animalejo se coló en la casa pretendiendo robar comida. Lo he sacado aquí afuera porque no quería manchar la moqueta.
Dejó caer el cadáver del animal como si no le importara ni lo más mínimo y así era.
- Y-yo… Yo lo metí… - musitó- Iba a quedármelo…
- No digas tonterías, Kagome.- se rió- Si quieres te compraré un gato, pero un perro no es para una señorita y mucho menos un perro callejero.
Él pasó a su lado y le revolvió el pelo, como si se tratara de una niña, antes de dejarla sola. ¿Qué clase de monstruo era ése?
El recuerdo le afectó. Sus lágrimas eran la prueba de ello, pero estaba en un funeral, la gente pensaría que lloraba por su marido. Nadie sabía que estaba bien lejos de llorar por ese maldito monstruo. ¡Dios, cuánto lo odiaba!
El funeral terminó antes de que pudiera recuperarse y el cura le dio el pésame antes de echarle una reprimenda por su atuendo. El blanco no era el color adecuado para un funeral. Ella se limitó a asentir con la cabeza y recibió el pésame de todos los asistentes según se iban marchando. Al final, se quedó ella sola contemplando a los enterradores. No, no estaba sola. Él estaba allí, detrás de ella, acechándola, esperando el momento adecuado. Llevaba sin hablarle desde que volvió de la guerra, un año atrás. ¿Acaso había decidido que podían volver a ser amigos? ¿Por qué acudió al entierro de su marido? Cuando más lo necesitaba, la abandonó.
- Deberías haber vestido de negro, Kagome.
¡Maldito fuera! ¿Cómo se atrevía a tutearla de aquella forma después de un año entero de absoluto silencio? ¡Podía irse al infierno!
- No es de su incumbencia, lord Taisho.- contestó cortésmente.
- ¿Lord Taisho? ¿Cuándo he dejado de ser Inuyasha?- su voz sonaba sorprendida.
- De eso ya hace mucho tiempo, conde.
- ¿Conde?- se rió- ¿A qué juegas, Kagome?
No jugaba a nada. Simplemente estaba harta de que se la buscara por puro interés.
Se giró para enfrentase cara a cara y se maldijo por dentro. ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente atractivo? Si sólo fuera un poquito feo, podría apartar la mirada de él, pero no. Él parecía cincelado por el mejor escultor.
Inuyasha siempre fue mucho más alto que ella, casi le sacaba dos cabezas. En su juventud era más fibroso, pero tras volver de la guerra, había desarrollado una musculatura que se hacía denotar en todos los trajes que utilizaba. Su cabello negro, peinado hacia atrás, enmarcaba un rostro de fracciones duras y varoniles que volvía locas a las mujeres. Ojos dorados intensos y abrasadores, nariz aguileña y unos finos labios que ella misma probó una vez en el pasado. Unos labios que jamás volvería a probar si no quería caer en la trampa del amor.
- Le recuerdo que soy lady Higurashi para usted o condesa. No vuelva a tutearme, jamás.
- ¿Qué estás diciendo, Kagome? ¡Somos amigos!- exclamó enojado.
- ¿Amigos?- se rió- Si llega a ser por usted, conde, ni siquiera me hubiera enterado de que volvió de la guerra. La mínima cortesía entre dos viejos amigos es una visita.
- Pretendía ir a visitarte, pero estabas casada… - musitó.
- ¿Qué cambia eso, lord Taisho? ¿Acaso afecta en lo más mínimo a sus modales el que yo estuviera casada?
- ¡Sí, maldita sea!
Inuyasha se sentía arder por dentro mientras discutía con Kagome sólo para ganarse el privilegio de poder tutearla, algo que había hecho durante toda su vida. Se conocían desde siempre. Él tenía cuatro años más que ella. Su padre y el conde Higurashi eran grandes amigos y por eso se conocieron siendo niños. Se habían pelado las rodillas juntos, se habían revolcado sobre el barro juntos, habían pescado juntos. Un día estaban cogidos de la mano corriendo por el campo y al siguiente se encontraba compitiendo con otros hombres para ganarse su atención. Él siempre tuvo éxito con las mujeres, pero nunca cayó en las garras de ninguna porque sólo quería a una. El mismo día en que Kagome fue presentada en sociedad, todo se acabó. Ella tenía dieciséis años y era la dama más hermosa de todo el condado y, además, una condesa. Kagome era el mejor partido del siglo.
Recordaba con furia cómo decenas de hombres se peleaban por un baile. Recordaba encontrarse entre esos hombres, intentando hacerse sitio para llegar hasta ella y que le reservara un maldito baile, para él, ¡su mejor amigo! A veces conseguía el baile; otras, debía conformarse con mirar. Dejó de visitarla en su casa porque siempre que iba, ella estaba recibiendo a uno de sus pretendientes. Ya no había espacio para él en su vida o, por lo menos, fue así como se sintió.
Pensó que tal vez no fuera lo bastante hombre para ella, quizá ella esperase a alguien más varonil. Él sólo era un muchacho de veinte años a la espera de heredar su título de conde mientras que los otros hombres con los que competía, eran hombres de treinta años con experiencia en la vida y sus propiedades. Si iba a la guerra para endurecerse y volvía convertido en un hombre, ella lo querría.
Se equivocó. Volvió cinco años después para encontrársela casada con un hombre que no se la merecía. Un burgués forrado hasta las cejas y con muy mal talante que se las daba de altanero porque gracias a su esposa se había ganado un puesto en la aristocracia. Si tenía que encontrarla casada, ¿por qué con él entre todos los hombres? Si la hubiera encontrado con otro hombre, con un hombre que le hiciera encogerse por su superioridad… Pero no. Era un enclenque. ¿Cómo se pudo casar con él?
Cada vez que la miraba se quedaba sin respiración. Habían pasado seis años desde la última vez en que se vieron sin que ella estuviera casada y la veía más hermosa si cabía a ser posible. Siempre le encantó que fuera tan menuda, le hacía parecer tan delicada y, sobre todo, si se tenía en cuenta la delicadeza de su estructura ósea. Parecía que se fuera a romper si la tocaba. Su tez blanca, nívea, parecía tan sedosa como la recordaba. Sin una sola arruga. ¿Cómo iba a tener arrugas si tan solo tenía veintidós años? Odiaba ver su hermosa melena de rizos azabaches recogida en la coronilla, pero eso no le restaba belleza. Sus ojos enmarcados por largas y femeninas pestañas seguían siendo igual de intensos y de profundos. Sentía que se sumergía en un mar de chocolate cada vez que la mirada. Y sus labios… Mejor no recordar sus carnosos labios.
Ella era hermosa, divina, magnífica. Demasiado buena para su difunto marido y puede que hasta demasiado buena para él mismo. Vestía de blanco y no es que no le sentara bien, pero no entendía por qué. Kagome fue criada con la más estricta educación, educada para ser toda una dama que no faltara jamás a las normas de cortesía. Su marido había muerto, le correspondía un año de luto, de negro. ¿Por qué entonces llevaba ese inocente vestido blanco de manga larga y escote cuadrado? ¿Por qué se puso encima ese encantador chaleco azul celeste de dos colas? ¿Por qué la pamela blanca y las sombrilla con encajes dorados?
- Debo marcharme.
Se interpuso en su camino, agarró su mano y le dio un galante beso en el dorso. Iba siendo el momento de recuperar las buenas costumbres con su antigua mejor amiga y con un poco de suerte, su futura esposa. Si Kagome había podido casarse con ese ser, tenía que quererlo a él, tenía que hacerlo. Mía.
- No voy a perdonarlo tan fácilmente, lord Taisho.
- Lo sé, Kagome.- sonrió- Pero eso no significa que no vaya a hacer todo lo posible por convencerte de lo contrario.
Kagome hizo un mohín porque hubiera vuelto a tutearla y se marchó sin mediar una sola palabra más. No le apetecía discutir con Inuyasha en ese momento y menos cuando tenía tanto trabajo pendiente.
Inuyasha la observó marcharse, y después, volvió su mirada hacia la tumba de Naraku Tatewaki. Tatewaki, eso ponía en la lápida. Al parecer, Kagome debía haber ordenado que lo despojaran de su apellido y su título de conde por matrimonio. Ella le negaba a su marido lo que le había dado gustosamente al aceptar casarse con él. No encajaba en su mente. De la misma forma que no encajaba el que Kagome no hubiera tenido hijos. Sabía de muy buena tinta que ella siempre deseó tener hijos, era su gran sueño en la adolescencia. Decían las malas lenguas que era yerma y no era que a él le importase, la querría igual, pero… Si era yerma, no podría casarse con ella. Su padre volvería directo de Londres para impedirlo. Un conde debía tener hijos para transmitir su título y sus tierras. ¡Todo era tan complicado!
Se metió una mano en un bolsillo del pantalón mientras que con la otra sostenía su bastón y se dirigió hacia su carruaje. Kagome tenía la capacidad de volverlo loco, siempre fue así. Cuando era niño, se volvía loco de preocupación al ver que ella intentaba hacer las mismas cosas que correspondían a un hombre. ¡Era demasiado delicada! Podría haberse hecho mucho daño en su infancia por imitarlo y, aún así, sabía que no podría haberla detenido. Durante su adolescencia, lo volvió loco darse cuenta de que estaba perdidamente enamorado de ella, como un colegial, y ella no lo quería. Ella coqueteaba con todos los hombres, le abría las puertas de su casa a todos y se olvidaba de él por completo.
Ya no lo buscaba, no le escribía, no le recibía con la misma alegría, ni le anteponía a cualquier otro. Vivió un auténtico infierno tratando de llamar su atención hasta que decidió ir a convertirse en un hombre. A la vuelta, ni siquiera quiso molestarse en intentarlo. Estaba casada, totalmente fuera de su alcance. Podrían ser amantes, pero él aspiraba a mucho más que eso. Y pensar que… Odiaba admitirlo, pero fue virgen hasta que volvió de la guerra un año atrás. Quería que Kagome fuera su primera y única mujer y finalmente, terminó en uno de los peores antros del pueblo copulando con una prostituta mientras imaginaba que ella era su dulce Kagome. Siempre tenía que imaginar que era Kagome para poder hacerlo.
Entró en su lujoso carruaje y golpeó el techo para dar la señal de que debía moverse al cochero. Pensar en Kagome lo estresaba demasiado y todavía le faltaba una larga campaña para conseguirla así que tomó el periódico, y decidió alimentarse con las últimas noticias de Buxton. El caballero del crepúsculo volvía a ser portada. Cuando volvió a Buxton, se enteró de su existencia y de que, al parecer, ya llevaba otro año completo suelto, haciendo de las suyas. Secuestraba mujeres de sus hogares, alejándolas de sus familias. Era un criminal. Había dejado un aviso de su última fechoría. Iba a raptar a una burguesa esa noche y, casualmente, conocía a esa familia. Tal vez se diera una vuelta por allí para poder ver con sus propios ojos al criminal.
Al abrir el periódico, en primera página, se trataba el fallecimiento de Naraku Tatewaki. Evitaban asociarlo con el apellido Higurashi y no mencionaban el título de conde que ostentó en vida. Estaba completamente seguro de que Kagome tuvo algo que ver con eso. Ella tenía que haberles pagado o no era normal. ¿Por qué?
Intentaba olvidarse de ella y el periódico le regalada otra incógnita. ¡Estupendo! Aunque claro, lo que en verdad lo dejó boquiabierto, fue la fotografía de Kagome ligada a una asociación por los derechos de las mujeres. ¿Había algo así en un pueblo tan conservador como Buxton? Llamaban a Kagome revolucionaria, reformista, pagana y una palabra que él odió nada más leerla: mujerzuela. Iba a acudir en persona a ese periódico para que el negligente que hubiera osado llamar mujerzuela a la condesa, lo pagara bien caro. Por otra parte, la fotografía de Kagome era estupenda y pensaba quedársela.
- La condesa Higurashi recita la Vindicación de los derechos de la mujer, escrito por la ya difunta Mary Wollstonecraft,- leyó en voz alta- ¿Quién es ésa?
Ya tenía otra cosa que hacer. Tenía que conseguir ese maldito libro y leérselo. Seguro que lo ayudaría a acercarse a Kagome.
….
- Ya está todo preparado, condesa.
- Estupendo.
Se sacó el vestido por los pies y lo alzó para colgarlo en lo alto del biombo tras el cual se estaba cambiando de ropa. El día se le había hecho eterno tras aquel encontronazo con Inuyasha Taisho en el cementerio, y todavía le quedaba mucho trabajo por hacer. Ojala no estuviera tan cansada. El caballero del crepúsculo había jurado acudir al rescate de Yuka Elliot esa misma noche, y no podía fallarle.
- ¿Cree que ha sido una buena idea dar el aviso?- preguntó su mayordomo al otro lado del biombo.
- Sí, todo estará vigilado.- tiró de los cordones de su corsé- Prepararé una distracción y cuando todos vayan a atrapar al villano, sacaré a Yuka de allí.
- ¿Y la señorita Yuka querrá ir con usted?
- ¡Claro que querrá!- le aseguró- No he escogido rescatarla porque su vida sea una maravilla. Tiene un marido alcohólico que la golpea cada noche y no le permite ni asomarse a la ventana para tomar aire. ¿Acaso va a hacerle el caballero del crepúsculo más daño que su marido?- se bufó- Además, he visto su expediente médico. Ha sufrido varios abortos y todos por culpa de los maltratos de su marido.
- ¿Ha visto su expediente médico o lo ha robado?- preguntó el mayordomo con suspicacia.
- ¿Visto? ¿Robado? ¿Tomado prestado?- enumeró- ¿Qué diferencia hay?
En realidad, lo había robado, pero se negaba a admitirlo ante Phillips. Esa pobre chica necesitaba ayuda y como su clase social y ese asqueroso marido le impedían acudir a sus reuniones, tendría que ayudarla de otra forma. Las mujeres con las que se reunía en la asociación por los derechos de la mujer empezaban a tener voz y voto. Ya no eran meras esclavas de sus maridos y sus hijos. Estaban empezando a saborear poco a poco la libertad. Aún las golpeaban, aún les impedían trabajar y aún las forzaban a mantener relaciones. Todavía faltaba mucho para que fueran libres, pero concienciarlas de lo que ocurría, de que sus vidas no eran tan perfectas como querían hacerles creer, era sólo el primer paso y el más importante para alcanzar la tan ansiada libertad.
A las mujeres que no acudían a la asociación, no podía ayudarlas con palabras, no podía intentar intervenir con sus maridos. ¿Cómo iba a hacerlo sin aparecer en los periódicos más de lo que lo hacía? Su marido le permitió crear la asociación porque pensó que una actividad "femenina" le vendría bien. El pobre iluso pensó que se sentarían a tomar el té y bordar sábanas. Esas mujeres de clase alta o esas burguesas tan adineradas que tenían prohibido acudir a sus reuniones o que, simplemente, no querían hacerlo para no juntarse con la "plebe", eran las más perjudicadas. Su única forma de ayudarlas era gracias al caballero del crepúsculo. También ayudaba a otras mujeres, por supuesto. El caballero del crepúsculo hacía una ronda todas las noches para asegurarse de que todo estuviera en orden. Ninguna prostituta maltratada y ninguna mujer siendo golpeada en su hogar.
- ¿Cree que necesitará la pistola?
- Probablemente… Aunque sea sólo para ahuyentar a los que me persigan…
Se terminó de atar el chaleco de hombre hasta casi las rodillas y salió de detrás del biombo para terminar de prepararse. Los pantalones de hombre eran una talla más que la que ella necesitaba para que no se le marcaran las piernas, llevaba unas vendas fuertemente atadas a su busto para reducir su volumen y una camisa blanca que le quedaba enorme. El chaleco negro, plano, ayudaba a dar la imagen de torso masculino.
- Su caballo ya está ensillado y a la espera, condesa.
- Perfecto.
Tenía que salir todo perfecto. Dio el aviso, quería que se hicieran públicas sus intenciones para que los hombres de Buxton se concienciaran de por qué quería llevársela a ella y a otras mujeres. Quería que despertaran y que vieran el mal que les estaban haciendo a sus esposas.
Sintiendo el agotamiento en su cuerpo, se sentó frente al tocador y se recogió su larga melena en un moño bien prieto en la coronilla. Utilizó horquillas para recogerse también el flequillo y los mechones rebeldes que enmarcaban su rostro. Phillips, al ver que había terminado, le colocó con cuidado un antifaz negro de seda y lo ató. Ella se lo agradeció con una sonrisa y se colocó el sombrero de tres picos negro con una pluma blanca. Al levantarse de su tocador, se dirigió hacia su cama y lo primero que cogió fue su sable. Se lo ajustó al cinturón y después cogió las correas con las pistolas para ajustárselas bajo las axilas. También llevaba unos puñales escondidos en las botas y un látigo atado en el lado contrario del sable, en su cinturón.
- Tenga cuidado, condesa.
- Lo tendré.- le aseguró.
- Cuando vuelva, ¿querrá tomarse un baño y una taza de té?
- Se lo agradecería mucho Phillips.
Le regaló una última sonrisa a su fiel mayordomo y amigo, y se dirigió hacia la pared junto al armario mientras se iba colocando su larga capa negra. Su mayor ventaja en la noche era la ropa que la camuflaba. Apoyó una mano en la pared, en un punto exacto que ya conocía de memoria y empujó con suavidad. La pared cedió y fue abriendo una puerta que daba a un pasadizo. Volvió a cerrarla a su espalda y corrió escaleras abajo por el angosto y oscuro pasadizo. Aquellos pasadizos eran uno de los secretos de familia. Su padre se los mostró cuando tan solo era una niña y nadie se los mostró nunca a su difunto marido. Al parecer, el primer conde Higurashi los mandó construir para proteger a la familia si había alguna revuelta. Todos los pasadizos conectaban con el de su dormitorio, el principal, y todos ellos llevaban al mismo sitio: una gruta secreta bajo la mansión, cuya salida se encontraba fuera de sus tierras. Nadie que no fuera un Higurashi podía acceder a ella.
Bajó el último escalón dio un gran salto y corrió hacia su caballo. Pegasso era un gran caballo. Un semental árabe de pura sangre que le había regalado su padre cuando la presentó en sociedad. Rápido, fuerte y silencioso. Era perfecto para ayudarla con su cometido y se comportaba como un auténtico encanto con todas las jóvenes damas que rescataban. ¡Era todo un ligón!
- Esta noche tenemos otra misión, Pegasso.
El caballo relinchó y movió una pata antes de improvisar una reverencia para que ella lo montara. Su padre le enseñó a hacer eso al caballo porque ella era demasiado bajita para montar sola.
- El trabajo es sencillo: ahuyentar al gentío, rescatar a la damisela en apuros, explicarle por qué lo hemos hecho y montarla en un barco hacia París.
Pegasso volvió a relinchar y encogió el cuello.
- ¡Oh, vamos!- lo espoleó con los talones- Cuando digo gentío me refiero a cuatro granjeros. Ya verás cómo he exagerado. – suspiró- Además, si lo sigues haciendo igual de bien, te llevaré al establo con las yeguas.
Pegasso se animó al oírle pronunciar esas últimas palabras mientras que ella fruncía el ceño. Hasta los caballos eran machistas. Sujetó bien las riendas y guió a su caballo fuera de la gruta. El trabajo de esa noche era muy importante, no podía fallar.
Continuará…
